CANTO X.

Dominado Bireno por un nuevo amor, abandona á Olimpia durante la noche en una playa desierta.—Rugiero, despreciando á Alcina, pasa al santo reino de Logistila, quien le coloca de nuevo sobre el caballo alado.—Rugiero vé durante su viaje las huestes de Reinaldo, y despues á Angélica atada á una roca, á la que logra salvar.

Entre todos cuantos amantes fieles han existido en el mundo, entre todos aquellos que mayores pruebas de constancia hayan dado, tanto en el infortunio como en la prosperidad, debo poner en primer lugar, más bien que en el segundo, á Olimpia, cuyo ejemplo de amorosa ternura, si no excedió, tampoco fué excedido por ningun otro, antiguo ni moderno. Tantas y tan ostensibles fueron las pruebas de amor que dió á su Bireno, que no es ya posible que mujer alguna ofrezca más evidentes seguridades á su amante, aun cuando le mostrara abierto el pecho y el corazon. Si la fidelidad y la abnegacion merecen ser correspondidas, nadie mejor que Olimpia se hizo digna de que Bireno la amara más que á sí mismo, y de que no la abandonara nunca por otra mujer, aun cuando esta fuese la que ocasionó el gran conflicto entre Europa y Asia, ú otra que reuniera en sí más perfecciones: por el contrario, antes que entregarla al olvido deberia consentir en perder la luz del Sol, los sentidos, la vida y la fama, y todo cuanto sea más preciado para el hombre.

Sí Bireno amó á Olimpia tanto como ella á él; si fué tan firme en su fidelidad como ella; si no le distrajeron otros pensamientos que los del amor de Olimpia, ó si pagó con ingratitud tanto cariño, y se mostró cruel á tanta lealtad y ternura, eso es lo que voy á referiros, haciendo que el asombro os obligue á enarcar las cejas y apretar los labios. Cuando sepais la ingratitud con que correspondió á tanta bondad, no existirá una sola mujer de entre vosotras que preste oidos á las palabras de su amante.

Los amantes, á fin de conseguir cuanto desean y sin reflexionar en que Dios lo oye y lo vé todo, no economizan promesas y juramentos, que al poco tiempo se los lleva el aire, ó mejor dicho, en cuanto logran satisfacer la ardiente sed que les devora. Este ejemplo deberá serviros para no dar fácil crédito á los suspiros y á los ruegos que se os dirijan. ¡Dichosos aquellos, mis queridas amigas, que pueden escarmentar en cabeza ajena! Guardaos sobre todo de esos adoradores de semblante afeminado y juvenil, porque sus deseos nacen y se extinguen rápidamente como fuego de paja.

Así como el cazador que persigue á la liebre, arrostrando los ardores del Sol ó los rigores del frio, y pasando alternativamente del llano á la montaña, la desprecia en cuanto la vé muerta, y emprende de nuevo la persecucion de cualquiera otra pieza que huye ante él, así tambien esos jóvenes, os aman y os reverencian con cuanta solicitud es de rigor en quien galantea asiduamente, mientras os mostrais con ellos duras é inflexibles; mas no bien logran alcanzar el premio de la victoria, se apresuran á convertiros de señoras en esclavas, se alejan de vosotras y dirigen á otro objeto su veleidoso amor.

No os aconsejo por esto que renuncieis al amor, en lo que haríais mal; sin ningun amante seriais como la vid que no tiene un palo ó una planta donde apoyarse. Lo que sí os encargo es que huyais de la juventud voluble é inconstante, y admitais los frutos maduros y agradables, pero sin que tampoco lo sean demasiado.

Ya dije anteriormente, que entre los cautivos habian encontrado á una hija del rey de Frisia, que Bireno destinaba para unirla á su hermano; pero, á decir verdad, codicioso aquel de disfrutar sus gracias y belleza, la guardaba para sí como manjar muy delicado, creyendo que seria una deferencia insensata quitárselo él de la boca, para cederlo á otro. Aun no pasaba la jóven de los catorce años, y era bella y fresca cual la rosa recien abierta y vivificada por los dulces rayos del Sol de primavera. No fué amor lo que por ella sintió Bireno, sino una pasion tan abrasadora, que su fuego solo podia compararse en rapidez y vehemencia al que consume instantáneamente la yesca, ó al que, prendido por mano traidora y envidiosa, devora las mieses. Como estas se abrasó inmediatamente; como estas ardió hasta la médula de sus huesos, apenas vió á la afligida doncella vertiendo amargas lágrimas sobre el cadáver de su padre. Y así como el agua fria detiene en el acto la ebullicion de la que está puesta al fuego, del mismo modo se extinguió en él la llama que le abrasaba por Olimpia, vencida por la que habia encendido en su pecho la hija de Cimosco.

No tan solo estaba ya saciado de su antigua y fiel amante, sino que le causaba tal aburrimiento, que su presencia le molestaba por estimularle cada vez más el deseo de poseer al nuevo objeto de su pasion, hasta el punto de temer por su vida si llegaba á dilatarse la realizacion de sus aspiraciones: sin embargo, procuró refrenar su pasion mientras no llegara el dia fijado para su objeto, y fingió no solo amar, sino adorar á Olimpia, y apetecer únicamente cuanto ella deseaba. Si acariciaba á la hija del rey de Frisia (y á pesar suyo no podia dejar de acariciarla más de lo regular), no eran mal interpretados sus halagos, antes bien se atribuian á compasion y bondad; pues el acto de consolar al afligido, agobiado por los reveses de la Fortuna, jamás fué censurable, y sí digno de alabanza, sobre todo tratándose de una niña inocente.

