CANTO XVII.

Carlomagno se dirige con sus guerreros á contener á Rodomonte.—Grifon se presenta en el torneo dispuesto por Norandino y lleva á cabo señaladas proezas.—Martan esquiva el combate y demuestra su extraordinaria cobardía; despues, para avergonzar á Grifon, le roba las armas, y presentándose al Rey cubierto con ellas, es muy honrado por él.—Grifon, tenido por Martan, sufre los denuestos del pueblo.

Cuando nuestros pecados han traspasado los límites de perdon, el Supremo Hacedor, demostrándonos que su justicia es igual á su piedad, permite que ocupen los tronos de la tierra tiranos feroces, mónstruos humanos, á quienes concede la fuerza y el ingenio necesarios para oprimir terriblemente á sus pueblos. Por esta razon envió al mundo á Mario y Sila, á los dos Nerones[102], al furibundo Cayo[103], á Domiciano y al último Antonino[104]: por esto sacó de entre la hez del populacho á Maximino[105], exaltándole al solio imperial; hizo nacer en Tebas á Creonte[106]; entregó al pueblo agilino en manos de Mezencio, que regó con sangre humana los campos de su país[107], y en tiempos menos remotos consintió que los lombardos, los hunos y los godos saqueasen la Italia entera. Y ¿qué diré de Atila? ¿qué del inícuo Eccelino de Romano[108]? ¿qué de otros ciento, á quienes Dios envia, cansado de vernos siempre por el camino del mal, para oprimirnos y castigarnos? Pero, sin necesidad de evocar los recuerdos de los tiempos antiguos, ejemplos harto patentes tenemos en el nuestro de los efectos de la cólera divina, cuando nos ha dado, á nosotros, rebaños inútiles y malnacidos, famélicos lobos por guardianes, los cuales, como si su vientre no bastara á contener tanto alimento ó sí no tuvieran el hambre necesaria, llaman para devorarnos á otros lobos ultramontanos más hambrientos que ellos[109]. Los huesos que yacen insepultos á las orillas del Trasimeno, en Cannas y en Trebbia[110] son pocos en comparacion de los que hoy sirven de abono á los campos por donde pasa el Adda, el Mella, el Ronco y el Tarro. Dios, pues, consiente que seamos castigados por pueblos mucho peores quizás que nosotros, á causa de nuestros multiplicados é infinitos crímenes, y de nuestros errores oprobiosos. Tiempo llegará, sin embargo, en que á nuestra vez vayamos á saquear sus costas, si por ventura somos mejores, y cuando sus pecados lleguen á un punto tal que exciten el enojo do la Bondad eterna.

Los excesos de los cristianos debian haber turbado entonces la serena Frente de Dios, cuando hizo pesar su venganza sobre aquellas comarcas, por donde el Turco y el Moro llevaban la vergüenza, la violacion, la rapiña y la matanza; pero los males que causaba el feroz Rodomonte eran los mayores de todos.

Dije que Cárlos, avisado de los estragos ocasionados por el sarraceno, se dirigia á la plaza en su busca. A su paso encontró numerosos cadáveres de sus súbditos, los palacios incendiados, derruidos los templos, y asolada gran parte de la ciudad: jamás habia presenciado tan desastroso espectáculo.

—¿Adónde huís, exclamó, espantadas turbas? ¿No hay uno solo de entre vosotros que haga frente á la desgracia? ¿Qué ciudad, qué asilo os quedará cuando tan vilmente perdais este? ¡Es decir, que un solo hombre, encerrado en vuestra ciudad y rodeado de murallas que imposibilitan su fuga, logrará retirarse impunemente despues de haberos degollado á todos!

Así decia Cárlos que, encendido en ira, no podia sufrir tanto baldon, mientras llegaba delante de su alcázar, donde vió al pagano esterminando á sus gentes. Una gran parte del populacho se habia refugiado en él con la esperanza de encontrar socorro; porque el palacio estaba provisto de fuertes muros y de municiones suficientes para defenderle largo tiempo.

Rodomonte, ébrio de ira y de orgullo, dominaba solo en la gran plaza, y despreciando al universo entero, esgrimia con una mano su formidable espada, mientras con la otra continuaba aplicando el fuego á los edificios: despues se dirigió al alcázar real, palacio elevado y suntuoso, y empezó á descargar tremendos golpes en sus puertas. Los sitiados hacian llover sobre él desdo las murallas pedazos de pared y almenas enteras, y se defendian hasta morir. No reparaban en destruir los techos del edificio, y del mismo modo arrojaban piedras y maderas, que las lápidas, las columnas y los ricos artesanados tan queridos de sus antecesores.

El rey de Argel continuaba en la puerta, cubierto con su brillante armadura de acero: que le defendia todo el cuerpo, semejante á la serpiente que, saliendo de la oscuridad, despues de haber mudado su antigua piel, y envanecida por la nueva, se siente rejuvenecida y con más vigor que nunca, y vibrando su triple dardo y lanzando fuego por los ojos, extermina á cuantos animales encuentra á su paso. Ni las piedras, ni las almenas, vigas, arcos ó flechas, ni cuanto caia sobre el sarraceno era bastante á cansar su sanguinaria diestra, ni á impedir que siguiera sacudiendo y haciendo poco á poco pedazos la gran puerta del alcázar, en la cual abrió tantos boquetes que fácilmente podia ser visto y ver á su vez á cuantos llenaban el patio principal, en cuyos semblantes se pintaba la palidez de la muerte. Oianse resonar gritos y lamentos femeniles bajo aquellas elevadas y espaciosas bóvedas; las mujeres desconsoladas iban corriendo de uno á otro lado del edificio, pálidas y afligidas, y despidiéndose de todos los aposentos y de sus lechos nupciales, que pronto tendrian que abandonar á gentes extrañas.

Carlomagno acude con sus paladines á impedir los estragos que Rodomonte causa en París.
(Canto XVII.)

A tan apurado trance llegaban las cosas, cuando se presentó el Rey acompañado de sus guerreros. Contempló Carlos sus robustas manos, tan prontas otras veces á acudir donde la necesidad las llamaba, y les dijo:

—¿No sois vosotros aquellos que lucharon conmigo en Aspromonte contra Agolante? Se habrá debilitado tanto vuestro vigor que, á pesar de haber dado entonces muerte á aquel rey, á Trojano, á Almonte y á cien mil guerreros más, temereis hoy á un solo hombre de su misma raza, y hasta de su mismo ejército? ¿Por qué he de veros ahora menos animosos de lo que entonces lo fuísteis? Mostrad vuestro heroismo á ese perro que á tantos hombres devora. Un corazon generoso no hace caso de la muerte, venga tarde ó temprano, con tal que sea honrosa. Pero no; al veros colocados donde estais no puedo dudar de vosotros, que siempre me habeis dado la victoria.

