CANTO XL.
El rey Agramante se ve obligado á huir, y contempla desde lejos el incendio de Biserta. Habiendo conseguido saltar en tierra, encuentra al Rey de Sericania, que le da nuevas pruebas de lealtad.—Gradasso desafía á Orlando y á otros dos caballeros cristianos, jactándose de que dará muerte al primero.—Rugiero combate con Dudon por librar á siete reyes de la esclavitud.
Pecaria de difusa mi narracion, si quisiera referir todos los episódios de aquel combate naval: relatarlos ante vos, ¡oh hijo magnánimo del invicto Hércules! seria, como vulgarmente se dice, llevar jarros á Samos, murciélagos á Atenas y cocodrilos á Egipto; porque no solo habeis presenciado escenas semejantes á las que describo de oidas, sino que las habeis hecho presenciar á otros con admiracion. Vuestro leal pueblo fué testigo de un grandioso espectáculo, la noche y el dia que estuvo contemplando en el Pó, como si fuera en un teatro, la escuadra enemiga acosada por el hierro y el fuego. Entonces vísteis, y dísteis á conocer á muchos todo el horror de los gritos y lamentos que pueden oirse en un combate naval, el de las aguas enrojecidas por torrentes de sangre, y el de los mil géneros de muertes que se encuentran en semejantes luchas. Yo no pude verlo[144]; hacia seis dias que, viajando de distintos modos y por diferentes caminos, habia ido con toda la celeridad que me fué posible á echarme á los piés del gran Pastor para impetrar socorros; pero no necesitásteis, Señor, ginetes ni peones para romper mientras tanto los dientes y las garras del Leon de oro[145], ni para humillarlo hasta el extremo de no haberse atrevido á molestarnos más desde aquel dia. Supe entonces vuestro triunfo por Alfonso Trotto, que se halló en la batalla; por Aníbal y Pedro Moro, Afranio, Alberto, los tres Ariostos, el Bagno y el Zerbinatto, los cuales me dieron tan minuciosos detalles, que no pude poner en duda aquella brillante victoria, de la que me ofrecieron una prueba fehaciente las numerosas banderas depositadas en el templo, y las quince galeras que, con una multitud de bajeles de otros portes, fueron apresadas y conducidas á nuestros puertos.
Cuantos vieron aquellos incendios, aquellos naufragios, el apresamiento de la escuadra enemiga, y las escenas de muerte y desolacion tan variadas que acontecieron en venganza de los estragos causados en nuestras ciudades, podrán formarse una idea de los destrozos y la matanza que sufrieron los míseros africanos con su rey Agramante, durante la noche oscura en que fueron atacados por Dudon.
Cuando se empeñó el combate, era ya de noche, y todo estaba rodeado de profundas tinieblas; pero en cuanto el azufre, la pez y el alquitran, lanzados en gran cantidad, comunicaron el fuego desde la proa á la popa, y las voraces llamas empezaron á abrasar y consumir las galeras y naves mal defendidas, se veian con tal claridad todos los objetos, que no parecia sino que la noche hubiese dado paso á la luz del dia. Mientras duró la oscuridad, no le inspiró gran cuidado á Agramante el enemigo, ni le creia tan fuerte que, como lograra prolongar su resistencia, no pudiera rechazarlo; pero en cuanto se disiparon las tinieblas, y vió contra lo que esperaba, que las naves contrarias eran dos veces más numerosas que las suyas, opinó de muy distinta manera. Seguido de algunos de sus guerreros, saltó á una lancha, á la que habian trasbordado á Brida-de-oro y sus objetos más preciados, y se fué deslizando con el mayor silencio por entre las naves de su flota, hasta llegar á un sitio más seguro y lejos de los suyos á quienes Dudon seguia acosando con encarnizamiento y reduciéndolos al más lamentable extremo. Mientras se escapaba el Monarca africano, causa principal de tantos desastres, el fuego, el mar y el hierro abrasaba, absorbia y exterminaba á sus infelices soldados. Sobrino acompañaba en su fuga á Agramante, que se lamentaba con aquel prudente rey de no haberle dado crédito, cuando previó con inspiracion profética y divina los males que á la sazon le abrumaban con su doloroso peso.
