CANTO VII.
Vencida la giganta Erifila por Rugiero en favor de las damas que así se lo habian rogado, se dirige el paladin hácia el inextricable laberinto en que Alcina habia aprisionado á otros muchos.—Melisa le hace ver el error en que ha caido, y le trae el oportuno remedio; y Rugiero, avergonzado de su falta, se decide á huir rápidamente de aquel país.
El que se ausenta léjos de su patria suele ver cosas que hasta entonces le habrian parecido increibles; y al referirlas, cuando á ella regresa, nadie le quiere dar crédito teniéndole por embustero; que el vulgo necio, como no vea y toque clara y palpablemente las cosas, desconfia de todo. Por esta razon sé que los hombres inexpertos darán poca fé á lo que me propongo narrar en este canto. Pero ya sea mucha ó poca la que yo adquiera, nada me importa: no es al vulgo ignorante y grosero al que me dirijo, sino á vos, Señor, de cuya clara inteligencia espero que no tendrá por mentirosa mi relacion; á vos, á quien van dedicados mis fatigosos desvelos, en la esperanza de que sabreis recompensarlos.
Quedamos en el momento en que se divisó el rio y el puente custodiado por la arrogante Erifila. Las armas de esta eran del metal más fino, y sus colores participaban de los matices de distintas piedras preciosas, como el encarnado rubí, el amarillo crisólito, la verde esmeralda y el naranjado jacinto. Servíale de cabalgadura, no un caballo, sino un lobo membrudo y fuerte, cuyos arneses eran de una riqueza nunca vista y sobre el que atravesaba el rio. No creo que en la Apulia[35] haya existido un animal de tal magnitud, pues era más alto y grueso que un toro, ni comprendo cómo podia ella dirigirlo á su voluntad, porque en su espumante boca no se veia freno alguno. La sobrevesta de aquella hembra, maldita como la peste, era de color de tierra, y por su corte y hechura, se asemejaba á la que usan los obispos y prelados en sus actos oficiales. En la cimera, lo mismo que en el escudo, ostentaba la imágen de un sapo hinchado y venenoso.
Las dos damas hicieron que el caballero fijase en ella su atencion, mientras que Erifila, dispuesta á combatir, empezó á mofarse de él y á cerrarle el paso, como hacer solia con tantos otros. Al ver que Rugiero avanzaba, le previno imperiosamente que retrocediera; pero él, sin hacer caso de sus amenazas, empuñó la lanza y la retó á singular combate. Entonces la giganta, rápida y atrevida, afirmándose en la silla, enristró la lanza y espoleó al lobo, cuyos presurosos pasos hicieron temblar la tierra. Al primer choque quedó tendida sobre la yerba, pues el valiente Rugiero le metió la lanza por debajo del yelmo, arrancándola de la silla con tal furia, que la arrojó á seis brazas de distancia. Sin detenerse á más, sacó la espada que hasta entonces no habia desenvainado, y se dispuso á cortar aquella orgullosa cabeza, como sin riesgo alguno podia hacerlo, por yacer Erifila como muerta entre la yerba y las flores, cuando las dos damas le gritaron:
—Conténtate con haberla vencido: no te vengues más cruelmente de ella. Envaina el acero, ¡oh cortés paladin! y pasando el puente, prosigamos nuestro camino.
Emprendieron, en efecto, su marcha al través de un bosque por un sendero áspero y escabroso, que á pesar de su angostura y de las dificultades que presentaba, les condujo directamente á la cumbre de la colina. Cuando llegaron á ella se encontraron en una pradera dilatada, donde contemplaron el palacio más admirable que pudiera verse en el mundo.
Apareció la bella Alcina fuera del pórtico, y se adelantó un buen trecho á recibir á Rugiero, á quien acogió brillante y agradablemente en medio de su fastuosa corte. Tantos y tales fueron los obsequios, reverencias y ofrecimientos prodigados por todos indistintamente al valiente guerrero, que más no podrian dirigirse al mismo Dios, si se hubiera dignado descender desde su trono celestial.
