CANTO XXXIX.

Agramante rompe el pacto; pero derrotado su ejército, se ve obligado á retirarse al África.—El valiente Astolfo persigue al enemigo hasta Biserta, cuya ciudad asedia. Orlando llega allí casualmente, y el Duque, instruido de lo que debia hacer, le devuelve el juicio.—Dudon encuentra á Agramante en alta mar, y le pone en grave aprieto.

La situacion en que se encontraba Rugiero era en verdad de las más penosas y duras que puedan existir, por lo cual no es extraño que padeciera física y moralmente, al considerar que no podia librarse de una de las dos muertes que ante sí tenia. Si se mostraba menos vigoroso que Reinaldo, se exponia á perecer: si daba muerte al paladin, cansarian la suya los desdenes de su amada, en cuyo ódio, más temible que la misma muerte, incurriria sin remedio.

Reinaldo, á quien no preocupaba idea alguna, hacia todos los esfuerzos imaginables por alcanzar la victoria, y esgrimia altivo y terrible su hacha de armas, descargando tremendos golpes en la cabeza y brazos de su adversario. Rugiero se servia de su arma para parar los golpes, echándose á un lado ó á otro, y cuando á su vez procuraba herir á Reinaldo, era en el sitio en que menos daño pudiera hacerle. A la mayor parte de los señores sarracenos empezó á parecerles muy desigual el combate: pues observaban la poca animacion de Rugiero á quien tenia casi acorralado su enemigo. El monarca africano contemplaba la lucha, cubierto de palidez su rostro, lanzando fuertes suspiros y acusando en su mente á Sobrino, de quien procedia aquel fatal error, puesto que lo habia aconsejado.

Entonces fué cuando Melisa, versada en todas las supercherías del arte de los encantadores ó de los magos, trocó su aspecto femenino en la figura del gran Rey de Argel. Por su rostro, por sus movimientos, era el vivo retrato de Rodomonte, y llevaba la piel escamosa del dragon, la espada y el escudo que acostumbraba usar el sarraceno. Montada en un espíritu infernal que habia tomado la forma de caballo, se dirigió hacia el desanimado hijo del rey Trojano, y le dijo con acento terrible y fruncido entrecejo:

—Señor, habeis cometido una gran falta oponiendo á un franco tan fuerte y tan famoso un adversario jóven é inexperto, en una ocasion en que se trata de la suerte del reino y del honor de África. Apresuraos á interrumpir ese combate, cuyo resultado ha de ser desastroso para nosotros. Confiadlo á Rodomonte, sin que os importe violar el pacto y el juramento hecho de antemano. En momentos tan críticos como los presentes, cada cual debe demostrar hasta dónde alcanza su esfuerzo, y mientras esté yo aquí, tened por seguro que cada uno de vuestros soldados valdrá por ciento.

Estas palabras pesaron tanto en el ánimo de Agramante, que, sin reflexionar en lo que hacia, lanzóse contra el enemigo. La confianza que le inspiraba el Rey de Argel fué causa de que se cuidara muy poco de su juramento: el auxilio que en aquella ocasion hubieran podido prestarle mil caballeros lo habria tenido en menos que el del solo Rodomonte. En un momento se vieron por todas partes las lanzas enristradas y los caballos lanzados á todo escape contra los cristianos. Melisa desapareció tan luego como, merced á sus ficciones, vió empeñada la batalla.

En el momento en que los dos campeones vieron interrumpido tan bruscamente su combate, contra todo acuerdo y contra toda promesa, dejaron de herirse; y deponiendo su mútua enemistad, se dieron palabra de no volver á dirigir sus armas uno contra otro, hasta haber averiguado con certeza cuál de los dos reyes habia sido el primero en violar el pacto, si el anciano Cárlos ó el jóven Agramante: al propio tiempo renovaron su juramento de declararse enemigos del perjuro.

Mientras tanto, los dos ejércitos habian llegado á las manos: pronto se vió quién avanzaba y quién retrocedia; quiénes eran los cobardes y quiénes los más valientes: todos corrian con la misma ligereza, solo que los primeros huian al paso que los segundos perseguian.

