CANTO VIII.

Huye Rugiero de la ciudad de Alcina.—Melisa devuelve su forma primitiva á Astolfo y á sus demás compañeros de cautiverio.—Reinaldo consigue levantar ejércitos que acudan en auxilio del Santo Imperio y le saquen de su terrible apuro.—Angélica, encontrada durmiendo junto al ermitaño, es ofrecida como pasto á un mónstruo marino.—Orlando, que vé en sueños su desgracia, abandona angustiado á París.

¡Oh! ¡Cuán léjos estamos de sospechar el número de encantadores y encantadoras que existen entre nosotros, y que cambiando de rostro con sus artificios, se hacen amar de hombres y de mujeres! Y no es que alcancen este resultado evocando á los espíritus ó consultando á los astros; tan solo por medio del disimulo, del fraude y del engaño es como someten á su voluntad los corazones con indisoluble lazo. El que poseyera el anillo de Angélica, ó mejor dicho, el que estuviera dotado de discernimiento suficiente, podria distinguir perfectamente el rostro de aquellos, despojado de la máscara que les proporcionan el arte y el fingimiento. Ser habria entonces que, pareciendo hermoso y bueno, quedaria convertido en un mónstruo de fealdad y perfidia, una vez perdido el afeite y compostura de su cara. Por esto creo que fué una gran suerte para Rugiero la de poseer el anillo que lo presentó las cosas bajo su aspecto verdadero.

Segun dije antes, Rugiero, afectando el disimulo conveniente, montó en Rabican y se dirigió hácia la puerta de la ciudad completamente armado; encontró desprevenidos á los guardias, y desenvainando el acero, arremetió contra ellos, dejando muertos á unos y mal heridos á otros: cruzó enseguida el puente, hizo pedazos el rastrillo y se internó por el bosque; más á los pocos pasos tropezó con un criado de la hada. Llevaba este en el puño un ave de rapiña, á la que se divertia en hacer desplegar el vuelo todos los dias, ora hácia el campo, ora en direccion á una laguna próxima de donde regresaba siempre con alguna presa entre sus garras; iba además acompañado de un perro, y cabalgaba en un rocin de mala estampa.

Comprendiendo que Rugiero emprendia la fuga, al ver que caminaba con tanta celeridad, le salió al encuentro, y con impertinente ademan le preguntó la causa de su precipitacion. Rugiero no se dignó contestar á tal pregunta; y entonces aquel, viendo confirmadas sus sospechas, se propuso estorbar la marcha del paladin, y hacerle prisionero; para lo cual extendió el brazo izquierdo exclamando:—¿Qué dirás si te prendo inmediatamente? ¿Qué, si no llegas á poder defenderte de este pájaro?»—Y lanzó por el aire á su halcon, el cual empezó á agitar las alas con tal rapidez, que alcanzó á Rabican en su veloz carrera. El cazador saltó en seguida de su caballejo, quitóle el freno, y el animal, al verse libre, partió semejante á la flecha despedida del arco; pero mucho peor que ella, atendiendo á sus coces terribles y crueles mordeduras: el criado echó á correr tras él tan rápidamente que parecia empujado por el viento. El perro, á su vez, no quiso quedarse rezagado, sino que siguió á Rabican con la misma celeridad con que solia perseguir á las liebres en el prado.

A Rugiero le pareció vergonzoso no hacer frente á sus despreciables enemigos, y se volvió hácia el audaz cazador; pero al ver que sus únicas armas consistian en una vara que le servia para castigar á su perro, se desdeñó de desenvainar la espada. Acercósele, sin embargo, el criado de Alcina, y empezó á golpearle con la vara; mordióle el perro en el pié izquierdo; el caballo por su parte le tiró tres pares de coces, que le alcanzaron á un costado, mientras que el halcon, revoloteando en su derredor, le clavó varias veces las afiladas uñas en la carne: ante tal acometida, espantóse Rabican, y no obedeció ya al freno ni al acicate.

Rugiero, impacientado al fin con aquella lucha tan molesta como ridícula, desnudó el acero, y empezó á amenazar con el filo y con la punta al hombre y á los tres animales: pero aquella importuna turba le atosigaba cada vez más, cerrándole todos los lados del camino, y demorando de esta suerte la fuga del paladin, que consideraba irritado el perjuicio y el deshonor que recaerian sobre él si conseguian sus adversarios detenerle un poco más; pues no ignoraba que por corta que fuera su detencion, no tardaria en salir á perseguirle Alcina con todo su pueblo.

