CANTO XXI.
Zerbino combate para defender á Gabrina, que parece tener el corazon de víbora, y es derribado el Holandés por causa de la vieja odiada y perversa.—El herido, tendido en el verde prado, refiere á Zerbino la grave ofensa que de Gabrina recibiera, por cuya razon se aumenta el odio y el rencor que hácia ella siente el príncipe escocés.—Corre despues á donde oye gritos y estrépito de armas.
No creo que una cuerda retorcida pueda amarrar más fuertemente un fardo, ni un clavo unir dos tablas con más solidez de la que liga la fé con su tenaz é indisoluble nudo á un alma noble y generosa. Los antiguos representaban á la Fé cubierta de piés á cabeza con un velo blanco, cuya pureza no alteraba la más pequeña mancha ni el lunar más leve. La palabra empeñada no debe dejarse jamás sin cumplimiento y ya se haya dado á un solo individuo, ó á más de mil, así en una selva como en una gruta, y lo mismo léjos de todo lugar habitado, que ante los tribunales, en presencia de numerosos testigos, por medio de actas y escrituras, ó sin que la haya seguido ningun juramento ni conste en documento alguno, basta que se haya empeñado una vez para observarla sin escusa ni pretexto.
Zerbino, fiel á su palabra en todas ocasiones, cumplió lealmente la que diera á Marfisa, apartándose de su camino para seguir á la vieja, cuya compañía era para él más desagradable que una enfermedad ó la misma muerte; pero pudo más su compromiso que el deseo de librarse de ella. Ya he dicho antes que le pesaba tanto verse encargado de la custodia de la vieja, que la ira le sofocaba, y caminaba silencioso. Taciturnos y sin proferir una sola palabra seguian ambos su viaje, cuando, segun he dicho tambien, fué interrumpido tan continuado silencio, á la caida de la tarde, por un caballero andante que se les presentó en medio del camino.
Luego que la vieja conoció á dicho caballero, llamado Hermónides de Holanda, cuyo escudo negro estaba atravesado por una banda roja, depuso su orgullo, dulcificó la aspereza de su semblante y se acogió al amparo de Zerbino, recordándole la promesa hecha á Marfisa, y diciéndole que el guerrero que hácia ellos se adelantaba era enemigo suyo y de todos sus parientes; que habia dado la muerte á su padre y á su único hermano, y que probablemente desearia exterminar del mismo modo á toda su raza.
—Nada temas, le contestó Zerbino, mientras te halles bajo mi proteccion.
En cuanto el caballero pudo conocer el rostro de la vieja, á quien tanto odiaba, dijo á Zerbino con voz arrogante y amenazadora:
—Prepárate á luchar conmigo, ó renuncia á defender á esa vieja, para que encuentre en mis manos el castigo merecido. Si te decides á combatir por ella, indudablemente perecerás, como perece todo aquel que proteje una causa injusta.
Zerbino le respondió cortesmente, que su propósito de matar á una mujer era vergonzoso, censurable, é indigno de un caballero, añadiendo que si se empeñaba en combatir, estaba dispuesto á ello, pero rogándole al propio tiempo que reflexionara en que un caballero tan gentil como parecia serlo, no debia mancharse con la sangre de una mujer.
