CANTO XV.
Combate del ejército moro contra el cristiano al pié de los muros de París.—Despídese Astolfo de Logistila; aprisiona al feroz Caligorante, y corta despues la cabeza á Orrilo, con quien habian combatido en vano Grifon y Aquilante.—Encuentra luego á Sansoneta—Grifon recibe malas noticias referentes á su amada.
Siempre ha sido laudable la victoria, ya dependa de la suerte ó de la pericia: pero es preciso confesar que un triunfo alcanzado á costa de mucha sangre redunda en descrédito del jefe vencedor, mientras que adquiere eterna gloria y se hace digno de los mayores honores el que consigue derrotar al enemigo sin daño de los suyos. Vuestra victoria, Señor, fué merecedora de perpétua fama, pues conseguisteis amansar de tal modo al Leon[74], tan temido en los mares, y dueño de las dos orillas del Pó, desde Francolino hasta su desembocadura, que aunque oiga sus rugidos, no me infundirán pavor mientras os vea. Entonces supisteis demostrar cómo debe vencerse, pues no solo dísteis muerte al enemigo, sino que tambien nos salvásteis.
Esto es lo que no supo hacer el pagano, cuya audacia se convirtió en su daño; pues precipitó á los suyos en el foso, donde perecieron todos abrasados por aquel incendio voraz y repentino que á ninguno respetó. La inmensa zanja habria sido pequeña para contenerlos á todos, si el fuego no hubiese ido reduciendo los cuerpos hasta convertirlos en leves pavesas á fin de que cupieran en aquel sitio. Once mil veintiocho sarracenos se encontraron carbonizados en el incandescente hornillo, al cual habian descendido mal de su grado, obligados por las órdenes de su imprudente jefe. En medio de tan brillante llama se apagó su existencia; pero Rodomonte, causa principal de su daño, pudo librarse de tamaño martirio. Atravesó de un admirable salto el ancho foso, cayendo en medio de los enemigos; si hubiese descendido á el con sus soldados, aquel seria el fin de todas sus hazañas. Volvió despues los ojos á aquella sima infernal y cuando vió que el fuego lo dominaba todo, y llegaron á sus oidos los gritos y lamentos de los sarracenos, prorumpió en espantosas blasfemias contra el cielo.
El rey Agramante atacaba entre tanto furiosamente una de las puertas de la ciudad, creyendo que, mientras los sitiados estaban ocupados en rechazar la agresion de Rodomonte en el sitio donde habia perecido ya tanta gente, aquella puerta estaria desprovista de defensores ó no tendria los suficientes para hacer frente á los suyos. Con él iban Bambirago, rey de Arcilla; el vicioso Baliverzo; Corineo de Mulga; Prusion, rico monarca de las islas Afortunadas[75]; Malabuferso, rey de Fez, en cuyo país reina un estío perpétuo, y otros varios guerreros, expertos en las batallas y muy bien armados, y aun algunos cobardes que no se consideraban seguros ni aun estando resguardados por mil escudos.
El monarca sarraceno halló todo lo contrario de lo que esperaba; porque aquella puerta estaba defendida por el mismo jefe del Imperio en persona, por Carlomagno y por muchos de sus paladines, á cuyo lado combatian el rey Salomon, el danés Ogiero, los dos Guidos y los dos Angelinos, el duque de Baviera, Ganelon, Berlingiero, Avolio, Avino y Oton, así como una inmensa multitud de soldados de inferior categoria compuesta de franceses, alemanes y lombardos, que ardian en deseos de distinguirse en presencia de su señor con alguna accion heróica. Más adelante os referiré sus proezas; porque ahora me veo precisado á ocuparme de un duque poderoso, que me llama y me hace señas desde léjos, rogándome que no lo deje en el tintero.
Tiempo es ya de volver adonde dejé al venturoso Astolfo de Inglaterra, que afligido por el prolongado destierro en que se habia visto sepultado, ardia en deseos de regresar á su país; deseos avivados por las esperanzas que le habia hecho concebir la vencedora de Alcina, la cual se ocupaba en mandarle á su tierra por el camino más cómodo y seguro. Logistila aparejó con este objeto la mejor galera de cuantas surcaran los mares, y siempre recelosa de que Alcina entorpeciera aquel viaje, quiso que Andrónica y Sofrosina le acompañaran con una fuerte armada hasta dejarle en salvo en el mar de Arabia ó en el golfo Pérsico. Aconsejóle que fuera dando la vuelta por las costas de la Escitia, de la India y del reino de los nabateos[76], y regresara por tan largo trayecto al mar de Persia y de Eritrea[77], evitando no solo los mares boreales, agitados sin cesar por las tempestades, sino tambien las regiones que están privadas de la luz del sol por espacio de algunos meses del año.
