CANTO XXIII.
Astolfo se remonta á los aires.—Prenden á Zerbino, acusándole de haber dado muerte á Pinabel: Orlando le pone en libertad.—Rodomonte cabalga en Frontino, que ha arrebatado á Hipalca.—El paladin Orlando combate con Mandricardo; y despues, teniendo noticia de los amores de Angélica cae en la locura más furiosa que se ha conocido.
Todos debemos auxiliar á nuestro prójimo, porque las buenas acciones raras veces quedan sin recompensa; y aun cuando no la obtengan, por lo menos su práctica no puede causar la muerte, ni perjuicio, ni ignominia. En cambio, el que ocasiona algun daño á otro, encuentra tarde ó temprano el castigo merecido, pagando una deuda que nunca se olvida. Dice el proverbio que, si las montañas están fijas, los hombres vuelven á encontrarse. Ved cuál fué la suerte de Pinabel por haberse portado inícuamente: encontró la pena á que le habia hecho acreedor su índole perversa, y Dios, que las más de las veces no permite que padezca injustamente un inocente, salvó á Bradamante, así como salvará á todo aquel cuya conciencia esté limpia de toda felonía. Creyó Pinabel que habia dejado muerta y sepultada en la cueva á la doncella, no esperando volverla á ver y mucho menos llegar á perder la vida á sus manos. De nada le sirvió encontrarse en el castillo de su padre; en el castillo de Altaripa, situado entre escarpadas montañas y próximo al país de Poitiers. Poseia esta fortaleza el viejo conde Anselmo, de quien nació el malvado Pinabel, que para librarse de las manos de Claramonte, tuvo que apelar al auxilio de sus amigos.
Al pié de un monte se vengó á su placer Bradamante de aquel traidor, arrancándole la indigna vida, sin que Pinabel supiera hacer otra cosa más que gritar y pedir perdon, en vez de defenderse como un caballero. Despues de haber dado muerte al fementido conde, que en otra ocasion procuró asesinarla, quiso volver al sitio en que habia dejado á Rugiero; mas no se lo permitió su adversa suerte, la cual hizo que se extraviara por un sendero, que la llevó á la parte más espesa, más solitaria y más sombría del bosque, en el momento en que las tinieblas sustituian á la luz del Sol. No sabiendo la guerrera donde albergarse durante la noche, se detuvo en aquel sitio, tendiéndose sobre la naciente yerba, cobijada por las ramas de los árboles; y ora durmiese esperando la llegada del dia, ora contemplase á Saturno, Júpiter, Venus, Marte y demás planetas errantes, no se apartó un momento de su imaginacion la imágen de su adorado Rugiero. Exhalando frecuentes suspiros, que salian de lo más profundo de su corazon, se lamentaba, arrepentida y pesarosa, de que hubiera podido en ella la ira más que el amor.
—La cólera, decia, ha hecho que me separara de mi amante: si á lo menos hubiese reparado en el camino que seguia, sabria ahora volver por donde he venido, despues de haber llevado á cabo mi venganza. ¡Oh, cuán ciega y falta de memoria he sido!
Estas y otras palabras estuvo pronunciando en voz alta durante la noche, además de otras muchas que no salieron del fondo de su corazon, mientras que el viento de sus suspiros y el copioso raudal de sus lágrimas formaban una verdadera tormenta de dolor. Por fin, despues de una prolongada espectativa, apareció por Oriente la deseada aurora; entonces la jóven montó en su caballo, que iba paciendo por el bosque, y emprendió la marcha, en direccion opuesta á la del Sol.
No anduvo mucho, cuando se halló á la salida del bosque, y á corta distancia del sitio donde habia estado el palacio en que el encantador malvado la entretuvo durante tantos dias con sus ficciones. Allí encontró á Astolfo, que se habia detenido á arreglar una brida para el Hipogrifo, y estaba perplejo por no saber á quien confiar su Rabican. Por una feliz casualidad, el paladin no llevaba entonces puesto su casco: así es que, en cuanto Bradamante salió de la selva, conoció á su primo. Saludóle desde léjos, corrió á él con suma alegría, le abrazó luego que estuvo cerca, y le dijo su nombre, alzándose la visera para hacerle ver claramente que era en efecto su prima.
No podria Astolfo encontrar una persona á quien con más confianza encomendara su Rabican, que la hija del Duque de Dordoña, seguro como estaba de que lo cuidaria perfectamente y se lo devolveria á su regreso, por lo cual creyó que Dios se la habia enviado; y si siempre veia con gusto á Bradamante, con mucho mayor placer la vió entonces por la necesidad que de sus servicios tenia. Despues de abrazarse fraternalmente dos ó tres veces, y de dirigirse con gran solicitud mútuas preguntas sobre su vida, Astolfo dijo entre sí:—«Si he de recorrer el reino de las aves, debo aprovechar sin demora la ocasion que se me presenta.»—Y confiando á la doncella sus intentos, le mostró su volador corcel.
No se sorprendió Bradamante al ver desplegar las alas á aquel caballo, pues en otra ocasion le vió venir contra ella dirigido por Atlante, y más tarde le contempló fijamente, con perjuicio de su vista, el dia en que se llevó á Rugiero al través de caminos extraños é inusitados. Astolfo dijo á su prima que deseaba confiarle su Rabican, tan veloz en la carrera, que si echaba á correr al disparar un arco, en breve dejaba tras sí á la saeta: asimismo queria entregarla sus armas, con encargo de que las llevara á Montalban y las guardara allí hasta su regreso; pues en aquella ocasion no tenia necesidad de ellas. Como intentaba viajar á través de los aires, deseaba aligerar su peso cuanto le fuera posible. Conservó la espada y la trompa, aun cuando con esta sola tenia bastante para librarse de cualquier riesgo, y entregó tambien á Bradamante la lanza que llevó el hijo de Galafron; aquella lanza que hacia saltar de la silla á cuantos guerreros alcanzaba.
Elevóse en seguida Astolfo sobre el caballo volador, haciéndole al principio remontarse poco á poco; pero despues apresuró su vuelo de tal modo, que Bradamante lo perdió de vista en un momento, del mismo modo que el piloto saca á su bajel lentamente de entre los escollos peligrosos, y así que deja atrás el puerto y la costa, desplega todas sus velas y aventaja en velocidad al viento.
