CANTO XXII.
Astolfo llega al palacio encantado de Atlante, destruye el encantamiento y hace desaparecer el palacio.—Bradamante consigue encontrar á su Rugiero, el cual derriba á cuatro adversarios en ocasion en que acudia á librar de las llamas á un caballero andante: los cuatro vencidos le disputaban el paso por órden de Pinabel, á quien Bradamante quita la vida.
Afables damas, adoradas por vuestros amantes, vosotras las que sabeis contentaros con un solo amor, aun cuando por este modo de pensar os halleis en minoría con respecto á las de vuestro sexo, no os ofendais de lo que haya podido decir antes contra Gabrina, arrastrado por mi indignacion, ni de lo que aun pudiera ocurrírseme, censurando su índole perversa. Como Gabrina era una mujer infame, no he podido menos de hacerlo constar así, cumpliendo con la obligacion de decir siempre la verdad, que me ha impuesto él que ejerce un dominio absoluto sobre mí. Al obrar de este modo, no creo oscurecer la fama de cuantas estén dotadas de un corazon virtuoso.
El oprobio del traidor que vendió á su Maestro por treinta dineros, no alcanzó á Pedro ni á Juan; y la fama de Hipermnestra no es menos ilustre por más que fuese hermana de tantas mujeres indignas[148].
Por una sola á quien me atrevo á censurar en mis versos por exigirlo así la verdad de la historia, ofrezco en cambio celebrar á otras ciento, haciendo que su virtud resplandezca más que el Sol.
Pero volviendo á tomar el hilo de mi narracion, que muchos suelen escuchar con placer, por lo cual les estoy agradecido, y me esfuerzo en amenizarla con la variedad posible, recordaré que el caballero de Escocia acababa de oir un gran ruido de armas. Siguió un sendero angosto entre dos cerros, y á los pocos pasos llegó á un valle rodeado de montañas, en cuyo fondo encontró el cadáver de un caballero. Ya os diré su nombre; mas antes quiero volver las espaldas á la Francia y pasar á Levante en busca del paladin Astolfo que habia emprendido el camino de Occidente.
Le dejé en la ciudad cruel de donde habia expulsado con la ayuda de su trompa á la chusma mujeril, salvándose de un gran peligro, y poniendo en fuga á sus mismos compañeros que se alejaron vergonzosamente á bordo de una nave. Seguiré, pues, ocupándome de él, y os diré que al salir de aquel país, tomó el camino de Armenia. Al cabo de pocos dias llegó á la Anatolia, y se dirigió despues á Bursa, desde donde continuó su viaje por mar, hasta que desembarcó en la Tracia. Siguió luego las orillas del Danubio, recorrió la Hungria, y como si su corcel tuviese alas, en menos de veinte dias atravesó la Moravia, la Bohemia, la Franconia, y se encontró en el Rhin. Pasando despues por el bosque de las Ardenas, llegó á Aquisgran, luego al Brabante, y por último se embarcó en Flandes. El viento que soplaba hácia Tramontana impelió de tal suerte las velas sobre la proa, que al mediodia dió vista á Inglaterra, en cuyas playas saltó al poco rato. Montó á caballo y le espoleó de tal suerte, que llegó aquella misma tarde á Lóndres.
Allí tuvo noticia de que el anciano Oton se encontraba en Paris muchos meses hacia, y que la mayor parte de sus barones habia seguido posteriormente sus huellas. En su consecuencia, Astolfo determinó trasladarse á Paris cuanto antes, y embarcándose en el Támesis, salió pronto á alta mar, é hizo dirigir la proa en demanda de Calais. Un vientecillo que al principio empujaba suavemente al buque, haciéndole deslizarse rápido sobre la superficie de las aguas, fué creciendo poco á poco, y adquiriendo por momentos tal fuerza, que el piloto, temeroso de estrellarse en la costa tuvo que virar en redondo y dejarse llevar por su impulso, aun cuando siguiera opuesto rumbo. Navegando tan pronto á la derecha como á la izquierda, y entregados totalmente á la ventura, consiguieron al fin anclar cerca de Ruan.
Luego que Astolfo puso el pié en la anhelada tierra, hizo ensillar á Rabican, cubrióse con su armadura, se ciñó la espada, y emprendió el camino llevando consigo aquella trompa, cuyo auxilio era más eficaz que el de mil hombres. Atravesó un bosque y llegó al pié de una colina de donde brotaba un manantial claro y apacible, á la hora en que los ganados dejan de pacer, para preservarse de los ardores del Sol en el aprisco ó en la hondonada de un monte. Sofocado Astolfo por el calor y especialmente por una sed abrasadora, se quitó el casco, ató su corcel á uno de aquellos espesos árboles, y se preparó á satisfacer su sed en las frescas ondas del manantial. Aun no habia humedecido en el agua sus labios, cuando un campesino que estaba oculto allí cerca, salió repentinamente de entre un matorral, saltó sobre el caballo y huyó con él.
