CANTO XII
Persigue Orlando irritado á un caballero que arrebata á la fuerza á su dama y llega á un palacio construido por Atlante de Carena con el objeto de atraer á él á Rugiero.—Llega este despues; pero habiendo Orlando descubierto de nuevo á Angélica, marcha en pos de ella, combate con Ferragús, lleva á cabo una accion heróica contra los paganos, y encuentra despues á Isabel.
Al separarse Ceres da la madre Idea[50], regresó apresuradamente á los valles solitarios que se encuentran en la falda del monte Etna, bajo cuyo peso gime el gigante Encelado[51] herido por el rayo; y no encontrando á su hija donde la habia dejado[52], se mesó desesperada los cabellos, se hirió los ojos, y se golpeó el rostro y el pecho; arrancó despues dos pinos, y los encendió en el fuego de Vulcano[53], dándoles la propiedad de que no pudieran apagarse nunca. En seguida, cogiendo una de aquellas antorchas en cada mano, subió á su carro tirado por dos serpientes; recorrió en busca de su hija las selvas, las campiñas, los montes, las llanuras, los valles, los rios, las lagunas, los torrentes, la tierra y el mar, y despues de hacer inútiles pesquisas sobre la Tierra, bajó á las profundidades del Tártaro.
Si Orlando hubiera tenido el mismo poder que la diosa de Eleusis[54], como era su deseo, con tal de encontrar á Angélica no habria dejado de recorrer las selvas, los campos, las lagunas, los rios, los valles, los montes, las llanuras, la tierra y el mar, el cielo, y hasta la region del eterno olvido; pero como no disponia del carro y de los dragones de Ceres, la iba buscando del mejor modo que le era posible.
Despues de haber visitado toda la Francia, se preparaba á recorrer la Italia, la Alemania, las dos Castillas, y á atravesar el mar de España, para pasar á la Libia. Mientras iba madurando este proyecto, hirió sus oidos el eco de una voz doliente; apretó el paso, y vió á alguna distancia un caballero galopando sobre un corcel de gran alzada, y llevando en brazos á una tristísima doncella echada sobre el arzon delantero de la silla. La jóven lloraba y procuraba desasirse dando muestras de un dolor intenso, y llamando en su socorro al valeroso príncipe de Anglante, el cual, al reparar en la doncella, creyó conocer á Angélica á quien dia y noche iba buscando por el interior y los confines de la Francia. No puedo asegurar que fuese ella, pero sí que se parecia á aquella Angélica gentil, á quien amaba Orlando tan tiernamente. Al ver este que de tal modo le arrebataban su idolatrada amante, tan afligida y triste, lleno de cólera y de furor, retó con estentórea voz á su raptor, y prorumpió en amenazas contra él, lanzando á rienda suelta en su seguimiento á Brida-de-oro. Pero aquel infame ni se dignó contestarle, ni detenerse: atento únicamente á su admirable presa, corria por entre aquella espesura con tanta celeridad, que hubiera dejado atrás al viento. Huia el uno velozmente; volaba el otro en pos de él, y la profunda selva resonaba con sus gritos.
Llegaron, sin cesar en su vertiginosa carrera, á un extenso prado en medio del cual se elevaba un palacio grande y suntuoso, construido con diferentes clases de mármoles, adornados de prolijas esculturas. El raptor atravesó corriendo la puerta de oro de aquel palacio sin abandonar un momento á la doncella; poco despues llegó Brida-de-oro con su dueño enojado y furibundo. Cuando entró en el palacio, miró Orlando en torno suyo, y no vió ya al caballero ni á la jóven. Saltó más bien que se apeó de su corcel, é internándose en el palacio, pasó como un rayo por todas sus habitaciones, corriendo de una en otra, sin dejar de reconocer todas las cámaras, hasta las más reducidas y apartadas. Despues de haber recorrido en vano todos los sitios más recónditos de la planta baja, subió al primer piso, y en él perdió el mismo tiempo y trabajo que habia perdido en el inferior.
