CANTO XIX.
Angélica prodiga sus cuidados á Medoro herido, y despues de curado, se desposa con él, partiendo ambos para el Cathay.—Marfisa y sus tres compañeros llegan á Layax despues de muchos trabajos.—Guido el salvaje, reducido á la esclavitud por las impías mujeres que en aquella costa dominaban, combate con Marfisa, ofreciéndole despues hospitalidad en su palacio, juntamente con sus compañeros.
El hombre á quien sonrie continuamente la fortuna no puede saber nunca si es verdaderamente amado, porque cuantos le rodean, ya sean amigos falsos ó leales, le demuestran el mismo afecto. Pero si su posicion se cambia de próspera en adversa, entonces huyo de él la turba aduladora, quedando únicamente á su lado el que le ama tan de corazon, que la muerte del objeto amado no es bastante para desvanecer su cariño. Si pudiera verse el corazon humano como se vé el rostro, muchos de los que en la corte son atendidos y reverenciados, y oprimen y escarnecen con su poder á los demás, verian ocupado su puesto por los que gimen en la desgracia; el humilde no tardaria en alcanzar las mayores dignidades, al paso que el soberbio quedaria confundido entre la escoria del pueblo.
Pero volvamos á Medoro, al súbdito leal y agradecido, que profesó un especial cariño á su señor, así en vida como en muerte.
El infeliz jóven iba buscando el medio de salvarse por los intrincados senderos de aquel bosque; pero agobiado bajo el peso del cadáver de Dardinelo, no acertaba á encontrar un refugio; y como, por otra parte, le era completamente desconocido el terreno, se extraviaba con facilidad, y cuanto más caminaba, más se perdia entre la maleza y las zarzas. Cloridano se encontraba léjos de él y en seguridad, pues hallándose más desembarazado, consiguió llegar á un sitio desde donde no percibia el rumor que producian sus perseguidores: reparó entonces en que Medoro no le seguia, y sintiendo que con él habia dejado tambien el corazon, exclamó poseido de la mayor angustia:
—¡Ay de mí! ¿Cómo he podido ser tan negligente, ó perder la razon hasta el extremo de encontrarme aquí, Medoro mio, sin tenerte á mi lado y sin saber cómo ni dónde te he dejado?
Así diciendo, volvió á internarse en los tortuosos senderos de aquella selva inextricable, y á desandar el camino andado, corriendo á ciencia cierta en pos de la muerte. Percibió otra vez el rumor de las pisadas de los caballos, y los gritos amenazadores de los enemigos; conoció luego la voz de Medoro, y por fin le vió solo, á pié y rodeado de numerosos ginetes. Lo menos eran cien guerreros á caballo los que le tenian cercado: Zerbino los mandaba, y ordenó que le prendieran: el infeliz daba vueltas de acá para allá, procurando defenderse cuanto le era posible, y buscando un refugio detrás de las encinas, de los olmos, de las hayas ó de los fresnos, sin abandonar un momento su preciosa carga. Por último, colocó sobre la yerba el cuerpo de su señor, conociendo que no le era posible continuar de aquel modo, y prosiguió defendiéndolo, semejante á la osa que al verse atacada por el cazador en su peñascosa guarida, cobija con su cuerpo á sus hijuelos, estremeciéndose á la vez de amor y de rabia, y dudando qué partido tomar; pues mientras su ira y sus feroces instintos la invitan á servirse de sus garras y á ensangrentar sus labios, su cariño maternal la detiene y la obliga á continuar contemplando á sus cachorros con ternura.
Cloridano, que no sabia cómo auxiliar á su amigo, pero que estaba dispuesto á morir á su lado, si bien decidido á exterminar el mayor número de contrarios que le fuera posible antes de exhalar el último aliento, colocó en el arco uno de sus agudos venablos, y desde su oculto retiro, hizo tan buen uso de él, que atravesó á un escocés el cerebro, derribándole sin vida del caballo. A un mismo tiempo se volvieron todos hácia el sitio de donde habia salido la flecha homicida, y en el acto disparó el sarraceno otra saeta, matando á un segundo escocés, el cual, mientras preguntaba á sus compañeros quién habia herido al primero, gritando y gesticulando, fué alcanzado por el nuevo dardo, que le atravesó la garganta, cortándole el uso de la palabra. Zerbino no pudo soportar con paciencia la muerte simultánea de los suyos, y se dirigió furioso á Medoro, diciendo: «Tu muerte nos vengará.»—Cogió al jóven por sus rubios cabellos y le atrajo violentamente hácia sí; pero al fijar la vista en aquel hermoso rostro, se apiadó de él y no le mató. El jóven le dijo entonces con ademan suplicante:
—Caballero, por tu Dios te ruego que no seas cruel, y me concedas el favor de sepultar el cuerpo de mi Rey. No deseo merecer de tí otra compasion, ni creas tampoco que me importe la vida, pues no deseo existir más tiempo del necesario para enterrar el cadáver de mi señor. Despues, si estás poseido del furor del Tebano Creonte, podrás, si así te place, despedazar mis miembros y esparcirlos para que sirvan de pasto á las fieras y á las aves de rapiña; pero antes, permíteme que sepulte al hijo de Almonte.
