CANTO XX.
Guido y los demás guerreros se evaden de aquella triste region, despues que Astolfo ha puesto en fuga á todos sus habitantes valiéndose de su trompa.—Astolfo incendia despues todo el país, y se aleja enteramente solo, dando la vuelta al mundo.—Marfisa derriba en Francia á Zerbino, obligándole á encargarse de Gabrina.—El príncipe escocés sabe por Gabrina lo acaecido á Isabel.
Las mujeres de la antigüedad han hecho cosas admirables, así en las armas como en las letras, y sus obras bellas y gloriosas han esparcido una radiante luz por el mundo. Harpalice[134] y Camila[135] son famosas por su valor y su pericia militar; Safo[136] y Corina[137] se ilustraron por su talento y su genio, y sus nombres no desaparecerán en la noche de los tiempos. Las mujeres han llegado á la perfeccion en cualquier arte á que se han dedicado con asiduidad, como puede atestiguarlo todo el que tenga las más ligeras nociones de Historia. Si el mundo ha permanecido algun tiempo sin ver brillar la fama de alguna mujer no ha de durar siempre el mal influjo; ó más bien, preciso será acusar de esta falta á la envidia ó á la ignorancia de los escritores.
Estoy firmemente persuadido de que las mujeres de nuestro siglo se distinguen igualmente con méritos brillantísimos, y no tan solo dignos de que el papel y la pluma perpetúen su memoria, sino tambien de que su fama resuene en los futuros siglos para que la maledicencia de muchas lenguas viperinas quede eternamente sepultada entre su infamia, y aparezcan los triunfos de aquellas tan esplendentes que nada tengan que envidiar á los de Marfisa.
Volviendo, pues, á esta guerrera, diré que ofreció al cortés caballero darle noticias de su vida, luego que él por su parte le manifestara su condicion. Deseaba, sin embargo, con tanta impaciencia conocer el nombre del jóven guerrero, que pronunció primeramente el suyo para darle ejemplo, diciéndole:—«Yo soy Marfisa.» Y bastó aquel nombre, famoso y conocido en todo el mundo para saber lo demás.
El caballero negro tuvo necesidad de mayor proemio para dar cuenta de su vida, y expresóse en estos términos:
—Creo que cada uno de vosotros tendrá presente el nombre de mi estirpe; pues no solo Francia, España y las naciones vecinas, sino tambien la India, la Etiopía y el helado Ponto conocen el esclarecido nombre de Claramonte, de cuyo linaje salió el caballero que mató á Almonte, y el que inmoló á Clariel y al rey Mambrino, destruyendo su reino. De esta sangre, pues, nací yo en la region donde el Ister[138] se arroja por ocho ó diez bocas en el Ponto Euxino[139], á la cual habia llegado poco antes el duque Amon y enamorándose de mi madre. Por ahora hace un año que la dejé desconsolada para ir á Francia á reunirme con mi familia; pero no me fué posible terminar el viaje, por haberme arrojado á esta costa una furiosa tempestad, y hace diez meses que estoy detenido en ella, contando los dias y las horas que pasan. Me llamo Guido el Salvaje, y hasta ahora he llevado á cabo pocas hazañas, por lo cual es desconocido mi nombre: aquí dí muerte á Argilon de Melibea con los diez guerreros que le acompañaban: salí despues vencedor de la segunda prueba, y hoy soy esposo de diez mujeres elegidas á mi gusto, por lo cual podreis considerar que mi eleccion recayó en las más bellas y más donosas de esta comarca. Mi dominio alcanza á todas las demás por habérseme confiado el gobierno y el cetro de este estado, como lo confiarán á cualquier otro á quien sonría la fortuna, permitiéndole que venza á diez campeones.
Los caballeros preguntaron á Guido la causa de que hubiese tan pocos varones en aquel territorio, y si estaban sujetos á sus mujeres así como estas lo están á sus maridos en todos los paises del mundo. Guido les respondió:
—Desde que permanezco en este país he tenido ocasion de oir muchas veces el motivo de semejante particularidad, y puesto que deseais saberlo, os lo referiré tal y como ha llegado á mi noticia.
«Cuando los Griegos regresaron de Troya, despues de veinte años de ausencia, por haber durado diez el asedio de aquella ciudad y permanecido otros diez á merced de las olas, detenidos en el mar por vientos contrarios, se encontraron con que sus mujeres, no pudiendo soportar los tormentos de la ausencia y para preservarse en sus lechos del frio de las noches, habian elegido amantes jóvenes que mitigaran su pena. Los Griegos hallaron en sus moradas una multitud de hijos agenos; mas, convencidos de que era imposible observar tan prolongada abstinencia, perdonaron de comun acuerdo á sus mujeres, si bien decidieron arrojar de sus moradas á los hijos adulterinos, negándose á que continuaran viviendo á sus expensas. En su consecuencia, cumplióse con ellos lo acordado, si bien las madres procuraron ocultar y seguir manteniendo á un gran número de sus hijos. Los que habian llegado á la edad de la pubertad se ausentaron, por grupos, pasando á diferentes paises: otros abrazaron la carrera de las armas; muchos cultivaron las ciencias y las artes; bastantes la tierra; algunos buscaron su fortuna en la corte, y varios, por último, se dedicaron á guardar ganados.
»Entre los que se ausentaron, iba un jovencillo de unos diez y ocho años, hijo de la cruel Clitemnestra[140], fresco y lozano cual un lirio ó como la rosa recien arrancada de su tallo. Unido á otros cien jóvenes de su misma edad, los más esforzados de toda la Grecia, armó un bajel y dedicóse á piratear por los mares y las costas. En aquel tiempo, los cretenses habian arrojado del reino al cruel Idomeneo[141], y para afianzar su nuevo gobierno, reunian armas y levantaban tropas para defenderse. Aprovechando aquella oportunidad, admitieron á su servicio á Falanto (que así se llamaba el jóven), y le confiaron á él y á sus demás compañeros la custodia de la ciudad de Dictima. Era esta la más rica y más agradable de las cien placenteras ciudades de la Creta, tanto por la hermosura, y voluptuosidad de sus mujeres, cuanto por sus incesantes juegos y fiestas; y siguiendo sus habitantes su proverbial costumbre de agasajar en extremo á los forasteros, acogieron tan cordialmente á aquellos jóvenes, que no faltó más sino que los hicieran dueños de sus mismos hogares.
