CANTO XIV.

En la revista pasada al ejército mahometano, Agramante echa de menos los dos escuadrones que habian sido destruidos por Orlando.—Mandricardo, lleno de envidia y de asombro, va en busca del guerrero.—Amores de Mandricardo y Doralicia.—Reinaldo, guiado por un ángel, llega á París, cuando ya los moros lo estaban asaltando.

En los sangrientos combates y frecuentes asaltos acaecidos durante la guerra de Francia contra España y África, habian perecido ya innumerables guerreros, cuyos cadáveres quedaron abandonados á la voracidad de los lobos, de los cuervos y de las águilas rapantes; y si bien los franceses llevaban hasta entonces la peor parte, por haber perdido casi todo el país, los sarracenos tenian en cambio motivos poderosos de afliccion por los muchos príncipes y esclarecidos campeones de su ejército, que habian sucumbido bajo el hierro enemigo, costándoles sus victorias tanta sangre, que el dolor anubló su regocijo.

¡Oh invicto Alfonso! Si las cosas modernas pueden compararse á las antiguas, séame permitido decir que el gran triunfo, cuya gloria es fuerza atribuir á vuestro heroismo, y del que Rávena deberá de lamentarse eternamente, se asemeja en gran manera á los conseguidos por los moros[67]. Me refiero á la memorable batalla en que, al ver á los picardos, los morinos[68] y á los ejércitos Normando y Aquitano abandonando el campo, os lanzásteis en medio del grueso de las tropas españolas, vencedoras ya, seguido de aquellos jóvenes gallardos, que merecieron aquel dia por su varonil esfuerzo que el Rey les honrara con la espada y la espuelas doradas, armándoles caballeros. Ayudado por tan animosos jóvenes que, como vos, despreciaron el peligro, destruísteis las ricas bellotas de oro y el estandarte amarillo y rojo, por lo cual á nadie más que á vos se debe el lauro inmortal de haber impedido que se marchitasen ó deshojaran las lises de Francia. Otra corona no menos inmortal ciñe vuestra frente por haber conservado á Roma su Fabricio, aquel gran Colonna,[69] á quien proporcionásteis un auxilio, que os honra más que si el solo esfuerzo de vuestro brazo hubiera destruido los aguerridos soldados, cuyos huesos alfombran hoy el campo de Rávena, y todos cuantos guerreros de Aragon, de Castilla y de Navarra abandonaron sus banderas al ver la inutilidad de sus lanzas y sus espadas. Y sin embargo, aquel triunfo fué más glorioso que digno de regocijo; porque contrabalanceó vuestra alegría el pesar ocasionado por la muerte del Capitan francés, del jefe del ejército, y por la de tantos príncipes ilustres como habian atravesado las heladas cimas de los Alpes para volar en defensa de sus reinos y de sus aliados. Nuestra salvacion y nuestra vida se debe á aquella victoria, por haber impedido que el irritado Júpiter fulminara sobre nuestras cabezas los rayos de su cólera; mas en cambio, no nos es posible gozar de ella ni demostrar nuestro regocijo, al escuchar los ayes y lamentos de tantas viudas como han quedado en Francia, cubiertas de luto é inundadas en llanto. Es preciso, pues, que Luis[70] se apresure á enviar nuevos capitanes á sus tropas, á fin de restituir su honor á las doradas flores de lís, y castigar las manos rapaces y sacrilegas que han violado monjas, madres, esposas, é hijas; que han profanado los monasterios de frailes blancos, negros y grises, y han arrojado por el suelo al Señor sacramentado para apoderarse de los vasos sagrados. ¡Oh desventurada Rávena! ¡Cuánto mejor hubieras hecho en no oponer resistencia alguna al vencedor! ¿Por qué no te miraste en el espejo de Brescia, en vez de serlo tú para Arimino y Faenza[71]? Rey Luis, envia sin tardanza al buen Trivulcio, para que enseñe á los suyos más continencia, y los recuerde cuántos han perecido en Italia por tan bárbaros excesos.

Así como es necesario que el rey de Francia provea ahora de jefes á su ejército, del mismo modo Marsilio y Agramante, deseando reorganizar cuanto antes los suyos, determinaron pasarles revista, no bien la conclusion del invierno permitió á los soldados salir de sus tiendas, á fin de conocer sus necesidades, y dar guias y jefes á los escuadrones que carecieran de ellos. Primeramente Marsilio, y Agramante despues, hicieron desfilar por delante de ellos á sus soldados, compañía por compañía.

A la cabeza de todos iban los catalanes bajo el estandarte de Dorifebo: seguian despues los navarros, cuyo rey Folvirante habia muerto á manos de Reinaldo; el rey español les dió por capitan á Isolier. A las órdenes de Balugante iban los de Leon; los de los Algarbes, á las de Grandonio. Falsiron, hermano de Marsilio, conducia los castellanos. En pos del estandarte de Madaraso seguian los que salieron de Málaga y Sevilla, y cuantos habian dejado las amenas praderas que riega el Betis desde el mar de Cádiz hasta la fértil Córdoba. Estordilano, Tesira y Baricondo presentaron sus gentes uno tras otro; el primero las de Granada, el segundo las de Lisboa, y las de Mallorca el tercero. Tesira sucedió en la corona de Portugal á su pariente Larbin, que habia muerto. En pos de estos seguian los gallegos, al mando de Serpentino, que sustituyó á Maricoldo, su antiguo jefe.

El audaz Malatista conducia á los de Toledo y Calatrava, mandados en otro tiempo por Sinagon, y á todos cuantos se bañan en el Guadiana ó beben sus aguas. Formando un escuadron, á cuyo frente iba Bianzardin, desfilaron los de Astorga, Salamanca, Plasencia, Avila, Palencia y Zamora. Los zaragozanos y demás caballeros de la corte de Marsilio iban á las órdenes de Ferragús: todos ellos eran valientes y estaban perfectamente armados. Veíase entre ellos á Malgarino, Balinverno, Malzariso y Morgante, á quienes una misma suerte habia obligado á refugiarse en país extranjero: desposeidos de sus estados respectivos. Marsilio los habia acogido en su corte. Con ellos se hallaban tambien Follicon de Almeria, hijo bastardo de Marsilio, Doriconte, Bavarte, Largalifa, Analardo, Arquidante conde de Sagunto, Lamirante, el gallardo Languiran, Malagur, de astuta y rápida imaginacion, y otros y otros, cuyos hechos de armas os haré ver cuando llegue el caso.