Pero volvamos al paladin Orlando: comprendiendo este héroe la necesidad de apoderarse de Biserta, para que no volviera á molestar con nuevas guerras á la Francia, aconsejó á Astolfo que la arrasase, antes de que que pudiera recibir auxilios; y en su consecuencia, se ordenó al ejército que lo tuviera todo dispuesto para el amanecer del tercer dia. El Duque inglés habia preparado muchos buques con este objeto, pues no quiso que toda la escuadra siguiese á Dudon, y confió su mando á Sansoneto, tan buen guerrero en el mar como en la tierra, el cual fué á anclar frente á Biserta, á una milla de la entrada del puerto. Cumpliendo cual verdaderos cristianos, que no se determinan á acometer empresa alguna sin implorar la gracia de Dios, Astolfo y Orlando dispusieron que el ejército dedicase á la oracion y al ayuno los dias que faltaban para el ataque, y que al llegar el tercero, estuviesen todos preparados para marchar á la primera señal sobre Biserta, que una vez conquistada, deberia ser entregada al pillaje y al incendio. Despues de haber cumplido con las prácticas piadosas ordenadas por sus jefes, los parientes, amigos y conocidos pasaron reunidos á disfrutar de los modestos banquetes que debian restaurar sus fuerzas, y á su conclusion se abrazaron repetidas veces derramando lágrimas y dirigiéndose las tiernas palabras de despedida que suelen usarse entre personas amadas en el momento de una separacion.
Dentro de Biserta, los sacerdotes y el afligido pueblo sarraceno hacian tambien oracion, golpeándose el pecho y llamando entre interrumpidas lágrimas á su Mahoma, que no podia escucharlos. ¡Cuántos ayunos, cuántas promesas, cuántos donativos se ofrecieron privadamente al falso profeta, y cuántos templos, altares y estátuas se le prometieron como recuerdo de aquel apurado trance! Despues de recibir la bendicion del Cadí, el pueblo tomó sus armas y volvió á guarnecer las murallas.
Descansaba aun la bella Aurora en su lecho al lado de su esposo Titon, y la oscuridad reinaba todavía por todas partes, cuando Astolfo por un lado, y Sansoneto por otro, se apercibieron para el combate, y en cuanto oyeron la señal dada por el Conde acometieron con irresistible ímpetu á Biserta. Bañaba el mar dos lados de la ciudad: los otros dos se asentaban sobre tierra firme, y estaban defendidos por elevados muros de construccion antigua y singular. Estas eran sus únicas fortificaciones; pues desde que el rey Branzardo se vió obligado á encerrarse en ella, no pudo disponer de tiempo y brazos suficientes para aumentar los medios de defensa.
Astolfo encargó al Rey de Nubia que causara en las almenas el mayor daño posible con faláricas[146], hondas y ballestas, á fin de quitar á los sitiados las ganas de asomarse á ellas, y de que pudieran circular sin dificultad ninguna los ginetes y peones que llevaban al pié de las murallas piedras, tablas, vigas y máquinas de guerra. Pasábanse de mano en mano los materiales necesarios para cegar los fosos, cuya agua se habia cuidado de cortar el dia antes, por lo cual en muchos sitios quedaba descubierto su cenagoso fondo: los soldados de Astolfo trabajaron con tal ardor, que en breve los dejaron obstruidos y llenos, y completamente nivelado el suelo hasta el mismo muro. Astolfo, Orlando y Olivero dieron entonces la señal del asalto.
Los nubios, poseidos de una febril impaciencia, arrastrados por la esperanza del saqueo, y sin hacer caso del peligro á que se exponian, arremetieron los primeros contra la ciudad, cubiertos con testudos[147], y llevando sus arietes y demás instrumentos bélicos á propósito para destruir las torres ó derribar las puertas; pero no hallaron desprevenidos á los sarracenos, que haciendo llover sobre ellos, á manera de tempestad, hierro, fuego, piedras y enormes trozos de almenas, desencajaban las tablas y las vigas de las máquinas de guerra construidas en su daño. Mientras reinó la oscuridad y durante las primeras acometidas, sufrieron dolorosas pérdidas los soldados cristianos; pero en cuanto salió el Sol de su espléndido palacio, la Fortuna volvió la espalda á los sarracenos.