Como las palabras del escocés fueron inútiles, se hizo necesario apelar á los hechos. Tomaron ambos el terreno conveniente, y se precipitaron á toda brida uno contra otro. Los cohetes disparados en dias de regocijos públicos no surcan los aires con tanta velocidad, como volaron á encontrarse los corceles de ambos caballeros. Hermónides de Holanda bajó su lanza con objeto de atravesar el costado de Zerbino; pero rompióse aquella, causando muy poco daño á su adversario. En cambio, el golpe del príncipe de Escocia no fué tan mal dirigido ni tan leve, pues rompiendo el escudo de su contrincante, le atravesó de parte á parte el hombro, arrojándole maltrecho por la pradera. Movido Zerbino á compasion, por creer que habia muerto á Hermónides, se apeó con presteza del caballo, y fué á alzarle la visera del almete. El vencido, cual si despertara de un sueño, fijó en Zerbino sus miradas, contemplándole silencioso algunos momentos, y despues le dijo:
—No siento haber sido derrotado por tí, que á juzgar por tu rostro, debes de ser la flor de los caballeros andantes: lo que me desespera es contemplarme vencido por causa de una mujer villana, de quien no sé cómo eres campeon, por avenirse mal con tu bizarría. Cuando conozcas el motivo que me conduce á vengarme de ella, te arrepentirás siempre que lo recuerdes de haberme puesto en este estado por defenderla. Si tengo en mi pecho el aliento necesario para decírtelo (y dudo que así sea), te haré ver que esa mujer infame ha llevado siempre su perversidad hasta el último estremo.
»Tenia yo un hermano que se ausentó, jóven aun, de Holanda nuestra patria, y pasó al servicio de Heraclio, emperador entonces de los griegos. Contrajo allí una estrecha y fraternal amistad con un gentil magnate de la corte, que poseia en los confines de la Servia un castillo rodeado de murallas y situado en una comarca deliciosa. El caballero
Zerbino le atravesó el hombro de parte á parte.
(Canto XXI.)
de quien hablo llamóse Argeo; era esposo de esta pérfida mujer, y desgraciadamente la amó hasta el extremo de dar por ella al olvido el sentimiento de su propia dignidad; pero esa infame, más voluble que la hoja caida del árbol en otoño y empujada en todas direcciones por el viento, olvidó pronto el cariño que durante algun tiempo habia sentido por su marido, y fijó todos sus conatos y todos sus deseos en conseguir el amor de mi hermano. Mas no opone tanta resistencia á los embates de las olas el Acrocerauno[146] de infamado nombre, ni se muestra tan vigoroso contra Boreas el pino que ha renovado más de cien veces su cabellera y cuyas raices tienen tanta profundidad cuanta es la altura de la montaña en que está plantado, como resistencia opuso mi hermano á los ruegos de esa mujer, nido de todos los vicios más viles y repugnantes.
»Aconteció un dia, como suele suceder á todo caballero audaz que anda en busca de contiendas y las encuentra con frecuencia, que mi hermano fué herido en una de sus aventuras, muy cerca del castillo de su amigo. Acostumbrado á detenerse en él, lo mismo cuando iba solo, que cuando le acompañaba Argeo, se propuso permanecer en dicho castillo hasta la curacion de su herida. Mientras mi hermano estaba aun atendiendo á su restablecimiento, sucedió que Argeo tuvo que ausentarse por cierto asunto, é inmediatamente esa desvergonzada se decidió á renovar sus instancias amorosas, y lo hizo segun su costumbre; pero aquel, á fuer de amigo leal, no quiso tolerar por más tiempo tan criminal insistencia, y á fin de que no se le tildara en lo más mínimo de traidor, eligió entre las desgracias que preveia la que le pareció menos mala. Resolvió, pues, romper los lazos amistosos que á Argeo le unian, y huir tan léjos que no volviese á tener noticias suyas la perversa mujer. Aun cuando se le hiciera muy duro obrar así, lo consideró más leal que doblegarse á los criminales deseos, tantas veces expresados, ó dar cuenta de la conducta de su mujer á Argeo, que la queria más que á su propia vida.