Cuando Logistila lo tuvo todo dispuesto, dió permiso á Astolfo para que emprendiera el viaje, no sin haberle instruido y enseñado muchas cosas que fuera prolijo enumerar; y á fin de impedir que por arte mágica cayera en algun sitio de donde no le fuese posible salir, le regaló como recuerdo suyo un libro bello y útil, encareciéndole que lo Ilevara siempre consigo. Aquel librito contenia instrucciones y advertencias para preservarse de toda clase de sortilegios, y por medio de señales particulares y de un índice podia encontrarse en él cuanto se buscara relativamente á encantamientos. Hízole además otro presente, superior á todos los que han podido ofrecerse los mortales: una trompa, cuyo horrible sonido hacía huir á cuantos lo escuchaban. Los sonidos formidables de aquella trompa ó cuerno de caza, lo repito, ponian en fuga á todo el que los oia, sin que de ello pudiera eximirse ni aun el hombre de corazon más animoso. El estrépito que produce el huracan, el trueno ó un terremoto no era comparable al horrísono estruendo de aquel.
El excelente caballero inglés despidióse de la hada despues de haberle expresado diferentes veces su gratitud, y dejando el puerto y la tranquila playa, hizo rumbo hácia las ricas y populosas ciudades de la India embalsamada, impulsado por un viento propicio y bonancible. A la derecha y á la izquierda fué descubriendo infinidad de islas, hasta que llegó á la vista de la tierra de Tomás[78], en donde el piloto hizo variar el rumbo más al Norte. La hermosa escuadra siguió atravesando el piélago, pasó casi rozando con las costas del Quersoneso de Oro[79] y despues de contemplar aquellas ricas comarcas en que, el Ganges blanquea las aguas del mar con su espumosa corriente, á Trapobana[80] y Coringo[81], llegó al mar que está oprimido entre dos playas[82]. Habiendo recorrido luego un largo trecho, los navegantes alcanzaron la altura de Cochin[83], y salieron fuera de los límites de la India.
Mientras navegaba el Duque con tan segura y fiel escolta, quiso saber, y al efecto dirigió algunas preguntas á Andrónica, si algun bajel procedente de los paises que deben su nombre al ocaso del Sol[84], solia aparecer en los mares de Oriente, bien navegara á remo ó bien á vela, y si podia irse directamente por mar desde la India hasta Francia ó Inglaterra.
—Sin duda sabrás, respondió Andrónica, que el mar rodea á la Tierra por todas partes, y que las olas van unas en pos de otras, tanto bajo las zonas glaciales, como bajo las tórridas; pero como las regiones de la Etiopía se extienden mucho hácia el Sur, ocupando un inmenso espacio de mar, han creido algunos que aquellas eran el límite del imperio de Neptuno. Esta es la razon de que ni una sola nave de Levante dirija su rumbo hácia nuestro Océano índico, y de que tampoco exista en Europa marino alguno que intente arribar á nuestras comarcas. Por adelantarse tanto en el mar la tierra meridional de África, se ven todos precisados á retroceder en su derrotero, creyendo, al verla tan prolongada, que llega á unirse con el hemisferio opuesto. Pero, á través de los años, veo nuevos Argonautas y nuevos Tifis, que saliendo de la extremidad del Occidente, se abrirán paso por caminos desconocidos hasta ahora[85].
»Veo á unos dar la vuelta al rededor del África, y costear las playas habitadas por individuos de raza negra hasta haber traspuesto el signo desde el que vuelve el Sol á nuestros paises, cuando sale del Capricornio, y encontrando por último el fin del inmenso promontorio que parece dividir en dos este mar único, recorrer todas las costas y las vecinas islas de la India, de la Arabia y de la Persia[86].
»Veo á otros dejar á derecha é izquierda las dos costas formadas por obra de Hércules, é imitando, el curso circular del Sol, encontrar nuevas tierras y nuevo mundo[87]. Veo la santa Cruz y la enseña imperial plantada en sus verdes orillas; veo á los unos custodiando los combatidos bajeles: á los otros, escogidos para la conquista de aquellos paises; veo á diez derrotando á mil, y los reinos de la India Occidental sujetos á la corona de Aragon, y veo en resúmen á los capitanes de Carlos V vencedores en todas partes.
»Es la voluntad de Dios que este camino haya permanecido oculto para los antiguos; que continúe todavia ignorado durante mucho tiempo, y que siga desconocido hasta que haya pasado la sexta y la séptima edad de la Tierra. El Eterno revelará su existencia á los hombres, cuando llegue la época en que tendrá á bien colocar el cetro del mundo en manos del emperador más justo y sábio que haya existido ó exista desde Augusto.
»Veo nacer en la orilla izquierda del Rhin, de sangre austriaca y aragonesa, un príncipe[88], cuyo valor no podrá compararse con ningun otro del que se haya hablado ó escrito. Veo á Astrea colocada por él en su perdido asiento, ó mejor dicho, vuelta á la vida; y veo á las virtudes, desterradas tambien por los humanos, cuando arrojaron del mundo á aquella diosa, volver merced á él de su ostracismo. La Bondad divina le concederá por estos merecimientos, no solo la corona del grande imperio que poseyeron Augusto, Trajano, Marco Antonio y Severo, sino tan vastos dominios, que el Sol no se pondrá en ellos. El poder celestial tiene además dispuesto, que mientras reine este emperador haya un solo pastor y un solo rebaño. Para que tengan más fácil cumplimiento los decretos eternamente escritos en el Cielo, la divina Providencia le rodeará de capitanes invictos en mar y tierra.