Cuando el ejército de España acabó de desfilar en buen órden por delante del rey Agramante, se adelantó con sus batallones el rey de Oran, hombre de gigantesca estatura. Los que siguieron despues lamentaban la muerte de Martasin, inmolado por Bradamante, y su amor propio no podia sufrir que una mujer se envaneciera de haber vencido al rey de los garamantas[72]. Siguió el tercer escuadron de Marmonda, que habia dejado muerto en Gascuña á su capitan Argosto. Tanto este, como los que le precedian y seguian inmediatamente, necesitaban nuevos jefes, y aun cuando Agramante carecia de ellos, no tardó en habilitarlos, nombrando para este cargo á Buraldo, Ormida y Arganio, y siguió de esta suerte eligiendo tantos jefes cuantos eran indispensables. Confió á Arganio el mando de los guerreros de Libicana, que lloraban la muerte del negro Dudrinaso. Los de la Tingitania obedecian á Brunel, que marchaba cabizbajo y mohino, porque habia caido en desgracia de Agramante desde que Bradamante le arrebató el anillo en la selva próxima al peñasco donde estaba el castillo de Atlante: y á no ser por Isolier, hermano de Ferragús, que lo encontró atado á un árbol, y refirió al Rey la verdad de lo sucedido, hubiera muerto ahorcado. Agramante, accediendo á las reiteradas súplicas de muchos de sus guerreros, le perdonó la vida cuando ya tenia el lazo echado al cuello, y se lo hizo quitar, previniéndole, no obstante, que á la primera falta le haria empalar: por consiguiente, Brunel tenia fundado motivo para ir con la cabeza inclinada y el rostro macilento.

Seguia en pos Farurante, y tras él los infantes y ginetes de Mauritania. Venia luego con las gentes de Constantina, Libanio, el nuevo rey, á quien Agramante habia dado la corona y el dorado cetro que fué de Pinadoro. Al frente de las tropas de Hesperia iba Soridano, y al de las de Ceuta Dorilon; con los nasamones, Puliano, y el rey Agricalte con los de Amonia. Malabuferso guiaba los de Fez; Finadurro el escuadron de los soldados de Marruecos y Canarias, y Balastro el de los que fueron del rey Tardoco. Marchaban despues dos batallones, uno de Mulga y otro de Arzilla; este tenia su jefe, pero el otro carecia de él. Agramante se lo designó inmediatamente, nombrando al efecto á Corineo, su fiel amigo. Del mismo modo hizo á Caico rey de la gente de Almanzilla, que obedecia antes á Tanfirion, y á Rimedonte de la de Getulia.

Aparecieron en seguida Balinfronte con los soldados de Cozca; los de Bolga, que en reemplazo de su rey Mirabaldo, tenian á Clarindo, y despues Baliverzo, el mayor merodeador de los campos de batalla. No creo que en todo el campamento se desplegara una bandera en torno de la cual se agrupasen tan esforzados guerreros como los que despues siguieron, ni que tuvieran por jefe un Sarraceno más prudente que su rey Sobrino. Los de Bellamarina, á quienes solia dirigir Gualcioto, iban entonces á las órdenes de Rodomonte, rey de Argel y de Sarza, que habia aumentado su ejército con nuevos ginetes y peones. Mientras el Sol estuvo nebuloso bajo el gran Centauro, el Capricornio, habia pasado al África por encargo de Agramante, y hacia tres dias que estaba de vuelta. En todas las regiones del África no se conocia un moro más valeroso ni más audaz que Rodomonte, á quien temian más, y con justo motivo, los parisienses sitiados, que á Marsilio, á Agramante y á todos cuantos guerreros pasaron á Francia en pos de ellos: la religion de Jesucristo no tenia tampoco enemigo más irreconciliable que él.

Siguió Prusion, rey de la Alvaraquia; y despues el rey de Zumara, Dardinelo. No sé si algun buho ó corneja, ú otra ave de mal agüero les llegaria á predecir desde los tejados ó los árboles la suerte funesta que les esperaba; pues el destino habia fijado la misma hora del siguiente dia para que ambos príncipes murieran en la batalla que se dió. Ya no faltaban por desfilar más que las tropas de los reyes de Tremecen y de Norizia; pero ni se veian sus banderas, ni se tenia noticia de ellas. Agramante no sabia que pensar de semejante demora, cuando trajeron á su presencia un escudero del rey de Tremecen, que le anunció la derrota de Alzirdo y Manilardo con la mayor parte de los suyos.

—Señor, añadió el escudero, el guerrero valeroso que ha hecho sucumbir á los nuestros, seria capaz tambien de destrozar tu ejército entero, como no huyera con la prontitud que yo; gracias á mi lijereza he podido salvarme, aunque con trabajo. Con la misma facilidad que un lobo se precipita entre un rebaño de cabras ó carneros, derriba él infantes y ginetes.

Pocos dias antes habia llegado al campamento del rey de África un caballero, á quien desde Occidente á Oriente no habia quien igualara en valor y esfuerzo. El rey Agramante le dispensaba grandes honores por ser hijo y sucesor del rey Agrican de Tartaria: era su nombre el del feroz Mandricardo.

Sus maravillosas hazañas le habian conquistado un renombre que llenaba el mundo entero; pero su principal celebridad, su mayor gloria procedia de haberse apoderado en el castillo de la hada de Soria de la brillante coraza que mil años antes habia llevado el troyano Héctor. Para adquirirlas arrostró los azares de una aventura extraordinaria y prodigiosa, cuyo solo relato causa pavor.

Encontrándose presente cuando el escudero dió cuenta de la heróica accion de Orlando, alzó su frente orgullosa y se preparó inmediatamente á ir en busca de aquel guerrero. Ocultó, no obstante, su intento, bien fuese por desdeñar toda compañía, ó por temor de que otro se le anticipara en tal empresa, si llegaba á traslucirse su pensamiento. Preguntó al escudero el color de la sobrevesta de tan bravo campeon, y aquel le respondió:

—Es enteramente negra, lo propio que su escudo, y su yelmo no tiene cimera.

—Así era en efecto, pues Orlando no llevaba empresa alguna, porque quiso que en su exterior apareciera el luto que reinaba en su corazon.