»A pesar de que aun no estaban curadas sus heridas, vistióse sus armas y se ausentó del castillo, con el firme propósito de no volver á poner los piés en aquel país. Mas de poco le sirvió su noble accion; porque la suerte se le manifestó contraria, privándole de toda defensa. Al regresar Argeo á su morada, encontró á su mujer derramando lágrimas, suelto el cabello y con el rostro encendido; y al verla en aquel estado, le preguntó el motivo de su afliccion. Antes de contestar ella, dejó que Argeo renovara más de una vez sus preguntas, por estar meditando sin duda el modo de vengarse del que la habia abandonado; hasta que al fin, auxiliada por su movible imaginacion, y cambiando su amor en odio, exclamó:
—»¡Ah! señor: ¿para qué te he de ocultar la falta que he cometido durante tu ausencia? Aun cuando pudiera ocultarla á los ojos de todo el mundo, no me seria posible acallar mi propia conciencia. El alma que deplora su pecado inmundo, siente un suplicio tan cruel, que sus efectos son mucho más dolorosos que los del mayor castigo corporal que pudiera infligírseme por mi culpa, si tal nombre debe darse á lo que se hace sucumbiendo á la violencia. Pero sea lo que quiera, debes tener conocimiento de ella, y despues haz salir con tu espada mi alma pura é inmaculada de su inmunda corteza, y priva para siempre á mis ojos de la luz del sol, á fin de no verme obligada, despues de tanta afrenta, á tenerlos constantemente bajos, y de que no me causen vergüenza las miradas de los hombres. Tu amigo ha mancillado mi honor; ha violado á la fuerza este cuerpo, y temeroso de que yo te lo participara, se ha ausentado sin despedirse siquiera.»
»Con tan mentidas palabras excitó el odio de su marido contra el compañero á quien dispensara hasta entonces una sincera y viva amistad. Argeo les dió entero crédito, y sin detenerse á más, apercibió sus armas y corrió á vengarse. Conocedor del país, alcanzó en breve á mi hermano, que débil aun y demacrado, caminaba lentamente, sin abrigar la menor sospecha: en cuanto se puso á su lado, le obligó á retirarse á un sitio extraviado, donde quiso tomar inmediata venganza de la supuesta ofensa, y á pesar de las razones y protestas de mi hermano, empeñóse Argeo en combatir con él. Lleno estaba el uno de salud y vigor, y enfurecido por su reciente cólera; enfermo el otro, y contenido por su amistad no debilitada: el combate era por lo tanto muy desigual, y mi hermano resistió muy poco á los golpes de su compañero, convertido en su reciente enemigo. Resultó que Filandro (este era el nombre del infeliz jóven de quien te hablo), no pudiendo soportar la fatiga de la lucha, tuvo que ceder y entregarse.
—«No permita Dios, dijo Argeo, que mi justo furor al par que tu infamia me conduzcan al extremo de manchar mis manos en la sangre de un hombre á quien tanto amé y en cuya amistad confiaba; y aun cuando hayas dado tan mal pago á mi cariño, quiero demostrar á los ojos de todo el mundo, que tanto en mi odio, como en mi amistad, soy más noble y más grande que tú, vengando mi afrenta sin necesidad de darte la muerte.»
«Así diciendo, hizo colocar sobre el caballo una especie de parihuela formada con ramas de árboles, y lo llevó casi muerto al castillo, encerrándole en una torre, donde condenó al inocente á una prision perpétua en castigo de su supuesta falta. Verdad es que nada echó de menos allí, excepto la libertad; porque podia mandar y pedir cuanto quisiera, y todos se apresuraban á obedecerle.
»Esa infame mujer, atormentada incesantemente por su idea constante, iba casi todos los dias á visitarle en su prision, de cuyas llaves disponia; y penetraba en ella cuando se le antojaba, para poner á prueba la lealtad de mi hermano con mayor audacia que antes.
—«¿De qué te sirve esa lealtad, calificada en todas partes de perfidia? le decia. ¿Qué triunfos tan elevados y gloriosos; qué soberbios despojos y qué botin tan pingüe; qué premio, en fin, alcanzas con ella, cuando todos te motejan de traidor? ¡Qué utilidad, qué honra no reportarias ahora si me hubieses concedido lo que te pedia! En cambio, ahora recoges el gran fruto de tu obstinado rigor, viéndote encerrado en una prision, de la que no esperes salir, como no dulcifiques antes tu dureza. Pero si me complaces, yo me arreglaré de suerte que recobres la libertad y la fama.»
