CANTO XI.

Angélica huye de Rugiero, valiéndose del anillo misterioso que aquel le habia confiado.—Rugiero presencia despues la lucha de un gigante con Bradamante, á quien se lleva aquel, perseguido por Rugiero.—Orlando llega á la isla de Ebuda, dá muerte al mónstruo marino y salva á Olimpia, que se casa despues con Oberto, rey de Irlanda.

Sucede muchas veces que un débil freno es bastante para detener en su veloz carrera al corcel más brioso; pero es en cambio muy raro que el freno de la razon logre contener los ímpetus de la lujuria, cuando el inmediato goce la incita; del mismo modo que el oso no se aparta fácilmente de una colmena, como haya llegado á olfatear la miel ó haya probado una sola gota de ella.

¿Qué razon podria, pues, contener al buen Rugiero para apartarle del intento de gozar de la hermosura de Angélica, á quien tenia en su poder, completamente desnuda en un bosque tranquilo y solitario? Habíase olvidado enteramente de su Bradamante, cuya imágen solia estar siempre fija en su memoria; ó si acaso conservaba algun ligero recuerdo de ella, no impedia que se tuviera por necio si no se aprovechaba de la ocasion que la suerte le ofrecia para disfrutar de los encantos de Angélica, ante los cuales no habria podido menos de olvidar su continencia el mismo Xenocrates[47].

Rugiero habia arrojado léjos de sí la lanza y el escudo, y se quitaba con verdadera impaciencia todas las piezas de su armadura: en aquel momento bajó Angélica los ojos, contemplando avergonzada la desnudez de su cuerpo; y sus miradas se fijaron en el precioso anillo que llevaba en el dedo, el mismo que Brunel le habia arrebatado en Albraca, y que llevaba en su primer viaje á Francia, cuando acompañó á su hermano armado con la lanza que entonces poseia el paladin Astolfo. Con él habia destruido el encanto de Malagigo en la caverna de Merlin; con él logró romper una mañana las cadenas con que Dragontina tenia aprisionados á Orlando y sus compañeros, y con él salió invisible de la torre donde la tenia encerrada un viejo infame. Pero ¿á qué he de recordar todos estos pormenores que conocéis tan bien como yo? Brunel, por complacer al rey Agramante, la fué siguiendo en sus largos viajes, hasta que consiguió arrebatarle aquel talisman: desde entonces se mostró la Fortuna enteramente adversa á Angélica, hasta que consiguió desposeerla de su reino.

Al ver de nuevo aquella joya en su dedo, fué tal su contento y su estupor, que dudando de si todo aquello era un sueño, apenas podia dar crédito á sus ojos y á sus manos. Sacóse el anillo del dedo, y poco á poco se lo metió en la boca, desapareciendo súbitamente de la vista de Rugiero, como se oculta el Sol tras densa nube.

El paladin dirigió sus miradas en derredor, y daba vueltas como un loco buscando á la jóven: acordóse bien pronto del anillo, y quedó confuso y estupefacto, prorumpiendo despues en blasfemias contra su imprevision, y acusando de ingrata y desleal á la doncella, que tan indignamente recompensaba el auxilio que le habia dado.

—¡Ah, ingrata hermosura! exclamaba: ¿es este el galardon que yo merecia? ¿Por qué prefieres robarme ese anillo á aceptarlo como un regalo de mis manos? No solo te hubiera entregado ese talisman, sino tambien mi escudo, mi caballo, y hasta mi persona, para que hicieras de ella el uso que tuvieras por conveniente con tal de que no me ocultaras tu hermoso rostro. Bien sé, cruel, que me estás oyendo, y sin embargo no me respondes....

Y así diciendo, no cesaba de dar vueltas en derredor de la fuente con los brazos extendidos, como si estuviera ciego. ¡Ah! ¡Cuántas veces abrazaba el aire con la esperanza de estrechar entre sus brazos á la doncella!