Marsilio habia regalado á Mandricardo un corcel bayo con manchas castañas y crin y cabos negros: era hijo de una yegua de Frigia y un caballo español. Sobre él saltó Mandricardo armado de piés á cabeza, y se alejó á galope por el campo, jurando en su interior no volver al campamento hasta haber encontrado al campeon de la negra armadura. En el camino vió muchos de los soldados que habian huido de la espada terrible de Orlando, llorando unos por el hijo, y otros por el hermano que habia perecido á su vista: en sus semblantes se veia aun retratado el cobarde terror que los dominara: el espanto les obligaba todavia á marchar pálidos, mudos y como fuera de sí. No anduvo mucho el sarraceno sin que se ofreciera á sus miradas un espectáculo inhumano y cruel, pero testimonio de las maravillosas hazañas que habian referido al rey africano. Mandricardo se paró á contemplar aquellos cadáveres, llegando hasta moverlos y medir sus heridas con la mano: en aquel momento sintió una inconcebible envidia hácia el caballero, cuyo esforzado brazo habia causado tantas víctimas. Como lobo ó mastin que habiendo encontrado demasiado tarde un buey muerto abandonado por los campesinos, y no pudiendo satisfacer su voracidad con los cuernos, los huesos ó las pezuñas, única cosa que han dejado los perros ó las aves de rapiña, se queda contemplando con sentimiento el testuz donde no puede hincar el diente, lo mismo hizo el infiel en aquella llanura, prorumpiendo despues en blasfemias, hijas de su envidia, por haber llegado tarde á tan espléndido banquete.

Durante aquel dia y la mitad del siguiente continuó incierto su camino en seguimiento del caballero negro, por quien preguntaba á todo transeunte. Llegó por fin á una pradera, á la que daban sombra árboles corpulentos, rodeada por un rio caudaloso, que apenas dejaba espacio por donde pudiera llegarse hasta ella. Un sitio semejante se encuentra en Ocricoli, rodeado por las sinuosas ondas del Tiber. Aquel estrecho paso estaba defendido por muchos caballeros armados. El pagano les preguntó quién y con qué objeto les habia reunido allí en tan gran número: el que parecia jefe, obligado sin duda por el gallardo talante de Mandricardo, y sorprendido por los ricos arneses de su corcel, recamados de oro y pedrería, lo que daba á entender que el ginete seria un personaje notable, le contestó:

—Nuestro Rey nos ha hecho venir desde Granada para acompañar á su hija, á quien ha desposado con el rey de Sarza, aunque la fama no ha propalado todavia esta noticia. A la hora en que la cigarra suspende su canto, que ahora nos molesta, conduciremos á la Princesa al campamento español: entretanto está descansando.

Mandricardo, acostumbrado á menospreciar cuanto existia en el mundo, quiso probar, por distraerse, si aquella gente defendia bien ó mal á la princesa confiada á su custodia; por lo cual exclamó:

—Esa dama, si la fama no miente, debe de ser bella; y como me agradaria saber si es cierto, condúceme en seguida á su presencia, ó haz que venga aquí: porque necesito estar pronto en otra parte.

—Preciso es que seas un loco rematado, le contestó el granadino. Pero no pudo continuar, porque el tártaro se lanzó sobre él lanza en ristre y le pasó de parte á parte; la coraza no pudo contener la violencia del golpe, y el desgraciado cayó en tierra herido mortalmente. El hijo de Agrican volvió á enristrar la lanza, y preparóse á atacar á los restantes. No llevaba espada ni maza; porque cuando se apoderó de las armas de Héctor, vió que faltaba la primera; por lo cual juró, y no en vano, que su mano no empuñaría espada alguna hasta conseguir arrancar á Orlando su Durindana, que era la de Héctor, y que Almonte habia tenido antes en gran estima.

Grande fué la audacia del Tártaro, que no temió luchar solo contra aquellos guerreros, gritándoles:—«¿Quién pretenderá estorbarme el paso?»—Y lanza en ristre se precipitó sobre ellos. A su vez enristraron la suya algunos: otros desnudaron las espadas, y todos le acometieron simultáneamente. Mandricardo mató una porcion de ellos, antes de que se rompiera su lanza: cuando la vió partida, aferró con ambas manos el trozo mayor que le quedaba, é hizo con él tal carnicería, que jamás se ha podido ver lucha tan sangrienta. Lo mismo que Sanson destrozó á los filisteos con una quijada que encontró al acaso, el sarraceno hacia pedazos los escudos, hendia los yelmos, y de un solo golpe aplastaba al caballo y al caballero. Aquellos desgraciados corrian á porfia hácia la muerte: cuando uno caia, otro le reemplazaba inmediatamente; pues no les causaba horror perder la existencia, aunque sí el ignominioso modo cómo Mandricardo se las arrancaba, y no podian soportar que su vida estuviera á merced de un pedazo de asta rota, á cuyos furibundos golpes iban unos tras otros cayendo, cual si fuesen ranas ó culebras. Cuando una triste experiencia les hizo conocer que la muerte era mala de todos modos, y al ver que las dos terceras partes de sus compañeros yacian en el suelo sin vida, se decidieron los restantes á emprender la fuga. El sarraceno cruel, que los consideraba ya como cosa propia, no pudo sufrir que escapara vivo uno solo de entre aquella turba amedrentada; y así como en una laguna seca desaparece pronto la estridente caña, ó los rastrojos en un campo, cuando el cauto labrador, auxiliado por el viento, les prende fuego, y se extiende la llama por todas partes, corriendo chispeante de surco en surco, así tambien aquellos soldados iban cediendo cada vez más ante la inflamada cólera de Mandricardo.

Mandricardo aferró con ambas manos el tronco de lanza que le quedaba.
(Canto XIV.)