Al decir estas palabras, lanzó su corcel contra el sarraceno, enristrando la lanza, y al mismo tiempo que él se precipitaron el paladin Ogiero, Namo, Olivier, Avino, Avolio, y los inseparables Oton y Berlingiero, y empezaron á descargar terribles golpes sobre el pecho, los costados y la cabeza de Rodomonte.

Mas por piedad, Señor, dejemos ya nuestro relato de ira y de muerte, y baste por ahora con lo dicho acerca de aquel sarraceno no menos valiente que cruel; que ya es tiempo de volver donde dejé á Grifon, llegado á las puertas de Damasco con la pérfida Origila, y con aquel que no era su hermano, sino su adúltero amante.

Es fama que una de las más ricas, más populosas y suntuosas ciudades de Oriente es Damasco, distante siete jornadas de Jerusalen, y situada en una llanura fértil y abundante, tan agradable en invierno como en verano. Un collado próximo la priva de los primeros rayos de la naciente aurora. Dos rios cristalinos atraviesan la ciudad y riegan una multitud de jardines constantemente esmaltados de pintadas flores y cubiertos de verdura. Es fama tambien que el agua de azahar abunda tanto en aquella poblacion, que se podria dar movimiento con ella á varios molinos; y el que va por las calles percibe su balsámico aroma que sale de todas las casas. La calle principal estaba á la sazon colgada de magníficos tapices de colores vistosos, y el suelo y las paredes de las casas cubiertos de yerbas olorosas y de verdes ramas. Cada puerta, cada ventana estaba engalanada con finísimas telas y tapices; pero mucho más aun con la presencia de bellas damas adornadas con preciadas joyas y trajes soberbios. En muchos sitios, veíase celebrar animados bailes en el interior de las casas; y en las plazas públicas el pueblo se entretenia en correr excelentes caballos, cubiertos de ricos arneses. Pero lo que sobre todo llamaba la atencion era la espléndida corte del Rey de Damasco, en donde los grandes, los nobles y los vasallos ostentaban un lujo verdaderamente oriental, deslumbrando la vista con cuantas perlas, oro y piedras preciosas pueden producir la India y las costas del mar Eritreo.

Grifon y sus compañeros iban examinándolo todo á su placer, cuando les salió al encuentro un caballero, que les invitó á apearse de los caballos, ofreciéndoles hospitalidad en su palacio: con aquella finura y cortesía proverbiales en Oriente, les proveyó de todo lo necesario, hizo que les preparáran un baño y despues les presentó con agradable solicitud una suntuosa cena. Díjoles que Norandino, rey de Damasco y de toda la Siria, habia invitado á los hijos del país y á los extranjeros que estuviesen armados caballeros para las justas que debian celebrarse en la plaza en la mañana del siguiente dia, y que si ellos tenian el valor que su talante demostraba, podrian dar pruebas de él sin necesidad de ir más adelante.

Aun cuando Grifon no habia ido allí con este objeto, aceptó, sin embargo, la invitacion; porque era de parecer que no estaba de más hacer gala del valor siempre que se presentare ocasion para ello. En consecuencia, preguntó á su huésped el motivo de aquellas fiestas, y si eran una solemnidad anual, ó bien un pretexto por medio del cual quisiera el Rey experimentar el valor de sus paladines. El caballero respondió:

—Esta es la primera fiesta que celebramos, y que deberá repetirse cada cuatro lunas. El Rey la ha instituido en memoria de que en tal dia consiguió salvar su cabeza, despues de haber permanecido cuatro meses lleno de dolor y angustia y con la muerte ante sus ojos. Mas para daros á conocer todos los pormenores de esta historia, os diré que nuestro rey, llamado Norandino, ha vivido por espacio de muchos años prendado de la donosura y sin par belleza de la hija del rey de Chipre, y que habiendo alcanzado por último su mano, regresaba directamente á Siria con su esposa y con muchas damas y caballeros. Apenas nos pusimos á toda vela fuera del puerto, y vogábamos por el borrascoso Carpatiano[111], cuando nos asaltó una tempestad tan cruel, que atemorizó hasta al mismo piloto, á pesar de ser un antiguo y experto marino. Durante tres dias y tres noches anduvimos errando á merced de las amenazadoras olas, hasta que al fin conseguimos desembarcar, rendidos de cansancio y empapados en agua, en una playa rodeada de praderas extensas y verdes collados. Levantamos al momento nuestras tiendas, y colocamos alegres anchos toldos entre los árboles: se encendieron hogueras, se preparó la comida, y se extendieron los manteles.

»El Rey habia ido entro tanto á recorrer los valles cercanos, y los sitios más recónditos del bosque, seguido de dos criados que llevaban su arco y sus flechas, con objeto de ver si encontraba cabras monteses, gamos ó ciervos. Mientras esperábamos, disfrutando con placer del anhelado reposo, que regresara nuestro Rey de la caza, vimos á un mónstruo terrible, al Ogro, que venia por la orilla del mar corriendo hácia nosotros. ¡Dios haga, Señor, que vuestros ojos no contemplen nunca el horroroso semblante del Ogro! Más vale tener noticia de él por lo que diga la fama, que caer en sus manos al verle. No puedo comparar á nada su corpulencia, segun lo desmesuradamente grueso que es: en lugar de ojos, tiene bajo la frente dos huesos salientes del color del hongo. Venia, como digo, hacia nosotros por la orilla del mar, y no parecia sino que se adelantase un montecillo: enseñaba dos colmillos semejantes á los del javalí; su nariz era larga y el pecho sucio, velludo y repugnante. Avanzaba corriendo con la nariz levantada á guisa de perdiguero cuando olfatea la caza, y apenas le vimos, huimos todos precipitadamente, y con el rostro desencajado, hácia donde nos encaminó el temor. De nada nos servia verle ciego; porque, olfateando no más, hacia al parecer lo que es imposible que hagan otros, provistos de vista y olfato; y tanto era así, que se necesitarian alas para huir de él. Corriamos en todas direcciones, pero nuestros esfuerzos eran inútiles, pues él aventajaba en velocidad al viento. De cuarenta personas, apenas pudieron salvarse diez, refugiándose á nado á bordo del buque: apoderóse de las restantes, y colocóse unas cuantas debajo del brazo, formando una especie de haz con ellas; llenóse con otras el seno, y metió el resto en un enorme zurron, que llevaba pendiente de los hombros, á la manera de los pastores.

