CANTO XIII.

Orlando escucha la narracion de las desventuras de la doncella á quien Zerbino amaba.—Da muerte á la turba vil y perversa que la tenia sepultada en aquella cueva.—Bradamante, apesadumbrada por la suerte de Rugiero, penetra en el palacio donde Atlante tenia reunidos tantos caballeros.—Agramante pone en movimiento su ejército.

¡Cuán venturosos fueron los caballeros de los tiempos antiguos, que encontraban en los valles, en las grutas y en los bosques, guaridas tan solo de serpientes, osos y leones, lo que hoy apenas se vé en los palacios más suntuosos: damas que, en la primavera de su vida, fuesen dignas del título de hermosas!

He dicho más arriba que Orlando encontró en la gruta á una doncella, y que le preguntó quién la habia conducido allí. Prosiguiendo, pues, mi narracion, os referiré cómo ella dió al Conde cuenta de sus desventuras, en los términos más breves que pudo emplear, y con acento dulce y suavísimo, interrumpido frecuentemente por los sollozos.

—Aunque estoy completamente segura, le dijo, de que mis palabras me han de costar caras, porque esa vieja no tardará en participar esta entrevista al que me tiene aquí encerrada, estoy, sin embargo, dispuesta á decírtelo todo, así me cueste la vida. ¿Y qué mayor dicha puedo esperar de él, sino que cualquier dia me haga morir?

»Me llamo Isabel, y fuí hija del infortunado rey de Galicia: he hecho bien en decir fuí, pues ya no soy hija suya, sino del dolor, de la angustia y de la tristeza, por culpa del Amor, de cuya perfidia me lamento en particular: el cruel nos halaga dulcemente al principio, y mientras tanto trama en secreto engaños y traiciones. En otro tiempo vivia yo feliz y contenta con mi suerte, jóven, amable, rica, honrada y bella: hoy me encuentro pobre y despreciada; hoy soy infeliz; hoy, en fin, no puede haber suerte más desgraciada que la mia. Mas deseo que sepas el orígen del mal que me atormenta; pues aunque no me prestes generosa ayuda, creo que no ha de pesarte escucharlo.

»Hace cosa de un año que mi padre mandó publicar que daria un torneo en Bayona, y el anuncio de estas justas atrajo á una multitud de caballeros de diferentes paises. De todos cuantos concurrieron, solo me pareció digno de elogio Zerbino, hijo del rey de Escocia, ya fuese porque Amor me lo hiciera ver así, ó porque el verdadero mérito se manifiesta por sí solo. Al presenciar los admirables hechos de armas que llevó á cabo en la liza, quedé presa en las redes de su amor, si bien no pude advertirlo hasta que ya no era dueña de mí misma: no obstante mi debilidad, me tranquilizaba y aun me halagaba la idea de no haber entregado mi corazon á un hombre indigno, sino al más acreedor de él y al más gallardo que existe en el mundo. Zerbino superaba efectivamente en gentileza y valor á todos los demás caballeros, y me dió pruebas, en las cuales creo firmemente, de que su pasion no era menos ardiente que la mia. Encontramos quien protegiera nuestros amores, y de este modo, aun cuando no nos veiamos, nuestras almas estaban continuamente unidas.

»Terminadas las fiestas, mi Zerbino regresó á Escocia. Si sabes lo que es amor, podrás comprender cuán afligida quedé: su recuerdo estaba grabado en mi mente dia y noche, y me constaba que en torno á su corazon se posaba una llama no menos molesta que la mia; por cuya causa, y por no poder moderar sus deseos, pensó en los medios de llevarme á su lado. Zerbino es cristiano, yo mahometana, y esa desigualdad de creencias le impidió pedir á mi padre mi mano, por cuya razon determinó robarme. En los confines de mi hermosa patria, que se extiende entre verdes campos por la orilla del mar, poseia yo un bello jardin, situado en las costas, y desde el que se descubrian los collados que lo rodeaban y todo el mar: aquel sitio le pareció el más favorablemente dispuesto para efectuar lo que impedia nuestra distinta religion, y me participó de antemano el plan que habia ideado para asegurar nuestra felicidad. Cerca de Santa Marta tenia oculta una galera tripulada por gente armada, al mando de Odorico de Vizcaya, hombre experto en los combates terrestres y navales.