Angélica se habia alejado ya bastante, y no cesó de andar hasta que llegó á una cueva muy ancha y profunda que encontró al pié de un monte. En ella estaba descansando un viejo pastor, que guardaba un numeroso ganado de yeguas, las cuales iban paciendo por el valle las frescas yerbas que brotaban á orillas de los arroyuelos. A uno y otro lado de la cueva habia frondosas alamedas, donde se guarecia la yeguada de los ardores del Sol del medio dia. Angélica permaneció allí durante todo el dia, continuando invisible; y cuando al caer la tarde juzgó que habia restaurado suficientemente las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu, envolvióse en unos paños rojos, bien diferentes á las lujosas y elegantes vestiduras verdes, amarillas, violadas, azules y purpúreas que habia siempre llevado. Tan humilde ropaje, no podia, sin embargo, privarla de su encantador aspecto y noble continente. Cesen en sus alabanzas cuantos ensalzan á Filis, Nerea, Amarilis ó á la ligera Galatea: Títiro y Melibeo se verian obligados á confesar que ninguna de ellas era comparable por su belleza á Angélica.

La doncella eligió entre todas aquellas yeguas la que mejor le pareció, y alejándose de aquel sitio, sintió renacer el deseo de regresar al Oriente.

Rugiero en tanto continuaba buscando asídua é inútilmente á la fugitiva, y cuando por último se convenció de su error, y de que ni estaba allí ya ni le oia, se dirigió hácia el sitio donde habia dejado al Hipogrifo; mas con gran sorpresa suya se encontró con que se habia arrancado el freno é iba volando por los aires en toda su libertad. Grande fué el disgusto que le ocasionó la pérdida de su caballo, y mucho más coincidiendo con la decepcion que Angélica le habia hecho sufrir; pero su mayor sentimiento consistia en la falta del precioso anillo, no tanto por la virtud que poseia, como por haber sido regalo de Bradamante.

Pesaroso en alto grado, volvió á vestirse sus armas, y se colocó el escudo á la espalda; alejóse del mar, y atravesando la playa, se dirigió á un anchuroso valle, en el cual habia un bosque sombrío, dividido por un sendero trillado y de una gran longitud. No anduvo mucho, cuando oyó un gran estrépito á su derecha y hácia el sitio en que más espesa era la selva. Aquel estruendo era producido por el choque de las armas: apresuró el paso, saltando matorrales, y descubrió en un pequeño claro del bosque dos individuos que se batian encarnizadamente. Animados por un feroz deseo de no sé qué venganza, no se daban tregua ni descanso. Uno de ellos era un gigante de aspecto horrendo; el otro un caballero atrevido y leal, que valiéndose del escudo y de la lanza, y saltando acá y allá, procuraba esquivar los furibundos golpes de la maza que el gigante empuñaba con las dos manos. Cerca de él yacia su caballo muerto.

Rugiero se detuvo, y permaneció mudo espectador de aquella lucha: en su mente dirigió fervientes votos al Cielo por que venciera el caballero; más se abstuvo de acudir en su defensa, y continuó apartado hasta ver el resultado del combate.

De pronto levantó el gigante la maza con ambas manos, y dejóla caer con toda su fuerza sobre el yelmo de su adversario á quien derribó tan tremendo golpe; y apenas el vencedor le vió en el suelo, se apresuró á desatarle el casco para darle muerte, cuya circunstancia permitió á Rugiero distinguir las facciones del vencido. Atónito el paladin, conoció en aquel rostro el de su dulce y bella Bradamante, á la que se preparaba á cortar la cabeza el impío gigante: fuera de sí, se lanzó á él con la espada desnuda retándole á singular batalla; mas su adversario, despreciando el desafío, cogió á la doncella desmayada entre sus brazos, la colocó sobre sus hombros y alejóse con ella, del mismo modo que huye el lobo llevándose un tierno corderito, ó el águila arrebatando entre sus encorvadas garras una paloma ó cualquier otra avecilla.

Comprendiendo Rugiero lo necesario que era su auxilio en aquella ocasion, echó á correr tras el gigante con cuanta velocidad le era posible; pero aquel movia sus desmesuradas piernas con tal rapidez, que el enamorado paladin apenas podia seguirle con la vista. Corriendo el uno y persiguiendo el otro, penetraron en un sendero oscuro y sombrío, que iba dilatándose á cada paso, hasta que salieron á una gran pradera.