»Los compañeros que Falanto habia elegido eran todos jóvenes, como he dicho, y gallardos; así es que desde el primer momento se apoderaron de los corazones de las bellas cretenses; y como además de su gallardía, eran sumamente afables, enamorados y vigorosos, se hicieron en pocos dias tan bien vistos á los ojos de las mujeres de aquel país, que no tardaron estas en preferirlos á todas las cosas del mundo. Una vez terminada la guerra que habia motivado el llamamiento de Falanto y sus compañeros á Creta, y suspendido el sueldo que por tal concepto recibían, pensaron en abandonar un país que ya no les proporcionaba los medios necesarios para vivir; pero las jóvenes cretenses, al saberlo, dieron mayores muestras de sentimiento, y derramaron más lágrimas que si hubieran visto perecer á sus padres. Todas ellas suplicaron encarecidamente á sus jóvenes amantes que no se apartasen de su lado; mas perdiendo la esperanza de lograrlo, resolvieron seguirlos, y abandonaron por ellos á sus padres, hermanos é hijos, no sin llevarse las joyas, el dinero y los objetos de más valor que existian en su hogar doméstico; pues tan sigilosamente llevaron á cabo su fuga, que no hubo uno solo que la descubriese. Fué tan propicio el viento y tan á propósito la hora que Falanto eligió para la partida, que ya se encontraban á muchas millas del puerto cuando los cretenses echaron de ver su daño. La suerte proporcionó despues á la comitiva de Falanto esta costa, desierta entonces, en la que se establecieron, disfrutando tranquilamente del fruto de su robo.
»Durante diez dias fué para ellos esta playa una mansion llena de delicias; pero como suele suceder que muchas veces la abundancia produce el hastío en el corazon de los jóvenes, convinieron unánimemente Falanto y sus compañeros en abandonar á sus mujeres y librarse de este modo de ellas; porque no hay carga tan pesada como la mujer cuando llega á sernos importuna. Tan ganosos de botin y de rapiñas como parcos en sus gastos, vieron que para mantener tantas concubinas necesitaban algo más que lanzas y ballestas; por lo cual, abandonando aquí á aquellas desdichadas, se marcharon cargados con sus tesoros hácia las costas de la Pulla, donde be oido decir que edificaron la ciudad de Tarento[142].
»Las cretenses, viéndose vendidas por sus amantes, en quienes tenian depositada toda su confianza, permanecieron por algunos dias tan poseidas de estupor que parecian inmóviles estátuas colocadas en la orilla del mar. Convencidas despues de que sus lágrimas y sus lamentos de nada podian servirles, empezaron á pensar y á buscar un medio para sustraerse á tamaña desgracia: cada una de ellas proponia su parecer, y mientras unas opinaban que debian regresar á Creta y someterse al arbitrio de sus severos padres y ofendidos esposos, antes que perecer de hambre y de miseria en estas playas desiertas y en estos bosques salvajes, otras sostenian que era preferible morir sepultadas en el mar, á adoptar tan cruel partido, y que consideraban menos malo vagar errantes cual meretrices, mendigas ó esclavas, que ir por sí mismas á buscar el castigo, de que las habian hecho merecedoras sus culpables acciones. Tales ó parecidos eran los dictámenes á cual más duro y penoso de aquellas infelices, cuando se levantó Orontea, cuyo orígen se remontaba al rey Minos, y era la más jóven, bella y prudente de todas sus compañeras, y tambien la que menos faltas habia cometido. Perdidamente enamorada de Falanto, le habia sacrificado su virginidad, y abandonado por él el hogar paterno. Dejando ver en su rostro y en sus palabras la ira de que estaba inflamado su corazon magnánimo, rebatió los encontrados pareceres de sus amigas, y esplanó el suyo, que hizo prevalecer.
»No creyó conveniente abandonar un país ostensiblemente fértil, de cielo puro y clima sano; una comarca por la que circulaban límpidos arroyuelos, donde existian selvas umbrosas y extensas llanuras; una costa en la que habia puertos y bahías, que por su desgracia se verian precisados á frecuentar los navegantes extranjeros, dedicados á transportar los diferentes productos de África y de Egipto. Su parecer fué, pues, el de establecerse aquí y tomar cruel venganza del sexo viril que tan pérfidamente las habia ofendido; y propuso que todo bajel, obligado por los vientos á refugiarse en alguno de los puertos de estas playas, fuese saqueado, incendiado y degollados los tripulantes por todas ellas, sin que se perdonase la vida á uno solo.
»Tal fué la opinion de Orontea, y tal la que prevaleció: hízose la ley en estos términos, y se puso inmediatamente en práctica.
»En cuanto el estado de la atmósfera presagiaba una tempestad, corrian á la playa las mujeres armadas y guiadas por la implacable Orontea, que propuso aquella ley, y á quien ellas eligieron por su reina; apresaban las embarcaciones arrojadas por la tempestad sobre estas costas, las entregaban á las llamas, y no dejaban con vida un solo hombre que pudiese llevar á cualquiera parte la noticia de sus estragos. Transcurrieron de este modo algunos años, viviendo siempre solas, y sin mitigar su odio hácia el otro sexo. Pero al fin conocieron que labrarian su propio daño, si no mudaban de conducta; porque careciendo de posteridad, en breve se verian imposibilitadas de cumplir con su ley, la cual terminaria juntamente con su infecundo reino, cuando su propósito era el de que rigiese eternamente. Dulcificando, pues, algun tanto su rigor, eligieron por espacio de cuatro años los diez mejores y más gallardos caballeros de cuantos arribaron á estas playas, prefiriendo los más á propósito para sostener el amoroso combate que buscaban aquellas cien mujeres. Eran, en efecto ciento, por lo cual á cada decena correspondia un marido.
»Sin embargo, antes que consiguieran encontrar hombres bastante fuertes para resistir tal prueba, tuvieron que degollar á muchos. Al fin hallaron los diez que necesitaban á quienes hicieron partícipes de su lecho y del gobierno del país, obligándoles á jurar de antemano que siempre que llegaran á estas playas otros hombres, habrian de apoderarse de ellos y pasarlos á cuchillo sin conmiseracion alguna. Pronto tuvieron hijos, y empezaron á temer que llegara un dia en que el número de los varones fuera tan considerable, que no pudieran sujetarles y cayera al fin en manos de los hombres la direccion de sus asuntos, de que tan orgullosas se mostraban: decidieron, pues, antes de que sus hijos saliesen de la infancia, tomar una determinacion que las pusiera á cubierto de sus futuras rebeldías. Con el propósito de que el sexo masculino no llegara á subyugarlas, instituyeron una horrible ley, que previene que toda madre solo pueda conservar un hijo varon, debiendo ahogar á los demás, cambiarlos fuera del reino por hembras ó venderlos. Por esta causa los envian á diferentes paises, y á los que se los llevan, les encargan que traigan mujeres si consiguen hallarlas á cambio de los hijos, y si no, que por lo menos no regresen con las manos vacías. Ninguno se libraria de la muerte si pudieran pasar sin su auxilio, y mantener por sí solas su descendencia. Esta es la única piedad, la sola clemencia que por tan inícua ley conceden á los suyos con preferencia á los extraños, á quienes siguen condenando con igual crueldad que antes, si bien dicha ley fué reformada, disponiendo que no fuesen las mujeres reunidas en confuso tropel quienes degollasen á los navegantes, como antes lo efectuaban. Cuando cogian á diez, veinte ó más hombres de una vez, los encarcelaban y cada dia se sacrificaba uno de ellos elegido por la suerte en el horrendo templo que Orontea habia erigido y consagrado á la Venganza. Uno de los diez varones, designado tambien por la suerte, se encargaba de sepultar el cuchillo homicida en las entrañas de la víctima.