Vió diferentes lechos en que brillaban el oro y la seda: el pavimento y las paredes desaparecian bajo espesos tapices y alfombras; pero sin fijarse en aquellas magnificencias, continuaba el Paladin corriendo de arriba á abajo y de abajo á arriba repetidas veces, sin conseguir alegrar sus ojos con la vista de Angélica, ni encontrar al ladron que le habia arrebatado tan adorada imágen. Mientras dirigia inútilmente sus pasos por todas partes, lleno de inquietud, y entregado á mil pensamientos, vió á Ferragús, á Brandimarte, al rey Gradasso, al rey Sacripante y otros muchos caballeros, que como él recorrian todos los departamentos del palacio, y como él se afanaban inútilmente, maldiciendo sin cesar al malvado é invisible señor de aquella mansion. Todos ellos iban en su busca: todos le acriminaban por haberles robado algo: los unos se quejaban de la falta del caballo, que aquel les habia arrebatado; los otros se enfurecian por la pérdida de su amada; por las diferentes cosas, varios; y mientras tanto no sabian alejarse de aquella especie de jaula, donde muchos de ellos, víctimas de tales engaños, contaban semanas y meses enteros de permanencia.
Despues de haber recorrido cuatro ó seis veces todo aquel misterioso palacio, se dijo Orlando á sí mismo:—«Si permanezco aquí, gastaré el tiempo y el trabajo inútilmente, pues el ladron puede muy bien haber escapado con Angélica por alguna otra salida y encontrarse ya muy léjos de este sitio.»—Ocupada con este pensamiento su imaginacion, salió á la pradera que circuia todo el palacio. Mientras daba la vuelta en torno de aquella morada campestre y tenia fijas las miradas en el suelo para descubrir si á uno ú otro lado aparecian las señales de un nuevo camino, oyó que le llamaban desde una ventana; levantó los ojos, y le pareció oir aquella voz divina y distinguir aquel admirable rostro que habia ocasionado un cambio tan radical en su vida y sus costumbres. Se le figuró oir á Angélica, que entre súplicas y llanto le decia:—«¡Favor, socorro! Te recomiendo mi honor más que mi alma, más que mi vida. ¿Seria posible que ese bandido me lo arrebatara en presencia de mi amado Orlando? ¡Oh! ¡Antes que dejarme entregada á tan inhumana suerte, arráncame la vida con tus propias manos!»
Estas palabras obligaron á Orlando á renovar una y otra vez sus pesquisas por todas las estancias del palacio, mitigando una dulce esperanza la fatiga y el cansancio que empezaba ya á sentir. Cada vez que se detenia, creia escuchar una voz semejante á la de Angélica que imploraba su auxilio. Acudia presuroso hácia el sitio de donde le parecia que habia salido, y entonces resonaba en otra parte, obligándole á ir de un lado para otro, y siempre en vano.
Pero creo oportuno volver á Rugiero, á quien dejé en el momento en que acababa de atravesar un sendero oscuro siguiendo al gigante y á su dama, hasta que al salir del bosque se encontró en una pradera dilatada. Continuando su persecucion, llegó, si no estoy equivocado, al mismo sitio donde Orlando habia llegado poco antes: el gigante traspuso la puerta del palacio, y tras él Rugiero, tenaz en perseguirle. Apenas puso el pié en el umbral, miró el patio y las galerías, y no vió ya al gigante ni á la dama: paseó inútilmente sus miradas en todas direcciones, subió y bajó en vano por todas aquellas cámaras, sin encontrar lo que deseaba, ni poder imaginar cómo habian desaparecido tan rápidamente la doncella y su raptor. Despues de haber recorrido cuatro ó cinco veces las galerías, las cámaras y los salones de aquel edificio, tanto los inferiores como los superiores, volvió de nuevo á sus pesquisas, y no las abandonó sino cuando hubo registrado hasta debajo de las escaleras. Abrigando la esperanza de que los fugitivos estarian en las selvas vecinas, alejóse del palacio; pero atraido por una voz que le llamaba, como la otra llamó á Orlando, volvió de nuevo á reconocer el edificio.
La misma voz, la misma persona que Orlando habia tomado por Angélica, ofrecióse á la vista y á la imaginacion de Rugiero como la dama de Dordoña, la soberana de su albedrío. Si aquella voz, si aquella persona se dirigia á Gradasso ó alguno de los que iban errantes por el palacio, todos creian ver y oir en ella al objeto de sus más fervientes deseos. Atlante de Carena habia imaginado este nuevo é insólito encantamiento para ocupar la imaginacion de Rugiero en aquel trabajo, en aquella dulce pena, y sustraerle por este medio á su funesto destino, que le condenaba á morir en la flor de su juventud. El encantador esperaba conseguir así lo que no habia logrado valiéndose primeramente del castillo de acero, y de Alcina despues. Atlante atrajo á aquella morada, no solo á Rugiero, sino tambien á cuantos guerreros tenian en Francia fama de esforzados, á fin de que su protegido no pereciera á sus manos; y mientras les obligaba á permanecer en el palacio, reunia en este tal abundancia de provisiones y manjares esquisitos que las damas y los caballeros encontraban cuanto podian apetecer.