Marfisa habia permanecido hasta entonces inactiva en compañía de su cuñada; pero tan contrariada é impaciente como el lebrel que ve correr en torno suyo á la fugitiva fiera, y no pudiendo perseguirla al mismo tiempo que los demás perros por tenerle sujeto el cazador, se agita irritado, se atormenta, se aflije, se desespera, lanza penetrantes é infructuosos ladridos, y forcejea por desasirse de la mano que le detiene. Durante todo el dia habian estado contemplando con cierta sanguinaria envidia á los sarracenos formados en la estensa llanura; pero contenidas por el respeto á lo pactado, se habian limitado á lamentar su inaccion, exhalando frecuentes suspiros. Mas no bien observaron la violacion del pacto y de la tregua, cuando se precipitaron gozosas en medio de las filas africanas. Marfisa atravesó con su lanza el pecho del primero que encontró, haciéndola salir más de dos brazas por la espalda: desnudó en seguida su acero, y en menos tiempo del que se necesita para referirlo, rompió cuatro yelmos como si fueran de vidrio. Bradamante no le fué en zaga: si su lanza de oro producia distinto efecto, en cambio tiraba del caballo á cuantos alcanzaba: no mató á nadie, pero derribó doble número de guerreros que Marfisa. Las dos heroinas llevaron á cabo estas proezas sin separarse hasta entonces, por lo cual fueron testigos de sus mútuas hazañas; pero arrastradas luego por el ardor del combate, se fué cada una por su lado haciendo sentir el peso de su ira á los aterrados sarracenos. ¿Quién podria contar el número de guerreros que derribó aquel dia la lanza de oro? ¿Quién podria calcular el número de cabezas que segó la terrible espada de Marfisa?

Así como al soplo de tranquilos vientos, cuando las cumbres de los Apeninos se cubren de verdura, se precipitan á un mismo tiempo dos torrentes que al caer siguen distinto curso, y van arrancando las peñas y los copudos árboles de sus elevadas márgenes, arrastrando hácia el valle los frutos y las mieses, como si compitiesen ambos en el deseo de dejar huellas más desastrosas de su paso, así tambien las dos magnánimas guerreras, recorriendo el campo en direccion distinta, iban causando horrorosos estragos en las filas africanas, la una con su lanza, y la otra con su espada.

Agramante apenas podia contener á sus soldados, que empezaban á abandonar sus banderas. En vano preguntaba por Rodomonte, en vano le buscaba con la vista por todos lados: nadie sabia donde estaba. Por instigacion del Rey de Argel (segun creia) habia roto el pacto solemnemente estipulado, poniendo á Dios por testigo; y sin embargo, este rey habia desaparecido de repente. Tampoco veia á Sobrino, que se habia retirado á Arlés, rehuyendo toda responsabilidad, y deseando permanecer extraño al perjurio, cuyo inmediato y terrible castigo esperaba presenciar aquel mismo dia. Marsilio se habia alejado tambien, dominado por iguales sentimientos: así es que Agramante no pudo resistir á las tropas de Cárlos, á los italianos, alemanes é ingleses, todas gentes aguerridas y denodadas, entre las cuales iban confundidos los paladines, cual piedras preciosas engarzadas en oro, y cerca de ellos algunos caballeros sin rival en el mundo, como el intrépido Guido el Salvaje y los dos hijos de Olivero, y aquellas dos guerreras, cuyas proezas creo inútil recordar, y que seguian exterminando un número infinito de moros.

Mas, suspendiendo por algun tiempo el relato de esta batalla, me propongo ahora atravesar los mares sin auxilio de bajel; pues no es justo que olvide á Astolfo por ocuparme exclusivamente de las cosas de Francia.

