CANTO XVIII.
Grifon venga su afrenta.—El Rey de Argel va en busca de Mandricardo.—Cárlos vuelve á combatir y vence.—-Martan es castigado por su cobardía.—Marfisa vence á las gentes de Norandino: despues pasa á Francia con Grifon y otros guerreros; durante su navegacion sobreviene una tempestad.—Cloridano y el leal y apuesto Medoro encuentran el cadáver de su rey Dardinelo.
Magnánimo señor: con razon sobrada he alabado y alabo todas vuestras acciones; si bien mi estilo áspero, rudo y poco á propósito les arrebata gran parte de su gloria. Entre todas las virtudes que os adornan hay, sin embargo, una, que aplaudo en particular con el corazon y con los labios: esta consiste en que si á todos prestais benévola atencion escuchando sus palabras, ninguno puede engañaros fácilmente. Con frecuencia os he oido alegar una y más escusas en defensa de una persona ausente á quien se haya vituperado en vuestra presencia, ú os he visto suspender el juicio que sobre ella deberiais haber formado hasta que pudiera sincerarse por sí misma. Por eso antes de pronunciar vuestro fallo habeis querido ver frente á frente al acusado, escuchar las razones que alega en su defensa, y hasta aplazar por meses y años la sentencia antes que dictarla con perjuicio de otros.
Si Norandino obrara con igual mesura, no habria tratado á Grifon como lo hizo; por lo cual, mientras vuestra prudencia esquisita os ha grangeado una fama tan justa como imperecedera, él denigró extraordinariamente la suya. La impremeditacion de Norandino fué causa de la matanza que se siguió á la afrenta hecha á Grifon; pues este guerrero, en menos de diez tajos y otras tantas estocadas que descargó lleno de cólera, derribó treinta víctimas en derredor del carro. Asustado el populacho empezó á dispersarse, huyendo por los caminos. Muchos de los fugitivos procuraron penetrar en la ciudad, cayendo en su precipitacion unos sobre otros. Grifon, sin prorumpir en una amenaza, sin decir una sola palabra, acuchillaba á las turbas inermes, y olvidando toda compasion, tomaba una venganza sangrienta de su insulto.
Una parte de los que consiguieron llegar á la puerta, merced á la celeridad de sus piernas, levantaron de improviso el puente levadizo, más atentos á su propia seguridad que á la de todos; los restantes, pálidos y llorosos, continuaron huyendo sin atreverse siquiera á volver atrás el rostro, haciendo resonar por todas partes sus lamentos, y produciendo un ruido y un tumulto espantosos. En el momento en que alzaron el puente, alcanzó Grifon á dos de los que por su desgracia quedaron fuera de él: al uno le estrelló contra una dura piedra la cabeza, cuyos sesos se desparramaron por el campo; cogió al otro por la cintura, y lo arrojó por encima de los muros al interior de la ciudad. Cuando los habitantes de Damasco vieron aquel hombre que caia del cielo, sintieron circular por sus huesos el frio de la muerte, por creer que el terrible Grifon habia atravesado de un salto las murallas. Un asalto que hubiese dado á Damasco el Soldan de Egipto no produciria seguramente mayor confusion. El choque de las armas, las corridas de las personas, los gritos penetrantes y los sonidos mezclados de clarines y atabales llenaban el espacio y repercutian hasta en los cielos. Pero me parece conveniente dejar para otra ocasion el término de esta aventura, y pasaré á ocuparme del buen rey Cárlos, á quien dejé acometiendo á Rodomonte, que exterminaba á sus gentes.
Dije que el Rey iba acompañado del gran Danés, Namo, Olivero, Avino, Avolio, Oton y Berlingiero. Ocho botes de lanza, dirigidos por estos ocho guerreros con toda su fuerza, se embotaron en la escamosa coraza que defendia el pecho del cruel mahometano: Rodomonte se irguió rápidamente despues de haber sostenido aquel choque, capaz de arrancar un monte de su base, cual se eleva un buque cuando el nauta le va orzando lentamente ante la impetuosidad del viento. Formando un círculo en torno del arrogante sarraceno estaban Guido, Raniero, Ricardo, Salamon, el traidor Ganelon, el leal Turpin, Angioliero, Angiolino, Hugo, Ivan, Marco y Mateo del llano de San Miguel, los ocho de que antes hice mencion, y Arimano y Odoardo de Inglaterra, que habian entrado en la ciudad poco antes. No se estremecen tanto los elevados muros de la sólida fortaleza fundada sobre los peñascos de los Alpes, cuando la furia del Boreas ó del Garbino[118] arranca los fresnos y los abetos de las montañas, como se estremeció de cólera y de orgullo el Sarraceno, ébrio de furor y sediento de sangre: tan rápidas como el rayo y la saeta fueron su ira y su venganza.
Descargó una cuchillada sobre el que tenia más cerca, que fué el desgraciado Hugo de Dordoña, y lo derribó con la cabeza hendida hasta los dientes, á pesar del buen temple de su yelmo. A su vez recibió Rodomonte un diluvio de golpes en todo el cuerpo, pero producian el mismo efecto que el que produce una aguja en un yunque: tan impenetrables eran las escamas de su coraza. En breve quedaron desamparados todos los reductos y la ciudad entera; porque los soldados se dirigieron en tropel á la plaza, donde era más necesario su esfuerzo para acudir en auxilio de Cárlos. Aquellos hombres que poco antes huian despavoridos, corrian ahora por todas las calles hácia la plaza; pues la presencia del Rey les infundia tal ánimo, que cada cual sentia renacer su valor, y empuñaba con nuevo ardor las armas.
Cuando en algunas ocasiones, por ofrecer una diversion al pueblo, suele encerrarse un indómito toro en la reforzada jaula de una leona acostumbrada á reñir, los cachorros de esta, al ver agitarse al toro con la cabeza erguida y mugiendo, y asustados por las prolongadas astas, se recogen á un lado tímidos y confusos; pero si su fiera madre se lanza sobre su adversario y le clava en las orejas los afilados dientes, quieren á su vez hacer correr la sangre y acuden atrevidos en socorro de la leona, mordiendo al toro, unos en el lomo, y otros en el vientre. Imitando á los cachorros de la leona, empezaron á descargar los parisienses sobre el pagano una verdadera y espesa lluvia de proyectiles, dirigidos desde las azoteas, desde las ventanas y aun desde más cerca. Apenas cabian en la plaza los infantes y ginetes que en ella se aglomeraron; las turbas que acudian por todas partes parecian enjambres de abejas; y eran tan numerosas, que aun cuando, por estar desarmadas y casi desnudas, seria más fácil acuchillarlas que tronchar una col, no habria podido Rodomonte exterminarlas en veinte dias aunque formaran un solo grupo.
El pagano empezaba á arrepentirse de su temeridad, por no saber cómo salir de aquel apuro. A pesar de que enrojecia el suelo la sangre de más de mil enemigos, no se notaba disminucion en estos; abrumábale el cansancio y respiraba ya difícilmente; por lo cual comprendió al fin, que si no se apresuraba á escapar mientras conservaba algun vigor y permanecia ileso, podria sucederle muy bien que cuando quisiera huir ya no le fuese posible. Dirigió en su derredor horribles miradas, y observó que por todas partes tenia cerrada la salida; pero se decidió á abrirse camino por entre los cadáveres de sus adversarios; y esgrimiendo con furia su tajante espada, acometió aquel impío á la hueste británica, que acababa de llegar al mando de Odoardo y Arimano. El que haya visto la terrible dispersion que causa el embravecido toro, acosado en la plaza por los perros, y estimulado ó herido todo el dia por la apiñada muchedumbre que se agita en torno de las barreras, cuando rompiendo la valla, acomete furioso á la aterrada turba, y engancha á unos y otros con sus cuernos, puede pensar que el aspecto del cruel africano cuando acometió á sus enemigos, fué semejante al de la fiera, ó más terrible. Cortó de través por medio del cuerpo á quince ó veinte; hizo volar las cabezas de otros tantos, sin emplear para cada uno más que un solo golpe, bien ó mal dirigido: no parecia sino que estuviese podando vides ó ramas de árboles. Por último, dejando á su paso cabezas hendidas, brazos cortados, y hombros piernas y otros miembros esparcidos por el suelo, consiguió abrirse un camino para escapar.
Su retirada, empero, no podia calificarse de fuga; pues conservando su valor, y sin dar la menor muestra de espanto, se puso á considerar cuál seria el camino más seguro para salir de la ciudad. Llegó al fin al sitio por donde el Sena se desliza junto á la isla interior y sale de la poblacion por debajo de las murallas. Cual generoso leon que, perseguido al través de los bosques númidas ó masilios, se muestra arrogante y valeroso en su fuga, y se interna en la selva pausado y amenazador, así Rodomonte, siempre altivo, animoso siempre, atravesó por entre un bosque terrible de lanzas, espadas y venablos, y con lento y seguro paso, aproximóse al rio y se tiró á él. Era tanto, sin embargo, lo que le excitaba su saña, que á pesar de encontrarse fuera del alcance de sus enemigos, volvió varias veces á atacarlos y á teñir en sangre su espada, haciendo morder el polvo á un centenar de ellos; pero al fin la razon venció á la cólera; suspendió aquella carnicería cuyo olor llegaba hasta el cielo; y se arrojó al agua, librándose así de tanto peligro, y nadando completamente armado, como si estuviese provisto de aletas.