»No pudiendo llevar á cabo por sí mismo el rapto meditado, porque su anciano padre le habia confiado el mando de las tropas que debian socorrer al apurado rey de Francia, envió en su lugar á Odorico á quien eligió como el más fiel y decidido amigo entre todos los amigos decididos y fieles con que contaba; y así debia ser, suponiendo que los beneficios tengan siempre el poder de estrechar la amistad. Habíamos convenido de antemano en que este vendria á robarme en un buque armado convenientemente, así que trascurriera el tiempo prefijado. En cuanto llegó el anhelado dia, me trasladé á aquel jardin, y Odorico, seguido de una tropa de marineros armados, desembarcó en un rio próximo á la ciudad y se dirigió silenciosamente adonde yo me encontraba. Me trasladaron en seguida á la galera preparada, antes de que se difundiera por la ciudad la menor sospecha de mi evasion. Algunos de mis criados, á quienes sorprendieron desnudos y desarmados, pudieron huir; otros fueron degollados, y otros hechos prisioneros y llevados conmigo. De este modo abandoné mi patria, tan llena de alegría como no podrás figurarte, esperando disfrutar en breve del amor de mi Zerbino.

»Apenas nos encontramos á la altura de Mongia, cuando nos asaltó por la izquierda una horrorosa tempestad que oscureció el cielo, hasta entonces sereno; alborotóse el mar, y sus encrespadas olas subian hasta las nubes. El duro Noroeste, que nos desviaba de nuestro rumbo, iba creciendo de hora en hora y cada vez con más fuerza, en términos de hacer totalmente inútiles todas las maniobras. De nada nos servia amainar las velas, picar los palos, ni aligerar el buque: á pesar de nuestros esfuerzos, el huracan nos arrastraba hácia unos escollos próximos á la Rochela, y á no ser por el auxilio del Todopoderoso, seguramente nos hubiéramos estrellado contra la costa; porque el desapiadado viento nos empujaba con más velocidad que la que lleva una flecha al ser despedida del arco.

»Ante la inminencia del peligro, el vizcaino recurrió á un medio que con frecuencia suele salir fallido: hizo arrojar un bote al agua, al que saltó con presteza llevándome consigo: despues de él, saltó otro, y otro, y lo hubiera hecho tambien toda la tripulacion á no ser por la resistencia de los primeros, que espada en mano rechazaron á los demás y cortaron el cable. En breve nos alejamos del buque, y llegamos felizmente á tierra todos cuantos nos habíamos refugiado en el bote: no tuvieron igual suerte los que en la galera habian quedado; todos se hundieron en el mar con ella, sin que pudiera salvarse el menor objeto. Con las manos extendidas hácia el cielo, dí fervorosas gracias á la bondad infinita del Eterno por haberme arrancado al furor del mar, permitiéndome volver á ver á mi Zerbino.

»Mis joyas, mis vestidos, todo cuanto poseia desapareció en el mar con el bajel: pero mientras me quedara la esperanza de reunirme á mi amante, me importaba muy poco todo lo demás. La playa donde logramos arribar no ofrecia señal alguna de sendero, ni en cuanto alcanzaba la vista se veia un solo albergue por miserable que fuese: solo se descubria una montaña, cuya umbrosa cima azotaban continuamente los vientos, mientras que las olas se estrellaban en su base. Allí fué donde el amor tirano y cruel, que jamás ha cumplido lealmente una promesa, y que está siempre acechando una ocasion para estorbar y oponerse á nuestros propósitos más razonables, convirtió del modo más lamentable mi consuelo en dolor, mi bien en mal: aquel amigo, en quien Zerbino depositara toda su confianza, olvidando su promesa, ardió por mí en deseos impuros.