Una vez alejado el Duque, quedóse Bradamante indecisa y pensativa, por no saber cómo arreglarse para llevar á Montalban la armadura y el corcel de su pariente; pues en aquel momento su corazon estaba vivamente estimulado por el deseo ardiente de volver á ver á su Rugiero, á quien pensaba encontrar en Valleumbroso, dado caso que no le hallara antes. Mientras permanecia irresoluta, vió á un labriego que casualmente llegaba por aquel camino, al cual hizo recoger y colocar como pudo la armadura de Astolfo sobre Rahican, y despues le confió los dos caballos, montando en el uno y llevando al otro del diestro. Bradamante tenia dos caballos antes de encargarse del de su primo: el suyo y el que habia recobrado de Pinabel.
Se decidió á emprender el camino de Valleumbroso, esperando encontrar allí á su Rugiero; mas como ignoraba cuál era el mejor ó más corto, temia extraviarse. El campesino, por su parte, no tenia conocimiento del país: por último, echó á andar á la ventura, siguiendo la via que le pareció más directa al monasterio. Anduvo errante por uno y otro sendero, sin encontrar una sola persona de quien adquirir informes, y hácia la hora de nona[149] salió del bosque, descubriendo á corta distancia un castillo que coronaba la cima de una colina. Fijóse en él, y le pareció que era el de Montalban; y en efecto, aquel era el castillo en que á la sazon habitaban la madre y algun hermano de Bradamante.
No bien hubo conocido el sitio en que se encontraba, cuando se sintió poseida de una tristeza profunda. Por poco que se detuviera allí, se exponia á ser descubierta y á que la obligaran á permanecer en la casa paterna; de esta permanencia forzada resultaria que su amoroso fuego la abrasase hasta el punto de hacerla perecer, pues ya no le seria posible reunirse á su Rugiero, ni llevar á cabo en Valleumbroso su cristiano proyecto. Despues de haber estado algunos momentos indecisa, resolvióse á volver la espalda á Montalban y echó á andar hacia la abadía, cuyo camino, una vez puesta allí, le era ya conocido. Pero su buena ó mala fortuna quiso que antes de salir del valle, se encontrara con Alardo, uno de sus hermanos, sin tener tiempo de ocultarse de él. Alardo venia de preparar alojamientos por aquella comarca para los infantes y ginetes, que á instancia de Carlomagno habia reunido en los paises circunvecinos. Ambos hermanos se hicieron mil cariñosas demostraciones de afecto, y despues se encaminaron á Montalban, hablando de diferentes cosas.
Entró la hermosa doncella en el castillo, donde Beatriz la habia esperado durante mucho tiempo, vertiendo tan continuas como infructuosas lágrimas, despues de haberla hecho buscar por toda la Francia. Los besos y los abrazos de su madre y sus hermanos le parecieron muy frios comparados con los apasionados de Rugiero, que quedaron impresos para siempre en su alma. En vista de que ya no le era posible ir á Valleumbroso, determinó enviar otra persona en su nombre á fin de que avisara inmediatamente á Rugiero la causa que la impedia efectuarlo por si misma, y rogarle (como si fuese necesario) que recibiese el bautismo por su amor, y acudiese despues á realizar lo proyectado entre ambos hasta que los uniera el sagrado lazo del matrimonio. Determinó además enviarle por el mismo mensajero aquel caballo que apreciaba tanto, y con sobrado motivo, porque ni en todo el reino de los sarracenos, ni en el de los francos, podria encontrarse un corcel más hermoso ni más gallardo, si se exceptúa únicamente á Brida-de-oro y Bayardo. El dia en que Rugiero montó con demasiada audacia en el Hipogrifo y atravesó sobre él los aires, abandonó á Frontino (que así se llamaba su caballo) y Bradamante, haciéndose cargo de él, lo envió á Montalban, donde lo cuidaron perfectamente sin que nadie cabalgara en él desde entonces, como no fuese por poco tiempo, y aun así sin fatigarlo demasiado; de suerte que Frontino se hallaba más lucido y vigoroso que nunca.
Ayudada Bradamante por todas sus doncellas y servidoras, se apresuró á bordar con minucioso esmeró una cubierta de seda blanca y gris recamada de finísimo oro; adornó con ella la silla y la brida del magnífico palafren, y en seguida llamó aparte á la hija de su nodriza Callitrefia, confidente discreta de todos sus secretos. Habíale hablado ya mil veces de su profundo amor hácia Rugiero, encomiando hasta la exageracion la belleza, el valor y la gallardía de su amante. Llamóla, pues, y le dijo:
—No podria elejir un mensajero más fiel, más prudente ni mejor que tú para lo que necesito, Hipalca mia.
Hipalca se llamaba la doncella, á la cual explicó donde tenia que ir y todo cuanto deberia manifestar en nombre suyo á su amante, encargándole sobre todo que la disculpara por no haber ido al monasterio, y que echara la culpa no al olvido de su promesa, sino á la suerte que puede más que nosotros. La hizo montar en un caballo; le entregó la rica brida de Frontino y le recomendó que si por el camino tropezaba con algun hombre tan insensato ó tan villano que quisiese arrebatarle aquel corcel, no tenia que pronunciar más que una sola palabra para hacerle entrar en razon; pues no conocia á ningun caballero tan atrevido que no temblara al oir el nombre de Rugiero. Otras muchas cosas le encargó que tratara con él en su representacion; y cuando Hipalca estuvo perfectamente instruida de todo, se puso en camino sin detenerse á más.
Pronto se alejó la doncella de Bradamante atravesando caminos, campiñas y selvas oscuras; y llevaba andadas ya más de diez millas sin que nadie la hubiese molestado en su camino ni siquiera le preguntase adonde iba; cuando hácia la mitad del dia, y al ir á subir una montaña por un sendero angosto y escabroso, se encontró con Rodomonte que seguia, á pié y armado, á un pequeño enano. El moro fijó en ella su mirada orgullosa, y prorumpió en blasfemias contra los dioses, porque no habia hallado en poder de un caballero aquel corcel tan hermoso y tan ricamente enjaezado. Habia jurado apoderarse á toda costa del primer caballo que encontrase, y aquel era precisamente el primero y el más hermoso y más á propósito para él que hallar pudiera; y aun cuando juzgaba una villania arrebatárselo á una mujer, sin embargo, sus mismos deseos de poseerlo le tenian indeciso. Lo miraba, lo contemplaba, y decia con frecuencia:
—Pero ¿por qué no irá sobre él su dueño?
—¡Oh! Si él estuviese aquí, respondió Hipalca, pronto te haria mudar de opinion. El que acostumbra montarlo vale mucho más que tú; no hay en el mundo un guerrero que pueda comparársele.
—¿Quién es, preguntó el moro, ese caballero que tan en poco tiene la fama de los demás?
—Es Rugiero, contestó la doncella.