Pero volvamos á Angélica que, teniendo en su poder el admirable anillo, merced al cual se hacia invisible ó destruia todos los encantos, y despues de haber encontrado en la cueva víveres, vestidos, caballos y cuanto necesitaba, se disponia á regresar á la India y á su hermoso reino. Sin duda alguna hubiera deseado tener por compañeros á Orlando ó Sacripante, no porque amara al uno más que al otro, pues siempre se habia mostrado con ellos desdeñosa, sino porque, obligada á atravesar por tantas ciudades y castillos para pasar á Levante, le era indispensable un compañero y un guia, y ninguno le habria inspirado tanta confianza como ellos. Fué buscando tanto al uno como al otro durante largo tiempo, sin encontrar huella ni indicio alguno que le revelara su presencia, unas veces por las ciudades, otras por las aldeas, algunas por los bosques, y muchas por diferentes sitios. La Fortuna la encaminó por último hácia el punto donde estaban Orlando, Ferragús y Sacripante con Rugiero, Gradasso y otros muchos, á quienes Atlante habia hecho caer en sus redes.
Entró Angélica en el palacio, sin que el mago la pudiera ver porque llevaba el anillo en la boca; y registrándolo todo, encontró á Orlando y á Sacripante, que continuaban buscándola inútilmente por aquel recinto. Vió tambien cómo Atlante, suplantando su imágen, engañaba y entretenia á los dos guerreros. En seguida, empezó á pensar á cual de ellos deberia confiarse, y se mostraba indecisa; pues no sabia cuál seria preferible, si el Conde Orlando ó el Rey de los orgullosos circasianos. Orlando podria salvarla con más valor de cualquier peligro, es cierto; pero de elegirle por guia y compañero, quedaria bajo su dependencia, por no saber de qué medio valerse despues para apartarle de su lado y hacerle regresar á Francia, cuando ya no le necesitase. En cambio, le seria posible deshacerse del circasiano, cuando así le conviniera, aunque él la hubiese llevado hasta el cielo. Esta sola razon la determinó á escogerle por compañero, y á fingir con él celo y lealtad.
Quitóse el anillo de la boca, descorriendo así el velo que cubria su presencia á los ojos de Sacripante. Creyó, sin embargo, dejarse ver de él solamente; pero la sorprendieron tambien Orlando y Ferragús, que no habian cesado de buscar por dentro y fuera del palacio á su amada, al ídolo de su corazon, á Angélica. Corrieron presurosos y simultáneamente hácia la doncella; pues entonces ya no se lo estorbaba ningun encantamiento, por haberse colocado Angélica el anillo en el dedo, con lo que hizo inútiles todos los designios de Atlante. Dos de aquellos guerreros tenian puesta la coraza y calado el yelmo: desde que entraron en aquel edificio no se habian quitado la armadura ni de dia ni de noche; y acostumbrados á su peso, la llevaban con la misma facilidad y el mismo desembarazo que cualquier otra vestidura. Ferragús, que era el tercero, estaba tambien armado, solo que no llevaba ni queria llevar almete, hasta que consiguiera apoderarse de aquel que Orlando quitó al hermano del rey Trojano, segun juramento que hizo cuando buscó inútilmente en el rio el casco de Argalía; y si bien es verdad que en aquel palacio estuvo algun tiempo en contacto con Orlando, no pudo retarle, porque mientras en él permanecieron no les era dable conocerse. Tan encantada estaba aquella mansion, que los caballeros que en ella penetraban no podian conocerse unos á otros, ni dejar, tanto de dia como de noche, la espada, la coraza ó el escudo; mientras sus caballos, con la silla puesta y el freno colgado del arzon, descansaban cerca de la puerta del palacio, en una cuadra constantemente provista de cebada y paja.
Atlante no supo ni pudo impedir que los tres guerreros saltaran sobre sus corceles para correr tras las sonrosadas mejillas, los blondos cabellos y los hermosos ojos negros de la doncella, que huia castigando á su yegua, porque no era de su agrado la compañía de los tres amantes, á quienes quizá habria aceptado por defensores separadamente. En cuanto los alejó del palacio lo suficiente para no temer que el encantador malvado pusiese por obra contra ellos alguno de sus infames sortilegios, encerró tras de sus labios rojos el anillo que le habia evitado más de un disgusto, y desapareció de repente de su vista, dejándolos entregados á la mayor perplejidad. Aunque el primer propósito de Angélica habia sido el de elejir á Orlando ó Sacripante para que la acompañaran al reino de Galafron, en las apartadas regiones de Oriente, mudó repentinamente de propósito y determinó pasarse sin ninguno de los dos, pensando que su anillo bastaba para sustituirlos, sin necesidad de quedar obligada á cualquiera de ellos.