En esto empezaron á resonar los valles con el extruendo de las trompas, los atabales y las campanas. El paladin comprendió entonces que de nada le serviria esgrimir la espada contra un criado sin armas y un perro, y que seria más breve y expedito descubrir el escudo, obra de Atlante. Levantó el cendal rojo con que habia estado cubierto durante muchos dias, y la luz deslumbradora que despidió el escudo inmediatamente, hiriendo los ojos de sus adversarios, produjo el mismo efecto que tantas otras veces produjera. Perdió el cazador los sentidos; cayó el perro y el rocin, y cayeron las plumas del halcon, que no pudo sostenerse ya en el aire. Contento Rugiero con tan feliz resultado, los dejó entregados á su soporífico sueño.

Alcina en tanto habia tenido noticia de que Rugiero acababa de forzar las puertas de la ciudad dando muerte á un buen número de los que la custodiaban. Vencida por el dolor, estuvo á punto de perder el conocimiento; desgarró sus vestiduras y se golpeó el rostro, acusándose de imprevision y necedad. Sin perder un instante hizo tocar al arma y reunió en torno suyo todas sus gentes. Dividiólas en dos partes, á una de las cuales hizo seguir el mismo camino que Rugiero, haciendo que la otra se embarcara para perseguirle por el mar. Oscurecióse este en un momento bajo la sombra de tantas velas, con las cuales fué la desesperada Alcina, en quien pudo tanto el deseo de recobrar á su Rugiero, que dejó la ciudad sin defensores. En el palacio tampoco quedó guardia alguna, cuya circunstancia proporcionó á Melisa, que estaba acechando la ocasion más favorable para poner en libertad á los desgraciados que gemian en aquel país maldito, el tiempo necesario para examinarlo todo, quemar imágenes y destruir signos cabalísticos y toda clase de talismanes y maleficios. Desde allí se puso á recorrer presurosa las campiñas, haciendo que recobrara su primitiva forma aquella numerosa multitud de amantes desdeñados, que estaban convertidos en fuentes, en fieras, en árboles ó en piedras. Todos ellos, una vez libres, emprendieron el camino seguido por Rugiero, pusiéronse en salvo en los estados de Logistila, y pasaron desde allí á la Escitia, la Persia, la Grecia y la India, bajo la condicion impuesta por la Maga de ser más prudentes en lo sucesivo.

Melisa habia devuelto á Astolfo, antes que á los demás, la forma humana, en atencion á su parentesco con Bradamante y á los insistentes ruegos de Rugiero que le sirvieron de mucho: no contento con esto, el paladin entregó el anillo á Melisa, á fin de que su auxilio en favor de aquel caballero fuera más eficaz. Merced, pues, á los ruegos de Rugiero volvió Astolfo á su anterior aspecto; á pesar de lo cual creyó Melisa que su obra no estaba completa, sino le devolvia sus armas, y sobre todo aquella lanza de oro, que derribaba á todos los caballeros á su menor contacto; lanza que fué primero de Argalía, de Astolfo despues, y que tanta gloria proporcionó en Francia á uno y á otro. Melisa logró encontrarla depositada en el palacio de Alcina, y con ella las demás armas que fueron sustraidas al duque en aquella pérfida mansion. Montó despues en el corcel del moro nigromante, hizo que Astolfo subiera á la grupa, y le condujo al país de Logistila, á donde llegaron una hora antes que Rugiero.

Este guerrero caminaba en tanto al través de duras peñas y punzantes zarzas hácia el palacio de la virtuosa hada, saltando barrancos é internándose por senderos ásperos, desiertos, inhospitalarios y yermos. Despues de una marcha de las más penosas, llegó hácia la hora calurosa del mediodia á una playa situada entre el mar y una montaña, descubierta por el Sur, arenosa, desnuda, estéril y desierta. El Sol dejaba caer perpendicularmente sus encendidos rayos sobre los collados vecinos, y el vivo calor que estos reflejaban inflamaba de tal modo el aire y las arenas, que habria bastado á derretir el vidrio. Los pájaros permanecian inmóviles en la sombra; y únicamente la cigarra, oculta entre las ramas de algun árbol, ensordecia los valles, los montes, el mar y el cielo con su enojoso canto.

El calor, la sed y la fatiga de la marcha por aquel arenoso camino, á lo largo de una playa tan salvaje, tenian casi agobiado á Rugiero.

Mas como no conviene que se diga que ocupo á mis lectores con un solo asunto, dejaré por ahora á Rugiero sofocado por aquel calor, é iré á buscar á Reinaldo en Escocia.