—«No, contestó Filandro: no esperes jamás que mi firme lealtad pueda dejar de ser lo que es; y aun cuando contra toda justicia y razon encuentro hoy tan cruel recompensa, y el mundo haya formado un mal concepto de mí, basta con que mi inocencia resplandezca claramente ante Aquel que lo vé todo y puede consolarme con su eterna gracia. Si Argeo no está satisfecho con tenerme preso, puede arrancarme esta vida enojosa, y quizá el cielo no me negará el premio de una buena accion, tan mal agradecida en la Tierra. Tal vez el que hoy se crea ofendido por mí, cuando mi alma se haya librado de mi cuerpo, conocerá la injusticia que conmigo habrá cometido, y derramará lágrimas por su fiel amigo muerto.»
»Varias veces intentó esa mujer desenfrenada ablandar á Filandro, pero siempre inútilmente. Sus insensatos deseos, cada vez más irritados por los obstáculos que se les oponian iban buscando en el fondo de su corazon sus antiguos y perversos instintos para utilizarlos de una vez. Formó mil distintos proyectos antes de fijarse en alguno de ellos. Seis meses transcurrieron sin que pusiera los piés en la prision de mi hermano, por lo cual el mísero Filandro esperaba y creia que ya no sentia por él afecto alguno. Pero la Fortuna, propicia siempre á los malvados, proporcionó á esta infame la ocasion de poner fin por un medio deplorable á su apetito tan ciego como irracional.
»Mucho tiempo hacia que su marido estaba enemistado con un magnate llamado Morando el hermoso, el cual acostumbraba hacer, en ausencia de Argeo, algunas incursiones por las tierras de este, llegando muchas veces hasta el castillo; pero nunca se atrevia á acercarse á más de diez millas cuando sabia que estaba en él su dueño. Para poderlo atraer á sus manos, propaló Argeo la noticia de que iba á marchar á Jerusalen á cumplir un voto. La hizo circular por todas partes, y se alejó el dia prefijado con bastante publicidad para que todos lo vieran, aun cuando nadie sospechaba sus verdaderas intenciones, á excepcion de su mujer, de quien únicamente se fiaba. Al oscurecer volvió al castillo, donde pasó aquella noche y las siguientes, saliendo de él al primer albor matutino, disfrazado y sin ser visto de nadie. Manteníase oculto vagando por las inmediaciones de su castillo, para ver si el crédulo Morando volvia á sus acostumbradas incursiones. Permanecia todo el dia en el bosque, y cuando veia que el Sol se ocultaba tras el horizonte marítimo, regresaba á su morada, donde su infiel consorte le recibia por una puerta secreta. Creia, pues, todo el mundo que Argeo estaba á muchas leguas de sus dominios; y esa inícua mujer, juzgando la ocasion oportuna, fué á ver á mi hermano con nuevos y perversos designios. Derramando un raudal de lágrimas fingidas, que desde los ojos iban á caer sobre su seno, le dijo:
—«¿Dónde podré encontrar la proteccion necesaria para que mi honor no sea del todo mancillado? ¿Cómo salvar tambien el de mi marido? ¡Ah! Si él estuviese aquí, no temeria nada. Ya conoces á Morando, el cual, mientras Argeo se halla ausente, no teme á Dios ni á los hombres. Pues bien: ora valiéndose de ruegos, ora de amenazas, emplea los mayores esfuerzos para obligarme á sucumbir á sus deseos; y de tal modo procura seducir á mis gentes que no sé si al verme sola podré resistirle. Constándole que mi esposo está muy léjos de aquí, y que no volverá en mucho tiempo, ha tenido la audacia de penetrar en mis tierras sin pretestar la menor excusa. ¡Oh! si por fortuna estuviese mi esposo á mi lado, no solo no se atreveria á intentar semejante paso, sino que ni siquiera se consideraria seguro á tres millas de nuestras murallas.