¡Oh gran Dios! ¡Cuán á menudo se ven ofuscados los juicios humanos por densas tinieblas! ¡Las impías y profanas acciones de Bireno llegaron á reputarse como santas y piadosas!

Por fin, empuñaron los remos los marineros, y alejándose de aquellas costas, dirigieron gozosos las naves hácia Zelanda al través de numerosos canales, llevando al Duque y su comitiva. Ya habian perdido de vista las playas de Holanda, y dirigídose á la izquierda, hácia las costas Escocia, para no tocar en las de Frisia, cuando se vieron sorprendidos por un viento impetuoso, que durante tres dias les hizo andar errantes por aquellos mares. Cerca del anochecer del tercer dia llegaron á una isla inculta y desierta, y se refugiaron en una pequeña ensenada. Olimpia saltó en tierra, acompañada del infiel Bireno, con quien cenó alegremente aquella noche, sin abrigar la menor sospecha: levantóse despues una tienda en un sitio agradable, y descansaron ambos en ella, mientras que sus compañeros volvieron á bordo de los buques para entregarse á su vez al reposo.

El cansancio que ocasiona la navegacion, y el temor que durante algunos dias la habia mantenido en el insomnio; la satisfaccion de encontrarse segura en aquella costa, léjos del rumor de los bosques, y sin que la molestara ningun pensamiento ni cuidado alguno, puesto que estaba al lado de su amante, fueron causa de que Olimpia se entregara á un sueño tan profundo, cual no pueden tenerlo los osos ó los lirones.

El falso amante, á quien tenian desvelado sus inícuos pensamientos, así que la vió dormida, levantóse silenciosamente, hizo un lio de sus vestidos, sin tomarse el tiempo necesario para ponérselos, salió de la tienda, y cual si le hubiesen nacido alas, voló á donde estaban sus compañeros, á quienes despertó: ordenó en seguida que se desplegaran las velas, y sin que se oyera una palabra, se hicieron á la mar, alejándose de aquella playa.

Pronto la perdieron de vista, y con ella á la desdichada Olimpia, que continuó durmiendo hasta que la aurora esparció sobre la tierra el fresco rocío desde las doradas ruedas de su carro, y se oyó á los alciones lamentarse de su antiguo infortunio, revoloteando sobre las aguas.[41] Medio dormida extendió la hermosa jóven su brazo para abrazar á Bireno, pero en vano: á nadie encontró; retirólo y lo extendió de nuevo, siempre infructuosamente: buscó con ambas manos, sin tropezar con nada, y disipado por el temor su sueño, abrió los ojos, miró y no vió á nadie; y no pudiendo permanecer más tiempo en el lecho, saltó de él y salió precipitadamente de la tienda. Corrió hácia el mar, hiriéndose el rostro; y convencida ya de su desgracia, mesóse los cabellos, se golpeó el pecho, recorrió con sus miradas el espacio auxiliada por la luz de la luna, por si podia distinguir algo que no fuera la playa; pero tan solo la playa divisó. Llamó á voces á Bireno, y á este nombre respondieron los antros, más piadosos que él.

En un extremo de la playa elevábase un peñasco, cuya base habian socavado las olas con sus continuos embates, convirtiéndolo en una especie de arco; dicho peñasco estaba encorvado y pendiente sobre el mar. Olimpia trepó presurosa hasta la cima, merced al vigor que le prestara su desesperacion, y vió huir á lo léjos las veleras naves de su cruel señor. Las vió, ó creyó verlas; porque aun no habia bastante claridad, y ante tan terrible espectáculo, temblorosa y más blanca y yerta que la nieve, se dejó caer sobre la roca. Luego que le fué posible levantarse extendió sus manos en direccion de las naves fugitivas, y llamó diferentes veces con desgarradores gritos á su desalmado consorte. Cuando su voz se debilitaba, la sustituia el llanto ó las palmadas, interrumpiendo sus señales con estas y parecidas exclamaciones:—¡Adonde huyes, cruel, con tanta velocidad! ¡Tu buque no lleva la carga que debe! ¡Haz que me lleve á mí, pues poco le estorbará mi cuerpo, cuando conduce mi alma!—Y continuaba haciendo señas con los brazos ó con los vestidos para que regresara el buque.

Los vientos, que se llevaban por alta mar los bajeles del ingrato jóven, llevábanse tambien las súplicas, las quejas, el llanto y los gritos de la infeliz Olimpia, que por tres veces distintas intentó precipitarse en las olas desde lo alto de la roca, hasta que al fin bajó de ella, y volvió á la tienda donde habia pasado la noche.

Tendida en el lecho, con el rostro vuelto hácia abajo, le decia entre lágrimas:

—Anoche acojiste dos cuerpos. ¿Por qué al despertar no éramos tambien dos? ¡Pérfido Bireno! ¡Ah! ¡Maldito mil veces el dia en que fuí engendrada! ¿Qué debo hacer? ¿Qué va á ser de mí, sola y abandonada? ¿Quién me prestará ayuda y consuelo?... No veo aquí persona alguna; no distingo el menor vestigio que revele la presencia de un ser humano. ¡Tampoco descubro ningun bajel en que embarcarme y buscar mi salvacion!... ¡ Moriré sin duda de hambre! No habrá nadie que cierre mis ojos, ni quién me dé sepultura, como no la encuentre en el vientre de las fieras que vagan por esas selvas. Ya creo ver salir de esos bosques los osos, los leones, los tigres y demás animales feroces, á quienes la naturaleza ha provisto de colmillos agudos y aceradas garras para destrozar á sus víctimas! Pero ¿qué fiera habrá tan cruel que me dé una muerte peor que la que tú me destinas, feroz Bireno? A ellas les pareceria bastante una sola, mientras que tú me haces sufrir mil muertes. Aun suponiendo que algun navegante arribe á estas playas y me reciba por compasion á bordo de su buque, salvándome de los osos, los lobos y leones, del hambre, y de otros géneros de muerte á cual más horribles, ¿podrá por ventura conducirme á Holanda, cuyos puertos y fortalezas están custodiados por tí? ¿Me llevará á mi país natal, cuando te has apoderado de él por medio de la traicion? Tú me has arrebatado mis dominios, bajo falaces apariencias de amor y alianza, y para usurparlos mejor, te apresuraste á ponerlos bajo la vigilancia de tus soldados. ¿Volveré á Flandes, donde vendí los restos de mi fortuna, los únicos medios de existencia con que contaba, para socorrerte y sacarte de tu prision? ¡Desdichada de mí! ¿A donde me encaminaré? Lo ignoro. ¿Debo acaso ir á Frisia, en cuyo trono pude sentarme, si no lo hubiera despreciado por tí, lo cual ha sido causa de que pierda mi padre, mis hermanos, y todo cuanto me era querido en el mundo? No quisiera echarte en cara, ingrato, todo cuanto he hecho por tí, ni creo necesario recordártelo, pues tan bien como yo lo sabes: sin embargo, ¡hé aquí la recompensa que te he merecido!.. ¡Oh! ¡Dios mio! ¡No permitas que caiga en poder de algun corsario que me venda luego como esclava! Antes de que tal suceda, venga un lobo, un oso, un leon, un tigre ó cualquier otra fiera, que con sus garras me destroce, me devore con sus dientes, y muerta me conduzca arrastrando á su caverna.

Y así diciendo, arrancábase Olimpia sus hermosos cabellos de oro. Corrió de nuevo hácia la playa, volvió de un lado á otro la cabeza repetidas veces, ondeando su cabellera á merced del viento: parecia fuera de sí, y como si se hubiese apoderado de su cuerpo, no uno, sino una docena de espíritus malignos, semejante á veces en su desesperacion á Hécuba al contemplar el cadáver de Polidoro. Detúvose por último sobre una roca mirando fijamente al mar, tan inmóvil que parecia una estátua de piedra.

Pero dejémosla lamentarse hasta que volvamos á ocuparnos de ella, y tratemos de Rugiero que continuaba cabalgando por la playa, rendido y abrumado por el intenso calor del mediodia. El Sol heria con sus rayos aquellas lomas, que refractaban vivamente su ardor: hervia la arena blanca y fina de aquella costa, y á las armas del guerrero les faltaba poco para caldearse completamente. Mientras que la sed y las molestias del camino por la playa arenosa y solitaria le hacian desagradable y enojosa compañía, llegó á una torre antigua, edificada á la orilla del mar, donde estaban tres damas de la corte de Alcina, á quienes conoció por sus vestidos y ademanes. Tendidas sobre tapices de Alejandría, disfrutaban á la sombra de un delicioso fresco, rodeadas de vinos exquisitos y de toda clase de dulces y manjares delicados. Cerca de la playa y mecida por las olas, tenian dispuesta una barquilla, esperando que hinchase la vela alguna brisa, de la que entonces no se sentia el más ligero soplo.

Apenas vieron á Rugiero caminando trabajosamente por la movediza arena, atento solo á su viaje, con la sed retratada en los labios y lleno de sudor el abatido semblante, le llamaron diciéndole que interrumpiera por un momento su marcha, y no se negara á restaurar sus fuerzas quebrantadas, disfrutando por algun tiempo aquella grata sombra. Una de ellas se acercó al caballo para tener el estribo; otra dió mayor pábulo á su sed, presentándole una copa de cristal llena de vino espumoso; pero Rugiero no quiso aceptar nada, conociendo que el menor retraso en su marcha daria á Alcina tiempo de alcanzarle, cuando la encantadora iba en pos de él, y estaba ya muy cerca. No se inflaman con tanta rapidez el salitre y el azufre más puro al contacto del fuego, ni es tan grande la

Una de ellas se acercó al caballo para tener el estribo.
(Canto X.)

furia del mar cuando se vé impelido por un negro turbion descendido del cielo, como la tercera de aquellas damas ardió en ira y furor, al ver que Rugiero seguia impávido su camino sin hacer ningun caso de ellas á pesar de su belleza.

—Tú no eres cortés ni caballero, exclamó con desaforados gritos; esas armas que llevas las has robado, y probablemente habrás adquirido del mismo modo ese caballo: tan verdad es lo que digo, como que deberias ser castigado con una muerte infame, descuartizado, quemado vivo ó empalado, por villano, ladron, orgulloso é ingrato.

Otras muchas injurias y denuestos le prodigó la arrogante dama, á pesar de que Rugiero no se dignó contestarle, por estar persuadido de que no podia reportarle ninguna utilidad semejante disputa. Embarcóse la jóven con sus hermanas en la barquilla que estaba dispuesta para su servicio, y á fuerza de remo siguieron al paladin, que continuaba costeando la playa.

En tanto que las tres doncellas dirigian á Rugiero desde la barca todo género de amenazas, maldiciones é injurias, y cuantas frases insultantes pudieran excitar su cólera, llegó el guerrero al estrecho por donde se pasaba á los estados de la más benigna hada; y vió á un barquero anciano, que al divisarle desató su barca de la orilla opuesta, como si estuviera ya avisado y preparado de antemano, esperando la llegada de Rugiero. El barquero se dirigió á él, manifestando su alegría por transportarle á mejores playas: si el rostro es el espejo del corazon, aquel anciano reunia á una gran benignidad una discrecion no menor.