Astolfo oyó el ruido, alargó la cabeza, y apenas conoció el daño que le ocasionaban, se apartó del manantial, olvidando su sed, y echó á correr tras el ladron con toda la rapidez que le permitian sus piernas. El campesino no se alejaba á escape tendido, pues de esta suerte habria desaparecido en breve de la vista de Astolfo, sino que aflojando ó tirando de la brida, marchaba tan pronto al trote como al galope. Despues de dar muchas vueltas, salieron del bosque, y se encontraron ambos en el sitio en que tantos otros caballeros estaban detenidos en una verdadera prision sin hallarse por eso cautivos. El campesino se refugió en el palacio con aquel corcel, cuya rapidez igualaba á la del viento, en tanto que Astolfo, embarazado con su escudo, su casco y su armadura, le seguia á larga distancia. Al fin llegó á aquel suntuoso edificio; pero allí perdió de vista á su caballo y al raptor. En vano miró por todas partes y recorrió presuroso las salas, las cámaras y las galerías: su trabajo fué completamente inútil; pues no consiguió descubrir al pérfido villano, ni presumir donde habria ocultado á Rabican, aquel corcel de rapidez incomparable, y durante el resto del dia continuó infructuosamente sus pesquisas arriba, abajo, dentro y fuera.
Confuso, y sobre todo, rendido de dar tantas vueltas, sospechó al fin que aquel sitio estaba encantado; y acordándose del libro que le habia regalado Logistila en la India, á fin de poder burlar con su auxilio todos los encantamientos, y del que no se separaba un momento, recurrió á su índice, y vió pronto la página en que habia de encontrar el medio de destruir aquel nuevo maleficio. Dicho libro se ocupaba minuciosamente de la descripcion del palacio encantado, así como de los medios que deberian emplearse para dejar confundido al Mágico, y librar á todos los cautivos. Bajo el umbral de la puerta estaba encerrado un espíritu, autor de todos aquellos engaños y prestigios; una vez levantada la piedra que le cubria, él mismo haria que el palacio se desvaneciera como humo.
Deseoso el paladin de llevar á cabo tan gloriosa empresa, no tardó más tiempo que el necesario para bajar el brazo, en probar si aquel mármol pesaba mucho; pero en cuanto el anciano Atlante vió al Duque próximo á destruir su obra, apeló á nuevos sortilegios, temeroso de lo que podia suceder; y por medio de sus artes diabólicas, hizo aparecer á Astolfo bajo distinta forma de la que tenia. Unos le tomaron por un gigante; otros por un campesino, y muchos creyeron ver en él un caballero de torva faz: todos, en fin, le contemplaron bajo el mismo aspecto de que se revestia el Mágico en el bosque; así es que para recobrar lo que Atlante les habia arrebatado á cada cual, acometieron simultáneamente al paladin.
Rugiero, Gradaso, Iroldo, Bradamante, Brandiamarte, Prasildo y otros muchos guerreros, víctimas de este nuevo encanto, se precipitaron con furor sobre el Duque, dispuestos á hacerle pedazos; pero en tan apurado trance, acordóse de su trompa, con la que les obligó á mitigar su cólera: si no hubiese apelado á sus horribles sonidos, era segura su muerte. Pero en cuanto se llevó á la boca aquella bocina, y despidió sus tremebundos sones, empezaron todos los caballeros á escaparse cual palomas dispersadas por el tiro del cazador. El mismo Nigromante, pálido y aterrado, huyó de su morada tembloroso, y no paró hasta que dejó de percibir aquellos espantosos ecos. Al mismo tiempo que huia el guardian con todos sus prisioneros, salieron de las cuadras muchos caballos, no bastando para sujetarlos las cuerdas á que estaban atados, y siguieron á sus dueños por distintos caminos. En el palacio no quedó un solo ser viviente, y hasta el mismo Rabican habria huido con los demás, si Astolfo no le cogiera de las riendas al atravesar la puerta.