»Veo á Hernan Cortés, que someterá á su dominio nuevas ciudades y reinos tan remotos que son completamente desconocidos para los habitantes de la India. Veo á Próspero Colonna[89], así como á un marqués de Pescara[90], y tras ellos á un jóven marqués del Vasto[91], que escarmentarán en Italia á las lises de oro: veo á este último dispuesto á superar en heroismo á los otros dos para arrebatarles la palma del triunfo, semejante á un brioso corcel que, saliendo el último de la barrera, alcanza y adelanta á los que le preceden. Veo en Alfonso (que tal es su nombre) tanto valor y tanta lealtad, que á la escasa edad de veintiseis años, alcanzará del Emperador el mando de su ejército, al que llevará de triunfo en triunfo hasta someter el universo entero al poder de su señor.
»Del mismo modo que con tales guerreros irá Cárlos V aumentando por tierra la herencia de sus padres, así tambien saldrá victorioso en cuantos combates tengan lugar en los mares que limitan por un lado las costas de Europa y las de África por otro, luego que consiga atraer á su servicio á Andrés Doria, aquel Doria que limpiará el mar de corsarios. Aunque el gran Pompeyo venció y exterminó en otro tiempo á los piratas, su gloria es incomparable á la que Doria adquirirá; porque aquellos no podian considerarse iguales al reino más poderoso que ha existido, mientras el invicto marino purgará los mares con sus solas fuerzas y su pericia, de tal modo, que bastará pronunciar su nombre para que se estremezcan de pavor todas las costas desde Calpe al Nilo. Fiado en la lealtad de este capitan, y acompañado por él, entrará Cárlos en Italia, cuyas puertas le serán abiertas, y ceñirá la corona del Imperio. Veo á Doria rehusar la merecida recompensa de tantas hazañas, cediéndola á su patria, cuya libertad alcanzará merced á sus ruegos, obrando así de un modo muy diferente á otros, que en igual posicion hubieran deseado esclavizarla en provecho propio[92]. Esta piedad, este patriotismo es más digno de gloria que la que obtuvo César por sus victorias en Francia, España, Inglaterra, África ó Tesalia. La fama que por sus empresas adquirieron el grande Octavio y su competidor Antonio, no podrá compararse tampoco con la del bravo marino; pues aquellos la mancillaron por haber maniatado con las cadenas de la esclavitud á su propio país. ¡Baldon eterno á los que convierten á su patria de libre en esclava! ¡Donde quiera que resuene el nombre de Andrés Doria, deberán inclinar humillados y avergonzados la cabeza! Veo á Cárlos colmándole de beneficios, y no satisfecho con que disfrute al par de sus conciudadanos la recompensa de sus acciones, le donará la rica tierra de la Apulia, donde antes se habrán engrandecido los Normandos. No limitará Cárlos su generosidad á este capitan, sino que la hará extensiva con mano liberal á cuantos hayan prodigado su sangre en su servicio, y veo más complacida su alma dando una ciudad ó una comarca entera á un súbdito leal, ó á cualesquiera otros que se hagan dignos de sus mercedes, que conquistando nuevos reinos y nuevos imperios.»
De esta suerte iba Andrónica revelando á Astolfo las victorias que, transcurrido un gran número de años, proporcionarían á Cárlos V sus capitanes, en tanto que su compañera cuidaba de contener ó alentar los vientos orientales, haciendo que les fueran propicios, y aumentándolos ó disminuyéndolos á su voluntad. Habian dado vista mientras tanto al anchuroso mar de Persia, y de allí á pocos dias llegaron á aquel golfo que debe su nombre á los antiguos magos: una vez en él, pusieron las proas en direccion de la costa, y entraron en un puerto, donde Astolfo, á cubierto de Alcina y de su odio, se apresuró á desembarcar, emprendiendo en seguida su camino por tierra.
Atravesó campiñas y bosques, montes y llanuras, en los que se vió más de una vez atacado por ladrones, que le asaltaron lo mismo en campo raso que en la espesura de las selvas; interceptaron tambien su camino los leones, las venenosas serpientes y otras muchas fieras; pero en cuanto aproximaba á sus labios la bocina, unos y otros huian despavoridos en todas direcciones. Pasó por la Arabia llamada Feliz, rica en mirra y oloroso incienso; país que ha elegido el fénix por asilo, con preferencia á cuantos existen en toda la extension de la Tierra, y llegó á orillas de aquel mar, cuyas aguas vengaron á los israelitas, sepultando en su seno por voluntad del Cielo á Faraon con todo su ejército. Siguió durante algun tiempo la corriente del rio Trajano, cabalgando en aquel corcel que no tenia igual en el mundo, y cuya ligereza era tan extremada, que ni dejaba impresas sus huellas en la arena, ni llegaba á doblar la yerba ó desflorar la nieve; corcel que seria capaz de correr por el mar sin mojarse los cascos; que, en su impetuosa carrera, superaba en velocidad al viento, al rayo y á las flechas. Aquel caballo, que en otro tiempo habia pertenecido á Argalía, fué engendrado por el viento y por las llamas, y no tenia necesidad de heno ni de cebada; pues le bastaba para alimentarse el aire puro, y su nombre era el de Rabican.