»Muchos años despues vino á parar á estas playas homicidas un jovencillo, de la estirpe del heróico Alcides, dotado de gran valor y llamado Elbano. Como no abrigaba desconfianza alguna al desembarcar, se apoderaron las mujeres de él con la mayor facilidad, y le pusieron en un calabozo estrecho vigilado por una fuerte guardia, destinándole con otros varios al cruento sacrificio. Aquel jovencillo era de rostro bello y placentero; tenia un aspecto tan seductor y una voz tan dulce y persuasiva, que un áspid se hubiera detenido á escucharle. No tardaron en hablar de él, como de la cosa más rara del mundo, á Alejandra, hija de Orontea: esta vivia todavia, aunque cargada de años: todas sus antiguas compañeras habian muerto; pero las habian sustituido otras, educadas más varonilmente que sus madres, y habíase aumentado de tal manera su número, que ya no contaban siquiera con una lima por cada diez fraguas[143], pues los diez caballeros continuaban dando á los extranjeros un recibimiento muy cruel. Alejandra, deseosa de ver al jovencillo que tanto le ponderaron, pidió permiso á su madre para satisfacer este deseo, y vió y oyó á Elbano; pero cuando quiso separarse de él, sintió que su corazon se quedaba con el cautivo, y tan ligado á él que, sin saber cómo, se encontró presa en su mismo calabozo. Elbano le dijo:
—»Hermosa doncella: si en este país no fuese completamente desconocida la compasion que reina en todos cuantos el benigno Sol alumbra con sus rayos, me atreveria á suplicaros, en nombre de vuestra singular belleza que se apodera fácilmente de las almas, que me hiciéseis merced de la vida para consagrarla en adelante á vuestro esclusivo servicio. Pero como aquí no existe la menor nocion de humanidad, contra toda razon y conveniencia, me abstendré de pedir un favor semejante; pues harto sé que mis ruegos serian inútiles: lo que sí deseo es encontrar la muerte con las armas en la mano, cual cumple á un caballero, y no como un criminal condenado por la justicia ó como la víctima irracional en un sacrificio.»
»La gentil Alejandra, cuyos ojos estaban húmedos por las lágrimas que le causaba su compasion hacia el jóven, le respondió:
—«Aun cuando este país es el más perverso y cruel de cuantos han existido, no concedo que sus mujeres sean otras tantas Medeas, como quieres suponer; y aun admitiendo que lo fuesen, yo soy una excepcion de esa regla. Si hasta aquí han sido mis costumbres tan bárbaras y crueles como las de todas mis compañeras, es porque nunca habia encontrado un mortal que inclinase mi corazon á la piedad. Hoy, sin embargo, tendria la ferocidad de una tigre y el corazon más duro que el diamante, si no hubiesen ablandado su dureza tu hermosura, tu gentileza y tu valor. ¡Ojalá no fuese tan irrevocable la ley instituida en esta nación contra los extranjeros! Pronto me verias rescatar tu vida, aun á costa de mi propia existencia. Pero no tengo la inmensa suerte de poder ayudarte en lo más mínimo, y creo muy difícil obtener el favor que me pides, á pesar de ser insignificante. Sin embargo, haré cuanto esté de mi parte para conseguirlo, y para proporcionarte antes de morir esa satisfaccion; aunque mucho me temo que, prolongando tu existencia, prolongues tambien tus tormentos.»
»Elbano replicó:
—«Aun cuando me fuese preciso combatir contra diez caballeros armados, es tal el vigor que en mí siento, que tengo esperanza de salvar mi vida, despues de haberlos exterminado á todos.»
»Alejandra exhaló un profundo suspiro por toda contestacion, y se separó del jóven, llevándose al partir clavadas en el corazon mil saetas, de cuyas heridas no podia curarse. Acudió á su madre, y le suplicó que no dejara morir á aquel caballero si llegaba á mostrarse tan valeroso y fuerte que hiciera perecer á diez adversarios. La reina Orontea reunió al instante su consejo, y pronunció estas palabras:
—«Nos es de conveniencia suma confiar la custodia de nuestros puertos y costas al mejor de los caballeros que caigan en nuestras manos; mas para saber á quien deberemos admitir y á quien desechar, es necesario que le sometamos á una prueba, á fin de no consentir, con perjuicio nuestro, que reine el vil, y perezca el valiente. Os propongo, pues, y deseo que vuestro parecer sea el mio, que en lo sucesivo todo caballero á quien la suerte arroje sobre nuestras playas, antes de ser inmolado en el templo, y si le acomoda el pacto, pueda combatir con diez guerreros: dado caso de que logre vencerlos á todos, le confiaremos entonces el cuidado del puerto y le concederemos que salve á sus compañeros. Me expreso de este modo, porque tenemos ahora un prisionero, que, segun parece, pretende vencer á diez campeones, y en caso de valer él solo por todos los otros juntos, es dignísimo, por Dios, de que se le atienda; de lo contrario, si le ciega un desmesurado orgullo, recibirá el castigo merecido.»
»Orontea dió aquí fin á su discurso, y entonces una de las más ancianas tomó la palabra para contestarle, diciendo:
—«La razon principal que nos indujo á admitir á los hombres en nuestro consorcio, no consistió en que tuviésemos necesidad de su ayuda para defender este reino, puesto que nuestra inteligencia y nuestro valor eran más que suficientes para ello. ¡Ojalá nos bastáramos así nosotras mismas para impedir que se extinguiese nuestra descendencia! Pero ya que esto no nos era posible sin su auxilio, consentimos en recibir algunos hombres, si bien en corto número, con el fin de que nunca pudiera haber más de uno para diez mujeres, y les fuera imposible subyugarnos: por lo tanto, nuestro objeto fué no más que el de tener hijos; nunca el de buscar quien nos defendiera: para lo primero necesitamos sus brios; en cuanto á lo segundo, más vale que sean inútiles ó perezosos. Por consiguiente, la idea de admitir entre nosotras á un hombre tan fuerte cual suponen, es enteramente contraria á nuestro principal propósito; porque si uno solo es capaz de dar muerte á diez hombres, ¿á cuántas mujeres no dominará? Si los diez hombres que hoy existen aquí fueran tan esforzados, desde el primer dia se habrian apoderado del reino. El designio de facilitar armas á los que pueden más que nosotras, no es por cierto el mejor camino para dominarlos. Debes considerar, además, que si la Fortuna acude en auxilio de tu recomendado hasta el extremo de que consiga dar muerte á los diez, te ensordecerán los lamentos de cien mujeres que quedarán viudas por tan fútil pretexto. En resúmen, si ese jóven desea hacer gala de su valor, debe proponer otros medios más aceptables; pero de ningun modo convertirse en homicida de diez hombres: y en último caso, podria perdonársele, si fuera á propósito para hacer con cien mujeres lo que hoy hacen otros con diez.»