Los burlados caballeros dirigieron presurosos sus miradas hácia todos los lados del bosque, como el perro cuando pierde la pista de la zorra ó la liebre á quien daba caza, y que se lanza de improviso en cualquier madriguera, en un barranco ó en un espeso matorral. Entre tanto Angélica se reia de ellos, y examinaba sin ser vista todas sus acciones. Un solo camino atravesaba el bosque: los caballeros supusieron que la doncella habia desaparecido de su vista por él, único cuya direccion podia haber seguido: corrió Orlando, siguióle Ferragús, y Sacripante se lanzó tras ellos con no menor velocidad: Angélica refrenó á su corcel y los siguió tranquilamente. Cuando llegaron á un sitio en que todos los senderos se perdian en la espesura, empezaron los caballeros á examinar el terreno á fin de ver si descubrian alguna huella de la fugitiva; pero Ferragús, el más arrogante de cuantos mortales pudieran ceñir corona, se volvió con insolente ademan hácia los otros dos, gritándoles:
—¿A qué venis? Retroceded ó dirigíos por otro camino, si no quereis hallar aquí la muerte; porque no estoy dispuesto á sufrir compañia, cuando se trata de amar ó de buscar á mi dama.
Al oir estas palabras, Orlando exclamó dirigiéndose al Circasiano:
—¿Qué más podria decir ese villano, si en nosotros viera á las prostitutas más viles y tímidas que hayan empuñado jamás la rueca y el huso?
Vuelto luego hácia Ferragús, añadió:
—Hombre soez; si la consideracion de que no llevas yelmo no me detuviera, pronto te haria conocer si has dicho bien ó mal en cuanto has dicho.
El Español contestó:
—¿Por qué te preocupa lo que á mí me tiene sin cuidado? Yo solo soy bastante para hacer con vosotros dos cuanto he dicho, sin casco y tal como me encuentro.
—Házme el obsequio, dijo Orlando dirigiéndose al Rey de Circasia, de prestar á ese tu yelmo hasta que le cure de esa insensata manía: jamás he visto otra semejante á la suya.
El Rey respondió:
—¿No seria yo más loco si accediera á tu deseo? Préstale el tuyo, si en ello no hallas inconveniente, y verás cómo soy tan capaz como tú de castigar á un insensato.
—¡Vosotros sois los imbéciles! exclamó Ferragús: si yo quisiera llevar un casco, ya hubiérais perdido los que llevais, pues habria sabido arrancároslos á la fuerza. Mas, ya que es forzoso decíroslo, sabed que un voto me obliga á ir sin él, y sin él iré hasta que logre apoderarme del que cubre la cabeza del paladin Orlando.
—¿Es decir, contestó el Conde sonriéndose, que tienes la pretension de poder hacer sin casco con Orlando lo que él hizo en Aspromonte con el hijo de Agolante? Pues yo creo que, si te llegaras á encontrar con Orlando frente á frente, temblarias de piés á cabeza; y no solo no desearias su yelmo, sino que le rendirias en el acto todas cuantas armas llevas.
El altanero Español respondió:
—Más de una vez he luchado ya con Orlando, poniéndole en tan grave aprieto, que me habria sido fácil apoderarme de todas sus armas, cuanto más del almete. Y si no lo hice fué porque aun no habia formado la intencion que hoy abrigo en mi pecho: en fin, no lo hice, porque no quise; mas hoy espero que podré conseguirlo sin trabajo alguno.
Orlando no pudo sufrir con paciencia aquellas fanfarronadas, y gritó:
—Cochino embustero, ¿cuándo y en dónde has podido más que yo con las armas en la mano? Ese paladin, á cuya costa te alabas, y á quien creias léjos de tí, está en tu presencia; soy yo. Ahora, pues, mira si puedes arrebatarme este yelmo, ó si soy capaz de arrancarte todas tus armas. No quiero tampoco llevarte la más mínima ventaja.
Y así diciendo, desatóse el yelmo, lo colgó en las ramas de una haya, y desenvainó inmediatamente á Durindana. Ferragús no se manifestó atemorizado por ello; desnudó su acero, y se puso en disposicion de amparar con él y con el escudo su cabeza descubierta.