Rodomonte replicó:
—Siendo así, no tengo inconveniente en apoderarme de ese corcel, puesto que se lo arrebato á un campeon tan esforzado como Rugiero; y si es cierto, como dices, que es tan fuerte y superior á cualquier otro guerrero, no solo le devolveré su caballo, sino tambien los arneses y hasta el precio que quiera exigirme por el tiempo que de ellos me aproveche. Pero has de decirle que yo soy Rodomonte, y que si desea conocer el esfuerzo de mi brazo, le costará poco trabajo encontrarme; pues por do quiera que voy me da siempre á conocer el resplandor que me rodea; el rayo no deja mayores huellas de su paso de las que dejo yo en cuantas partes fijo mi planta.
Al decir esto, arregló las riendas doradas de Frontino, saltó sobre él, y ascendió por la montaña sin hacer caso de Hipalca, que se quedó asombrada, triste y llorosa; y entregándose al dolor más profundo, prorumpió en amenazas y dicterios contra Rodomonte.
En otra parte se refiere lo que despues acaeció; pues Turpin que es quien relata esta historia, se detiene al llegar aquí y vuelve á aquel país en que poco antes fué muerto el de Maguncia.
Apenas se habia alejado de aquel sitio con la mayor premura la hija de Amon, cuando Zerbino llegó por otro sendero, acompañado siempre de la vieja falaz, y vió en el valle tendido á un caballero, que le era completamente desconocido. Zerbino, llevado de su natural bondadoso y compasivo, no pudo menos de apiadarse de semejante desgracia. Pinabel yacia en tierra inanimado, derramando torrentes de sangre por sus heridas que debian de ser tantas en número, como si cien espadas se hubiesen dirigido contra su pecho para darle la muerte. Apresuróse el caballero escocés á seguir las huellas recientemente impresas en la arena, para ver si podia descubrir al homicida, diciendo á Gabrina que le esperase allí, pues no tardaria en volver.
La vieja se aproximó al cadáver, examinándolo escrupulosamente, con intencion de apoderarse de cuantas prendas le gustaran: como entre sus muchos defectos, tenia el de ser tan avara cuanto puede serlo una mujer, le dolia que aquel muerto estuviese inútilmente adornado con sus ricas preseas; y si hubiese podido arbitrar un medio ó realizar la esperanza de llevarse ocultamente su hurto, le habria arrebatado la magnífica sobrevesta y con ella las soberbias armas; pero juzgándolo difícil se contentó con despojarle de lo que podia esconder fácilmente, abandonando el resto con harto dolor de su corazon. Le arrebató, pues, entre otras cosas, un hermoso cinturon, que ocultó entre sus dos faldas, ciñéndoselo en derredor del cuerpo.
Poco despues llegó Zerbino, que habia perdido las huellas de Bradamante, porque el sendero se dividia en otros muchos ascendentes ó descendentes; y como se aproximaba la noche, no le pareció conveniente dejarse sorprender por las tinieblas en medio de aquellas rocas; así es que se reunió con la impía vieja para buscar un albergue. A unas dos millas de distancia vieron un gran castillo que era el de Altaripa, donde se detuvieron para pasar la noche, que se remontaba á grandes pasos hácia el cielo. Poco tiempo hacia que se encontraban en el castillo, cuando hirió sus oidos un triste lamento, y vieron que todos los habitantes de aquella mansion derramaban lágrimas cual si á todos les hubiese alcanzado una misma desgracia. Zerbino preguntó la causa de semejante afliccion, y le contestaron que el conde Anselmo acababa de recibir la noticia de que el cadáver de su hijo Pinabel yacia en un angosto sendero situado entre dos colinas. Para evitar Zerbino que recayesen en él las sospechas, fingió el mayor asombro y bajó los ojos, pensando, sin embargo, en que el cadáver que halló en medio del camino era indudablemente el de Pinabel.
No tardó mucho en llegar la fúnebre comitiva, alumbrada por teas y hachones; á su aspecto redoblaron los gemidos y los lamentos, y brotaron más copiosas las lágrimas de los ojos de los circunstantes, en especial de los del desgraciado padre, cuyo rostro revelaba la desesperacion de que estaba poseido. Mientras se preparaban solemnes y magníficas exequias, con la pompa que prescribia la usanza antigua, y que los siglos van haciendo desaparecer, hizo publicar el Señor del castillo un edicto, que dió tregua á la afliccion de sus vasallos, prometiendo una rica recompensa al que descubriera al matador de su hijo. Aquel bando circuló rápidamente de boca en boca hasta que llegó á los oidos de la malvada vieja, cuya crueldad superaba á la de las tigres y las osas; y en seguida resolvió perder á Zerbino, ya fuese por el odio que sentia hácia él, ya por el orgullo de probar que era el único ser en cuyo corazon no existia el menor átomo de humanidad, ó quizá por ganar el premio ofrecido: lo cierto es que se presentó al aflijido padre y despues de un exordio revestido de alguna verosimilitud, le dijo que Zerbino era el matador de su hijo, y le mostró el rico cinturon que se ocultara entre las ropas. El conde Anselmo lo conoció en el acto, y en virtud de aquella prueba y de la delacion de la infame vieja, no pudo poner en duda su veracidad. Levantó las manos al cielo derramando lágrimas, como para darle las gracias de que su hijo no quedara sin venganza. Hizo armar precipitadamente á todos sus vasallos, disponiendo que cercaran el castillo, y mientras tanto, Zerbino, que estaba muy ajeno de pensar en lo que le esperaba, y no podia suponer que el conde Anselmo le infiriese ofensa alguna, dormia tranquilo y confiado: aquella noche misma fué sorprendido en el lecho, encadenado, y sepultado en un seguro calabozo.
Aun no habia dejado ver el Sol sus resplandores, cuando estuvo todo preparado para el suplicio de Zerbino, que debia ser descuartizado vivo en el mismo sitio en que se cometió la muerte que se le imputaba: tal fué la órden del Señor del castillo, y tal la que acataron todos sin permitirse la menor observacion. En cuanto la bella Aurora matizó el trasparente cielo con sus tintas blancas, sonrosadas y amarillas, todo el pueblo, gritando: «¡Muera! ¡Muera!» acudió á castigar á Zerbino por su supuesto delito. El insensato populacho le acompañó fuera del castillo, sin órden ni concierto, unos á caballo y otros á pié: entre ellos caminaba Zerbino, con la cabeza baja, maniatado y montado en un mal caballo.
