CANTO XXXVIII.
Rugiero regresa á Arlés.—Marfisa y Bradamante se presentan á Carlomagno: la primera abraza la fé cristiana.—Astolfo se aleja de las regiones celestiales y devuelve la vista al Rey de Nubia. Despues entra con los suyos en el reino de Agramante.—Este monarca hace un pacto con el emperador Cárlos, mediante el cual confian á dos guerreros la decision de sus contiendas.
En vuestros ojos leo, ¡oh amables damas! que os dignais escuchar benévolas mis versos, el disgusto que os causa la nueva y repentina separacion de Rugiero y Bradamante; observo que sentís casi la misma pena que sintió esta última al ver alejarse al guerrero, y tal vez llegais á sospechar que en el corazon de este no debia arder con mucha intensidad la llama del amor. Tambien yo participaria de vuestra opinion, si la razon que tuvo para abandonar á su amada contra su expresa voluntad hubiera sido otra, aun cuando esperara alcanzar un tesoro mucho más valioso que los que Craso y Creso[138] poseyeron, pues un gozo tan puro, un contento tan inefable no puede comprarse con oro ni con plata; pero se trataba de salvar su honor, y en este caso, no tan solo es digno de disculpa, sino de elogios: portándose de otro modo, se habria hecho acreedor al mayor baldon é ignominia, y si Bradamante se hubiese empeñado en detenerle por más tiempo, habria dado pruebas evidentes de amarle poco ó de tener poco discernimiento; pues si bien es verdad que la mujer enamorada debe tener la vida del hombre á quien ama en tanta ó en más estima que la suya propia (me refiero á aquellas en cuyo corazon han penetrado profundamente las flechas del amor), tambien lo es que á la felicidad de verle, debe anteponer siempre el honor de su amante; el honor, más preciado que la misma vida, por más que prefiramos esta á todos cuantos placeres existen. Volviendo al lado de su soberano, hizo Rugiero lo que debia; porque no podia abandonar su servicio sin incurrir en una ignominiosa bajeza. Si Almonte habia hecho morir á su padre, Agramante era completamente ajeno á este crímen, aparte de que habia enmendado las faltas de sus ascendientes con las atenciones que de contínuo prodigó á Rugiero. El jóven guerrero cumplió, pues, con su deber yendo á reunirse con el monarca sarraceno, así como Bradamante cumplió con el suyo, no procurando detenerle á su lado, como hubiera podido, con sus insistentes ruegos. Tiempo vendrá en que á Rugiero le sea posible satisfacer los deseos de su amada y los suyos propios, si ahora no los ha atendido: pero el que empaña su honor, aunque no sea más que un momento, no puede borrar la mancha en él producida, aun cuando viva cien y cien años.
Rugiero volvió á Arlés, donde Agramante habia reunido las tropas que le quedaban. Mientras tanto Marfisa y Bradamante, que unidas casi por los vínculos del parentesco, habian contraido una estrecha amistad, llegaron al sitio en que Cárlos, apelando á todos los medios de que disponia, reunia un numeroso ejército, con la esperanza de terminar en una sola batalla ó en un asalto general aquella guerra, tan prolongada como enojosa. Bradamante fué conocida en cuanto se presentó en el campamento, y acogida con las mayores muestras de alegría y solicitud. Todos la saludaron y honraron á porfía, mostrándose ella á su vez afable y bondadosa con todo el mundo. Reinaldo corrió á su encuentro apenas tuvo noticia de su llegada; Riciardo, Riciardeto, sus demás parientes, todos, en fin, se apresuraron á felicitarla por su regreso.