Saltó Rugiero en la barca, dando á Dios fervientes gracias por haberle salvado, y empezó á surcar las aguas departiendo amigablemente con aquel marinero prudente y dotado de singular experiencia. Daba este mil plácemes al guerrero por haber sabido sustraerse tan á tiempo al poder de Alcina, antes de que le hubiera hecho apurar, como á tantos otros, la copa de sus filtros encantados, así como tambien aprobaba su determinacion de refugiarse en el país de Logistila, donde seria testigo de las costumbres más santas, donde admiraria la belleza eterna y la gracia infinita que nutren y alimentan el corazon sin producir jamás la saciedad.

—La presencia de Logistila, continuaba diciendo el anciano, difundirá de pronto en tu alma el mayor asombro y reverencia; y conforme vayas acostumbrándote poco á poco á su elevado trato y modesto continente, tendrás en poca estima cualquier otro bien que para tí exista en la Tierra. Su amor es diametralmente opuesto á todos los demás: mientras que los otros tienen oprimido continuamente el corazon entre el temor y la esperanza, el suyo inspira un solo deseo, el de contemplarla, con lo cual quedan todos satisfechos por completo. Ella te proporcionará goces más gratos que los que ofrecen las músicas, las danzas, los perfumes, los baños y los manjares: sus pensamientos, que parten de una base más perfecta, tienen más elevacion que la que alcanzan los milanos al remontarse por los aires: ella te enseñará, por último, cómo puede llegar á participar un ser mortal de la gloria de los bienaventurados.

Así iba diciendo el barquero, mientras bogaba hácia la orilla opuesta, bastante apartada todavia, cuando descubrió en alta mar un gran número de bajeles que iban en su demanda: en ellos venia la ofendida Alcina con todos los guerreros que habia logrado reunir, decidida á perder la existencia y sus estados, ó á rescatar el objeto de su pasion: tan extrema determinacion se la habia inspirado Amor, no menos que el dolor causado por la injuria recibida. Jamás habia sentido, por nada ni por nadie, tan vivos deseos de vengarse como entonces: así es que corriendo presurosa tras su venganza, hacia que los remos golpeasen las aguas con tal fuerza y rapidez que la espuma salpicaba ambas orillas: el estrépito que producian retumbaba en el mar y en las costas, llenando además con sus ecos el espacio.

—Descubre el escudo, Rugiero, exclamó el anciano: descúbrelo inmediatamente: es indispensable; de lo contrario, serás muerto ó aprisionado con vergüenza tuya.

Y no contento con esta advertencia, cogió por sí mismo el escudo, y levantando la tela que lo cubria, dejó escapar aquella luz deslumbradora. El encantado resplandor que hirió vivamente los ojos de sus adversarios, les ofendió de tal modo que quedaron como ciegos, cayendo sin conocimientos unos por la popa, y otros por la proa.

Un vigía colocado sobre una roca de los dominios de Logistila, al divisar la escuadra de su enemiga, dió por medio de una campana la señal de alarma: no tardó en acudir presuroso el ejército de aquella hada, y á los pocos momentos se oyó semejante al de la tempestad el estruendo de la artilleria, que disparaba contra los perseguidores de Rugiero, el cual socorrido por todas partes, consiguió poner en salvo su libertad y su vida.

En esto llegaron á la playa cuatro damas, enviadas apresuradamente por Logistila: la valerosa Andrónica, la prudente Fronesia, la honestísima Dicila, y la casta Sofrosina, que dió entonces mayores muestras de solicitud que sus compañeras.

Inmediatamente despues empezó á salir del castillo el ejército de la virtuosa hada, que no tenia rival en el mundo, y embarcándose en una flota, compuesta de un crecido número de grandes bajeles, anclados en una ensenada tranquila que formaba la playa al pié de la fortaleza, y dispuestos dia y noche á combatir al primer aviso, á la primera campanada, se extendió por el mar en forma de batalla.

Terrible fué el combate que se siguió así por mar como por tierra; terrible y fatal para Alcina que perdió en aquel dia los estados usurpados á su hermana. ¡Cuántas batallas han tenido un resultado totalmente distinto del que se esperaba antes de trabarlas! Esto fué lo que le sucedió á Alcina; pues no solo no consiguió apoderarse nuevamente de su amante, segun se prometia, sino que de todos sus bajeles, tan numerosos que apenas cabian en el mar, solo pudo salvar de las llamas una débil barquilla, en la cual huyó triste y desesperada.

Con la fuga de Alcina acabó de consumarse la total destruccion de la armada, y sus soldados cayeron muertos en la pelea ó fueron reducidos á prision; pero este cruel revés no afligia tanto á la maga como la pérdida de su Rugiero, por quien suspiraba dia y noche amargamente, derramando copiosas lágrimas. En su desesperacion se lamentaba con frecuencia de no poder darse la muerte; porque una hada no puede morir mientras el Sol siga su curso natural y no varien las revoluciones del cielo y de los astros. Si así no fuese, el dolor de Alcina era bastante á conmover á Cloto[42] para que cortara el hilo de sus dias, y hubiera puesto término á su suplicio valiéndose del acero, como Dido[43], ó cual la soberbia reina del Nilo[44], eligiendo un veneno mortal para arrancarse la existencia, pero desgraciadamente las hadas no siempre pueden morir.

Mas volvamos á Rugiero, digno de eterna gloria, y dejemos á Alcina entregada á su afliccion.