En cuanto el Duque inglés se libró del Mágico, levantó la pesada piedra del umbral, y encontró debajo de ella algunas imágenes y otras cosas que me abstengo de referir. A fin de destruir aquellos encantos mágicos, hizo pedazos todo cuanto encontró, conforme á las prescripciones del libro, y de improviso desapareció el palacio convertido en humo y en vapores. Allí encontró el caballo de Rugiero atado con una cadena de oro; me refiero á aquel caballo que le diera el Mágico para enviarle á la isla de Alcina: Logistila le hizo un freno á propósito para dirigir su carrera cuando volvió á Francia, recorriendo todo el lado derecho de la Tierra, al pasar á Inglaterra desde la India. No sé si recordareis que el Hipogrifo dejó aquel freno atado á un árbol, el dia en que la hija de Galafron desapareció enteramente desnuda de la vista de Rugiero, recompensando tan mal su oportuno auxilio. Con gran asombro de cuantos lo vieron por los aires, fué el volador corcel á reunirse con su antiguo amo, y permaneció á su lado hasta el dia en que el Duque destruyó todos los encantos.
Astolfo no podia haber hallado una cosa que le fuese más agradable; pues el Hipogrifo le venia perfectamente para recorrer á medida de su deseo la parte de mar y tierra que le era aun desconocida, y para dar la vuelta á todo el mundo en pocos dias. No ignoraba el modo de dirigir su marcha, porque habia tenido ocasion de estudiarla en la India, el dia en que Melisa le libró del poder de la malvada Alcina, que le tenia convertido en mirto. Entonces vió y observó atentamente cómo cedia la cabeza arrogante del corcel al freno de Logistila, y oyó las instrucciones que esta benigna hada dió á Rugiero para guiarle por todas partes segun su voluntad. Decidido, pues, á quedarse con el Hipogrifo, le colocó su silla, que estaba cerca, y le hizo un freno á propósito, reuniendo diferentes piezas de otros muchos que habian quedado atados en aquel sitio, pertenecientes á los caballos fugitivos. Dispuesto ya á remontarse sobre tan maravilloso palafren, acordóse de su Rabican, y el temor de abandonarle le detuvo y con razon; pues tan excelente caballo era digno de estima, tanto porque no habia otro igual para el combate, cuanto porque le habia traido desde el último rincon de la India hasta el extremo de la Francia. Largo tiempo permaneció irresoluto, y por último determinó ofrecerlo como un valioso presente á algun amigo, antes que abandonarlo en medio del camino á merced del primero que llegara. Pasó todo el dia mirando si veia aparecer por el bosque algun cazador ó campesino, que le siguiese á cualquiera ciudad llevando del diestro á Rabican, y estuvo esperando sin resultado hasta el amanecer del siguiente, cuando al despuntar la nueva aurora y á la indecisa luz del crepúsculo, le pareció divisar un caballo que se adelantaba por el bosque.
Mas, para deciros lo que sucedió, necesito antes ir á reunirme con Rugiero y Bradamante.
En cuanto cesaron de oirse los sonidos de la trompa, y la gentil pareja se halló á bastante distancia de aquel sitio, Rugiero miró en torno suyo, y vió lo que hasta entonces le habia ocultado Atlante; el cual, valido de sus sortilegios, impidió que ambos amantes pudieran conocerse.
Rugiero contempló á Bradamante, y esta le examinó á su vez, asombrada y sin poder explicarse cómo habia ofuscado sus sentidos una ilusion extraña por espacio de tantos dias. Rugiero abrazó á su hermosa dama, que se puso más encarnada que una rosa, y apresuróse á coger en sus labios las primeras flores de su inefable amor. Ambos felices amantes volvieron á repetir una y mil veces sus caricias y susabrazos, sintiendo tan inmensa alegría, que apenas la podian contener sus corazones. ¡Oh! ¡Cómo maldijeron entonces los infames encantos, que no les habian permitido conocerse mientras vagaban por el palacio encantado, haciéndoles perder además tan placenteros dias!
Bradamante, dispuesta á otorgar á su amante todos los favores que son lícitos á una doncella pudorosa, y á fin de sustraerlo de las tinieblas en que vivia, sin que por ello se resintieran su honestidad y su decoro, manifestó á Rugiero que, si no queria que se negara con dureza y esquivez á concederle el término de sus amorosos deseos, era indispensable que la pidiera á su padre Amon; pero bautizándose antes. Rugiero, que por amor de Bradamante no tan solo abrazaria el cristianismo, en cuya religion vivieron sus padres y todos su ilustres antecesores, sino que estaba pronto á darle la vida, como llegara á pedírsela, le contestó:—Por merecer tu cariño pondria mi cabeza, no bajo el agua, sino entre las llamas.