»Ya fuese porque no se hubiera atrevido á revelarme su pasion durante el viaje, ó porque la favorable ocasion que le proporcionaba la soledad de aquel sitio despertase en él un amor criminal, es lo cierto que Odorico se preparó á satisfacer en él sin demora su deshonesto apetito; pero antes procuró desembarazarse de uno de los dos que se habian salvado con nosotros en el bote. Era este un escocés llamado Almonio, que se mostraba muy adicto á Zerbino, el cual le recomendó á Odorico como hombre decidido y valiente. Para alejarle de nuestro lado, le dijo este que era una imprudencia digna de censura obligarme á ir á pié hasta la Rochela, y le rogó en consecuencia que se adelantara á reconocer el país, á fin de proporcionarme una cabalgadura. Almonio, que nada recelaba, echó á andar inmediatamente hácia la ciudad que nos ocultaba el bosque, y apenas distaba seis millas. En cuanto al segundo compañero, determinó Odorico confiarle sus perversos designios, ya por no saber cómo quitárselo de encima, ó ya tambien porque tuviera en él una gran confianza. Aquel hombre llamábase Corebo de Bilbao, y habia pasado su infancia con el traidor, viviendo ambos bajo un mismo techo. Odorico no vió inconveniente alguno en comunicarle su infame pensamiento, esperando que sacrificaria el honor en aras del placer de su amigo; pero Corebo, que era honrado y noble, no pudo escucharle sin indignacion; le apostrofó de traidor, y le echó en cara su felonía de palabra y de obra. Excitados ambos por la cólera que ardia en sus corazones, sacaron á relucir las espadas, y poseida yo del mayor espanto al ver los preparativos del combate, emprendí la fuga al través de la oscura selva.

»Odorico, más diestro en el manejo de las armas que su adversario, logró tal ventaja sobre él á los pocos golpes, que le dejó por muerto, y en seguida se lanzó en mi seguimiento. Amor, sin duda, le prestó sus alas para alcanzarme, y le enseñó tambien las frases más halagüeñas y suplicantes para inducirme á amarle y complacerle; pero todo fué en vano, porque estaba firmemente decidida á morir antes que satisfacer sus deseos. Tras de las súplicas vinieron las amenazas, y al ver que de nada le servian unas ni otras, recurrió descaradamente á la violencia: en vano fué que á mi vez le suplicara que tuviese en cuenta la confianza que en él depositó Zerbino, y la que yo misma le habia prestado al entregarme en sus manos, pues no conseguí ablandarle ni disuadirle. Viendo entonces que eran estériles mis reconvenciones y mis ruegos, y sin esperanzas de auxilio alguno contra un hombre lascivo y brutal que se abalanzaba sobre mí como hambriento oso, me defendí como pude con las manos, con los piés y hasta con los dientes y las uñas, y le arranqué las barbas y arañé la piel, lanzando gritos desesperados que llegaban hasta las estrellas.

»No sé si fué por casualidad, ó porque mis lamentos se debian oir á una legua de distancia, ó porque los habitantes de aquel país acostumbren á recorrer las costas cuando tienen noticia de algun naufragio; pero el caso fué que apareció una multitud de hombres por aquel monte, desde el que descendieron al mar, dirigiéndose despues hácia nosotros. Aquella turba llegó á tiempo para libertarme del desleal Odorico; su auxilio fué, sin embargo, para mí lo mismo que salir de Scila para precipitarme en Caribdis, ó como dice el vulgo, huir del fuego para caer en las brasas: verdad es que no fuí tan desgraciada, ni sus intentos tan salvajes, que llegaran aquellos hombres á ultrajar mi persona; pero este respeto no fué hijo de su humanidad ni de otra cualidad generosa, sino de su propósito de conservarme, como me conservan, casta y pura, para venderme con mayor ventaja. Ocho meses han trascurrido desde que me tienen aquí sepultada en vida: he perdido ya toda esperanza de ver á mi Zerbino; pues segun tengo entendido por algunas frases que he podido sorprender, me han prometido ó dado en venta á un mercader que debe llevarme á Oriente para presentarme al Soldan.»