»El mónstruo ciego nos llevó despues á su guarida, cavada en un peñasco próximo á la orilla del mar, cuyas paredes eran de un mármol más blanco que él papel en que no se haya escrito nunca. Habitaba allí con el una matrona, triste al parecer y dolorida, y en su compañia estaban varias damas y doncellas de todas edades y condiciones, unas lindas y otras feas. Cerca de la cueva en que habitaba el Ogro, y casi en la cima del monte, existia otra tan grande como la primera, donde encerraba sus ganados, compuestos de innumerables reses que apacentaba él mismo, así en verano como en invierno, cuidando de sacarlos al campo y volverlos á encerrar, más bien por distraccion que por necesidad. Preferia, sin embargo, alimentarse de carne humana como lo demostró antes de llegar á su antro; pues se comió, y aun creo que se tragó vivos, tres de nuestros más jóvenes compañeros.

»Dirigióse en seguida hácia la cueva del ganado, levantó una gran piedra, y nos encerró allí, despues de hacer salir sus rebaños, que condujo adonde solia apacentarlos, tañendo una zampoña que llevaba colgada al cuello.

»Nuestro Señor habia vuelto entre tanto á la playa, y conoció bien pronto su triste suerte por el silencio que en todas partes reinaba, y por no hallar á nadie en las tiendas, en los pabellones ni debajo de los toldos. No podia imaginar quién le habia dejado entregado de aquella suerte al aislamiento más completo; y lleno de temor se dirigió á la orilla del mar, desde donde vió á sus marineros levar las anclas y desplegar las velas. Apenas le divisaron ellos en la playa, se apresuraron á enviarle un bote para trasladarle á bordo; pero en cuanto Norandino tuvo noticia de las crueldades del Ogro, sin detenerse á pensar en más, tomó el partido de ir á buscarlo donde se encontrara, manifestándose tan desconsolado por la pérdida de su Lucina, que juró rescatarla ó perecer en la demanda.

»Púsose, pues, á caminar siguiendo las huellas recientemente impresas en la arena, con una precipitacion, hija de su ferviente amor, hasta que llegó á la cueva de que os he hablado, en la cual esperábamos todos el regreso del Ogro con el miedo mayor del mundo, creyendo, al menor rumor que escuchábamos, que se presentaba hambriento y dispuesto á devorarnos. La fortuna guió hasta allí los pasos de Norandino, pues no encontró en la cueva al Ogro; pero si á su mujer, que gritó al verle:

—»¡Huye, infeliz! ¡Desgraciado de tí si el Ogro te coje!»

—»Poco me importa, le contestó el Rey, que me coja ó no, que me salve ó me dé la muerte: nada puede aumentar ya mi desgracia. He llegado hasta aquí, no por haber errado el camino, sino llevado en alas del deseo de morir junto á mi esposa.»

»Despues siguió pidiéndole noticias de los cogidos en la playa por el Ogro, y se informó sobre todo de si habia dado muerte á su bella Lucina ó la retenia cautiva. La mujer del mónstruo le contestó con mucha humanidad, y le tranquilizó diciéndole que Lucina vivia, y que no tuviese cuidado alguno con respecto á su vida, porque el Ogro no devoraba nunca á las mujeres.

—»Una prueba de ello la tienes en mí, añadió, y en todas estas damas que me rodean; jamás nos ha causado ni nos causará el Ogro el menor daño, mientras no nos separemos de esta cueva; pero á la que intenta huir le cuesta caro, pues desoyendo toda clase de súplicas, la entierra viva, la carga de cadenas ó la expone desnuda sobre la playa á los ardientes rayos del Sol. Cuando ha traido hoy aquí á tus compañeros, no se ha cuidado de hacer su acostumbrada separacion entre los hombres y las mujeres, sino que los hizo entrar todos revueltos en confuso monton. Apenas vuelva conocerá por el olfato la diferencia de sexos: las mujeres no deberán temer nada; pero los hombres serán positivamente inmolados; y de cuatro en cuatro, ó de seis en seis, servirán diariamente de pasto á su voracidad. No se me ocurre nada que aconsejarte para que libertes á Lucina: así pues, debes darte por satisfecho con saber que su vida no corre peligro, y que participará de nuestra próspera ó adversa fortuna; pero vete, por Dios, vete, hijo mio, antes que el Ogro te huela y te devore: en cuanto llega, se pone á olfatear por todas partes, y descubriria hasta el raton más pequeño que aquí hubiese.»

»El Rey contestó que no se marcharia sin ver á Lucina, y que preferia morir cuanto antes á su lado, á vivir léjos de ella. Cuando la mujer del Ogro conoció que era en vano todo su empeño para disuadirle del propósito que tan resueltamente habia formado, ideó un nuevo medio para ayudarle, y lo puso inmediatamente por obra. Del techo de la cueva pendian las pieles, colgadas en distintas épocas de los cabritos, cabras y corderos que servian de alimento al Ogro y á sus cautivas: la mujer de este hizo que el Rey se untara de piés á cabeza con la grasa de un gran macho cabrio hasta que su olor hiciera desaparecer el del cuerpo humano, y cuando le pareció que Norandino despedia aquella fetidez que notamos siempre en dichos animales, cogió la piel del mismo y le envolvió con ella pues era bastante grande para el objeto. Una vez cubierto con tan extraño disfraz, le hizo andar á cuatro piés y le condujo á la cueva cerrada por una piedra enorme donde, privada de libertad, yacia su bella esposa.

»Consintió Norandino en todo; colocóse cerca de la abertura con la esperanza de poderse mezclar entre el rebaño, y estuvo aguardando con ansiedad hasta la caida de la tarde. Al anochecer oyó los acordes de la zampoña con que el terrible pastor, yendo en pos de su rebaño, le ordenaba que abandonase la húmeda yerba para regresar á la cueva. Ya podeis pensar cuál seria su espanto al notar la aproximacion del Ogro, y mucho más cuando vió, lleno de horror, su feroz aspecto al llegar á la boca de la cueva; pero el amor pudo más que el miedo, por lo cual fácil os será comprender si el cariño de Norandino era fingido ó sincero. Adelantóse el Ogro, levantó la piedra y dejó espedita la entrada, por la que pasó el Rey confundido entre las cabras y las ovejas.