No bien circuló la noticia de que su compañera era Marfisa, aquella guerrera tan famosa por sus hechos de armas y que tan preciados laureles habia conquistado desde el Catay hasta las fronteras de España, todos los guerreros, desde el más poderoso hasta el más humilde, salieron de sus tiendas: la multitud, deseosa de ver aquellas dos hermosas guerreras, acudia por todas partes á su paso, y se agolpaba, se empujaba y se oprimia en tropel en su afan por contemplarlas. Presentáronse á Carlomagno con gran reverencia. Segun dice Turpin, aquel fué el primer dia que se vió á Marfisa arrodillada; pues el hijo de Pepino le pareció el único mortal digno de semejante homenaje, entre cuantos reyes ó emperadores, así cristianos como sarracenos, eran celebrados por sus virtudes ó sus riquezas. Cárlos las acogió benignamente; salió á recibirlas fuera de su tienda, y quiso que se sentaran á su lado con preferencia á todos los reyes, príncipes y señores de su corte. Ordenóse á la multitud que se retirara, y en presencia de lo más selecto del séquito del Emperador, de los paladines y de los principales magnates, empezó Marfisa á hablar de esta suerte con halagüeña voz:
—Excelso, invicto y glorioso Augusto, que desde los mares de la India al Tirintio estrecho[139], y desde la nevada Escitia hasta la abrasada Etiopía haces respetar tu cándida cruz; ¡oh tú, el más sábio y justo de todos los reyes! sabe que vengo desde el más apartado confin de la Tierra, atraida por el rumor de tu fama ilustre, para la que no hay límite alguno. Hablándote con entera ingenuidad, te diré que únicamente la envidia me obligó á emprender tan largo viaje, y que solo he venido para luchar con tus guerreros, proponiéndome que no existiera en el mundo un rey tan poderoso cuya religion fuera opuesta á la mia. Por esta razon he enrojecido los campos con sangre cristiana, y estaba dispuesta á darte otras y más terribles pruebas de mi cruel enemistad, si no hubiera ocurrido una circunstancia que ha trocado en amistad mi ódio. Cuando pensaba causar mayores daños á tus huestes, supe (más adelante te diré cómo) que fué mi padre el bravo Rugiero de Ris, engañado y vendido traidoramente por su pérfido hermano. Mi madre me llevó en su seno á través de los mares, y dióme á luz en medio de la mayor miseria. Fuí criada por un mágico, hasta que una horda de árabes me arrebató de su lado, cuando apenas contaba siete años: mis raptores me vendieron en Persia como esclava á un rey, á quien dí muerte cuando llegué á la pubertad, por haber pretendido arrancarme mi virginidad. Exterminé con él á todos sus secuaces; arrojé del reino á su perversa estirpe, y me apoderé del trono. Fué tal mi buena estrella, que me hice dueña de siete reinos, á pesar de que mi edad no pasaba uno ó dos meses de los diez y ocho años. Envidiosa, como he dicho, de tu fama, formé el decidido empeño de debilitar el brillo de tu ínclito renombre: tal vez hubiera realizado mi propósito, ó quizás tambien me habria engañado. Pero habiendo sabido, despues de estar en Francia, que me unen á tí los lazos del parentesco, forzoso me ha sido domar mis insanos designios, y hacer que mi furor plegara sus alas. Así como mi padre fué tu pariente y servidor, tambien lo soy yo, por lo cual doy al olvido aquella envidia y aquel ódio protervo que un tiempo sentí contra tí, ó más bien lo reservo para hacerlo recaer sobre Agramante y sobre todos los parientes de su padre y su tio, que con tanta perfidia asesinaron á mis padres.
Marfisa continuó diciendo que queria abrazar la fé cristiana, y regresar despues de haber inmolado al rey Agramante, y con el beneplácito de Cárlos, á sus dominios de Oriente, con objeto de bautizar á sus súbditos y empuñar sus armas contra todas las naciones que adoraran á Mahoma y Trivigante, prometiendo que todas sus conquistas serian para el imperio y en beneficio de la religion de Cristo.
El Emperador, cuya elocuencia igualaba á su valor y sabiduría, prodigó mil elogios á Marfisa, así como á su padre y á todo su linaje: contestó con la mayor benignidad á cuanto habia dicho la guerrera, y concluyó declarando que la acogia gustoso, no solo como á pariente, sino como á su propia hija.
Al decir estas palabras, se levantó, abrazóla de nuevo y la besó en la frente en señal de adopcion. Todos los caballeros de las casas de Mongrana y Claramonte se adelantaron entonces á felicitar á Marfisa. Fuera prolijo referir las consideraciones que le prodigó Reinaldo, el cual habia tenido muchas veces ocasion de admirar sus proezas, cuando fué con los suyos á asediar á Albracca. No lo seria menos manifestar la alegría que al verla tuvieron Guido, Aquilante, Grifon y Sansoneto, que pelearon con ella en la ciudad de las mujeres homicidas, así como Malagigo, Viviano y Riciardeto, para quienes habia sido tan fiel é intrépida compañera, cuando los dos primeros escaparon de las manos de los pérfidos maguntinos y de los impíos moros españoles que iban á venderlos.