»Tal fué el parecer de la cruel Artemia (que así se llamaba la anciana); y si Elbano se libró de verse hecho pedazos ante el altar de la inexorable diosa, no fué por cierto porque Artemia no se esforzara en conseguirlo: mas la madre Orontea, que deseaba complacer á su hija, adujo tantas y tales razones en pró de su opinion, y empleó tanta elocuencia, que la asamblea aprobó por último su plan. La belleza de Elbano, superior á la de cuantos caballeros existian entonces, ejerció tal influjo en el corazon de las jóvenes, más numerosas que las ancianas en aquel consejo, que prevaleció su parecer sobre el de estas; las cuales pedian, como Artemia, la inmediata ejecucion de la ley antigua; y poco faltó para que dicha ley dejara de aplicarse aquella única vez por favorecer á Elbano. Resolvieron, por último, perdonarle; pero despues que triunfara de diez campeones, y pudiese sostener diferente combate, no ya con cien mujeres, sino con otras diez.
»Sacáronle de la cárcel al dia siguiente; le dieron armas y caballo á su eleccion, y luchó solo contra diez guerreros, que cayeron uno tras otro bajo sus golpes. Al hacerse de noche, fué sometido á prueba con diez doncellas, teniendo tan buen éxito en su segunda empresa que las dejó á todas enteramente satisfechas. Estas brillantes victorias le hicieron merecedor de la gracia de Orontea, la cual le admitió por yerno, y le entregó á Alejandra, y las otras nueve jóvenes con quienes habia llevado á cabo su prueba nocturna. Orontea le eligió despues por sucesor suyo, juntamente con Alejandra, á quien esta tierra debe su nombre, bajo la condicion de que haria observar por él y por sus herederos la ley que rige desde entonces, y la cual previene que todo extranjero á quien su desventurada estrella haga poner el pié en estas costas, escoja, entre ofrecerse á la muerte ó combatir solo contra diez guerreros, y si de dia logra salir vencedor de estos, debe probar su esfuerzo durante la noche con igual número de doncellas: en el caso de que la Fortuna sea con él tan complaciente que le permita triunfar de esta nueva prueba, ha de ser nombrado príncipe y guia del ejército femenino, pudiendo renovar á su capricho los diez mantenedores de tal costumbre, continuando de este modo hasta que llegue otro que sea más fuerte y logre arrancarle la vida.
»Unos dos mil años hace que existe tan impía costumbre, y trascurren pocos dias sin que algun infeliz peregrino sea sacrificado en el templo. Si hay algunos que, como Elbano, y como ahora mismo sucede, admitan la lucha con los diez guerreros, pierden generalmente la vida en el primer combate, y de cada mil, apenas sale uno con felicidad del segundo. Algunos, sin embargo, han salido vencedores de uno y otro; pero en tan corto número que pueden contarse con los dedos. Argilon fué uno de ellos, pero no disfrutó largo tiempo de su victoria; porque habiéndome arrojado una tempestad á este país, le sepulté en el sueño eterno. ¡Ah! ¡por qué no perecí aquel mismo dia con él, en lugar de verme obligado á vivir esclavo y sumido en tanta afrenta! Los placeres del amor, las risas, los juegos, tan gratos á mi edad, los trajes, las joyas, las preeminencias sobre sus conciudadanos, no son nada para el hombre privado de su libertad: y sobre todo, la idea de no poder ausentarme jamás de estos sitios es para mí la esclavitud más penosa é intolerable. Al ver cómo se va ajando la flor de mi juventud en medio de la ociosidad y la molicie y dedicado á tan vil tarea, mi corazon vive en perpétua angustia, y esta incesante pena extingue en mi alma todos los goces. La fama de mi estirpe extiende sus alas por el mundo entero, remontándose hasta el cielo; y mientras tanto, yo, que podria participar de ella, si lograra reunirme con mis hermanos, me hallo en situacion tan miserable. No parece sino que el destino haya querido burlarse de mí, reservándome para una profesion tan vergonzosa, y reduciéndome á la condicion de un caballo ciego, cojo ó con otro defecto, á quien arrojan de la parada por ser ya inútil para la guerra ó para más provechoso destino. ¡Ah! pues que solo muriendo conseguiré verme libre de tan abyecta servidumbre, venga la muerte cuanto antes á poner término á mi desesperacion.»
Al llegar aquí, Guido dió fin á sus palabras, maldiciendo el dia en que su triunfo sobre diez guerreros y diez doncellas le proporcionó el cetro de aquel reino. Astolfo estuvo escuchándole atentamente, aunque algo apartado de Guido para examinarle con toda detencion; y despues que hubo adquirido la certeza de que aquel jóven era hijo del duque Amon, su pariente, le dijo:
—Yo soy tu primo Astolfo, príncipe de Inglaterra.
Estrechóle en seguida contra su corazon, y le besó con gran cariño y deferencia, no sin derramar alguna lágrima.
—Mi querido pariente, añadió, no necesitaba en verdad tu madre colgar de tu cuello señal alguna para dar á conocer que tu raza es la nuestra; pues el valor que demuestras con tu acero es la mejor prueba de tu orígen.
Guido, que en cualquier otra ocasion habria tenido el más vivo placer al encontrar un pariente tan cercano, le acogió entonces con rostro macilento, porque su vista le causaba un verdadero pesar. Y no era extraño: si él vivia, sabia que Astolfo quedaria esclavo, desde el dia siguiente sin ir más léjos; si Astolfo recobraba su libertad, era prueba de que él perderia la vida, por lo cual el bien del uno redundaba en daño del otro. Pesábale tambien que de su victoria resultase un cautiverio eterno para los demás caballeros, así como el considerar que con su muerte no lograria evitar el mismo cautiverio; porque si con ella conseguia sacarles del primer aprieto, tropezarian en el segundo, ya que Marfisa, estaba imposibilitada de salir victoriosa en su combate con las doncellas; resultando de aquí que ella pereceria indudablemente, y ellos ceñirian la cadena del esclavo.
Marfisa y sus compañeros sentian á su vez la mayor compasion y el más tierno afecto hácia Guido, tan jóven, tan cortés y tan generoso, y casi se desdeñaban de salvarse á costa de su muerte, en especial la primera, que estaba decidida á morir con él, en el caso de que no les fuera posible adoptar otra resolucion. Así, pues, dirigiéndose á Guido, le dijo:
—Ven con nosotros, y salgamos de aquí á viva fuerza.
—¡Ah! repuso Guido: tanto si me vences como si quedas vencida, debes perder toda esperanza de escaparte.