Los dejaremos allí para volver á Orlando, que acababa de arrojar en las profundidades del mar el arma terrible del rey Cimosco, á fin de que no pudiera caer en manos de nadie. De poco le sirvió, porque el impío enemigo de la naturaleza humana, que fué el inventor de aquel rayo, á imitacion del que, descendiendo del cielo, rompe las nubes, hizo que lo encontrara un mágico en tiempo de nuestros abuelos ó poco antes, para ocasionar á los mortales un tormento mayor del que les causara cuando engañó á Eva con la manzana. Aquella máquina infernal estuvo sepultada

Rugiero corre á salvar á Bradamante, creyéndola vencida por un gigante.
(Canto XI.)

bajo más de cien brazas de agua por espacio de muchos años, hasta que fué extraida del mar por medio de sortilegios: primeramente fué conocida de los alemanes, que haciendo con ella diferentes ensayos, ayudados por el Demonio que aguzaba sus ingenios en nuestro daño, dieron por fin con el uso á que estaba destinada. La Francia, la Italia, y sucesivamente todas las naciones aprendieron despues ciencia tan cruel: unos fundieron el bronce, y al salir del horno ardiente, lo modelaron en forma hueca: otros horadaron el hierro, y forjaron armas de todas dimensiones, más ó menos pesadas, á las que cada autor, segun su capricho, dió los nombres de bombardas ó arcabuces, cañones sencillos ó cañones dobles, sacres, falconetes ó culebrinas, cuyos tiros atraviesan el hierro, rompen el mármol y ábrense camino por donde se les dirige. Confia, pues, á la frágua, mísero soldado, cuantas armas llevas, inclusa la espada, y échate al hombro un mosquete ó un arcabuz, porque sin ellos no alcanzarás ningun buen resultado.

¡Oh invencion horrible y criminal! ¿Cómo pudiste hallar cabida en el corazon del hombre? Tú has destruido la gloria militar; tú has arrebatado su honor á la carrera de las armas; por tí se ven reducidos á tal extremo el valor y la virtud, que con frecuencia aparece el malvado preferido y antepuesto al bueno: por tí no son ya una ventaja en las batallas la audacia y la gallardía. Tú has sido y serás causa de la sangrienta muerte de tantos señores y tantos caballeros antes de que concluya esta guerra, origen del llanto de todo el mundo, y de Italia especialmente. Por esto he dicho, y estoy seguro de no equivocarme, que el inventor de tan abominable artificio fué el más cruel y el más perverso de cuantos hayan inventado artificios crueles y perversos, y creeré que Dios, en justa y eterna venganza de tal infamia, encerrará su alma maldita en el profundo abismo, junto á la del maldito Judas.

Pero sigamos al paladin Orlando, á quien aguijonea cada vez más el deseo de llegar á la isla de Ebuda, donde las mujeres más hermosas, son entregadas á la voracidad de un mónstruo marino.

Cuanta más prisa tenia el caballero, tanta menos parecia tener el viento, y ora soplara por la izquierda, ora por la derecha, ó bien por la popa, era siempre tan flojo que la nave iba navegando con suma lentitud: á veces reinaba una desesperadora calma chicha, y otras agitábanse las olas con tal violencia que obligaban al bajel á retroceder ó á ir dando bordadas, como si Dios, en sus altos juicios, hubiera dispuesto que Orlando no llegara á la isla antes que el rey de Hibernia, á fin de que más fácilmente sucediera lo que tendreis ocasion de oir tras breves páginas.

—Aproxímate á la isla, dijo Orlando al piloto: quédate en la costa y dame la lancha; pues intento ir al escollo sin compañía alguna. Me llevaré el cable más grueso, y el ancla más grande que haya en el buque; pronto verás el uso que pretendo hacer de ellos, si llego á encontrarme frente á frente con aquel mónstruo.