Cuando este vió el paso tan mal defendido, sin tener ya quien lo custodiara, adelantóse por el camino que le marcaba la yerba recien hollada, y atraido por los gemidos que oia, con el objeto de cerciorarse por sí mismo de si la belleza de la princesa de Granada era digna de su fama; y saltando por entre los cadáveres, pasó al sitio en que el rio presentaba una de sus sinuosidades. En medio del verde prado estaba Doralicia (que tal era el nombre de la doncella), sentada al pié de un añoso fresno y llorando amargamente: sus lágrimas se deslizaban hasta su turgente seno, como se suceden las aguas de un riachuelo al brotar de un manantial: su rostro expresaba á la vez el dolor que le causaba la muerte de sus compañeros, y el temor que le asaltaba por su propia suerte. Apenas vió acercarse á aquel guerrero empapado en sangre y con aspecto feroz y sombrío, sintió redoblar su espanto, y empezó á lanzar agudos gritos, que hendian los aires, aterrada por sí misma y por los que la rodeaban, pues además de los guerreros, cuidaban de la Princesa algunos ancianos de avanzada edad, y muchas damas y doncellas, las más hermosas del reino de Granada.

Al contemplar el Tártaro aquel hechicero rostro que no tenia igual en toda España, y que hasta inundado en llanto podia tender las inextricables redes de Amor, (¿qué no seria cuando resplandeciera con dulce sonrisa?) no sabia si estaba en la Tierra ó en el paraiso; lo único que consiguió con su victoria, fué quedar cautivo, sin saber cómo, de su misma prisionera. No consintió, sin embargo, en renunciar al premio de su triunfo, á pesar de que las lágrimas de Doralicia demostraban cuanto era posible el dolor y el luto de su corazon. Mandricardo se propuso convertir aquel llanto en placer inefable, y se preparó á llevarla consigo; hízola montar en un palafren blanco, y prosiguió con ella su camino, habiendo antes despedido benignamente á los ancianos, á las damas y doncellas, y á cuantas personas habian venido desde Granada con la Princesa, diciéndoles:

—Perded cuidado, conmigo solo irá bien acompañada: yo seré su guia, su protector, y sabré atender á todas sus necesidades. Adiós, amigos.

No pudiendo oponerle la menor resistencia, se alejaron aquellos desgraciados, llorando y suspirando, y diciendo entre sí:—«¡Cuán profundo será el dolor de su padre cuando llegue á su noticia este suceso! ¡Cuánta ira, cuánta pena sentirá su esposo, y cuán horrible será su venganza! ¡Ah! ¿Por qué no habria de llegar en ocasion tan critica, para hacer que ese guerrero devolviera la ilustre hija del rey Estordilano, antes de que la lleve léjos de nosotros?

Satisfecho el Tártaro con la magnífica conquista que le habian proporcionado su fortuna y su denuedo, parecia tener menos prisa que antes en buscar al caballero de la negra vestidura. Entonces corria; ahora iba tranquila y lentamente preocupado tan solo con el deseo de hallar un sitio á propósito donde apagar su amorosa llama. Esforzábase en consolar á Doralicia, cuyo rostro estaba bañado en llanto; ideaba mil cosas para distraerla, y le decia:

—Há largo tiempo que la fama de vuestra belleza me inspiró una viva pasion hácia vos: solo por contemplar ese divino rostro, y no por el deseo de ver la Francia ó la España, he abandonado mi patria, mi trono y todo el fausto que me rodeaba, y que otros desean tan vivamente. Si el amor debe ser correspondido, es evidente que merezco el vuestro, pues vivo adorándoos: si preferis el brillo de la cuna, ¿qué estirpe encontrareis más elevada que la mia? Hijo soy del poderoso Agrican. Si os halagan las riquezas, ¿quién posee más vastos dominios que yo, cuando solo á Dios cedo en poderío? Si sois sensible al valor, creo haber dado hoy pruebas de que merezco ser amado por mi denuedo.

Estas palabras y otras muchas que el amor inspiraba á Mandricardo, iban derramando un bálsamo consolador en el corazon de la doncella, afligida aun por el espanto. Poco á poco cesó el miedo y con él el dolor que le habia lacerado el alma, y empezó á escuchar con más paciencia y mayor agrado las frases de su nuevo amante. Mostróse despues en sus benignas respuestas mucho más afable y cortés, y por último permitió que Mandricardo contemplara su rostro, cuyas miradas imploraban compasion: entonces el pagano, traspasado de nuevo por los dardos del Amor, adquirió no ya la esperanza, sino la certidumbre de que la jóven llegaria á acceder á sus deseos.

Contento y alegre con aquella compañia, que tanto le satisfacia y deleitaba, vió llegar la hora en que el ocaso del Sol y la frescura de la noche invitan á todos los seres animados al reposo, y empezó á cabalgar con mayor velocidad, hasta que oyó los sonidos de los caramillos y zampoñas, y divisó algunas columnas de humo que se elevaban por encima de varias granjas y cabañas. Aquellas moradas, más cómodas que suntuosas, estaban habitadas por pastores, uno de los cuales ofreció la suya al caballero y á la doncella con tan corteses modales y tan solícita bondad, que quedaron en extremo satisfechos de él. No solo se encuentran hombres afables y galantes en las ciudades y castillos, sino tambien en las cabañas y en los más humildes tugurios.

Lo que sucedió entre Doralicia y el hijo de Agrican luego que la noche hubo tendido su manto, no podré referirlo con toda exactitud; así es que lo dejaré al buen juicio del lector. Pero puede suponerse que reinó entre ellos la mayor intimidad, por cuanto al dia siguiente ambos aparentaban estar muy contentos, y Doralicia dió las gracias al pastor por su cordial hospitalidad. Desde allí fueron vagando de comarca en comarca, hasta que se encontraron á la orilla de un placentero rio, cuyas aguas se deslizaban hácia el mar tan silenciosamente, que no se sabia si estaban estancadas ó si circulaban en libertad; eran además tan limpias y cristalinas, que se veia distintamente su fondo. Allí encontraron dos caballeros y una doncella.

Pero mi elevada fantasia, que no me permite seguir siempre el mismo camino, me aleja de allí, y me arrastra hácia el campamento de los moros, cuyos gritos eran capaces de ensordecer á la Francia entera. El ejército musulman estaba preparado en derredor de la tienda desde donde el hijo del rey Trojano desafiaba al santo Imperio, mientras que el audaz Rodomonte se jactaba de incendiar á París y de arrasar la sagrada Roma. Habia llegado á noticia de Agramante que los ingleses acababan de cruzar el mar, por lo cual llamó á su presencia á Marsilio, al anciano rey del Algarbe y á otros varios capitanes. Resolvieron por unanimidad que se preparara al momento el ejército entero para dar á París un asalto decisivo; pues la menor dilacion daria lugar á la llegada de tan considerables refuerzos, que les impedirian totalmente la toma la ciudad.