Marfisa añadió:
—Jamás ha dudado mi corazon de poner fin á cosa alguna que haya empezado, ni de hallar camino más seguro que el que yo misma me he abierto con mi espada. Habiendo conocido hoy tu gran valor, me siento capaz, teniéndote á mi lado, de acometer la empresa más arriesgada. Cuando la turba mujeril se halle mañana colocada en las gradas del palenque, deberemos acometerla por todas partes y degollarla, ora emprenda la fuga, ora se defienda, dejando sus cuerpos expuestos á la voracidad de los lobos y buitres de este país, y entregando la ciudad á las llamas.
Guido replicó:
—Dispuesto estoy á seguirte, y á morir á tu lado, si es preciso; pero no esperemos salir con vida de tamaña empresa, aunque á lo menos moriremos vengados. El palenque está generalmente ocupado por diez mil mujeres, y otras tantas se quedan custodiando el puerto, las murallas y las fortalezas, por lo cual no veo el medio de escapar de entre sus manos.
—Aunque su número fuese mayor, repuso Marfisa, que el de los soldados que acompañaron á Jerjes[144], y que el de los espíritus rebeldes arrojados en otro tiempo del cielo para su eterno baldon, pronta estoy á exterminarlas como tú vengas conmigo, ó por lo menos no te unas á ellas.
—Solo un medio existe, añadió Guido, del que podamos echar mano para salvarnos; y este medio, que se me ha ocurrido ahora, es el siguiente: Como solo las mujeres tienen el derecho de aproximarse á las naves ó salir del puerto, pienso recurrir á la fidelidad de una de mis esposas, cuyo amor he puesto muchas veces á prueba y en ocasiones más apuradas que la presente. Desea tanto como yo salir de este país horroroso, con tal de venir conmigo, esperando de este modo librarse de sus nueve rivales, y que ella sola poseerá mi cariño. A favor de la noche le será fácil armar una fusta ó una saetía que vuestros marineros encontrarán lista para navegar. Reunidos luego en un grupo compacto todos cuantos caballeros, mercaderes y marineros se albergan en este palacio, y guiados por mí, nos dirigiremos al puerto, arrollando, si hay necesidad, cuantos obstáculos se opongan á nuestra marcha; y de esta suerte confio en sacaros de la cruel ciudad, merced al esfuerzo de todos.
—Obra como te parezca, respondió Marfisa: en cuanto á mí, estoy segura de salir de aquí. Me es más fácil degollar por mi mano á cuantas mujeres se guarecen tras estas murallas, que huir ó dar el menor indicio de temor; quiero, por lo tanto, salir en pleno dia, y valerme para ello del solo esfuerzo de mi brazo: cualquier otro medio me parece vergonzoso. Sé muy bien que, si conocieran mi sexo, obtendria de las mujeres de esta tierra honor y prez, me acogerian con júbilo y tal vez seria de las primeras en el gobierno del reino; pero habiendo llegado hasta aquí en vuestra compañía, debo arrostrar los mismos peligros que vosotros, y no soy tan infame que os dejara sumidos en la esclavitud, marchándome yo libremente.
Con estas y otras palabras demostró Marfisa, que si consentia en refrenar su audacia no atacando con memorable valor á la turba femenina, era porque la contenia la consideracion del peligro á que exponia á sus compañeros, á quienes fácilmente podria perjudicar su mismo atrevimiento, y por esta razon dejó á Guido que adoptara el partido que más conveniente creyese. Aquella misma noche participó este su proyecto á Aleria, que así se llamaba la más fiel de sus mujeres, y no tuvo necesidad de rogarle mucho, porque la encontró dispuesta á ayudarle. Aleria eligió una nave, la hizo armar, embarcó en ella sus objetos más preciosos bajo el pretexto de que, al despuntar el dia, debia recorrer las costas con algunas compañeras. Antes de esto, habia hecho conducir al palacio espadas, lanzas, corazas y escudos, para armar con ellos á los mercaderes y marineros que estaban desarmados. Mientras unos se entregaban al descanso, otros permanecian en vela, participando alternativamente del reposo y la vigilancia y mirando á cada momento, sin abandonar un instante las armas, si aparecian por Oriente los primeros albores del dia.
El Sol no habia levantado todavia el velo denso y oscuro extendido por la noche sobre la dura superficie de la Tierra, y la prole de Licaon[145] apenas habia vuelto su arado por los surcos del cielo, cuando las mujeres, ansiando presenciar el fin de la lucha, se apresuraron á llenar las gradas del palenque, semejantes á las abejas que se agitan al rededor de la colmena, preparándose á poblar una nueva habitacion así que vuelve el buen tiempo. El estrépito de los tambores, de las trompas y los clarines llenó pronto con sus ecos la tierra y el cielo, llamando á Guido para que se presentara á terminar el combate interrumpido. Aquilante, Grifon, Astolfo, Marfisa, Guido, Sansoneto y todos sus compañeros estaban ya cubiertos con sus armaduras, unos á pié y otros á caballo.
Para trasladarse desde el palacio al mar, era indispensable atravesar la plaza por no haber otro camino, ni largo ni corto. Así lo anunció Guido á sus compañeros, exhortándoles á que se prepararan á combatir como buenos; despues de lo cual emprendió la marcha silenciosamente y se presentó en la plaza, rodeado de más de cien hombres. Recomendándoles entonces que apretaran el paso, se dirigia á la otra puerta para salir de su recinto, cuando las innumerables mujeres que ocupaban la plaza, armadas completamente y dispuestas siempre á combatir, conocieron su intento, al verle á la cabeza de tantos varones, y á un tiempo mismo empuñaron todas sus arcos y se precipitaron hácia la segunda puerta para cerrarle el paso. Guido y los demás caballeros, y sobre todos Marfisa, no tardaron en empezar el ataque, haciendo prodigios de valor para forzar la salida; pero era tal la lluvia de dardos que desde todas partes cayó sobre ellos, hiriendo y matando á algunos, que comenzaron á desconfiar del triunfo. El caballo de Sansoneto, así como el de Marfisa, cayeron atravesados por las flechas; y á no ser por el buen temple de sus corazas, los fugitivos hubieran corrido un gran peligro.
Astolfo dijo entonces para sí:—«La ocasion es magnífica para utilizar mi trompa; y puesto que, segun observo, los aceros no nos sirven de nada, voy á ver si consigo abrirnos paso con ella».—Y acercándose la trompa á los labios, como solia hacerlo en los trances más apurados, empezó á despedir aquellos sonidos horribles, á cuyos aterradores ecos parecia que se estremeciera la tierra y el mundo entero. El pánico que se apoderó de las innumerables mujeres allí reunidas fué tan grande, que, buscando la huida, se precipitaban de arriba á abajo de las graderías, se derribaban unas á otras, y poseidas del mayor espanto y confusion, abandonaron enteramente la defensa de la puerta. Así como los habitantes de una casa, sorprendidos de improviso por el incendio que ha ido creciendo poco á poco en tanto que estaban entregados al sueño, al verse rodeados de llamas por todas partes, se arrojan por las ventanas ó tejados, con grave peligro de su vida, buscando afanosos su salvacion, del mismo modo huian todas de aquellos sonidos espantosos, arriesgando la vida para conseguirlo. Corrian aterradas en todas direcciones, procurando tan solo alejarse; aglomerábanse á millares delante de cada puerta, y oprimiéndose unas á otras, se interceptaban ellas mismas la salida: caian hacinadas á montones, pereciendo muchas aplastadas por el peso de las otras: algunas se precipitaban desde los palcos y ventanas, quedando unas muertas, otras con la cabeza ó los brazos rotos y la mayor parte de ellas lisiadas. Llegaban hasta el cielo los gritos y los lamentos, mezclados con el estrépito que producian las carreras y tan extraordinaria confusion. Cada vez que la trompa despedia uno de sus sonidos, aumentaba la veloz huida de la aterrorizada muchedumbre. Si ois decir que aquella turba vil, perdida su anterior audacia, diera muestras de la cobardía que se habia apoderado de su corazon, no lo extrañeis, porque la liebre es tímida por naturaleza. Pero ¿qué direis del
Y acercándose la trompa á los labios, empezó á despedir aquellos sonidos horribles.....