Dispúsose para el dia siguiente, cuidando el mismo Cárlos de todos los preparativos, un paraje lujosamente adornado, donde Marfisa recibiera el bautismo. El Emperador llamó á los obispos y á los doctores de la religion cristiana, encargándoles que instruyesen á la doncella en los misterios de nuestra Santa Fé. El arzobispo Turpin, revestido de pontifical, derramó sobre su cabeza las purificadoras aguas del bautismo, siendo Carlomagno su padrino en la sagrada ceremonia.
Pero ya es tiempo de llenar el cerebro vacío del insensato Orlando con el contenido de la botella, de que el duque Astolfo iba provisto al descender en el carro de Elias desde el cielo más bajo[140]. Al descender Astolfo de la luciente esfera, se posó en la montaña más alta de la Tierra, llevando el precioso frasco que debia sanar el juicio del valiente entre los valientes. San Juan indicó en aquella montaña al Duque de Inglaterra una yerba de propiedad maravillosa, con la cual quiso que frotara los ojos del rey de Nubia y le devolviera la vista, á fin de que dicho rey, en agradecimiento de este inmenso favor y de los ya recibidos, le proporcionara tropas suficientes para asaltar á Biserta. El santo anciano le enseñó despues punto por punto el medio de armar y disciplinar á aquellas tropas inexpertas, para que pudiera atravesar sin peligro los desiertos de arena que tan funestos eran á los hombres.
Montando de nuevo en el caballo alado que fué primero de Atlante y de Rugiero despues, dejó el Paladin aquellas regiones bienaventuradas, despidiéndose de San Juan, y siguiendo las orillas del Nilo, llegó en breve al país de los Nubios, y descendió en la capital, pasando en seguida á visitar á Senapo. Extraordinario fué el júbilo que causó al Rey su regreso, pues no habia podido olvidar el gran beneficio de que le era deudor por haberle librado de las molestas arpías; pero cuando Astolfo hizo desaparecer de sus ojos aquel espeso humor que le privaba de la luz, y le devolvió la vista, le adoró y reverenció como si fuera un dios, y no solo le proporcionó la gente que le pedia para llevar la guerra al reino de Biserta, sino que puso á sus órdenes cien mil hombres más, ofreciéndose tambien él á marchar con la expedicion. El ejército era tan numeroso, que apenas cabia en una llanura extensa; estaba formado exclusivamente de infantería, porque en aquel país hay mucha escasez de caballos, aunque los camellos y elefantes se encuentran en gran abundancia. Durante la noche que precedió al dia en que debia emprender la marcha el ejército de Nubia, montó el Paladin en su hipogrifo, se dirigió con raudo vuelo hácia el Mediodia hasta llegar al monte donde tiene su orígen el viento austral que sopla contra las Osas, y encontró la caverna, por cuya estrecha boca se escapa furioso aquel viento, siempre que se despierta. Siguiendo las órdenes de su maestro, habia llevado un odre vacío, que colocó tácita y cautelosamente en el respiradero del antro donde dormia fatigado el fiero Noto; el cual cayó tan bien en aquel lazo, para él desconocido, que cuando al dia siguiente quiso salir de la caverna, quedó cautivo y encadenado en el odre.
Contento el Paladin con tal presa, volvió á la Nubia, y en el mismo dia emprendió la marcha al frente de aquel ejército negro, seguido de un gran convoy de provisiones. El glorioso Duque llegó al pié del Atlas con toda felicidad y sin haber perdido un solo hombre; pues aunque tuvo necesidad de atravesar los desiertos de arena, no pudo molestarle el viento, puesto que lo llevaba aprisionado. Cuando hubo traspuesto la montaña, y llegado á un sitio desde el que se descubria una extensa llanura y las costas, eligió las tropas más escogidas y mejor disciplinadas de su ejército, y formando con ellas dos cuerpos, las colocó á uno y otro lado de la falda del monte. Dejándolas allí, subió á la cumbre, absorto al parecer en elevados pensamientos; y cayendo de rodillas, dirigió á su santo maestro una ferviente oracion, seguro de que sus ruegos serian atendidos; despues de lo cual se puso á arrojar á la llanura una gran cantidad de piedras.