Este guerrero continuaba siendo muy bienquisto del Rey, de su hija, y de todo el país. Cuando se presentó una ocasion oportuna, dió á conocer con más detenimiento la causa que le habia obligado á ir á aquel reino; la cual no era otra que pedir en nombre de su señor el auxilio de la Escocia y de la Inglaterra, apoyando sus ruegos con justísimas razones que militaban en favor de Cárlos. Contestóle el monarca sin vacilar, que en cuanto alcanzaban sus fuerzas estaba siempre dispuesto á ser útil á Cárlos y al Imperio, como era su voluntad; que antes de muchos dias pondria sobre las armas el mayor número de soldados que le fuera posible, y que si su avanzada edad no se lo impidiera, tendria una gran satisfaccion en marchar al frente de sus guerreros en socorro del rey de Francia, añadiendo, por último, que esta consideracion no le detendria, si no contase, como contaba, con un hijo fuerte, valeroso y experto, y digno sobre todo del mando del ejército, si bien por entonces se hallaba ausente del reino; pero que esperaba su regreso ínterin reunia las fuerzas, y que una vez reunidas estas, marcharia su hijo á la cabeza.

En seguida hizo salir en todas direcciones emisarios provistos de recursos para alistar infantes y ginetes; aparejó además numerosas naves, proveyéndolas de municiones de boca y guerra y del dinero necesario, y cuando Reinaldo se despidió de él cortesmente para pasar á Inglaterra, fué acompañándole hasta Berwik, donde le dejó, no sin que aquella separacion le costara algunas lágrimas. Un viento favorable hinchaba ya las velas; despidióse Rugiero amistosamente de todos al embarcarse, y maniobrando hábilmente los marineros, llegaron tras una travesía corta y feliz al punto en que las saladas ondas del mar al encontrarse con el Támesis convierten en amargas sus aguas dulces: aprovecháronse los navegantes del flujo para remontar el rio, y caminando con toda seguridad á la vela y al remo, llegaron en breve á la vista de Lóndres.

Reinaldo era portador de varias cartas de Carlomagno y del rey Oton, que tambien se hallaba sitiado en Paris, para el príncipe de Gales, encargándole que reuniera inmediatamente cuantos infantes y ginetes pudiera proporcionar aquel país, y los hiciera transportar á Calais sin pérdida de tiempo para acudir en auxilio de la Francia y de su rey. El príncipe de Gales, que habia quedado gobernando el reino en ausencia de Oton, recibió tan brillantemente á Reinaldo de Amon, y le dispensó tales honores que quizá no hubiera hecho otro tanto con el verdadero monarca. Accediendo despues á su demanda, dió órden para que en un dia prefijado estuviesen listos para embarcarse cuantos guerreros existieran en Bretaña y en sus islas adyacentes.

Mas permitidme, Señor, que haga ahora lo que un buen músico al tocar una pieza de ejecucion, que pulsando alternativamente varias cuerdas, cambia á su placer de sonidos, pasando del tono grave al agudo. En tanto que estaba hablando de Reinaldo, me he acordado de la gentil Angélica, á quien dejé en compañía de un ermitaño mientras iba huyendo. Continuaré, pues, su historia.

Dije que suplicaba con afan al ermitaño que le indicara el camino del mar; pues era tanto el miedo que le inspiraba Reinaldo, que creia morir si no atravesaba las olas, por no juzgarse segura en ningun punto de Europa; pero el viejo, á quien causaba un gran placer la compañía de la jóven, procuraba entretenerla con especiosos pretextos. La belleza extraordinaria de Angélica inflamó su corazon, cuyo fuego reavivó sus ya heladas sensaciones; mas al ver la poca atencion que le prestaba la doncella, y que no

El ermitaño aguijó á su asno al ver que Angélica se alejaba más y más.
(Canto VIII.)

queria permanecer más tiempo con él, aguijó con desesperacion á su asno sin conseguir que acelerara su paso lento y tardío. Al ver que Angélica se iba alejando más y más, y temiendo perder su pista, recurrió á los espíritus infernales, y á su evocacion apareció una turba de demonios. Eligió á uno de entre ellos, é informándole préviamente de sus intenciones, hízole penetrar en el cuerpo del corcel de Angélica, que con su rápida marcha le arrebataba el corazon al par que la doncella. Y cual perro sagaz que, acostumbrado á seguir por el monte la pista de las zorras ó de las liebres, se dirige corriendo por un lado, mientras que la caza escapa por otro, despreciando al parecer su rastro, hasta que se planta en un sitio por donde precisamente ha de pasar su víctima, que cae inevitablemente entre sus dientes, siendo en el acto abierta y destrozada, el ermitaño propúsose del mismo modo salir al encuentro de la fugitiva por distinto camino. Cuál sea su designio, lo comprendo perfectamente, y aun os lo daré á conocer más adelante.