¡Oh África! Por más que te envanezcas de haber sido cuna de Anteo y de Anibal, no ha visto en tu seno la luz ningun guerrero que á Rodomonte pueda compararse! Apenas llegó á la orilla opuesta, se arrepintió de dejar á sus espaldas aquella ciudad, que recorriera en toda su extension, sin incendiarla ó destruirla por completo; y sentíase tan inflamado por la soberbia y la ira, que estuvo á punto de penetrar nuevamente en su recinto, y por largo rato la contempló gimiendo y suspirando, sin poder decidirse á abandonarla hasta arrasarla enteramente; pero, en medio de su insensato furor, vió venir por la orilla del rio á quien logró extinguir el odio y paralizar la ira. Pronto os diré quién era este, pero antes he de tratar de otro asunto.
Debo ocuparme de la altanera Discordia, á quien el arcángel Miguel habia dado el encargo de suscitar querellas y combates entre los guerreros más valientes que rodeaban á Agramante. La Discordia se separó de los frailes aquella misma tarde, despues de haber recomendado al Fraude que ocupara su puesto en el convento, y que procurara mantener vivos el desórden y la desunion entre los monges hasta su regreso. Considerando que la compañía de la Soberbia seria de mucha utilidad para su empresa, le dijo que la siguiera, pues como habitaban juntas en el mismo monasterio, no tuvo que andar mucho para buscarla. La Soberbia consintió en ello, pero no se alejó sin dejar quien la sustituyese en el convento; y como supuso que su ausencia duraria pocos dias, eligió á la Hipocresia por su lugarteniente.
Pusiéronse, pues, en marcha la implacable Discordia y la Soberbia, y en el camino encontraron á los afligidos y desconsolados Celos, que, como ellas, se dirigian al campo sarraceno, acompañados de un diminuto enano, enviado por la bella Doralicia para que refiriera al rey de Sarza su aventura. Cuando Doralicia cayó en poder de Mandricardo, segun os he referido en otro lugar, encargó sigilosamente al enano que fuese á dar la noticia de su rapto á aquel rey, esperando que no llegaria á sus oidos en vano, y que pronto daria nuevas y admirables pruebas de su pujanza, rescatándola de las manos del ladron que de tal modo la habia arrebatado y vengándose cruelmente de él. Los Celos encontraron al enano, y una vez conocido el motivo de su viaje, se pusieron á caminar á su lado, suponiendo que tendrian que intervenir para algo en aquella cuestion. Muy grato le fué á la Discordia su encuentro con los Celos; pero mucho más cuando supo la causa de su ida al campo mahometano; pues su auxilio le podria servir de mucho para el logro de sus planes. Teniendo ya un excelente medio para enemistar al hijo del rey Agrican con Rodomonte, solo le faltaba encontrar otro para desunir á los demás jefes.
Encamináronse con el enano al sitio donde la garra del terrible pagano se habia clavado en París, y llegaron á la orilla del rio en el momento en que Rodomonte salia de él á nado. En cuanto conoció el sarraceno al mensajero de su amada, dominó su cólera, serenó su frente y se sintió inflamado de nuevo valor, esperando oir alguna noticia agradable; pues estaba muy léjos de sospechar el ultraje que se le habia inferido. Adelantóse al encuentro del enano y le preguntó alegremente:
—¿Qué nuevas me traes de nuestra Doralicia? ¿Dónde te envia?
El enano respondió:
—No puede llamarse tuya ni mia la dama que de otro es sierva. Ayer encontramos en el camino á un caballero, que nos la arrebató y se la llevó consigo.
Apenas profirió el enano estas palabras, se adelantaron los Celos, frios cual la serpiente, y se abrazaron al infiel. El enano continuó su narracion, y refirió cómo un solo caballero se habia apoderado de la doncella, exterminando á cuantos la custodiaban. La Discordia cogió entonces el pedernal y el eslabon, sacó algunas chispas, y aplicando la yesca encendida á la Soberbia, produjo en un momento un fuego abrasador, con el que incendió de tal modo el corazon de Rodomonte, que estuvo á punto de consumirle. El sarraceno rugió de cólera, y con rostro descompuesto y horrible prorumpió en amenazas contra el cielo y los elementos. Como la tigre que al descender desde la montaña á su vacia guarida, empieza á registrarla por todas partes, y comprendiendo al fin que le han sido arrebatados sus hijuelos, se siente acometida de tal furor, tanta rabia y frenesí tan grande, que no la detienen los montes, los rios, ni las tinieblas de la noche, y ni el cansancio, ni el granizo son bastantes á refrenar el odio que la lleva en pos del cazador, así tambien Rodomonte, poseido de frenética ira, se volvió hácia el enano, y diciéndole: «Sígueme», echó á andar sin añadir una sola palabra y sin esperar á proporcionarse un corcel ó un carro. Caminaba con más velocidad que el lagarto cuando atraviesa un camino abrasado por los rayos del Sol. Como carecia, de caballo, se propuso apoderarse del primero que encontrara, de quien quiera que fuese. No bien hubo adivinado la Discordia este pensamiento, cuando miró sonriéndose á la Soberbia, y le dijo que queria ir á buscar un corcel que fuese causa de nuevas querellas y nuevas contiendas para el sarraceno, así como despejar todo el camino, á fin de que no se presentara en él más caballo que el que ella designara; pues ya habia calculado dónde encontrarlo. Pero dejemos á Rodomonte y volvamos á Cárlos.
Despues de la retirada del sarraceno, consiguió Carlomagno dominar el incendio que por todas partes le rodeaba, y en seguida reorganizó sus soldados, colocando guardias en los sitios que ofrecian más débil resistencia. Lanzó los restantes sobre los sarracenos, decidido á terminar de una vez la pelea, y dispuso una salida simultánea por todas las puertas, desde la de San German hasta la de San Víctor, con órden de dirigirse todos al fronte de la puerta de San Marcelo, donde habia una extensa llanura, y de que estas distintas divisiones se esperasen unas á otras, hasta formar un solo cuerpo. En seguida, animando con la voz á sus guerreros y excitándoles á que dieran pruebas tales de su bravura, que se conservara eterno recuerdo de ellas, hizo que los diferentes escuadrones emprendieran la marcha, dando la señal del ataque.
Entre tanto, el rey Agramante habia vuelto á montar á caballo, no obstante los esfuerzos de los cristianos para impedirlo, y trabó un terrible y descomunal combate con el amante de Isabel. Lurcanio, por su parte, cambiaba furiosos golpes con el rey Sobrino; y Reinaldo acometia intrépidamente á un escuadron entero, al que arrollaba, destrozaba y ponia en fuga, ayudado por la fortuna tanto como por su valor. En tal estado se hallaba la batalla, cuando el Emperador atacó la retaguardia de los moros por el sitio en que ondeaba la enseña del rey Marsilio, en torno de la cual se hallaba reunido lo más escogido de los guerreros españoles. Con la infanteria en el centro, y en los flancos la caballeria, dió Cárlos la señal de ataque á sus animosos soldados, acompañado de un horrísono estruendo de clarines y tambores que hasta el cielo retumbaba. Las huestes sarracenas empezaron á batirse en retirada, y hubieran emprendido la huida destrozadas, diseminadas y deshechas, para no volver á reunirse más, si no se hubiesen presentado el rey Grandonio y Falsiron, que más de una vez se habian visto en mayores apuros, acompañados de Balugante, del feroz Serpentin y de Ferragús, que decia á sus soldados con voz estentórea:
—Valerosos guerreros, compañeros, hermanos mios: manteneos firmes, y los enemigos verterán toda su sangre, como no faltemos á nuestro deber. ¡Pensad en la gloria, en el botin inmenso que la fortuna nos depara hoy, si somos vencedores! ¡Pensad tambien en la vergüenza y en la desgracia que nos afligirá eternamente si salimos vencidos!
Diciendo esto, cogió una lanza enorme y cayó sobre Berlingiero, que se estaba batiendo con Argalifa, y ya le habia hecho pedazos el casco: derribóle en tierra, y desnudando la espada, hizo caer otros ocho en su derredor. Cada uno de sus golpes arrojaba de la silla por lo menos á un enemigo. En otra parte, Reinaldo hacia tal matanza de paganos, que me seria imposible calcular su número: donde él se hallaba, no lograban rehacerse sus contrarios, que le hacian ancha plaza. Zerbino y Lurcanio peleaban con iguales brios, distinguiéndose de modo que su nombre circulaba de boca en boca por el campo de batalla: este habia muerto de una estocada á Balastro, jefe de las tropas de Alzerbe, mandadas poco tiempo antes por Tardoco; aquel habia hendido el yelmo de Finaduro, que iba al frente de los soldados de Zamor, Saffi y Marruecos. Pero podrá decírseme: ¿no existia, por ventura, entre los africanos un solo caballero que supiera manejar la lanza ó la espada? Paciencia, que á ninguno privaré de la gloria que haya adquirido.
No dejaré sepultado en el olvido al rey de Zumara, el noble Dardinelo, hijo de Almonte, que derribó con su lanza á Huberto de Milford, Claudio del Bosco, Elio y Dulfin del Monte, y con la espada á Anselmo de Strattford y á Raimundo y Pinamonte de Lóndres, y eso que eran de los más vigorosos. Dos de ellos quedaron sin sentido, uno herido y muertos los cuatro restantes. Mas, á pesar del brillante valor de que daba pruebas, no pudo conseguir que sus soldados resistieran al ímpetu de los nuestros, menos numerosos en verdad, pero tambien más valientes, más expertos en el manejo de las armas y mucho mejor disciplinados y equipados: así es que los moros de Zumara, de Ceuta, de Marruecos y de Canarias emprendieron la fuga, y en especial los de Alzerbe, á quienes se opuso el noble jóven, procurando reanimarlos, ya con sus ruegos, ya con palabras duras.