El encantador palacio era menos digno de admiracion por las riquezas increibles que encerraba, que por la gracia, agrado y gentileza, de sus moradoras: estas, en cuanto á juventud y belleza, se diferenciaban muy poco entre sí; pero Alcina las sobrepujaba á todas, así como el Sol sobrepuja en esplendor á los demás astros. Las formas de su cuerpo eran tan perfectas, cual no pudiera imaginarlas el más inspirado pintor; más que el oro brillaban las trenzas de sus cabellos blondos, largos y sedosos: sus delicadas mejillas ostentaban los suaves matices de la rosa y del ligustro, y su ebúrnea frente completaba graciosamente el conjunto inimitable de su rostro. Bajo dos arcos negros y sutiles veíanse dos ojos, negros tambien, ó mejor dicho, dos
¡Envaina el acero!, le gritaron las dos damas.
(Canto VII.)
claros soles, de dulcísima mirada y parcos movimientos: no parecia sino que el amor jugueteaba revolando en su derredor, y que desde ellos despedia todas las flechas de su carcaj, arrebatando visiblemente los corazones. La envidia no hubiera podido hallar defecto alguno en su bien delineada nariz, que en líneas regulares dividia el rostro; bajo ella aparecia, como entre dos pequeños valles, la boca matizada con los rojos colores del cinabrio más puro, y en la que se descubrian dos hileras de escogidas perlas, que un bello y dulce labio ocultaba y permitia ver alternativamente: de ella salian halagüeñas palabras, capaces de ablandar el corazon más duro y resistente: en ella se formaba por último aquella encantadora sonrisa, que hacia entrever á su arbitrio las delicias del Paraiso. Su hermoso cuello era blanco como la nieve, y cual la leche su pecho: el primero torneado; el segundo lleno y elevado. Sus pechos, que parecian de marfil, oscilaban blandamente, como las olas que movidas por una apacible aura, van á morir en la cercana orilla. Las demás partes de su cuerpo eran impenetrables aun para las miradas de Argos; pero podia suponerse que lo oculto no desmereceria en nada de lo visible. Sus dos brazos eran de una dimension proporcionada, y en su blanquísima mano, algun tanto larga y de afilados dedos, no se dibujaba el más pequeño hueso ni siquiera se traslucian las venas. Por último, dos piés pequeños y redondeados servian de sosten á cuerpo tan perfecto, que cual los de los espíritus celestiales, no podia ni debia ocultarse bajo velo alguno. Sus palabras, su sonrisa, su acento, sus ademanes, eran otros tantos lazos tendidos á los corazones de los que la contemplaban; por lo cual no es de extrañar que Rugiero quedara prendido en ellos al encontrarse frente á tan sin igual belleza.
De nada le sirvieron ya las prevenciones que le hiciera el mirto con respecto á la perfidia y maldad de Alcina, porque se resistia á creer que bajo sonrisa tan suave pudieran ocultarse el engaño y la traicion. Prefirió por lo mismo creer que el comportamiento de Astolfo, ingrato y desleal, le habia hecho merecedor de un castigo mucho mayor que el de verse convertido en mirto; así como tuvo por una calumnia todo cuanto de Alcina le habia dicho, y que únicamente la venganza, el hastío y la envidia habian hecho que Astolfo pronunciara tales blasfemias y dijera tantas imposturas.
Súbitamente habíase borrado del corazon de Rugiero la imágen de la hermosa dama á quien tanto amaba; porque Alcina, valiéndose de sus encantos, habia cerrado sus antiguas heridas amorosas, y solo por ella estaba ocupado entonces, y ella sola estaba en él grabada: débese por lo tanto excusar á Rugiero, que se mostrara en aquella ocasion tan voluble é inconstante.