Tal fué la narracion de la gentil doncella: los sollozos y los suspiros interrumpian frecuentemente su voz angelical capaz de enternecer á los tigres y á las serpientes. Mientras continuaba renovando su dolor, ó aliviaba quizá sus penas con el consuelo de hacer á otro partícipe de ellas, entraron en la cueva veinte hombres armados de venablos y de hoces. Su jefe, hombre de aspecto desalmado, tenia un solo ojo, cuya mirada era sombría y dura; el otro lo habia perdido de un solo golpe que le partió además la nariz y la mandíbula. Al reparar en aquel caballero, tranquilamente sentado junto á la jóven, exclamó volviéndose hácia sus camaradas:

—Ahí teneis un nuevo pájaro, á quien sin haber tendido ningun lazo, encuentro preso en mis redes.

Despues dijo al Conde:

—Jamás he visto hombre más oportuno ni tan á propósito como tú: ignoro si has adivinado, ó si lo sabes por habértelo dicho alguien, que yo ardia en deseos de poseer unas armas tan magníficas y un trage tan airoso como el tuyo, y precisamente has llegado á tiempo de satisfacer mi necesidad.

Orlando se puso en pié, y contestó á aquel jayan, sonriendo amargamente:

—Dispuesto estoy á venderte mis armas; pero mediante un trato que no suele tener cuenta á ningun mercader.

Y cogiendo rápidamente un tizon encendido, de los que ardian en el fuego que junto á él estaba, le hirió con él por casualidad en el sitio en que la nariz se une á las cejas. El tizon le abrasó los párpados de ambos ojos; pero causó mayor daño en el izquierdo, pues se lo reventó privándole así del único sitio por donde podia ver la luz: además, aquel golpe tan fiero, no solo le dejó sin vista, sino que le hizo ir á reunirse con los espíritus á quienes Quiron y sus compañeros obligan á estar sumergidos en la pez hirviendo[55].

En medio de la cueva habia una mesa enorme, de dos palmos de espesor, sobre un pié macizo y tosco, y en derredor de la cual solia colocarse el bandido con todos sus compañeros. Con la misma agilidad con que suele jugar á la barra el airoso español, arrojó Orlando aquella pesada mesa sobre la agrupada canalla. Unos quedaron con el pecho ó con el vientre aplastado; otros con la cabeza, los brazos ó las piernas rotas; estos exhalaron el último aliento; aquellos salieron estropeados para toda su vida, y algunos, por fin, menos heridos, procuraron buscar su salvacion en la fuga. No de otra suerte, un enorme peñasco lanzado sobre un monton de serpientes que están enroscadas al dulce calor de un sol de primavera, aplasta lomos, magulla cabezas y destroza escamas, resultando una multitud de sierpes más pequeñas segun que el golpe ha dividido el cuerpo de algunas ó muchas de ellas; y mientras las unas mueren ó pierden la cola, otras no pueden mover la parte anterior de su cuerpo y agitan y retuercen convulsivamente la posterior, y otras, cuya suerte es más propicia, se deslizan entre la yerba, y van serpenteando en busca de un refugio. El estrago que causó la mesa fué terrible; pero no es de extrañar, si se atiende á que fué arrojada por el valeroso Orlando.

Los que se libraron del golpe ó no salieron muy maltratados de él (y Turpin afirma que fueron siete), confiaron á los piés su salvacion; pero el paladin les cerró la salida, y apoderándose de ellos sin dificultad, fuéles atando sólidamente las manos con una cuerda á propósito para el caso, que encontró en aquella morada selvática. Obligóles despues á salir de la cueva, y les llevó al pié de un serbal corpulento, cuyas ramas aguzó con su espada: en seguida les enganchó en ellas para que sirvieran de pasto á los cuervos. No tuvo necesidad de sujetar su cabeza con cadenas; las agudas ramas del árbol, en las que Orlando los fué empalando uno á uno por la barba, bastaron para purgar al mundo de aquella vil canalla.