Hizo botar al agua el esquife, al que se trasbordó con todo lo necesario para su proyecto: dejó en el buque todas sus armas, excepto la espada, y bogó completamente solo en demanda del escollo, dirigiendo los remos hácia el pecho, y vuelto de espaldas al sitio donde queria desembarcar, del mismo modo que el cangrejo suele salir á la orilla desde el fondo del mar. Era la hora en que la bella Aurora habia extendido sus dorados cabellos ante la presencia del Sol, aun medio oculto, á despecho del enojo del celoso Titon.

Cuando llegó como á un tiro de piedra del desnudo escollo parecióle oir á intervalos lastimosos quejidos, que llegaban á sus oidos bastante debilitados por la distancia. Volvióse enteramente hácia la izquierda, y fijando sus ojos en la rompiente de las olas, vió una mujer desnuda, atada á un tronco, y cuyos piés bañaban las aguas. Como se encontraba aun algo distante, y como aquella mujer tenia la cabeza inclinada, no pudo distinguir sus facciones. Empezó entonces á remar con más fuerza, é iba avanzando con el deseo de cerciorarse de quien ser pudiera, cuando de pronto oyó un terrible mugido que procedia del mar, haciendo retumbar con su eco las cavernas y las selvas. Levantáronse las olas, y apareció en seguida el mónstruo, bajo cuya masa enorme casi desaparecia el agua.

Cual negra nube que, llevando en su seno la lluvia y la tempestad, desciende sobre un oscuro valle, rodeándolo todo de tinieblas más densas que las de la misma noche y ocultando la luz del dia, así se adelantó la horrenda fiera, cubriendo con su cuerpo tanto espacio de mar, que podia decirse que lo abarcaba todo. Estremeciéronse las ondas, mientras que Orlando, recogido en sí mismo, la contempló con mirada serena y altiva, sin perder el color ni sentir miedo en su corazon; y como aquel que está firmemente decidido á llevar á cabo un propósito, se adelantó rápidamente, colocando el esquife entre la orca y la jóven, á fin de que su cuerpo la sirviera de antemural y tambien para poder atacar á aquella con más seguridad. Dejando su espada tranquila en la vaina, empuñó el áncora que estaba atada al cable y esperó con gran serenidad al terrible mónstruo. En cuanto la orca se hubo aproximado y vió tan cerca de sí á Orlando en la lancha, abrió para devorarle su inmensa boca, por la cual cabria con facilidad un hombre á caballo. Aprovechando aquella ocasion, precipitóse Orlando entre las fauces del mónstruo marino con su cable, con su áncora, y aun creo que con su lancha, é hincóle los dos picos de la segunda en la lengua y en el paladar de suerte que le imposibilitó por completo el movimiento de las desmesuradas mandíbulas, del mismo modo que los mineros colocan barras de hierro para sostener las paredes de las galerías que van abriendo, á fin de preservarse de los hundimientos de estas mientras atienden desprevenidos á su trabajo. Los dos extremos del áncora estaban tan separados entre sí que para llegar al superior habria tenido el guerrero que dar un salto.

Una vez puesto aquel puntal, y seguro ya de que la fiera no podia cerrar la boca, desnudó Orlando la espada y empezó á dar tajos y reveses á diestro y siniestro por aquel oscuro antro. Del mismo modo que pelean los sitiados cuando el enemigo ha llegado á penetrar en la fortaleza, se defendia la orca como podia del paladin que tenia en su garganta. Vencida por el dolor, unas veces saltaba fuera del agua descubriendo sus lomos escamosos; otras se hundia entre las olas removiendo la arena con su voluminoso vientre y haciéndola salir á la superficie. Orlando, al verse expuesto á perecer ahogado por las frecuentes inmersiones del cetáceo, salió nadando de la boca de este y dejando en ella bien clavada el áncora, pero sin soltar el cable que la sujetaba, llegó á nado hasta el escollo: una vez en terreno firme, fué tirando del cable y atrayendo hácia sí el áncora que continuaba clavándose cada vez más en las fauces del mónstruo, el cual se vió obligado á obedecer al impulso de Orlando y á ceder á aquella fuerza superior á otra cualquiera; fuerza que con una sola sacudida era capaz de levantar más peso que con diez un cabrestante.