»Cuando tuvo encerrado su rebaño, bajó el Ogro adonde estábamos, cuidando antes de cerrar la entrada. Fué olfateándonos á todos, y por fin cogió dos de mis compañeros, con cuyas carnes crudas quiso regalarse para cenar. El solo recuerdo de aquellas espantosas quijadas hiela la sangre en mis venas y me inunda de sudor el rostro. Apenas se marchó el Ogro, arrojó el Rey la piel que le encubria, y abrazó á su esposa; pero esta, en lugar de entregarse á la alegría, se desesperó al ver á su esposo, precisamente en el sitio donde le esperaba una muerte cierta, sin que esto pudiera servir para salvarle á ella la vida.

—«¡Ah! señor, le dijo: en medio de mi triste suerte, me consolaba la idea de que no estabas con nosotros cuando el Ogro nos trajo hoy aquí; pues aun cuando me era acerbo y duro el encontrarme al borde del sepulcro, tan solo habria tenido que llorar mi futura desgracia; pero ahora lamentaré tu muerte más que la mia, ya seas sacrificado antes ó despues que yo.»

»Y continuó mostrando más afliccion por la suerte de Norandino que por la suya propia.

El Rey le contestó:

—«La esperanza que abrigo de salvarte, así como á todos nuestros compañeros, me ha hecho venir hasta aquí: si no consigo realizar este propósito, venga en buen hora la muerte; pues que sin tí, sol de mi vida, me es imposible vivir. Podre marcharme del mismo modo que he venido; pero bajo la condicion de que todos habeis de seguirme, si no teneis reparo, como no lo he tenido yo, en despedir el olor de un animal inmundo.

»Nos explicó entonces el ardid que le habia enseñado la mujer del Ogro para engañar el olfato del mónstruo, aconsejándonos que nos cubriéramos con pieles, por si se le ocurria palparnos al salir de la cueva. Persuadidos de la excelencia de semejante estratagema, degollamos todos los machos cabríos que encontramos, prefiriendo los más viejos y los más fétidos del rebaño. Nos untamos el cuerpo con aquella grasa abundante que tienen en rededor de los intestinos y nos cubrimos con sus pieles.

»Salió entre tanto el dia de su áureo palacio, y apenas apareció el primer rayo del Sol, dirigióse el pastor á la cueva, llamando á sus rebaños al pasto acostumbrado por medio de los sonidos de su instrumento pastoril. Tenia las manos extendidas hácia la boca de la cueva, á fin de que no nos escapásemos entre el rebaño; nos cogia al atravesarla, y cuando se aseguraba de que lo que tocaba era pelo ó lana, nos dejaba pasar. Hombres y mujeres salimos por camino tan raro, revestidos de nuestras estiradas pieles; y el Ogro no detuvo á nadie hasta que se presentó Lucina, temblando de miedo. Bien fuese porque dándole asco aquella grasa, no quiso untarse como nosotros, ó porque sus movimientos fueran más pausados y suaves que los del animal á quien debia imitar, ó tambien porque cuando el Ogro la tocó dejara escapar un grito de pavor, ó porque se le destrenzaran los cabellos; ya fuese en fin por otra causa que ignoro, el caso es que el mónstruo la conoció.

»Estábamos todos tan ocupados en nuestra propia salvacion, que en ninguna otra cosa reparábamos; sin embargo, yo me volví al oir el grito lanzado por Lucina, y ví al Ogro quitándole la piel, y repeliéndola al interior de la cueva. Seguimos, no obstante, caminando encorvados bajo nuestro disfraz, y fuímos mezclados con el rebaño á una pradera amena, situada entre verdes collados, adonde nos condujo el pastor. Estuvimos allí esperando hasta que el narigudo Ogro se hubo echado á dormir á la sombra de una espesa enramada, y entonces huimos unos hácia el mar y otros hácia las montañas. Solo Norandino se opuso á seguirnos; pues llevado de la extremada pasion que sentia por su esposa, se empeñó en volver á la gruta entre el ganado, más resuelto que nunca á morir ó á rescatar á su fiel compañera. Cuando vió al salir del encierro, que quedaba ella sola en su cautividad, estuvo á punto de arrojarse espontáneamente en la boca del Ogro, enloquecido por su desesperacion, y se dirigió á él con tal intento, faltando muy poco para verse triturado por los colmillos del mónstruo; pero le contuvo la esperanza, aunque lijera, de sacarla de nuevo de aquella hórrida mansion.

»Cuando el Ogro volvió por la noche á la cueva con sus ganados, y advirtió nuestra fuga que le privaba de su apetitosa cena, llamó á Lucina, causa de aquel perjuicio, y la condenó á permanecer encadenada á la intemperie sobre la cima de aquel peñasco. Norandino era testigo de los padecimientos de su amante esposa y se desesperaba por no poder proporcionarle la libertad aun á costa de su vida. El infeliz amante tenia ocasion de presenciar por mañana y tarde la afliccion y el llanto de Lucina, cada vez que, mezclado entre las cabras, iba al campo ó regresaba á la gruta; y ella le suplicaba siempre con señas que no continuara por más tiempo allí, donde su vida estaba en un continuo peligro, sin que pudiera prestarle el menor auxilio. La mujer del Ogro suplicaba tambien al Rey que se escapara, pero inútilmente, porque él continuaba negándose con insistente tenacidad á marcharse sin su esposa, creciendo su constancia más y más.

»Permaneció sumido en tanta abyeccion, incitado por el amor y la piedad, durante largos dias, hasta el momento en que llegaron á aquella roca el rey Gradaso y el hijo de Agrican, los cuales hicieron tanto con su audacia, que pusieron en libertad á la bella Lucina, si bien les ayudó la suerte más que su ingenio; y la llevaron corriendo hácia el mar; donde la entregaron á su padre, que allí la esperaba. Esta humanitaria cuanto arriesgada empresa se efectuó en las primeras horas de la mañana, mientras Norandino estaba todavia encerrado en la cueva con el ganado. Pero en cuanto se alzó del todo el velo que ocultaba el dia, y la mujer del Ogro le anunció la feliz evasion de su esposa y el modo cómo esta se habia llevado á cabo, dió á Dios fervorosas gracias, y concibió la esperanza de recobrarla, ya que estaba libre de tan miserable suerte, con la ayuda de su espada, de sus ruegos y de sus tesoros. Lleno de alegría siguió con el rebaño hasta la pradera, y esperó á que el mónstruo se tendiera sobre la yerba para entregarse al sueño; despues huyó caminando dia y noche, y cuando estuvo seguro de que el Ogro no podria darle alcance, se embarcó en Satalia[112] y hará unos tres meses que ha llegado á Siria.