Ya os he hablado de las mercedes que recibió del Santo Apóstol, y creo haberos dicho tambien que el rey Branzardo y el de los algaceres aprestaban sus ejércitos para oponérsele. Estas tropas, reunidas con la mayor precipitacion, se componian casi de niños, ancianos y hasta mujeres; porque Agramante, obstinado en su vengativa empresa, habia dejado por dos veces al África exhausta de hombres: así es que habian quedado en ella muy pocos en estado de tomar las armas, y por lo tanto, formaban un ejército cobarde é indisciplinado. No tardaron en demostrarlo así, pues en cuanto descubrieron á los nubios á lo lejos, huyeron desordenadamente. Astolfo lanzó tras ellos á sus soldados mucho más aguerridos, y los fué persiguiendo como si fueran un rebaño de carneros, dejando el campo sembrado de cadáveres: algunos pocos consiguieron encerrarse en Biserta con el rey Branzardo; pero el rey Bucifar quedó prisionero, causando al primero más dolor su pérdida que si hubiera visto destruido todo su ejército. Siendo Biserta una ciudad grande, era preciso fortificarla considerablemente, y sin Bucifar no podia llevar á cabo los trabajos necesarios. Deseoso Branzardo de rescatarle, buscaba en su imaginacion un medio cualquiera para conseguirlo, cuando se acordó de que, muchos meses hacia, tenia en su poder al paladin Dudon, á quien el Rey de Sarza habia cautivado en la costa de Mónaco, en el primer viaje que hizo á Francia: desde entonces Dudon, descendiente de Ogiero el danés, habia permanecido encerrado en una prision.

Branzardo quiso cangearlo por el Rey de los algaceres, y con este objeto envió un mensajero al jefe de los nubios, sabiendo que Astolfo era un paladin, y que por lo tanto aceptaria gustoso la proposicion de salvar á otro paladin. El gallardo Duque accedió en efecto á lo propuesto por el sarraceno, y rescató á Dudon, el cual le dió infinitas gracias por su libertad, y se puso á su disposicion para ayudarle en aquella guerra, tanto por tierra como por mar. Contando Astolfo con un ejército tan numeroso, que no hubieran podido resistirle siete países tan extensos como el África, y recordando que el santo Anciano le habia recomendado muy eficazmente que expulsara á los sarracenos de las costas de Provenza y Aguasmuertas de que se habian apoderado, eligió nuevamente de entre sus soldados aquellos que más aptos le parecieron para los trabajos del mar, y habiéndose llenado las manos tanto como pudo de hojas de laureles, cedros, olivos y palmas, se dirigió á la playa y las arrojó á las olas. ¡Oh almas felices y queridas del cielo! ¡Oh efecto sublime de un poder que el Señor concede raras veces á los mortales! ¡Milagro prodigioso! Apenas tocaron el agua, aquellas hojas empezaron á crecer de un modo increible; encorváronse y se hicieron gruesas, largas y pesadas; las venas que las atravesaban se convirtieron en duras grapas de hierro y sólidos maderos, y conservando la forma aguda de sus extremidades, quedaron en un momento transformadas en naves de diferentes clases, y tantas cuantas habian sido las hojas arrancadas de los árboles.

Fué en efecto un espectáculo asombroso el que ofrecieron aquellas hojas convertidas milagrosamente en fustas, galeras y otros bajeles. No menos milagroso fué verlas provistas de velas, remos, obenques y de todo el aparejo indispensable en un buque. Astolfo encontró bien pronto quien supiera gobernar su flota á través de los mares y de los vientos embravecidos; pues las cercanas costas de la Córcega y la Cerdeña le suministraron excelentes pilotos, timoneles, marineros y patrones. La expedicion, compuesta de veintiseis mil hombres de todas clases, tuvo por jefe á Dudon, caballero de gran experiencia, é igualmente valeroso en mar y tierra.

Aun estaba la flota anclada en la costa de África, esperando un viento favorable, cuando se presentó en ella un navio cargado con los prisioneros que Rodomonte habia hecho en el peligroso puente, donde, segun he dicho varias veces, era tan reducido el espacio para combatir. Entre dichos prisioneros estaban el cuñado del Conde, el fiel Brandimarte, Sansoneto y otros muchos caballeros de Alemania, de Francia y de Gascuña, cuyos nombres creo ocioso recordar. El piloto, que no sospechaba la presencia del enemigo, echó el ancla en aquella playa, dejando muchas millas atrás el puerto de Argel donde se habia propuesto fondear, á no habérselo impedido un fuerte vendabal que impelió la popa más de lo que debia. Creia llegar con toda seguridad entre los suyos, como Progne á su bullicioso nido; pero así que vió el águila imperial, las lises de oro y los leopardos, perdió el color, como suele perderlo el que pone inadvertidamente su pié sobre la serpiente venenosa dormida entre la yerba, y se retira pálido y aterrado huyendo del reptil henchido de rabia y de veneno. No pudiendo ya el piloto huir, ni sabiendo cómo ocultar á sus cautivos, tuvo que resignarse á saltar en tierra, y fué conducido con Brandimarte, Olivero, Sansoneto y otros muchos á la presencia de Astolfo y del hijo de Ogiero, que manifestaron su alegría al ver á sus amigos: en recompensa de su trabajo, fué condenado el patron á remar en las galeras de Astolfo.