Empezaron en seguida la pelea, buscándose mútuamente y revolviendo sus caballos: los aceros de ambos se dirigian con preferencia á penetrar por entre las junturas de las corazas y por la parte más débil de su armadura. En todo el mundo no existian otros dos guerreros más dignos de medir sus armas: iguales en vigor y en audacia, ni el uno ni el otro conseguian herirse.
Ya creo haberos dicho, Señor, que Ferragús tenia todo su cuerpo encantado, y que era invulnerable, excepto en aquella parte por donde recibe el niño su primer alimento cuando aun está encerrado en el claustro materno; por esta causa llevó el Sarraceno resguardado contínuamente aquel sitio vulnerable con siete planchas de un excelente temple, hasta el mismo dia en que cubrió su faz la tétrica losa del sepulcro. El príncipe de Anglante era tambien invulnerable, y solo podia ser herido en las plantas de los piés; por eso las preservó de todos los golpes con estudio y arte. Si la fama no miente, sus cuerpos eran más duros que el diamante; y si en sus diferentes empresas iban ambos cubiertos con su armadura, más bien era por adorno que por necesidad.
Aquel combate espantoso, que horrorizaba á la vista, iba haciéndose cada vez más reñido y cruel. Ferragús no daba golpe en vago, ya hiciera de punta ó de filo: los de Orlando rompian, rajaban, ó hacian volar en pedazos las diferentes piezas de la armadura de su enemigo, mientras que Angélica, siempre invisible, era el único testigo de tan terrible espectáculo. El rey de Circasia, presumiendo que la jóven no debia de estar muy distante, aprovechó la oportunidad que aquel combate le proporcionaba, y se encaminó por el sendero que supuso habria seguido la doncella cuando desapareció de su vista; de suerte que la hija de Galafron fué la única persona que presenció la lucha de los dos campeones. Despues de haberla estado contemplando durante algun tiempo, á pesar del horror y espanto que causaba, y cuando le pareció tan peligrosa para uno como para otro adversario, quiso variar la escena; y á este fin, ideó apoderarse del yelmo, para observar no más lo que harian los dos guerreros cuando advirtieran su desaparicion; pues estaba decidida á no conservarle por mucho tiempo en su poder: su intencion era la de dárselo al Conde; pero queria divertirse un rato á su costa.
Descolgó, pues, el yelmo, lo colocó en su regazo y continuó mirando un breve rato á los dos guerreros: en seguida se alejó sin decirles una palabra; y habia recorrido ya una gran distancia sin que ninguno de los dos notase la desaparicion del objeto disputado, tanta era la ira que á uno y otro cegaba, cuando Ferragús, que fué el primero en advertirlo, se apartó de Orlando y dijo:
—¡Cómo nos ha tratado de incautos y necios ese caballero que estaba con nosotros! ¿A qué premio aspirará ahora el vencedor, si nos ha robado el yelmo?
Retrocedió Orlando; dirigió sus miradas á la rama, y al verla sin el yelmo, su furor no conoció límites. Convino con Ferragús en que se lo habria llevado el caballero que antes estaba con ellos; y volviendo la brida é hincando el acicate en su corcel, salió en su persecucion; tras él siguió Ferragús, y cuando llegaron á un sitio donde se veian las huellas recientes del Circasiano y de la doncella, dirigióse el Conde por la izquierda hácia un valle, por donde se habia encaminado Sacripante, mientras que el Sarraceno continuó por un sendero próximo á un monte, en el que se habia internado Angélica.
La jóven habia llegado en tanto á una fuente, situada en un paraje umbroso y agradable, que invitaba á todo transeunte á gozar de su frescura, y de la que nadie se separaba sin humedecer en ella sus labios. Angélica se detuvo á la orilla de las cristalinas ondas, pensando que allí nadie la sorprenderia, y sin creer que pudiera sucederle contratiempo alguno, merced al sagrado anillo que la protegia. Apenas llegó, colocó el casco en un arbusto junto á las verdes orillas del arroyuelo, y despues buscó el sitio más á propósito donde pastara su yegua.