Angélica, sin abrigar ninguna sospecha, continuaba su viaje haciendo jornadas más ó menos largas. El demonio, en tanto, se mantenia oculto en el interior del caballo, como tal vez el fuego permanece escondido hasta que estalla en un incendio devorador que, si no se propaga, tampoco puede extinguirse. Cuando la doncella llegó á la orilla del mar que baña las costas de Gascuña, encaminó su corcel por el lado de las olas buscando los sitios en que la humedad daba mayor solidez á la playa; entonces el caballo, hostigado por el demonio, se precipitó de tal modo en el agua, que hubo de empezar á nadar. Atemorizada la jóven, ignoraba el partido que debia tomar; afirmóse en la silla, y cuanto más tiraba de las bridas de su caballo para obligarle á retroceder, más y más se internaba en el mar. Levantóse lo vestidos para no mojarlos, y encogió cuanto pudo los piés; su cabellera suelta, caia sobre las espaldas á merced de la brisa. Los fuertes vientos, en tanto, permanecian tranquilos, y así como el mar, parecian extasiados ante tanta belleza.

Angélica volvia inútilmente hácia la tierra sus hermosos ojos, cuyas lágrimas se deslizaban por las mejillas hasta su seno, y cada vez veia alejarse más la orilla y hacerse cada vez menos perceptible. El corcel, que nadaba girando á la derecha, despues de dar un gran rodeo, la sacó á tierra, depositando su preciosa carga entre pardas rocas y grutas espantosas, cuando ya empezaba á oscurecerse el dia. Al verse aislada en aquel desierto, cuyo solo aspecto infundia pavor, y precisamente á la hora en que Febo, oculto tras el mar, habia dejado el aire y la Tierra sumidos en las tinieblas, quedóse Angélica tan inmóvil, que cualquiera que la hubiese visto habria dudado si era una mujer verdadera y dotada de sentidos, ó una estátua de piedra pintada.

Estática y fija en la movible arena, con los cabellos sueltos y desordenados, juntas las manos é inmóviles los labios, tenia elevados al Cielo sus ojos lánguidos, como si acusara al Sumo Hacedor de haber convertido en daño suyo todos los acontecimientos. Permaneció bastante tiempo en tal estado, hasta que por fin prorumpieron sus labios en amargas quejas y sus ojos en copioso llanto.

—¡Oh, Fortuna! decia: ¿qué más te queda por hacer? ¿Aun no has saciado en mí tus furores? ¿No estoy aun bastante disfamada? ¿Qué más puedo ya darte sino esta mísera vida? Pero ¡ah! no es eso lo que deseas; pues de lo contrario no te habrias apresurado á sacarla del mar, cuando en él hubieras podido acabar sus tristes dias: sin duda pretendes llevar mis tormentos hasta lo sumo, antes de verme exhalar el último suspiro. No veo, sin embargo, qué penas puedas infligirme mayores de las que me has causado. Por tí he sido arrojada de un trono que no espero recobrar jamás; y hasta he perdido el honor, lo cual es más sensible, pues si bien me mantengo pura, doy motivo suficiente para que se me tenga por impúdica, en vista de mi vida errante y vagabunda.

»¿Existe por ventura en el mundo alguna dicha para la mujer á quien se tacha de impura? Mi juventud y mi belleza, verdadera ó supuesta, me perjudican tanto que no debo por ellas ninguna gratitud al Cielo; pues han sido la causa de todas mis desgracias. Por ellas fué muerto mi hermano, Argalía, á quien de poco sirvieron sus armas encantadas: por ellas, el rey de Tartaria, Agrican, derrotó á mi padre Galafron, gran Khan del Catay en la India; por ellas me veo á tal extremo reducida, que cambio diariamente de asilo. Si me has arrebatado la hacienda, el honor y la familia, y me has causado ya todo el daño posible, ¿para qué nuevas desdichas me reservas? Si el perecer ahogada en el mar no te parecia una muerte bastante cruel, con tal de satisfacer tus deseos insaciables, consentiré en que me entregues á alguna fiera que me destroce sin piedad. Cualquiera que sea el martirio que me tengas destinado, no podré agradecértelo bastante como ponga fin á mi existencia.»

Tan dolorosas quejas exhalaba la doncella, cuando de pronto apareció el ermitaño á su lado. Desde la cima de una escarpada roca habia estado contemplando á Angélica, mientras al pié del peñasco se entregaba á su dolor y afliccion. Seis dias hacia ya que se encontraba el viejo en aquel sitio, adonde le condujo un demonio por caminos desusados, y aproximóse entonces á la jóven con aire más devoto que San Pablo ó San Hilarion. Angélica se tranquilizó algun tanto al divisarle, pues no le conoció: su temor fué desapareciendo poco á poco, aunque no la mortal palidez de su semblante. Cuando le vió á su lado, exclamó:

—Padre, apiadaos de mí, que me encuentro en grave apuro.