Continuando su camino, llegó el Duque á la confluencia de aquel rio con el Nilo, y antes de encontrarse en la desembocadura de este último, divisó una embarcacion que avanzaba rápidamente hácia él. En la popa iba un ermitaño, cuya blanca barba le caia hasta la mitad del pecho: este anciano invitó al paladin á entrar en el bajel, gritándole desde léjos:
—Hijo mio: si no te es odiosa la vida, si no quieres perecer hoy mismo, apresúrate á pasar á esta otra orilla, porque el camino que sigues te conduce directamente á la muerte. Apenas llegues á andar seis millas más, encontrarás la sangrienta morada de un gigante horrible, cuya estatura excede en ocho piés á la de cualquier mortal. Todo caballero ó viandante que con él tropiece, debe perder la esperanza de salir vivo de entre sus manos; porque el malvado extrangula á unos, desuella á otros, descuartiza á muchos y hasta se traga á más de uno vivo. Para proporcionarse tan repugnante placer, hace uso de una red maravillosamente tejida, que tiende cerca de su caverna, ocultándola con tal destreza entre la trillada arena, que es imposible que la vea nadie sin tener prévia noticia de ella: ¡tan sutil es, y tan perfectamente la coloca el gigante! Asustados los viajeros por los gritos de este, caen impremeditadamente en la red, y entonces, lanzando estrepitosas carcajadas, los arrastra, envueltos en ella, hasta su guarida, sin atender á su calidad, pues para él es lo mismo la dama que el caballero, un personaje de importancia que un hombre insignificante. Despues devora sus carnes, chupa la sangre y los sesos, y esparce los huesos por el campo, conservando las pieles para colocarlas como vistosos trofeos en derredor de su tétrica mansion. Decídete, pues, hijo mio, á seguir esta otra via, que te conducirá hasta el mar con toda seguridad.
—Mucho agradezco tu consejo, padre, repuso el impávido caballero; pero ante el peligro no vaciló nunca mi honor, al que tengo en más que á mi propia existencia. En vano es que me excites á variar de camino, cuando por el contrario pienso dirigirme en busca de esa terrible cueva. No hay duda de que huyendo podré salvarme; pero quedaré deshonrado, y prefiero la muerte antes que conservar la vida á tal costa. Yendo al encuentro del gigante, lo peor que podrá sucederme es sucumbir donde tantos otros han sucumbido; pero si Dios presta ayuda á mi brazo y consigo salir ileso, dando muerte al mónstruo, este camino ofrecerá en adelante completa seguridad, de suerte que el beneficio será mayor que el daño. No hay, pues, que titubear entre la muerte de un solo hombre y la futura salvacion de muchos.
—Vé en paz, hijo mio, y que Dios envie en tu ayuda desde las etéreas regiones al arcángel San Miguel.
Así dijo el sencillo anacoreta, bendiciendo á Astolfo, el cual siguió adelante por la orilla del Nilo, confiando más en el sonido de su trompa que en su espada.
Entre el profundo rio y las lagunas por él formadas habia en la arenosa orilla un angosto sendero, que terminaba en la solitaria mansion, ajena á todo trato humanitario. En torno de esta se veian los cráneos y los esqueletos de los desgraciados á quienes su mala suerte hasta allí llevara; y cada abertura, cada grieta de la cueva ostentaba pendientes tan sangrientos despojos.
Cual en las poblaciones ó en los castillos de los Alpes suele el cazador fijar las estiradas pieles, las horrendas garras y las cabezas enormes de los osos á quienes ha dado muerte, como prueba de los peligros que ha corrido; así fijaba el gigante los miembros de los que le habian opuesto mayor resistencia: los restos de los demás estaban esparcidos por do quiera, y todas las zanjas llenas de sangre humana.
Caligorante, que tal era el nombre del desapiadado mónstruo que adornaba con restos humanos su vivienda, como suelen otros adornar las suyas con brocados, vigilaba contínuamente en su puerta. Al divisar desde léjos al Duque, apenas pudo contener su gozo, pues dos meses hacia ya é iba á entrar en el tercero, que no aparecia por allí caballero alguno. Dirigióse presuroso hácia la laguna, que era oscura y cubierta de espesos cañaverales, con la intencion de ocultarse en ella, dejar pasar al paladin y atacarle por la espalda, esperando además que cayera en las redes que habia ocultado bajo la arena, como ya habian caido tantos otros. En cuanto Astolfo vió al gigante, detuvo á su corcel, temeroso de caer en el lazo de que le habia hablado el buen anciano: apeló en seguida á su trompa, cuyo sonido produjo el efecto acostumbrado, de modo que sobrecogido el gigante de pavor y asombro, huyó en direccion á su morada. Continuó Astolfo tocando con más fuerza, atento siempre á ver si descubria la red: Caligorante corrió con mayor velocidad, sin reparar siquiera por donde huia; pues habiendo perdido el ánimo, perdió tambien el instinto, y su terror fué tal, que dirigió sus pasos involuntariamente hácia donde estaba oculta la red, en la que cayó al fin quedando completamente envuelto y tendido en el suelo.