Sentados á una mesa opípara y suntuosa, escuchaban con delicia la dulce melodía que esparcian por los aires las cítaras, las arpas y las liras. No faltaban tampoco agradables voces que cantaran los goces y transportes del amor, ó recitaran sonoros y fantásticos versos, inspirándose en las galanas ficciones de la poesía. Los suntuosos y celebrados banquetes de los sibaríticos sucesores de Nino, ó los ofrecidos por la famosa Cleopatra al romano vencedor, no podian compararse con el que la amorosa hada dió en obsequio del valiente paladin, y aun es dudoso que lleguen á igualarse á él los que celebra en el Olimpo el sumo Júpiter dispuestos por su copero Ganimedes.
Cuando se levantaron las mesas, entregáronse todos los comensales, formando círculo, á un juego entretenido, que consistia en preguntarse recíprocamente al oido el secreto que mejor les pareciese. Este pasatiempo ofrecia gran comodidad á los amantes, pues así podian revelarse su escondido amor sin dificultad ninguna. Alcina y Rugiero no desperdiciaron tan excelente ocasion, y se prometieron reunirse de nuevo aquella misma noche.
Aquel juego cesó más temprano de lo que se acostumbraba en otras ocasiones, y entonces entraron varios pajes con antorchas cuya viva luz disipó las sombras del crepúsculo vespertino. Rodeado de hermosas doncellas pasó Rugiero á descansar en una cámara fresca y elegante, que se le habia destinado como la mejor de aquel palacio. Ofreciéronse allí de nuevo á los convidados dulces exquisitos y aromáticos vinos, despues de lo cual se fueron retirando á sus aposentos respectivos, no sin repetir antes sus reverencias y ofrecer una vez más sus respetos á Rugiero. Metióse este entre sábanas perfumadas, que parecian salidas de las manos de Aracnea[36], poniéndose á escuchar con toda atencion por ver si percibia el rumor de la llegada de Alcina. Al menor ruido que sentia, levantaba la cabeza, creyendo que fuese ella; se le figuraba oirla, y las más de las veces no oia nada, lanzando un suspiro cuando reconocia su error: otras veces saltaba del lecho, abria la puerta, miraba hácia fuera y nada veia, y se retiraba maldiciendo mil veces las horas que retrasaban el momento anhelado. Con frecuencia decia entre si:—«Ahora viene.»—Y empezaba á contar los pasos que suponia haber desde la estancia de Alcina hasta la suya, donde continuaba esperando en vano. Estos y otros pensamientos le estuvieron ocupando todo el tiempo que tardó en reunírsele la hermosa dama, y hasta hubo momentos en que creyó que algun obstáculo imprevisto le privara de coger el fruto que ya tocaba con sus manos.
Alcina se entretuvo largo rato en perfumarse con los olores más gratos; y cuando conoció que era ya tiempo, por reinar en el palacio la quietud y el silencio, salió sola de su cámara, y se dirigió silenciosa por un pasadizo secreto á la estancia en donde Rugiero se encontraba con el corazon anhelante entre el temor y la esperanza.
Apenas vió el sucesor de Adolfo aparecer aquella riente estrella, sintió circular por sus venas un fuego tan abrasador, que apenas podia contenerlas la piel: sus miradas engolfáronse con avidez en aquel mar de delicias y perfecciones, y sin darle tiempo á más, saltó del lecho y la estrechó entre sus brazos. Alcina venia envuelta en un ligero cendal que se habia echado sobre uno camisa blanquísima y sumamente sutil. Al abrazarla Rugiero, cayó el manto que la envolvia, y quedó el velo sutil y transparente, que no encubria sus perfecciones más de lo que un diáfano cristal oculta los primores de las rosas ó azucenas.
No se adhiere tan estrechamente la hiedra á la planta en tomo á la cual se ha abrazado, como se enlazaron mútuamente ambos amantes, cogiendo en sus labios la flor del espíritu, flor tan suave cual no la producen las odoríferas arenas índicas ó sabeas. Los amorosos trasportes á que entonces se entregaron solo ellos pueden referirlos y comprenderlos, pues más de una vez se encontraron sus labios, y más de una vez aspiraron su aliento mútuamente.