Mas Dios, que acude con frecuencia en auxilio de los inocentes, y nunca abandona al que confia en su bondad, le proporcionó un defensor, el más á propósito para que su existencia no corriera el menor peligro. Este fué Orlando, que llegó en la ocasion más oportuna para salvar á Zerbino. Orlando vió en la llanura aquella multitud, que arrastraba á la muerte al afligido caballero. Con él iba la doncella que encontró escondida en una gruta; la princesa Isabel, hija del rey de Galicia, que habia caido en manos de unos bandidos, despues de haber visto su nave destrozada por las turbulentas olas de un mar proceloso; aquella que tenia más dentro de su corazon á Zerbino, que el alma que la alentaba. Orlando no se separó un punto de ella despues de haberla sacado de la caverna.
Cuando la jóven observó la muchedumbre que cruzaba por la llanura, preguntó á Orlando cuál era su objeto.—«Lo ignoro» contestó el Paladin, y dejándola en la montaña, bajó al llano con la mayor presteza: miró á Zerbino, y al primer golpe de vista conoció que era un caballero ilustre. Aproximándose á él, le preguntó la causa de ir encadenado y el sitio adonde le conducian. Levantó la cabeza el doliente caballero, y dando oidos á las palabras del recien llegado, le dijo toda la verdad con tan ingénuas frases que el Conde le consideró digno de su proteccion, por estar seguro de que quien así se expresaba era inocente, y perecia víctima de una sinrazon. Afirmóse más en esta creencia cuando supo que el conde de Altaripa era quien habia ordenado aquel suplicio; pues no podia esperarse otra cosa de un hombre tan pérfido. Inflamóle asimismo el odio inveterado y hereditario que separaba á las dos familias de Maguncia y de Claramonte, odio que ocasionó tantos daños, tantos ultrajes y tantas muertes.
—Desatad á ese caballero, canalla, gritó el Conde á los soldados; desatadle, ó pereceis todos á mis manos.
—¿Quién es ese que descarga tan descomunales tajos? respondió uno que quiso echarla de valiente. ¿Por ventura cree que somos de cera ó de paja, y él de fuego?
Y se lanzó contra el Paladin de Francia, que enristró á su vez la lanza, cayendo sobre su adversario. La armadura brillante que aquel soldado habia usurpado la noche anterior á Zerbino, y que llevaba puesta, no le resguardó del terrible choque del Paladin: el hierro de la lanza de este tropezó en el lado derecho de la visera del yelmo, y aun cuando no lo traspasó merced á su fino temple fué tan violenta la sacudida que el soldado cayó sin vida con la columna vertebral rota. Sin detener un momento su carrera ni sacar del ristre la lanza, Orlando atravesó con ella el pecho de otro soldado; la dejó clavada en él, y desenvainando rápidamente á Durindana, embistió á aquella multitud compacta, hendiendo á unos la cabeza, separándosela del cuello á otros, y traspasando á muchos la garganta; de suerte que en un instante tendió á sus piés ó puso en fuga á más de ciento. En breve dió muerte á más de la tercera parte de aquellos desdichados; y arrollando á los restantes, tajó, hendió, hirió, atravesó é hizo pedazos á cuantos se pusieron á su alcance. Para huir más velozmente, arrojaban los escudos, los cascos, los venablos y las picas que les embarazaban; los unos corrian por el camino, los otros á través de los campos; estos se ocultaban en los bosques; aquellos en la profundidad de las cavernas. Orlando, dejando aparte toda piedad, no quiso que aquel dia quedase uno solo con vida. De ciento veinte á que ascendian (segun la cuenta que hizo Turpin), murieron ochenta por lo menos.
Orlando se acercó por último á Zerbino, cuyo corazon saltaba violentamente en el pecho. Es imposible reproducir en verso la alegría de que se sintió poseido al ver volver á Orlando. De buena gana se habria echado á sus plantas para manifestarte su gratitud; pero no le fué posible por impedírselo las ligaduras que al caballo le sujetaban. Mientras el Paladin, despues de haberle desatado, le ayudaba á cubrirse con su armadura, de la que habia despojado al jefe de aquella abigarrada tropa, que por su mal quiso engalanarse con ella, Zerbino fijó sus miradas en Isabel que habia permanecido hasta entonces en la cima del collado, y á la sazon se iba acercando á los dos caballeros una vez terminada la lucha. Cuando Zerbino vió tan cerca de sí á la doncella á quien tanto amaba, á la hermosa jóven que creia sepultada en el fondo del mar, por haber dado crédito á una noticia falsa, y á la que habia llorado tanto, sintió que se le helaba la sangre en el corazon, cual si se le hubiera introducido un pedazo de hielo en el pecho, y empezó á temblar con todos sus miembros; pero casi instantáneamente le pasó aquel frio, y en su lugar se abrasó en la más ardiente y amorosa llama. El respeto debido al señor de Anglante le impidió volar frenético á abrazarla, pensando, y aun teniendo por indudable, que Orlando fuese amante de la doncella. Su alegría fué por lo tanto asaz pasajera; volvió á sentir una nueva y más terrible pesadumbre, pues la noticia de la muerte de su amada le aflijió mucho menos que el verla en poder de otro. Aumentaba su desesperacion el pensar que pertenecia á un caballero á quien debia tanto; porque pretender arrebatársela seria una accion vil al mismo tiempo que una empresa algo difícil. A nadie consentiria que se alejara con una presa tan codiciada, sin oponer la mayor resistencia; pero tratándose del Conde, su deber le exigia que no titubease en manifestarle su gratitud aun á costa de la mayor humillacion.
Taciturnos y melancólicos llegaron á una fuente, junto á la cual se apearon de los caballos y se detuvieron algun tanto; quitóse el yelmo el fatigado Conde, obligando á Zerbino á que hiciese lo mismo. Al ver Isabel el rostro de su amante, el exceso de su repentino gozo cubrió de pronto el suyo de una palidez mortal; despues se rehizo, y recobró sus colores como recobra la flor sus brillantes matices al primer rayo del Sol que la baña despues de una copiosa lluvia. Sin detenerse á más ni tener en cuenta el respeto debido al Conde, se arrojó en los brazos de Zerbino, inundando el llanto sus mejillas y su seno, y sin poder pronunciar una palabra, porque la emocion embargaba su voz. Al presenciar Orlando aquellas demostraciones de afecto, no necesitó más para comprender que aquel caballero era Zerbino.
Luego que Isabel pudo proferir algunas palabras, á pesar de que el llanto seguia humedeciendo sus mejillas, se apresuró á encomiar la esquisita delicadeza con que la habia tratado el Paladin de Francia, Zerbino, para quien el amor de la doncella pesaba tanto como su propia vida en la balanza de su destino, se arrojó á los piés del Conde, expresándole su inmensa gratitud por haberle dado dos veces y casi á un mismo tiempo la existencia. Las acciones de gracias y los mútuos ofrecimientos hubieran durado largo rato si no los interrumpiera cierto rumor que llegó hasta ellos producido por el agitado movimiento del ramaje. Como estaban descubiertos, se calaron con presteza los yelmos y apercibieron los caballos; y apenas se habian colocado en la silla, cuando vieron aparecer á un caballero y una dama.