La vieja, amiga y compañera de tales malandrines, apenas los vió muertos, huyó llorando y mesándose los cabellos por selvas y bosques inextricables. Despues de andar por caminos ásperos y escabrosos con tardo paso, paralizado muchas veces por el temor, llegó á la orilla de un rio, donde encontró á un guerrero, del que me ocuparé más adelante.

Volveré á Isabel, que suplicaba á Orlando no la dejase sola, ofreciéndose á seguirle por todas partes.

Orlando se esforzó en consolarla con la mayor amabilidad; y apenas emprendió la blanca Aurora su acostumbrado camino, adornada con sus velos de púrpura y sus guirnaldas de rosas, se alejó de aquel sitio con Isabel. Anduvieron por espacio de muchos dias sin hallar cosa digna de particular mencion, hasta que toparon con un caballero á quien llevaban cautivo. Más tarde os diré quién era; ahora me aparta de ellos una doncella de quien os será grato que os hable: me refiero á la hija de Amon, á quien dejé entregada á sus amorosas penas.

Esperando inútilmente el regreso de su Rugiero, estaba la hermosa jóven en Marsella, dando qué hacer casi diariamente á las huestes musulmanas, que hacian frecuentes incursiones por el Languedoc y la Provenza, talando montes y llanos; pero ella les tenia á raya, portándose cual diestro guerrero y experimentado caudillo. Cuando vió que habia transcurrido mucho más tiempo del fijado para la vuelta de su Rugiero, temió por él y agitaron su corazon mil crueles presentimientos. Un dia en que, segun su costumbre, estaba lamentándose en secreto, se le presentó aquella que llevó en el anillo el remedio para curar el corazon herido por Alcina. Al verla aparecer sin su amante despues de haber pasado tanto tiempo, quedó pálida, llena de angustia, y tan temblorosa que apenas podia sostenerse. La buena Maga se adelantó hácia ella sonriendo, y cuando adivinó la causa de su turbacion, procuró tranquilizarla revistiendo su semblante de esa risueña apariencia que suele tener el mensajero de buenas noticias.

—Hermosa jóven, le dijo, no tengas el más mínimo temor por tu Rugiero, que está vivo y sano, y adorándote como siempre: sin embargo, se vé privado de su libertad, porque tu enemigo le tiene otra vez en su poder. Fuerza será, pues, que montes á caballo y me sigas inmediatamente si deseas salvarle; yo te abriré un camino para que restituyas la libertad á tu Rugiero.

Y continuó refiriéndole el nuevo ardid mágico que Atlante habia urdido contra él, y le dijo que con el auxilio de su imágen, á la que al parecer llevaba cautiva un perverso gigante, le habia atraido al palacio encantado, donde desapareció la vision. Añadió Melisa que con semejante engaño, detenia Atlante á cuantas damas y caballeros llegaban allí, mostrándoles el objeto de su pasion ó sus deseos: que cada cual, al mirar al encantador, creia ver en él á su dama, á su escudero, á su camarada ó á su amigo, y en fin, objetos distintos, segun que lo eran tambien sus deseos; resultando de aquí que se cansaban todos en inútiles pesquisas y en correr tras aquellas imágenes, que se desvanecían al aproximarse, excitando de tal modo su anhelo y su esperanza, que no podian apartarse de tan singular morada.