Los sarracenos habian reunido de antemano al pié de las murallas innumerables escalas, vigas, tablones y grandes cestos de mimbres, para emplearlos en diferentes usos: estaban tambien provistos de puentes y lanchas, y por último, Agramante habia ya designado las tropas que debian dar el asalto en primera y segunda fila, á cuyo frente se proponia acometer en persona la ciudad.

La víspera del combate, hizo el Emperador celebrar misas y diferentes ceremonias religiosas dentro de París por los sacerdotes, y los frailes de todas las órdenes, á cuyas ceremonias asistieron los sitiados, que confesaron y comulgaron, como si al dia siguiente debieran perecer todos. Carlomagno, rodeado de sus magnates y paladines, de los príncipes y de los prelados, asistió á las prácticas religiosas en la iglesia mayor, con una devocion de que dió excelente ejemplo á sus súbditos. Con las manos juntas y los ojos elevados, al cielo decia:

—¡Señor, aunque yo sea inícuo é impío, no permita tu bondad que padezca tu pueblo en desagravio de mis faltas! Si es tu voluntad aplicarle justas penas, como se merecen nuestros errores, aleja por lo menos el castigo de nuestras cabezas á fin de que no lo recibamos por mano de tus enemigos; pues si á nosotros, que somos tus amigos, nos fuera imposible derrotarlos, insultarian tu poder esos paganos, diciendo que no existe, puesto que ha dejado morir á tus defensores, De no castigar á un solo culpable, se alzarán contra tí otros ciento por todo el mundo, hasta el extremo de que la falsa ley de Babel conseguirá sofocar y humillar tu religion. Proteje á este pueblo, que es el mismo que ha lanzado de tu santo sepulcro á sus viles profanadores, y que tantas veces ha defendido á la santa Iglesia y sus pontífices. Bien sé que nuestros méritos no corresponden ni con mucho á lo que te es debido, y que no debemos esperar perdon de tí, si consideramos nuestra desarreglada vida; pero si nos concedes el maravilloso don de tu gracia, quedarán purificados nuestros corazones y entraremos en razon; y como todos recordamos tu piedad, no desesperamos de tu auxilio.

Así decia el devoto Emperador, con corazon humilde y contrito. Dispuso además otras rogativas religiosas, y pronunció votos que la inminencia del peligro y su mismo esplendor hacian necesarios. Tan fervientes súplicas no fueron estériles, porque su ángel tutelar recogió sus ruegos, y desplegando las alas, los llevó á los piés del Salvador del mundo. En aquel momento, diferentes mensajeros celestiales eran portadores de otras infinitas súplicas para el Eterno, las cuales habian escuchado aquellas almas bienaventuradas con la piedad retratada en sus angelicales semblantes, y todos juntos contemplaron á su sempiterno Amante, y le patentizaron su deseo unánime de que acogiera benigno las justas plegarias del pueblo cristiano, que acudia á Él en demanda de socorro. La Bondad inefable, á quien jamás acudió en vano un corazon verdaderamente cristiano, levantó sus piadosos ojos é hizo una seña al arcángel San Miguel para que se aproximara.—«Vé, le dijo, al encuentro del ejército cristiano que ha desembarcado en las costas de Picardia, y condúcele al pié de los muros de París, sin que lo adviertan sus contrarios: busca primeramente al Silencio, y díle de mi parte que te ayude en esta empresa: él sabrá demasiado lo que tiene que hacer para realizar mis designios. Desempeñada esta comision, vuela presuroso hácia donde tiene la Discordia su asiento: díle que coja su yesca y su eslabon; que prenda fuego en el campo de los moros y que siembre tanta cizaña y tantas rencillas entre sus guerreros más valerosos que vuelvan pronto sus armas unos contra otros, y se hieran, se arranquen la vida ó se carguen de cadenas, ó bien abandonen despechados el campamento hasta conseguir que el Rey africano se vea privado de su apoyo.»

El arcángel bendito emprendió inmediatamente su vuelo, sin replicar una sola palabra. Por do quiera que Miguel extendia sus alas, se disipaban las nubes, y aparecia el cielo en toda su lucidez: ceñíale en torno un círculo luminoso, brillante como el oro, y de un resplandor semejante al que producen de noche los relámpagos. El mensajero celestial iba pensando, durante su viaje, en el sitio donde deberia posarse para encontrar sin pérdida de tiempo al enemigo de la palabra, á quien debia transmitir primero la órden del Señor. Fué recorriendo los lugares más frecuentados por él, hasta que por último presumió que lo hallaria en alguna iglesia ó monasterio de monjes en reclusion perpétua, donde estaba prohibida toda conversacion y donde la palabra Silencio se veia escrita en el coro, en los dormitorios, en el refectorio, y por fin, en todas las celdas. Creyendo encontrarlo allí, agitó con mayor viveza sus doradas alas; y al ver aquellos lugares consagrados aun á la Paz, la Quietud y la Caridad supuso haber acertado. Pronto conoció su error, así que llegó al claustro, pues no encontró al Silencio; preguntó por él, y le dijeron que allí solo existia de nombre. Tampoco halló Piedad, ni Quietud, ni Humildad, ni Caridad, ni Paz: es indudable que habian residido en el claustro, pero fué en otro tiempo, y de él las habian arrojado la Gula, la Avaricia, la Ira, la Soberbia, la Envidia, la Crueldad, y la Pereza. Admirado el Angel de tanta novedad, examinó atentamente aquella turba vil, y descubrió entre ella á la Discordia, á quien, segun la órden del Eterno, debia buscar despues que al Silencio. Habia pensado dirigirse al Averno, por creer que estuviera entre los condenados, y la fué á encontrar ¡quién lo creyera! en aquel nuevo infierno, entre misas y ceremonias religiosas.

Miguel no podia creer que fuera la Discordia aquella á quien solo esperaba hallar despues de un largo viaje; pero cesaron sus dudas cuando la conoció por sus vestidos cenicientos de rayas desiguales é infinitas, cuyos girones ocultaban ó mostraban su desnudez, á medida que andaba ó eran agitados por el viento. Sus enmarañados cabellos eran rojos, plateados, negros y grises: unos estaban trenzados, otros atados y recogidos por una cinta; caíanle por la espalda muchos y por el pecho algunos. Tenia las manos y el pecho llenos de citaciones, de libelos, de exámenes, de espedientes jurídicos, de glosas, de consultas, de relatos y de otros documentos de curia que en las ciudades ponen en peligro la hacienda del pobre. Por todos lados estaba rodeada de escribanos, procuradores y abogados.