El hijo del rey Oton recibió, como os digo, á los caballeros cristianos con señaladas muestras de placer, é hizo que les prepararan un banquete en su pabellon, y que les proveyeran de armas y de cuanto necesitasen. Dudon difirió su salida del puerto accediendo á los deseos de los recien llegados, cuya conversacion le era sumamente grata, y cuyas noticias le sirvieron mucho más que si se hubiera hecho á la mar uno ó dos dias antes. Por ellos vino en perfecto conocimiento del estado en que á la sazon se hallaban los asuntos de Francia y de Carlomagno, y supo tambien dónde podria fondear con más seguridad y obtener mejores resultados. Mientras estaba escuchándolos atento, se oyó un rumor que iba creciendo por momentos, y unas voces de alarma tan terribles, que obligaron á los caballeros á hacer mil distintas suposiciones. El duque Astolfo y sus compañeros se apresuraron á montar á caballo y á empuñar sus armas, y se dirigieron al sitio en que más fuertemente resonaba la gritería, inquiriendo por uno y otro lado el motivo del tumulto, cuando vieron á un hombre tan feroz, que á pesar de ir solo y desnudo, causaba grandes estragos en el campamento. Iba esgrimiendo un palo tan duro, tan pesado y tan macizo, que derribaba sin sentido á cuantos alcanzaba. Ya habia hecho más de cien víctimas, sin que se atrevieran á contenerle, como no fuera arrojándole saetas desde lejos, pues no habia nadie tan animoso que osara aproximarse á él.

Dudon, Astolfo, Brandimarte y Olivero, que habian acudido presurosos al oir aquel estrépito, estaban considerando con asombro la inmensa fuerza y el valor inusitado de aquel hombre feroz, cuando vieron venir á una doncella, vestida de negro, que corrió hácia Brandimarte y le saludó, echándole al mismo tiempo los brazos al cuello. Era la donosa Flor-de-lis, la doncella que tan viva pasion sentia por Brandimarte, y que estuvo á punto de volverse loca de dolor cuando dejó á su amante cautivo en el estrecho puente. Habiendo sabido por el mismo Rodomonte que Brandimarte habia sido enviado á Argel en compañía de los demás cautivos, resolvió atravesar los mares para reunirse á él, y se embarcó en Marsella en una nave de Levante, que pertenecia á un caballero anciano de la familia del rey Monodante, el cual habia recorrido muchos países, así por mar como por tierra, para encontrar á Brandimarte, teniendo por último noticia de que lo hallaria en Francia. Conoció la jóven al momento á Bardino, que así se llamaba aquel caballero, el cual habia criado á Brandimarte en la Roca Silvana, despues de haberle sustraido niño aun al Rey su padre. Cuando Bardino supo la causa del viaje de Flor-de-lis y el modo cómo su protegido habia pasado al África, puso su bajel á disposicion de la doncella, y quiso acompañarla en su travesía. Al llegar á la costa africana, supieron que Astolfo tenia puesto sitio á Biserta, y les anunciaron que quizás Brandimarte estaria con él.

Al ver la jóven á su amante, corrió á abrazarle con tanta mayor alegría, cuanto que sus pasados sinsabores contribuian á aumentarla. No fué menor el júbilo que sintió el gentil caballero al contemplar allí á su adorada y constante compañera, á quien amaba más que á todo en el mundo: le prodigó las más dulces caricias, la estrechó infinitas veces contra su corazon; sus apasionados besos se sucedian sin poder saciar su amoroso fuego, y hubieran continuado así largo tiempo, si Brandimarte, alzando los ojos, no hubiera reparado en Bardino, que habia venido acompañando á la jóven. Extendió las manos con intencion de abrazarle y de preguntarle al propio tiempo el motivo de su venida; pero se lo impidió la multitud de soldados que huian desordenadamente ante aquel palo que el desnudo loco volteaba en torno suyo, abriéndose ancho paso.