La orca, arrastrada á pesar suyo por el poderoso brazo

Orlando fué tirando del cable y atrayendo al mónstruo.
(Canto XI.)

del paladin fuera de su antigua y vital mansion, se debatia con violencia y revolcábase continuamente sin poder romper la cuerda que la sujetaba, lo mismo que el toro, al sentirse sujeto por el lazo, salta acá y acullá, da mil vueltas, se tiende y se vuelve á levantar, sin conseguir desembarazarse de las ligaduras que le oprimen. De su boca salian torrentes de sangre en tanta abundancia, que bien podia aplicarse el nombre de Rojo á aquel mar, cuyas olas continuaba sacudiendo en términos de descubrir más de una vez su arenoso fondo, ó de elevar montañas de agua hasta los mismos cielos, ocultando la luz del claro Sol; y todo esto producia un estrépito tal, que retemblaban los montes, las selvas y hasta las playas más lejanas.

El viejo Proteo salió de su gruta al oir semejante estruendo, y apareció en la superficie del mar; y al ver á Orlando entrar y salir de la orca y arrastrarla hácia la orilla, huyó por el anchuroso Océano, abandonando sus diseminados rebaños. El mismo Neptuno, sorprendido por tal rumor y tan extraña confusion, hizo uncir á su carro á sus delfines, y no paró hasta llegar á las costas de Etiopía, mientras que Ino, acongojada, llevando á Melicertes en sus brazos[48], las Nereidas con los cabellos en desórden, los Glaucos, los Tritones y demás divinidades marinas corrian atolondrados de uno á otro lado, no sabiendo donde refugiarse.

Orlando sacó por fin á la playa al horrendo pescado del cual no tuvo que ocuparse más; porque debilitado por sus esfuerzos y sus heridas, habia muerto antes de llegar.

Muchos habitantes de la isla habian acudido presurosos á presenciar tan singular combate; mas ofuscados por una preocupacion fanática, consideraron tan santa accion como un sacrilegio, por creer que con ella se habia cometido una nueva falta contra Proteo. Temerosos, por lo tanto, de haber excitado otra vez su cólera, y de que volvieran á acometerles las fieras marinas, renovando la antigua guerra con todos los inmensos perjuicios que les habia ocasionado, determinaron suplicar humildemente á la ofendida deidad marina que les perdonara, antes que sobreviniesen más funestas consecuencias; pero arrojando primeramente al mar al impío Orlando á fin de aplacar el furor de Proteo con este sacrificio. De los ánimos de todos los isleños se apoderó el deseo de realizar tan funesto proyecto con la misma rapidez que se comunica el fuego de una en otra antorcha iluminando en breve toda una comarca.

Armados presurosamente de hondas, arcos, lanzas y espadas, bajaron á la playa, y acometieron á Orlando, rodeándole de mil modos y atacándole por todos lados. Quedó sorprendido el Paladin al ver tan bestial insulto y tan negra ingratitud; pues cuando esperaba alcanzar eterna gloria ó el debido agradecimiento por haber dado muerte al mónstruo, su recompensa consistia en injurias y atentados contra su vida; pero así como el oso, á quien los rusos ó los lituanios enseñan por las calles como un entretenido espectáculo, no hace caso alguno de los importunos ladridos de los gozquecillos, á los que ni siquiera se digna mirar, de igual suerte vió el paladin sin temor á toda aquella turba vil que podia derribar con solo un soplo; y bien lo dió á conocer manteniéndoles á una respetable distancia, apenas se volvió contra ellos empuñando su Durindana.

Los insensatos isleños habian creido que Orlando no podria hacerles frente no llevando puesta la coraza, ni embrazado el escudo, ni ninguna otra arma defensiva; pero ignoraban que su piel, desde los piés á la cabeza, era más dura que el diamante. Lo que sus adversarios no pudieron hacer con el Paladin, hizo este con aquellos: de solo diez cuchilladas (y no serian muchas más) tendió á sus piés treinta enemigos, cuya leccion bastó para ponerlos en cobarde fuga.