»Hoy mismo me ha pedido, con cínica franqueza, lo que muchos meses há venia buscando: de tal modo me ha expresado sus deseos, que he temido por mi honor y mi decoro; y á no haberle contestado con dulzura, fingiendo que accederia á sus designios, se habria apoderado á la fuerza de lo que hoy cree obtener voluntariamente. Así, pues, he prometido dejarle satisfecho, aunque sin intencion de cumplir mi promesa; porque un convenio hecho á la fuerza es nulo: mi propósito fué entonces el de impedir que llevase á cabo lo que se preparaba á conseguir por medio de la violencia. Ahora bien: solo tú puedes librarme de él; de lo contrario quedará mancillado mi honor, al mismo tiempo que el de Argeo, al que, segun me has dicho, tienes en tanto ó en más que el tuyo propio. Si te niegas á prestarme este servicio, me asistirá el derecho de decir que es mentida la lealtad de que te envaneces; que solo por crueldad has despreciado mis súplicas y mis lágrimas, y que la resistencia que hasta ahora has opuesto á mi pasion no ha sido motivada en manera alguna por tu amistad hácia Argeo. Y sin embargo, nuestro amor podia haber quedado oculto entre ambos, al paso que mi infamia no dejará de hacerse pública.»
—«No eran necesarios tantos preámbulos, contestó Filandro, para excitarme á defender la honra de Argeo; porque siempre estoy dispuesto á ello. Dime pronto lo que debo hacer; pues me he propuesto ser siempre lo mismo que hasta aquí he sido; y aun cuando tan sin razon sufro un inmerecido castigo, no he pensado siquiera en culpar á tu esposo, por quien estoy dispuesto á arrostrar la muerte, aunque debiera luchar contra el mundo entero y hasta contra mi destino.»
»Esa mujer impía respondió:
—«Quiero que arranques la existencia al hombre que procura nuestra deshonra. No temas que esta accion te acarree mal alguno; porque te proporcionaré los medios más seguros para llevarla á cabo. Debe volver á este castillo hácia la tercera hora de la noche, favorecido por las tinieblas; le haré una señal en que hemos convenido, y le introduciré en mi estancia de modo que no sea observado. Mientras tanto tú debes esperar en ella, oculto en la sombra, hasta que lo ponga en tus manos, despues que se haya desnudado de sus armas y de casi toda su ropa.»
»De esta suerte preparó el lazo en que debia caer su marido, esa mujer, ó mejor dicho, esa furia infernal, tan traidora como cruel. Así que llegó aquella desastrosa noche, sacó á mi hermano de la torre, proveyéndole de armas, y le condujo á su habitacion, donde se ocultó esperando la llegada del desdichado amigo. Sucedió tal como estaba previsto; pues raras veces se frustran los designios de los malvados. Persuadido Filandro de que castigaba á Morando, descargó un golpe fatal sobre el excelente Argeo, de cuyo golpe le hendió el cráneo y el cuello, tanto más fácilmente, cuanto que el yelmo no resguardaba su cabeza. Argeo exhaló su postrer suspiro sin hacer el menor movimiento, pereciendo á manos del amigo que ni por ensueño podia suponer que llegaria á encontrarse en semejante trance; y ¡caso raro! creyendo velar por su honor, hizo con él lo peor que puede hacerse con el enemigo más encarnizado.
»Apenas cayó Argeo, desconocido aun de mi hermano, apresuróse este á devolver la espada á Gabrina, que tal es el nombre de esa mujer, nacida tan solo para vender á todo el que caiga en sus manos. Gabrina, que hasta entonces le habia ocultado la verdad, quiso que Filandro contemplara, con la luz en la mano, la víctima de quien era homicida, y le mostró el cadáver de su compañero Argeo. Amenazóle en seguida, si no consentia en realizar su prolongado y amoroso deseo, con divulgar el crímen de que era culpable sin poder alegar nada en su favor; añadiendo que le haria morir afrentosamente como traidor y asesino, recordándole, por último, que si bien le constaba que no tenia apego á la vida, debia mirar por su fama.