Rugiero se puso en marcha para recibir el bautismo y unirse despues á Bradamante, la cual le guió á Valleumbroso, monasterio suntuoso y rico, célebre por la religiosidad de sus monjes y por su hospitalidad. Al salir del bosque encontraron á una dama, cuyo semblante revelaba el mayor desconsuelo: Rugiero, siempre humano y siempre cortés para con todos, pero mucho más para con las mujeres, apenas vió las lágrimas que surcaban el delicado rostro de aquella dama, sintió una gran compasion y deseó conocer la causa de su pesar; por lo cual, acercándose á ella, le preguntó, despues de saludarla cortesmente, el motivo de tener el rostro bañado en llanto. Levantó la dama hácia él sus ojos preñados de lágrimas, y con voz llena de dulzura, le dijo:
—Gentil caballero, las lágrimas que ves rodar por mis mejillas son producidas por la compasion que me inspira un doncel á quien hoy mismo van á dar muerte en un castillo cerca de aquí. Enamorado ese jóven de una doncella tan hermosa como amable, hija de Marsilio, rey de España, solia pasar á su lado todas las noches, sin dar que sospechar á la familia, envuelto en un velo blanco, disfrazado con un traje de mujer, y fingiendo la voz y los ademanes de tal. Pero como no puede haber secreto que permanezca constantemente oculto, no faltó quien le observara, revelándolo en seguida á dos amigos suyos, y estos á otros, hasta que, llegó á noticia del Rey: antes de ayer se presentó un comisionado de Marsilio, que sorprendiendo á ambos amantes en el lecho, les ha encerrado en el castillo en distintos calabozos; y estoy segura de que no transcurrirá el dia de hoy sin que perezca el jóven lastimosamente. He huido por no presenciar el espectáculo cruel y horroroso de verle perecer en una hoguera, pues nada podrá causarme dolor tan vivo como el suplicio de ese jóven: de hoy en adelante todos mis placeres se convertirán en afliccion al recuerdo de la espantosa llama en que han de arder sus bellos y delicados miembros.
Bradamante escuchó atenta este relato, el cual la conmovió tanto, que no parecia sino que el jóven condenado á muerte fuese uno de sus hermanos; y en verdad que su temor no carecia de fundamento, como veremos despues. Volviéndose á Rugiero, le dijo:
—Soy de opinion que apercibamos nuestras armas en auxilio de ese cautivo.
Y dirigiéndose á la afligida dama, añadió:
—Como logremos hallarnos dentro de los muros de ese castillo antes que hayan dado la muerte al desdichado jóven, puedes estar segura de que sabremos salvarle.
Siguiendo Rugiero los generosos impulsos del corazon bondadoso de su dama, é imitando su noble desinterés, ardió en deseos de volar en socorro del jóven, y dijo á la dama, de cuyos ojos continuaban brotando abundantes lágrimas:
—¿A qué aguardas? No es este el momento de llorar, sino de socorrer: dirígenos pronto adonde se halla tu protegido, á quien prometemos sacar de entre millares de lanzas ó espadas, con tal que nos conduzcas inmediatamente á su lado. Aligera, pues, el paso más de lo que te sea posible, no vaya á suceder que por tardar nuestro socorro, lleguemos cuando ya le hayan abrasado las llamas.
Las arrogantes palabras y el aspecto imponente de ambos amantes, atrevidos hasta lo sumo, hicieron renacer en el corazon de la dama su muerta esperanza, pero como temia menos la distancia á que se encontraba el castillo, que los impedimentos que podian hallar en el camino haciendo inútiles sus esfuerzos, permaneció algunos instantes indecisa. Por fin les dijo:
—Si tomásemos el camino más llano y que más directamente conduce al castillo, sin duda llegaríamos antes de que la hoguera estuviese encendida: pero estamos obligados á caminar por senderos tan tortuosos y ásperos que alargarán nuestro viaje más de un dia, y temo que al llegar á su término encontremos muerto al jóven.
—Y ¿por qué no hemos de ir por el camino más corto? preguntó Rugiero.
La dama respondió:
—Porque á la mitad de él se encuentra un castillo de los condes de Poitiers, en que Pinabel, hijo del conde de Altaripa, y el más perverso de los hombres, ha establecido, aun no hace tres dias, una costumbre inícua y vergonzosa para las damas y caballeros andantes. Por allí no pasa una sola dama ni un caballero, que no se vean obligados á someterse á los mayores ultrages. Tanto las unas como los otros han de perder sus corceles; dejando además, los guerreros las armas, y las damas sus vestiduras. No enristran lanza ni la han enristrado en Francia hace muchos años mejores caballeros que los cuatro que han jurado á Pinabel ser mantenedores de esta ley infame en su castillo. Os esplicaré el origen de esta costumbre, que segun he dicho solo hace tres dias que está en uso, y juzgareis si fué ó no recta la causa que obligó á los caballeros á prestar del juramento.