¡Oh! ¡cuánto le es dado hacer al que deposita toda su confianza en Jesucristo! Aquellas piedras, al rodar por la montaña, iban creciendo de un modo sorprendente y extraordinario; formaban vientres, patas, cuellos y hocicos, y á medida que se alejaban de la cumbre, se las oia relinchar clara y distintamente: en cuanto llegaban á la llanura, sacudian las grupas, y quedaban convertidas en caballos bayos, castaños ó tordos. Los soldados que estaban apostados á la entrada del valle, se apoderaban inmediatamente de ellos; de suerte que en pocas horas estuvieron todos perfectamente montados, pues cada caballo habia aparecido con su silla y su freno correspondiente. Así fué como Astolfo en un dia convirtió á ochenta mil ciento dos infantes en otros tantos ginetes, con los cuales recorrió toda el África, talándolo é incendiándolo todo á su paso y haciendo innumerables prisioneros.
Agramante habia confiado la custodia del país, hasta su regreso, al rey Brancardo y á los de Fez y de los Algazeres, los cuales acudieron á oponerse á las correrías del Paladin; pero antes despacharon al Rey de África un mensajero embarcado en una nave lijera, con encargo de que hiciera fuerza de remo y velas, á fin de informar á Agramante de los ultrajes y daños que sufria su reino por parte del Rey de Nubia. El enviado navegó dia y noche sin descanso, hasta llegar á las costas de Provenza, donde encontró á su Rey cercado en Arlés por Carlomagno, que estaba acampado á una milla de distancia. Al tener noticia el monarca africano del peligro á que dejaba expuesto su reino por conquistar el de Pepino, reunió en un consejo general á los reyes y príncipes del pueblo sarraceno, y despues de fijar atentamente sus excrutadoras miradas en Marsilio y en Sobrino, los dos reyes más ancianos y prudentes de cuantos habian acudido á su llamamiento, se expresó en estos términos:
—Por más que esté convencido del mal efecto que produce el oir lamentarse á un general en jefe de su falta de prevision, no tendré reparo en confesar la mia, mucho más cuando mi sinceridad puede servir de legítima excusa á un error, orígen de males que no estaban al alcance de la inteligencia humana. Confieso, pues, ingénuamente que cometí un error al dejar el África indefensa sin prever que el ejército nubio podia invadirla. Pero ¿quién, sino Dios, único que conoce el porvenir, hubiera podido pensar que viniese á talar nuestros Estados el ejército de un país tan apartado del nuestro, y del que nos separan inmensos desiertos de movediza arena? Sin embargo, nada más cierto: aquella nacion enemiga ha puesto sitio á Biserta, despues de dejar el África despoblada en su mayor parte. Ahora bien: deseo saber vuestra opinion sobre tan importante asunto. ¿Debo alejarme de aquí sin recoger el fruto de nuestros trabajos, ó proseguir esta empresa hasta llevarnos á Cárlos prisionero? ¿Creeis que sea posible salvar mi trono de África y destruir el imperial á un tiempo mismo? Si alguno de vosotros lo cree así, le ruego que hable, á fin de adoptar el mejor partido, y ponerlo en ejecucion sobre la marcha.
Así dijo Agramante, y fijó su vista en el Rey de España, que estaba sentado junto á él, como si quisiera darle á entender que esperaba su respuesta á cuanto habia dicho. Marsilio dobló la rodilla, inclinó la cabeza en señal de reverencia, volvió á ocupar su elevado asiento, y pronunció estas palabras:
—Señor: la fama acostumbra exajerar todas las noticias que propaga, ya sean buenas ó malas Persuadido de esta verdad, jamás me abandono á la desesperacion ni redoblo mi audacia ó me entusiasmo más de lo que es debido, por malos ó buenos que sean los casos en que la fama me haya puesto: por el contrario, siempre temo ó espero que su importancia sea menor, y nunca creo que sucedan del modo cómo llegan á nuestros oidos á través de tantas bocas. Cuanta menos verosimilitud haya en lo que se nos anuncia, tanto mayor debe ser nuestra incredulidad. Ahora bien: ¿es siquiera presumible que un rey de tan apartada nacion haya sentado su planta en la belicosa África, seguido de un innumerable ejército y teniendo que atravesar las arenas por las que Cambises hizo marchar á su ejército con funesto presagio?[141] Más bien estoy dispuesto á creer que sean árabes bajados de las montañas, que se hayan puesto á talar y saquear el país, cometiendo algunas muertes aisladas y haciendo algunos cautivos, por haber encontrado poca ó ninguna resistencia, y que Branzardo, lugarteniente y virey de aquellos países, haya abultado los sucesos á fin de hacer más disculpable su falta de celo y actividad. Pero quiero conceder más: doy por supuesto que sean en efecto los nubios, milagrosamente llovidos del cielo, ó trasladados ocultamente entre las nubes, como lo hace creer el no haberles visto nunca por el camino. ¿Puedes recelar que una gente como esa saquee el África, aun cuando no envies tropas en su socorro? ¡Menguado por demás seria el valor de tus súbditos, si temieran á un pueblo tan pusilánime! Bastará que envies algunas naves, y que se vean los colores de tus banderas, para que esos insensatos, ya sean nubios ó árabes, á quienes la circunstancia de encontrarte aquí con nosotros, separado por el mar de tu reino, ha infundido el atrevimiento de declararte la guerra, huyan de nuevo á sus guaridas tan pronto como aquellas zarpen de estas costas. Aprovecha, pues, la ocasion que te ofrece para vengarte la ausencia del sobrino de Carlomagno. No estando Orlando aquí, ni un solo cristiano podrá resistir tu acometida. Mas si por negligencia ó imprevision dejas perder la honrosa victoria que te espera, puedes tener por cierto que la fortuna te volverá las espaldas, con gran vergüenza y eterno baldon para nosotros.