»El Rey ha hecho buscar á la hermosa Lucina por Rodas, por Chipre, por todas las ciudades y castillos de África, de Turquía y de Egipto, y hasta antes de ayer no ha podido tener la menor noticia de ella. Por fin, su suegro le ha hecho saber que acaba de llegar con ella, sana y salva, á Nicosia, despues de haber sufrido por espacio de muchos dias continuas tempestades. En celebridad y contento por tan buena noticia, prepara nuestro Rey esta espléndida fiesta, y quiere que cada cuatro lunas se haga otra igual, por serle agradable conmemorar los cuatro meses que pasó bajo la piel de un macho cabrio entre los rebaños del Ogro, de cuyo miserable género de vida se vió libre en tal dia como el de mañana.

»He sido testigo ocular de la mayor parte de cuanto os he referido: el resto lo sé por quien lo ha presenciado todo; en una palabra, por el mismo Rey, que calendas é idus permaneció allí, hasta que recobró su alegría. Si alguno niega estos pormenores, podreis decirle que está mal informado.»

En tales términos narró aquel caballero á Grifon el fundado motivo de aquella fiesta.

Embebidos con tal relato pasaron gran parte de la noche, y todos convinieron en que el Rey habia dado grandes pruebas de un amor inmenso y de una piedad sin límites. Cuando se levantaron de la mesa, pasaron á descansar en cómodos y mullidos lechos, hasta que al despuntar la aurora, serena y radiante, interrumpieron su sueño los gritos de alegría del pueblo.

Los sonidos de los clarines y atabales que recorrian las calles, convocaban á los habitantes á la plaza principal de la ciudad. Luego que Grifon oyó el ruido producido en la calle por los caballos, los carros y los mil discordantes gritos, se vistió aquella magnífica armadura, tan perfecta como no se hallaria fácilmente otra, pues la Hada blanca la templó por sí misma, haciéndola impenetrable y encantada. El vil caballero de Antioquía armóse tambien y acudió al lado de Grifon. El huésped les habia ya preparado fuertes lanzas provistas de gruesas astas, é hizo que los acompañaran algunos de sus más próximos parientes, saliendo él tambien con ellos, rodeado de numerosos escuderos de á pié y de á caballo.

Llegaron á la plaza y se mantuvieron apartados, cuidándose menos de lucir su gallardía en el terreno de la liza, que de contemplar cómo iban acudiendo uno á uno, dos á dos, tres á tres, los marciales campeones, prontos á tomar parte en las justas. Los unos indicaban en sus empresas por medio de colores artísticamente combinados, la alegría ó el quebranto que les hacian sentir sus amadas; los otros anunciaban sus triunfos ó sus reveses amorosos en los emblemas de los cascos ó de los escudos. En aquel tiempo acostumbraban los sirios armarse á semejanza de los guerreros de Occidente, cuyo uso habian adquirido probablemente de su frecuente roce con los franceses, que entonces poseian los sagrados lugares que Dios omnipotente habitó en carne mortal, y que hoy los cristianos, tan orgullosos como desgraciados, dejan en poder de los perros infieles, para su eterno baldon. En lugar de enristrar nuestras lanzas en defensa y acrecentamiento de la Santa Fé, las volvemos contra nosotros mismos, destruyendo á los ya escasos creyentes verdaderos. ¡Oh españoles, franceses, alemanes y suizos! encaminad vuestro valor y vuestros esfuerzos á más dignas conquistas, porque cuanto aquí buscais, pertenece ya á Cristo. Si los unos quereis ser llamados Católicos, y Cristianísimos los otros, ¿por qué matais á los hijos de Jesucristo? ¿Por qué les despojais de sus bienes? ¿Por qué no reconquistais á Jerusalen, que os ha sido arrebatada por los renegados? ¿Por qué consentis que el aborrecido turco sea dueño de Constantinopla y de la mejor parte del mundo?—¿No tienes, oh España, próxima á tí esa África, que te ha ofendido mucho más que esta Italia? ¡Y por asolar este país desgraciado, abandonas tu primera al par que hermosa empresa!—¡Y tú, embriagada Italia, sentina de todos los vicios, tú duermes tranquila, sin avengonzarte de ser alternativamente la esclava de aquellas naciones de quienes fuiste en otro tiempo señora!—¡Oh Suizos! Si el temor de morir de hambre en vuestras madrigueras os lanza sobre la Lombardia, y buscais entre nosotros quien os dé pan ó quien ponga término á vuestra miseria quitándoos la vida, cerca teneis las riquezas de los turcos; arrojadles de Europa, ó por lo menos de Grecia, y así podreis salir de vuestro continuo ayuno ó morir más gloriosamente en aquellos paises.—Lo que os digo á vosotros, se lo repito á vuestros vecinos los alemanes: allí están las riquezas que Constantino sacó de Roma, llevándose las mejores y regalando las restantes. No se bailan tan distantes, como querais emprender el camino, el Pactolo[113] y el Hermus[114], de donde se extrae el oro; la Migdonia[115] y la Lidia[116], y aquellas comarcas deliciosas tan celebradas en la Historia.—Y tú, gran Leon[117], á quien hace inclinar la frente el grave peso de las llaves del cielo, no dejes que la Italia continúe entregada á su pesado sueño, ya que la tienes cojida por los cabellos. Tú eres Pastor, y Dios te ha confiado el báculo, dándote al mismo tiempo un nombre temible, para que rujas, y para que, extendiendo los brazos, protejas á tus rebaños de los ataques de los lobos.

Pero ¿á dónde he ido á parar en alas de mi fantasia, que, pasando de una cosa á otra, me encuentro tan distante del camino que venia siguiendo? No creo, sin embargo, haberlo perdido hasta el punto de no saber encontrarlo. Decia que en Siria acostumbraban armarse como los franceses, y que la plaza principal de Damasco resplandecia con el brillo de los cascos y corazas. Las hermosas damas echaban desde los balcones flores encarnadas y amarillas sobre los campeones, mientras que al sonido de los clarines lucian estos su destreza, haciendo caracolear y encabritarse á sus corceles. Cada cual, fuese buen ó mal ginete, procuraba llamar la atencion, y espoleaba ó castigaba á su caballo; unos merecian vítores y aplausos; y otros excitaban las risas y la rechifla de los espectadores. El premio del torneo consistia en una armadura que habian regalado al Rey pocos dias antes, la cual se encontró casualmente en el camino un mercader, cuando regresaba de Armenia. El Rey añadió á dicha armadura una sobrevesta de un tejido finísimo, adornándola con tantas perlas, oro y piedras preciosas que su valor era inmenso. Si el Rey hubiese conocido la calidad de aquella armadura, la habria preferido á todas las que poseia, y á pesar de su generosidad y cortesía, no la hubiera ofrecido como premio al vencedor. Como seria prolijo referir quién la habia despreciado hasta el punto de dejarla abandonada en un camino á merced del primero que pasara, lo diferiré para ocasion más oportuna, y me ocuparé de Grifon.