El conde Orlando hizo que se renovara el asalto con más furia, tanto por mar como por tierra: Sansoneto, que habia permanecido hasta entonces en alta mar con sus buques, entró en el puerto, se acercó á la ciudad, y desde bordo molestaba al enemigo con hondas, arcos y varios tormentos, y al propio tiempo hacia desembarcar lanzas, escalas, pertrechos de guerra y marineros, que auxiliaran á los de tierra. Olivero, Orlando, Brandimarte y Astolfo combatian valerosamente en la parte de la ciudad que se extendia tierra adentro. Cada uno de ellos iba al frente de uno de los cuatro cuerpos en que habian dividido sus huestes, y llevaban á cabo las más brillantes proezas, ya en los muros, ya en las puertas ó en varias partes á la vez. De este modo se podia apreciar el valor de cada cual mucho mejor que si hubiesen estado reunidos: de este modo podian conocer los numerosos testigos de sus hazañas cuál de ellos era más digno de premio ó de alabanza.
Empujáronse hácia las murallas torres de madera construidas sobre ruedas, é hicieron que se adelantaran los elefantes, llevando otras torres sobre sus anchos lomos, las cuales llegaban á tanta altura, que excedian en elevacion á las almenas. Acudió Brandimarte, apoyó una escala contra el muro, y subiendo por ella, excitó á sus soldados á imitar su ejemplo. Los más intrépidos se lanzaron tras él, bastándoles para creerse seguros el tenerle en su compañía: nadie se tomó el cuidado de reparar si la escala era ó no bastante sólida para soportar tanto peso: en cuanto á Brandimarte, no se ocupaba más que del enemigo; llegó combatiendo hasta lo alto de la escala, y al fin logró asirse de una almena. Ayudándose con piés y manos, saltó á ella, y empezó á esgrimir en torno suyo su terrible acero, y á hendir cráneos y atravesar pechos, magullando y derribando á cuantos se le oponian, y haciendo prodigios de valor: pero en aquel momento, no pudiendo resistir la escala el enorme peso que gravitaba sobre ella, se rompió, y excepto Brandimarte, fueron á caer en el foso unos sobre otros todos cuantos subian.
A pesar de este contratiempo, ni perdió el intrépido paladin su audacia, ni pensó en retroceder, por más que se encontraba solo y siendo blanco de los sitiados. Sus compañeros le gritaban que volviese atrás, pero no quiso hacerles caso; y dando un salto desde el muro, que tendria más de treinta brazas de altura, cayó en el interior de la ciudad, sin hacerse daño alguno y como si hubiese hallado el duro terreno lleno de pluma ó paja. Acometiendo en seguida á cuantos vió en su derredor, les hizo morder el polvo, atravesándolos ó rajándolos con su acero, como se atraviesa ó corta un delgado paño. En su incansable ardor, lo mismo embestia á unos que á otros, y tanto unos como otros procuraban ponerse fuera de su alcance. Sus compañeros, que le habian visto saltar al interior de la ciudad, temieron no poder llegar bastante pronto para socorrerle. El rumor del riesgo que corria circuló en breve de boca en boca por todo el campo; la Fama, con rápido vuelo, fué difundiendo la noticia y acrecentando el peligro, y llegó sin plegar un momento sus voladoras alas á los diferentes sitios en que Orlando, el hijo de Oton y Olivero se hallaban combatiendo. Estos guerreros, y en especial el Conde, que amaban á Brandimarte y le tenian en singular estima, sabiendo que el menor retraso podria hacerles perder tan excelente compañero, se abalanzaron á las escalas; subieron á las murallas por distintos puntos á la vez, y rivalizando en audacia, se mostraron tan resueltos y animosos á la par, que su solo aspecto hizo temblar á los enemigos.