Y con voz entrecortada por los sollozos, le refirió lo que él sabia perfectamente.

El ermitaño empezó á consolarla con frases tiernas y llenas de uncion; pero mientras le hablaba, iba acariciando con sus atrevidas manos las megillas húmedas de la doncella, y aun su turgente seno; y cada vez más audaz intentó abrazarla; pero la jóven indignada, extendió su brazo desdeñosamente y le rechazó léjos de sí, encendida de un vivo rubor.

Llevaba el ermitaño pendientes de sus hombros unas alforjas, de las que sacó un frasquito que contenia cierto licor: destapólo y salpicó ligeramente con él los poderosos ojos que iluminaban el rostro más perfecto que creara el Amor: á su contacto, cerráronse los párpados de Angélica, que cayó adormecida en el suelo y á entera disposicion del viejo lascivo. Este empezó por estrecharla entre sus brazos, y sus impúdicas manos se fijaron á su placer en las perfectas formas de la jóven, cuyo sopor la imposibilitaba de oponer resistencia alguna; el ermitaño continuó besándola ardorosamente en los labios y el pecho, y aprovechando la soledad de aquel sitio donde nadie podia verle, intentó realizar por completo sus perversos designios; mas su cuerpo decrépito no correspondió á ellos, y cuanto mayores esfuerzos empleaba, menos conseguia el resultado apetecido; hasta que por último cansado de aquella lucha entre sus años y su lascivia, quedóse dormido á su vez junto al objeto de su pasion, á quien amenazaba una nueva desgracia. ¡Cuán cierto es que la Fortuna no se contenta con poco, cuando convierte en juguete de sus caprichos á cualquier mortal!

Mas para referiros lo que le aconteció, es preciso que me separe un tanto de la línea recta. En el mar del Norte hácia el Ocaso y más allá de Irlanda, se levanta una isla, llamada Ebuda, cuya poblacion es muy escasa, desde que fué casi destruida por la orca fiera y otros mónstruos marinos, que condujo allí Proteo para satisfacer su venganza.

Cuentan las historias antiguas, con fundamento ó sin él, que en aquella isla existia un rey poderoso, el cual tenia una hija dotada de tanta gracia y belleza, que paseando un dia por la orilla del mar, consiguió inflamar el fuego del amor en el corazon de Proteo, mientras este la contemplaba desde el seno de las aguas: el dios marino expió un momento favorable, y apoderándose de la princesa, la abandonó despues dejando en sus entrañas una prenda de su pasion. El rey, implacable y severo, montó en cólera luego que descubrió la falta de su hija, y sin moverle á compasion el estado de la princesa, ni la piedad tan natural en un padre, llevó á cabo su determinacion de darle la muerte, haciendo tambien perecer al inocente hijo antes que hubiera visto la luz del dia. El marino Proteo encargado de apacentar los rebaños de Neptuno, soberano de las aguas, sintió un vivo dolor al saber la desdichada suerte de su amada; y rompiendo en su furor las leyes y órdenes severas de su padre, hizo salir á tierra las orcas, focas y demás mónstruos marinos, que no solo destruyeron toda clase de ganados, sino tambien los pueblos, las aldeas, y hasta sus habitantes. La invasion alcanzó á las ciudades amuralladas, que sitiaron estrechamente, obligando á sus pobladores á permanecer dia y noche armados con gran temor y sobresaltado ánimo. Todos los habitantes de aquella isla se habian visto obligados á abandonar los campos y para salir de una situacion tan violenta, determinaron consultar al oráculo, cuya respuesta fué: que les era preciso buscar una doncella tan hermosa como la princesa muerta, y ofrecerla en cambio de ella al irritado Proteo en la orilla del mar; añadiendo que, si era del agrado de este, la guardaria para sí, cesando en sus estragos; pero de lo contrario habria que presentarle una tras otra, hasta dejarle satisfecho.

Entonces empezó una suerte desgraciada para las doncellas que despuntaban en belleza ó gracia; pues conducidas sucesivamente ante Proteo, para ver si alguna de ellas le complacia, fueron pereciendo desde la primera á la última, devoradas por una orca, que permaneció allí con este intento despues que se alejaron los restantes mónstruos marinos. Fuese falsa ó verdadera esta historia de Proteo, no me atreveré á afirmarlo; pero es lo cierto, que á consecuencia de ella se estableció en aquella isla una ley bárbara contra las mujeres, la cual disponia que se habia de alimentar con su carne á la orca monstruosa, que no dejaba un solo dia de salir á la orilla. Si la condicion de mujer es una desgracia en todas partes, en aquel país lo era mucho más por esta causa.