—Cuando te halles cerca de aquella mansion encantada, prosiguió Melisa, saldrá el nigromante á tu encuentro bajo la forma de tu Rugiero: valiéndose de sus malas artes, te hará ver á tu amante vencido por un guerrero de fuerza superior á la suya, á fin de que, volando tú en su auxilio, vayas á reunirte con los demás caballeros, cuya suerte sufrirás. Ahora bien, para que no caigas en los lazos donde han caido tantos otros, ten mucho cuidado de no dar crédito alguno al que veas con el aspecto y semblante de Rugiero pidiendo socorro: por el contrario, así que le veas delante de tí, arráncale su indigna vida, sin que te detenga el temor de matar á Rugiero, pues tan solo matarás al que es causa de todos tus pesares. Bien conozco que te parecerá duro dar la muerte á cualquiera que parezca tu amante; pero no dés crédito á tu vista extraviada por los maleficios que te ocultarán la verdad. Antes de que yo te conduzca al bosque, forma una resolucion inmutable; de lo contrario, si consientes en que viva el mágico, perderás á Rugiero para siempre.

Decidida la animosa jóven á arrancar la existencia á Atlante, cogió sus armas y se dispuso á seguir á Melisa, de cuya abnegacion y fidelidad estaba persuadida. La encantadora le sirvió de guia por los bosques y por los terrenos cultivados, que atravesaban rápidamente y á grandes jornadas, procurando hacerle menos fastidioso el camino con el atractivo de sus sabrosas pláticas. Entre todos los asuntos de su conversacion, era el principal el recuerdo de que su union con Rugiero debia producir excelentes príncipes y gloriosos semidioses. Como Melisa conocia perfectamente todos los secretos del Destino, le era fácil predecir cuanto debia suceder en el transcurso de los siglos.

—¡Oh querida y prudente guia! dijo á la Maga la ínclita doncella: ya que me has dado á conocer con muchos años de anticipacion toda mi excelente progenie varonil, háblame de alguna dama de mi raza, si es que ha de existir alguna que pueda figurar entre las bellas y virtuosas.

La complaciente Melisa respondió:

—De tí veo salir madres de emperadores y grandes reyes, señoras honestísimas, sólidas columnas de casas ilustres y de esclarecidos dominios, cuyo lustre sustentarán ó aumentarán. Las damas de tu linaje no serán menos dignas de renombre y fama por su piedad, su valor, su prudencia, y su honestidad incomparable que los caballeros por sus hechos de armas. Si tuviese que ocuparme en particular de cada una de tus descendientes digna de honrosa memoria, me faltaria el tiempo, pues no deberia pasar en silencio á ninguna de ellas; pero, á fin de satisfacer tu deseo, elegiré algunas entre otras mil. ¿Por qué no me hiciste presente esto mismo en la cueva, y habrias podido contemplar tambien sus imágenes?

»De tu preclara estirpe saldrá la protectora y amiga de las letras y de las bellas artes, á quien no sé si llamar apuesta y bella, ó más bien prudente y honesta. Esta será la liberal y magnánima Isabel[56], cuyo renombre prestará eterna fama á la ciudad situada á orillas del Mincio, que lleva el nombre de la madre de Ocno[57]: En ella sostendrá una honrosa y espléndida competencia con su dignísimo esposo, para ver quién de los dos apreciará y amará más la virtud y quién será más cortés y benigno. Si el uno aduce en su favor que á orillas del Taro[58] y en sus estados consigue librar á Italia del yugo francés, la otra alegará que á Penélope la hizo su castidad tan célebre como su esposo Ulises. Muchas y muy grandes cosas sé con respecto á esta dama, por habérmelas anunciado Merlin durante el tiempo que pasó en la cueva léjos del mundo; pero me detengo aquí porque si llego á desplegar las velas por tan anchuroso mar, mi travesía será mayor que la de Tifis[59]. Concluyo, pues, manifestándote, que en Isabel estarán reunidos todos los dones que proporciona el cielo á la virtud.