Apenas libre de ellos, dirigióse á desatar á la jóven, cuando resonaron en la playa nuevos gritos y nuevo tumulto. Mientras los bárbaros estaban entretenidos, contemplando en esta parte de la costa la lucha de Orlando con la orca, habian desembarcado sin dificultad en diferentes puntos de ella los irlandeses, que, depuesta toda piedad, hicieron por todas partes horribles estragos en aquel pueblo, y ya fuese por justicia ó por crueldad, no respetaron edad ni sexo. Ninguna ó poca resistencia opusieron los isleños, bien por haberse visto cogidos de improviso, ó bien porque en aquella isla, de corta extension, habia pocos habitantes, y aun estos pocos, sin ningun valor. Los invasores saquearon la ciudad, incendiaron las casas, pasaron á cuchillo á las personas, derribaron las murallas, y no dejaron en toda la isla un solo ser viviente.

Haciendo caso omiso de aquel estruendo, gritería y matanza, acudió Orlando á la doncella destinada á satisfacer la voracidad de la orca marina. Al fijar en ella sus miradas creyó conocerla; aproximóse más y se afirmó en su creencia: le pareció que era Olimpia, y efectivamente era la misma, que habia visto su constancia tal mal recompensada. ¡Desdichada Olimpia! Como si no fuera bastante para su lacerado corazon el desengaño que le diera Amor, la Fortuna cruel la entregó el mismo dia en manos de unos corsarios, que la llevaron á la isla de Ebuda. La infeliz jóven habia conocido á Orlando en cuanto se encaminó hácia el escollo donde estaba atada; pero como se hallaba completamente desnuda, tenia la cabeza baja, sin atreverse á hablar ni á levantar hácia él la vista.

Preguntóle Orlando por qué fatalidad la encontraba en aquella isla de tal suerte, cuando él la habia dejado en compañía de su esposo, tan contenta y satisfecha como era posible.

—¡Ay de mí! le contestó: no sé si deba daros de nuevo las gracias por haberme librado entonces de la muerte, ó si manifestarme pesarosa, porque hoy, merced á vos, no hayan tenido un término mis desgracias. Debo indudablemente estaros agradecida por haberme evitado un género de muerte tan cruel, como lo hubiera sido tener por tumba las entrañas de aquella fiera; pero no puedo agradeceros el encontrarme ahora con vida, pues solo con mi existencia concluirán mis miserias. ¡Oh! arrancádmela por vuestra mano, y en mi último suspiro irá envuelta mi gratitud hácia tanta bondad.

Despues continuó refiriéndole entre copioso llanto cómo su esposo la habia burlado, dejándola dormida en una isla, donde unos corsarios se apoderaron de ella. Mientras estaba hablando, procuraba Olimpia dar á su cuerpo la actitud con que se suele pintar ó esculpir á Diana sorprendida por Acteon en el baño, volviéndose de lado y ocultando su pecho y mil bellezas, á pesar de dejar expuestas á las miradas de todos la espalda y los costados.

Orlando esperaba con ansiedad que entrara su bajel en el puerto, á fin de cubrir á Olimpia con algunas ropas. Mientras permanecia en una afanosa espectacion, llegó Oberto, rey de Hibernia, que acababa de saber que el mónstruo marino estaba tendido en la playa; que un caballero habia tenido el valor y audacia de clavarle en la boca un áncora pesada, y que con ella lo habia arrastrado hasta la orilla del mismo modo que se suele varar las naves. Oberto, para cerciorarse de si era cierto cuanto se le habia referido, acudió á aquel sitio, en tanto que su gente completaba por todas partes la destruccion de Ebuda.