Así dijo Medoro, con dulce voz y con palabras capaces de conmover á un monte: Zerbino empezaba ya á sentir hácia el jóven sarraceno un grande afecto y una compasion infinita; cuando un guerrero bárbaro, sin respeto alguno á su príncipe, clavó su impía lanza en el pecho del desgraciado y suplicante Medoro. Disgustado quedó Zerbino por aquella accion tan cruel como insensata, y mucho más al ver que la violencia del golpe derribó en tierra al sarraceno, pálido y sin sentido, por lo cual juzgó que habia muerto instantáneamente. La irritacion y el dolor de Zerbino fueron tales, que exclamando: «No quedarás sin venganza,» arremetió lleno de saña al autor de aquella triste hazaña; pero este esquivó el cuerpo, y desapareció de su presencia con la velocidad del relámpago.
Apenas vió Cloridano que su Medoro caia en tierra, salió del bosque, para combatir á pecho descubierto; arrojó léjos de sí el arco, y ciego de ira, se lanzó espada en mano contra sus enemigos, más bien por encontrar la muerte, que con la esperanza de vengarse de un modo que á su cólera igualara. No tardó en enrojecer el suelo con su sangre; vió próximo su fin, y apenas sintió que le abandonaban las fuerzas, se dejó caer al lado de su Medoro. Los escoceses se alejaron entonces del bosque, siguiendo á su despechado príncipe, y dejando á los dos moros, sin vida el uno, y casi muerto el otro.
El infeliz Medoro estuvo mucho rato arrojando tan copioso raudal de sangre por su herida, que hubiese muerto indudablemente á no haber recibido un auxilio oportuno. Tropezó casualmente con él una doncella, cubierta de humildes y pastoriles vestiduras, pero de regio talante, de rostro bello, de distinguidos modales y continente honesto. Como hace mucho tiempo que no me he ocupado de ella, apenas os será posible conocerla: era, si acaso no lo sabeis, Angélica, la altiva hija del gran Can del Cathay. Cuando recobró el anillo que Brunel le habia arrebatado, creció tanto su orgullo y su arrogancia, que parecia desafiar al mundo entero; viajaba sola, desdeñándose de aceptar la compañía de todo caballero, por famoso que fuese, y avergonzándose al recordar que habia admitido como amantes á Sacripante y á Orlando. Lo que sobre todo aumentaba su enojo era el recuerdo de haber querido bien á Reinaldo, juzgando que se habia envilecido demasiado al fijar sus ojos en un caballero tan distante de su alcurnia. Pero irritado el Amor por tan desmesurada arrogancia, no quiso tolerarla por más tiempo, y oculto donde yacia Medoro, esperó á la jóven con la flecha preparada en el arco.
Cuando Angélica vió á aquel jovencillo herido, cuya vida se iba extinguiendo por momentos, y que se lamentaba menos de su suerte que de dejar insepulto el cuerpo de su rey, sintió que se abria paso en su corazon por vias desconocidas hasta entonces una piedad insólita, apoderándose de ella una dulce compasion, que se aumentó al escuchar el relato que de sus cuitas le hizo Medoro. Procuró entonces recordar los secretos de la cirujía que aprendiera en la India; pues, segun parece, este es un estudio noble, digno y encomiado en aquellas regiones, donde sin revolver libros ni papeles se trasmite de padres á hijos; y se dispuso á procurar su curacion, valiéndose al efecto de los jugos de algunas yerbas. Recordó haber visto en una pradera inmediata una planta saludable, quizás el díctamo ó la panacea, ú otra cuyo nombre ignoro, pero de efecto tan seguro, que restaña la sangre y hace desaparecer el dolor y la inflamacion de las heridas: corrió á cogerla, y volvió presurosa al lado de Medoro. En el camino encontró á un pastor, que venia á caballo por el bosque buscando una ternera, que hacia dos dias se habia alejado del rebaño y vagaba sola por aquellos contornos. Angélica le condujo al sitio en que Medoro iba perdiendo las fuerzas con la sangre que manaba de su pecho, en la que habia empapado el suelo de tal modo, que estaba próximo á perder la vida.
La doncella se apeó de su palafren, é hizo que el pastor se apeara asimismo del suyo: machacó despues la yerba entre dos piedras, la cogió en seguida y exprimió su jugo en el hueco de su mano; lo aplicó á la herida, y frotó además con él el pecho, el vientre y las piernas del moribundo, siendo tan eficaz el remedio, que cesó la sangre de brotar. Medoro recobró algun tanto el vigor perdido, y al poco rato le fué posible subir sobre el caballo del pastor. Sin embargo, el jóven sarraceno no consintió en apartarse de aquel sitio sin dejar sepultado el cuerpo de su señor: hizo, pues, que le enterraran y á Cloridano con él, y entonces ya no opuso resistencia á marcharse adonde le quisieron conducir. En breve llegaron á la humilde morada del complaciente pastor, donde Angélica, llevada de su piedad, continuó al lado del herido, sin querer separarse de él hasta su curacion completa: ¡tan grande era su naciente afecto, y tanta la compasion que sintió hácia el jóven cuando le vió tendido en el suelo y casi muerto! Conforme fué apreciando poco á poco las gracias y la belleza de Medoro, sintió su corazon minado por la lima sorda de su pasion, hasta que por último se abrasó en amoroso fuego.