Flor-de-lis miró atentamente á aquel insensato, y exclamó dirigiéndose á Brandimarte:—«¡Es el Conde!»—Astolfo conoció tambien á Orlando por el retrato que de él le hiciera el Santo Evangelista en el Paraiso terrestre: de otra suerte, nadie hubiera podido sospechar siquiera que fuese el cortés Paladin aquel ser súcio, insensato, maltrecho y que por su aspecto se asemejaba más bien á una fiera que á un hombre.

Movido Astolfo á compasion, se volvió á Dudon y Olivero que estaban cerca de él, y con lágrimas en los ojos les dijo:—«Ahí teneis á Orlando.»—Los dos caballeros le consideraron con atencion algunos momentos, quedando mudos de asombro y de estupor al verle en tan aflictivo estado. La mayor parte de los circunstantes derramaban lágrimas que arrancaba á sus ojos la piedad y el sentimiento, pero exclamando Astolfo:—«No es ocasion de llorar, sino de pensar en curarle,»—saltó del caballo, y lo propio hicieron Brandimarte, Sansoneto, Olivero y Dudon, rodeando simultáneamente al sobrino de Carlomagno con intencion de sujetarle. Al verse Orlando encerrado en aquel círculo, empezó á esgrimir su palo insensata y desesperadamente, é hizo sentir la fuerza de su brazo á Dudon, el cual, cubriéndose la cabeza con el escudo, pretendió acometerle, y á no haber sido porque la espada de Olivero se interpuso amortiguando la fuerza del golpe, el terrible palo del loco hubiera hecho pedazos el escudo, el yelmo, el cráneo y la cabeza del hijo de Ogiero. A pesar de esto, destrozó el escudo, y cayó con tal furia sobre el almete, que el caballero quedó tendido en el suelo. Sansoneto descargó tambien un tajo sobre el palo, con tal vigor, que le cortó en redondo más de dos brazas. Brandimarte cogió entonces á Orlando por detrás, oprimiéndole vigorosamente con sus brazos, mientras que Astolfo le sujetaba por las piernas; pero dando el loco una furiosa sacudida, lanzó de espaldas al Duque inglés á más de diez pasos de distancia, y aunque no pudo soltarse de los brazos de Brandimarte que le tenia fuertemente asido por mitad del cuerpo, descargó en seguida tan tremendo puñetazo sobre Olivero, que lo tendió á sus piés pálido é inanimado y vertiendo sangre por nariz y ojos. A no ser por el excelente temple del casco que llevaba Olivero, aquel puñetazo le hubiera quitado la vida, á pesar de lo cual cayó el caballero cual si su alma hubiese volado al Paraiso.

Astolfo y Dudon se habian levantado, aunque este con la cara hinchada, y uniendo sus esfuerzos á los de Sansoneto, cuyo golpe habia sido tan certero, acometieron nuevamente á Orlando. Dudon le sujetó tambien por detrás, procurando echarle una zancadilla para derribarle; Astolfo y los demás le cojieron los brazos, y ni aun así podian refrenar sus violentos ímpetus. El que haya visto á un toro perseguido, cuyas orejas sujetan con los dientes los perros de presa, y que corre mugiendo y arrastrando consigo á los tenaces canes de quienes no puede desprenderse, podrá formarse una idea del espectáculo que presentaba Orlando arrastrando consigo á todos aquellos guerreros.

Algun tanto repuesto Olivero del puñetazo que tan mal parado le dejara, levantóse del suelo, y viendo que el sistema seguido por Astolfo no produciria el resultado que se deseaba, arbitró un medio más á propósito para derribar á Orlando, lo puso inmediatamente por obra y surtió el efecto apetecido. Ordenó que le trajeran algunas cuerdas fuertes, en cuyos extremos hizo lazos corredizos, y logró echarlos á las piernas, á los brazos y al cuerpo del Conde: en seguida encargó á cada uno de los guerreros que sostuvieran fuertemente las cuerdas por el extremo opuesto al lazo, y valiéndose de este medio, consiguieron tirar al suelo á Orlando como si fuera un buey ó un caballo.