Cuando llegó este á la plaza, ya se habian roto más de dos lanzas y cambiado algunos tajos y estocadas. Ocho caballeros de los más adictos al Rey, que les distinguia con su aprecio, jóvenes, diestros en el manejo de las armas, y todos ellos jefes ó descendientes de familias ilustres, eran los mantenedores del torneo: como tales se hallaban dispuestos á combatir durante aquel dia, uno á uno, contra todo el que se presentase, primeramente con lanza y despues con espada y maza, hasta que al Rey le pluguiera suspender la lucha. Gran destrozo se hacia de corazas; pues allí lidiaban por diversion los caballeros cual si fueran enemigos capitales, en la única diferencia de que el Rey podia separarlos cuando quisiese.

El caballero de Antioquía, el cobarde Martan, hombre sin fé, entró audazmente en la liza como si la sola compañía de Grifon le hiciera partícipe de su valor, y quedóse á un lado esperando que terminase un empeñado combate trabado entre dos caballeros. El señor de Seleucia, uno de los ocho mantenedores, estaba entonces peleando con Ombruno, y le dió en el rostro tan violenta estocada, que le mató en el acto con gran pesar de los circunstantes, que le apreciaban por su caballerosidad y por su cortesía, en que no le igualaba ningun guerrero de aquel país. Al ver Martan aquel espectáculo, tuvo miedo de que á él pudiera sucederle otro tanto; y volviendo á su cobardía acostumbrada, empezó á buscar un pretexto para huir. Grifon, que estaba á su lado y le miraba atentamente, le hizo algunas observaciones, y en vista de su ineficacia, le obligó á salir contra otro mantenedor que habia avanzado hasta el medio de la plaza, como sale el perro persiguiendo al lobo; que corriendo tras él diez ó veinte pasos, se detiene y contempla ladrando cómo rechina su enemigo los amenazadores colmillos y el fuego sombrío que arde en sus ojos; pero sin tener en cuenta que se hallaba un presencia de tantos príncipes, de gente tan escogida y de tantas damas, evitó el tímido Martan el encuentro de su adversario, y volvió riendas hácia la izquierda. Hubiera podido echar la culpa á su caballo, que á no dudarlo, cargaria tranquilamente con ella; pero cuando empuñó la espada, dió tales muestras de terror y vacilacion, que ni el mismo Demóstenes hubiera podido defenderle. Sus armas parecian de papel y no de metal; esquivaba cada golpe temiendo verse herido; por último, abandonó el combate, huyendo vergonzosamente en medio de las burlonas carcajadas del pueblo. Las palmadas, los gritos y los silbidos del populacho le persiguieron mientras corria precipitadamente hácia su alojamiento, huyendo como lobo acosado por los perros.

Quedóse allí Grifon, que, lleno de vergüenza, se consideraba deshonrado por la cobardía y vilipendio de su compañero: hubiera preferido verse rodeado de llamas á encontrarse en aquel sitio. La afrenta de Martan abrasaba su corazon, y le salia al rostro, como si la hubiese él recibido, suponiendo que el pueblo le comparaba á aquel: creia por lo tanto indispensable que resplandeciera su valor en todo su brillo, ya que el más insignificante error ó la menor debilidad se exagerarian desmesuradamente en contra suya, á consecuencia de la mala impresion que pesaba en el ánimo de todos. Apoyó, pues, la lanza en el muslo, confiado en la seguridad con que manejaba las armas; lanzó su caballo á toda brida y la enristró á la mitad de la carrera, cayendo impetuosamente sobre el baron de Sidonia, á quien derribó del primer bote. Todos se pusieron en pié asombrados, pues esperaban precisamente lo contrario.

Recogió Grifon su lanza, que no se habia roto con aquel golpe, y la hizo pedazos contra el escudo del Señor de Laodicea, á quien hizo caer de espaldas sobre la grupa del caballo; pero que despues de haber oscilado tres ó cuatro veces, consiguió erguirse, empuñó la espada, revolvió el caballo, y se lanzó sobre Grifon. Sorprendido este al ver á su contrario montado todavia, y que el encuentro anterior no habia bastado para derribarle, dijo entre sí:—«Lo que no pudo la lanza lo hará la espada con cinco ó seis golpes.»—Y descargó sobre la cabeza de su adversario tal cuchillada que parecia caida de las nubes, y tras de aquella otra y otra, hasta que logró aturdirle y arrancarle de la silla.

Entre los mantenedores estaban dos hermanos de Apamea, llamados Tirso y Corimbo, que siempre habian salido vencedores en los torneos; pero ambos cayeron entonces bajo los golpes del hijo de Olivero. El uno fué al suelo del primer bote; el otro cedió á la espada de Grifon. Los espectadores estaban ya unánimes en concederle el premio de la victoria, cuando entró en la liza Salinterno, caballerizo mayor y mariscal de la corte, primer ministro del Rey y además guerrero esforzado. Juzgando vergonzoso que un campeon extranjero consiguiese el galardon ofrecido, cogió una lanza, salió al encuentro de Grifon, y le retó con altaneras amenazas; pero nuestro héroe, por toda contestacion eligió una lanza de entre otras diez que le presentaron, y á fin de no errar el golpe, la dirigió contra el escudo de su contendiente, y atravesándole este, la coraza y el pecho, hizo que penetrara el agudo hierro entre costilla y costilla, subiendo más de un palmo por la espalda. Aplaudió su caida la multitud porque para todos, excepto para el Rey, se habia hecho odioso Salinterno á causa de su avaricia.