El caballero español llegó á aquella fuente, siguiendo las huellas de Angélica; la cual, no bien le hubo divisado, cuando desapareció de su vista, y se alejó con su yegua, sin cuidarse en su precipitada huida de recoger el yelmo, que habia caido sobre la yerba. Apenas el infiel descubrió á su amada, corrió hácia ella lleno de alegría; pero la jóven desapareció, como he dicho, de su vista, con la misma prontitud con que se desvanece un ensueño fantástico. Ferragús se puso á buscarla por todas partes, maldiciendo á Mahoma, á Trevigante y á todos los profetas y maestros de su religion. Volvió desesperanzado hácia la fuente, donde yacia entre la yerba el yelmo del Conde. Conociólo, apenas fijó en él la vista, á causa de una inscripcion que tenia grabada en la orla, y en la que decia dónde lo habia ganado Orlando, el modo cómo se apoderó de él, la época de la victoria y el nombre de su anterior dueño. No dudó un momento el pagano en cubrirse con él la cabeza y el cuello; pues á pesar del sentimiento que le causaba la brusca desaparicion de la jóven, semejante en lo rápido á la de las fantasmas nocturnas, apresuróse á aprovechar aquella ocasion, que ponia tan codiciada prenda en sus manos.
Despues de haber enlazado cuidadosamente todas las hebillas del yelmo, ocurriósele, para que su satisfaccion fuera completa, alcanzar á Angélica, que aparecia y desaparecia de su vista con la velocidad del relámpago. Recorrió en su busca toda la floresta; y cuando hubo perdido la esperanza de encontrar sus huellas, marchó á unirse con los sarracenos acampados bajo los muros de Paris, consolándose de no haber podido realizar por completo sus deseos con estar en posesion del almete de Orlando, y haber cumplido su juramento. El Conde buscó por espacio de mucho tiempo á Ferragús, luego que tuvo noticia de lo sucedido; mas no pudo recobrar aquel yelmo hasta el dia en que, hallando al Sarraceno entre dos puentes, se lo quitó arrancándole al mismo tiempo la existencia.
Angélica, sola y siempre invisible, continuaba su marcha, con turbado rostro, porque sentia haber olvidado en su precipitacion el yelmo de Orlando cerca de la fuente.
—Por meterme á hacer lo que no debia, iba diciendo entre sí, he dejado al Conde sin su yelmo: no era esta en verdad la primera recompensa que debia yo ofrecerle por los muchos servicios á que le estoy obligada. Pero si me apoderé de él, bien sabe Dios que fué con buena intencion, aunque el resultado sea tan contrario como desgraciado: mi único pensamiento consistia en suspender aquella lucha, y no en que aquel arrogante español realizara por mi mediacion sus deseos.
En estos y semejantes términos iba lamentándose de haber privado á Orlando de su yelmo. Contrariada y pesarosa tomó el camino que le pareció mejor para dirijirse á Oriente, ocultándose ó dejándose ver que las gentes, segun que le parecia ó no oportuno. Despues de haber recorrido muchos paises, llegó á un bosque, donde encontró á un jóven inícuamente herido en el pecho y tendido entre los cadáveres de dos compañeros suyos. Pero no puedo continuar hablándoos más tiempo de Angélica; porque antes he de referir otras muchas cosas, así como tampoco pienso ocuparme de Ferragús ni de Sacripante por algun tiempo. El príncipe de Anglante es el que llama toda mi atencion, y será preciso que os cuente con preferencia á lo demás, los muchos trabajos, penas y fatigas que soportó para conseguir sus deseos, que no pudo ver realizados nunca.
Al llegar á la primera ciudad que halló á su paso, cubrióse con un casco nuevo, sin cuidarse de si estaba bien ó mal templado, pues lo que él procuraba era no ser conocido: por lo demás, tanto le importaba aquel casco como otro cualquiera, tranquilo con su cualidad de invulnerable. Oculto, pues, á todas las miradas, continuó sus pesquisas tanto de dia como de noche, y arrostrando impávido las lluvias ó los ardores del Sol. Pasando un dia cerca de Paris, hácia la hora en que Febo sacaba del mar sus caballos de rociadas crines y la Aurora alfombraba el cielo con flores rojas y amarillas; á esa hora en que las estrellas cesan en sus danzas y se ponen el velo para marcharse, dió Orlando una prueba brillante de su valor. Encontróse frente á frente de dos escuadrones de sarracenos: á la cabeza de uno de ellos iba Manilardo, el moro de blancos cabellos, rey de Noricia, guerrero audaz y gallardo en otro tiempo, y á la sazon mejor para los consejos que para las batallas: el otro iba agrupado en torno del estandarte del rey de Tremecen que pasaba entre los africanos por un perfecto caballero, y cuyo nombre era el de Alzirdo.
Aquellos soldados, como todos los demás del ejército pagano, habian establecido sus cuarteles de invierno, unos al pié de las murallas de las ciudades, otros más léjos, pero todos en rededor de las poblaciones y los castillos; porque habiendo intentado más de una vez el rey Agramante asaltar á Paris, aunque en vano, se decidió por último á asediarlo estrechamente, ya que de otro modo no podia apoderarse de él, y á este fin renunió un número considerable de tropas: además de las que habian seguido sus banderas y de las que pasaron desde España á las órdenes del rey Marsilio, tenia asalariada una multitud de aventureros franceses, con cuyas fuerzas reunidas habia sometido todo el país comprendido entre Paris y el rio de Arlés con parte de la Gascuña, excepto algunas fortalezas.