Así como en medio de una deshecha tempestad, acometen las olas á un temerario bajel, procurando entrar por la proa ó por los costados con rabia y con furor, mientras el piloto suspira, gime y pierde el valor y las fuerzas en el momento en que deberia echar mano de todos sus recursos, hasta que una ola más poderosa que las demás logra penetrar en el buque, y da libre paso á las otras, que se precipitan por donde entró aquella, así tambien, en cuanto escalaron los muros los tres paladines, abrieron tan ancho camino, que sus soldados pudieron seguirles con toda seguridad, subiendo por las mil escalas que habian fijado al pié de las murallas. Entre tanto, los macizos arietes abrian numerosas brechas con tan buen éxito, que por más de un sitio podian acudir los sitiadores en socorro del animoso Brandimarte.
Con un furor igual al que anima al altivo rey de los rios, cuando rompe sus márgenes y diques y se abre ancho paso á través de los campos ocneos, arrastrando entre sus turbias ondas los feraces surcos, las fecundas mieses, las cabañas, los rebaños, los perros y hasta los pastores, y haciendo que los peces naden sobre las copas de los olmos en donde poco antes solian revolotear los pajarillos, con un furor semejante se precipitó la impetuosa hueste cristiana por las distintas brechas de las murallas, entrando con la tea incendiaria y con el hierro á destruir la mal defendida ciudad. El asesinato, el saqueo, el incendio y todos los excesos imaginables consumaron en un momento la ruina de la rica y triunfal Biserta, de aquella ciudad reina de toda el África. El suelo estaba sembrado de cadáveres por todas partes: la sangre derramada por infinitas heridas formaba un lago más súcio y cenagoso que el que ciñe en torno la ciudad de Dite: el fuego, comunicándose de unos edificios á otros, devoraba palacios, pórticos y mezquitas: los lamentos, los alaridos y el rumor de los golpes con que cada cual se heria el pecho en su desesperacion, resonaban lúgubremente en las estancias vacías y saqueadas.
Veíase salir á los vencedores por las funestas puertas cargados de rico botin; unos con vasos preciosos, otros con riquísimas telas y otros con objetos de oro y plata dedicados desde tiempo inmemorial al servicio de las mezquitas: muchos soldados se llevaban cautivos á los niños, otros á sus madres desconsoladas; se cometieron, por fin, estupros, violaciones y otros actos de barbarie, que ni Orlando ni el Duque inglés pudieron evitar, á pesar de haber llegado á su noticia una gran parte de ellos.
El bravo Olivero dió la muerte á Bucifar, rey de los algaceres: Branzardo, reducido al último extremo y perdida ya toda esperanza, se quitó la vida por su propia mano: el duque del Leopardo hizo prisionero á Fulvo, que murió á consecuencia de las tres heridas que recibiera. Tal fué la suerte de los tres guerreros á quienes el Rey de África confió al partir la custodia de sus estados.
Entretanto Agramante habia abandonado su escuadra y huido con Sobrino: al ver desde lejos el incendio que se extendia por la costa, lloró y suspiró por su Biserta; pero cuando supo al saltar en tierra los desastres que habian acontecido en su reino, quiso suicidarse, y hubiera llevado á cabo su intento si Sobrino no lo impidiera, diciéndole:
—No podrian alcanzar tus enemigos una victoria más grata que la de saber que te habias dado la muerte, porque de este modo alimentarian la esperanza de gozar tranquilamente de sus conquistas. Tu vida impedirá semejante alegría, pues mientras existas tendrán siempre motivos de temor: harto conocen que no pueden enseñorearse por mucho tiempo del África, como no sea por muerte tuya. Al morir, privarias á tus súbditos de la esperanza, único bien que nos queda. Si vives, confio en que nos salvarás, alejando los males que pesan sobre nosotros, y restituyéndonos la tranquilidad y la alegría. Muriendo tú, estoy persuadido de que seremos esclavos del vencedor, y el África su desolada tributaria. Vive, pues, Señor, si no para tí, á lo menos para no agravar la desesperada situacion de los tuyos. Tienes la seguridad de que el Soldan de Egipto, con cuyos estados confina tu reino, te auxiliará con gente y dinero; pues nunca sufrirá que el hijo de Pepino adquiera tal predominio en África: además, tu pariente Norandino vendrá con todas sus fuerzas para devolverte lo perdido, y en cuanto llames á los turcos, armenios, persas, árabes y medos, acudirán veloces en tu socorro.