(Canto XX.)
ánimo esforzado de Marfisa, de Guido el Salvaje, de los dos jóvenes hijos de Olivero, que hasta entonces tanto lustre dieran á su estirpe? Apenas hacia un momento que lo mismo les importaba lidiar con uno que con cien mil; y sin embargo, huian tambien acobardados, cual temerosos conejos ó palomas sobresaltados por un ruido cercano.
La fuerza que estaba encantada en aquella trompa, lo mismo hacia sentir su poder á amigos que á adversarios. Sansoneto, Guido y los dos hermanos corrian tras la espantada Marfisa; y á pesar de su vertiginosa carrera, no podian verse libres de aquellos ecos atronadores. Astolfo continuaba recorriendo toda la ciudad, dando cada vez mayores resoplidos en su instrumento mágico. Muchas de las fugitivas se dirigieron al mar; otras escalaron los montes y otras buscaron un refugio en el fondo de los bosques. Algunas hubo que, sin detenerse ni volver atrás la cabeza, estuvieron corriendo por espacio de diez dias. Varias de ellas, no pudiendo contener el impulso de su huida, se precipitaron en el mar, de donde no volvieron á salir con vida. Las plazas, las calles, las casas y los templos se vieron en un momento tan despejados, que la ciudad quedó casi desierta.
Marfisa, el buen Guido, los dos hermanos y Sansoneto, pálidos y temblorosos, huian hácia el mar, y en pos de ellos los mercaderes y los marineros: encontraron allí á Aleria, que tenia ya preparada la nave, y embarcándose todos precipitadamente, desplegaron las velas y azotaron las olas con los remos.
Astolfo habia recorrido en tanto por dentro y fuera toda la ciudad, desde la playa hasta las colinas que la dominaban dejando todas las calles enteramente limpias de habitantes: todas las mujeres seguian huyendo ú ocultándose de él: muchas hubo á quienes su cobardía les hizo arrojarse en sitios oscuros é inmundos, y otras muchas, no sabiendo donde guarecerse, se habian echado á nado en el mar, pereciendo ahogadas. El Duque regresó de su excursion en busca de sus compañeros á quienes creia encontrar en el muelle: tendió sus miradas en todas direcciones, y no vió á ninguno de ellos en toda aquella playa desierta: levantó, por último, la vista, y divisó entonces á lo léjos la nave en que se alejaban á toda vela, por lo cual se vió obligado á seguir otro camino. Podemos dejarle marchar, sin que nos dé el menor cuidado verle emprender solo tan largo viaje á través del país de los infieles y de otros más bárbaros, por donde nadie puede fijar tranquilamente la planta; pues no habrá peligro alguno del que no triunfe merced á su trompa, que tan buenos resultados acababa de darle. Cuidémonos ahora de sus compañeros que huian por el mar, temblando todavia de pavor. A fuerza de remo y velas, pusieron en breve una larga distancia entre ellos y aquella costa cruel; y cuando dejaron de percibir los horrísonos ecos de la trompa, sintiéronse tan heridos por el punzante aguijon de la vergüenza, que sus rostros se tiñeron de un encendido rubor; no se atrevian á mirarse mútuamente, y todos permanecian tristes, humillados, silenciosos y con la cabeza inclinada.
El piloto, atento á su derrotero, pasó por Chipre y Rodas; y atravesando luego el mar Egeo, vió desaparecer sucesivamente más de cien islas y el peligroso promontorio de Malea; é impulsado siempre por un viento constante y favorable, dejó tras si la península griega de Morea, dió despues la vuelta á la isla de Sicilia, y entrando en el mar Tirreno, fué costeando el ameno litoral de Italia, hasta que fondeó en Luna, donde habia dejado á su familia, dando las gracias más fervientes al Señor por haberle concedido una navegacion tan próspera. En Luna encontraron los caballeros un bajel que se hacia á la vela para Francia; embarcáronse en él aquel mismo dia, y en breve llegaron á Marsella.
Bradamante, á quien estaba confiado el gobierno del país, se hallaba ausente á la sazon; de lo contrario, hubiera decidido á los guerreros á pasar algunos dias en su compañía. Saltaron en tierra, y sin esperar á más, se despidió Marfisa de sus cuatro compañeros y de la esposa de Guido, y siguió su camino á la ventura, diciendo que no era digno de caballeros marchar tantos reunidos; que los gamos, los ciervos, los estorninos, las palomas y todo animal cobarde son los que van juntos en grandes bandadas, pero que el audaz halcon y el águila altanera, los osos, los tigres y los leones, que no confian para defenderse en el auxilio ajeno ni temen á nadie, van siempre solos.
Ninguno de los otros fué de esta misma opinion; por lo cual, se alejó sola Marfisa, atravesando bosques y caminos desconocidos. Grifon el blanco y Aquilante el negro, tomaron con los otros dos la ruta más frecuentada, y llegaron al dia siguiente á un castillo donde recibieron una galante acogida. Este recibimiento, sin embargo, fué halagüeño en la apariencia, y no tardaron en conocer la traicion que tras él se ocultaba; porque el Señor del castillo, que, fingiendo la mayor cortesía, les dió asilo en su morada, cuando llegó la noche los hizo prender en sus lechos, mientras dormian seguros y confiados, y no quiso soltarlos sino despues que les arrancó el juramento de observar una costumbre infame.
Pero antes de ocuparme de dicho juramento, quiero, Señor, ir en pos de la belicosa doncella. Marfisa pasó el Durance, el Ródano y el Saona, y llegó á la falda de una áspera montaña. Allí vió venir por la márgen de un torrente á una mujer vestida de negro, que parecia estar rendida de cansancio, y sobre todo afligida y melancólica. Era esta aquella vieja que servia á los bandidos de la caverna, adonde la justicia divina envió al conde Orlando para darles la muerte. Temerosa la vieja de morir por las razones que diré más adelante, andaba hacia muchos dias por senderos oscuros y extraviados, huyendo de encontrar quien la conociera. El traje y las armas de Marfisa le hicieron suponer que era un caballero extranjero, por lo cual no huyó como solia siempre que topaba con algun guerrero del país: antes al contrario se detuvo en la parte vadeable del torrente, y esperó á la jóven con tranquilidad y confianza; y luego que la vió cerca, le salió al encuentro saludándola y le rogó que la pasara á la orilla opuesta á la grupa de su caballo.