—Ahora veremos si Almonte mereció que respetárais su memoria, les dijo; ahora veré tambien si sois capaces de abandonarme á mí, á su hijo, en medio de tan gran peligro. Deteneos; os lo ruego en nombre de mi juvenil edad, en la que habeis fundado toda vuestra esperanza. ¿Preferireis acaso morir sin defenderos, y que no vuelva ni uno solo de nosotros al África? Si no permanecemos estrechamente unidos, todos los caminos se nos cerrarán; porque al regresar separados, tropezaremos con las montañas, que cual elevados muros nos rodean, y con el proceloso mar, que es un foso demasiado ancho. Mucho mejor es perecer aquí, que entregarse á merced de esos perros. Por Dios, amigos mios, conservad vuestro ánimo; porque cualquiera otra determinacion es inútil, y debeis además considerar que nuestros enemigos no tienen más alma, más vida, ni más brazos que nosotros.
Diciendo estas palabras, el vigoroso jóven acometió al conde de Athol y le dió la muerte.
El recuerdo de Almonte reanimó de tal modo el valor del ejército africano, antes fugitivo, que juzgó mejor defenderse á todo trance, que volver las espaldas. Guillermo de Burnick sobresalia entre todos los guerreros ingleses de toda la altura de su cabeza: le atacó Dardinelo y se la cortó de un solo tajo, igualando así su estatura á la de los otros. Despues hizo lo mismo con Aramon de Cornouailles, cuyo hermano corrió á prestarle auxilio; pero Dardinelo le hendió desde los hombros hasta donde termina el estómago: en seguida atravesó el vientre á Bogio de Vergalle, dispensándole con esto de cumplir la promesa que á su esposa habia hecho de regresar á su lado vencedor al cabo de seis meses. El gallardo Dardinelo divisó no muy léjos á Lurcanio, que habia tendido á sus piés á Dorquin con la garganta atravesada, y á Gardo con la cabeza hendida hasta los dientes, y acababa de inmolar á Alteo, que quiso huir, pero lo hizo con demasiada lentitud, pues alcanzándole el guerrero escocés, le asestó un golpe en la nuca que le causó la muerte. Al ver el africano tendido á Alteo, á quien amaba tanto como á si propio, cogió una lanza y corrió á vengarle, ofreciendo á Mahoma (dado caso de que le pudiera oir), que si lograba vencer á Lurcanio, colgaria como ofrenda su armadura en la mezquita del falso profeta. Atravesando como un relámpago el espacio que del cristiano le separaba, le dió en un costado tan violento bote de lanza, que le pasó de parte á parte, mandando á sus soldados que le despojaran de sus armas.
Juzgo inútil describir el dolor que sintió Ariodante por la pérdida de su hermano, así como manifestar los deseos que tuvo de enviar por su propia mano el alma de Dardinelo á los infiernos. Pero la apiñada multitud de moros y cristianos no le dejó el paso franco. Anhelaba una pronta venganza, y para satisfacerla procuraba abrirse un camino sangriento con la espada. En su furor arrollaba, aterrorizaba, ponia en fuga, heria ó exterminaba á cuantos salian á su encuentro ó le hacian frente. Dardinelo, conociendo los deseos de Ariodante, se esforzaba por su parte en allanarle el camino para realizarlos, aunque en vano, porque tambien se lo impedia la muchedumbre que tenia delante y que esterilizaba todos sus esfuerzos. Si el uno causaba una espantosa mortandad en los moros, el otro le imitaba, haciendo exhalar el último aliento á un sinnúmero de escoceses, de ingleses y franceses. La Fortuna interceptó de tal modo su camino, que no lograron encontrarse frente á frente en todo el dia: reservaba á Dardinelo un adversario más famoso, pues el hombre rara vez, consigue burlar su estrella. Reinaldo se dirigia hácia aquel lado, á fin de que la aglomeracion de los guerreros no sirviese de defensa á la vida de uno de sus enemigos. Reinaldo se acercaba, guiado por la Fortuna, que queria proporcionarle la gloria, de arrancar la existencia á Dardinelo.
Pero baste por ahora con lo dicho acerca de las ínclitas proezas que se llevaban á cabo en Occidente. Tiempo es ya de volver á Grifon, á quien dejé lleno de ira y despecho, haciendo huir á aquella despavorida multitud con un miedo cual nunca lo hablan conocido los fugitivos. Admirado Norandino de aquel tumulto, corrió á informarse por sí mismo de la causa que lo motivaba, seguido de más de mil guerreros armados. Al ver el Rey huir á todo el pueblo, se adelantó con sus tropas hácia la puerta, é hizo que la abrieran inmediatamente. Habiendo ahuyentado Grifon entre tanto á aquella turba soez y cobarde, se cubrió de nuevo con la despreciada armadura de Martan, presumiendo que tendria necesidad de emplearla en su defensa; y retirándose á un templo próximo, rodeado de sólidas paredes y de un foso profundo, se hizo fuerte á la cabeza de un puente que le daba acceso, á fin de que sus enemigos no pudieran cogerle en medio. Salió de pronto por la puerta de la ciudad un numeroso escuadron de soldados, prorumpiendo en gritos y amenazas, que ni le hicieron variar de posicion, ni sentir el menor espanto. Cuando aquella hueste estuvo cerca de él, salió á su encuentro hasta la mitad del camino, y despues de haber hecho en ella una espantosa carnicería empuñando la espada con ambas manos, se refugió en el estrecho puentecillo, y desde allí continuó teniendo á raya á sus agresores, ya acometiendo á su vez, ya retirándose, pero dejando siempre sangrientas huellas de su paso. Caian sin cesar infantes y ginetes al impulso de sus descomunales cuchilladas; á pesar de lo cual, aquella lucha iba haciéndose cada vez más encarnizada y peligrosa; porque el pueblo entero acudia contra él, en términos de que Grifon temió al fin sucumbir, agobiado por la multitud que le estrechaba de cerca, y además por estar herido en el hombro y en el muslo izquierdo y sentir que le iba faltando el aliento. Pero la Virtud, protectora de los valientes, le hizo encontrar gracia para con Norandino; mientras este rey acudia á informarse de la causa del tumulto, tuvo ocasion de ver á tantos vasallos suyos muertos ó cubiertos de heridas, que parecian hechas por la mano de Héctor[119], como testimonio fehaciente de la injusticia con que poco antes habia infligido un castigo afrentoso á un caballero intachable. Cuando poco despues se aproximó á Grifon, y pudo contemplar de cerca al guerrero que estaba exterminando á sus gentes y tenia ante sí un horrible monton de cadáveres, cuya sangre enrojecia el agua de aquel foso, creyó ver al mismo Horacio defendiendo el puente contra la Toscana entera[120].
Anhelando salvar la vida de tan esforzado campeon, y reparar su anterior injusticia, que no podia menos de redundar en su descrédito, hizo que se retiraran sus gentes, lo que en honor de la verdad, no le costó gran trabajo, y elevando la mano desnuda y sin armas, ademan usado antiguamente en señal de tregua ó de paz, gritó á Grifon:
—Confieso que estoy arrepentido y que me pesa en el alma la falta que he cometido contigo; pero mi poca reflexion por una parte, y por otra, las instigaciones de algunas personas, me han obligado á incurrir en tan grave error. He hecho sufrir al caballero más digno del mundo lo que creia dirigido al más villano; y aun cuando el honor que te dispenso al hablarte de este modo iguala y disminuye, ó mejor aun, supera á la injuria y á la afrenta que se te ha hecho hoy por ignorancia, estoy dispuesto á darte la mayor satisfaccion que me sugiera mi mente ó que sea digna de mi poder, y ojalá pudiera consistir en oro, en castillos ó en ciudades. Pídeme, si así te parece, la mitad de mis estados: pronto estoy á cedértelos; pues tu preclaro valor no solo te hace merecedor de este donativo, sino tambien dueño de mi corazon: y en prueba de ello, hé aquí mi mano; estréchala, en señal de fé y amistad eterna.
Así diciendo, se apeó del caballo y tendió á Grifon su diestra.
El jóven guerrero, conmovido ante la bondad de Norandino, que se adelantaba hácia él con los brazos abiertos, olvidó su saña, arrojó la espada, y le abrazó humildemente las rodillas. Observando el Monarca que de las dos heridas de Grifon brotaba copiosa sangre, mandó inmediatamente que la restañaran, y despues le hizo llevar á la ciudad, alojándole en su real palacio, donde pasó algunos dias sin poderse armar, curándose de sus heridas.
Pero dejémosle en Damasco, y acudamos á Palestina al encuentro de su hermano Aquilante y de Astolfo. Desde que Grifon se alejó de los santos muros de Jerusalen, no cesaron los dos caballeros de buscarle por todos los sitios de aquella ciudad dignos de veneracion, recorriendo tambien todos los alrededores, sin que uno ni otro consiguieran averiguar su paradero. Iban perdiendo ya la esperanza de lograr su objeto, cuando tropezaron casualmente con el peregrino griego de que en otro lugar he hablado, el cual, conversando con ellos, les manifestó que Origila habia emprendido el camino de Antioquía de Siria en compañía de un nuevo amante, hijo de aquella ciudad, del que se habia prendado repentinamente. Aquilante le preguntó si habia participado tal noticia á Grifon; y oida la contestacion afirmativa del peregrino, dedujeron desde luego la causa de la ausencia de aquel; la cual no podia ser otra sino el deseo de ir á Antioquía en busca de Origila con intencion de arrancarla de las manos de su rival y tomar de él grande y memorable venganza.