Apenas empezaron los ondulantes arroyos á convertir el hielo en templadas y cristalinas corrientes, y á revestirse los árboles de nuevas hojas, reunió el rey Agramante á todos cuantos seguian su misma suerte, para organizar su ejército de modo que pudiera realizar desde luego sus propósitos. Los reyes de Tremecen y de Noricia marchaban con este objeto á fin de llegar á tiempo al punto de reunion, donde se admitian toda clase de tropas, fuesen buenas ó malas. Orlando topó, segun he dicho, con las fuerzas de aquellos reyes, mientras iba en busca de su amada, segun su costumbre.
Cuando Alzirdo divisó á aquel conde, cuyo valor no tenia igual en el mundo, con tal aspecto y tan altiva frente que parecia superior al mismo Dios de la guerra, quedó sorprendido de su talante, mirada audaz y fiero continente, y vió en él un guerrero capaz de las acciones más heróicas, por cuya razon entró en deseos de medir con él sus armas. Jóven y arrogante, Alzirdo era tenido por hombre de mucha fuerza y de gran corazon. Preparóse á la lucha y lanzó su caballo contra Orlando: mejor hubiera hecho en continuar á la cabeza de sus soldados; porque en el terrible choque, el príncipe de Anglante le atravesó el corazon, derribándole del caballo, el cual, no teniendo quien le sujetase, huyó á todo escape poseido de un gran terror. Al ver salir á torrentes la sangre del vencido sarraceno, despidieron sus soldados un grito horrísono y terrible, que llenó todo el espacio, y se precipitaron en el mayor desórden contra el Conde, descargándole muchos de ellos tajos y estocadas, mientras los más lanzaban un diluvio de dardos contra la flor y nata de los paladines. Aquel tropel de bárbaros rodeaba al Conde, gritando: «¡A él! ¡A él!» y produciendo un estruendo semejante al que ocasiona una muchedumbre de javalíes, cuando van corriendo despavoridos por los montes ó los campos, al ver que un lobo salido de su guarida ó un oso descendido de las montañas se ha apoderado de cualquier javato, que se lamenta con estridentes gruñidos de haber caido entre las garras de la fiera.
Mil lanzas, mil espadas y saetas caian sobre el escudo ó la coraza: unos descargaban sus mazas sobre la espalda del guerrero; otros le amenazaban por un costado; otros por delante. Pero Orlando, en cuyo corazon no hallaba cabida el temor, despreciaba á aquella turba vil y todas sus armas, como el lobo, encerrado de noche en un redil, desprecia á los corderos por numerosos que sean. Su mano empuñaba desnudo el centelleante acero que habia hecho morder el polvo á tantos sarracenos: ¿quién seria, pues, capaz de contar el número de sus víctimas? La sangre ya enrojecia el camino, que apenas podia contener los cadáveres en él amontonados: donde caia la fatal Durindana eran tan inútiles las rodelas y los almetes como los petos rellenos de algodon ó los innumerables pliegues de los turbantes; por el aire no volaban solamente los ayes y los lamentos, sino los brazos, las cabezas y demás miembros de los sarracenos. La muerte iba por aquel campo estampando sus huellas, bajo mil horribles formas, en los semblantes de los heridos, y diciendo entre sí alegremente:—«En manos de Orlando, vale Durindana por cien guadañas mias.»