Estas escenas permanecian secretas en el palacio, y si no secretas, por lo menos discretamente calladas; que el silencio raras veces ha sido objeto do censura, y casi siempre de alabanza. Cumpliendo los deseos de Alcina, los astutos moradores de aquella mansion acogian con semblante agradable á Rugiero, y le prodigaban toda clase de atenciones, inclinándose contínuamente ante él. En su placentera estancia no se echaba de menos ninguno de los deleites que pudiera ambicionar el más refinado deseo: diariamente cambiaban dos ó tres veces de trajes de distintas y caprichosas hechuras; menudeaban los banquetes, y las horas transcurrian en medio de las fiestas, de los juegos, de las justas, de las luchas y representaciones escénicas, ó bien disfrutando de los placeres del baño y de la danza: otras veces á la sombra de los bosquecillos y sentados á las orillas de los arroyuelos leian antiguas historias de amores; muchos ratos perseguian á la tímida liebre á través de los floridos valles y de suaves collados, ó guiados por excelentes sabuesos, hacian salir con estrépido á los atolondrados faisanes de entre las zarzas y rastrojos: y ya tendian á los tordos lazos y varillas de liga entre los enebros olorosos, ó ya turbaban la grata tranquilidad de los peces con anzuelos cebados ó con redes.
Mientras Rugiero se entregaba sin reserva á aquella vida tan placentera, el rey Cárlos luchaba contra Agramante, cuya historia no debo olvidar por hablaros de la de Alcina, así como tampoco debo descuidar á Bradamante que por espacio de muchos dias derramó lágrimas de desesperacion y angustia, pensando en su deseado amante, á quien habia visto desaparecer por camino desusado hasta entonces, sin saber donde iria á parar.
Me fijaré en Bradamante con preferencia á los otros, y diré que durante muchos dias fué buscando en vano por bosques umbrosos, por abiertas campiñas, por villas, ciudades, montes y llanuras, sin conseguir la menor noticia de su adorado amigo, que tan apartado de ella estaba. Con frecuencia se aventuraba tambien en el campo sarraceno, sin encontrar la menor huella de su Rugiero: no cesaba de interrogar á unos y otros, explorando cuidadosamente los alojamientos, barracas y tiendas de campaña, aunque siempre sin resultado. En estas pesquisas no corria peligro alguno; pues pasaba entre los infantes y ginetes sin ser vista, merced á aquel anillo que la hacia invisible cuando se lo metia en la boca.
No quiere ni puede creer que haya muerto; porque la pérdida de un héroe como Rugiero habria resonado desde las orillas del Hidaspes[37] hasta las regiones en que el Sol se oculta. No sabe decir ni imaginar siquiera qué camino haya podido seguir por el Cielo ó por la Tierra, y sin embargo, la desventurada no cesa de buscarle, llevando por compañía sus lágrimas y suspiros, y la pena más aguda.
Resolvió al fin volver á la cueva donde descansaban los huesos del profeta Merlin, y prorumpir en tales exclamaciones al rededor de la tumba, que movieran á compasion al frio mármol, presumiendo que si vivia Rugiero, ó si nuestro fatal destino hubiera tronchado su adorada existencia, allí podria saberlo, y tomaria en consecuencia la determinacion que más conveniente le pareciera.