¡Desgraciadas de las doncellas á quienes los azares de una suerte contraria transportaban á aquellas infaustas playas! No bien aparecia en ellas alguna extranjera, cuando los habitantes, que estaban en perpétuo acecho, las apresaban para ofrecerlas en holocausto al mónstruo; pues cuanto mayor fuera el número de extranjeras que pereciesen, menor seria el de las suyas á quienes alcanzara tan triste suerte. Mas como no siempre los vientos traian á sus costas las víctimas que deseaban, iban constantemente buscándolas por do quiera, recorriendo los mares en fustas, bergantines y toda clase de embarcaciones, y trayendo desde las más cercanas, como desde las más apartadas playas, doncellas que aliviaran su terrible tributo. Muchas consiguieron arrebatar por medio de la fuerza ó de la astucia, algunas con halagos, otras por dinero; de modo que siempre tenian sus torres y calabozos llenos de jóvenes de diferentes paises.

Pasando uno de sus barcos por cerca de la playa solitaria, donde tendida entre malezas y sobre la húmeda yerba yacia dormida la infortunada Angélica, saltaron á tierra algunos marineros para proveerse de agua y de leña, y vieron aquella flor, bella entre todas las flores, en los brazos del ermitaño. ¡Oh presa, harto preciosa y sublime para gente tan feroz y villana! ¡Oh fortuna cruel! ¿Quién habia de pensar que tu influjo en los destinos humanos fuera tan grande, que convirtieras en alimento de un mónstruo á la extraordinaria beldad por quien pasó el rey Agrican desde los montes del Cáucaso con media Escitia á buscar la muerte en las regiones de la India? La sin par belleza por quien Sacripante despreció su honor y su corona; la maravillosa hermosura por quien el Señor de Anglante vió empañada su fama ilustre y perdida su razon; la mujer seductura que trastornó todo el Oriente, y le sujetó á su voluntad, se vé ahora tan abandonada, que no encuentra auxilio alguno, ni siquiera quien le dirija una sola palabra de consuelo.

La desdichada doncella, sumida aun en su letárgico sueño, encontróse encadenada antes que despierta. Los ebudios se apoderaron al mismo tiempo del ermitaño, y juntamente con la jóven le trasladaron á su bajel, lleno de gente afligida y silenciosa. Desplegaron las velas, y pronto llegó la nave á la isla funesta, donde encerraron á Angélica en una fortaleza, y en ella la tuvieron hasta el dia en que le tocó la suerte de ser presentada como cebo al mónstruo marino. Su belleza no pudo menos de conmover á los crueles habitantes de la isla, que por espacio de muchos dias estuvieron difiriendo su muerte, reservándola hasta el último extremo; y mientras contaron con doncellas que sacrificar, prolongaron la vida de Angélica. Por último, la condujeron á la playa, derramando lágrimas de compasion cuantos la rodeaban.

¿Quién será capaz de reproducir exactamente la angustia, el llanto, las quejas y las reconvenciones que se elevaron al cielo? Imposible parecia que no se abriera la tierra cuando, encadenada y privada de socorro, fué puesta la hermosa jóven sobre la helada roca donde la esperaba una muerte tétrica y abominable. No seré yo quien pretenda pintar aquella escena con sus sombríos colores: tan grande es el dolor que lacera mi corazon, que me veo obligado á acudir á otra parte y á escribir versos menos lúgubres, hasta que mi angustia se mitigue; pues ni las escuálidas culebras, ni la tigre más ciega de furor, ni la venenosa serpiente que se arrastra por la candente arena desde el monte Atlas hasta las playas del mar Rojo, podrian contemplar sin sentimiento el espectáculo que ofrecia Angélica atada á la desnuda roca.

¡Oh! Si la hubiese visto su Orlando, que en su afan por encontrarla habia volado á París; si la hubiesen visto los dos guerreros á quienes engañó el viejo astuto por medio del fingido mensajero, salido de las regiones infernales, arrostraran seguramente mil muertes con tal de acudir en su socorro. Pero hallándose tan léjos de ella, ¿qué podrian hacer en su favor, aun cuando llegara á su noticia el apurado trance á que se veia reducida?