El paladin, al ver caido al gigante, y considerándose por lo tanto seguro, corrió hácia él presuroso; y apeándose del caballo y desnudando el acero, se dispuso á vengar la deplorable muerte de mil y mil desventurados; pero detúvose considerando que la muerte de un hombre indefenso y atado podia tenerse por villania más bien que por valor, y al ver al gigante con los brazos, los piés, y el cuello sujetos, desistió de su intento.
Aquellas redes, obra de Vulcano, eran de sutil acero; mas estaban hechas con tal arte, que en vano se intentaria desprender su más pequeña malla: eran las mismas que en otro tiempo sujetaron á Venus y á Marte[93]. El celoso Vulcano las habia fabricado con el objeto de sorprender á ambos amantes mientras estaban entregados á los placeres del amor; despues Mercurio las robó á su constructor para coger con ellas á la bella Cloris, á Cloris que va por el aire en pos de la Aurora cuando aparece el Sol, esparciendo las rosas, violetas y azucenas que lleva en su recogida vestidura. Mercurio acechó con tanto cuidado á esta Ninfa, que al fin consiguió un dia prenderla con su red en el aire, cerca del sitio donde desemboca en el mar el gran rio de Etiopía[94].
Esta red fué conservada durante muchos siglos en Canope[95], en el templo de Anubis[96]. Tres mil años despues, Caligorante quemó la ciudad, saqueó el templo y se apoderó de ella. Posteriormente la colocó á pocos pasos de su morada, tan bien oculta bajo la arena, que todos cuantos eran perseguidos por el gigante iban irremisiblemente á caer en ella, y apenas la tocaban, cuando se veian sujetos por el cuello, por los piés y por los brazos.
Astolfo cogió una de las cadenas de que estaba formada la red y ató las manos de aquel infame á la espalda, rodeándole además los brazos y el pecho de modo que no pudiera desprenderse de ella; en seguida le sacó de entre los otros lazos y le permitió levantarse, lo cual hizo el gigante más dócil y sumiso que un niño. El Duque determinó llevarle consigo, é ir enseñándole por los pueblos, ciudades y castillos. No quiso dejar allí la red, por considerarla una obra de arte incomparablemente bella, y obligó á cargar con ella á Caligorante, á quien llevaba atado tras de sí cual victorioso trofeo. Hizo que cargara asimismo con su escudo y con su yelmo, y continuó la marcha, causando una viva alegría á los habitantes de los pueblos por donde transitaba, que veian al fin libre aquel camino.
Astolfo anduvo á tan buen paso, que en breve descubrió los sepulcros de Memfis, aquellas pirámides que hacen famosa á esta ciudad; pasó tambien por la populosa ciudad del Cairo, cuyos habitantes acudieron presurosos á ver al desmesurado gigante.—«¿Cómo es posible, decian, que un caballero tan pequeño haya logrado maniatar á un hombre tan gigantesco!»—Astolfo apenas podia andar un paso, porque se lo impedia la muchedumbre agolpada en su derredor, que le admiraba y reverenciaba por el mucho valor que en él suponia.
El Cairo no era entonces tan grande como ahora, segun se dice; pues actualmente no bastan sus diez y ocho mil calles á contener su numerosa poblacion, y á pesar de tener las casas tres pisos, un número considerable de sus habitantes duerme á la intemperie. El Soldan habita un castillo de una magnificencia y una riqueza sorprendente; quince mil de sus guardias, todos cristianos renegados, viven bajo un mismo techo con sus mujeres, sus familias y sus caballos.
Astolfo deseando ver la desembocadura del Nilo, así como sus diferentes deltas, pasó á Damieta, á pesar de haber oido decir que el que á tanto se atrevia se exponia á quedar muerto ó aprisionado; porque á la orilla del rio y cerca de dicha desembocadura, vivia en una torre un ladron, terror de los campesinos y de los viandantes, el cual extendia sus correrias hasta el Cairo, robando á cuantos encontraba. Nadie podia resistirle, y segun contaba la fama, en vano se procuraba arrancarle la vida; pues su cuerpo habia recibido más de cien mil heridas que no pudieron ocasionarle la muerte.