«Pinabel tiene una dama tan inícua, tan infame, cual no existe otra. Un dia que iba con él no sé por donde, encontró un caballero que le causó una gran afrenta. Habiéndose ella burlado de una vieja que iba montada á la grupa del caballo de aquel campeon, empeñóse un combate; y Pinabel, que estaba dotado de poca fuerza, pero de mucho orgullo, salió vencido: el vencedor quiso sin duda asegurarse de si la dama cojeaba ó no, por lo cual la obligó á bajarse de su palafren, la dejó á pié, é hizo que la vieja se vistiera con su suntuoso traje. La dama, llena de despecho y de la más ardiente sed de venganza, se reunió á Pinabel, que siempre está dispuesto á secundar cualquiera maldad, y como no pudiera apartar de su imaginacion el escarnio recibido, ni tener hora de reposo, dijo á su amante que el único modo de verla de nuevo risueña y placentera, consistia en desmontar á mil caballeros y mil damas, quitándoles á los unos las armas y sus vestidos á las otras.
»Aquel mismo dia hizo la casualidad que llegaran al castillo de Pinabel cuatro esforzados caballeros, los cuales habian venido hasta allí desde comarcas remotísimas: su valor es tal, que en nuestros dias no existen otros más intrépidos ni diestros en el manejo de las armas: llámanse Aquilante, Grifon, Sansoneto, y el más jóven Guido el salvaje. Pinabel dispensóles en su castillo una cortés acogida, y mientras estaban entregados al sueño por la noche, los sorprendió en el lecho, los aprisionó, y no consintió en restituirles la libertad hasta que le juraron permanecer allí durante un año y un mes (tal fué el tiempo que les prefijó); que despojarian de sus armas á cuantos caballeros andantes apareciesen por aquellos contornos, y que harian otro tanto con los vestidos de las damas que fuesen en su compañía, quitándoles asimismo los caballos. Obligados por la violencia, no tuvieron más remedio que prestar aquel juramento, bien á pesar suyo. Hasta hoy nadie ha podido luchar con ellos sin quedar vencido, y han llegado ya infinitos caballeros que han tenido que marcharse á pié y sin armas. Tienen establecido entre ellos el pacto de que el designado por la suerte sea el primero en salir del castillo, y en combatir solo; pero si dá con un contrario tan vigoroso que, permaneciendo en la silla, le derribe del caballo, los otros tres están obligados á acometer á un tiempo al vencedor hasta triunfar ó sucumbir. Si cada uno de dichos caballeros es ya tan temible de por sí, calcula lo que serán todos juntos.
»La importancia de nuestra empresa, es tal que no permite la menor demora, y mucho menos que perdais el tiempo, exponiéndoos á los azares de una lucha; y aun suponiendo que saliérais de ella victoriosos, como lo hace esperar vuestro aguerrido talante, como no es cuestion que pueda resolverse en una hora, temo mucho que aquel jóven perezca entre las llamas, si no acudimos en su auxilio en todo el dia de hoy.»
Rugiero contestó:
—Dejemos eso por ahora, y hagamos lo que debe esperarse de nosotros: el Supremo Hacedor ó la fortuna cuidarán entre tanto de ese jóven. Decididos á combatir con los cuatro caballeros, podrás juzgar, al ver el resultado de la lucha, si somos bastante fuertes para auxiliar al que ha sido condenado á las llamas por una falta tan leve como nos has manifestado.
Sin añadir una sola palabra, les guió la dama por el camino más corto. Poco más de tres millas anduvieron, cuando se encontraron en el puente y en la puerta donde se perdian las armas y los vestidos, y se corria peligro de perder tambien la vida. Sonó dos voces la campana del castillo, anunciando su presencia: abrióse la puerta, y salió presuroso al encuentro de los recien llegados un viejo montado en un rocin, gritándoles:
—Esperad, esperad: no sigáis adelante, que aquí hay que pagar derechos, y si no sabeis la costumbre establecida, pronto os la diré.
Y empezó á referirles la ley que hacia observar Pinabel, exhortándoles despues á que se conformaran con ella.
—Hijos mios, les dijo, haced que esa dama se desnude de sus vestidos, y vosotros abandonad aquí vuestras armas y caballos: no os expongais á luchar con esos cuatro guerreros invencibles. Por do quiera encontrareis vestidos, armas y caballos; pero nada podrá devolveros la vida una vez perdida.