Luego que el paladin, saltando á tierra, consiguió fijar la planta en aquel país seguro y hospitalario, dió fervorosas gracias á Dios por no haberle desamparado en la realizacion de su intento, y volviendo al mar la espalda, se encaminó rápidamente hácia la roca donde se asentaba el castillo de Logistila. Jamás vieron ojos mortales otra fortaleza tan suntuosa ni tan bien defendida. Sus murallas eran de una piedra mucho más preciosa que el diamante ó el rubí; de una piedra completamente desconocida entre nosotros; para formarse idea de ella seria preciso ir á verla hasta aquel país; pues no creo que se encuentre otra semejante en parte alguna, como no sea en el Cielo. Lo que la hace mucho más notable y de más valor que cualquiera otra piedra preciosa, es que al contemplarse en ella, el hombre vé retratado lo que pasa hasta en el fondo de su corazon: contempla sus vicios y sus virtudes tan claras y patentes, que no vuelve jamás á hacer caso de la adulacion ni de las censuras inmerecidas: mirándose en aquel brillante espejo, aprende el hombre á conocerse á sí mismo y adquiere una exquisita prudencia. El resplandor que aquellas piedras despedian, comparable solo al del Sol, alumbraba de tal modo con sus fulgurantes destellos, que quien poseyera una sola, podria, siempre que le viniera en mientes, convertir la noche en dia, á pesar del mismo Febo. No solo las murallas eran dignas de admiracion: el arte y la materia de que se compone aquel castillo compiten hasta tal punto, que seria difícil juzgar á cual de ambos debia darse la preferencia.

Sobre arcos tan elevados que no parecia sino que sostuvieran los mismos cielos, se ostentaban tan extensos y bellísimos jardines, que hubiera sido difícil formarlos semejantes en la llanura. Por entre las luminosas almenas asomaban sus verdes ramas mil arbustos odoríferos, cargados, tanto en verano como en invierno, de pintadas flores y frutas sazonadas. Solamente en aquellos jardines crecen árboles tan fecundos, y solo en ellos se ven rosas, violetas, lirios, amarantos ó jazmines tan magníficos. En otras partes las flores suelen nacer, vivir, é inclinar su corola marchita en un mismo dia, dejando huérfano de hojas su tallo á la menor variacion atmosférica; pero allí era perpétua la belleza de las flores: no porque la benigna naturaleza les conceda una temperatura á propósito, sino porque Logistila, con su cuidado y sus talentos, las hacia vivir en una primavera eterna, sin el auxilio de ninguna cosa sobrenatural, lo cual parecia á todos increible.

Logistila se mostró muy complacida de la llegada á sus dominios de un caballero tan gentil, y dispuso que fuera muy agasajado, y que todos se esmeraran en honrarle y obsequiarle. Rugiero vió con satisfaccion á Astolfo que hacia bastante tiempo se encontraba allí; y en pocos dias fueron llegando sucesivamente todos los caballeros á quienes Melisa habia devuelto su primitiva forma.

Despues de haber descansado algunos dias, se acercó Rugiero á la prudente Hada con el duque Astolfo, que anhelaba tanto como aquel guerrero regresar á Occidente. Melisa tomó la palabra por ambos, y suplicó humildemente á la Hada, que con sus consejos, favor y auxilio, lograsen volver al país de que procedian. Logistila contestó que pensaria en ello, y que dentro de dos dias les concederia lo que deseaban. Reflexionó despues en los medios de que se valdria para auxiliar á Rugiero y al Duque, y resolvió que el caballo alado fuese el primero en regresar á las costas de Aquitania; pero antes quiso que se le hiciera un freno á propósito para dirigirle. Enseñó á Rugiero de qué modo ha de valerse para hacerle subir ó bajar, segun su deseo, y cómo ha de manejar las riendas para que vuele describiendo círculos, para que hienda los aires en línea recta ó para que permanezca fijo sostenido en las alas. A los pocos ensayos, logró el paladin dominar por completo á su corcel, guiándole por los aires con la misma facilidad y destreza con que solia cabalgar en su anterior caballo por el terreno llano.

Cuando Rugiero lo tuvo todo dispuesto para el viaje, se despidió de la Hada benéfica, y salió de sus estados llevando grabado en su corazon el permanente y cariñoso recuerdo de sus bondades.

Continuaré hablando de Rugiero que emprendió su marcha en ocasion muy oportuna, y despues referiré cómo el guerrero inglés consiguió reunirse á Carlomagno y sus aliados tras un viaje mucho más largo y penoso.

Al partir Rugiero, no siguió el mismo camino por donde á pesar suyo le habia conducido el Hipogrifo, siempre por encima de los mares y sin ver apenas la tierra: en disposicion ahora de dirigirle á su albedrío, quiso regresar á su país por distinta via, como los reyes Magos hicieron al volver al suyo por no encontrarse con Herodes. Al ir hácia aquella isla donde estaban las dos hadas en contínua guerra, habia atravesado la España, y fué á parar á la India Oriental directamente cruzando los mares. A la vuelta quiso ver otras regiones distintas de aquellas en donde Eolo impele á los vientos, y terminar el círculo empezado, para dar, lo mismo que el Sol, la vuelta al mundo entero.

Ofreciéronse á su vista el Catay, y Mangiana sobre el gran Quinsaí: pasó volando sobre el monte Imaús; dejó á la izquierda la Sericania, y declinando siempre desde la Escitia hiperbórea hasta las costas de Hircania, llegó al país de los Sármatas; y cuando se encontró en los confines de Europa y Asia, vió la Rusia, la Prusia y la Pomerania.