Llamóla Miguel, y le ordenó que fuera á colocarse entre los sarracenos más valientes, y buscara un pretexto para obligarles á combatir entre sí con memorable estrago. Pidióle despues nuevas del Silencio, persuadido de que ella las sabria fácilmente, puesto que iba por todas partes atizando sus incendios La Discordia respondió:

—No tengo presente haberle visto en ningun sitio: he oido hablar de él muchas veces, y aun recomendarle por su astucia; pero el Fraude, uno de mis compañeros que alguna vez ha ido con él, podrá, segun creo, indicarte su morada.

Y señaló á uno con el dedo, diciendo:—«Aquel es.»

Su rostro era afable, honesto su traje; sus miradas humildes, sus movimientos mesurados, y su modo de hablar tan benigno y tan modesto, que parecia al del arcángel Gabriel cuando dijo: Ave Maria. Todo lo demás era en él hediondo y deforme; pero ocultaba tan depravadas imperfecciones bajo un hábito largo y ancho, que tambien escondia un puñal pendiente siempre de su cuello. El ángel le preguntó por el camino que debia seguir para encontrar al Silencio.

—En otro tiempo, contestó el Fraude, solia habitar únicamente entre las virtudes, con Benito y con los discípulos de Elías en los monasterios que acababan de ser fundados. Mucha parte de su vida la pasó en las escuelas, en tiempo de Pitágoras y de Architas[73]; pero al desaparecer aquellos filósofos y aquellos santos, que solian llevarle por el camino recto, abandonó sus antiguas y excelentes costumbres, para reunirse con los malvados. Empezó á ir de noche con los amantes; despues con los ladrones, y hoy es el protector de todo delito. Habita mucho tiempo con la Traicion, y hasta le he visto con el Homicidio: acostumbra á refugiarse en algun subterráneo cavernoso en compañia de los monederos falsos; y en fin, muda con tanta frecuencia de compañeros y de albergues, que serias muy afortunado si le encontraras. Abrigo, sin embargo, la esperanza de que le hallarás, si procuras ir á media noche á la mansion del Sueño; indudablemente darás con él, pues en ella duerme.

Aunque el Fraude tiene la costumbre de engañar siempre, era no obstante su lenguaje tan parecido al de la verdad, que el Angel le dió crédito, y sin más tardanza se marchó volando del monasterio; si bien procuró moderar el movimiento de sus alas á fin de llegar con oportunidad al término de su viaje, para encontrar al Silencio en la morada del Sueño, cuya situacion conocia.

Existe en Arabia un valle ameno y pequeño, léjos de toda ciudad y pueblo, formado por dos montañas y cubierto de abetos seculares y hayas frondosas. En vano intenta el Sol hacer penetrar en él la luz del dia; pues sus rayos no han podido atravesar jamás aquella espesa enramada, bajo la cual hay una cueva espaciosa abierta en la roca, cuya entrada está oculta por la hiedra trepadora, que la rodea enteramente con sus tortuosas vueltas. En aquel albergue es donde reposa el grave Sueño: á su lado se vé el Ocio corpulento y obeso, y la Pereza tendida en el suelo, por no poder andar ni casi estar en pié. El desmemoriado Olvido permanece á la puerta; no conoce, ni deja entrar á nadie; ni escucha, ni transmite mensaje alguno, y por fin, no recuerda ningun nombre. En torno de aquella mansion vaga el Silencio: su calzado es de fieltro, y oscuro el manto; y á cuantos encuentra hace señas con la mano desde léjos para que no se aproximen. El Angel se le acercó muy despacio, y le dijo al oido:

—Dios ha dispuesto que conduzcas á París á Reinaldo con los soldados que lleva á sus órdenes para auxiliar á su rey; pero quiere que su marcha sea tan silenciosa, que los sarracenos no puedan oir el menor ruido; y esto ha de ser de tal modo, que antes que la Fama encuentre un resquicio por donde ir á avisarles, se vean atacados por aquellos.

El Silencio inclinó la cabeza por toda contestacion, dando á entender que así lo haria, y emprendió obediente la marcha en seguimiento del Arcángel. Del primer vuelo llegaron á Picardia: Miguel excitó el ardor de aquel ejército animoso, y le hizo andar el largo camino con tal velocidad, que un solo dia le bastó para llegar á París, sin que ninguno conociera que aquella rápida marcha era efecto de un milagro. El Silencio vagaba constantemente en torno de aquel ejército, al que ocultó tras una niebla profunda, que dando paso á la luz del dia, era impenetrable á los sonidos de los clarines y de las trompetas. Pasó despues al campo de los infieles, y llevó consigo un no sé qué, que los hizo sordos y ciegos.

Mientras se aproximaba Reinaldo con una precipitacion que solo era debida á su celestial conductor, y con un silencio tan grande, que desde el campo sarraceno no se percibia una sola palabra, el rey Agramante habia llevado su infanteria á los arrabales de París y á la orilla de los fosos que defendian las murallas, para intentar aquel dia un esfuerzo supremo. El que pudiera contar los soldados que dirigió el rey Agramante contra Carlomagno en aquella ocasion, seria capaz de contar tambien todas las plantas que crecen en las frondosas espaldas del poblado Apenino, así como las olas que bañan el pié del africano Atlas cuando el mar está enfurecido, y todos los ojos con que el cielo examina á media noche las furtivas acciones de los amantes. Oianse sin cesar los frecuentes y terroríficos sonidos de las campanas, tocando á rebato: todos los templos se llenaron de una multitud que oraba y levantaba las manos al cielo. Si los tesoros fueran tan gratos á los ojos de Dios como lo son á los de los insensatos mortales, aquel dia hubiera obtenido cada santo una imágen de oro en la Tierra. Los ancianos se lamentaban de haber vivido demasiado para presenciar entonces semejantes calamidades, y envidiaban á las imágenes de piedra que permanecian en su pedestal tantos y tantos años. Pero los jóvenes valientes y vigorosos, que no paraban mientes en la inminencia del peligro, corrian presurosos hácia las murallas, despreciando las advertencias de las personas de edad madura.