Con el objeto de ver si conseguia que la Parca cortara el hilo de su vida se dirigió Astolfo en busca de Orrilo, que este era el nombre del ladron, y llegó á Damieta: desde allí pasó á la desembocadura del Nilo, y vió en su orilla la elevada torre donde se albergaba aquel sér encantado, hijo de un duende y de una hada. Encontró á Orrilo en el momento en que estaba combatiendo con dos guerreros, á quienes acosaba de tal modo, á pesar de ser él solo contra los dos, que apenas podian parar sus golpes, no obstante que su fama de valientes y esforzados resonaba por el mundo. Dichos guerreros eran los dos hijos de Olivero, Grifon el Blanco y Aquilante el Negro. El Nigromante habia sabido á la verdad trabar el combate con notoria ventaja, porque llevaba consigo una fiera que solo habita en aquellas comarcas; fiera que vive en la tierra y en el agua, y que se alimenta de los cuerpos de los incautos viandantes ó infelices marinos á quienes su mala estrella encamina por aquellas playas.
La fiera yacia sobre la arena de la costa, muerta por los dos hermanos; mas tan poco le importaba á Orrilo su pérdida como los golpes que ambos le dirigian furiosamente. Varias veces le arrancaron diferentes miembros á cuchilladas sin conseguir matarle, pues no bien caian sus brazos ó sus piernas por el suelo, cuando los recogia y los pegaba otra vez en su sitio cual si fuesen de cera. Grifon lo hendió de un tajo la cabeza hasta los dientes; otro tajo de Aquilante le dividió basta el pecho; mas Orrilo se reia siempre de sus golpes, mientras los caballeros so enfurecian al ver que sus esfuerzos eran inútiles. El que haya visto caer desde cierta altura el cuerpo que los alquimistas llaman mercurio, y hayan observado cómo se fracciona y vuelve á unirse, comprenderá, si recuerda este caso, cuanto digo con respecto á Orrilo. Si le cortaban la cabeza, se bajaba, la buscaba á tientas hasta que la encontraba, la cogia por los cabellos ó por la nariz, y la soldaba al cuello, ignoro por qué medios. Una de las veces que lograron separarle la cabeza del cuerpo, Grifon la cogió precipitadamente, extendió su brazo y la arrojó al rio; pero de poco le sirvió, porque Orrilo se sumergió en él, nadando como un pez, y al poco rato salió á la orilla con la cabeza colocada en su lugar.
Dos hermosas damas, engalanadas modestamente, la una vestida de blanco y la otra de negro, estaban contemplando el horrible combate de que habian sido causa. Eran las dos hadas benignas que habian criado á los hijos de Olivero, cuando, tiernos niños aun, los rescataron de las crueles garras de dos aves enormes, que los habian robado á su madre Gismunda, y se los llevaban léjos de su patria. Pero
Combate entre Orrilo y los hermanos Grifon el blanco y Aquilante el Negro.
(Canto XV.)
no quiero pecar de difuso; pues nadie ignora ya esta historia, á pesar de que el autor, confundiendo el nombre de su padre, tomó, no sé cómo, uno por otro. Continuaré, pues, refiriendo el combate que los dos jóvenes emprendieron á ruegos de las dos damas.
La luz del dia, que brillaba aun en las islas Afortunadas[97], habia desaparecido ya de aquellas costas; y las sombras de la noche, mal disipadas por la débil é incierta claridad de la Luna, impedian distinguir los objetos, cuando regresó Orrilo á su torre, por haber dispuesto las dos hermanas que se suspendiese la lucha hasta que el nuevo Sol apareciera por el horizonte.
Astolfo, que habia conocido desde luego á Grifon y á Aquilante por sus empresas y por sus terribles golpes, se apresuró á saludarlos afablemente. Viendo los dos hermanos que aquel que traia, maniatado al gigante era el caballero del Leopardo, con cuyo nombre se le conocia en la corte de Inglaterra, le recibieron con no menores muestras de afecto. Las damas condujeron á un palacio próximo á los caballeros para que disfrutaran de algun reposo; salieron al camino á recibirlos hermosas doncellas y pajes con antorchas. Los guerreros confiaron sus caballos á algunos palafreneros; quitáronse despues las armas, y pasaron á un lindo jardin, donde, junto á una fuente límpida y amena, encontraron dispuesta una cena excelente.
Ataron al gigante con otra cadena mucho más gruesa al tronco de una añosa encina, capaz de resistir cualquiera de sus vigorosas sacudidas, y encargaron su custodia á diez soldados, á fin de que no pudiera romper sus ligaduras durante la noche y acometerles cuando estuvieran descuidados y tranquilos.
Sentados despues ante una suntuosa mesa, abundantemente provista, pusiéronse á disfrutar de aquella cena, cuyo mayor atractivo no consistió en la variedad y excelencia de los manjares, sino en las animadas conversaciones con que sazonaron el banquete, hablando principalmente de Orrilo y de la milagrosa facultad que poseia, y que parecia un sueño, de recoger y reunir á su cuerpo los brazos, las piernas ó la cabeza separados de él, para volver á la lucha más fuerte y terrible que antes.