El pastor habitaba con su mujer y sus hijos una cabaña bastante buena y agradable, de nueva y reciente construccion y situada en el bosque entre dos colinas. Allí fué donde la doncella, á fuerza de cuidados, logró curar en breve la herida de Medoro; pero sintiendo á su vez y en menos tiempo los crueles efectos de una herida mucho mayor y más profunda, que habia abierto en su corazon el dardo invisible, disparado por el niño alado desde los hermosos ojos y blondos cabellos de Medoro. Consumíala un ardor siempre creciente; pero olvidando su propio padecimiento, solo se ocupaba en atender solicita al mismo que era causa de su quebranto. A medida que la herida del sarraceno se iba cerrando, se abria y empeoraba la de Angélica: sanó por fin el jóven, al paso que á ella la iba extenuando la fiebre con su temblor, ya helado, ya sofocante. De dia en dia recobraba Medoro su marchita belleza, y de dia en dia iban desvaneciéndose los sonrosados colores de la doncella, como suele desvanecerse la nieve del invierno ante los templados rayos del sol de primavera. Forzoso le era, pues, tomar una pronta determinacion, si no queria que la hiciesen perecer sus fogosos deseos; y por lo mismo comprendió que no debia esperar más á que otro le ofreciese lo que anhelaba ansiosa; y olvidando las leyes del pudor, pidió á Medoro, con voz resuelta y atrevida mirada, que aplicase el remedio necesario á un mal que él mismo le habia causado sin saberlo.
¡Oh conde Orlando! ¡Oh rey de Circasia! ¿De qué os sirve vuestro ínclito valor? ¿Cuál es la recompensa de vuestra gloria y renombre? ¿Qué galardon adquirís por vuestros servicios? Decidme si obtuvisteis alguna vez el más insignificante favor en premio de cuanto por ella habeis sufrido. ¡Oh rey Agrican! Si pudieras volver á la vida, ¡cuál no seria tu humillacion al presenciar la conducta de Angélica, tú, para quien ella fué siempre desdeñosa, rechazándote cruel é inhumanamente! ¡Oh Ferragús! ¡Oh numerosos adalides que no nombro, y que llevásteis á cabo mil inclitas proezas por aquella ingrata, con cuánta desesperacion no la contemplariais ahora en brazos de su amante!
Angélica dejó cojer á Medoro aquella flor que nadie habia tocado hasta entonces, porque nadie habia sido tan afortunado que pudiese hollar tan maravilloso jardin. Sin embargo, para cohonestar hasta cierto punto aquella union, se celebró con ceremonias santas el matrimonio, bajo los auspicios del amor, y siendo prónuba la mujer del pastor. Celebráronse las bodas bajo aquel rústico techo con la mayor solemnidad que fué posible, y por espacio de un mes se entregaron ambos amantes á los tranquilos deleites de su pasion. Angélica no podia estar un momento separada de su Medoro; no se cansaba de acariciarle; y á pesar de verse continuamente en sus brazos, sus deseos y sus voluptuosos impulsos renacian sin cesar. Ya permaneciera en la cabaña, ya saliera fuera de ella, tenia dia y noche á su lado al hermoso
Angélica no se cansaba de contemplar al jóven Medoro.
(Canto XIX.)
jóven; por mañana y tarde iban buscando un retiro agradable junto á las orillas de los rios, ó por las verdes praderas, ó bien, para librarse de los ardores del sol del medio dia, se refugiaban en una cueva, tan grata y cómoda quizás como la que sorprendió los secretos de Eneas y Dido, cuando iban huyendo del agua[130]. En los momentos en que les permitian alguna tregua sus expansiones amorosas, se entretenian en grabar sus nombres con una aguja ó un cuchillo en el tronco de algun árbol, cuyo ramaje prestara amena sombra á un manantial ó á un arroyuelo; en las rocas cuya dureza no era tanta que lo impidiese; en las paredes de la cabaña y en mil distintos sitios; de suerte que por todas partes se encontraban los nombres de Angélica y Medoro escritos y entrelazados de diferentes maneras.
Cuando Angélica se apercibió de que su residencia en la cabaña del pastor iba prolongándose demasiado, se dispuso á regresar á la India para ceñir á Medoro la brillante corona del Cathay. La jóven llevaba en el brazo hacía mucho tiempo un brazalete de oro, enriquecido de piedras preciosas, como recuerdo y testimonio del afecto que le profesaba el conde Orlando. Aquel brazalete se lo habia dado Morgana á Zeliante, á quien tenia cautivo en un lago; y este, cuando volvió á los brazos de su padre Monodante, merced al arrojo y al valor de Orlando, se lo regaló á su libertador, el cual, enamorado ya de Angélica, lo aceptó con la intencion de ofrecérselo á su amada. La jóven estimaba aquel brazalete como pudiera estimar el más preciado objeto, pero no por amor al paladin, sino por el incomparable valor y esmerado trabajo de la joya. Consiguió conservarlo en la isla del llanto, aunque no sabré deciros por qué medio, cuando los ebudos crueles é inhospitalarios la expusieron enteramente desnuda á la voracidad de un mónstruo marino. No teniendo, pues, otra cosa que ofrecer al buen pastor y á su mujer en pago de la hospitalidad y de los servicios que les habian ofrecido con tanta solicitud desde el dia en que se refugiaron en la cabaña, sacóse el brazalete del brazo, y se lo entregó, rogándoles que lo admitiesen en obsequio suyo, y acto contínuo se dirigieron hácia los montes que separan la Francia y la España.