Aunque el único deseo de Rugiero fuese el de ver cuanto antes á su querida Bradamante, no pudo, sin embargo, privarse del placer que le causaba ir dando la vuelta al mundo, y siguió visitando las comarcas de Polonia, Hungria, Germania y todas las demás de aquella triste tierra boreal hasta que por fin llegó á Inglaterra, último confin, por aquella parte, del mundo conocido. No vayais á figuraros, Señor, que durante este largo trayecto estuviera siempre volando: cada noche procuraba encontrar un albergue buscando una posada donde descansar cómodamente. Invirtió muchos dias y aun meses en su viaje, por lo mismo que se complacia en visitar nuevas tierras y nuevos mares, hasta, que llegando á Lóndres una mañana, obligó á su palafren á descender á la orilla del Támesis.

En las praderas que rodeaban aquella ciudad vió una inmensa multitud de infantes y ginetes armados, que desfilaban en apiñados escuadrones, y al toque de cornetas y atabales, por delante del buen Reinaldo, honor y prez de los paladines; el cual, si recordais lo que de él he referido, habia pasado á aquellos reinos por mandato de Carlomagno en demanda de auxilios de toda clase.

Rugiero llegó precisamente en el momento en que se pasaba revista á tan lucido ejército, y desmontando del Hipogrifo, preguntó la causa de aquel aparato militar á un caballero, que se apresuró con gran cortesía á satisfacer su curiosidad, diciéndole que las tropas agrupadas allí bajo tantas y tan distintas banderas procedian de Escocia, Irlanda, Inglaterra y demás islas adyacentes; y que en cuanto terminase aquella revista, se dirigirian hácia la costa, donde los esperaban ya los buques que debian surcar el Océano, para acudir en socorro de los franceses, reducidos al último extremo, y que solo de ellos esperaban su salvacion.

—Pero á fin de que quedes bien enterado, voy á designarte uno por uno todos esos escuadrones.

»¿Ves aquella gran bandera en que están unidas las flores de lís á los leopardos? Pues es la enseña del jefe de todas esas tropas reunidas, en pos de la cual han de seguir los demás estandartes. El nombre de dicho jefe, famoso en estos paises, es el de Leonelo, flor y nata de los guerreros, maestro en el arte de la guerra, sobrino del Rey y duque de Lancaster.

»La bandera que sigue inmediatamente al estandarte real, aquella que hace el viento ondear hácia el monte y ostenta tres alas blancas en campo verde, es la de Ricardo, conde de Warwick. Del duque de Glocester es aquella otra que tiene dos astas de ciervo sobre medio cráneo. El duque de Clarence lleva por blason una antorcha: el de York un árbol. Mira allí un estandarte que por divisa tiene una lanza rota en tres pedazos; es la del duque de Norfolk: el rayo es la del buen conde de Kent, como aquel grifo lo es del conde de Pembroke: el duque de Sufolk lleva por enseña una balanza: aquellas dos serpientes unidas por un yugo son la del conde de Essex, y la guirlanda en campo azul la del de Northumberland. El conde de Arundel lleva en su estandarte una pequeña embarcacion sumergiéndose en el mar; y aquellos tres son los del marqués de Barclay, del conde de la Mark y del de Richmond; el primero lleva un monte hendido en campo blanco; el segundo una palma, y el tercero un pino bañado por las olas. Las banderas de los condes de Dorset y de Southampton tienen, la de aquel un carro y la de este una corona.

»Raimundo, conde de Devonshire, ostenta en su estandarte aquel milano que protege el nido con sus alas; la bandera amarilla y negra es del conde de Vigorre; la del conde de Derby tiene por blason un perro; la del de Oxford un oso; el rico prelado de Bath sostiene una cruz deslumbradora, y el duque Arimon de Sommerset ostenta en su estandarte una silla rota sobre fondo oscuro.

»Ascienden á cuarenta y dos mil los hombres de armas y los arqueros á caballo; los soldados de á pié alcanzarán de seguro á doble número.

»Repara en aquellas banderas; una gris, otra verde, otra amarilla y otra negra listada de azul: son las de Godofredo, Enrique, German y Odoardo, capitanes de otras tantas mesnadas: el primero es duque de Buckingham; conde de Salisbury el segundo; el tercero señor de Burgenia, y Odoardo, conde de Croisbury. Todas esas tropas, que están formadas hácia Levante, son las de Inglaterra. Vuélvete ahora hácia Occidente, y fíjate en aquellos treinta mil escoceses, que vienen á las órdenes de Zerbino, hijo de su rey.

»Hé allí el estandarte real del rey de Escocia, que ostenta un leon armado con una espada de plata, teniendo un unicornio á cada lado: junto á él acampa el príncipe Zerbino, que es el más valiente y gallardo de cuantos le rodean: la naturaleza se esmeró en hacerle perfecto, y rompió luego el molde, para que aquel guerrero fuera sin par. No existe quien reuna tanta virtud, tanta gracia, ni tal valor como el príncipe de Escocia, que tiene además el título de duque de Ross.

»El conde de Athol lleva una barra de oro en su estandarte: la otra bandera es del duque de Marr, que tiene por blason un leopardo: aquella que está engalanada de varios colores y de numerosas avecillas es la del gallardo Alcabrun, que á pesar de ser el primer magnate de su selvático país, no tiene el título de duque, ni de conde, ni de marqués siquiera. Aquella bandera en que se vé un águila mirando fijamente al Sol es del duque de Stratford: el conde Lurcano, señor de Angus, tiene por blason un toro entre dos perros de presa; el duque de Albania ostenta en el suyo los colores azul y blanco, y el conde de Buckan un buitre destrozado por un dragon verde.