En los muros estaban ya los barones, los paladines, los reyes, los duques, los marqueses, los condes, los caballeros, los soldados de Francia y los extranjeros, prontos á morir por su Dios y por su honor, y pidiendo incesantemente al Emperador, en su deseo de caer sobre los sarracenos, que mandase bajar los puentes levadizos. Carlomagno se felicitaba al ver su animoso entusiasmo; pero no consintió en dejarlos salir, y fué distribuyéndolos en los sitios más á propósito para cortar el paso á los bárbaros, aumentando ó disminuyendo su número, segun que el estado de las fortificaciones así lo reclamaba; encomendando á los unos el cuidado de dirigir los fuegos, y encargando á los otros el manejo de las máquinas de guerra y su colocacion en donde hubiera necesidad: en una palabra, no se daba un momento de reposo, atendiendo á todo y organizando la defensa de la ciudad.

París está situado en una gran llanura, en el centro, ó mejor dicho, en el corazon de Francia; atraviesa sus muros un rio que pasa por el interior y vuelve á salir en direccion opuesta; pero antes forma una isla que proteje la parte principal de la ciudad: las otras dos (porque aquella poblacion está dividida en tres partes) se hallan defendidas en el interior por el rio, y en el exterior por los fosos. Este recinto, cuya circunferencia es de muchas millas, puede ser atacado por diferentes puntos á la vez; pero como Agramante no queria fraccionar su ejército, se decidió á dar el asalto por uno solo, y se retiró á la otra parte del rio, hácia Poniente, porque á su retaguardia todos los castillos y ciudades le estaban sometidos hasta la frontera de España.

En todo el terreno circundado por las murallas habia hecho Cárlos gran acopio de municiones, y construido diques, contrafosos y casamatas: habia colocado enormes cadenas en la entrada y en la salida del rio, y empleó su mayor cuidado en fortificar convenientemente los puntos que en su concepto eran más débiles y estaban más amenazados. El hijo de Pepino previó con la perspicacia de Argos el lado por donde Agramante debia intentar el asalto: así es que supo estorbar cuantos proyectos habia formado el sarraceno.

Marsilio aprestó en la llanura su ejército, en el que se veia á Ferragús, Isolier, Serpentino, Grandonio, Falsironte, Balugante, y cuantos jefes habian venido de España. A la izquierda, y colocados en la orilla del Sena, estaban Sobrino, Pulian, Dardinel de Almonte y el rey de Oran, cuya gigantesca estatura media seis brazas desde el pié á la frente, Pero ¿por qué he de ser más lento en manejar la pluma, que aquellos guerreros en esgrimir sus armas? Ya el rey de Sarza, lleno de cólera y despecho, gritaba y se enfurecia, porque tardaba tanto la señal del combate.

Así como las importunas moscas se lanzan en los calurosos dias del estío sobre las vasijas de leche de los pastores ó sobre los suculentos restos de un banquete, produciendo con sus alas un ronco y monótono zumbido, ó como una bandada de estorninos se precipita sobre los dorados racimos de las uvas ya maduras, del mismo modo se lanzaron los moros al terrible asalto, llenando de gritos atronadores el espacio. Los cristianos, armados de lanzas, espadas, hachas, piedras y materias combustibles, defendian su ciudad desde las murallas con heróica resolucion, despreciando el orgullo de los sarracenos. Donde caia un guerrero, ocupaba otro inmediatamente su lugar: nadie habia tan cobarde que retrocediera.

Por fin, abrumados por los golpes y por las heridas, se vieron los sitiadores obligados á volver á los fosos: los sitiados, no solo empleaban contra ellos el acero, sino tambien enormes peñas, almenas enteras, trozos de murallas arrancados con sumo trabajo, los techos de las torres y pedazos de cornisas. Abrasaban además con inmensas cantidades de agua hirviendo á los sarracenos, los cuales no podian resistir semejante lluvia que, entrando por las viseras de los cascos, los cegaba completamente. Si aquel diluvio les causaba casi más daño que el hierro, ¿cuánto no les causaria una nube de cal viva, cuánto no deberian aterrarles las vasijas inflamadas, llenas de aceite, azufre, pez y trementina? Tampoco permanecieron ociosos los aros de fuego, circuidos de una cabellera de llamas; pues arrojados desde diversos sitios, ceñian á los sarracenos con dolorosas guirnaldas.

Entre tanto, el rey de Sarza habia lanzado al asalto una nueva division, acompañado de Buraldo, rey de los garamatas, y de Ormida, rey de Marmonda. A su lado marchaban tambien Clarindo y Soridan, así como los reyes de Ceuta, de Marruecos y de Cosca, todos ellos impacientes por dar á conocer su valor. Rodomonte de Sarza ostentaba en su bandera, completamente roja, un leon terrible con la boca abierta, permitiendo que una jóven le colocara en ella un freno. El leon era la emblema de Rodomonte, y la jóven que lo enfrenaba era la imágen de Doralicia, hija de Estordilan, rey de Granada. Ya he referido cómo y en qué sitio se habia apoderado de ella Mandricardo: Rodomonte amaba á aquella jóven más que á su vida y más que á su corona, y por hacerse agradable á sus ojos se esforzaba en dar pruebas de valor y cortesía: pero aun no habia llegado á su noticia que su amada se hallaba en poder de otro; pues si lo hubiera sabido, habria hecho en el momento mismo lo que hizo aquel dia combatiendo contra los cristianos.

Apoyáronse á un tiempo mil escalas contra las murallas, sobre cada uno de sus peldaños subieron al instante dos guerreros: los segundos empujaban á los primeros, y eran á su vez empujados por los terceros: á unos les sostenia su propio valor, á los otros el temor, y todos se veian obligados á demostrar igual denuedo; pues si llegaba alguno á detenerse un momento, caia herido ó muerto á manos de Rodomonte, del cruel rey de Argel. Así es que todos se esforzaban en escalar las murallas, sufriendo una verdadera lluvia de fuego y de piedras: todos procuraban, sin embargo, encontrar un sitio por donde el escalamiento fuera más fácil y menos peligroso: Rodomonte era el único que se desdeñaba de seguir el camino más seguro, y mientras que los demás dirigian sus ruegos al cielo en tan apurado trance, él prorumpió en terribles imprecaciones y blasfemias. Estaba armado de una fuerte é impenetrable coraza, hecha de la piel escamosa de un dragon, con la cual habia ya defendido su pecho uno de sus ascendientes, aquel impío que edificó la torre de Babel, creyendo arrojar á Dios de su celestial morada y arrebatarle el gobierno de los astros. Su yelmo, su escudo y su espada, fabricados exprofeso, eran del mismo temple y resistencia.