Con estas y parecidas frases procuraba el prudente anciano avivar en el corazon de su señor la esperanza de reconquistar en breve el África, por más que él mismo careciera de ella. Demasiado sabia cuánto gime y suspira en vano y cuán apurada y extrema es la situacion del que se deja arrebatar su reino y acude al auxilio de los Bárbaros para rescatarlo. Una prueba de esta verdad nos la ofrecieron Annibal y Yugurta en los tiempos antiguos[148]; y en los modernos, Luis el Moro, cautivo de otro Luis. Escarmentado con tales ejemplos vuestro hermano Alfonso (á vos me dirijo, Señor mio), ha considerado siempre como un loco al que fia en los otros más que en sí mismo; y por esta razon, cuando la cólera implacable de un pontífice irritado le declaró la guerra, supo resistir á las promesas y á las amenazas, y no quiso ceder á otros sus estados, aunque en sus escasos medios de defensa no le fuera posible extenderse demasiado, y á pesar de ver arrojados de Italia á sus defensores y dueños del reino á sus enemigos[149].
El rey Agramante habia mandado hacer rumbo hácia Levante, é iba navegando por alta mar, cuando se vió sorprendido por una violenta tempestad producida por un impetuoso viento de tierra. El piloto que gobernaba el buque exclamó:
—Veo que se prepara una tormenta tan borrascosa, que la nave no podrá resistirla. Si quereis seguir mi consejo, señores, será conveniente arribar á una isla próxima que está á la izquierda, y en la que podremos esperar á que pase el furor de la tempestad.
Consintió Agramante en ello, y se salvó de aquel peligro refugiándose en la isla, que para abrigo de los navegantes está situada entre el África y las fraguas del Vulcano[150]. No se veia habitacion alguna en toda la isla, cuyo suelo estaba cubierto de humildes mirtos y de enebros: retiro plácido y favorito de los ciervos, de los gamos, liebres y cabritos, era conocida tan solo de los pescadores, que solian tender y secar sus húmedas redes en las peladas zarzas, concediendo mientras tanto algun reposo á los pescados en el fondo del mar.
Allí encontraron otro bajel que por fortuna suya habia podido guarecerse de la tempestad: á su bordo se hallaba, procedente de Arlés, el gran guerrero que ceñia la corona de Sericania. Cuando los dos monarcas se vieron en la playa, corrieron á abrazarse con alegría y deferencia, pues ambos eran muy amigos, y poco antes habian peleado juntos ante los muros de París. Gradasso escuchó el relato de las desventuras de Agramante con verdadero disgusto, y procuró consolarle, ofreciéndose en persona á auxiliarle; pero le disuadió de ir al desleal país de Egipto en demanda de socorro.
—Pompeyo enseña á los reyes fugitivos, le dijo, si es ó no peligroso pasar á aquel país[151]; y como me has dicho que Astolfo ha venido á arrebatarte el África con la ayuda de los etíopes, súbditos del rey Senapo, que ha reducido á cenizas la capital, y que á su lado pelea Orlando, cuya cabeza estaba hasta hace poco tan exhausta de razon, se me ha ocurrido un magnífico remedio para hacerte salir de situacion tan angustiosa. Acometeré en favor tuyo la empresa de retar al Conde á combate singular; y aunque su cuerpo fuese de cobre ó de hierro, estoy seguro de que no podrá resistirme.
»Muerto el Conde, las huestes cristianas huirán ante nosotros como los corderillos ante un lobo hambriento: despues me será muy fácil obligar á los nubios á que evacuen el África; haré que los otros nubios, separados de tus enemigos por el Nilo y por la diferencia de religion, y los árabes y macrobios, ricos de oro y de gente los primeros y de caballos los segundos, los persas, los caldeos, pueblos todos á los que con otros muchos alcanza mi cetro, lleven de tal modo la guerra á la Nubia, que sus habitantes no permanecerán por mucho tiempo en sus estados.»