»Aquella bandera negra y blanca es del fuerte Arman, señor de Forbess; y la que está á su izquierda con una antorcha en campo verde es del conde de Erelia. Contempla ahora á los guerreros de Hibernia cerca de la llanura: forman dos escuadrones, mandado el primero por el conde de Kildare y el otro compuesto de aguerridos montañeses, por el de Desmond. La enseña del primero tiene un pino inflamado; la del segundo, una banda roja en campo blanco.

»No socorren á Carlomagno únicamente la Inglaterra, la Escocia y la Irlanda, sino que se apresuran á enviar sus guerreros con este objeto Suecia, Noruega, la isla de Thulé[45] y hasta la remota Islandia, y finalmente todas las naciones septentrionales, enemigas naturales de la paz. Diez y seis mil guerreros, ó pocos menos, salidos de sus cavernas ó de sus selvas, con el rostro, el pecho, la espalda, los brazos y las piernas cubiertas de vello como las fieras, rodean aquella bandera enteramente blanca, formando en su derredor un bosque de lanzas. Morat, su jefe, es el que la lleva, dispuesto á empaparla en sangre mora.»

Mientras Rugiero estaba entretenido en contemplar las variadas enseñas de aquel lucido ejército, que se disponia á acudir en socorro de Francia, y preguntaba los nombres de los señores bretones, hablando con su interlocutor acerca de lo que presenciaba, fueron aproximándose varios curiosos á contemplar estupefactos su extraño y maravilloso corcel, único en el mundo, y en breve formaron en torno suyo un apiñado grupo. Para aumentar su sorpresa y admiracion, y á fin de reirse de su asombro, montó Rugiero en el Hipogrifo, le aflojó las riendas, y tocándole lijeramente con las puntas de los acicates, le hizo remontarse velozmente por los aires, dejando á los circunstantes atónitos y mudos de estupor.

Desde allí, y despues de atravesar la Inglaterra de un extremo á otro, dirigióse Rugiero á Irlanda, á aquella Hibernia fabulosa, donde construyó un santo anciano la cueva, dotada de tan singular virtud que el hombre queda en ella purificado de sus peores faltas[46]. Despues encaminó su volador corcel á la Bretaña menor, y al pasar sobre el mar miró hácia abajo, y vió Angélica atada á una de las peñas de la isla del Llanto, que así se llamaba aquella isla habitada por una gente tan feroz, cruel é inhumana, que, segun he dicho en otro canto, iba continuamente merodeando por diferentes costas, á fin de apoderarse de las mujeres más hermosas, para convertirlas despues en nefando alimento de un mónstruo marino.

Angélica habia sido encadenada aquella misma mañana en la playa donde solia acudir la desmesurada orca marina que se alimentaba de tan aborrecible manjar. Ya he dicho antes cómo fué aprisionada por los que la encontraron dormida al lado del viejo encantador, que valiéndose de sus artes mágicas, la habia atraido al sitio que se propusiera: los feroces ebudios no tuvieron reparo en exponerla en la costa, como cebo de la fiera, completamente desnuda, y tal cual la habia formado la naturaleza, y sin tener siquiera un velo con que ocultar las blancas azucenas y las encendidas rosas esparcidas por sus delicados miembros, que no podian marchitar los calores del verano ni los hielos del invierno.

Rugiero habria podido creer que era una estátua hecha de alabastro ó de reluciente mármol, y colocada en aquel peñasco por un capricho artístico de algun inspirado escultor, si no hubiese visto claramente cómo rodaban las lágrimas por las frescas y sonrosadas mejillas, hasta rociar con ellas los torneados pechos, y cómo ondeaba á merced del viento la dorada cabellera. Al fijar sus ojos en los bellos ojos de Angélica, acordóse Rugiero de su Bradamante; el amor y la compasion agitaron á un tiempo su pecho de tal modo, que á duras penas pudo contener el llanto, y moderando el vuelo de su corcel, acercóse á la jóven y le dijo dulcemente:

—¡Oh hermosa doncella, digna tan solo de la cadena con que Amor esclaviza á los amantes, é inmerecedora de la triste suerte á que te veo reducida! ¿Quién ha sido el hombre despiadado, que lleno de cruel envidia, ha podido imprimir la huella de tan atroces ligaduras en el terso marfil de esas lindas manos?

Al oir tales palabras, sintió la jóven que encendia su rostro el calor de la vergüenza, viendo que estaban expuestas á las miradas de todos aquellas partes de su cuerpo que, aunque reunan todas las perfecciones, no puede menos de ocultarlas el pudor. Hubiérase cubierto el rostro con las manos, si no las hubiese tenido atadas á la roca; pero lo cubrió con su llanto, única cosa que no le habian podido arrebatar, y procuró tenerlo inclinado. Conteniendo los sollozos, empezó á contestar á Rugiero con voz débil y fatigosa; mas no pudo seguir adelante, porque expiró la palabra en sus labios al oir un gran rumor que del mar procedia.

Apareció en seguida el desmesurado mónstruo, medio sumergido en las olas, y así como el bajel impelido por los vientos acude velozmente á refugiarse en el puerto, con igual rapidez se dirigió la horrible fiera á apoderarse del cebo que se le tenia dispuesto; la distancia que le separaba de Angélica era muy corta, y la jóven, medio muerta de espanto, no tenia ya esperanza alguna de salvacion, cuando Rugiero, que llevaba empuñada la lanza, se adelantó empezando á descargar furiosos golpes con ella sobre la orca.