Pensaban esperar algunos dias en Valencia ó Barcelona á que saliese algun buque con rumbo al Oriente. Al llegar á la cumbre de aquellas elevadas montañas, descubrieron más allá de Gerona el dilatado mar, cuya playa fueron costeando hácia la izquierda siguiendo el frecuentado camino de Barcelona. Pero antes de llegar á esta ciudad, vieron tendido en la playa á un hombre, con el rostro, el pecho y la espalda tan súcios y tan llenos de lodo é inmundicia que parecia un cerdo; el cual, apenas divisó á los dos jóvenes, se precipitó sobre ellos como se precipita un perro sobre personas desconocidas, causándoles un susto y una afrenta inesperada.
Mas vuelvo á ocuparme de Marfisa, de Astolfo, de Aquilante, de Grifon y de los demás navegantes que, en presencia de la muerte, rendidos y extenuados de cansancio, no podian contrarestar los embates del mar embravecido. La tormenta, cada vez más soberbia y arrogante, continuaba amenazándoles con sus furores; y á pesar de que su saña duraba ya tres dias, no daba señal ni indicio de aplacarse. Las monstruosas olas y los vientos desencadenados habian destrozado el castillo de popa y las gavias; lo que el vendabal dejaba en pié, era cortado y arrojado al mar por los mismos marineros. Mientras unos, inclinados sobre la carta marina, marcaban el rumbo que seguian á la escasa luz de una pequeña linterna, otros permanecian en la bodega, examinándolo todo atentamente, alumbrados por una antorcha, y otros en la popa ó en la proa cuidaban del reloj de arena, consultándolo cada media hora para saber el tiempo trascurrido y la rapidez de la marcha del buque. Por último, cada cual, provisto de su correspondiente carta marina, pasó sobre cubierta á fin de dar su parecer en el consejo á que los habia convocado el capitan. Uno de ellos sostenia que se encontraban próximos á las sirtes de Limiso[131], segun lo que de sus cálculos deducia; otro, que estaban cerca de los agudos peñascos de la costa de Trípoli, donde el mar estrella frecuentemente á los buques; y alguno aseguraba que se hallaban perdidos en las aguas de Satalia, terror de los marineros. Cada cual apoyaba su opinion con diferentes razones, pero todos sentian la misma inquietud é igual temor.
Al tercer dia, el viento les atacó con más furia, y el mar se mostró más airado: el primero desgajó y se llevó el trinquete; una monstruosa oleada del segundo arrebató el timon y el timonel. Hubiera sido preciso un corazon más fuerte que el mármol y más duro que el acero para resistir al temor; y hasta la misma Marfisa, tan valiente en todas ocasiones, no pudo menos de confesar que aquel dia tuvo miedo. Por de contado que no faltaron promesas de ir en peregrinacion al monte Sinaí, á Santiago de Galicia, á Chipre, á Roma, al Santo Sepulcro, á la Vírgen de Ettino y otros sitios célebres, si salian con bien de tan apurado trance. El bajel continuaba entre tanto siendo juguete de las olas, las cuales lo elevaban á veces hasta las nubes: el piloto habia hecho picar el artimon para oponer menos blanco á los embates del viento, y juntamente con los cajones, los fardos de ricas mercaderías y cuantos objetos de algun peso existian á bordo, lo arrojó á merced de las olas. En seguida se pusieron unos á manejar la bomba, á fin de extraer de la nave el agua que iba haciendo, y devolvian al mar lo que del mar habia salido, al paso que otros se ocupaban en la bodega en reparar las averías causadas por las olas en el casco del buque.
Cuatro dias permanecieron entregados á tantos trabajos y á tan mortal angustia, sin que supieran adonde volver los ojos para hallar un refugio; pero en el momento en que parecia que el mar iba á triunfar de sus esfuerzos por poco que hubiese continuado en su insistente furor, abrieron sus corazones á la esperanza al ver el deseado fuego de San Telmo, que apareció sobre la obra muerta de proa, por no quedar ya entenas ni masteleros. Todos los navegantes cayeron de rodillas ante los resplandores de aquellas bellas luces y pidieron al cielo con ojos húmedos y tembloroso acento que se calmase el mar y tornara la bonanza. La tempestad, tan pertinaz hasta entonces, no siguió adelante; el mistral ya no les molestó en la travesía; pero el Sud-Oeste, cual tirano del mar, lanzaba por su negra boca tan impetuosos resoplidos que las olas se sucedian con rapidez increible unas á otras, semejantes á un devastador torrente, é impelian al buque con la velocidad del halcon que hiende los aires, con gran espanto del piloto que temia verse arrastrado hasta el fin del mundo, destrozado ó sumergido en el abismo. El experto marino arbitró, sin embargo, un pronto remedio, y dispuso que se amarraran á la popa cables gruesos y sólidos de los cuales se colgaron las anclas, procurando de este modo disminuir en sus dos terceras partes la marcha de la nave. Esta maniobra, unida al auxilio del que hizo descender á la proa el fuego de San Telmo, produjo el efecto deseado y salvó al buque, próximo á zozobrar, haciendo que se deslizara por alta mar con mayor seguridad.