»Filandro permaneció algunos momentos lleno de temor y de afliccion, luego que se persuadió de su error: su primer impulso, dictado por la cólera que le poseia, fué el de matar á Gabrina, y aun dudó si era la mejor determinacion que podia adoptar; y á no haber acudido en su auxilio la razon, haciéndole reflexionar que se encontraba en una morada hostil, la hubiera despedazado con los dientes á falta de otras armas. Así como un bajel sorprendido en alta mar por dos vientos encontrados, que tan pronto le empujan velozmente hácia delante, como le hacen retroceder al punto de partida, y le obligan á virar contínuamente de popa y de proa, se deja al fin arrastrar por el más fuerte, así Filandro, despues de muchas vacilaciones, eligió el menos malo de los dos partidos que se le proponian. La razon le hizo ver el gran peligro que corria de encontrar, no tan solo la muerte, sino un fin infame é ignominioso, como llegara á divulgarse él homicidio por el castillo, y se estremeció ante esta consideracion. Voluntariamente ó no, era preciso que apurara hasta las heces aquel amarguísimo cáliz, y por último, pudo más el temor que la obstinacion en su corazon lacerado.
»El temor de un suplicio afrentoso le obligó á prometer á Gabrina que cumpliria todos sus mandatos, si se alejaban seguros de aquel sitio. Así fué como alcanzó esa infame el fruto de sus deseos, despues de lo cual abandonaron aquella comarca. De este modo regresó Filandro á nuestro lado, dejando en Grecia un nombre deshonrado y envilecido, y llevando eternamente grabada en su corazon la imágen de su compañero, á quien habia inmolado tan neciamente, para obtener, bien á pesar suyo, la conquista inícua de una Progne cruel, de una Medea. Si no le hubiera contenido el duro freno de su fé y sus juramentos, habria exterminado á Gabrina; pero, en cambio, le tuvo tanto odio como es posible.
»Desde aquel acontecimiento no se le vió nunca sonreir; todas sus conversaciones estaban impregnadas de la mayor tristeza; continuamente exhalaba profundos suspiros, y llegó á ser cual otro Orestes despues de dar muerte á su madre y al sagrado Egisto, cuando se ensañaron con él las Furias vengadoras[147]. Aquel dolor profundo y continuado minó su naturaleza de tal modo, que por último cayó enfermo en el lecho. Conociendo entonces esa meretriz lo poco grata que era su presencia para mi hermano, trocó la intensa llama de su amor en odio, en ira ardiente é inextinguible; tan furibunda entonces contra Filandro como en otro tiempo lo fué esa malvada contra Argeo, formó el proyecto de deshacerse del segundo marido, lo mismo que se habia deshecho del primero, y llamó á un médico á propósito para semejante obra, hombre vil y fraudulento, más hábil para matar con venenos que para curar á sus enfermos con tisanas, prometiéndole una recompensa superior á la que él le pidiera, la cual le seria entregada en cuanto la librara de la presencia de su señor por medio de algun brevaje emponzoñado.
»El indigno viejo presentóse en la estancia de mi hermano, donde á la sazon me hallaba yo con otras muchas personas, enseñándonos el tósigo que llevaba en la mano, y diciéndonos que era una pocion tan excelente, que en breve haria recobrar al enfermo su perdida robustez; pero meditando Gabrina un nuevo crímen, antes de que el enfermo gustase aquel líquido, ya fuese por quitar de en medio á su cómplice ó por no darle lo que le habia prometido, asió la mano del médico en el momento en que aproximaba á los labios de mi hermano la taza que contenia el tósigo, y le dijo:
—«No lleves á mal que vele por la existencia del hombre á quien tanto he amado. Quiero estar segura de que no le das ninguna bebida nociva, ni ningun jugo envenenado, y por esta razon me opondré á que le suministres ese brevaje, si tú no lo pruebas antes.»