No puedo comparar á aquel enorme cetáceo sino con una gran masa que gire en todas direcciones; pues lo único que tenia de animal era la cabeza, con sus ojos y sus colmillos de fuera, semejantes á los de un jabalí. Rugiero procuraba herirle de frente, entre los ojos; pero embotábanse los golpes de su lanza, como si los hubiera dirigido contra el hierro ó la piedra. Al ver que fué vana la primera acometida, retrocedió á fin de tomar más impulso para la segunda; y la orca, que observó la sombra de las grandes alas del hipogrifo corriendo sobre las ondas, abandonó la presa segura que tenia en la orilla por correr furibunda tras la dudosa, volviéndose y revolviéndose contra aquel fantasma, mientras que Rugiero procuraba caer sobre ella descargándole nuevos golpes.

Así como suele descender desde la region de los aires el águila, que, atraida por la serpiente que ha visto deslizarse entre la yerba, ó tenderse al Sol sobre una pelada roca, para limpiar y alisar sus doradas escamas, no la acomete de frente á fin de evitar su ponzoñosa mordedura, sino que la ataca por la espalda, agitando las alas con objeto de impedir que el reptil se vuelva y la ataque á su vez, del mismo modo acometió Rugiero á la orca con espada y lanza dirigiendo sus golpes, no al sitio donde podian servirle de defensa sus terribles colmillos, sino entre las orejas, sobre la espalda ó hácia la cola. Si la fiera se volvia, cambiaba él de direccion, y tan pronto descendia como volvia á elevarse; pero se fatigaba en vano, porque no conseguia atravesar aquella piel más dura que la roca.

Podia compararse aquel combate á los ataques que contra el mastin dirige la mosca atrevida durante el polvoroso Agosto, ó en los meses anterior y siguiente, aquel lleno de espigas y este de mosto: pícale en los ojos, y en el hocico; da mil vueltas en torno suyo y no se separa un momento de él, mientras que el perro da continuos mordiscos al aire, hasta que alcanzando uno á su enemiga basta para hacerle pagar cara su audacia.

La orca golpeaba con tal violencia las olas que hacia saltar el agua hasta el cielo; así es que el paladin no sabia si estaba batiéndose en el aire, ó si su corcel se habia metido en el mar. Más de una vez deseó encontrarse en la playa; porque de durar mucho aquella lucha, temia que de nada le sirvieran las alas mojadas del Hipogrifo, encontrándose por consiguiente sin auxilio y sin poder valerse de la más insignificante barquilla. Ofrecióse entonces á su imaginacion un nuevo y más seguro medio de vencer con otras armas á la horrenda fiera, deslumbrándola con el resplandor del escudo encantado. Voló hácia la orilla, y para no comprometer el éxito, se dirigió á la jóven que continuaba atada á la roca, y le colocó en el dedo el anillo que destruia todos los encantos; aquel anillo que Bradamante habia arrebatado á Brunel para salvar á Rugiero, y que le habia enviado á la India por conducto de Melisa para arrancarle del poder de la pérfida Alcina. Melisa, como he dicho antes, hizo uso de aquel talisman en favor de muchos, y despues se lo devolvió á Rugiero, que no volvió á desprenderse de él.

En aquella ocasion se lo confió á Angélica por temor de que privara al escudo de su esplendoroso fulgor, y para que al mismo tiempo sirviera de defensa á aquellos bellos ojos, que ya le habian aprisionado en sus redes. El enorme cetáceo se acercaba en tanto á la orilla, oprimiendo con su cuerpo un inmenso espacio de mar. Preparóse Rugiero, y cuando le vió cerca, levantó el velo, uniendo un nuevo Sol al que ya brillaba en el cielo. La encantada luz, dando de lleno en los ojos de la fiera, produjo el efecto acostumbrado. Como la carpa ó la trucha flotan por el rio cuyas aguas ha emponzoñado con cal el pescador, así se vió flotar el mónstruo con el vientre hácia arriba á merced de las olas. Rugiero procuró entonces herirle por todas partes, pero no pudo conseguir su intento.

Angélica empezó á rogarle que cesara en sus inútiles esfuerzos, diciéndole entre copioso llanto:

—Vuelve, por Dios, Señor: desátame antes que la orca vuelva en sí; llévame contigo, y sumérgeme en lo profundo del mar antes que dejarme de nuevo expuesta á la voracidad de ese mónstruo.

Rugiero, conmovido por estas súplicas, desató á la jóven y la apartó de la orilla. Preparó su corcel, que afirmando las patas en la arena, tomó impulso, se lanzó por los aires y atravesó velozmente el espacio, llevando sobre sus lomos al caballero y á la jóven. Así se vió privada la orca de un manjar harto suave y delicado para ella. Durante aquel viaje aéreo, volvíase Rugiero con frecuencia y cubria de besos el pecho y los vivaces ojos de su compañera.

El paladin abandonó el propósito que tuvo al principio dar la vuelta á España, é hizo que su corcel descendiera en la costa cercana, donde forma un prolongado cabo la Bretaña menor.

Habia en aquella costa un bosque de pobladas encinas, en el cual anidaban multitud de ruiseñores: en el centro se descubria un pequeño prado con una fuente en medio, y á uno y otro lado se elevaban colinas solitarias. Allí fué donde el ardoroso caballero detuvo su atrevida marcha y bajó á la pradera, haciendo que su corcel plegara las alas. Apenas apeado del caballo, se preparó á dar asaltos más dulces; pero le incomodaba el arnés, y tuvo que quitárselo por ser un obstáculo para sus deseos. En su precipitacion, no acertada á despojarse de las armas: mientras procuraba desatar un nudo, sin saber cómo hacia dos. ¡Jamás le habia costado tanto trabajo quitarse la armadura! Pero este canto se va alargando demasiado, y quizá, Señor, esteis ya cansado de escucharme. Aplazaré, pues, la conclusion de esta historia para ocasion más oportuna.