Poco despues se encontraron en el golfo de Layas, en la costa de Siria, á la vista de una gran ciudad, y tan cerca de la playa, que se distinguian perfectamente los dos castillos situados á la entrada del puerto. Mas en cuanto el piloto conoció el sitio en que se encontraba, quedó aterrado, porque allí no se atrevia á echar las anclas, ni le era posible huir ni permanecer al pairo. Y en efecto, ¿cómo conseguirlo con un bajel que habia perdido los mástiles, las gavias, las vergas, y cuyo casco estaba medio destrozado por los redoblados y furiosos golpes de mar que habia sufrido? Desembarcar en aquella costa era lo mismo que suicidarse ó condenarse á un perpétuo cautiverio; porque todos cuantos habian saltado en ella por equivocacion ó conducidos por su adversa fortuna, habian perdido la vida ó la libertad. Tampoco era conveniente malgastar el tiempo en vacilaciones; porque se exponian á que los habitantes de aquel país saliesen con sus buques armados en corso á atacar una nave, no ya incapaz de resistirse, sino hasta de navegar.
Mientras el piloto luchaba en tan penosa indecision, aproximóse á él el duque Astolfo, y le preguntó la causa de ella, así como la de no haber entrado ya en el puerto. Contestóle el marino que toda aquella costa estaba habitaba por mugeres homicidas, cuya costumbre, observada durante largos años, era la de esclavizar ó dar la muerte á todo el que saltaba en tierra. Añadió que únicamente se libraba de tan triste suerte el que fuese capaz de vencer cuerpo á cuerpo á diez guerreros, y de satisfacer por la noche el apetito carnal de otras tantas doncellas: si el que salia bien de la primera prueba, no podia cumplir con la segunda, perecia irrevocablemente, y sus compañeros se veian obligados á cultivar los campos ó á custodiar ganados. El que consiguiera salir triunfante de una y otra prueba, lograba la libertad de sus compañeros; mas no así la suya, pues habia de tomar por esposas á diez mujeres, elegidas segun sus deseos.
Astolfo no pudo contener la risa al oir una costumbre tan rara. Acercáronse despues Sansoneto, Marfisa, Aquilante y su hermano, y el piloto les refirió del mismo modo la causa que le tenia apartado del puerto. «Prefiero mil veces, les dijo, sepultarme entre las olas, á gemir bajo el yugo de la esclavitud.»
Los marineros y demás navegantes fueron del parecer del piloto; pero Marfisa y sus compañeros opinaron de distinto modo, por creer que estarian más seguros en la tierra que en el mar; afirmando que les importaba menos verse rodeados de cien mil espadas, que exponerse á ser de nuevo juguete de las embravecidas olas; pues contra estas de nada les servian sus armas, al paso que, mientras pudieran manejarlas, su valor arrostraria impávido los peligros de aquel país ó de cualquier otro del mundo. Deseaban, pues, los guerreros saltar en tierra, y especialmente el Duque inglés, por estar persuadido de que apenas dejase oir los sonidos de su trompa, dispersaria á sus agresores. Una parte de los navegantes aprobaba este proyecto; le censuraba la otra, ocasionándose las disputas consiguientes á esta diferencia de opiniones, cuando por último, los primeros, que eran los más numerosos, obligaron al piloto á tomar tierra mal de su grado.
En cuanto vieron desde la ciudad á nuestros navegantes adelantarse en demanda del puerto, prepararon una galera provista de mucha chusma y de marineros expertos, la cual se dirigió al encuentro de la triste nave en que se agitaban tan opuestos pareceres; y amarrando á su elevada popa la proa de aquella, la sacaron fuera del impío mar. Entraron en el puerto á remolque, y á fuerza de remos más bien que á favor de las velas, porque el viento se las habia arrebatado durante la tempestad pasada. Entre tanto, los caballeros se vistieron su armadura, ciñeron su fiel espada y procuraron reanimar con sus palabras consoladoras el abatido espíritu del piloto y demás compañeros de viaje.
El puerto, que era semicircular, tenia más de cuatro millas de circunferencia; su entrada unos seiscientos pasos de anchura, y en cada uno de los extremos de la media luna que formaba se elevaban dos fortalezas. Estaba al abrigo de todos los vientos, excepto al Mediodia, y la ciudad se levantaba en anfiteatro por la pendiente de una colina.
No bien fondeó en dicho puerto aquella embarcacion, de cuyo arribo se tenia ya noticia por toda la comarca, cuando se presentaron en él seis mil mujeres en hábitos guerreros y empuñando sus arcos, al mismo tiempo que para impedir toda evasion, se cerraba la entrada del puerto con naves y cadenas, colocadas de una á una otra fortaleza, las cuales estaban constantemente preparadas para uso semejante. Una de aquellas mujeres, que por su edad podria compararse á la Sibila de Cumas[132] ó á la madre de Héctor[133], llamó al piloto, y le preguntó si querian dejarse quitar la vida, ó si preferian inclinar su cabeza bajo el yugo de la servidumbre, siguiendo la costumbre establecida. Forzoso les era, pues, elejir entre la esclavitud ó la muerte.
—Sin embargo, añadió, si hay entre vosotros algun hombre tan animoso y fuerte, que se atreva á combatir contra diez de los nuestros y consiga vencerlos, y esté dispuesto además á servir de esposo por la noche á diez doncellas, le reconoceremos por nuestro príncipe, y vosotros podreis marcharos enteramente libres ó permanecer aquí, segun vuestra voluntad; pero advirtiendoos, que el que quiera quedarse y ser libre, ha de desposarse con diez mujeres. Mas si el campeon que elijais para luchar con nuestros diez guerreros llega á ser vencido ó sale mal de la segunda prueba, vosotros quedareis esclavizados y él perecerá.