Emprendió con tal intento el camino que guiaba á las selvas próximas á Poitiers, donde existia, oculta en un sitio agreste y sombrío, la tumba oral de Merlin; pero aquella Maga que tanto se interesaba por la suerte de Bradamante; aquella que en la gruta le diera á conocer las condiciones de su posteridad; aquella encantadora sábia y benigna que velaba con solicitud por la jóven, sabiendo que de su seno habrian de salir tantos guerreros invictos, tantos semidioses, procuraba conocer diariamente sus menores acciones y palabras: así es que habia tenido noticia de la libertad y de la pérdida de Rugiero, y tambien de su forzoso viaje á la India. Habíale visto sobre aquel desenfrenado corcel, que no podia dirigir, recorrer un trayecto inmenso por vias peligrosas é inusitadas: y no ignoraba que despues el guerrero, olvidando á su señor, á su dama y hasta su honra, pasaba la vida entregado á los juegos, las danzas, los banquetes, y por fin, á la molicie del ocio más afeminado. En tan prolongada inercia podria haber llegado á consumir tan gentil caballero la flor de sus años, para perder despues no solo el cuerpo y el alma á un tiempo, sino aquella honrosa fama, única cosa que de nosotros queda cuando desaparece de la tierra nuestro débil cuerpo.
Pero la bondadosa Melisa, que estaba consagrada al cuidado de Rugiero más que él mismo, se propuso atraerle nuevamente al camino áspero y fatigoso de la verdadera virtud, aunque fuera á pesar suyo, como un excelente médico que emplea para curar el hierro y el fuego y hasta el veneno, y si bien al principio causa agudos dolores con tan crueles medios, devuelve con ellos la salud al enfermo, que no puede menos de mostrársele agradecido. No le cegaba, sin embargo, tanto su cariño hácia Rugiero que, como Atlante, pensara tan solo en conservarle la vida, ni, como este, queria prolongarla aun á costa de su honor y su renombre, despreciando todos los elogios y la admiracion del mundo con tal de que ni en un solo año se anticipara su muerte. Atlante era el que le habia enviado á la isla de Alcina, con objeto de que en su corte olvidara la gloria de las armas: y como mágico experto y consumado, habia unido el corazon de aquella reina al de Rugiero con un lazo tan amoroso y fuerte, que jamás hubiera podido romperse, aunque el guerrero llegara á una edad más avanzada que la de Néstor.
Volviendo, pues, á la encantadora que tan bien conocia el porvenir, diré que, siguiendo el mismo camino por donde acudia errante la hija de Amon, se encontró con ella. Al ver Bradamante á su querida Maga trocóse su primitiva pena en esperanza: Melisa no tardó en anunciarle todo cuanto á su Rugiero habia acontecido. La jóven quedó casi inanimada al saber que su amante estaba tan apartado de ella, y mucho más al comprender que su amor peligraba si no se ponia un pronto y eficaz medio; pero la solícita Maga la tranquilizó, derramando con sus palabras un bálsamo consolador en la herida que con sus noticias habia abierto, y prometiéndole y jurándole que lograria hacer que volviera á ver á su Rugiero dentro de pocos dias.
—Puesto que tienes en tu poder, le dijo, el anillo que destruye todas las artes mágicas, no dudo un momento que si yo lo llevo al palacio donde Alcina tiene cautivo á tu bien, conseguiré deshacer sus encantamientos, y devolverte tu amante. Emprenderé la marcha en cuanto aparezca el crepúsculo vespertino, y llegaré á la India al despuntar la aurora.
Y continuó dándole cuenta del plan que habia trazado para arrancar al paladin de aquella corte muelle y afeminada y hacerle volver á Francia.
Bradamante se quitó el anillo del dedo, y no solamente este, sino hasta el corazon y la vida le habria dado con tal de que salvara á su amante. Recomendóle mucho la conservacion de aquella alhaja, y encargóle mucho más aun el cuidado de su Rugiero, á quien, por su conducto, enviaba mil ternezas. Tomó en seguida el camino de la Provenza, mientras que la encantadora se encaminó por opuesta via.
Para llevar á cabo su proyecto, al empezar la noche hizo Melisa aparecer un palafren enteramente negro, pero con una pata roja, que probablemente seria uno de los duendes ó espíritus infernales revestido de aquella forma. La mágica montó en él, llevando desceñida la túnica, descalza, y con los cabellos sueltos y horriblemente desordenados, habiéndose quitado de antemano el anillo del dedo á fin de que su virtud eficaz no destruyese aquel encanto. Emprendió despues tan veloz carrera que al amanecer del siguiente dia se encontró en los dominios de Alcina.