Parecióle muy oportuno á Agramante el segundo proyecto del rey Gradasso, y dió mil gracias á la Fortuna por haberle llevado á la isla desierta; pero no quiso consentir bajo ningun concepto que Gradasso peleara con Orlando por su causa, aunque la reconquista de Biserta fuese el premio de su victoria, pareciéndole que su aquiescencia menoscabaria su honor.
—Si se ha de desafiar á Orlando, respondió, soy yo quien debe pelear con él: pronto me verás dispuesto á retarle; despues, haga Dios lo que mejor le parezca de mí.
—Hagamos otra cosa mejor que se me ha ocurrido ahora, repuso Gradasso; luchemos los dos á la vez con Orlando y con otro cualquiera de los suyos.
—Con tal de que yo tome parte en el combate, replicó Agramante, poco me importa ser el primero ó el segundo: por lo demás, confieso que no podria encontrar en el mundo un compañero de armas mejor que tú.
—Y yo, ¿dónde me quedo? preguntó entonces Sobrino. Si os parezco demasiado viejo, tengo en cambio más experiencia, y en el peligro, es conveniente en alto grado unir la pericia á la fuerza.
Era Sobrino un anciano que, á pesar de su avanzada edad, conservaba todo su vigor y robustez, y era capaz de llevar á cabo todavía famosos hechos de armas: él mismo aseguraba que sentia circular la sangre por sus venas con igual ardor que en sus verdes y juveniles años.
Admitieron su demanda como justa, y acto contínuo se procuraron un mensajero que pasase á la costa africana á desafiar de su parte al conde Orlando, el cual deberia pasar con otros dos caballeros armados á Lampedusa, pequeña isla bañada en todo su derredor por el Mediterráneo. El mensajero navegó sin cesar haciendo fuerza de vela y remo, y llegó en breve á Biserta, donde encontró á Orlando ocupado en repartir entre sus soldados el botin y los cautivos.
El enviado desempeñó públicamente la comision que le confiaran Gradasso, Agramante y Sobrino, oyéndola con tanto júbilo el príncipe de Anglante, que le colmó de espléndidos y honoríficos regalos. Habia sabido por sus compañeros que Gradasso llevaba ceñida su excelente Durindana, y en su afan de recobrarla, tenia resuelto ir hasta la India, creyendo que el Rey de Sericania no podria estar en otra parte despues de haberse ausentado de Francia. Al recibir la noticia de que se hallaba tan cerca de él, se apresuró á aceptar el reto, esperando recobrar su espada, la hermosa trompa de Almonte y el excelente Brida-de-Oro, que, segun supo tambien, habia ido á parar á poder del hijo de Trojano.
Eligió por compañeros de aquel combate al leal Brandimarte y á su cuñado, cuyo valor habia tenido ocasion de conocer, y le constaba asimismo que ambos le amaban en extremo. Dedicóse á buscar por todas partes buenos caballos, buenas corazas, buenas mallas, y espadas y lanzas para sí y para sus compañeros; pues segun debeis saber, no contaban en África con sus armas habituales. Os he dicho muchas veces que el señor de Anglante fué arrojando por el suelo todas las suyas cuando se sintió acometido por su furor insensato, y que Rodomonte se habia apoderado de las de los otros dos caballeros, que estaban depositadas en la torre contigua al sepulcro de Isabel. En África no podian proporcionarse muchas, tanto por haberse llevado Agramante todo lo que era á propósito para combatir en Francia, como tambien porque en aquel país siempre habia pocas. Sin embargo, Orlando ordenó que se reunieran todas las que pudieran hallarse, bruñidas ó mohosas, y mientras tanto paseaba por la playa hablando con sus compañeros de la lucha futura.