Era el guerrero aquel Mandricardo que se habia puesto tenazmente en persecucion de Orlando para vengar á Alzirdo y Manilardo, á quienes derrotó con gran valor el Paladin. Sus pesquisas fueron, sin embargo, menos activas, desde que, con el solo auxilio de un trozo de lanza, se habia apoderado de Doralicia, arrancándola de manos de un centenar de guerreros cubiertos de hierro. Mandricardo ignoraba que el caballero á quien perseguia fuese el señor de Anglante; pero suponia fundadamente que debia ser algun ilustre caballero andante. Fijáronse sus miradas con mayor atencion en Orlando que en Zerbino, y despues de haberle examinado de piés á cabeza, y comparado las señas que le habian dado con las del guerrero que en su presencia tenia, exclamó:
—Tú eres el hombre que voy buscando: diez dias ha que sigo cuidadoso tus huellas, estimulado por la noticia de tus proezas que circuló por el campamento sarraceno, cuando á costa de mucho trabajo llegó allí uno solo de los mil soldados que enviaste á las regiones infernales, y refirió el estrago que causaste en las tropas de los reyes de Noricia y de Tremecen. Apenas llegó tal suceso á mis oidos, me apresuré á seguirte, no solo por conocerte, sino tambien para medirme contigo: como adquirí minuciosos informes con respecto á tus armas y persona, estoy seguro de que eres el que busco, aun cuando estos indicios no son en manera alguna necesarios; pues por más que te ocultaras de mí entre cien guerreros, fácilmente te conoceria por ese aspecto altivo y arrogante que te distingue.
—No puede menos de asegurarse, respondió Orlando, que eres un caballero de alta prez; porque tan magnánimos deseos no creo que se alberguen en corazones humildes. Si solo por verme has llegado hasta aquí, quiero que me contemples lo mismo por dentro que por fuera; y á fin de que satisfagas cumplidamente ese anhelo, me quitaré el yelmo. Pero, así que hayas contemplado bien mi rostro, debes esperar la satisfaccion del segundo deseo; la del que te ha escitado á venir en mi seguimiento, á fin de que conozcas si mi valor corresponde á ese porte guerrero que tanto encareces.
—Ea, pues, exclamó el Pagano: ya estoy satisfecho con respecto al primer punto; pasemos inmediatamente al segundo.
El Conde examinó atentamente al infiel de piés á cabeza; miró sus costados y el arzon de la silla, y no vió espada alguna pendiente de aquellos, ni maza de armas de este. Esta circunstancia hizo que le preguntara de qué armas pensaba valerse en el caso probable de que se le rompiese la lanza. Mandricardo respondió:
—No te inquietes por eso: me ha bastado mi lanza para vencer á otros muchos caballeros; además, he jurado no ceñir espada hasta que arrebate al Conde su Durindana, y voy buscándole por todas partes á fin de ajustar con él esta y otras cuentas. Y si es que saberlo quieres, te diré que hice este juramento cuando cubrí mi cabeza con este yelmo, el cual, así como cuantas armas llevo, perteneció á Héctor, muerto hace más de mil años. Solo me falta la espada de aquel héroe; no sabré decirte cómo fué robada, pero sí que la posee el Paladin, segun me parece, y de aquí procede toda esta audacia de que se envanece. ¡Oh! si consigo encontrarle, no tardaré en obligarle á restituirme un acero tan mal adquirido. Otro motivo me induce tambien á buscarle; el de vengar al famoso Agrican, mi padre, á quien Orlando mató traidoramente: bien es verdad, que de otro modo no hubiera triunfado de él.
El Conde no pudo ya permanecer en silencio, y gritó con voz terrible:
—¡Mientes tú, y cuantos se atrevan á decirlo! La suerte te ha deparado al que buscas: yo soy Orlando; el vencedor leal de tu padre, y esta es la espada que ambicionas, la cual será tuya, si sabe arrebatármela tu valor. A pesar de que me pertenece por justo derecho, quiero dispensarte la galantería de que disputemos su posesion: y como en esta disputa no quiero que sea más tuya que mia, la colgaré de un árbol, del que la podrás descolgar libre y tranquilamente, si acaso me das la muerte ó quedo cautivo.
Así diciendo, cogió á Durindana, y la colgó en un arbusto que habia en medio del campo.
Alejáronse uno de otro á medio tiro de flecha para tomar campo; excitaron en seguida el ardor de sus corceles, abandonando enteramente las riendas, y se embistieron con desusado ímpetu, descargándose recíprocamente tan terribles golpes en la visera del almete, que las lanzas se rompieron como si fuesen de hielo, y volaron hasta el Cielo hechas menudas astillas. Fuerza era que las lanzas se quebraran, ya que los caballeros no se movieron lo más mínimo y continuaron peleando con los trozos de aquellas inmediatos al cuento. Acostumbrados á manejar con maestría el acero, esgrimieron aquellos troncos, semejantes á dos aldeanos armados de garrotes, que se disputan con encarnizamiento el agua de una acequia ó los límites de un campo.
No resistieron más de tres ó cuatro golpes los trozos de lanza que aun conservaban, y se hicieron asimismo pedazos en medio del furor de aquella lucha. En el colmo de su vengativa saña, ambos guerreros, al verse sin armas, apelaron á las manos, con las cuales se daban terribles golpes, se arrancaban los clavos de las corazas, y se destrozaban las mallas, cual pudieran hacerlo los martillos más pesados ó las más duras tenazas. El Sarraceno deseaba con impaciencia encontrar una coyuntura, para poner término á tan extraordinario combate sin mengua para su fama, porque consideraba una necedad continuar de aquel modo, mucho más cuando los golpes que á la sazon se descargaban eran más dolorosos para el que los daba, que para el que los recibia. Procuraron entonces asirse mútuamente para luchar á brazo partido: el Rey pagano se agarró fuertemente á Orlando; lo oprimió contra su pecho, é intentó hacer con él lo que el hijo de Jove hizo con Anteo. Sacudióle impetuosamente á uno y otro lado, lo soltó, lo atrajo nuevamente hácia sí, y tan dominado estaba por su ciego furor, que no se cuidó de sujetar las riendas de su caballo. Orlando, que conservaba toda su serenidad, y esperaba vencer á su adversario, observaba atentamente sus movimientos; y aprovechándose de aquel descuido, puso la cauta mano sobre la cabeza del caballo del infiel y le arrancó el freno.