»Considera, señor, cuál seria la turbacion del viejo al escuchar estas palabras. Bien fuese porque lo crítico de aquella circunstancia le impidiese tomar de pronto una resolucion salvadora, ó bien por desterrar toda sospecha, el caso es que se decidió á beber una parte del contenido de la taza; y el enfermo, en vista de tal seguridad, tomó el resto, que le presentó el mismo médico. Cual gavilan, que teniendo aprisionada entre sus corvas garras una tímida perdiz con la que espera saciar su apetito, se vé sorprendido por un perro que hasta entonces ha sido su compañero fiel, el cual le arrebata ávidamente su presa, así se quedó el médico que, creyendo ya tocar el precio de su pérfida accion, se encontró, donde esperaba ayuda, con una amarga decepcion.
»Oye ahora un rasgo de incomprensible audacia, y ojalá suceda otro tanto á cualquier hombre dominado por la avaricia.
»Una vez terminada su triste mision, echó á andar el viejo con ánimo de regresar á su casa, y tomar alguna medicina que neutralizase los crueles efectos del veneno; pero Gabrina se opuso, diciendo que no consentiria en que se alejara hasta que se conociera la virtud del brevaje propinado al enfermo. De nada le sirvieron al médico sus ruegos ni sus ofrecimientos para disuadirla de su tenaz oposicion; y desesperado al sentir próxima una muerte que no podia evitar, reveló á los circunstantes aquel complot infernal, sin que esa lograra paliar, como intentó, su declaracion. De este modo hizo el buen médico consigo mismo lo que tantas veces habia hecho con los otros, y su alma siguió á la de mi hermano, separada pocos momentos antes de su cuerpo.
»En cuanto nosotros oimos la verdad de los labios del viejo, nos precipitamos sobre esa fiera abominable, mucho más cruel que cuantas se albergan en las selvas, y la encerramos en un sitio tenebroso, para condenarla á la hoguera que tenia tan merecida.»
Hasta aquí llegaba Hermónides de su relato, y se proponia referir cómo se escapó Gabrina de su prision, cuando, agravándose los dolores de su herida, volvió á caer pálido sobre la yerba. Dos escuderos que le acompañaban hicieron unas parihuelas con ramas gruesas, y Hermónides mandó que le transportaran en ellas, porque de otro modo le era imposible continuar su camino. Zerbino manifestó á aquel caballero todo el sentimiento que le causaba el triste estado en que le habia puesto, añadiendo que, fiel observador de las reglas de caballeria, no habia tenido más remedio que defender á la mujer confiada á su custodia; pues de otra suerte habria dado lugar á que se pusiera en duda su lealtad; porque cuando la recibió bajo su amparo, prometió salvarla de cuantos atentaran contra ella. Aseguróle despues que, si en alguna cosa podia serle útil, estaria pronto á acudir á su llamamiento. El caballero le respondió que solo deseaba recordarle la conveniencia de deshacerse de Gabrina, antes que llegara á tramar contra él alguna maquinacion de que despues se lamentara y arrepintiese aunque en vano. Gabrina permaneció siempre con los ojos bajos, porque no es fácil contradecir la verdad.
Zerbino se alejó en seguida con la vieja, continuando su forzosa marcha, y maldiciéndola todo el dia en su interior por haber sido causa de la desgracia del caballero de Holanda. Si antes le era desagradable y enojosa aquella mujer, ahora que le habia hecho conocer sus malas artes el que estaba perfectamente enterado de ellas, le inspiró tanta aversion, que no podia mirarla con tranquilidad. Gabrina, á quien no pasaba desapercibido el profundo odio que Zerbino la tenia, no quiso cederle en sus sentimientos rencorosos, y triplicó su mala voluntad hácia él: su corazon estaba henchido de veneno, por más que en su rostro apareciera lo contrario.
Iban, pues, caminando por el centro de un bosque secular, en la paz y concordia que dejo dicho, cuando, en el momento en que el Sol se dirigia hácia la noche, oyeron gritos y estrepitosos choques de armas, indicios seguros de que se habia empeñado un combate, no muy léjos de ellos, á juzgar por la proximidad del ruido. Deseoso Zerbino de averiguar la causa, se adelantó precipitadamente en direccion de aquel rumor, y le siguió Gabrina no menos presurosa. En el otro canto me ocuparé de lo que sucedió.