Aun cuando Orlando estaba empapado en agua, sucio, y cubierto de la sangre que llevó consigo al salir de la boca de la orca, en la que habia entrado enteramente, el rey de Hibernia le conoció en seguida, tanto más cuanto que, apenas tuvo noticia de tal heroicidad, se le fijó en la mente la idea de que Orlando, y nadie más, era capaz de haberla llevado á cabo. Le conocia, porque habia sido educado en Francia, de donde salió el año anterior para ceñirse la corona que heredara por muerte de su padre, y allí habia visto y hablado al Conde infinitas veces. Alzándose al momento la visera de su casco, corrió á abrazar y festejar al paladin, que le estrechó entre sus brazos con no menores muestras de alegría. Despues de haberse dado repetidas veces las mayores muestras de afecto y cordial amistad, refirió Orlando á Oberto la traicion de que habia sido víctima Olimpia, así como el nombre del traidor, más obligado que otro alguno á guardarle fidelidad. Dióle minuciosa cuenta de las muchas pruebas con que ella habia demostrado su amor á Bireno, así como las pérdidas en familia y bienes que por él habia sufrido hasta llegar á ofrecer su vida por la de tan pérfido amante, añadiendo por último que él habia sido testigo de muchas de aquellas acciones de las que podia salir garante.

Mientras Orlando hablaba, los ojos hermosos y serenos de la jóven estaban llenos de lágrimas. El bello rostro de la princesa se asemejaba entonces al cielo tal como le vemos en algunos dias de primavera, cuando cae una lluvia pasajera, al mismo tiempo que el Sol atraviesa con sus rayos el nebuloso velo; y así como los ruiseñores entonan en aquella estacion sus dulces trinos, saltando de rama en rama, del mismo modo Amor humedecia en las lágrimas de la jóven las plumas de sus alas, regocijándose con el claro fulgor de sus hermosos ojos, en cuyo fuego forjaba sus dardos, templándolos despues en el cristalino raudal que se deslizaba entre las rosas blancas y encarnadas de sus mejillas: despues de templadas sus flechas, las disparó contra el galan Oberto, á quien no pudieron defender su escudo, ni su coraza, ni su cota de mallas; pues mientras estaba arrobado contemplando los ojos y los cabellos de la desdichada Olimpia, se sintió el corazon herido, sin saber cómo.

Los atractivos de Olimpia eran de los más raros, pues no solo formaban un conjunto encantador los ojos, la frente, los cabellos, las mejillas, la boca, la nariz, los hombros y la garganta, sino que los demás miembros, velados hasta entonces por el traje á las miradas profanas, eran tan admirables, que podian muy bien anteponerse á cuantos hubiera en el mundo. Sus redondos pechos, que vencian en blancura al ampo de la nieve y eran más tersos que el marfil, parecian de leche recien exprimida de los juncos: ambos estaban separados por un surco pequeño semejante á los floridos valles que se forman entre dos colinas, cuando en la estacion amena empieza el Sol á derretir las nieves que habia acumulado el invierno. Sus costados, sus torneadas caderas, sus alabastrinos muslos y el resto de su cuerpo más terso y brillante que un espejo, parecian hechos á torno por el mismo Fidias[49] ó por otra mano más diestra, si es posible. ¿Habré de describir las perfecciones que encerraban las demás partes que ella procuraba ocultar en vano? Básteme decir, que desde los piés á la cabeza era toda ella el tipo de la belleza más acabada. Si el pastor Frigio la hubiese visto en los valles de Ida, seguramente Venus no hubiera alcanzado el premio de la belleza, á pesar de ser ella superior á las otras dos Diosas, y probablemente Paris no habria violado la hospitalidad en Esparta, sino que hubiera dicho á Elena:—«Quédate con Menelao; pues yo no quiero más beldad que esta.»—Y si Olimpia hubiese estado en Crotona, cuando Zeuxis tuvo que esculpir la estátua que debia colocarse en el templo de Juno, reuniendo las doncellas más hermosas de la Grecia para copiar aquello que cada una de ellas tuviera más perfecto, á fin de que saliera su obra perfecta tambien, con Olimpia sola hubiera tenido bastante por estar reunidas en ella todas las bellezas.

Estoy seguro de que Bireno no vió jamás aquel cuerpo desnudo; pues de otra suerte, no habria tenido la crueldad de abandonar á la jóven en la isla desierta. Por eso no me maravilla que Oberto, abrasado por el fuego del amor, fuese impotente para ocultarle, procurando consolarla con gran solicitud y haciéndole concebir la esperanza de que de tanto infortunio naceria para ella la dicha. Prometióle acompañarla á Holanda, y no parar hasta restablecerla en el trono, y haber tomado una cruel y memorable venganza del perjuro y traidor Bireno, aunque para ello tuviera que emplear todas las fuerzas de Irlanda, asegurándole por último que pondria inmediatamente por obra este propósito.