Mientras tanto, el Sarraceno cifraba todo su conato en ahogar al paladin ó derribarle de la silla; pero el Conde resistia sus sacudidas, oprimiendo fuertemente con las rodillas el lomo de su caballo. Fueron tales, por último, los violentos esfuerzos del pagano, que se rompieron las cinchas, y Orlando cayó en tierra sin notarlo apenas, pues seguia con los piés en los estribos y oprimiendo la silla con las piernas: el estrépito que produjo su caida fué muy parecido al que causaria un saco lleno de armas, al desprenderse de una altura considerable.
El corcel de Mandricardo, al sentir libre su cabeza por no tener freno ni rienda que la contuviera, emprendió desbocado una vertiginosa carrera á través de bosques y caminos, impelido sin cesar por un ciego temor y llevando consigo á Mandricardo. Doralicia, que vió á su defensor y compañero salir del campo y desaparecer rápidamente, no se creyó segura sin él, y salió en su seguimiento, aguijando á su palafren, mientras que el Pagano, confuso y avergonzado, iba gritando á su corcel, pegándole sin descanso con piés y manos, y amenazándole cual si el animal pudiese comprender sus palabras, con lo cual excitaba más y más el ardor de su carrera. El bruto, que era cobarde y asustadizo, volaba á través de los campos, sin reparar en los obstáculos del camino; habia andado ya tres millas, y aun hubiera seguido adelante, á no impedírselo un foso en cuyo fondo, que no tenia por cierto plumas ni lana, fueron á caer de espaldas caballo y caballero. Mandricardo sufrió una tremenda sacudida, pero salió ileso: allí se detuvo al fin el corcel; mas, careciendo de freno, era imposible guiarle. El Tártaro lo sujetó por la crin, y exasperado hasta el extremo, no sabia qué partido tomar.
—Ponle la brida de mi caballo, le dijo Doralicia; que como es más dócil, le guiaré lo mismo con ella que suelto.
El Sarraceno consideraba como una descortesia aceptar el ofrecimiento de su dama, y se resistia á admitirlo, cuando la fortuna, favorecedora de sus deseos, le proporcionó el medio de obtener lo que buscaba, enviando allí á la malvada Gabrina, que despues de haber vendido traidoramente á Zerbino, iba huyendo como la loba que oye venir á lo léjos á los cazadores y á los perros. Llevaba todavia puesto el traje y demás prendas juveniles de que fué despojada la caprichosa dama de Pinabel para vestirla á ella, y montaba asimismo el caballo de aquella jóven, uno de los más buenos y mejor enjaezados del mundo. La vieja tropezó con el Tártaro antes de haber advertido su presencia en aquel sitio. Al ver á aquella bruja que, engalanada con prendas propias de la juventud, parecia un mico ó un orangutan, la hija de Estordilano y Mandricardo no pudieron contener la risa: el Sarraceno determinó apoderarse de la brida de su palafren, y despues de haber realizado su propósito, empezó á gritar, á espantarle y á hacerle huir de tal modo que echó á correr despavorido por la selva, llevándose á la vieja, medio muerta del susto, y atravesando á la ventura valles, montes, caminos, senderos extraviados, fosos é inclinadas pendientes.
Mas no me intereso lo bastante por la vieja para que vaya á descuidar á Orlando, el cual estaba ocupado en arreglar las cinchas de su caballo y en acomodarle la silla del mejor modo posible. Volvió á montar, y aguardó algun tiempo el regreso del Sarraceno: viendo que no aparecia, se decidió por último á ir en su busca; pero fiel á sus hábitos de cortesía, no quiso alejarse de allí sin despedirse préviamente de los dos amantes, de la manera más afectuosa. Zerbino sintió en extremo que se marchara; Isabel lloraba enternecida, y ambos estaban empeñados en acompañarle; pero el Conde se opuso tenazmente á ello, no obstante lo grata que debia serle tal compañía, manifestándoles que la mayor infamia que puede recaer sobre un guerrero es la de admitir un amigo que le ayude y le defienda cuando va en busca de un enemigo. Les rogó tan solo que si tenian la suerte de encontrar al Sarraceno antes que él, le dijesen que Orlando permaneceria tres dias en aquellos alrededores, pero que despues iria á reunirse con el ejército de Carlomagno para defender la enseña de las lises de oro: de este modo, si queria encontrarle, sabria donde dirigirse. Los dos amantes le prometieron cumplir de muy buena voluntad este encargo y todo cuanto el Paladin tuviese á bien ordenarles.
Separáronse en seguida, tomando cada cual camino opuesto; pero Orlando, antes de alejarse, descolgó la espada que pendia del árbol y se la ciñó: acto contínuo, guió su caballo hácia los sitios en que á su parecer podria dar con el Sarraceno. La desordenada é indecisa carrera que habia seguido el de este, hizo que Orlando anduviera dos dias enteros inútilmente, sin encontrarle, ni obtener el menor indicio con respecto á su enemigo. Llegó por fin á la orilla de un arroyo que de cristal parecia, y fertilizaba con sus aguas un florido prado, esmaltado de los más preciosos colores, y adornado de innumerables y distintos árboles. El fresco céfiro que allí soplaba hacia llevadero el calor del medio dia al sediento ganado y al desnudo pastor: así es que Orlando, á pesar de ir cargado con la coraza, el yelmo y el escudo, no sentia la menor molestia. Adelantóse, pues, hasta el medio de la floresta para entregarse al reposo; pero en su lugar solo encontró un asilo triste y penoso para su corazon, siendo para él aquel dia el más fatal é infortunado que pueda imaginarse.
Al dirigir sus miradas en derredor, observó que muchos de los árboles que descollaban en las umbrosas márgenes del arroyo tenian grabadas ciertas inscripciones: examinólas más detenidamente, y pronto conoció que estaban hechas por la mano de la mujer á quien amaba. Aquel era, en efecto, uno de los sitios adonde iban con frecuencia Medoro y la hermosa reina del Cathay desde la cabaña del pastor, que estaba próxima. Orlando pudo leer los nombres de Angélica y Medoro, grabados en cien árboles y entrelazados de cien diferentes maneras. Cuantas letras los componian fueron otros tantos puñales con que el Amor le traspasó el corazon: no queriendo dar crédito á sus ojos, trataba de buscar en su mente una explicacion contraria á lo que veia, y procuraba persuadirse de que era otra Angélica la que habia grabado su nombre en aquella corteza.