Despues de estos, Grifon hizo medir el suelo á Ermofilo y Carmondo, ambos de Damasco: el primero era general de los ejércitos reales; el segundo gran almirante de la Siria: el uno fué lanzado de la silla al primer encuentro, y el otro cayó debajo de su corcel, que no pudo sostener la impetuosa arremetida del valiente Grifon. Quedaba todavia el Señor de Seleucia, el mejor guerrero de los ocho mantenedores, á cuyo arrogante aspecto iba unida la excelencia de sus armas y la bondad de su palafren. Uno y otro procuraron herirse en la visera del almete; pero el golpe de Grifon fué dirigido con más violencia que el del pagano, á quien hizo perder el estribo izquierdo. Ambos arrojaron los trozos de las lanzas y se atacaron con nuevo ardor espada en mano. Grifon fué el primero en asestar con la suya á su adversario un golpe, capaz de partir un yunque, haciendo volar en pedazos el escudo de hierro y hueso que aquel habia elegido entre otros mil; y á no haberle resguardado su fina y bien templada armadura, probablemente le habria atravesado el muslo. Casi al mismo tiempo descargó el Señor de Seleucia una cuchillada sobre el casco de Grifon con tal violencia, que gracias á estar encantado, como sus demás armas, no salió abierto ó roto. El pagano perdia el tiempo inútilmente, porque, á pesar de su vigoroso brazo, no conseguia atravesar aquella durísima armadura, mientras Grifon iba agujereando por muchas partes la del infiel, pues no daba golpe en vago. Todos los circunstantes conocian la ventaja que el guerrero cristiano llevaba sobre el señor de Seleucia, por lo cual estaban convencidos de que si el Rey, haciendo uso de su derecho, no los separaba, moriria el segundo á manos del primero. Norandino ordenó, pues, á su guardia que entrase en el palenque á impedir que continuase tan encarnizada pelea: hízose así, y el público aplaudió la acertada disposicion del monarca.

Los ocho mantenedores, que estaban dispuestos pocos momentos antes á medir sus armas con todos los campeones del mundo, y que, sin embargo, no habian podido resistir á uno solo, fueron saliendo del palenque uno á uno, despues de haber cumplido tan mal con su cometido. Los guerreros que habian acudido á tomar parte en la liza se retiraron tambien al ver que ya no tenian con quien pelear, por haber hecho Grifon solo lo que todos ellos debian hacer contra los ocho. Así es que aquella fiesta duró tan poco que concluyó en menos de una hora; pero Norandino, deseoso de continuarla y aun prolongarla hasta la tarde, salió de su palco, é hizo despejar el palenque; dividió luego en dos secciones su numerosa comitiva, segun el rango y las proezas de los caballeros que la componian, y dió principio á una justa nueva.

Grifon habia vuelto entre tanto á su morada, lleno de cólera y saña, más avergonzado de la afrenta que le hiciera sufrir Martan, que satisfecho del lauro alcanzado con su victoria. El villano Martan, secundado del mejor modo posible por la astuta y engañosa Origila, tenia ya preparadas mil ingeniosas mentiras para disculpar el oprobio que le rodeaba. Diera el jóven ó no crédito á su palabra, es el caso que admitió discretamente aquellas disculpas; pero dispuso por su bien que inmediatamente saliesen de la ciudad con gran sigilo, temiendo que el populacho no pudiera permanecer tranquilo si llegaba á ver á Martan. En su consecuencia, echaron á andar por calles tortuosas y solitarias, y traspusieron en breve las puertas de la ciudad.

Apenas habian andado dos millas, cuando Grifon se detuvo en una posada, bien fuese porque él ó su caballo estuviesen fatigados, ó porque le rindiera el sueño. Quitóse el yelmo y todas sus demás armas; hizo que despojasen á su caballo de la silla y de la brida, y despues se encerró solo en un cuarto, acostándose enteramente desnudo. Apenas reclinó la cabeza en la almohada, cuando se cerraron sus ojos, y le sorprendió el sueño tan profundamente como nunca pueden haber dormido los tejones ni los lirones.

Martan y Origila, retirados á un jardin contiguo, urdieron la trama más original que caber pueda en cabeza humana. Determinó el primero apoderarse del corcel y de las armas y vestiduras que se habia quitado Grifon, y regresar á Damasco para presentarse á Norandino; fingiendo ser el caballero que habia dado tantas pruebas de valor en las justas. Al proyecto siguió la ejecucion, y poniéndose la armadura, la sobrevesta, la cimera, el escudo y todas las prendas de Grifon, montó en su caballo mas blanco que la leche. Poco despues se presentó en la plaza, donde aun se hallaba reunido el pueblo, seguido de Origila y de varios escuderos, y llegó en el momento en que concluian los simulacros á espada y lanza. El Rey habia ordenado que se buscara al caballero de las blancas plumas, de blancas vestiduras y caballo blanco, deseoso de saber el nombre del vencedor. Aquel infame, que cual el asno de la fábula disfrazado con la piel del leon, se ocultaba bajo un arnés que no era el suyo, no bien supo, como esperaba, que llamaban al vencedor, se presentó á Norandino, suplantando á Grifon. El bondadoso Rey se levantó apenas le vió ante sí, le besó, le estrechó entre sus brazos, y lo colocó á su lado: no pareciéndole suficientes sus alabanzas particulares, y queriendo que su valor llegase á noticia de todos, le hizo proclamar, al sonido de los clarines, como el vencedor del torneo de aquel dia. El nombre indigno de Martan, pronunciado en alta voz, recorrió velozmente todos los ámbitos de la plaza. Norandino quiso que fuera cabalgando á su lado en el tránsito al palacio, y le agasajó tanto y de tan diferentes modos, que tal vez hubiera prodigado menos honores al mismo Hércules ó á Marte. Designóle un magnífico y suntuoso aposento en su regio alcázar, y al mismo tiempo hizo prodigar grandes honores á Origila, á cuyo servicio puso los más nobles caballeros y donceles de su servidumbre.

Mas tiempo es ya de que volvamos al confiado Grifon, que léjos de sospechar el menor engaño por parte de sus compañeros ni de otro cualquiera, se habia dormido, y no despertó hasta la tarde. Así que se hubo levantado y conoció que el Sol iba á terminar su carrera, pasó presuroso de su cuarto al en que habia dejado á su falso cuñado con la artera Origila; pero como no los encontrara en él y observara que no estaban allí sus ropas ni sus armas, concibió algunas sospechas, que se confirmaron al ver las de Martan en vez de sus vestiduras. Interrogado el huésped por Grifon, le manifestó que hacia ya rato que el caballero de las blancas armas habia regresado á la ciudad en compañía de la dama y de sus escuderos. Poco á poco fué cayendo el velo que Amor habia corrido hasta aquel dia sobre sus ojos, y se convenció, con gran dolor, de que Martan era, no el hermano de Origila, sino su adúltero amante. Entonces empezó á lamentarse, aunque en vano, de su insensatez, y de que, habiendo sabido la verdad por boca del peregrino, fué tan necio que dió crédito á las palabras de la que tantas veces le habia engañado.