—Basta, contestó Rugiero, no prosigas; estoy perfectamente informado de todo, y he venido á probar por mí mismo si esos caballeros son en efecto tan valientes como se me ha asegurado. No estoy dispuesto á poner á merced de nadie, ni vestidos, ni armas, ni caballos, mientras solo se trate de arrogantes amenazas; y abrigo la seguridad de que mi compañero tampoco cederá los suyos á las palabras. Pero, por Dios, haz que vengan pronto á medirse con nosotros los que pretenden arrebatarnos nuestras armas y caballos; porque necesitamos atravesar esa montaña, y estamos perdiendo un tiempo precioso.
El viejo respondió:
—Por el puente se acerca quien viene á satisfacer tus deseos.
Y era verdad; pues por él se adelantaba un caballero que llevaba una sobrevesta roja salpicada de flores blancas.
Bradamante suplicó encarecidamente á Rugiero, que por galantería le cediera el honor de arrojar de la silla al caballero; mas no pudo conseguirlo, y le fué preciso resignarse á la voluntad de su amante. Rugiero quiso llevar á cabo por sí solo aquella empresa, y que Bradamante permaneciera como mera espectadora del combate.
Rugiero preguntó al viejo el nombre del primer campeon que salia contra él.
—Es Sansoneto, contestó el anciano; le conozco por las flores blancas y el rojo color de su vestido.
Ambos adversarios, sin dirigirse la palabra ni demorar un solo momento el combate, se pusieron simultáneamente en movimiento, y se acometieron con la lanza en ristre, excitando la ardorosa carrera de sus corceles. Mientras tanto Pinabel habia salido de la fortaleza, acompañado de algunos infantes, dispuestos siempre á apoderarse de las armas de los vencidos, y á auxiliar á los caballeros que caian de la silla. Venian á encontrarse los dos atrevidos contendientes, apoyando en el ristre sus enormes lanzones de roble verde, de dos palmos de circunferencia, y cuyos hierros tenian igual longitud. Sansoneto habia hecho cortar en el bosque inmediato diez ó doce astas semejantes á aquellas, destinándolas á tal objeto; y eran tan fuertes que ni escudos, ni corazas diamantinas, podrian resistir su choque. Cuando se aprestaron al combate, hizo dar una de dichas astas á Rugiero, reservándose él la otra.
Con tales lanzas, capaces de hendir un yunque (tan bien templados tenian sus hierros), se alcanzaron á la mitad de su carrera, dándose un bote descomunal en sus respectivos escudos. El de Rugiero, que tanto habia hecho sudar á los demonios cuando lo forjaron, á pesar de estar desnudos, no se resintió en lo más mínimo del golpe; me refiero á aquel escudo que fabricó Atlante, y de cuya fuerza ya os he hablado otras veces: os he dicho que era tal la fuerza con que heria la vista su encantado resplandor, que al descubrirlo, abrasaba los ojos y derribaba á los hombres privados de sentido. Por esta razon lo llevaba Rugiero siempre cubierto con un velo que solo levantaba en los más apurados trances. Debe creerse además que fuese impenetrable, puesto que resistió el bote de la lanza de Sansoneto.
El escudo de este, forjado por artífices menos hábiles, no pudo soportar el terrible golpe de su adversario: como si le hubiera herido un rayo, dió paso al hierro de la lanza y se abrió por el medio; dió paso al hierro, que tropezó al atravesar el escudo con el brazo mal defendido por él, y Sansoneto quedó herido, y á su pesar fué arrojado de la silla, siendo el primero de los cuatro mantenedores de aquella costumbre punible que salió vencido en el combate en lugar de apoderarse de los despojos de sus adversarios. Bueno es que llore alguna vez el que siempre rie, y que la fortuna no se muestre siempre propicia á los deseos de los venturosos. El vigía del castillo, haciendo con la campana una nueva señal, avisó á los demás caballeros que saliesen á su vez á combatir.
Mientras tanto se habia aproximado Pinabel á Bradamante para saber quien era el caballero que con tan singular valor acababa de derribar á uno de sus campeones. La justicia divina, indudablemente dispuesta á proporcionarle una recompensa digna de sus merecimientos, permitió que fuese aquel dia montado en el mismo corcel que algun tiempo antes arrebatara á Bradamante. Precisamente hacia ocho meses por entonces que encontrándose el de Maguncia con la guerrera en un camino, la habia arrojado, segun recordareis, en la tumba de Merlin, cuando la libró de la muerte una rama que cayó con ella no menos que su buena suerte; y persuadido Pinabel de que habia quedado sepultada en la cueva, se llevó su caballo.