Donde la vieja esperaba hallar temor, encontró, por el contrario, animosos brios; pues cada uno de los caballeros se creia con fuerzas para salir airoso de una y otra prueba. Marfisa deseaba como los demás tomar parte en la empresa, pues si bien estaba persuadida de que no podria cumplir con la segunda condicion, esperaba suplir con su espada lo que la naturaleza no le permitia. Puestos, pues, de acuerdo nuestros caballeros, encargaron al patron que contestara, que entre ellos no faltaban guerreros capaces de arrostrar en la plaza y en el lecho los peligros de las condiciones impuestas.
Aproximóse el buque á tierra, le amarraron con sólidos cables, y echaron el puente, por el que desembarcaron los caballeros provistos de sus armas y llevando sus corceles del diestro. En seguida atravesaron la ciudad en medio de una multitud de doncellas de aspecto altanero, que se entretenian en cabalgar por las calles con los vestidos recogidos, y en manejar las armas por las plazas como guerreros. Por respeto á la antigua costumbre de que he hablado, tenian prohibido los hombres de aquel país calzar espuelas, ceñir espada, ni usar arma alguna, excepto los diez designados para sostener el combate. Todos los demás estaban dedicados á manejar la lanzadera, la rueca, el huso, la aguja y el peine, cubiertos con trajes mujeriles, que les llegaban hasta los piés y les daban un aspecto muelle y afeminado. Algunos arrastraban una cadena, como señal de su profesion de labriegos ó pastores. Los varones escaseaban tanto en tan singular comarca, que seguramente no podrian reunirse en todas sus ciudades y villas cien hombres por cada mil mujeres.
Los caballeros convinieron en que la suerte decidiera cuál de ellos habia de luchar con los diez campeones en la plaza y con las diez doncellas en diferente palenque por la salvacion comun, habiendo resuelto de antemano que no entrara en suerte Marfisa, persuadidos de que tropezaria con una dificultad insuperable en la prueba de la noche, para la que la hacia inhábil su sexo; pero la jóven guerrera no quiso consentir en ello, y precisamente fué la designada por la suerte. Marfisa les dijo entonces:
—Os ofrezco perecer en la demanda antes que por mí os veais sumidos en la esclavitud: por esta espada os juro (y mostró el acero que llevaba ceñido al costado), que sabré deshacer todos los obstáculos, del mismo modo que Alejandro deshizo el nudo gordiano. Estoy resuelta á lograr que en lo sucesivo, y hasta el fin de los siglos, ningun extranjero tenga que lamentarse de haber llegado á este país.
Así dijo, y no pudiendo sus compañeros oponerse á la decision de la suerte, entregaron su libertad y su salvacion en manos de la guerrera, que armada de piés á cabeza, se presentó en el terreno del combate.
En la parte más elevada de la poblacion existia una plaza circular, rodeada de asientos de piedra, y exclusivamente destinada á esta clase de combates, á los torneos, á las luchas y demás regocijos públicos, y cerrada por cuatro puertas de bronce. Una multitud considerable de mujeres armadas se colocó en aquellas graderías, despues de lo cual hicieron entrar á Marfisa. La jóven se presentó montada en un arrogante caballo tordo rodado, de cabeza pequeña y fogosa mirada, de paso seguro y soberbio, y de magnífica estampa. El rey Norandino lo habia elegido en Damasco como el más hermoso y gallardo de entre otros mil que tenia para su uso, y se lo habia regalado á Marfisa.
Entró esta en el palenque por la puerta del Sur, en el momento en que el Sol llegaba á la mitad de su carrera: pocos momentos despues resonaron por todos los ámbitos de la plaza los ecos agudos de los clarines, y vió que por la puerta del Norte penetraban en ella sus diez contrarios. El guerrero que venia al frente valia al parecer más que los otros nueve reunidos. Presentóse en el palenque cabalgando sobre un gran corcel, más negro que el cuervo de plumaje más oscuro, excepto la frente y la pata trasera izquierda, en las que se veian algunas manchas blancas. El color de la armadura del caballo, tan negra como el caballero, parecia indicar que así como el blanco estaba en mucha menos proporcion que el oscuro, del mismo modo su sonrisa habia desaparecido bajo el tétrico llanto.
En cuanto se oyó la señal del combate, nueve de los guerreros bajaron simultáneamente sus lanzas; mas el caballero del negro color no quiso prevalerse de semejante ventaja sobre un solo adversario, y se hizo á un lado como si no tuviese intencion de pelear. Deseoso indudablemente de observar las leyes de la cortesía más que de obedecer las del país, permaneció inmóvil presenciando el resultado de tan desigual contienda.