Cuando habia podido vengarse, no supo aprovechar la oportunidad: pero á la sazon se decidió á castigar á su fugitivo rival, aun cuando para ello se vió obligado, por su mal, á hacer uso de las armas y del caballo de aquel infame. Mejor hubiera hecho en marchar desnudo que en vestirse la indigna coraza, embrazar el abominable escudo y poner en el yelmo la enseña escarnecida de Martan; pero el rabioso deseo que sentia de perseguir á la meretriz y á su cómplice, no le dió lugar á reflexionar.

Llegó á las puertas de Damasco cuando apenas quedaba una hora de dia. No léjos de la puerta hácia la que se adelantaba Grifon, elevábase á la izquierda un espléndido castillo, más adornado, bello y cómodo que fuerte y á propósito para la guerra. El Rey, los señores y los principales caballeros de la Siria, en compañía de hermosas y elevadas damas, celebraban en aquella agradable morada un suntuoso y placentero festin. Los balcones de la estancia donde este tenia efecto dominaban las murallas, y desde ellos se descubrian extensas campiñas y los diferentes caminos que conducian á la ciudad; por lo cual, tanto el Rey como toda la corte vieron á Grifon por desgracia suya, cuando llegó cerca de la puerta, cubierto con aquellas armas vilipendiadas y escarnecidas; y tomándole todos por el cobarde caballero á quien estas pertenecian, prorrumpieron en burlonas carcajadas.

Martan estaba sentado á la derecha del Rey, distincion que el monarca le concedió en prueba de su aprecio, y á su lado su digna querida. Norandino les preguntó con semblante risueño el nombre de aquel cobarde, tan poco celoso de su honra, que se atrevia á presentarse con tal altivez, despues de haber dado tristes y vergonzosas pruebas de su falta de valor.

—No puedo explicarme, añadió el monarca, cómo siendo vos un guerrero tan digno y esclarecido, tengais por compañero al hombre mas villano de todo el Oriente. ¿Lo habeis traido acaso para que brille más vuestro valor al compararlo con el suyo? Os juro, sin embargo, por los eternos Dioses, que si no fuera por consideracion á vos, le castigaria tan ignominiosamente como suelo castigar á los que se le parecen, y le haria conservar un recuerdo indeleble de lo mucho que aborrezco á los cobardes; pero sepa que si se va impune, debe agradecerlo á vos y solo á vos, en cuya compañía ha venido.

Martan, que siempre fué el receptáculo de todos los vicios, le contestó:

—Alto y esclarecido Señor; no podré deciros quién sea ese caballero, á quien encontré casualmente en el camino de Antioquía. Por su talante me pareció digno de mi compañía, pues no habia tenido noticia ni presenciado hasta ahora más hazaña suya que la proeza, bien triste por cierto, que ha llevado hoy á cabo; la cual me desagradó tanto, que me faltó poco para castigar su extraordinaria bajeza, poniéndole en estado de no volver á manejar lanza ni espada; y si algo me contuvo, fué tan solo el respeto al sitio en que me hallaba y el que debia á Vuestra Majestad. Pero como no pretendo que le sirva de mérito la circunstancia de haber sido mi compañero por uno ó dos dias, con la que me considero deshonrado, confieso que me pesaria eternamente verle partir ileso de entre nosotros, con mengua de la noble profesion de las armas: así es que la mayor satisfaccion que podreis darme será la de mandarle colgar de una almena, en vez de dejarle marchar libremente, cuyo castigo digno y saludable servirá de escarmiento y ejemplo á los cobardes como él.

Origila se apresuró á apoyar sin ningun género de vacilacion las palabras de Martan; pero el Rey contestó:

—En mi concepto, no es su conducta tan punible, que merezca por ella perder la vida. Así, pues, en castigo de su grave falta, solo quiero proporcionar una nueva diversion al pueblo.

Y llamando á uno de sus caballeros, le mandó ejecutar lo que habia resuelto.

El caballero comisionado escogió algunos soldados, y se dirigió con ellos á la puerta de la ciudad, donde los apostó sigilosamente esperando la llegada de Grifon; y apenas se presentó este, cuando se echaron sobre él tan de improviso, que le cogieron á mansalva entre los dos puentes, y con befa y escarnio le encerraron en un oscuro calabozo, en el que pasó toda la noche.

Apenas el Sol habia desplegado su dorada cabellera fuera del seno de la antigua madre, y empezaba á expulsar las sombras de las playas y á iluminar las cumbres de los montes, cuando temeroso Martan de que el audaz Grifon hiciese oir la verdad y recaer la culpa en quien la tenia, pidió licencia al Rey para alejarse, y emprendió su marcha, dando por pretexto razonable la repugnancia á presenciar el castigo preparado. El bondadoso Norandino le habia dado ricos presentes además del premio del torneo, y especialmente un escrito en que se le concedian los mayores honores y privilegios. Dejémosle marchar; que yo os prometo que no tardará en alcanzar la recompensa de sus infamias.

Grifon fué sacado á la vergüenza hasta la plaza, cuando más llena estaba de gente. Despues de quitarle el yelmo y la coraza, le habian vestido para mayor ignominia un justillo ridículo; y como si le condujeran á la picota, le colocaron en una gran carreta, arrastrada con paso lento por dos vacas hambrientas y estenuadas. En derredor de tan innoble carro se amontonaban hediondas viejas y descaradas prostitutas, que dirigian alternativamente su marcha, prodigando á Grifon las más mordaces injurias. Mayor era el aprieto en que le ponian los muchachos; porque, además de dirigirle espresiones denigrantes, le habrian muerto á pedradas, si algunas personas más sensatas no lo hubiesen impedido. Las armas que fueron causa de su mal, por haber dado lugar á que se le equivocara con Martan, iban atadas á la zaga de la carreta, y arrastrando por el suelo, sufrian por el lodo el suplicio merecido.

Detúvose la carreta delante de una especie de tribunal, donde oyó Grifon la ignominiosa sentencia que se le aplicaba por culpas ajenas, y despues que le fué leida en particular, la publicó un pregonero con desaforados gritos. Desde allí le fueron exponiendo á la curiosidad del pueblo delante de todos los templos, de los edificios públicos y de las principales casas, donde no quedó epíteto denigrante, vergonzoso y soez que no se le dirigiese. Por último, las turbas le condujeron fuera de la ciudad, creyendo que sus dicterios y sus rechiflas bastarian para que no tuviera ganas de volver jamás á ella; pero mal conocian con quien tenian que habérselas, porque así que le desligaron los piés y se vió en libertad entrambas manos, se apoderó Grifon del escudo y de la espada que iban arrastrando por el suelo, y como aquel grosero populacho estaba completamente desarmado... Pero aplazaré lo que siguió para el otro canto; pues ya es tiempo, Señor, de terminar este.