Aquilante no podia tolerar que su hermano hubiese acometido semejante aventura sin ir en su compañía: así es que apercibió sus armas, y marchó en su seguimiento, rogando antes á Astolfo que demorase su regreso á Francia y al hogar paterno hasta que él volviese de Antioquía. Pareciéndole más rápido y mejor el viaje por mar, bajó hasta Jaffa, donde se embarcó. Tuvo durante la navegacion un viento del Mediodia tan fuerte y al mismo tiempo tan favorable á sus deseos, que al dia siguiente divisó las costas de Sour[121] y las de Sakfet, unas tras otras; pasó despues por Beyruth y Dgebileh, dejando á su izquierda la isla de Chipre, y dirigió la proa hácia el golfo de Layax, costeando las playas de Tortosa de Trípoli y Lizza. El piloto hizo virar la nave, airosa y veloz, en direccion del Oriente, y encaminó su rumbo en demanda del Oronte[122], por cuya embocadura entró bien pronto. Una vez allí, Aquilante hizo echar el puente, saltó en tierra, y montado en su brioso corcel, marchó por la orilla del rio hasta llegar á las puertas de Antioquía.
En aquella ciudad procuró adquirir los informes necesarios con respecto á Martan, y supo que se habia ido con Origila á Damasco, donde debia celebrarse un gran torneo por órden del Rey. Le aguijoneaba de tal modo el deseo de ir en pos de Martan, persuadido como estaba de que su hermano le habria seguido, que en el mismo dia salió de Antioquía, si bien no creyó oportuno volver de nuevo á embarcarse. Dirigióse pues por el camino de Lidda y Larisa, dejando á sus espaldas á la rica y populosa Alepo. El Supremo Hacedor, para mostrar que en este mundo no deja sin recompensa á las buenos ni sin castigo á los malos, hizo que Aquilante encontrase á Martan á una legua escasa de Manuga. Martan hacia llevar delante de sí, con grande aparato, los premios alcanzados en el torneo.
A primera vista creyó Aquilante que aquel infame era su hermano, engañado por las armas y por las vestiduras más blancas que la nieve intacta de que iba engalanado Martan: lanzó una exclamacion de alegría, é iba á hablarle, cuando conociendo su error, expiró la palabra en sus labios y oscurecióse su semblante. Inmediatamente le asaltó la sospecha de que Grifon podria haber muerto á manos de Martan, víctima de algun engaño tramado por Origila, y le gritó:
—Dime, tú, que debes de ser un ladron y un traidor, como lo demuestra tu semblante; ¿dónde has adquirido esas armas? ¿dónde has montado en el excelente corcel de mi hermano? Dime si Grifon ha muerto ó vive, y como es que le has privado de sus armas y de su caballo.
Cuando Origila oyó los acentos de aquella voz furiosa, volvió rápidamente las riendas á su palafren para huir; pero Aquilante fué más veloz que ella y la obligó á volver de buen ó mal grado. Martan, sobrecogido de improviso por las amenazas terribles del caballero, se puso lívido, empezó á temblar como la hoja en el árbol y no supo qué decir ni qué hacer. Aquilante continuó en sus insultos y amenazas, llegando hasta ponerle la espada en la garganta, y jurando degollar á ambos si no le revelaban toda la verdad de lo acaecido. Martan, en mal hora llegado á aquel sitio, balbuceó algunas palabras, y buscando en su imaginacion algun pretexto que disminuyera su falta, contestó por fin:
—Has de saber, Señor, que esta dama es hermana mia, y como yo, hija de padres honrados y virtuosos, si bien Grifon la ha obligado vivir deshonestamente con él para vergüenza y oprobio de mi hermana. Yo, que no podia soportar tal infamia, pero que tampoco me sentia con ánimo suficiente para arrebatarla á la fuerza á tan bravo caballero, determiné valerme para conseguirlo de la astucia y del disimulo. Concerté con mi hermana, cuyo deseo más vivo era el de volver á su vida honrada, el modo de llevar á cabo mi proyecto, y un dia, mientras Grifon dormia tranquilamente, se alejó cautelosamente de su lado. Para impedirle que la siguiera y desconcertara nuestros planes, nos apoderamos de su corcel y de sus armas, y hemos llegado aquí en el estado en que nos ves.
Hubiera podido Martan envanecerse por su superchería, á la que fácilmente diera crédito Aquilante, mucho más cuando era verosímil lo del robo de las armas, caballo y demás prendas pertenecientes á Grifon; pero quiso llevarla demasiado léjos, añadiendo á ella una insolente mentira, como era la de suponer hermana suya á Origila, y esto fué lo que le vendió; porque como Aquilante habia sabido en Antioquía por muchos conductos que aquella era su concubina, conoció el ardid, y exclamó lleno de cólera:—Mientes, ladron.—Y en seguida le descargó un puñetazo tan terrible en el rostro, que le obligó á tragarse dos dientes. Sin detenerse á más, ni darle otras explicaciones, le asió los brazos y se los ató á la espalda con una cuerda, haciendo otro tanto con Origila, á pesar de todos sus ruego y protestas. Aquilante los hizo caminar luego ante si, cruzando ciudades y castillos, sin abandonarles un momento hasta que llegaron á Damasco, propuesto como estaba á llevarlos, haciéndoles sufrir toda clase de humillaciones, hasta el fin del mundo, si necesario fuese, ínterin no encontrase á su hermano, á cuya merced deseaba entregarlos.
Acompañado de ambos cómplices, de sus escuderos y de sus palafrenes, entró Aquilante en Damasco, y apenas puso en la ciudad los piés oyó el nombre de Grifon circulando de boca en boca en medio de alabanzas universales. Los grandes, los pequeños, todos los habitantes, en fin, de Damasco le conocian ya, y sabian que él era el que dió tantas pruebas de su valor en el torneo, y que un compañero suyo le habia arrebatado el premio de la jornada con una audacia increible. Apenas entró Martan en la ciudad, fué conocido, y señalándole los transeuntes con el dedo, empezaron á decir:
—¿No es ese el vil cobarde que se apropia las hazañas de otro, y ha hecho recaer su infamia y su oprobio en un caballero valiente, aunque no tan astuto como él?—¿No es esa la ingrata mujer que vende á los buenos y ayuda á los perversos?
—Son tal para cual, decian otros; parecen nacidos el uno para el otro.
Empezaron á llenarles de improperios, y á correr tras ellos furiosos, gritando:—«Que los empalen; que los quemen vivos; que los descuarticen.»—El populacho, ansioso de verlos, corria, se empujaba y salia á su encuentro por las calles y plazas. Pronto llegó á oidos del Rey esta noticia, que le causó al parecer tanto regocijo como si hubiese conquistado otro reino. Sin esperar á que se reuniese su escolta, salió presuroso y tal como se encontraba al encuentro de Aquilante, que habia conseguido vengar á su hermano: le dispensó una acogida tan cordial como honrosa, le ofreció un asiento á su mesa y alojamiento en su palacio, y habiendo mandado encerrar á los dos presos en una torre, le acompañó á la cámara en que aun se hallaba Grifon retenido en el lecho por sus heridas. Ruborizóse este así que vió á su hermano, por suponer que debia ya tener noticia de su aventura, y despues que Aquilante se hubo burlado un poco á sus expensas, determinaron imponer un justo castigo á aquellos dos culpables que habian caido en manos de sus adversarios. Aquilante y el rey querian hacerles sufrir mil distintas penas; pero Grifon intercedió por ambos, no atreviéndose á hablar en favor de Origila sola, y empleó toda su elocuencia para alcanzar su perdon, logrando que Norandino consintiera en que Martan no muriese, si bien deberia ser azotado públicamente por mano del verdugo. Al siguiente dia le hicieron recorrer todas las calles de la ciudad, sujeto con ligaduras que no eran por cierto de flores ni hojas, y le azotaron ignominiosamente. En cuanto á Origila, dispusieron que continuase cautiva hasta el regreso de la bella Lucina, á cuyo recto juicio pensaban someter el castigo que deberia inflijírsele. Aquilante permaneció en el palacio, sumamente agasajado, esperando que su hermano se restableciese y pudiera soportar el peso de las armas.
El rey Norandino, á quien sirvió de prudente leccion el error en que habia incurrido, continuaba pesaroso y triste sin poder perdonarse el haber prodigado tantos ultrajes á un caballero, digno, por el contrario, de honra y de estimacion: así es que dia y noche estaba su pensamiento ocupado en arbitrar el medio de darle la más brillante reparacion. Considerando que, pues los habitantes de Damasco habian sido testigos de la afrenta del guerrero, era justo que lo fuesen tambien de su rehabilitacion, y que esta habia de ser tan gloriosa y tan cumplida cual á un gran rey convenia, determinó restituirle públicamente el premio que un traidor con tanta falacia le arrebatara; y en su consecuencia hizo anunciar por todos sus estados que de allí á un mes se celebraria otro torneo. Los preparativos que para él se hicieron fueron acompañados de una pompa verdaderamente régia: la Fama, extendiendo sus voladoras alas, llevó en breve la noticia por toda la Siria, por Fenicia, por Palestina, y llegando á oidos de Astolfo y del Virey de aquella region, los indujo á tomar parte en las justas. La historia ha calificado siempre á Sansoneto de guerrero valiente y cumplido caballero. Segun he dicho en otro lugar, Orlando fué su padrino, y Carlomagno le confió el gobierno de la Tierra Santa. Astolfo y él hicieron sus preparativos de viaje, y se dirigieron á la ciudad de Damasco, donde se disponian fiestas tan famosas cual repetia incesantemente la fama.