Astolfo habia leido ya en su libro, que enseñaba el modo de destruir los encantos, que no se podria quitar la vida á Orrilo mientras tuviese en la cabeza un cabello especial; pero que una vez descubierto y arrancado éste, seria fácil darle la muerte inmediatamente. Esto era lo que decia el libro; pero callaba, sin embargo, el modo de distinguir aquel cabello entre la espesa melena del ladron. Astolfo se envanecia ya de su triunfo, como si en efecto lo hubiese alcanzado, esperando que á los pocos golpes conseguiria arrancar al Nigromante el cabello, y el alma al mismo tiempo. Sin embargo, deseaba cargar solo con todo el peso de aquella empresa, y al efecto prometió á los dos hermanos que mataria á Orrilo, cuando ellos tuvieran á bien que midiera con él sus armas. Aquilante y Grifon le cedieron voluntariamente el puesto, convencidos íntimamente de que se cansaria en vano.
Apenas despuntó en el Cielo la nueva aurora, cuando Orrilo bajó desde su amurallada mansion á la llanura. Trabóse inmediatamente la lucha entre el Duque y él, empuñando el uno la espada y el otro la maza. Astolfo multiplicaba sus golpes, esperando que alguno de ellos lograria hacer salir el alma del cuerpo del bandido, y ora de un tajo le derribaba el puño con la maza, ora uno ú otro brazo, ora le atravesaba la coraza y el pecho, desmembrándole sucesivamente de esta suerte; pero Orrilo recogia siempre del suelo sus esparcidos miembros y se los colocaba de nuevo, quedando tan sano como antes: aunque el paladin le hubiese dividido en cien pedazos, lo volveria á ver íntegro en un momento. Al cabo de mil mandobles acertólo uno que le separó el casco y la cabeza de los hombros: apeóse del caballo, y con no menor velocidad que Orrilo, se apoderó de su sangrienta cabeza, volvió á montar de un salto, y se la llevó corriendo á escape contra el curso del Nilo, á fin de que su decapitado adversario no pudiese recobrarla.
Aquel necio, que no pudo observar tal accion, empezó á buscar su cabera por el suelo; pero no bien conoció por la rápida carrera del caballo de Astolfo; que se la llevaba este por la selva, acudió inmediatamente á su caballo, saltó en él, y voló en persecucion del paladin, queriendo gritar: «Espera, vuelve, vuelve»; pero no pude, porque aquel le arrebataba la boca. Consolóse con que aun le quedaban las piernas, y siguió tras de su adversario á rienda suelta; mas el veloz Rabican, que corria de un modo asombroso, le dejó en breve muy atrás.
Astolfo iba en tanto examinando á toda prisa aquella cabeza desde la nuca hasta las cejas á fin de dar con el cabello fatal que proporcionaba á Orrilo la inmortalidad. Entre tantos y tan innumerables cabellos no habia uno solo que se distinguiera de los demás por lo grueso ó por lo encrespado: así es que el Duque no sabia cuál arrancar para dar la muerte al infame bandido.—«Mejor será, dijo al fin, arrancarlos todos.»—Y como careciera de tijeras ó de navaja de afeitar, apeló á su espada que cortaba como una de estas; y cogiendo la cabeza por la nariz, la despojó en un momento de su cabellera. De esto modo logró cortar el cabello especial, y al punto se contrajo el rostro, adquirió una espantosa palidez, torció los ojos, y aparecieron en él evidentes señales de que se le escapaba la vida: al propio tiempo, el tronco que le perseguia, cayó de la silla, y quedó sin movimiento.
Astolfo volvió adonde estaban las damas y los caballeros, llevando en la mano la cabeza de Orrilo, en la que se veian impresas las señales de la muerte, y les mostró el cuerpo del bandido que yacia en tierra á larga distancia. No sé si los dos guerreros lo contemplaron de buen grado, por más que así lo demostraran; quizá sintieron en el pecho el aguijon de la envidia por una victoria que ellos no habian podido conseguir. Tampoco creo que á las damas les agradase mucho el resultado de aquel combate; pues deseando apartar á los dos hermanos de la dolorosa suerte que al parecer les esperaba pronto en Francia, habian hecho lo posible por ponerlos en lucha con Orrilo, á fin de tenerlos entretenidos el tiempo necesario para que se desvanecieran las tristes influencias de su destino.
En cuanto el gobernador de Damieta estuvo seguro de la muerte de Orrilo, soltó una paloma que llevaba una carta atada debajo de una de sus alas. Aquella paloma dirigió al Cairo su vuelo; tras esta soltó otra y otra, segun era costumbre en aquel país, de suerte que en pocas horas circuló por todo el Egipto la noticia de la muerte del bandido.