—¡Ah! exclamó de repente.—Conozco esos caracteres, pues no en balde los he visto y leido tantas veces; pero quizá ese Medoro es un nombre imaginario, con el cual ha querido designarme la señora de mis pensamientos.
Engañándose á sí mismo con esta opinion, tan apartada de la verdad, conservó alguna esperanza, que procuraba alimentar á cada momento; pero en vano, porque cuanto más creia desvanecer sus implacables sospechas, más las renovaba y encendia, como el incauto pajarillo que, viéndose aprisionado en una red ó sujeto en una varilla de liga, queda más y más prendido en ella, á medida que agita las alas para recobrar su libertad. Al seguir recorriendo aquellos contornos, llegó á un sitio en que el monte formaba una especie de bóveda sobre el transparente manantial. La hiedra y la viña silvestre habian adornado la entrada de aquella gruta con sus ramas retorcidas y trepadoras: aquel era el asilo en donde los dos amantes se refugiaron tantas veces huyendo de los abrasadores rayos del Sol, para entregarse á sus amorosos deleites: allí, más que en ninguna otra parte, se veian escritos profusamente sus nombres; ora con carbon, ora con yeso, y ora grabados en la piedra con la punta de un cuchillo.
El afligido Conde apeóse allí de su caballo, y vió en la entrada de la gruta algunas palabras, estampadas al parecer recientemente por la mano de Medoro. Las delicias que habia disfrutado en aquel retiro inspiraron al mancebo las siguientes frases escritas en verso. Creo que en su lenguaje tenian bastante belleza poética: en nuestro idioma, su sentido era este:
«Verde enramada, límpida corriente,
Gruta opaca de plácida frescura,
Do gocé con Angélica inocente,
Hija de Galafron, la alta ventura
Que ansiaron otros mil inútilmente,
Abrasados por ella en llama impura:
Yo, Medoro infeliz, solo pagaros
Puedo el bien que os debí, con encomiaros,
Y con regar á todo fiel amante,
Doncella y campeon de esfuerzo y brio.
Hijo de esta region ó caminante,
Que á yerba, sombra, plantas, antro y rio
Diga:—«Benigno os sea el Sol brillante
Y la Luna; y el coro, siempre pio,
De ninfas haga que jamás turbados
Seais por los pastores y ganados.»
Estas frases estaban escritas en árabe, idioma que el Conde poseia tan á la perfeccion como el latin: de las muchas lenguas que conocia, aquella le era más familiar, habiéndole servido en muchas ocasiones para salvar su vida y su fama en el campamento sarraceno; pero á la sazon no debió envanecerse de los beneficios que hasta entonces le habia proporcionado, pues el daño que le causó fué infinitamente mayor que todos aquellos juntos. Tres, cuatro, seis veces leyó el infeliz aquel escrito, y otras tantas se esforzó, aunque en vano, en leer lo contrario de lo que veia estampado. Cuanto más lo leia, más claro y distinto hallaba su significado, sintiendo á cada nueva lectura que la helada mano del infortunio le oprimia el corazon en su aflijido pecho. Al fin se quedó inmóvil, con los ojos y la mente fijos en la peña, é indiferente al mismo tiempo á lo que en ella veia.
Abandonóse entonces de tal modo á su dolor, que estuvo á punto de perder la razon. ¡Oh! no, no existe pesar alguno á este comparable! ¡Creed al que por desgracia lo ha experimentado! Inclinó Orlando la cabeza sobre el pecho; bajó la frente, tan erguida y arrogante siempre, y su afliccion le dominó hasta tal extremo, que no pudo exhalar una queja, ni sus ojos encontraron lágrimas para llorar. Su impetuoso quebranto permaneció reconcentrado en su pecho, por lo mismo que queria escaparse de él bruscamente, así como el agua contenida en un recipiente de ancho diámetro y cuello angosto, permanece en él aunque le vuelquen, porque al acudir el líquido á la boca, lo hace con tal precipitacion y se aglomera de tal suerte en la estrecha salida, que apenas si se escapan trabajosamente algunas gotas.
Al cabo de algun tiempo, logró reponerse un poco, y se puso á reflexionar cómo podria ser que aquellos versos no dijesen la verdad; y en su consecuencia procuró, creyó y esperó persuadirse de que alguno habia querido valerse de un medio tan ruin para infamar el nombre de su dama, ú oprimir su corazon con la insoportable carga de los celos para hacerle morir; suponiendo además que una mano desconocida habia imitado á la perfeccion la letra de Angélica. Tan infundada como frágil esperanza consiguió despertar su amortiguado espíritu y reanimarle algun tanto; y volviendo á montar en Brida-de-oro, se alejó de aquel sitio en el momento en que el Sol cedia el puesto á su nocturna hermana.
No habia andado mucho, cuando distinguió las blancas espirales de humo que salian de los techos de algunas cabañas; oyó el ladrido de los perros, el balido de los rebaños, y por fin, llegó á la puerta de una cabaña, en la que pidió hospitalidad. Dominado por la tristeza, echó pié á tierra, y confió su Brida-de-oro á un discreto mancebo, mientras que otros le desarmaban, le quitaban las doradas espuelas ó le limpiaban la coraza. Aquella era precisamente la casa en que Medoro estuvo curándose de su herida, y en la que halló una suerte inesperada.
Orlando quiso entregarse desde luego al descanso y rehusó la cena que le ofrecian: su dolor le alimentaba más que cualquier manjar que le presentasen. Sin embargo, cuanto más procuraba encontrar el sosiego apetecido, tanto mayores eran su inquietud y pesadumbre, pues sus ojos tropezaban con el odiado escrito grabado en las paredes, en las puertas y en las ventanas de aquella morada. Mil veces estuvo á punto de preguntar el orígen de aquellas inscripciones, y otras tantas selló sus labios, temeroso de aclarar, de disipar sus sospechas, prefiriendo que continuaran envueltas en la nube de la duda, con tal de que la espantosa realidad no aumentara su desesperacion.
De poco le sirvió, sin embargo, engañarse á sí mismo; porque se le revelaron todo sin preguntar á nadie. Viéndole el pastor tan abismado en su afliccion, y deseoso de hacer lo posible por distraerle, empezó sin más ni más á narrar la historia de los dos amantes; historia que referia á todos cuantos querian escucharle y cuya narracion oyeron muchos viajeros con interés y complacencia. Manifestóle, pues, que él, cediendo á los ruegos de Angélica, habia trasportado á su cabaña á Medoro, herido gravemente, y que la jóven le cuidó la herida, logrando curarla en pocos dias; pero que habiéndole Amor causado una herida mucho mayor en el corazon, fué tan abrasador el incendio producido por una sola chispa, que se inflamó toda ella, sin encontrar medio alguno de apagar aquel fuego: añadió que sin reparar la doncella en que era hija del monarca más poderoso del Oriente, se desposó, obligada por el amor, con un guerrero pobre y oscuro. El pastor completó su narracion presentando al Conde la alhaja que le regalara Angélica al partir, como testimonio de su gratitud por la cordial acogida que habian encontrado en su vivienda.