Una vez en la isla, transformóse admirablemente: su estatura creció más de un palmo; todos sus miembros engruesaron en proporcion, quedando bajo el aspecto del Nigromante que criara con tanto cariño á Rugiero. En sus mejillas apareció de improviso una luenga barba, y profundas arrugas surcaron su frente y todo su rostro: en sus movimientos, en sus palabras y en sus facciones imitó tan bien al encantador Atlante, que no parecia sino que fuese él mismo.
Ocultóse despues, esforzándose en alejar de Rugiero á la enamorada Alcina, hasta que al fin lo consiguió, aunque no sin trabajo; pues la hada no podia permanecer un momento apartada de él. Encontróle completamente solo, segun era su deseo, á la orilla de un riachuelo que corria desde una colina hasta un pequeño lago límpido y ameno. En sus vestiduras, hechas de tela de oro y seda, tejidas con prolijo esmero por la mano de Alcina, y llenas de adornos y de perfumes, se echaba de ver el ocio y la lascivia. Pendia de su cuello hasta el pecho un espléndido collar de piedras preciosas, y en los brazos, un tiempo varoniles, llevaba ricos brazaletes; atravesaban sus orejas dos hilos delgados de oro en forma de sortijas que sostenian otras tantas perlas de extraordinaria magnitud, cual nunca se hayan visto en la Arabia ó en la India. Húmedos estaban sus ensortijados cabellos con los perfumes más preciados y de olor más suave, y por último sus gestos, sus movimientos respiraban la molicie y la afeminacion que es proverbial entre los galanteadores de oficio de las damas de Valencia. Tal variacion habia sufrido por la fuerza de los encantos de Alcina, que del antiguo Rugiero solo quedaba el nombre; lo demás se habia corrompido ó estragado.
En esta situacion le encontró Melisa, que se presentó ante él bajo la forma de Atlante, con aquel rostro grave y venerable tan respetado siempre por Rugiero; y fijando en él la mirada colérica y amenazadora que con frecuencia le habia hecho temblar en su niñez, le increpó en estos términos:
—¿Es este el fruto que por espacio de tanto tiempo he debido esperar en recompensa de mis sudores? ¿Te dí acaso por primeros alimentos la grasa de los osos y leones, y andando por cavernas y profundos barrancos te acostumbré desde niño á extrangular serpientes, á desarmar de sus tajantes garras los tigres y panteras, y arrancar los colmillos al javalí vivo, para despues de tantos afanes verte hoy convertido en el Adónis ó el Atis de Alcina? ¿Es esto lo que la contínua observacion de los astros y de las fibras palpitantes de los animales, los horóscopos, los agüeros, los sueños y demás sortilegios á cuyo estudio me he dedicado incesantemente me habian prometido esperar de tí desde tu más tierna infancia, para cuando llegaras á la edad viril, en que tus acciones heróicas debian ser tan preclaras y famosas cual nunca se hubieran visto en el mundo? ¡Digno principio de tu carrera es este, que permita esperar verte pronto convertido en un Alejandro, un César ó un Escipion!
»¿Quién podria ¡ay de mí! presumir, que voluntariamente te convirtieras en el esclavo de Alcina? Nadie podrá, sin embargo, poner en duda tu oprobio, al contemplar en tus brazos y en tu cuello la cadena con que ella dirige á su albedrío todos tus movimientos y acciones. Si no es bastante á moverte tu propia estimacion; si no tienes en nada las alabanzas y loores que puedes conseguir, así como tampoco sabes apreciar en su justo valor el brillante destino que te reserva el cielo, ¿por qué has de privar á tus sucesores del bien que te he predicho tantas veces? ¿Por qué has de consentir que permanezca infecundo el seno destinado por el Cielo para concebir la raza gloriosa y sobrehumana, que ha de dar al mundo más esplendor que el mismo Sol? No impidas, no, que las más nobles almas que se han formado en la mente del Eterno adquieran de tiempo en tiempo forma corpórea en el tronco cuya raiz has de ser tú. No seas, no, un obstáculo á los mil triunfos y victorias gloriosas con que tus hijos, tus nietos y todos tus descendientes han de devolver á Italia su pristino honor, despues de muchos reveses y crueles pruebas.