Cabalgando iban por aquellas comarcas, á jornadas cortas, y con lento paso, á fin de conservar todas sus fuerzas y vigor para el dia del torneo, cuando toparon en la encrucijada de dos caminos con una persona que por su traje y ademanes parecia un hombre, aun cuando era una mujer de maravillosa intrepidez en los combates. Aquella doncella llamábase Marfisa; su valor era tan asombroso que, espada en mano, habia hecho sudar muchas veces al Señor de Brava y al de Montalban; y se ocupaba en ir de acá para allá, armada dia y noche, buscando por montes y llanos caballeros andantes con quienes medir sus armas para adquirir un glorioso renombre. En cuanto divisó á Astolfo y Sansoneto que hácia ella se dirigian completamente armados, y pudo apreciar su marcial continente, su elevada estatura y vigorosos miembros, creyó habérselas con dos guerreros esforzados; y ya habia lanzado su caballo á golpe, dispuesta á desafiarlos y deseosa de manifestar su intrepidez, cuando fijando
Astolfo, acompañado de Sansoneto, encuentra á Marfisa en el camino de Damasco.
(Canto XVIII.)
en ellos sus miradas con más detencion, conoció al duque Astolfo. Recordó en seguida las atenciones que con ella tuvo el caballero durante su estancia en el Catay, y le llamó por su nombre, quitóse las manoplas, se alzó la visera del yelmo, y á pesar de su altivez, no vaciló en correr á él con los brazos abiertos. Astolfo, por su parte, la estrechó entre los suyos con grande afecto y deferencia. Dirigiéronse luego mútuas preguntas acerca del objeto de su viaje; y respondiendo primero el Duque, le manifestó que iba á Damasco para asistir al torneo á que habia invitado el rey de Siria á todos cuantos campeones quisieran ostentar sus brillantes proezas. Marfisa, pronta siempre á dar muestras de las suyas, contestó en seguida:—«Quiero ir con vosotros á ese torneo.»—Astolfo y Sansoneto se mostraron sumamente gozosos por tener tal compañera, y prosiguiendo su interrumpido viaje, llegaron á Damasco la víspera del dia de la fiesta, hospedándose en un arrabal de la ciudad, donde se entregaron al descanso con más tranquilidad y más á sus anchas que si se hubiesen apeado en el mismo palacio real.
Durmieron reposadamente hasta la hora en que la Aurora abandona el lecho de su anciano esposo, y cuando el nuevo Sol, brillante y claro, empezó á esparcir por la tierra sus refulgentes rayos, la hermosa doncella y los dos guerreros requirieron sus armas, despues de haber enviado á la ciudad varios escuderos, que á su regreso les informaron de cómo el rey Norandino se hallaba ya en la plaza dispuesta para tan bárbaros juegos, viendo romper lanzas. Sin más demora se dirigieron á la ciudad, y siguiendo por la calle mayor llegaron al terreno de la liza, donde ya habia una multitud de apuestos caballeros, que esperaban ansiosos la señal del combate.
El premio que aquel dia estaba destinado para el vencedor consistia en una espada y una maza de armas, ricamente guarnecidas, y además un corcel tan arrogante cual convenia á la munificencia de un rey como Norandino.
Intimamente persuadido el Monarca de que Grifon el Blanco ganaria el segundo premio lo mismo que ganó el primero, así como de que alcanzaria la gloria de las dos jornadas, y deseoso de darle todo cuanto debe poseer un hombre de su valia, añadió la espada, la maza y un magnífico caballo á la armadura que en el pasado torneo debia haberse adjudicado á Grifon, como vencedor de todos sus adversarios, y que habia usurpado Martan suplantando con sus ficciones al jóven paladin. El Rey hizo colgar delante de su palco aquella soberbia armadura; puso pendiente de ella la bien guarnecida espada, y colgó la maza del arzon del caballo, á fin de que su protegido se llevase uno y otro premio. Desgraciadamente para el propósito de Norandino, aquella magnánima guerrera que habia acudido á la liza en compañía de Astolfo y del buen Sansoneto impidió que se realizasen sus deseos. Apenas vió Marfisa la armadura de que he hablado, la conoció inmediatamente, porque le habia pertenecido y la tenia en tanta estima como se suele tener el más preciado objeto, por más que la dejara abandonada en medio de un camino en cierta ocasion que le estorbaba para perseguir á Brunel, á aquel impío digno de la horca, que le habia robado su espada. Aun cuando no espero que se presente otra oportunidad para referir este incidente, considero, sin embargo, inútil ocuparme de él. Contentaos, pues, con saber de qué modo encontró Marfisa su armadura.
Habeis de saber tambien que en cuanto la conoció por ciertas señales particulares, determinó no dejar transcurrir un solo dia sin recuperarla; y decidida á no renunciar á su posesion por nada del mundo, é importándole poco los medios de que en aquella ocasion deberia valerse para lograr su objeto, acercóse rápidamente al trofeo, extendió la mano, y sin más rodeos se apoderó de la armadura, siendo causa su misma precipitacion de que varias de sus piezas rodaran por el suelo.
Sumamente irritado el Monarca por aquella accion atrevida, con una sola mirada concitó contra Marfisa toda la ira del pueblo, que dispuesto á castigar tamaña injuria, empuñó las armas para vengar á su rey, dando al olvido el daño que poco tiempo antes le causara una ofensa inferida á un caballero andante. Ni el niño que al presentarse la primavera juguetea alegremente entre las flores de variados matices, ni la jóven hermosa y engalanada que asiste á bailes y á conciertos, se hallan tan á gusto ni disfrutan mayor placer que el que sintió la esforzada Marfisa al verse rodeada de lanzas y espadas amenazadoras; al encontrarse donde se derramara sangre y se diera la muerte, y al escuchar el estrépito de las armas y de los caballos. Clavando los acicates á su corcel, cayó lanza en ristre sobre el insensato tropel de sus acometedores, atravesando á unos el pecho, el cuello á los otros, y derribando á muchos con su irresistible empuje: desenvainó despues la espada, y alcanzando ora á este, ora á aquel, cortaba cabezas y brazos, hendia cráneos y traspasaba costados.
El atrevido Astolfo y el fuerte Sansoneto, que se habian cubierto con sus armas al mismo tiempo que la jóven, aun cuando no habian acudido allí para combatir, y sí para asistir á un torneo, al ver trabada tan desigual pelea, caláronse las viseras, enristraron sus lanzas contra aquella canalla, y haciendo despues uso del desnudo acero, empezaron á abrirse ancho camino. Los caballeros de diversas naciones que se habian reunido allí para tomar parte en la fiesta, se quedaron indecisos y estupefactos al observar el furor con que se esgrimian las armas, y al ver convertidos en llanto los juegos: la mayor parte de ellos ignoraba el motivo de la cólera del pueblo, así como la injuria que al Rey se habia hecho. Por último, algunos se pusieron al lado de las turbas, y no tardaron en arrepentirse de ello; otros, cuidándose poco, en su calidad de extranjeros, de lo que pudiera acontecer en la ciudad, decidieron ausentarse, y otros, más avisados, esperaron inmóviles el resultado del combate, pero con las bridas en la mano. Grifon y Aquilante fueron de los que se asociaron al pueblo para vengar el robo de la armadura.
Al ver los dos hermanos á Norandino con los ojos encendidos y chispeantes de cólera, y advertidos por muchos de los circunstantes de la causa que habia originado aquel tumulto, consideraron, en especial Grifon, que aquel ultraje les tocaba tan de cerca como al mismo Rey; y cogiendo apresuradamente sus lanzas, corrieron furiosos al combate. Astolfo, que prestaba su auxilio á la parte contraria, iba delante de sus compañeros, espoleando á su lijero Rabican, y blandiendo su encantada lanza de oro cuyo choque nadie podia resistir. Hirió con ella á Grifon, dejándole tendido en el suelo, y en seguida encontró á Aquilante; le tocó apenas con la lanza en el borde del escudo, y le derribó de espaldas en la arena. Los caballeros de más prez y más esfuerzo saltaban de las sillas á impulsos de Sansoneto: el pueblo empezaba ya á buscar las salidas de la plaza para escapar, mientras que al Rey le ahogaba la ira y el despecho. En tanto Marfisa, cubierta con sus armas, y llevándose además las que constituian el premio del torneo, se retiraba tranquila á su alojamiento, despues de haber puesto en fuga á sus adversarios. Astolfo y Sansoneto apresuráronse á seguirla: los tres juntos se dirigieron á la puerta de la ciudad, sin que nadie se atreviese á molestarles y se detuvieron en el rastrillo. Aquilante y Grifon, pesarosos y avergonzados por haber caido al primer encuentro, tenian la cabeza inclinada y no se atrevian á presentarse delante de Norandino; pero algun tanto repuestos de su turbacion, volvieron á montar á caballo, y salieron á escape en persecucion de sus enemigos. Tras ellos fué el Rey con muchos de sus súbditos, dispuestos á morir ó vengarse, mientras el insensato populacho gritaba:—«¡A ellos!» á ellos! aunque sin acercarse demasiado, y esperando el resultado de aquel nuevo ataque.