Sucedíanse sin interrupcion los golpes del Paladin, hasta que empezaron á huir aquellos mismos adversarios que, al verle solo, le habian acometido tan presurosos, creyendo sin duda que iban á tragárselo. No habia quien, por librarse del peligro, esperase al amigo, y procurara huir juntamente con él: unos escapaban á pié por un lado; otros aguijaban á sus caballos por otro, y nadie reparaba, con tal de salvarse, en si era buena ó mala la direccion que seguia. En torno de ellos vagaba el honor, llevando en la mano el espejo que refleja hasta la más imperceptible arruga del alma; pero nadie se detuvo á contemplarse en él, excepto un anciano á quien la edad habia secado la sangre, mas no el valor. El rey de Noricia, que era este anciano, consideró la muerte preferible á una fuga ignominiosa, y enristrando la lanza contra el Paladin francés, la hizo pedazos en el centro del escudo del terrible Conde, á quien ni siquiera conmovió en la silla. Este, que continuaba blandiendo su espada, tiró al pasar una cuchillada á Manilardo, á quien ayudó la suerte; pues al venirle encima el crudo acero, se ladeó en manos de Orlando, y no pudo herirle de filo, si bien le derribó del caballo. Quedó el Rey moro aturdido del golpe; su contrario no se volvió siquiera para mirarle, y continuó en su tarea de tajar, romper, hender y derribar cuanto se oponia á su paso: todos creian tenerle encima; sobrecogidos de espanto, no quedaba uno solo de toda aquella tropa que no cayera, ó huyera ó se echara boca abajo, como huye al través de las extensas regiones del aire una bandada de estorninos perseguidos por el audaz esparavan, hasta que por último la vencedora espada del guerrero dejó el campo libro de todo enemigo vivo.
Aunque Orlando conocia perfectamente todo el país, vacilaba con respecto al camino que debia tomar.
No sabia si haria bien en dirijirse á la derecha ó á la izquierda, y su pensamiento estaba en desacuerdo con la ruta que habia de seguir, temeroso de decidirse por un camino distinto del que le era necesario emprender para encontrar á Angélica. Mientras tanto iba marchando á la ventura por campos ó selvas como un insensato, hasta que al fin llegó al anochecer al pié de un monte: á lo léjos vió brillar una luz, que salia por entre la hendidura de una roca, hácia la que se aproximó para ver si Angélica se habia guarecido allí. A la manera que se busca una temerosa liebre por los bosquecillos de enebros ó por los rastrojos en campo raso, atravesando zanjas y tortuosos senderos, registrando todas las matas y todos los zarzales por si acaso se hubiera ocultado entre ellos, del mismo modo iba el Conde buscando con gran pena por todos los sitios adonde le encaminaba su esperanza. Acelerando el paso hácia aquel resplandor, llegó á un claro del bosque, en medio del cual habia un angosto respiradero, que servia de entrada á una extensa gruta: algunas zarzas y espinos que se veian á la entrada formaban una especie de muro espeso, merced al cual los moradores de la gruta podian sustraerse á las miradas del que á ella se dirigiese con intenciones hostiles. Imposible fuera encontrarla de dia; pero de noche, aquella luz revelaba su situacion.
En medio de la cueva, vió Orlando una doncella de agradable rostro, acompañada de una vieja.
(Canto XII.)
Orlando estuvo un momento pensando lo que debia ser aquello: decidido despues á averiguarlo, apeóse de Brida-de-oro, le ató á un árbol, se acercó con gran cautela á la entrada de la cueva, y separando la maleza penetró en ella sin anunciarse. Una serie de numerosos escalones conducia al fondo de la gruta, donde no parecia sino que las personas estuvieran enterradas en vida. Era la tal caverna de una extension considerable: estaba cortada á pico y abovedada, y á pesar de su profundidad no carecia enteramente de la luz del dia; pues aunque pasaba muy poca por la entrada, la recibia con bastante intensidad por un gran agujero abierto á la derecha de la roca. En medio de la cueva, y al lado de un hogar, se veia á una doncella de agradable rostro que apenas habria cumplido los quince años. Bastóle al Conde una sola mirada para apreciar su belleza, que convertia aquel sitio salvaje en un paraiso, á pesar de que sus ojos estaban preñados de lágrimas, señales manifiestas de algun profundo dolor. Acompañábala una vieja con la que sostenia una gran disputa, cosa bastante frecuente entre mujeres; pero apenas llegó el Conde al fondo de la gruta, cesaron sus cuestiones.
Orlando las saludó con la cortesía que todo caballero está obligado á usar con las damas, y ellas se pusieron inmediatamente en pié, devolviéndole no menos afectuosamente su saludo, si bien es verdad que se alarmaron algun tanto al oir de improviso aquella voz desconocida, y al ver entrar en aquel recinto un hombre completamente armado y de terrible aspecto. Orlando les preguntó en seguida quién era el ser tan descortés, injusto, bárbaro y atroz, capaz de tener sepultado en aquella gruta un rostro tan bello y encantador. La jóven contestó á aquella pregunta con voz fatigosa é interrumpida por férvidos sollozos, que hacian salir entrecortados, entre perlas y corales, sus suaves acentos: abundantes lágrimas surcaban las azucenas y rosas de su rostro, é iban á perderse en su seno. Mas dignaos, Señor, escuchar el resto de esta historia en el canto siguiente, que ya es tiempo de terminar este.