Bradamante conoció al punto su corcel, gracias al cual conoció tambien al inícuo Conde; y al oir su voz y al fijarse con más detenimiento en su rostro, dijo entre sí:—«Este es sin duda el traidor que intentó arrancarme vida y fama; sus pecados le han traido seguramente á recibir el castigo de sus crímenes.»—Amenazar á Pinabel, desenvainar la espada y embestirle, todo fué obra de un momento; pero antes procuró cortarle la retirada para que no pudiera refugiarse en el castillo.
Semejante á la zorra que halla interceptado el paso de su madriguera, Pinabel perdió la esperanza de salvarse; y no atreviéndose á hacer frente á la guerrera, huyo á ocultarse en la selva próxima, dando desaforados gritos. Pálido, consternado y fiando su salvacion en la huida, clavaba los acicates en los hijares de su corcel, mientras la animosa doncella de Dordoña le seguia de cerca, descargándole furiosos golpes con su espada, sin abandonarle un punto. El estrépito que producia el choque de las armas y el rumor de las pisadas de los caballos resonaba en todos los ámbitos del bosque; pero los habitantes del castillo no observaron nada de esto, por tener fija toda su atencion en Rugiero.
Los otros tres caballeros habian pasado entre tanto desde el castillo al lugar del combate, acompañados de la mujer indigna, promovedora de tan innoble costumbre: cada uno de los tres iba con el rubor de la vergüenza en el rostro y lleno de luto el corazon, por verse obligados á acometer juntos á un solo adversario, deseando encontrar la muerte antes que conservar la vida á costa de su honra. La cruel meretriz por quien se habia establecido y observado aquella costumbre inícua, les iba recordando su pacto y el juramento que de vengarla le hicieran.
—Si mi lanza es suficiente para derribarle, decia Guido el Salvaje, ¿por qué pretendes que me ayuden mis dos amigos? Si acaso le engañara, consiento gustoso en que me corten la cabeza.
Otro tanto decian Aquilante y Grifon; cada uno de ellos deseaba luchar solo con su contendiente, prefiriendo morir ó quedar prisioneros, á tener que acometerle todos juntos.
La dama de Pinabel les contestó con resolucion:
—¿A qué vienen tantas palabras inútiles? Yo os he traido aquí para que despojeis á ese guerrero de sus armas y no para formar leyes nuevas y nuevos pactos. Pudisteis hacerme esas observaciones cuando os tenia encarcelados; pero ahora ya es tarde: estais obligados á cumplir lo ofrecido, y no á desperdiciar el tiempo con frases vanas y engañosas.
Rugiero, por su parte, les gritaba:
—¡Mirad mis armas! ¡Mirad mi caballo, cuya silla y arneses son enteramente nuevos! Contemplad tambien el traje de esta dama: si deseais apoderaros de todo, ¿qué os detiene?
Excitados los tres mantenedores por las palabras de la dueña del castillo, así como por las provocaciones y las burlas de Rugiero, viéronse forzados á acometerle juntos, aunque llevando el rostro encendido de vergüenza. Adelantáronse á Guido los dos descendientes del noble marqués de Borgoña, porque el caballo de aquel, menos ágil, quedó atrás, si bien á corta distancia. Rugiero les arremetió con la misma lanza con que habia derribado á Sansoneto, y cubierto con el escudo que solia usar Atlante en los montes Pirineos: con aquel escudo encantado cuyo brillo ningun mortal podia sostener y al que apelaba Rugiero en último recurso. El guerrero solo se habia servido de él en tres ocasiones, bien apuradas por cierto: las dos primeras, cuando procuró huir de la mansion de la molicie, para pasar á la morada de la honestidad; la tercera cuando obligó á la orca á devorar las olas espumosas en vez de saciarse con las delicadas carnes de las hermosa Angélica desnuda, que tan mal pago dió despues á su libertador. Excepto en estas tres ocasiones, Rugiero lo habia tenido cubierto siempre con un velo, que podia levantar fácilmente en cuanto necesitase de su auxilio.
Resguardado con él, segun os he dicho, acudia al combate tan animoso, que le inspiraban menos temor sus tres adversarios que si hubiesen sido débiles criaturas. La lanza de Rugiero fué á chocar en la extremidad superior del escudo de Grifon, á la altura del almete: Grifon estuvo tambaleándose algunos momentos, hasta que por último cayó, yendo á parar léjos de su caballo. La lanza del hermano de Aquilante habia dado tambien en el escudo de su adversario, pero como dirigió el bote de soslayo, al tropezar con su superficie tersa y bruñida, se deslizó por ella la punta de la lanza y produjo un efecto contrario: desgarróse el velo que encubria el fulgor espantoso y encantado, á cuyo resplandor era forzoso que todos cayesen deslumbrados irremisiblemente.