»Deberian inclinar tu abatido ánimo á salir de ese estado tantas y tantas almas bellas, ilustres, preclaras, invictas y santas como florecerán en el árbol fecundo de tu estirpe, y sobre todo, deberia reanimarte la esperanza de verte reproducido en Hipólito y su hermano, séres los dos tan perfectos en todos los grados que á la virtud conducen, cual pocos han existido en el mundo hasta el presente. De ellos acostumbraba á hablarte con más frecuencia que de los otros, ya porque su fama y su valor serán mayores que los de los restantes, ya tambien porque observaba que era más fija tu atencion cuando de ellos me ocupaba, que al referirte la historia de tus demás sucesores, regocijándote con la idea de que tan ilustres héroes habian de pertenecer á tu linaje.
»¿Qué tiene, pues, la que actualmente reina en tu corazon, que no lo tengan mil y mil meretrices? ¿No ha sido tambien la concubina de otros muchos, á quienes ha proporcionado al cabo una felicidad como suya? Pero, á fin de que conozcas quién es Alcina, despojada de sus embustes y artificios, coloca este anillo en tu dedo, vuelve á su lado, y entonces podrás formar una exacta opinion de su belleza.»
Mientras Melisa le dirigia tan amargas reconvenciones, permanecia Rugiero confuso, mudo, con la vista fija en el suelo y sin saber qué decir: púsole la Maga el anillo en el dedo, y á su contacto se estremeció el guerrero, que vuelto en sí, se vió abrumado de tal vergüenza que hubiera deseado encontrarse á mil brazas debajo de tierra para sustraerse á las miradas de todos.
En un momento recobró la Maga su primitivo ser, por considerar ya innecesario ocultarse bajo la figura de Atlante, una vez conseguido el resultado que se propusiera. En seguida se dió á conocer á Rugiero, y habiéndole dicho su nombre, le participó que era enviada por aquella apasionada jóven, que llena de amor pensaba continuamente en él, y que no pudiendo vivir sin su Rugiero, habíala rogado que fuese á romper las cadenas á que lo tenia sujeto la violencia del arte mágica; añadiendo que habia tomado la forma de Atlante de Carena para obtener de él mayor crédito y reverencia; pero que una vez conseguida su curacion, no habia tenido inconveniente en darse á conocer y en descubrirle la verdad entera.
—Aquella dama gentil que te ama tanto, prosiguió; aquella cuyas virtudes la hacen tan digna de tu amor, y á quien debes saber que eres deudor de la libertad que ahora disfrutas, si acaso lo has olvidado, te envia este anillo que destruye todos los encantos de la magia, y de igual modo hubiérate mandado su corazon, si este poseyera como aquel una virtud capaz de influir en tu salvacion.
Melisa continuó hablándole del amor que Bradamante le habia profesado y seguia profesándole; ensalzando al mismo tiempo su valor en cuanto era compatible con la verdad y con la inclinacion que hácia la jóven sentia: trató por último de todos estos asuntos con la perspicacia y talento propios de tan experta mensajera, en términos de hacer que Rugiero sintiera hácia Alcina el mismo horror que causa la vista de los objetos más horrorosos. Este odio naciente parecerá extraño en el hombre que tan apasionado estaba momentos antes; pero dejará de serlo si se tiene en cuenta que aquel amor era hijo de la influencia de la magia, cuya influencia quedó destruida en presencia del anillo. Este talisman hizo más aun: transformó por completo las fingidas perfecciones de Alcina, patentizando que cuanto ostentaba la hada desde el pié á los cabellos, nada era suyo; así es que desapareció lo bello y quedó la fealdad en su ingrata desnudez.