París entonces estaba estrechamente asediada por el famoso hijo del rey Trojan. A tal estremidad se hallaba reducida la ciudad, que un dia estuvo cerca de caer en poder de su enemigo; y á no ser porque el Cielo, escuchando benigno los ruegos de los cristianos, envió una abundante lluvia, el Santo Imperio y el gran nombre de Francia hubieran sido destruidos aquel dia por las armas africanas. El Supremo Hacedor, accediendo compasivo á las justas súplicas del anciano Cárlos, apagó con una repentina lluvia el fuego que amenazaba destruir á la ciudad, y contra el que eran ya impotentes todos los esfuerzos humanos. Sábio es el que acude á Dios en sus necesidades, pues nadie mejor que Él puede ampararle: harto bien lo conoció el rey Cárlos, pues únicamente debió su salvacion al auxilio divino.

Orlando pasó la noche recostado en su lecho, entregado á mil encontrados pensamientos: su mente estaba tan pronto fija en una idea como en otra, ó bien las abarcaba todas en un momento, sin detenerse mucho tiempo en ninguna, del mismo modo que los temblorosos reflejos de un agua cristalina, herida por los rayos del Sol ó los del astro de la noche, se reproducen en los techos á gran distancia tan pronto hácia la derecha como hácia la izquierda, y arriba como abajo. El recuerdo de Angélica que volvia á ocupar su imaginacion, por más que no se hubiera borrado de ella, reproducia el fuego de su corazon, avivando la ardiente llama que durante el dia parecia oculta. Habiéndola traido consigo desde el Catay al Poniente, perdió sus huellas al llegar á Francia, y no logró encontrarlas hasta el dia en que Cárlos fué derrotado junto á Burdeos. Grande era el pesar que semejante pérdida causaba á Orlando, y por ello se reprochaba continuamente su debilidad é imprevision.

—¡Alma mia, exclamaba, cuán vilmente me he portado contigo! ¡Ay de mi! ¡cuánto me pesa el haber consentido en que estuvieras bajo la custodia del duque de Baviera por no saber oponerme á tan dura órden, cuando podia continuar viviendo á tu lado dia y noche, mientras tu bondad lo permitiera. ¿No tenia yo razones para impedirlo? Quizá Cárlos no me habria contrariado; y si se hubiera opuesto, ¿quién seria capaz de apoderarse de tí contra mi voluntad? ¿Quién hubiera arrostrado mi despecho? ¿No podria yo haber apelado á las armas, y dejarme arrancar el corazon antes que ceder? ¡Ah! Ni Cárlos ni todos sus guerreros juntos serian bastantes á arrebatarte de entre mis brazos. Si á lo menos te hubiese puesto bajo mejor custodia dentro de París ó en alguna fortaleza;... pero ¿á qué confiarte á Namo? ¿Quién seria capaz de custodiarte mejor que yo en el mundo? A mí me tocaba cuidar de tí hasta la muerte, y te hubiera guardado más que á mis ojos, más que á mi mismo corazon. Y sin embargo, á pesar de ser este mi deber, fuí tan insensato, que no lo cumplí! ¡Dónde te encuentras ahora léjos de mí, alma de mi alma, tan jóven y tan bella! En tí contemplo á la tímida ovejuela que, extraviada en el bosque al desaparecer la luz del dia, va despidiendo tristes balidos, esperando hacerse oir del pastor; mas descubierta por el lobo, cae entre entre sus voraces dientes causando la desesperacion de su dueño. ¿Dónde estás, dónde, dulce esperanza mia? Quizá andarás errante y sola por el mundo... ¡Te habrán acometido quizás los lobos carniceros sin que tu Orlando pueda defenderte!... Y esa preciosa flor, cuya posesion me hubiera colocado entre los dioses; esa flor que durante tanto tiempo he venido respetando por no atentar contra tu castidad, la habrán ¡ay de mí! cogido y marchitado. ¡Oh infortunio! Si esa flor está en efecto profanada, ¿qué puedo querer ya sino morir? ¡Oh, gran Dios! haz que yo sufra todo los tormentos menos ese. Si se realizara lo que temo, con mis propias manos me arrancaria la vida y el alma desesperada!

En tan lastimosas quejas prorumpia Orlando, vertiendo copioso llanto, entrecortado por los suspiros. Mientras todos los seres animados daban reposo á sus cansados miembros ó á su espíritu no menos fatigado, tendidos los unos sobre blandas plumas, otros sobre la dura roca, y otros sobre la yerba ó las hojas de mirtos y hayas, tú solo, Orlando, atormentado por mil pensamientos crueles y encontrados, apenas podias cerrar los párpados, y aunque lograste al fin conciliar un sueño fugitivo y breve, no conseguiste hallar en él la bienhechora calma.