El caballo de Marfisa, cuyo paso era suave y mesurado, arrancó entonces como un rayo contra los nueve combatientes; y la jóven enristró en medio de la carrera su lanza, la cual era tan pesada, que apenas habrian podido sostenerla cuatro hombres. Al salir de la embarcacion la habia elegido como la más sólida de entre otras muchas entenas. El aspecto de la guerrera fué en aquel momento tan terrible, que al contemplarla palidecieron mil semblantes y latieron violentamente mil corazones. Al primero que alcanzó le agujereó el pecho como si lo hubiera tenido desnudo, despues de atravesarle la coraza, la cota de malla y un grueso escudo chapeado de hierro, viéndose salir la lanza por la espalda más de un codo: tan grande fué la violencia del golpe. Sin detenerse á más, le dejó rodar por el suelo, y se lanzó á toda brida sobre los otros. Al segundo y al tercero les dió tan soberbio bote de lanza, que ambos exhalaron el último aliento, por haberles partido la columna vertebral, arrancando á uno de ellos de la silla: tan terrible fué aquel choque y tan amontonados venian sobre ella sus contrarios. Solamente las balas de cañon pueden abrir los escuadrones como Marfisa abrió el grupo que formaban los nueve combatientes. Varias lanzas se rompieron en la coraza de la jóven; pero permaneció ante sus golpes tan inmóvil como las paredes de un trinquete ante las pelotas lanzadas por los jugadores.
Su coraza, enrojecida por encanto en el fuego del Infierno y templada en el agua del Averno, era tan dura, que nada podian contra ella los más fuertes embates. Al llegar al estremo opuesto del palenque, detuvo Marfisa un momento su caballo, volvió riendas y lo lanzó nueva y rápidamente contra sus restantes adversarios, que aterrados, se apartaron de ella en desórden. No obstante, los persiguió, los acuchilló á su sabor y enrojeció con su sangre hasta la empuñadura de la espada: derribóle á uno la cabeza, un brazo á otro, y á un tercero le dió tan tremenda cuchillada, que fué rodando por el suelo el pecho con la cabeza y los brazos, mientras las piernas y el vientre quedaron á caballo. Quiero decir, que lo dividió por medio del cuerpo, hácia donde se reunen las costillas y las caderas, dejándole con la mitad no más de su figura, semejante á esos exvotos de plata ó de cera que las gentes de paises lejanos ó próximos suelen colgar ante las imágenes divinas, para manifestarles su agradecimiento y cumplir la promesa que hicieran si les salian bien sus piadosas demandas. Alcanzó despues en medio de la plaza á uno de los guerreros enemigos que iba huyendo, y le separó de tal modo la cabeza del tronco, que no hubo médico que pudiera volvérsela á unir. En fin, los nueve campeones, uno tras otro, rodaron á los piés de Marfisa, muertos los unos y tan mal heridos los otros, que perdieron todo su vigor, quedando segura la doncella de que no podian levantarse más del suelo para continuar la lucha.
Habia permanecido inmóvil hasta entonces en un extremo de la plaza el caballero que mandaba á los nueve combatientes vencidos, por considerar como una accion indigna é inícua acometer á uno solo con tanta ventaja. Pero en cuanto vió que aquel campeon habia dado tan rápida cuenta de sus compañeros, se adelantó para probar que la generosidad y no el temor le habia tenido alejado de la lucha. Hizo con la mano una seña de que deseaba pronunciar algunas palabras antes de trabar el combate, y no pudiendo presumir que bajo aquellas actitudes varoniles se ocultase una doncella, dijo á Marfisa:
—Caballero, debes estar cansado despues de haber vencido á tantos adversarios; y seria en mi descortesia, si pretendiera fatigarte más de lo que lo estás. Te concedo, pues, que descanses hasta el nuevo dia, y entonces volverás al palenque; pues no seria honroso para mí aceptar la lucha contigo, cuando tan trabajado y rendido debes estar, segun presumo.
—No es nuevo para mí el manejo de las armas, ni acostumbro á ceder tan pronto al cansancio, contestó Marfisa; y en prueba de ello, pronto conocerás, á pesar tuyo, la verdad de estas palabras. Agradezco, como se merece, tu cortés ofrecimiento, pero todavia no tengo necesidad de descansar; y además, es aun tan temprano, que seria vergonzoso entregarse al ocio durante las horas de dia que nos quedan.
El caballero respondió:
—¡Ojalá pudiera satisfacer tan completamente los deseos que oprimen mi corazon, como quedarán los tuyos satisfechos! pero guarda, no sea que el dia de hoy te parezca más corto de lo que crees.
Así diciendo, hizo que les trajeran dos gruesas lanzas, ó más bien, dos pesadas entenas; se las presentó á Marfisa para que escogiese una, y tomó despues la que ella habia dejado. Preparáronse ambos, esperando solo la señal del ataque para acometerse. La tierra, el mar y el aire resonaron con el estrépito de sus armas, apenas se oyó el primer toque de los clarines. Los espectadores, con la mirada fija, inmóviles los labios y la respiracion contenida, estaban tan atentos contemplando cuál de los dos campeones su llevaria la palma de la victoria, que no se oia el menor rumor en la plaza.
Marfisa enristró la lanza, procurando arrancar de la silla al primer bote á su contrario, de modo que no pudiera levantarse más; el caballero negro, por su parte, tendia lo mismo que la jóven á derribarla sin vida. Las lanzas volaron hechas astillas, cual si no fueran de gruesa y dura encina y sí de sauce seco y delgado; el choque fué tan violento para los corceles, que doblaron á un mismo tiempo los corvejones, como si el filo de una hoz les hubiera cortado todos los nervios, y ambos cayeron simultáneamente, pero los ginetes salieron rápidamente de entre los arzones. En el trascurso de su vida aventurera, Marfisa habia derribado á mil caballeros al primer encuentro, sin haberse visto nunca lanzada de la silla; pero esta vez lo fué, como habeis oido, y al considerar su caida, se quedó, no atemorizada, sino á punto de volverse loca de furor. En cuanto al caballero negro, no se sorprendió menos de su propia caida, pues no solia saltar de la silla tan fácilmente.