Marfisa, complaciente por naturaleza, la condujo al otro lado, y aun siguió llevándola á la grupa de su caballo por algun tiempo á través de un terreno pantanoso, hasta dejarla en otro más firme. No bien habian salido al camino, cuando se encontraron con un caballero, montado en un caballo ricamente enjaezado y cubierto con una brillante armadura y una magnífica sobrevesta, el cual se dirigia hácia el torrente en compañía de una dama y de un solo escudero. La dama era bastante hermosa, pero de semblante adusto y altanero, de una orgullosa arrogancia, y digna, en una palabra, del caballero que la acompañaba. Éste era Pinabel, aquel conde de Maguncia, que pocos meses antes arrojara á Bradamante en la cueva de Merlin. Aquellos suspiros, aquellos frecuentes sollozos, aquellas lágrimas que anublaban contínuamente su vista, eran por la pérdida de la dama con quien iba ahora, y que entonces estaba en poder del Nigromante. Mas despues que desapareció de la cima del peñasco el castillo encantado de Atlante, y cada cual pudo seguir el camino que mejor cuadrase á sus deseos, gracias al valor de Bradamante, aquella dama, dispuesta siempre á satisfacer, con demasiada facilidad, los deseos de Pinabel, fué á buscarle, y á la sazon viajaban juntos de castillo en castillo.
Como la dama de Pinabel era burlona al par que importuna, apenas vió á la vieja compañera de Marfisa, no pudo contener su lengua, y empezó á motejarla con befas y sonrisas insultantes. La arrogante Marfisa, poco acostumbrada á soportar ultrajes en su presencia, respondió colérica á la dama que aquella vieja era más hermosa que ella, como estaba dispuesta á probárselo á su caballero, bajo la condicion de que habia de ceder á la anciana sus vestidos y su palafren, en el caso de que derribara al campeon que la acompañaba.
Conoció Pinabel que cometeria una vergonzosa accion si no hacia caso de este reto, por lo cual requirió, á pesar suyo, sus armas; embrazó el escudo, enristró la lanza, tomó distancia, y se precipitó furioso sobre la guerrera. Marfisa, por su parte, hizo lo mismo, y dió tan tremendo bote á Pinabel en la visera de su casco, que le derribó en tierra sin sentido, transcurriendo muy bien una hora antes de que pudiese levantar la cabeza.
Marfisa, vencedora en aquel combate, obligó á la dama á desnudarse de su traje y de todas sus galas, é hizo que la vieja se quitara á su vez el suyo; despues de lo cual quiso que se vistiera con las suntuosas ropas de la dama, y que montara en el palafren de esta. Emprendió en seguida tranquilamente su camino con la anciana, que estaba tanto más repugnante cuanto mejor engalanada.
Tres dias viajaron de este modo sin que les sucediera cosa alguna digna de mencion, cuando al llegar el cuarto divisaron á un caballero que venia hacia ellas, solo y á rienda suelta. Por si desearais conocerle, os diré que era Zerbino, hijo del rey de Escocia, modelo de valor y de gentileza, que iba poseido de la ira y del dolor más vivos, por no haber podido vengarse de un guerrero que le habia impedido llevar á cabo un acto de magnanimidad. En vano corrió Zerbino por la selva en persecucion del que le habia ultrajado; porque este supo huir tan á tiempo, consiguió tomarle tanta ventaja, y facilitaron de tal modo su fuga lo intrincado de un bosque y lo denso de una niebla que habia interceptado los primeros rayos del sol, que consiguió escapar incólume de las manos de Zerbino, hasta que se disiparon la ira y el furor de este príncipe.
El escocés, á pesar de ir aun enfurecido, no pudo contener la risa al ver á aquella vieja, cuyas vestiduras, propias de la juventud, se avenian mal con su semblante vetusto y horrible. Acercóse á Marfisa y le dijo:
—Guerrero, has dado una prueba de prudencia al acompañar á una jovencita como esa; pues no debes abrigar el menor recelo de encontrar quien te la envidie.
La vieja deberia tener, á juzgar por su arrugado pellejo, más años que la Sibila, y adornada de aquel modo parecia una mona disfrazada para excitar la risa: pero entonces, abrasada por el furor y por la ira que chispeaba en sus ojos, se puso aun mucho más horrible; porque el insulto mayor que puede dirigirse á una mujer es llamarla vieja ó fea.
Marfisa, á quien divertia aquella escena, fingió indignarse, y respondió á Zerbino:
—Vive Dios, que mi dama es más bella que tú cortés; y como creo que tus palabras no dicen lo que siente tu corazon, estoy seguro de que finges no conocer su belleza por disculpar tan solo tu extremada cobardía. ¿Qué caballero seria capaz de no procurar apoderarse de una jóven tan bella como esta, si la encontrara abandonada en un bosque?
—A fé mia, dijo Zerbino, que está muy bien en tus manos, y seria lástima que alguien te la arrebatara: por lo que á mí hace, puedes estar completamente seguro de que no seré tan indiscreto que intente privarte de semejante tesoro. Si deseas ajustar conmigo otras cuentas, dispuesto estoy á darte á conocer lo que valgo; pero no soy tan mentecato que vaya á romper una sola lanza en honor de tu compañera. Hermosa ó fea, guárdatela: no seré yo por cierto quien perturbe vuestra amistad. Tan digno me pareceis el uno del otro, que juraria que tu valor corre parejas con su hermosura.
Marfisa le replicó:
—Es preciso que mal de tu grado pruebes á arrebatarme mi dama. No puedo consentir en que hayas contemplado un rostro tan encantador sin intentar siquiera poseerlo.
Zerbino respondió:
—No veo la necesidad de arrostrar el menor peligro por alcanzar una victoria, que será beneficiosa para el vencido y perjudicial para el vencedor.
—Si no te parece bueno este partido, te propondré otro que no debes rechazar, contestó Marfisa á Zerbino. Si me vences, conservaré esta dama en mi poder; pero si soy yo el vencedor, la admitirás por fuerza. Veamos, pues, quién de los dos se quedará sin ella. Pero te advierto que, si pierdes, habrás de acompañarla siempre y por donde mejor le convenga.
—Consiento en ello, exclamó Zerbino.
Y revolvió sin vacilar su corcel para tomar la distancia conveniente. Afirmóse en los estribos, se aseguró en la silla, y para no errar el golpe, dirijió una tremenda lanzada contra el escudo de la doncella, pero no pareció sino que habia metal. La guerrera por su parte le embistió de tal modo, chocado con un monte de que alcanzándole en el yelmo, le arrojó aturdido del caballo.