En cuanto le vieron caer en tierra, se arrojaron todos sobre él, y le ataron más sólidamente de piés y manos: en vano forcejeaba Orlando desesperado y furioso; sus esfuerzos eran ya impotentes. Astolfo dispuso acto contínuo que le trasladaran de aquel sitio, manifestando que queria curarle de su locura; y como Dudon era el de mayor estatura de todos aquellos guerreros, cargó con él y le llevó hasta la misma orilla del mar. Astolfo ordenó que le lavaran el cuerpo siete veces, y que le metieran otras tantas en el agua, hasta hacer desaparecer de su rostro y de sus miembros la endurecida mugre que los cubria: despues le tapó la boca, que despedia fuertes resoplidos, con ciertas yerbas cogidas á este efecto, de modo que solo pudiera respirar por las narices: destapando en seguida la redoma en que estaba encerrado el juicio de Orlando, se la aplicó tan cerca de la nariz, que al hacer Orlando una fuerte aspiracion la vació completamente. ¡Oh prodigio admirable! El Conde recobró en el acto la razon, y sintió renacer su inteligencia con mayor claridad y lucidez que nunca. Sucedióle á Orlando, en cuanto Astolfo hizo desaparecer su locura, lo que al hombre que despierta de un sueño profundo y penoso: no duerme ya, está en la plenitud de sus sentidos, y sin embargo, todavía cree contemplar asombrado las formas horribles de desmesurados mónstruos, que ni existen ni pueden existir, y se le figura estar haciendo aun las cosas extrañas é inusitadas que su imaginacion le representaba durante su sueño.

El Paladin permaneció algunos momentos absorto y estupefacto; miró sin pronunciar una palabra á Brandimarte, al hermano de la hermosa Alda y al que le restituyó el juicio, y estuvo largo rato pensando cómo y cuándo habia ido á parar á aquellas playas. Despues paseó sus miradas en todas direcciones, sin poder conocer el sitio en que se encontraba, ni adivinar el motivo de hallarse desnudo y atado de piés á cabeza con tantas cuerdas. Por fin, dijo, como Sileno á los que le tenian sujeto en una caverna: «Desatadme,» con rostro tan sereno, con mirada tan segura y tan distinta de lo que hasta entonces habia sido, que sus amigos le complacieron, apresurándose á vestirle un traje que mandaron traer, y esforzándose en consolarle del dolor que le causaba su pasada locura.

Al volver Orlando á su primitivo estado, más prudente y varonil que nunca, se sintió tambien emancipado de su funesto amor, hasta el extremo de que la misma mujer cuyas gracias y perfecciones admiraba antes, y á quien tan frenéticamente habia amado, le parecia ya un ser envilecido é indigno de su estimacion, y cifró desde entonces todos sus deseos y conatos en recobrar cuanto aquel amor le habia arrebatado.

Mientras tanto Bardino participó á Brandimarte la muerte de Monodante, su padre, y le anunció que venia á ofrecerle la corona, en primer lugar, de parte de su hermano Giliante, y despues, de la de los habitantes del archipiélago que se extiende en las más apartadas regiones del Oriente, país el más rico, más populoso y más placentero del mundo. Para determinarle á aceptar, adujo, entre otras varias razones, la de que tal era su deber; le pintó las dulzuras del suelo pátrio, y le aseguró que en cuanto las hubiera disfrutado, aborreceria para siempre su vida errante. Brandimarte le contestó que estaba decidido á permanecer al lado de Orlando, sirviendo á Cárlos mientras durara la guerra, y que si lograba ver el término de esta, pensaria más detenidamente en sus propios asuntos.

Al dia siguiente, se hizo á la vela la escuadra mandada por el hijo del Danés con rumbo á las costas de Provenza. Orlando, sabedor por Astolfo del estado en que se hallaba la guerra, se unió á él, y ambos se dedicaron á estrechar el cerco de Biserta, concediendo, sin embargo, al Duque inglés los honores del mando, á pesar de que este no hacia más que lo aconsejado por el Conde. Si por ahora no me ocupo de su plan de ataque, ni de cómo, cuándo y por qué lado se dió el asalto á la gran Biserta, ni de la batalla que precedió al asalto, ni de los que compartieron con Orlando la gloria de aquel dia, no os dé cuidado alguno, porque pronto volveremos á encontrarlos. Dignaos, entre tanto, escuchar el relato de la derrota que los francos hicieron sufrir á los moros.