»Con ella estará su hermana Beatriz[60], á quien cuadra admirablemente este nombre, porque no solo disfrutará mientras viva la felicidad que se encuentra en la Tierra, sino que su benéfica influencia se extenderá sobre su esposo, el más rico y dichoso de todos los príncipes; pero en cuanto ella abandone esta terrenal morada, caerá aquel en la desgracia más profunda. Mientras viva Beatriz, el Moro y Sforza, y las culebras de los Visconti, serán invencibles desde las nieves polares hasta las orillas del mar Rojo, y desde el Indo hasta los montes que baña el mar de Francia; pero en cuanto muera aquella princesa, su esposo y el reino de los insubres caerán en la esclavitud con grave perjuicio para toda la Italia: con ella, desaparecerá tambien la suprema sabiduría.

»Otras muchas princesas de igual nombre nacerán bastantes años antes: una de ellas ceñirá sus sagrados cabellos con la espléndida corona de la Panonia[61]: otra, cuando haya dejado la pesada carga de la vida, será colocada en Ausonia entre el número de los santos, y se le ofrecerán inciensos é imágenes votivas. Callaré las demás; pues como he dicho, mi relato seria demasiado largo, si bien es verdad que cada una de ellas mereceria inspirar la heróica trompa de la Fama. Nada diré de las Blancas, ni de las Lucrecias y Constanzas, y otras y otras que serán madres de los príncipes más ilustres de Italia, y renovarán el esplendor de las principales familias reinantes. Ninguna raza será más fecunda que la tuya en mujeres célebres, no solo por las virtudes de las hijas, sino por la extraordinaria honestidad de las esposas[62].

»Y á fin de que con respecto á este punto sepas algo de lo que me dijo Merlin, sin duda con el objeto de que te repitiera sus palabras, continuaré hablándote con buena voluntad de tu descendencia.

»Me ocuparé primeramente de Ricarda[63], digno modelo de entereza y honestidad: jóven aun, quedará viuda, y expuesta á los rigores de la fortuna, como con frecuencia acontece á los buenos. Verá á sus hijos, niños todavia, desposeidos de los estados de su padre, y vagando por tierras extrañas en manos de sus adversarios; pero al fin tendrán sus desgracias una digna recompensa.

»No olvidaré á la ilustre reina, de la preclara alcurnia de Aragon[64], de cuya prudencia y recato no nos ofrecen modelo más acabado los historiadores griegos y latinos: tampoco habrá otra más favorecida por la bondad divina, que la elegirá para ser madre de tan hermosos descendientes como Alfonso, Hipólito é Isabel. Leonor se llamará esta princesa, que se ha de ingertar en tu árbol afortunado. ¿Y qué te diré de la segunda nuera, próxima sucesora de aquella, de Lucrecia Borgia[65]? Su belleza, su virtud, su fama honesta y su fortuna crecerán como la flor naciente en un terreno feraz. Lo que el estaño es respecto á la plata, el cobre al oro, la silvestre adormidera á la rosa, el pálido sauce al laurel siempre verde, y el vidrio pintado á la piedra preciosa, tales serán comparadas con Lucrecia, á quien venero antes de nacer, cuantas mujeres hayan adquirido hasta ahora nombradía por su singular belleza, su gran prudencia ó por otra circunstancia no menos laudable. Sin embargo, sobre todos los elogios que se le prodigarán durante su vida y aun despues de muerta, descollará el de haber dotado á Hércules y sus demás hijos de régias costumbres, y haberles trasmitido los nobles sentimientos que los harán tan ilustres en el sacerdocio como en las armas, porque el perfume de la virtud no se desvanece de repente, aun cuando se traslade á un nuevo vaso, sea malo ó bueno.

»Tampoco pasaré en silencio á Renata de Francia[66], nuera de Lucrecia é hija de Luis XII y de la gloria eterna de la Bretaña. En ella, veo reunidas todas las perfecciones que se hayan admirado en mujer alguna desde que el fuego calienta, moja el agua, y gira el cielo en derredor de sus ejes.

«Mucho tiempo necesitaria para hablarte de Alda de Sajonia, de la Condesa de Celano, de Blanca Maria de Cataluña, de la hija del rey de Sicilia, de la hermosa Lippa de Bolonia y de otras muchas; pues si fuera haciéndome cargo de las alabanzas que cada una de por sí merece seria como entrar en un mar sin límites.»