Con estas y otras razones se esforzaba el rey Marsilio en persuadir al Consejo que no salieran de Francia los sarracenos hasta arrojar á Carlomagno de sus estados. Pero el rey Sobrino, que conocia claramente la intencion del de España, y sabia que hablaba en pró de su interés personal y no en el de sus aliados, respondió así:
—¡Ojalá hubiera sido un falso adivino, cuando te aconsejaba, Señor, que no rompieras la paz! ¡Ojalá hubieras creido á tu fiel Sobrino, ya que mis presentimientos no me engañaban, en vez de escuchar al soberbio Rodomonte, á Marbalusto, á Alzirdo y á Martasino, á los cuales quisiera tener ahora frente á frente, pero en especial al primero, para recordarle su presuntuosa promesa de romper la Francia cual si de frágil vidrio fuera, y de seguir al Cielo ó al Infierno tus banderas, ó más bien, la de abrirles el camino de la victoria. Y ahora, ¿qué es lo que hace? En el momento en que más necesaria es su ayuda, se entrega á un ócio indigno y despreciable, mientras yo, que fuí entonces tachado de cobarde por predecirte la verdad, no te he abandonado un momento, como no te abandonaré hasta perder esta vida, que, aunque agobiada por el peso de los años, arriesgaré uno y otro dia en tu favor, combatiendo contra todo el que de francés lleve el nombre. Ninguno, sea quien fuere, se atreverá á decir que he cometido una sola accion villana: antes bien, muchos que se han jactado más que yo, no han hecho más ni siquiera tanto como tu leal Sobrino. Hablo de este modo para demostrar que lo que dije entonces, y lo que voy á decirte, no debe atribuirse á perfidia ni á cobardía, sino que es fruto de una verdadera amistad y de una sincera adhesion.
»Yo te aconsejo que vuelvas á los estados de tu padre sin demora alguna, pues el que pierde lo propio por conquistar lo ajeno no da pruebas de tener el juicio sano. Si esto puede llamarse conquista, harto lo sabes. Treinta y dos reyes feudatarios tuyos salimos contigo de las costas africanas: si intentas ahora contarlos, los verás reducidos á una tercera parte: los demás han perecido. Plegue al Dios Todopoderoso que no caigan más; porque si intentas proseguir la guerra, mucho temo que no quede la cuarta ni siquiera la quinta parte, y que tu pueblo sea exterminado completamente. Es indudable que la ausencia de Orlando redunda en beneficio nuestro; porque, si él estuviera con los suyos, tal vez no quedáramos los pocos que aun vivimos; pero esta circunstancia no aleja de nosotros el peligro, por más que prolongue nuestra triste suerte. Acaso ¿no está contra nosotros Reinaldo, cuyas hazañas le colocan á tanta altura como á su primo? ¿No tenemos que combatir contra todos sus parientes y contra los paladines, terror eterno de nuestros soldados? ¿No cuentan con el apoyo de ese segundo Marte (y advierte que alabo á mis enemigos bien á pesar mio), con el valeroso esfuerzo de Brandimarte, tan intrépido como Orlando, y cuya pujanza he tenido ocasion de esperimentar en parte, y en parte la he conocido á costa de otros? Muchos dias hace que ha desaparecido Orlando, y sin embargo, hemos perdido más de lo que hemos ganado.