Así como el niño que esconde una fruta madura, y olvidando despues el sitio donde la ha ocultado, si pasados algunos dias la encuentra por casualidad, se admira al verla podrida y deshecha y muy diferente de cómo él la escondió, y entonces en vez de apetecerla tanto como antes, la odia, la desprecia y la arroja léjos de sí, del mismo modo Rugiero, cuando por obra de Melisa volvió á hallarse en presencia de Alcina, provisto de aquel anillo contra el que nada valen los sortilegios cuando se lleva en el dedo, encontró en vez de la hermosa mujer de quien hacía poco tiempo se separara, un ser tan deforme que en toda la Tierra existia otro más decrépito ni mas horrible.
La faz de Alcina aparecia pálida, rugosa y macilenta; sus cabellos escasos y encanecidos: su estatura no llegaba á seis palmos, ni en su boca existia diente alguno, pues habia vivido más que Hécuba, más que la Sibila cumea y más que cualquiera otra mujer. Merced á un arte, desconocido en nuestro tiempo, lograba parecer jóven y bella: así es que por medio de su magia habia ya seducido á otros muchos lo mismo que á Rugiero, cuando el anillo vino á arrancar la máscara que por espacio de muchos años habia ocultado la verdad. No era, pues, maravilloso que de la mente de Rugiero desapareciera todo pensamiento que le hablara del amor de Alcina, al contemplarla bajo el aspecto que ya no podian disfrazar sus sortilegios.
Siguiendo el paladin los consejos de Melisa, no dió á conocer en su semblante el disgusto que le causaba ya cuanto le rodeaba, hasta que vistió por completo su armadura, tanto tiempo abandonada. A fin de que Alcina no sospechara nada, pretestó que queria probar sus fuerzas, y ver si habia engruesado despues de tantos dias como no iba cubierto con su arnés. Ciñóse al costado á Balisarda, que este era el nombre de su espada: cogió además el admirable escudo que no solo deslumbraba la vista de cuantos le miraban, sino tambien les abatia como si el alma se desprendiera de su cuerpo; y se lo colgó del cuello, cubierto con el mismo velo que lo envolvia. Bajó á la cuadra, é hizo que le ensillaran un corcel más negro que la pez, designado de antemano por Melisa quien conocia la extraordinaria lijereza de sus piernas: llamábase Rabican y era el mismo que condujo á aquel sitio la ballena en compañía del caballero que convertido en mirto, era juguete de los vientos en la orilla del mar. Podia igualmente haberse llevado el hipogrifo que estaba atado junto á Rabican; pero la maga le dijo que recordara la indocilidad de aquel animal, de que tenia ya pruebas, añadiendo que al dia siguiente lo sacaria fuera de aquel país, cuando se encontraran en un sitio á propósito donde pudiera enseñarle el modo de enfrenarlo y dirigirlo á su placer; y que seria conveniente dejarlo en la cuadra, á fin de que la presencia del corcel alado en ella no hiciera sospechar su evasion.
Hizo Rugiero cuanto le aconsejó Melisa, que aunque invisible para todos, no se apartaba de su lado. Con tales ficciones, salió del palacio lascivo y muelle de la decrépita prostituta y se encaminó hácia una de las puertas de la ciudad por donde se salia al camino que guiaba á los estados de Logistila. Atacó de improviso á los que la custodiaban y emprendiendo con ellos á cuchilladas, dejó á unos muertos y á otros mal heridos, escapándose despues con toda lijereza por el puente; y antes que Alcina tuviera noticia de su fuga, ya habia puesto una considerable distancia entre él y la ciudad. En el canto siguiente referiré el camino que siguió, y cómo llegó despues al país de Logistila.