Despues de haber dicho Melisa los nombres de la mayor parte de las mujeres de la posteridad de Bradamante, con gran contento de esta, le repitió una y muchas veces los medios de que se habia valido el nigromante para atraer á Rugiero al palacio. Detúvose Melisa cuando estuvo cerca de aquel edificio, por no creer oportuno seguir adelante y evitar que la viera aquel astuto viejo, y dejó sola á la doncella, no sin recomendarle una vez más el cumplimiento de cuantos consejos le habia dado. Apenas habia andado Bradamante como unas dos millas por un sendero desierto, cuando vió á un caballero exactamente igual á su Rugiero, á quien estrechaban tan fuertemente dos gigantes de cruel aspecto, que estaban á punto de quitarle la vida. Al ver la doncella en tal peligro al que, segun todos los indicios debia ser Rugiere, sintió convertida su confianza en sospecha, y olvidó de pronto todos sus buenos propósitos. Supuso que Melisa tendria alguna prevencion ú odio contra Rugiero á causa de cualquier injuria ó de infundados enojos, y que procuraba por medio de un ardid grosero hacerle perecer por mano de su amada.

La doncella decia entre sí:—¿Por ventura, no será ese mi Rugiero, á quien siempre veo con el corazon y ahora con mis propios ojos? Si ahora no le veo ó no le conozco bien, ¿qué podré ver ó conocer en adelante? ¿Por qué he dar más crédito á lo que otros creen que á lo que me ofrece mi vista? A falta de mis ojos, mi corazon me diría si Rugiero está léjos ó cerca de mí.»

Mientras raciocinaba de esta suerte, oyó una voz idéntica á la de su amante que pedia socorro, y vió á aquel caballero huir velozmente sobre un caballo al que desgarraba los hijares, y tras él á sus dos feroces enemigos, que se lanzaron á toda brida en su persecucion. No pudiendo contenerse la doncella, siguió sus huellas; llegó al palacio encantado, y apenas atravesó el umbral de la puerta, se hizo partícipe del funesto error de todos. Buscó á Rugiero por todas partes, arriba, abajo, dentro, fuera, y hasta en los sitios más recónditos, sin cesar dia y noche. ¡Vana tarea! Tan poderoso era el encanto, que aun cuando Bradamante y Rugiero se veian y hablaban á todas horas, no se conocian el uno al otro.

Pero dejemos á la varonil doncella, y no os pese que quede sometida á aquel encantamiento; pues cuando sea tiempo de que se libre de él, haré de modo que salgan los dos amantes. Así como la variacion de manjares excita el apetito, del mismo modo creo que mi historia se hará menos pesada para los que la oigan, cuanta más variedad se encuentre en ella. Veéme obligado además á servirme de muchos hilos para terminar la gran tela que estoy tejiendo: dignaos, pues, escuchar cómo los moros, saliendo de sus tiendas, tomaron las armas y se formaron en presencia del rey Agramante, que amenazando airado á las lises de oro, quiso que su ejército se reuniera para pasarle nuevamente revista, á fin de conocer cuál era el verdadero número de sus soldados. Además de los ginetes y peones que en gran cantidad echaba de menos, faltaban varios excelentes capitanes de España, de África y de Etiopía, viéndose sus tropas obligadas á vagar errantes sin un jefe que las guiase. Otro de los motivos que tuvo Agramante para pasar esta revista, fué el de proveer de jefes á aquellos escuadrones, y comunicarles las órdenes necesarias. A fin de cubrir los huecos que en sus filas habian ocasionado las batallas y las escaramuzas, hizo llamar á cuantos guerreros se habian alistado en España y en África, los cuales, respondiendo á su llamamiento, acudieron pronto á ponerse á las órdenes de sus jefes respectivos. Con vuestro premiso, Señor, dejaré para otro canto los detalles de esta revista.