Grifon alcanzó á los tres compañeros en el momento en que se posesionaban del puente. Apenas llegó, cuando creyó conocer á Astolfo que llevaba las mismas divisas, el mismo caballo y la misma armadura con que le vió el dia en que dió muerte al terrible Orrilo. No habia reparado en él durante la lucha empeñada en la plaza; mas conociéndole entonces, le saludó, y le preguntó despues quiénes eran sus compañeros, y por qué habian derribado en la arena el premio del torneo con tan poco miramiento hácia el Monarca. El duque de Inglaterra dió á Grifon las noticias que le pedia con respecto á sus compañeros; mas, en cuanto á las armas, causa del reciente combate, le manifestó que positivamente no sabia nada, y que Sansoneto y él se habian puesto en favor de Marfisa, por haber venido en su compañía.
Mientras el Paladin estaba hablando con Grifon, llegó Aquilante, le conoció tan luego como le oyó hablar con su hermano, y renunció á sus deseos de venganza. Entre tanto iban acercándose muchos de los caballeros de Norandino, si bien se mantenian á cierta distancia, tanto por no atreverse á avanzar más, cuanto porque, al verlos conferenciando, no quisieron interrumpirles, esperando el resultado de su plática. Al oir uno de ellos que estaba allí Marfisa, cuya fama de valor era universal, volvió el caballo y fué á aconsejar á Norandino que, si no queria ver muertos á todos sus súbditos, dispusiera lo necesario, antes de que tal sucediera, para arrancarlos de las manos de Tisifona[123] y de la muerte, porque la misma Marfisa en persona era la que se habia apoderado de la armadura.
Al escuchar Norandino aquel nombre tan temido en todo el Oriente, y ante el cual hasta los más valientes sentian erizárseles los cabellos de espanto por mas que Marfisa residiese con frecuencia á bastante distancia de aquel país, fué de la misma opinion que el caballero que le habia llevado la noticia, y se apresuró á llamar y reunir en torno suyo á todos sus guerreros, cuya cólera se habia trocado en temor.
En el ínterin los hijos de Olivero, Sansoneto y el hijo de Oton suplicaron con tan vivas instancias á Marfisa que pusiera término á tan crueles discordias; que al fin alcanzaron su asentimiento. Adelantándose con semblante altivo hácia el Rey, le dijo la guerrera:
—Ignoro, Señor, con qué derecho pretendes dar como premio al vencedor del torneo una armadura que no te pertenece, pues es exclusivamente mia, aunque un dia me ví obligada á abandonarla en medio del camino de Armenia para perseguir á pié á un ladron que me habia inferido una grave ofensa. Mi divisa, si es que la conoces, puede atestiguar la verdad de mis palabras.
Y le mostró grabada en la coraza aquella divisa, que consistia en una corona dividida en tres pedazos.
—Es cierto, repuso Norandino, que hace pocos dias me entregó esa armadura un mercader armenio; pero si me la hubieseis pedido, os la habria cedido sin dificultad, fuese ó no vuestra; porque á pesar de habérsela regalado ya á Grifon, tengo en él tal confianza, que estoy seguro de que me habria devuelto ese presente, con tal de facilitarme tan justa restitucion. Por lo demás, no es necesario alegar que tiene vuestra divisa para atestiguar que os pertenece; bástame con vuestra palabra, á la que doy más crédito que á cualquier otro testimonio; aparte de que esa armadura debe pasar tambien á vuestras manos como digna recompensa del sublime valor que habeis demostrado. Recibidla, pues, y olvidemos esta querella: Grifon tendrá otro galardon más espléndido.
Este guerrero, que deseaba más dejar al Rey tranquilo y satisfecho, que adquirir la disputada armadura, contestó:
—Mi mayor recompensa consistirá en saber que continúo siendo agradable á vuestros ojos.
Sin embargo, decidida Marfisa á que su desinterés corriera parejas con su valor, y deseando adquirir para sí toda la gloria, se empeñó en ceder á Grifon con gentil gallardía la armadura en cuestion, y por último la admitió como regalo del jóven.
Volvieron entonces á la ciudad en paz y buena armonía, á consecuencia de lo cual redobláronse los festejos. Continuó el interrumpido torneo, cuyo premio alcanzó Sansoneto, porque ni Astolfo, ni los dos hermanos, ni Marfisa, la más esforzada de los cuatro, quisieron tomar parte en él, á fin de procurar, como buenos amigos y compañeros, que Sansoneto saliese vencedor. Despues de haber pasado ocho ó diez dias en el palacio de Norandino, disfrutando de las fiestas y placeres con que este los agasajó, se despidieron de él, anhelando regresar á su querida Francia, de la que no podian vivir tanto tiempo ausentes. Marfisa, que deseaba hacer aquel viaje, para medir sus armas con los paladines franceses y conocer por si misma si sus hazañas correspondian á lo que la Fama iba pregonando, marchó en su compañía. Sansoneto dejó encomendado á otro caballero el gobierno de Jerusalen, y los cinco, formando un escogido grupo de guerreros, que difícilmente encontraria competidores en el mundo, se despidieron, como he dicho, de Norandino, y se encaminaron á Trípoli con objeto de embarcarse.
En aquel puerto encontraron una carraca[124] cargada de mercaderías con destino á Occidente, y ajustaron su pasaje y el de sus caballos con el viejo capitan del buque, que era natural de Luna[125]. El tiempo, que no podia ser más sereno y bonancible, les presagiaba una próspera navegacion. Zarparon, en breve, é hinchando un viento favorable las velas, alejáronse pronto de la costa. Hicieron su primera escala en la isla consagrada á la Diosa de los amores, cuyos habitantes acogen benignamente á los forasteros, pero sus aires acortan la vida y hasta destemplan el hierro. La causa de esto consiste en un pantano: y en verdad que la naturaleza no debia haber cometido con Famagusta la falta de acercarla á la maligna Constanza[126], cuando tan benigno es el clima del resto de la isla de Chipre. El pestífero olor que despide el pantano no permitió que la embarcacion estuviese anclada mucho tiempo en sus inmediaciones. Aprovechando por esta razon un Levante favorable, desplegó todas sus velas y costeando las playas de Chipre, fondeó en Pafos, apresurándose los navegantes á saltar en sus vistosas orillas, unos para descargar mercancias y otros para recorrer aquel país del amor y los placeres.
A seis ó siete millas del mar, el terreno va elevándose paulatinamente hasta la cumbre de un collado ameno. Los mirtos, los cedros, los naranjos, los laureles y otros mil árboles aromáticos cubren la campiña. El sérpol, la mejorana, las rosas, los lirios y el azafran exhalan tan suaves perfumes desde aquel embalsamado terreno, que se perciben desde léjos en el mar cuando soplan los vientos de tierra. Un arroyo fecundo, formado por un claro manantial, va regando toda aquella playa, cuyo conjunto es tal, que desde luego se conoce que aquel sitio tan ameno y delicioso pertenece á la hermosa Venus: las mujeres y las doncellas son allí más agradables é incitantes que en cualquier otro país del mundo, y la Diosa las inflama con su fuego á todas ellas, jóvenes ó viejas, de tal modo, que se abrasan de amor hasta el fin de su vida.
Los viajeros oyeron referir allí la aventura del Ogro y de Lucina, de que ya habian tenido conocimiento en Siria, y supieron además que en Nicosia estaba haciendo la Princesa los preparativos necesarios para ir á reunirse con su esposo.
Estando ya listo el patron, y soplando un viento favorable, levó anclas, viró hácia Poniente y desplegó todas las velas. Pronto se encontraron en alta mar, empujados por un mistral bonancible; pero de improviso el Poniente, que habia estado adormecido mientras el Sol brilló en el horizonte, empezó á soplar con violencia, luego que se hizo de noche, y agitó furiosamente la nave. Estalló por último la tempestad, acompañada de tantos relámpagos y truenos, que no parecia sino que se desgarraba el firmamento y ardia por todas partes. Las nubes cubrieron todo el espacio con un tenebroso velo que ocultaba la luna y las estrellas: el mar por abajo, el cielo por arriba, y el viento por todas partes, despedian horrísonos bramidos; una tormenta deshecha de lluvia y espeso granizo acosaba á los navegantes, mientras la noche, haciendo cada vez más profundas sus tinieblas, se extendia sobre las formidables y furiosas olas. Preparáronse los marineros á echar mano de todos los recursos del arte en que son tan celebrados; y al paso que uno iba por todas partes haciendo resonar su silbato, con cuyos agudos sonidos ordenaba la maniobra, otros preparaban el áncora de reserva; estos tendian los cables ó arriaban las vergas, aquellos se afianzaban al timon, algunos reforzaban los mástiles, y los demás cuidaban de tener despejada la cubierta.
El furioso temporal fué en aumento durante toda aquella noche caliginosa y más lóbrega que el Infierno. Creyendo el piloto que en alta mar serian menos impetuosas las olas, procuraba alejarse cada vez más de la costa, oponiendo siempre la proa á los embates de aquellas y á la furia del viento, esperando que al rayar el alba cesaria la fortuna de perseguirlos ó se mostraria más humana. Pero léjos de calmarse la tempestad, creció su violencia con el dia, si puede darse este nombre á aquella sucesion de horas cuya claridad era tan débil, que apenas disipaba las tinieblas. Perdida toda esperanza, y abrigando ya algun temor, se abandonó el abatido marino á merced de las olas; volvió la popa del buque en direccion del viento y se decidió á correr aquella tempestad, cuidando antes de amainar las velas.