Esta conclusion fué para el Paladin la segur que le cortó de un golpe la cabeza, con cuyo golpe puso término el cruel Amor á las innumerables heridas que en su corazon habia causado. Esforzóse Orlando, no obstante, en ocultar su dolor; pero pudo este más que el y rompiendo los diques de la voluntad, precipitóse al fin por los ojos y la boca del desdichado, convertido en lágrimas y sollozos. Apenas se vió solo Orlando, y sin necesidad ya de ocultarse de nadie, dió rienda suelta á su afliccion y derramó un torrente de lágrimas, que inundaron sus mejillas y su pecho: suspiraba y gemia incesantemente, y se agitaba frenético en el lecho, que le parecia más duro que una peña y más punzante que si estuviese hecho de ortigas.
En medio de su delirante desesperacion le asaltó la idea de que la cama en que yacia era la misma donde más de una vez habia dormido su ingrata dama en brazos de su amante, y se apartó de aquellas aborrecidas plumas, tan precipitadamente como el aldeano se levanta de la yerba en que se habia tendido, al ver cerca de sí una culebra. El lecho, la cabaña, el pastor se le hicieron de repente tan odiosos, que sin esperar la salida de la luna ó la aparicion del primer albor matutino, cogió sus armas, montó en su caballo, y empezó á caminar á la ventura por entre las más oscuras enramadas del bosque. Al verse de nuevo solo, abrió otra vez las puertas á su dolor, prorumpiendo en gritos y alaridos.
Desde entonces no cesaron un punto sus llantos ni sus gemidos, que resonaban dia y noche por do quiera; huia de las ciudades y de todos los sitios habitados, y permanecia de contínuo en las selvas, en cuyo duro suelo dormia á la intemperie. Admirábase de sí mismo, al ver que no se agotaba el manantial de sus lágrimas, y al observar sus interminables suspiros, y decia frecuentemente en medio de su llanto:
—Estas, que de mis ojos brotan en tan copioso raudal, no son lágrimas, no: mis lágrimas no bastaron á mi dolor inmenso, y se secaron antes de que este pudiera exhalarse del todo.
»Mis fuerzas vitales son las que ahora se escapan por el camino que á los ojos conduce, impelidas por el fuego que me abrasa: mis fuerzas vitales son las que voy derramando, y con ellas concluirán á un tiempo mismo mis males y mi existencia.—Estos, que atestiguan mi tormento, no son suspiros. Los suspiros no son como ellos, pues alguna vez tienen tregua, y yo no siento que mi pecho exhale su pena con creciente desahogo. Amor, que abrasa mi corazon, es el que produce este viento, mientras agita las alas en torno del incendio que le devora. ¡Oh! ¿cómo es posible que un corazon permanezca en medio de las llamas sin consumirse?—Y yo, yo no soy el que parezco! El que fué Orlando ha muerto y yace en el sepulcro, víctima, de su ingratísima amada; ¡tan cruda fué la guerra que le hizo con su deslealtad! Yo no soy más que el alma separada del cuerpo de Orlando, que vaga errante sufriendo mil tormentos por este infierno, á fin de que, avanzando sola con su sombra, sirva de ejemplo á cuantos en el amor cifran su esperanza.»
Toda la noche anduvo el Conde errante por el bosque, y al despuntar el dia, su fatal destino le encaminó de nuevo hácia la fuente en que Medoro grabó sus versos. Al ver su baldon inscrito en la piedra, irritóse de tal modo, que todo su ser se convirtió en odio, rabia, ira y furor. Empuñó la espada sin tardanza, é hizo pedazos la inscripcion y la roca, cuyos menudos trozos volaron hasta el cielo. ¡Desgraciada aquella gruta y los sitios todos en que se leian los nombres de Angélica y Medoro! Los dejó de tal modo, que no volvieron á ofrecer su sombra y su frescura al pastor ni al ganado; y aquella fuente, tan clara y pura hasta entonces, tampoco estuvo al abrigo de su cólera; pues arrojó en sus cristalinas ondas ramas, troncos, raices, piedras y tierra hasta que las enturbió desde el fondo á la superficie, de tal suerte, que jamás recobraron su primitiva trasparencia. Por último, cansado, bañado en sudor, y cuando su fatigado aliento no correspondió á su despecho, á su odio inextinguible y ardiente ira, cayó jadeante sobre la yerba, y empezó á exhalar hondos suspiros. Afligido, inmóvil, con los ojos abiertos y fijos en el cielo, sin despegar los labios, sin tomar el menor alimento ni conciliar el sueño, permaneció en aquel sitio mientras que el sol apareció y desapareció tres veces, y solo cesó su grandísima pena cuando le hubo privado enteramente de la razon.
Levantóse al llegar el cuarto dia, y en su incesante furor, se arrancó la armadura y la cota de malla; arrojó léjos de sí el yelmo y el escudo, la coraza y sus restantes armas, las cuales fué esparciendo por el bosque. Despues se hizo girones los vestidos, dejando enteramente desnudos el hirsuto vientre, el pecho y la espalda. Así empezó aquella furiosa locura, tan terrible, que nadie tendrá noticia de otra que pueda comparársele.
El furor, la rabia que en su pecho hervian le dejaron privado hasta del menor destello de juicio: olvidóse de conservar su espada con la cual estoy seguro de que hubiera hecho cosas admirables; pero su vigor inmenso no necesitaba de ella, ni de hachas, ni lanzas, como lo demostró llevando á cabo en el acto mismo una de sus admirables proezas: de un solo esfuerzo arrancó un pino gigantesco, y luego otro y otro, como si fuesen hinojos ó yeros. Del mismo modo siguió destrozando encinas y olmos corpulentos, hayas, fresnos y abetos. Los árboles mas seculares caian á sus sacudidas como caen los juncos, las zarzas y las ortigas arrancadas por mano del cazador, cuando quiere despejar el terreno para tender sus redes. Atemorizados los pastores con tal estrépito, dejaban sus ganados esparcidos por la floresta, y se dirigian precipitadamente hácia aquel sitio para averiguar la causa del fracaso.
Mas he llegado ya á un punto, que si lo traspasara, tal vez os molestaria mi narracion; por lo cual prefiero diferirla para otro canto, antes de que llegue á fastidiaros por difusa.