Sucedió que habiéndose alejado del campamento más de tres millas, al tender la vista por el mar, vió un buque que se dirigia á toda vela hácia la costa de África. Aquel bajel se adelantaba solo, sin piloto ni marineros, y á merced del viento ó de la suerte: así es que, al llegar cerca de la costa, encalló en la arena.
Pero antes de seguir ocupándome de este asunto, el cariño que siento por Rugiero me obliga á continuar su historia, ordenándome que prosiga narrando lo que á él y al señor de Claramonte se refiere. Dejé á entrambos guerreros en el momento en que suspendian su combate, al ver rotos los convenios y los pactos y trabada la batalla entre los dos ejércitos. En seguida procuraron inquirir por medio de sus respectivos compañeros de armas quién habia sido el primero en violar sus juramentos y dado lugar á tanto daño, si el emperador Cárlos ó el rey Agramante.
En tanto, uno de los escuderos de Rugiero, jóven fiel, astuto y perspicaz, que no habia perdido de vista á su señor á pesar de lo confuso y encarnizado de la batalla, se llegó á él, presentándole su espada y su caballo, para que pudiese socorrer á los africanos. El héroe montó en su palafren, cogió la espada, y no queriendo tomar parte en la pelea, alejóse del campo de batalla, despues de ratificarse en el convenio que habia hecho con Reinaldo; esto es, de que si Agramante era realmente el perjuro, le abandonaria con su infame secta.
Durante todo aquel dia no quiso Rugiero hacer uso de sus armas: cuidóse tan solo de detener á unos y á otros, preguntándoles quién fué el primero en acometer, si su monarca ó el de los cristianos. Oyó confesar á todos que fué Agramante quien violó sus juramentos; pero como el jóven guerrero amaba á su señor, creia cometer una grave falta dejando su servicio por esta causa. He dicho antes que el ejército sarraceno fué dispersado, deshecho y precipitado desde lo alto de la voluble rueda de la Fortuna, como plugo á Aquel que hace girar el mundo. Recogido en sí mismo Rugiero, se puso á reflexionar en si deberia quedarse ó seguir á su señor: por una parte, el amor de Bradamante refrenaba sus deseos de regresar al África, y le incitaba á quedarse, amenazándole con una pena dolorosa, si no observaba estrechamente el juramento y el pacto que habia hecho con el paladin Reinaldo: por otra parte le estimulaba con no menos fuerza la consideracion de que, si abandonaba á Agramante en situacion tan crítica, podrian tacharle de vil y de cobarde, y de que si para muchos seria buena la causa de su permanencia, otros muchos la admitirian con dificultad, y no pocos dirian que no debe observarse un juramento ilícito é injusto.
Todo aquel dia, la noche siguiente y el otro dia estuvo á solas, y sin que su fatigada mente le sacara de aquella perplejidad. Por último, resolvió reunirse á Agramante, y pasar al África con este objeto. Mucho podia en él el amor conyugal; pero era mayor el imperio del deber y el honor.
Volvió á Arlés, esperando encontrar todavía la armada que le trasportara al África; pero no halló bajel alguno en el mar ni en el rio, ni vió ningun sarraceno, como no fuesen los muertos en la batalla. Agramante se llevó al partir todas sus naves mejores, é incendió en el puerto las demás. Viendo Rugiero burlada esta esperanza, dirigióse á Marsella, siguiendo el camino de la costa, y llevando el propósito de apoderarse de un buque que de grado ó por fuerza le condujera á las playas africanas. Ya habia llegado allí el hijo del danés con la armada de los bárbaros cautiva: el inmenso número de embarcaciones ancladas en el puerto y cargadas de vencedores y vencidos cubria de tal modo las aguas, que no se hubiera podido echar en ellas un grano de mijo. Dudon habia conducido á Marsella todas las naves de los paganos que pudieron escapar del fuego y del naufragio aquella terrible noche, excepto unas pocas que consiguieron huir: entre los cautivos figuraban siete reyes de diferentes países de África, que al ver destrozada la flota, se rindieron con sus siete navios, y estaban agobiados por un profundo sentimiento, mudos y llorosos.