»Y si hasta aquí llevamos la peor parte, temo que en adelante nuestros reveses sean mayores. Mandricardo ha perecido; Gradasso nos ha privado de su auxilio; Marfisa nos ha abandonado en la ocasion más crítica, y lo mismo ha hecho el Rey de Argel, del cual puedo decir que si fuese tan leal como valiente, poco nos importaria la pérdida de Gradasso ó de Mandricardo. Mientras nos hemos quedado sin auxiliares tan poderosos, y los nuestros han perecido á millares, y nuestras provincias, haciendo el último esfuerzo, nos han enviado todos sus guerreros y no esperamos ya naves con refuerzos, han venido á colocarse bajo las banderas de Cárlos cuatro campeones, tenidos, y con razon, por tan valientes como Orlando ó Reinaldo; pues desde aquí hasta Batrun[142], con dificultad se encontrarán otros cuatro que se les igualen. Ignoro si sabeis quiénes sean Guido el Salvage, Sansoneto y los hijos de Olivero; en cuanto á mí, me inspiran más admiracion y más recelo que todos los príncipes y caballeros que de Alemania ó de otro cualquier país extranjero han venido á militar á las órdenes del Emperador en contra nuestra. Por lo mismo, no creo que estemos en el caso de tener en poco los refuerzos que llegan sucesivamente al campamento cristiano.
»Cuantas veces salgas al campo, otras tantas llevarás la peor parte ó serás derrotado. Si África y España tuvieron con frecuencia que ceder cuando eran diez y seis contra ocho, ¿qué sucederá despues que la Italia y la Alemania se han unido con la Francia y el ejército anglo-escocés, y cuando tengamos que pelear seis contra doce? ¿Qué otra cosa podemos esperar sino baldon y daño? Si pretendes continuar obstinado esta empresa, perderás al mismo tiempo tus soldados aquí, y allá tu corona; pero si te decides á regresar, salvarás nuestros intereses y tambien tu trono. Comprendo que seria una cosa indigna de tí abandonar á Marsilio, y que si tal hicieras todos te calificarian de ingrato; pero queda un remedio: ajusta la paz con Cárlos, cosa que debe agradarle, si á tí te agrada. Si te avergüenzas de pedir la paz, tú que has sido el primero en recibir la ofensa, y no desistes de combatir, á pesar del resultado que estás viendo, procura á lo menos quedar vencedor; lo cual podrá suceder, si me das crédito, si confias á uno de tus caballeros el cuidado de dirimir tus querellas, y si el elegido es Rugiero. Bien sabes, como yo, que nuestro Rugiero con las armas en la mano vale tanto como Reinaldo ú Orlando ó cualquier otro caballero cristiano; pero si te empeñas en dar una batalla general, por más que el valor de ese jóven sea sobrehumano, él no será nunca más que uno solo, al paso que tus enemigos serán muchos. Mi opinion es la de que envies á decir al Rey cristiano, si así te parece, que para terminar de una vez la guerra, y con objeto de que cese el derramamiento de sangre de uno y otro ejército, le propones un combate entre el más valeroso de sus caballeros y uno de los tuyos, y que reasuman ambos en sí toda la guerra, hasta que el uno venza y el otro sucumba; pero con la condicion de que el rey del vencido haya de ser tributario del rey del vencedor. No creo que Cárlos rechace esta condicion, aun cuando conozca la ventaja. Fio tanto en el vigoroso denuedo de Rugiero que espero que salga vencedor; y como por otra parte nos asiste la razon, estoy seguro de que vencerá, aunque tuviese que pelear con el mismo Marte.»
Con estas y otras razones no menos eficaces, logró Sobrino que se adoptara su parecer, nombrándose acto contínuo los intérpretes, que pasaron en el mismo dia á llevar á Cárlos la embajada. El Emperador, que contaba con tantos guerreros intrépidos, dió por suya la victoria, y nombró para llevar á cabo aquella empresa al paladin Reinaldo, en quien, despues de Orlando, tenia mayor confianza. Uno y otro ejército acogieron con júbilo este acuerdo, pues ambos estaban ya cansados y pesarosos de una guerra que fatigaba á la vez su cuerpo y su espíritu. Cada cual se habia propuesto pasar en el reposo el resto de sus dias, y cada cual maldecia interiormente la ira y el furor que tantas riñas y contiendas habian suscitado.