El rey Agramante se vió casi abandonado en lo más fuerte del peligro; pues los reyes Marsilio y Sobrino se retiraron con muchos paganos á la ciudad de Arlés, y despues se embarcaron en sus respectivas escuadras, temerosos de no poder salvarse en tierra: un gran número de gefes y caballeros del ejército moro imitó en breve su ejemplo. Agramante continuó resistiendo, á pesar de esta defeccion; pero cuando ya no pudo más, volvió las espaldas y corrió á encerrarse en la ciudad que estaba próxima. Bradamante se lanzó en su seguimiento, estimulando á su veloz Rabican, pues anhelaba darle muerte por haberla privado tantas veces de su querido Rugiero. Marfisa, á quien animaba el mismo deseo, por vengar, aunque algo tarde, la muerte de su padre, excitaba á su corcel con el acicate, comunicándole en cuanto le era posible la misma prisa que ella tenia. Pero ninguna de las dos pudo llegar á tiempo de impedir que el Rey penetrase en la ciudad murada, y se salvase luego á bordo de sus naves.

Cual dos sabuesos esbeltos y valientes, que soltados al mismo tiempo de la trailla, regresan tristes y pesarosos por haber seguido inútilmente á los ciervos ó á las cabras monteses, pareciendo como avergonzados de su lentitud, así retrocedieron las dos doncellas, suspirando al ver al Pagano en salvo. Sin embargo, no permanecieron ociosas, y precipitándose en lo más espeso de la fugitiva multitud, hicieron caer á los botes de su lanza, para no volver á levantarse, á un crecido número de contrarios. En mala ocasion habian sido derrotados los moros, pues ni aun huyendo podian salvarse; porque Agramante, para mayor seguridad suya, mandó cerrar las puertas de la ciudad que daban al campo y cortar todos los puentes que habia sobre el Ródano. ¡Ah infelices pueblos! ¡Siempre que los tiranos creen reportar alguna utilidad, os tratan como rebaños de carneros ó de cabras! Muchos de los fugitivos se arrojaron al rio; otros al mar; otros enrojecieron la tierra con su sangre. Pereció la mayor parte de ellos; solo unos cuantos quedaron prisioneros, porque los demás no podian ofrecer un buen rescate.

Aun quedan vestigios en Arlés de las espantosas pérdidas que ambos ejércitos sufrieron en aquella batalla, si bien fué mayor la que en los Sarracenos causaron Bradamante y Marfisa: no lejos de la ciudad y donde el Ródano se estanca, se ve todo el campo cubierto de sepulcros.

El rey Agramante habia hecho entre tanto cortar las amarras y dirigir á alta mar los navios mayores de su flota, dejando los más lijeros cerca de la costa para recoger á los que á su bordo querian salvarse. Estuvo dos dias á la vista del puerto para socorrer á los fugitivos, y porque los vientos le eran contrarios: al llegar el tercero se dió á la vela, con la esperanza de regresar en breve al África.

Temeroso el rey Marsilio de que entonces le tocara á su España pagar el desquite de aquella guerra, y de que se desencadenara sobre sus estados tan negra y deshecha tempestad, hizo rumbo á Valencia, y se dedicó solícito á poner sus fortalezas en estado de defensa, aprestándose para la lucha que fué causa de su ruina y de la de sus aliados.