Mientras la veleidosa Fortuna se burlaba en el mar de los trabajados navegantes, no por eso dejaba en reposo á los que, en tierra firme, peleaban en Francia, donde continuaban su combate sangriento los sarracenos y los ingleses, y donde Reinaldo seguia acometiendo y arrollando los escuadrones enemigos, cuyas banderas pisoteaba. Ya dije que habia lanzado su Bayardo sobre el gallardo Dardinelo. Al ver Reinaldo el blason que el hijo de Almonte ostentaba orgulloso en su escudo, juzgó que el que lo llevaba deberia ser un guerrero distinguido con el que no podria desdeñarse de medir sus armas. Se ratificó en esta opinion cuando estuvo más cerca de él y contempló los cadáveres amontonados en su derredor, por cuya causa dijo:—«Fuerza será cortar de raiz esa mala yerba, antes de que crezca y produzca mayores males.»
Por donde quiera que iba el Paladin, todos se apartaban abriéndole ancho paso; pues el cristiano sabia despejar el terreno tan bien como su enemigo, con aquella fulminante espada, de todos temida. Cuando Reinaldo vió que entre él y el mísero Dardinelo no quedaba ya nadie, y que sus soldados no se atrevian á seguirle, le gritó:
—Jóven, el que te legó ese escudo te dió una herencia fatal. Voy á probar, si eres capaz de hacerme frente, cómo defiendes esos cuarteles rojos y blancos; pues si tu brazo es ahora débil para resguardarte de mí, mucho más lo seria si combatieras con Orlando.
Dardinelo respondió:
—En breve te persuadirás de que si llevo este blason es porque sé defenderlo, y porque estoy seguro de aumentar con mis acciones el brillo del escudo que heredé de mi padre. Aun cuando me ves tan jóven, no creas por eso que soy capaz de huir ó de entregarte el escudo: antes que apoderarte de él, me has de arrancar la vida; pero, en Dios confio que sucederá lo contrario. En fin, sea cual fuere mi suerte, nadie podrá censurarme por haberme hecho indigno de mis progenitores.
Y así diciendo acometió al caballero de Montalban espada en mano.
Un sudor frio heló la sangre que en derredor del corazon tenian los africanos, cuando vieron á Reinaldo lanzarse sobre su señor con una furia semejante á la del leon que se arroja en el prado sobre un novillo que aun no ha sentido los deseos del amor. El Sarraceno fué el primero en descargar un golpe, pero en vano intentó abrir el yelmo de Mambrino. Sonrióse Reinaldo y exclamó:
—Vas á ver cómo se encontrar las venas mejor que tú.
A un tiempo mismo clavó los acicates en su corcel y le tiró de las riendas, dirigiendo tan certera estocada contra Dardinelo, que, entrándole el acero por el pecho, le salió la punta por la espalda. Al sacar la espada, escapóse el alma del Sarraceno mezclada con su sangre por aquella ancha herida, y el cuerpo del infortunado cayó frio y desangrado del caballo.
Cual purpúrea flor que, tronchada por la reja del arado, languidece y muere, ó como la amapola que demasiado cargada de rocío inclina en el huerto la corola, así salió de esta vida Dardinelo, desapareciendo todo color de su rostro: con su muerte desvanecióse tambien el valor y la audacia de los suyos; y así como las aguas, á veces contenidas ó encerradas por medio de algun artificio, suelen desbordarse con gran estrépito, cuando les falta este apoyo, del mismo modo los africanos, que estaban hasta cierto punto contenidos mientras su Dardinelo les infundia algun valor, empezaron á huir en todas direcciones, apenas le vieron caer exánime del caballo.
Reinaldo no se opuso á la huida de los que en ella fiaban su salvacion, procurando que los imitaran los que pretendian resistirse aun. Ariodante, que estuvo al lado de Reinaldo la mayor parte del dia, no dejaba en pié un solo enemigo al alcance de su mano. Lionelo y Zerbino, por su parte, continuaban su obra de exterminio, con un ardor siempre creciente; y hasta el mismo Carlomagno y Olivero, Turpin, Guido, Salomon y Ogiero cumplieron con su deber en aquella jornada, tan fatal para los moros, que estuvieron á punto de perecer todos en ella. Pero el prudente rey de España hizo tocar retirada, y se alejó con los restos de su ejército: juzgando más conveniente declararse vencido que perder vida y hacienda, prefirió retirarse y salvar algunos batallones, á prolongar la resistencia y ser causa de su completo exterminio. Hizo, pues, retroceder sus banderas hácia el campamento moro, que estaba defendido por fosos y trincheras, siguiéndole Estordilano, el rey de Andalucia, y un numeroso escuadron de portugueses; y envió á decir al rey de Berbería que se retirase del mejor modo posible, añadiéndole que si conseguia salvar la persona y las posiciones ocupadas, deberia darse por muy satisfecho.
Este monarca, á quien jamás habia mostrado la Fortuna un rostro tan cruel y adverso, y que estaba casi completamente derrotado, iba perdiendo la esperanza de volver á ver á Biserta[127]; por lo cual se tuvo por muy dichoso al saber que Marsilio habia puesto en seguridad una parte de sus tropas. Empezó, pues, á batirse en retirada haciendo que retrocedieran sus banderas, y reuniendo sus escasos soldados.
Pero la mayor parte de estos se hicieron sordos al ruido de los clarines y tambores y demás instrumentos bélicos; y poseidos de un terror pánico, cedieron á la cobardía y se precipitaron en el Sena, donde quedaron ahogados muchos de ellos. El rey Agramante, Sobrino y sus capitanes más valientes se esforzaban en aminorar la derrota, corriendo y fatigándose de una en otra parte, para conseguir que los fugitivos regresaran en órden á sus trincheras; pero ni el Rey, ni Sobrino, ni capitan alguno pudieron lograr, á pesar de sus afanes, de sus ruegos, y amenazas, que se retiraran en pos de las banderas, no ya todos, sino ni la tercera parte siquiera de los que huian. Lo menos perecieron ó huyeron dos por cada uno de los que quedaron, y aun estos no muy sanos; pues el que no estaba herido en el pecho, lo estaba en la espalda, y todos molidos y asendereados.
Perseguidos los sarracenos con tenacidad hasta sus mismas trincheras, no habrian estado seguros tampoco en ellas, á pesar de las medidas que tomaban para resistirse, pues Carlomagno sabia asir la ocasion por su único cabello, si no hubiese venido á suspender el combate la noche tenebrosa, enviada quizás más pronto que de ordinario por el Sumo Hacedor, apiadado de sus criaturas. La sangre inundaba la campiña, y corriendo como un gran rio, cubria todos los caminos. Contáronse hasta ochenta mil hombres pasados á cuchillo aquel dia. Los campesinos y los lobos salieron durante la noche de sus grutas á despojarlos los unos y á devorarlos los otros.
El Emperador no volvió á entrar en la ciudad, sino que acampó fuera de sus muros, asediando á los enemigos en sus tiendas, y disponiendo que por todas partes se encendieran hogueras. Los paganos, por su parte, abrieron nuevos fosos, levantaron nuevas trincheras y bastiones; los jefes estuvieron constantemente vigilando el campo y recorriendo todos los puestos para impedir que se durmieran los centinelas, y ni uno solo abandonó las armas en toda la noche. En el campamento de los intranquilos sarracenos no dejaron de verterse lágrimas, y de exhalarse suspiros y lamentos durante la noche, pero tan ahogados y contenidos cuanto era posible. Los unos lloraban por la pérdida de sus parientes ó amigos; los otros por el dolor que les causaban sus heridas ó por las incomodidades que padecian, y todos en general por temer una suerte mucho más funesta.
Entre los moros habia dos jóvenes, de oscuro linaje, nacidos en Tolemaida, cuya historia es digna de ser escrita, por haber ofrecido un ejemplo raro de verdadero amor. Llamábanse Cloridano y Medoro, y lo mismo en la próspera que en la adversa fortuna habian profesado un afecto sin límites á Dardinelo, en cuya compañía pasaron á Francia. Cloridano, que habia sido toda su vida cazador, reunia á su robustez una notable agilidad. Medoro, que apenas acababa de salir de la pubertad, conservaba todavia el cutis fresco, blanco y sonrosado: entre todos los moros que habian acudido á aquella empresa no se conocia uno de rostro más bello y agradable: tenia los ojos negros, los cabellos blondos y ensortijados, y parecia, en suma, un ángel descendido del celeste coro. Ambos estaban de centinela en las trincheras, así como otros muchos, vigilando por la seguridad del campamento, á la hora en que la Noche, á la mitad de su carrera contemplaba al cielo con ojos soñolientos. Medoro no sabia hablar más que de su señor, del desgraciado Dardinelo de Almonte, lamentándose amargamente de que hubiese quedado tendido en el campo sin vida y sin gloria. Vuelto hácia su compañero, le decia:
—¡Ay! Cloridano, no puedo expresarte el dolor que siento al pensar que mi señor ha quedado tendido en la llanura, para servir probablemente de pasto á los lobos y á los cuervos. Al recordar su benevolencia y su humanidad para conmigo, me parece que aun cuando vertiera toda mi sangre por él y por su fama, pagaria escasamente la inmensa deuda de mi gratitud. Así es que, no pudiendo resignarme á que permanezca insepulto en medio del campo, voy á salir á buscarlo, y tal vez Dios permitirá que llegue sin ser descubierto hasta el sitio en que acampa ahora el rey Carlos. Quédate tú aquí; pues si en el cielo está escrito que he de morir, podrás así dar cuenta de mi muerte; y ya que la Fortuna se oponga á tan humanitaria obra, se hará por lo menos justicia á mi buen corazon.