Dudon habia saltado en tierra con el objeto de ir aquel mismo dia á presentarse al Emperador: desembarcó con toda pompa, seguido de los cautivos y del botin conquistado, de modo que su entrada en Marsella fué una marcha triunfal: despues colocó los prisioneros á lo largo de la playa, en torno de los cuales circulaban alegres los nubios vencedores, haciendo resonar el aire con el nombre glorioso de Dudon.
Rugiero, que se hallaba todavía á alguna distancia, supuso que aquella era la armada de Agramante, y para saber la verdad, clavó el acicate á su caballo; pero al llegar más cerca, conoció entre los cautivos al Rey de los nasamones, á Bambirago, Agricalte, Farurante, Rimedonte, Manilardo y Balastro, que tenian la cabeza inclinada derramando tristes lágrimas. Rugiero sentia hácia ellos un afecto sincero, y por lo mismo no pudo tolerar que estuvieran reducidos á tan miserable suerte: comprendiendo que en aquella ocasion era preciso recurrir á la fuerza, pues los ruegos serian completamente inútiles, bajó la lanza, acometió á los guardias que los custodiaban, y empezó á hacer sus proezas acostumbradas: empuñó en seguida la espada, y en un instante tendió á más de cien contrarios á sus piés. Dudon oyó los gritos, vió el estrago que en los suyos hacia Rugiero, aunque sin conocer al que lo causaba; contempló á los nubios que huian sin aliento y sobrecogidos de temor y de angustia, y requiriendo su escudo, su yelmo y su corcel, montó á caballo, empuñó la lanza y voló animoso al combate, cual convenia á un paladin de Francia. Ordenó á los suyos que se retirasen, y clavando los acicates al caballo, llegó donde estaba Rugiero, que entre tanto habia hecho otras cien víctimas y reanimado la esperanza de los cautivos: al ver á Dudon que se dirigia hácia él, solo y á caballo, mientras que los demás estaban á pié, juzgó que era el jefe de aquellas tropas, y le embistió á su vez.
Al observar Dudon, en medio de su veloz carrera, que Rugiero le acometia sin lanza, arrojó la suya, desdeñando la ventaja que le proporcionaba sobre su adversario. Rugiero, comprendiendo toda la delicadeza de aquella accion, dijo entre sí:—«Mi enemigo no puede menos de ser uno de esos guerreros esforzados á quienes se llama Paladines de Francia. Antes de pasar adelante, quiero saber su nombre, si tiene á bien decírmelo.»—Preguntóselo así, y supo que era Dudon, hijo de Ogiero el danés. Igual pregunta dirigió este á Rugiero, el cual satisfizo su curiosidad con no menor cortesía. Una vez conocidos sus nombres, se desafiaron y empezó el combate.
Dudon empuñaba la ferrada maza, que en mil empresas le habia dado eterno renombre: al esgrimirla, demostraba claramente que era digno hijo del valeroso danés. Rugiero desenvainó aquella espada que no tenia rival en el mundo para abrir cascos y corazas, y en breve hizo conocer que su valor en nada desmerecia al del paladin Dudon; pero, como tenia constantemente fija en su imaginacion la idea de ofender á su dama lo menos que le fuese posible, y le constaba que hiriendo á su contrincante, la ofenderia (pues conocedor de las casas más ilustres de Francia, sabia que la madre de Dudon era Armelina, hermana de Beatriz y tia de Bradamante), procuraba por esta razon no herirle de punta, y se limitaba á dirigirle escasísimas cuchilladas, y á defenderse de los golpes de la maza, ya parándolos, ya esquivándolos.
Turpin es de opinion de que la victoria habria quedado por Rugiero, pues á los pocos golpes le hubiera sido fácil dar muerte á Dudon; pero todas las veces que este quedó al descubierto, se contentó con herirle de plano. Rugiero podia usar tanto de plano como de filo su espada, que era bastante gruesa; y en esta ocasion la vibraba con tanta fuerza y agilidad, que deslumbrado y aturdido Dudon por el contínuo martilleo, apenas podia sostenerse en la silla.
Pero á fin de ser más agradable al que me escucha, aplazaré mi canto para otra ocasion.