En tanto, hacia buscar por todas partes trajes y ropas de mujer, si bien no habia necesidad de alejarse de la isla para encontrarlos, porque todos los dias se recogian en ella las vestiduras de las doncellas entregadas al mónstruo marino. Fácilmente encontró Oberto trajes de mil distintas hechuras, é hizo vestir con uno de ellos á Olimpia, aunque sintiendo no poder proporcionarle uno tan bueno como hubiera deseado: verdad es que ni las ricas telas de oro y seda que tejen los industriosos florentinos, ni el vestido más minuciosamente recamado á fuerza de tiempo, paciencia y estudio, aunque saliera de las manos de Minerva ó del Dios de Lemnos, le hubieran parecido decorosos ni dignos de cubrir los miembros de la princesa, cuyos atractivos recordaba incesantemente.

Orlando se manifestó muy contento de aquel naciente amor por muchos motivos; pues además de estar persuadido de que el rey de Irlanda no dejaria por mucho tiempo impune la traicion de Bireno, se veia libre por esta causa de aquel grave y enojoso compromiso, cuando él habia acudido á la isla de Ebuda para socorrer á su amada si es que se encontraba en ella, y no para favorecer á Olimpia. Le constaba ya que Angélica no estaba allí, pero no podia cerciorarse tan fácilmente de si habia estado; porque habian perecido todos los habitantes de la isla sin quedar uno solo con vida.

Al dia siguiente zarparon de aquel puerto, habiéndose embarcado todos juntos en direccion á Irlanda, en donde quiso tocar el Paladin para regresar á Francia. No consintió en detenerse un dia entero en Irlanda á pesar de los ruegos insistentes de sus amigos. Amor, que le impelia tras su amada, le prohibia permanecer allí más tiempo. Antes de partir, recomendó al Rey que cuidara de Olimpia, y que cumpliera las promesas que habia hecho á la princesa, aunque bien es verdad que no habia necesidad de ello, pues cumplió su palabra con más exactitud de lo que se acostumbra.

Y en efecto, en breves dias reunió Oberto su ejército; y aliado con los reyes de Inglaterra y de Escocia, restituyó á Olimpia la Holanda, se apoderó de la Frisia, sublevó la Zelanda contra Bireno, y no terminó la guerra hasta que le dió la muerte: ¡castigo harto débil para la magnitud de su delito! Oberto se casó con Olimpia, á quien convirtió de simple condesa en una reina poderosa.

Pero volvamos al Paladin que navegaba á toda vela por el ancho mar, caminando sin cesar noche y dia. Pronto llegó al mismo puerto de Francia de donde habia zarpado, y montando otra vez en su Brida-de-oro, dejó en breve tras de sí los vientos y las saladas ondas. Creo firmemente que en el resto de aquel invierno ejecutaria Orlando cosas dignas de tenerse en cuenta; pero estuvieron rodeadas de tal misterio que no es culpa mia si no las refiero ahora. Orlando estaba siempre más pronto á llevar á cabo cualquier accion laudable y meritoria, que á publicarlas despues, y ninguno de sus hechos llego á conocerse sino cuando habian tenido testigos presenciales. Pasó el resto del invierno tan callado, que no se supo nada de él á ciencia cierta; pero cuando el Sol iluminó la Tierra desde el discreto animal que llevó á Friso, y el céfiro con su soplo dulce y templado trajo de nuevo la risueña primavera, reaparecieron las admirables hazañas de Orlando al mismo tiempo que las flores y las yerbas. De llano en monte, y de campiña en costa, iba vagando agobiado por la fatiga y por el dolor, cuando al penetrar en un bosque hirió sus oidos un estridente grito, un prolongado lamento: aguijó su corcel, empuñó la espada y se encaminó velozmente hácia el sitio de donde salian aquellos lamentos: pero diferiré para otro momento la continuacion de mi historia, si quereis seguir escuchándome.