No menos indomable, soberbio y furibundo que Nemrod, Rodomonte habria sido capaz de subir al mismo cielo aun en medio de las tinieblas de la noche, si en el mundo existiera un camino que condujese á él. Sin detenerse á examinar si el muro estaba entero ó abierta la brecha, ni si era profundo el foso, lo atravesó corriendo, metiéndose hasta el cuello en el agua y el lodo. Lleno de fango, empapado en el agua, y arrostrando el fuego, las piedras, y los proyectiles disparados por los arcos y ballestas, corria como entre los pantanosos cañaverales de nuestra Mallea, suele correr el javalí, que se abre ancho paso con el pecho, las pezuñas y los colmillos; y resguardándose con el escudo, no solo despreciaba las murallas, sino tambien al cielo. Apenas puso el pié fuera del agua, lanzóse á una gran plataforma apoyada en la muralla en que estaban situados los guerreros franceses. Entonces se vió al terrible sarraceno haciendo volar pedazos de cráneo de mayor diámetro que los cerquillos de los frailes, derribando brazos y cabezas, y vertiendo arroyos de sangre que desde las murallas iban á parar á los fosos. Arrojó el escudo léjos de sí, empuñó con ambas manos su terrible acero, y se precipitó sobre el duque Arnolfo que habia venido desde aquellos paises donde el Rhin desemboca en el mar. El desgraciado se defendió menos de lo que resiste el azufre á la accion del fuego, y cayó en tierra con la cabeza hendida hasta el cuello. De un solo revés arrancó la vida á Anselmo, á Oldrado, á Espinelocio y á Prando: los dos primeros de Flandes, y los otros dos de Normandia. La espada de Rodomonte aprovechaba sus golpes de un modo terrible á causa de lo reducido de aquel sitio en donde estaban apiñados multitud de guerreros. En seguida hendió desde la frente al pecho y al vientre á Orghetto de Maguncia.

Arrojó despues á los fosos desde lo alto de una almena á Andropono y á Moschino; el primero consagrado al sacerdocio, y tan adorador del vino el segundo que de un solo trago vaciaba el vaso de mayor capacidad: huia cuanto es posible del agua como si fuera el veneno más activo ó la sangre de una víbora: entonces pereció allí, teniendo el sentimiento de morir en el agua. Dividió el sarraceno de arriba á abajo al provenzal Luis, y atravesó de parte á parte á Arnaldo de Tolosa. A Oberto, Claudio, Hugo y Dionisio, les hizo exhalar el último aliento envuelto en su sangre, y con ellos á Gualtiero, Satalon, Odo y Ambaldo, los cuatro de París, y asimismo á otros muchos, cuyos nombres y patria no sé cómo apuntar brevemente.

Los moros, siguiendo presurosos á Rodomonte, fijaron sus escalas, y alcanzaron la muralla en más de un punto, mientras que los parisienses dejaban de hacerles frente, al ver que su primera defensa de nada les servia ya; porque sabian que al enemigo le quedaba aun mucho que hacer, aunque estuviera en posesion de los muros; pues entre estos y la segunda línea de defensa habia un foso de una profundidad espantosa. Mientras que los primeros defensores continuaban disparando de abajo á arriba con valerosa tenacidad, habian llegado tropas de refresco, que colocadas en el elevado parapeto interior, ofendian sobremanera con sus lanzas y sus saetas á la gran masa de sitiadores, cuyo número hubiera disminuido considerablemente, á no haberlos sostenido el hijo del rey Ulieno. Este iba animando á los unos, motejando á los otros por su inercia, y haciéndoles avanzar á pesar suyo; á cuantos veia dispuestos á emprender la fuga, partia de una sola cuchillada la cabeza ó el pecho; cogia á muchos de los fugitivos por los cabellos, por el cuello ó por los brazos, y arrojándoles al foso iba formando en él tan gran monton, que era estrecho para contenerlos á todos.

Mientras aquel tropel de bárbaros escalaba las murallas, ó se precipitaba en el terrible foso, y procuraba desde allí apoderarse del segundo parapeto, el rey de Sarza, como si todos sus miembros estuvieran provistos de alas, dió un salto á pesar del peso de su cuerpo y del de su armadura, y se lanzó al otro lado del foso, cuya anchura no seria menor de treinta piés. Rodomonte la atravesó con la velocidad de un galgo y al caer no produjo más ruido que si tuviera sus piés cubiertos de fieltro. Empezó entonces á despedazar á cuantos se le oponian, como si las armas de sus contrarios fueran de blando estaño ó de piel, y no de hierro: ¡tanta era su fuerza, y tal el temple de su espada!

Mientras tanto los cristianos, para engañar al enemigo, habian llenado el foso de ramas secas y faginas cubiertas completamente de pez. Nadie podia verlas, por más que estuviera el foso lleno de ellas hasta los bordes. Habian acumulado tambien en él muchos barriles, unos con salitre, otros con aceite, con azufre, ó con materias parecidas. Preparados los sitiados para castigar la loca audacia de los sarracenos que se disponian á escalar el segundo parapeto, así que oyeron la señal convenida, hicieron que estallase un horrible incendio en diferentes puntos á la vez; y reuniéndose todas aquellas llamas hasta formar una sola, extendiéronse de una á otra orilla, y se elevaron tanto, que habrian podido secar el húmedo seno de la Luna. Una niebla negra y densa que oscureció la luz del Sol y ocultó á todas las miradas el sereno azul del cielo, extendióse sobre las cabezas de sitiados y sitiadores, mientras que por el espacio circulaba un estruendo incesante, muy parecido al fragor de un espantoso trueno: el terrible rugido de las llamas homicidas concordaba de un modo extraño con el áspero concento, con la horrísona armonía de los lamentos, gritos y aullidos exhalados por los infelices que perecian en el foso, víctimas de la temeridad y de la insensata audacia de su jefe.... No puedo, Señor, no puedo prolongar más este canto; que estoy ya ronco, y necesito descansar algunos momentos.