Agramante bogaba en tanto hácia las costas de África en buques mal armados y peor tripulados; tan exhaustos de hombres, como llenos de quejas y reconvenciones. Como habian perecido en Francia las tres cuartas partes del ejército, unos acusaban al monarca de orgullo, otros de crueldad, otros de insensatez, y cual suele suceder en semejantes casos, todos le maldecian interiormente; pero contenidos por el temor, permanecian quietos á la fuerza. Dos ó tres hubo, sin embargo, que siendo amigos y teniendo más confianza entre sí, se atrevieron á despegar los lábios y á desahogar su cólera y su despecho; mientras el mísero Agramante, no viendo en torno suyo más que fingidos semblantes, y oyendo sin cesar palabras aduladoras, falsas y engañosas, estaba todavía persuadido de que todos le amaban y le compadecian. El Monarca africano habia resuelto no desembarcar en las playas de Biserta, porque sabia positivamente que estaban en poder de los nubios; y por lo tanto dispuso que su flota fondeara en un punto bastante lejano de la ciudad sitiada, y á propósito para saltar en tierra con toda seguridad: una vez logrado esto, pensaba dirigirse en derechura á socorrer á su afligido pueblo. Mas no correspondiendo su destino adverso á aquella intencion justa y prudente, quiso que la escuadra formada tan milagrosamente en las costas africanas con hojas de árboles, que iba surcando las olas con rumbo á Francia, encontrara á la suya durante la noche, con un tiempo nebuloso, oscuro y triste, para que fuese mayor el desórden producido por tan inesperado encuentro.

Agramante ignoraba de todo punto que Astolfo enviara contra él una flota tan numerosa, y aun cuando se lo hubiesen dicho, tampoco hubiera creido que una sola rama pudiese producir cien naves; por lo cual seguia su derrotero sin desconfianza alguna, y sin cuidarse de poner centinelas ni vigías en las gabias para que le dieran parte de lo que descubrieran. Las naves cuyo mando confió Astolfo á Dudon, tripuladas por gente resuelta y animosa, habian divisado la flota mora al ponerse el Sol; dirigieron las proas en su demanda, abordaron de improviso á los desprevenidos enemigos, y en cuanto se convencieron por su lenguaje de que eran moros y por lo tanto adversarios suyos, echaron los ganchos de abordaje y los garfios encadenados. Fué tan rudo el choque y tan impetuoso, que muchos buques sarracenos fueron echados á pique por los grandes navios de Dudon, á los que impelía además un viento favorable. En seguida trabóse una lucha desesperada, lloviendo sobre los bajeles de Agramante, el hierro, el fuego y piedras enormes, con tanta furia, que parecia aquello una tempestad más terrible que cuantas el mar habia presenciado.

Los soldados de Dudon, á quienes el cielo infundia entonces más pujanza y denuedo que de ordinario, porque habia sonado la hora de castigar los infinitos crímenes de los sarracenos, sabian dirigir desde cerca ó desde lejos tan certeros golpes, que Agramante no encontraba sitio donde guarecerse: caia sobre él una verdadera lluvia de saetas, y por todas partes se veia amenazado de espadas, garfios, picas y hachas. Las máquinas de guerra y los tormentos[143] vomitaban sin cesar piedras enormes y pesadas, que destrozaban los bajeles de popa á proa, y abrian en ellos ancho paso á las olas; pero el mayor daño lo causaban las materias inflamables, produciendo en los buques el incendio tan fácil de prender como difícil de apagar.

La infortunada chusma sarracena, por evitar un peligro se lanzaba en otro más inmediato, pues los unos, huyendo del acero enemigo, se arrojaban al mar, donde perecian ahogados; los otros, moviendo á un tiempo piés y brazos, intentaban salvarse en las lanchas; pero los que las tripulaban, temerosos de zozobrar por verlas excesivamente cargadas, rechazaban á los fugitivos. Cuantos se agarraron á los botes para subir á ellos, dejaron la mano clavada en su borde, yendo su cuerpo á enrojecer las agitadas olas. Muchos de los que habian contado con la probabilidad de salvar á nado su vida ó de perderla al menos de un modo menos doloroso, al ver su esperanza burlada, empezaban á desfallecer; y para librarse de perecer en el agua, volvian á los buques que abandonaran por temor al incendio: al llegar junto á ellos, se abrazaban á un madero ardiendo, y por escapar á dos géneros de muertes, hallaban en ambos á un mismo tiempo el término de su existencia. Algunos, aterrados por las saetas ó las hachas que veian en torno suyo, se precipitaban en el mar, pero en vano; porque no tardaba en alcanzarles una piedra ó un venablo que impedia su fuga.

Pero será tal vez más útil y conveniente suspender mi canto, puesto que todavía lo escuchais con deleite, antes de que os llegue á causar fastidio ó hastío si lo prolongo demasiado.