No bien tocaron la tierra con sus cuerpos, cuando se les vió nuevamente en pié, dispuestos á renovar la lucha. Empezaron á descargarse con el mayor furor tajos y reveses que paraban con el escudo, con sus mismos aceros, ó esquivaban dando saltos. Los golpes que se dirigian, ora se dieran en vago, ora sobre seguro, resonaban en el aire y su eco atronaba el espacio. Sus yelmos, sus corazas, sus escudos dieron á conocer que eran más fuertes que un yunque: si el brazo de la doncella era pesado, no podia calificarse de leve el del caballero; tan igual era su destreza, que cada cual recibia el mismo número de golpes que descargaba sobre su adversario. Quien deseara hallar dos corazones igualmente audaces, fieros y valientes, no debia buscarlos en otra parte, ni pedir tampoco más destreza ni mayor bizarría, pues ambos tenian cuanta es posible reunir en una persona.
Las mujeres, que presenciaban hacia largo tiempo aquel contínuo martilleo de los aceros, sin observar en los dos campeones el menor indicio de debilidad ni de cansancio, los proclamaban ya como los dos mejores guerreros de cuantos hubiera en todo el ámbito que circundan los mares, y suponian que si en sus cuerpos no hubiese más que vigor y fortaleza, tan continuado trabajo deberia ya haberlos hecho perecer. Marfisa decia entre sí:—«Ha sido una dicha para mí que este caballero permaneciera inmóvil durante el combate que he sostenido con sus compañeros, pues de otra suerte, habria corrido peligro mi vida; porque ¿cómo me hubiera podido defender entonces, si ahora apenas puedo hacer frente sus ataques?»—Así decia Marfisa, pero mientras tanto no estaba su espada ociosa.—«Suerte he tenido, decia el guerrero negro, en no haber dejado descansar á mi adversario; pues á pesar de lo fatigado que debe haberle dejado su combate anterior, apenas puedo defenderme de sus golpes. Si hubiéramos esperado hasta el nuevo dia para que recobrara su vigor, ¿qué seria de mí? Puedo considerarme como el más feliz de los hombres con que haya rehusado mi oferta.»
Prolongóse la pelea hasta la noche, sin que se conociese la menor ventaja por una ú otra parte: imposibilitados por la falta de luz de poder parar los golpes que mútuamente se dirigian, suspendió la lucha el cortés caballero, diciendo á la guerrera:
—Puesto que las tinieblas importunas han venido á sorprendernos y los dos conservamos todas nuestras ventajas, me parece mejor que prolongues tu vida, por lo menos hasta que despunte la nueva aurora. No me es dable concederte que añadas á tus dias más que el corto espacio de una noche. Sin embargo, te ruego que no hagas recaer sobre mi la culpa de que tu existencia sea tan limitada: échasela más bien á la inhumana ley del sexo femenino, que domina en estas comarcas. Bien sabe Aquel que lo vé todo cuánto me duele tu suerte y la de tus compañeros. En prueba de ello, acepta la hospitalidad que á todos os ofrezco en mi morada; en la inteligencia de que en ninguna otra podreis estar con tanta seguridad, porque la turba mujeril, á cuyos maridos has dado muerte en este mismo sitio, conspira ya contra tí. Cada uno de los que has inmolado estaba casado con diez mujeres: puedes por lo mismo considerar que noventa viudas desean vengar el daño que de tí han recibido. Así es que, si te niegas á aceptar mi ofrecimiento, esta noche te espera una muerte terrible.
Marfisa contestó:
—Acepto de buen grado tu hospitalidad, por abrigar el convencimiento de que tu lealtad y nobleza de corazon serán tan perfectas como tu bizarría y denuedo: mas no deplores el tener que darme la muerte; antes al contrario, tiembla por tí mismo. No creo haberte dado motivo para suponer que soy un adversario indigno de tí; y tanto es así, que dejo enteramente á tu arbitrio la continuacion ó la suspension de la lucha, lo mismo que el proseguirla de dia ó de noche, y cómo, cuándo y dónde quieras.
Por último, resolvieron suspender la pelea hasta el momento en que saliera del Ganges el nuevo albor matutino, quedando indeciso cuál de los dos guerreros era mejor. El generoso caballero se dirigió á Aquilante, á Grifon y á sus demás compañeros para rogarles que se dignasen admitir la hospitalidad que les ofrecia durante la noche. Aceptáronla sin desconfianza alguna, y desde el palenque pasaron todos alumbrados por el resplandor de blancas antorchas, al palacio del guerrero, en el que encontraron una multitud de estancias ricamente alhajadas. Estupefactos quedaron los dos combatientes al mirarse mútuamente en cuanto se quitaron los yelmos: Marfisa se sorprendió al encontrarse con un jóven que no parecia tener más de diez y ocho años, juzgando imposible tanto valor en edad tan temprana; el otro no quedó menos sorprendido al conocer por la rubia cabellera de la jóven el sexo de su adversario. Preguntáronse mútuamente sus nombres, cuyas preguntas satisfacieron ambos; pero en el canto siguiente os diré, si venis á escucharme, el del caballero.