Creíase transportado á una verde rivera esmaltada de olosas flores, desde donde contemplaba el marfil más terso y la púrpura más brillante que Amor haya pintado por su mano, así como las dos clarísimas estrellas donde el mismo Amor alimentaba á las almas presas en sus redes: hablo de los ojos y del rostro seductor que se habian apoderado de su corazon. Sentia el mayor placer, la alegría mayor que pudiera gozar el más feliz amante... cuando de repente estalla una tempestad que destrozó las flores y tronchó las plantas; tempestad tan terrible, que no suele verse otra semejante cuando el Aquilon, el Levante y el Austro luchan encontrados. Parecia como si fuese errando inútilmente por algun desierto, buscando un sitio donde guarecerse. El infeliz, en tanto, perdió de vista á su amada sin saber cómo en medio de una niebla densa, y empezó á buscarla por todas partes, haciendo resonar todos los ámbitos del bosque con su dulce nombre. Al ver la inutilidad de sus pesquisas, exclamaba:—«¡Desgraciado de mí! ¿Quién ha trocado mi alegría en quebranto?»—Oia los gritos de Angélica, que le llamaba en su auxilio, deshecha en lágrimas, y acudia veloz hácia el sitio de donde parecian salir, consumiéndose en infructuosos esfuerzos. ¡Cuán intenso y atroz era su dolor al ver que no le iluminaba la luz de sus ojos! De improviso se dejó oir por el lado opuesto una voz que pronunció estas palabras:—«¡No esperes volver á recrearte en su belleza!»—A tan fatídica exclamacion, despertóse sobresaltado y bañado en copioso llanto.

Sin reflexionar en que son engañosas las imágenes de un sueño producidas por el deseo ó por el temor, le inquietó tanto la suerte de la doncella, á quien veia ya deshonrada ó próxima á mayores peligros, que arrojándose fuera del lecho, se armó de piés á cabeza y ensilló á Brida-de-oro sin el auxilio de ningun escudero. A fin de poder penetrar por cualquier parte en el viaje que se proponia emprender, sin menoscabo de su dignidad, no quiso ostentar en sus armas los colores blancos y rojos de su linaje, sino que escogió otra armadura enteramente negra, quizá porque el color de ella estaba más en armonía con el estado de su alma, y que arrebató á un Amostante á quien habia dado muerte pocos años hacia.

Emprendió su marcha silenciosamente á media noche, sin despedirse ni decir una sola palabra á su tio, ni siquiera á su leal compañero Brandimarte, con quien le unia una estrecha y cariñosa amistad.

Luego que el Sol, esparciendo su dorada cabellera, salió del rico palacio de Titon é hizo huir á las húmedas y oscuras tinieblas, echó el Rey de ver la desaparicion del paladin. Esta fuga le causó el mayor disgusto, pues precisamente en aquella ocasion era cuando más necesitaba de su presencia y de la ayuda de su poderoso brazo: así es que no pudiendo contener su cólera, prorumpió en quejas y en las más amargas censuras contra su sobrino, llegando á amenazarle con que le haria arrepentirse de su falta si no regresaba inmediatamente.

Brandimarte, que amaba á Orlando como á sí mismo, no pudo permanecer sin él; y bien fuese porque le sonrojaran los denuestos y amenazas que se dirigian á su amigo, ó bien por abrigar la esperanza de hacerle volver, alejóse en su busca en cuanto aparecieron las primeras sombras de la noche, sin participar á Flor-de-Lis su intento, á fin de que no se lo estorbara.

Era Flor-de-Lis una doncella á quien amaba en extremo Brandimarte, y á la verdad con justo motivo, pues no solo estaba dotada de belleza, gracias y donosura; sino tambien de prudencia y perspicacia. Si su amante no se despidió de ella, consistió únicamente en que esperaba volver á su lado al dia siguiente; pero los sucesos que sobrevinieron contrariaron su propósito. Cuando vió Flor-de-Lis que transcurria un mes entero sin que él regresara, no pudo resistir á la inquietud ni al deseo de estar en su compañía, y marchó en su seguimiento sin guia, completamente sola. Muchos fueron los paises que recorrió buscándole, como diré cuando sea ocasion oportuna: por ahora dejaré de ocuparme de ambos, por ser más necesario referir lo que importa al caballero de Anglante; el cual, una vez que se hubo despojado de los gloriosos blasones de los Almontes, se dirigió hácia una de las puertas de París, y diciendo en voz baja su nombre al capitan de guardia, hizo que le bajaran el puente levadizo, y emprendió el camino que conducia más directamente al campo enemigo. Lo que despues le aconteció, se verá en el canto siguiente.