Una vez terminada aquella empresa, se dedicó el Duque á consolar á los dos nobles jóvenes, y á excitarles, aunque de ello no tenian necesidad porque no era otro su deseo, á que defendieran la Santa Iglesia y la justa causa del Imperio romano, y dejando de buscar aventuras por Oriente, fuesen á adquirir mayor gloria entre los suyos. Esto hicieron Grifon y Aquilante, despidiéndose cada uno de su hada respectiva, las cuales no supieron oponerse á tal designio por más que les fuera doloroso. Astolfo emprendió con ellos la marcha hácia la derecha por haber determinado visitar y reverenciar los Santos Lugares en que Dios vivió en carne mortal, antes de regresar á Francia. Fácilmente hubieran podido dirigirse hácia la izquierda, que les ofrecia un camino más agradable y llano por no tener que separarse nunca de la costa; pero prefirieron el áspero y horrible de la derecha, que les permitia llegar á la gran ciudad de Palestina en seis jornadas menos que por el otro. Como por el camino emprendido habian de carecer de todo, excepto de agua y de yerba, hicieron las provisiones necesarias para el viaje antes de ponerse en marcha, y cargaron los fardos en los hombros de Caligorante, que sin gran trabajo hubiera podido llevar en ellos una torre.
Cuando llegaron al término de aquel camino escabroso y salvaje, vieron desde la cumbre de una montaña la santa tierra, donde el sublime Amor lavó con su propia sangre nuestras faltas. A las puertas de la ciudad encontraron un jóven gallardo que los conocia, llamado Sansoneto de Meca, el cual, á pesar de hallarse en la flor de su juventud, era muy prudente, famoso por su caballerosidad y por su bondad inagotable y respetado de todos: Orlando le habia convertido á nuestra fé, bautizándole por su propia mano. A la sazon se estaba ocupando en levantar una fortaleza para oponerse y contrarestar las incursiones del Califa de Egipto, é intentaba además circunvalar el monte Calvario con una muralla de dos millas de longitud. Acogió á los caballeros con rostro en que se veia claramente retratada su afable solicitud; los condujo al interior de la ciudad, y les dió franca y cortés hospitalidad en el mismo real palacio, donde vivia en su calidad de gobernador de aquella tierra por el emperador Carlomagno.
El duque Astolfo regaló á Sansoneto aquel desmesurado gigante, cuya robustez era tal, que podia llevar por sí solo más peso que diez acémilas. Además del gigante, le dió tambien la red con que lo habia aprisionado. Sansoneto regaló en cambio al Duque un rico y vistoso tahalí, y un par de espuelas cuyas hebillas y rodajas eran de oro, y que, segun opinion general, habian pertenecido al caballero que libró del dragon á la doncella[98]. Sansoneto habia adquirido dichas espuelas en Jaffa, cuando se apoderó de esta ciudad juntamente con otras muchas preseas.
Despues de haber obtenido la absolucion de sus culpas en un monasterio cuyos monjes vivian en olor de santidad, visitaron los caballeros todos los templos que recordaban los misterios de la pasion de Cristo, lugares que hoy, para eterna vergüenza y baldon de los cristianos, están en poder de los impíos sarracenos. Mientras tanto la Europa se desgarra en contínuas guerras, llevando sus armas á todas partes, menos donde debiera.
Interin se recreaba su alma en la contemplacion de las ceremonias religiosas y demás piadosas prácticas, un peregrino griego, conocido de Grifon, trajo á este noticias graves y funestas, muy distintas de su primer designio y prolongados deseos; noticias que derramaron tanta amargura en su corazon, que abandonó la oracion y las penitencias. Por desgracia suya, amaba el caballero á una mujer llamada Origila, que habria alcanzado entre otras mil la palma de la dulzura y la belleza; pero de un carácter tan pérfido y desleal que no seria posible encontrar otra semejante, aunque se registrasen todas las ciudades y aldeas, la tierra firme y los más remotos archipiélagos. Grifon la habia dejado en la ciudad de Constantino, aquejada de una fiebre violenta, y en el momento en que esperaba volver á verla á su regreso más bella que nunca, y gozar de sus encantos, supo el desgraciado que habia huido á Antioquía en compañia de un nuevo amante, por no creer oportuno resignarse á dormir sola, cuando se hallaba en la fuerza de su juventud. Desde el punto mismo en que llegó tan fatal nueva á sus oidos, no cesaba Grifon de suspirar dia y noche, haciéndosele insoportable cuanto agradaba y complacia á los demás; como podrá conocer todo el que haya sufrido los pesares del amor, si sus acerados dardos son de fino temple. Lo que más aumentaba su martirio era que se avergonzaba de confesar el mal que padecia. Su hermano Aquilante, más juicioso que él, le habia reprendido ya mil veces por tan vergonzoso amor, y procurado arrancárselo del corazon, estando persuadido de que aquella mujer era la más perversa de cuantas mujeres infames existian; pero Grifon procuraba disculpar siempre á su amada, aun cuando la mayor parte de las veces hablaba contra su propia conviccion.
El desventurado amante resolvió alejarse sin decir una palabra á su hermano, pasar á Antioquía para apoderarse de la que era dueña de su corazon, y buscar al mismo tiempo al que le habia burlado, á fin de tomar de él una venganza ruidosa.—En el canto siguiente referiré cómo puso por obra su determinacion y lo demás que aconteció.