Aquella caida, la única que recibiera Zerbino en toda su vida, cuando él habia derribado á millares de guerreros, le causó el más profundo pesar, considerándola como una afrenta que no conseguiria borrar jamás.
Por largo tiempo permaneció tendido, inmóvil y silencioso; mas al recordar su promesa de servir perpétuamente de caballero á la horrible vieja, sintió aumentar su desesperacion. Dirigiéndose á él su vencedora, le dijo riendo desde el caballo:
—Te presento esta dama; cuanto más bella y agradable me parece, más satisfecho estoy de que sea tuya. Sé, pues, su campeon en lugar mio; pero cuida de que no se lleve el viento lo pactado, y de no olvidar que has de ser su guia y defensor por donde quiera que le convenga ir, segun has prometido.
Sin esperar respuesta, dirigió su corcel hácia un bosque, en el que se internó rápidamente.
Zerbino, que no dudaba que su vencedor fuese un caballero, pidió noticias de él á la vieja, la cual no le ocultó la verdad; verdad amarga, que produjo mayor ira y angustia mayor en el vencido.
—El golpe que te ha arrancado de la silla, le dijo la vieja, ha sido dirigido por la mano de una doncella, cuyo valor la hace digna de usar el escudo y la lanza, armas propias de los caballeros. Acaba de llegar del centro del Oriente para probar su valor contra los paladines de Francia.
Zerbino, al escuchar estas palabras, sintió aumentarse su vergüenza de tal modo, que no solo le tiñó de un vivo carmin el rostro, sino que faltó poco para que comunicara su encendido color á todas las piezas de su armadura. Montó á caballo, dirigiéndose á sí mismo los más duros reproches por no haber sabido sostenerse bien en la silla, mientras que la vieja gozaba con su afliccion, procurando estimularla y aumentarla en cuanto le era posible con el recuerdo de su juramento; y Zerbino, que se veia obligado á cumplirlo, bajó la cabeza, como el corcel rendido de cansancio, que siente la punta del acicate en sus hijares y el freno en la boca.
—¡Ah, Fortuna maldita! decia Zerbino suspirando: ¿qué mudanza ha sido esta? Despues de haberme arrebatado la bella entre las bellas, ¿te parece digna de ocupar su lugar la repugnante mujer que has puesto en mis manos? Mucho más preferible era para mí lamentar la completa pérdida de mi amada, que verme obligado á aceptar un cambio tan desigual. Por tí ha servido de alimento á los peces y á las aves marinas la que, sumergida y hecha pedazos contra los agudos escollos del mar, no tuvo ni tendrá jamás rival en perfecciones y hermosura; y sin embargo, has prolongado por diez ó veinte años más de los que debias, y solo por aumentar la intensidad de mis tormentos, la existencia de esta vieja, que ha tanto tiempo debiera estar sirviendo de pasto á los gusanos.
Así se lamentaba Zerbino, quien por sus palabras y semblante parecia tan pesaroso de aquella nueva y odiosa conquista, como de la pérdida de su dama. Aun cuando la vieja jamás habia visto al príncipe escocés, no obstante, por lo que le oia decir, adivinó que era el caballero de quien le hablara tanto Isabel de Galicia. Si teneis presente lo que os he referido, recordareis que dicha vieja habia salido de la cueva donde Isabel, la amada de Zerbino, permaneció muchos dias cautiva. La jóven le habia manifestado distintas veces cómo huyó de su país natal, y cómo se salvó en las playas de la Rochela, despues del naufragio de la nave que la conducia; y tan frecuentemente le hizo el retrato de Zerbino, y tanto le habia detallado sus facciones, que al escuchar la vieja los lamentos del príncipe de Escocia, y sobre todo al contemplar con más detenimiento su rostro, conoció ser él el caballero cuya ausencia costara tantas lágrimas á Isabel durante su estancia en la caverna; la cual se lamentaba más de no verle, que de estar á la merced de los malhechores. Por las frases que Zerbino dejó escapar en medio de su duelo y afliccion, comprendió la vieja que estaba en la equivocada creencia de que Isabel habia perecido en el fondo del mar; pero, aun cuando le constaba lo contrario, no quiso proporcionarle esta alegría, y se dispuso á referirle con marcada perversidad lo que le fuera desagradable, callándose lo que podria mitigar su pena.
—Escucha, le dijo, tú, cuyo orgullo se complace en cubrirme de escarnio: si supieses lo que sé acerca de la que lloras por muerta, me llenarias de caricias; pero, antes que revelártelo, consentiria en que me dieras muerte, ó me hicieras mil pedazos, á no ser que te vuelvas más complaciente para conmigo, en cuyo caso tal vez te descubriria este secreto.
Así como el mastin que se abalanza furioso sobre un ladron, se aquieta prontamente en cuanto le presentan un pedazo de pan ó de carne, ú otra cosa que produzca el mismo efecto, así tambien se apaciguó de improviso Zerbino, deseoso de saber el resto de lo que la vieja le habia indicado con respecto á su llorada dama; y volviéndose á ella con rostro más agradable, le suplicó y le rogó por Dios y por los hombres que no le ocultara cuanto supiera, fuese bueno ó malo.
—No esperes oir cosas que te complazcan, dijo la vieja con su cruel pertinacia: Isabel no ha muerto, como te figuras; pero la vida que arrastra es tan desdichada, que le hace envidiar á los muertos. Durante los pocos dias que hace que no la has visto, ha caido en manos de más de veinte bandidos; por lo cual, si algun dia llegas á recobrarla, no debes tener la esperanza de coger la flor tan codiciada por tí.
¡Ah, vieja maldita, y cómo adornas tus embustes! Harto sabias que faltabas á la verdad; pues aunque Isabel habia caido en poder de veinte, ninguno de ellos atentó contra su honor.
Zerbino preguntó á la anciana dónde y cuándo habia visto á Isabel, pero no pudo saberlo; porque la vieja obstinada no quiso añadir una sola palabra á las ya dichas. El Príncipe recurrió primeramente á las súplicas; le amenazó despues con cortarle el pescuezo; pero tan inútiles fueron sus ruegos como sus amenazas, porque no pudo hacer hablar á la horrible bruja. Guardó por último silencio, persuadido de que nada conseguiria con sus esfuerzos; aun cuando lo que habia oido despertó en él unos celos tan ardientes, que el corazon no hallaba asiento en el pecho: por recobrar á Isabel se habria lanzado en medio de las llamas; pero ligado por la promesa hecha á Marfisa, no le era dado andar más que por donde la vieja quisiera llevarlo.
Continuaron, pues, su camino por un sendero estrecho y solitario, segun la voluntad de la vieja, y siempre silenciosos y sin mirarse al rostro, treparon por los montes y bajaron á los valles. Mas, en cuanto el hermoso sol volvió las espaldas al medio dia, fué interrumpido su inalterable silencio por un caballero que en el camino encontraron. En el canto siguiente referiré lo que aconteció.