Estupefacto se quedó Cloridano al ver tanto ánimo, tanto amor y lealtad tanta en un niño, y como sentia por él un grande afecto, procuró disuadirle de semejante propósito; pero fueron inútiles todos sus esfuerzos, porque un dolor tan verdadero como el de Medoro no se consuela ni distrae fácilmente, y el jóven estaba firmemente resuelto á morir ó á dar sepultura al cadáver de su señor. Viendo que nada podia conmoverle ni obligarle á ceder, le respondió Cloridano:
—Siendo así, tambien iré yo; tambien yo quiero participar de tan laudable accion, y como tú deseo una muerte gloriosa. ¿Qué cosa podria serme ya agradable en este mundo, si me quedara sin tí, Medoro mio? Prefiero mil veces morir contigo peleando á perecer de desconsuelo, si me privasen de tí.
Tomada esta resolucion, esperaron su relevo, y en seguida se pusieron en marcha. Saltando fosos y estacadas, llegaron en breve al campo de los cristianos, que estaban sin recelo alguno, durmiendo tranquilamente, con las hogueras apagadas, por no inspirarles ya temor los sarracenos, y muchos de ellos tendidos entre las armas y los bagajes, llenos de vino desde el estómago hasta los ojos. Cloridano se detuvo un momento exclamando:
—Nunca se deben desperdiciar las ocasiones. Medoro, ¿no te parece muy oportuna la que se nos presenta para degollar á los que han asesinado á nuestro señor? Vé á escuchar y á vigilar cuidadosamente los alrededores por si alguien viniese á sorprendernos: entre tanto, te prometo abrirte con mi espada ancho camino por medio de nuestros enemigos.
Apenas acabó de pronunciar estas palabras, entró en la tienda donde dormia el docto Alfeo, médico, mágico y sábio astrólogo, que habia llegado el año anterior á la corte de Carlomagno: sirvióle de poco su ciencia astrológica, ó mas bien, le engañó completamente en esta ocasion; pues habiéndose predicho á sí mismo que terminaria sus dias al lado de su esposa despues de una avanzada ancianidad, expiró al filo de la espada del cauteloso sarraceno, que le atravesó con ella la garganta, é inmoló despues otros cuatro guerreros al lado del adivino, sin darles tiempo de pronunciar una palabra: Turpin no hace mencion de sus nombres, ni la marcha de los siglos ha dejado la menor noticia de ellos. Tras estos, dió muerte á Palidon de Moncalieri, que dormia tranquilo entre dos caballos; despues se dirigió adonde el misero Grilo yacia con la cabeza apoyada en un tonel, despues de haberlo vaciado y de haberse tendido esperando disfrutar en santa paz de un sueño plácido y tranquilo. El atrevido sarraceno le cortó la cabeza, y por la misma herida empezaron á salir chorros de sangre y de vino, de cuyo líquido tenia más de un cubo en el cuerpo: soñaba que estaba bebiendo todavia, cuando Cloridano interrumpió su sueño de un modo tan trágico. Despues hizo exhalar el último aliento de dos solos golpes á Andropono, griego, y á Conrado, aleman, que habian estado tomando el fresco una parte de la noche, entretenidos con el jarro y los dados. ¡Cuán desgraciados fueron en no continuar disfrutando de los mismos entretenimientos hasta que el Sol hubiese vadeado el Indo! Pero el destino seria impotente con el hombre si cada cual conociera el porvenir.
El cruel Pagano continuaba degollando sin piedad á nuestras gentes dormidas, haciendo en ellas una espantosa carnicería, semejante á un furioso leon estenuado y hambriento, que al encontrarse en un establo, mata, extrangula, devora y destroza á las indefensas reses que están enteramente á su merced. Medoro aun no habia hecho uso de su espada por desdeñarse de emplearla contra la innoble plebe; pero habiendo entrado donde el duque de Albret dormia en brazos de su dama, tan estrechamente enlazados el uno y la otra que ni el aire podria pasar entre ellos, les cortó la cabeza á cercen. ¡Oh dulce muerte! ¡oh suerte feliz! Sus almas debieron volar al asiento que les estaba reservado; tan íntimamente unidas como lo estaban sus cuerpos. Inmediatamente despues mató á Malindo y á su hermano Ardarico, hijos del conde de Flandes: Cárlos los habia armado caballeros, y añadido las lises á sus blasones, al verlos volver aquel dia vencedores y con los aceros teñidos de sangre, prometiendo además cederles algunas tierras en la Frisia, como lo habria cumplido á no estorbarlo Medoro.
Entrambos sarracenos habian ido avanzando hasta tocar á las tiendas de los paladines, levantadas en torno de la del Emperador, la cual estaba constantemente vigilada por alguno de aquellos. Al llegar allí, suspendieron los dos moros la matanza, y retrocedieron, por juzgar imposible que todos ellos se hubiesen entregado al sueño. Aun cuando pudieron retirarse cargados con un rico botin, pensaron más en su propia salvacion, de la que podrian darse por muy satisfechos. Cloridano se encaminó, seguido de Medoro, por donde suponia que el paso era más fácil ó seguro, y llegaron por fin al campo de batalla, donde el pobre y el rico, el príncipe y el vasallo, y los hombres y los corceles hacinados en confuso monton, yacian en un lago de sangre entre los restos de espadas, lanzas, escudos y ballestas. Aquella horrible mezcla de cadáveres, que cubria la llanura en toda su extension, hubiera hecho inútiles las pesquisas de los dos compañeros hasta la llegada del dia, si la Luna, accediendo á las súplicas de Medoro, no hubiese esparcido su ténue claridad, apartando las nubes que la interceptaban. Medoro habia fijado devotamente sus ojos en el cielo, exclamando:
—¡Oh santa Diosa, á quien con tanta justicia dieron nuestros antepasados el nombre de Triforme[128]! ¡Tú, que en el Cielo, en la Tierra y en el Infierno ostentas tu belleza bajo múltiples formas; tú, que vas por las selvas siguiendo, cual cazadora, las huellas de las fieras y de los mónstruos, indícame dónde yace confundido entre tantos cadáveres el cuerpo de mi Rey, que durante su vida imitó tus santas virtudes!
Ya fuese obra de la casualidad, ó efecto de la santa lealtad de Medoro, la Luna abrióse paso á través de las nubes, apenas terminó el jóven sarraceno su plegaria, y apareció tan bella y radiante como el dia en que despojada de todo velo se arrojó en brazos de Endimion[129]. Su luz le permitió ver distintamente á París, el campamento cristiano, el sarraceno, el monte y la llanura, y más allá las colinas de los Mártires y de Montlery. Los rayos de la Luna se reflejaron con todo su esplendor en el sitio en que yacia muerto el hijo de Almonte. Medoro, con el rostro bañado en llanto, se adelantó hácia su querido señor, á quien conoció por los colores rojo y blanco de su escudo, y regó la faz de Dardinelo con sus amargas lágrimas, que cual dos rios brotaban de sus ojos, con tan dulce actitud, con lamentos tan tiernos, que los vientos se hubieran detenido para escucharlos; y aun cuando los exhalaba en voz baja y apenas perceptible, no era tanto por temor de perder la vida, si llegasen á oirle, pues más bien era para él una odiosa carga de la que deseaba verse libre, cuanto por recelo de que le impidiesen llevar á cabo el deber piadoso que allí le habia conducido. Medoro y Cloridano colocaron sobre sus hombros el inanimado cuerpo de Dardinelo, participando ambos de su peso, y se alejaron tan precipitadamente como se lo permitió la preciosa carga que llevaban.
Acercábase ya el señor de la luz alejando del Cielo á las estrellas y de la Tierra á las sombras, cuando Zerbino, cuyo ardiente valor alejaba el sueño de sus párpados siempre que era necesario, regresaba al campamento al amanecer, despues de haber estado persiguiendo á los moros toda la noche. Los caballeros que le acompañaban divisaron desde léjos á los dos infieles, y se lanzaron en tropel hácia ellos, esperando alcanzar honra y provecho.
—Hermano, dijo Cloridano, forzoso nos será abandonar nuestra carga y emprender la fuga; pues no seria muy prudente que dos vivos se perdieran por salvar un muerto.
Y al decir estas palabras soltó su parte de carga, creyendo que Medoro imitaria su ejemplo; pero el contristado jóven, que profesaba á su señor mayor cariño que Cloridano, lo acomodó del todo sobre sus hombros, mientras su compañero se alejaba precipitadamente como si Medoro fuera á su lado ó detrás de él: si hubiera podido sospechar que lo abandonaba de tal suerte, habria arrostrado por defenderle no una, sino mil muertes.
Los caballeros, decididos á apoderarse de los fugitivos ó á matarlos si no se rendian, fueron esparciéndose por la llanura, y ocupando todas las salidas por donde aquellos pudiesen escapar: el mismo Zerbino, sin separarse mucho de ellos, se mostraba más solícito y ardoroso que ninguno en la persecucion, porque al ver la actitud sospechosa de los dos amigos, no dudó que pertenecieran al ejército enemigo. En aquel tiempo existia cerca de allí una selva antigua, poblada de espesas plantas y de arbustos y cubierta de inextricables senderos, que formaban una especie de laberinto, hollados tan solo por la planta de las fieras. Los dos paganos abrigaban la esperanza de penetrar en ella, á fin de guarecerse y ocultarse entre el enmarañado ramaje; pero el que escuche con agrado mi canto, queda invitado para oir más adelante su continuacion.