Aquilante, que acometió á Rugiero al mismo tiempo que su hermano, arrancó el resto del velo y convirtió al escudo en un rayo: su claridad repentina hirió los ojos de los dos hermanos y tambien los de Guido, que tras ellos venia. Todos cayeron sin sentido; porque el escudo no solo les privó de la vista, sino tambien del conocimiento.
Ignorante aun Rugiero del resultado de la lucha, volvió su caballo; y al volverlo desenvainó su cortadora espada; pero no vió á nadie que le hiciera frente, porque todos yacian en el suelo. Los caballeros, los soldados que habian salido del castillo, los caballos y hasta las damas parecian hallarse en brazos de la muerte. Al principio quedó sorprendido; pero luego observó que pendia de su brazo izquierdo, hecho girones, el velo con que solia ocultar la luz que tal efecto produjera. Asaltado de un repentino pensamiento, empezó á buscar con la vista á su adorada guerrera y sus miradas se fijaron en el sitio donde la habia dejado al empezar la primera lucha: no viéndola allí, supuso que se habria marchado á impedir que pereciera aquel jóven, temerosa sin duda de que fuese arrojado á las llamas, mientras él estaba entretenido en su combate con los cuatro campeones.
Entre las personas que estaban desmayadas distinguió á la dama que allí le habia guiado; la recogió del suelo, adormecida cual estaba, la colocó en el arzon delantero de la silla y echó á andar cabizbajo, cubriendo el escudo encantado con un manto que llevaba la dama, la cual recobró los sentidos en cuanto desapareció el nocivo resplandor. Rugiero continuaba su marcha, rojo de vergüenza y sin atreverse á levantar los ojos, temiendo que le echaran en cara una victoria tan poco gloriosa.
—¿Cómo podria yo enmendar, decia entre sí, una falta que me cubre de tanto oprobio? En adelante todos dirán que he conseguido mis triunfos por medio de encantos, y no por mi valor.
Mientras iba entregado á tales pensamientos, tropezó con lo que buscaba: en medio del camino vió una cisterna profunda, donde solian abrevarse los ganados despues del pasto, en las calorosas horas del estío. Rugiere exclamó:
—¡Oh, escudo maldito! Yo sabré evitar que vuelvas á deshonrarme. No te conservaré un momento más; y permita el Cielo que la vergüenza que me has ocasionado sea la última que haya de tener en el mundo.
Así diciendo, saltó del caballo; cogió una piedra de gran peso, la ató al escudo, y precipitó una y otro en el fondo de la cisterna, exclamando:
—Permanece ahí sepultado, y quede contigo eternamente oculto mi oprobio.
El pozo era profundo y estaba lleno do agua hasta los bordes; la piedra y el escudo eran pesados: así es que no pararon hasta llegar al fondo, quedando ocultos por el agua que volvió á unirse tras ellos. La Fama no pudo callar aquella accion generosa y digna de renombre, y divulgóla en breve: su trompeta sonora difundió la noticia por Francia, España y los paises comarcanos. Apenas circuló de boca en boca esta aventura por todas partes, acudieron muchos guerreros, así de las más próximas como de las más apartadas regiones, en busca del escudo; pero no pudieron dar con el bosque donde se hallaba el pozo guardador del sagrado escudo; porque la Fama que publicó la accion de Rugiero, no quiso revelar nunca la situacion del país ni de la cisterna.
Tan pronto como se hubo alejado Rugiero del sitio que fué testigo de su poco costosa victoria, dejando á los cuatro grandes campeones de Pinabel tendidos cual muñecos de paja, al llevarse al escudo, se llevó tambien la luz que entorpecia los sentidos, y cuantos yacian como muertos, se levantaron llenos de asombro. Durante todo aquel dia no supieron ocuparse más que de tan maravilloso suceso, haciendo cada cual sus consideraciones con respecto á aquella luz terrible: hablando estaban de este acontecimiento, cuando llegó á sus oidos la noticia de la muerte de Pinabel, aunque sin saber quien fuese el matador.
Durante el combate, la atrevida Bradamante habia alcanzado á Pinabel en un paso estrecho, y le habia sepultado cien veces su acero en el pecho y los costados. Luego que purgó á la Tierra de aquel hombre pérfido y dañino, volvió la espalda al bosque testigo de su venganza, llevándose el corcel que el infame le arrebatara en otra ocasion. Quiso regresar al sitio donde habia dejado á Rugiero; mas no supo hallar el camino, y aunque recorrió montes y valles, buscándole por toda la comarca, su contraria suerte no le permitió que hallase la ruta más conveniente para reunirse á su Rugiero. Los que encuentren agradable esta historia quedan invitados para oir su continuacion en el canto siguiente.