Reinaldo, que se veia tan enaltecido por la preferencia con que el monarca cristiano le habia honrado sobre todos los demás campeones, se aprestó gozoso al combate: tenia en poco á Rugiero, y estaba persuadido de que no podria resistirle, ni siquiera hacerle frente, por más que hubiera dado muerte á Mandricardo en el palenque. En cuanto á Rugiero, si bien le envanecia el honor de haber sido elegido por su rey para tan importante empresa como el mejor de todos los guerreros mahometanos, se mostraba triste y apenado, no por efecto del temor; pues ni retrocederia ante Reinaldo, ni ante él y Orlando reunidos, sino por la idea de que su adversario era hermano de su adorada y fiel prometida, la cual le dirigia en sus cartas contínuas quejas, mostrándose cada vez más contrariada y resentida. Pensaba, y con razon, que si á las anteriores ofensas añadia la de salir á combatir y tal vez á matar á su hermano, el amor que por él sentia hasta entonces se convertiria en un ódio tan violento, que con dificultad podria aplacarle. Mientras Rugiero se lamentaba á sus solas por verse obligado á sostener muy á pesar suyo aquella lucha, su amada derramaba copiosas lágrimas por haber llegado á las pocas horas tan funesta nueva á sus oidos. Golpeábase el pecho, mesaba sus dorados cabellos, heria sus inocentes y llorosas mejillas, y acusando al destino de cruel, llamaba á Rugiero ingrato y despiadado. Cualquiera que fuese el resultado del combate, no podria menos de ser terriblemente doloroso para ella. Se le partia el corazon solamente al pensar que Rugiero pudiera sucumbir en la contienda; pero si el Dios de los cristianos, haciéndoles sentir el peso de su enojo, permitia que la Francia fuese vencida y humillada, resultaria para Bradamante un daño más transcendental y lamentable; porque no solo perderia á su hermano, sino que le seria ya de todo punto imposible, á no ser que arrostrara la vergüenza, el baldon y la enemistad de todos los suyos, reunirse á su prometido esposo tan públicamente como deseaba, y tal como se habia propuesto muchas veces, pensando en ello dia y noche: aunque por otra parte, los lazos de amor y los juramentos que unian á los dos amantes eran tan terminantes y formales, que no habia medio de retractarse ó arrepentirse.
En medio de su desesperacion, acudió á socorrerla aquella que jamás la abandonaba en la adversidad: me refiero á la mágica Melisa, que no pudo menos de estremecerse al oir los lamentos y sollozos de Bradamante. Se esforzó en consolarla, y le ofreció que en la ocasion oportuna pondria remedio á sus cuitas, é impediria aquella lucha futura, causa de su llanto y de sus desvelos.
Entre tanto Reinaldo y Rugiero aprestaban sus armas para el combate: concedióse la eleccion de estas al campeon del Romano imperio, y Reinaldo, que desde la pérdida de Bayardo no habia vuelto á montar á caballo, quiso que la pelea fuese á pié, y que sus armas consistiesen en coraza, cota de malla, hacha y puñal. Ya fuera efecto de la casualidad, ó consejo de su cauto y perspicaz Malagigo, el cual sabia que para los tajos de Balisarda no servian de nada las armaduras, convinieron los dos guerreros, como he dicho, en que no harian uso de la espada. En cuanto al sitio del combate, lo señalaron en una gran llanura próxima á los antiguos muros de Arlés.
Apenas salió la vigilante Aurora del palacio de Titon para dar principio al dia prefijado y anunciar la hora designada para el combate, cuando se adelantaron los heraldos de uno y otro campo, y levantaron pabellones en los extremos del palenque, cerca de los cuales establecieron dos altares. Al poco rato se vió salir, escuadron por escuadron, al ejército pagano, y en medio de él al Rey de África cubierto con una magnífica armadura, y rodeado de toda la pompa y suntuosidad orientales. A su lado cabalgaba Rugiero sobre un caballo bayo, de negras crines, frente blanca y patas traseras de igual color: el arrogante Marsilio no se desdeñaba de servir de escudero al jóven campeon, llevando el casco que Rugiero ganara poco antes con tanto trabajo al Rey de Tartaria, aquel casco, inmortalizado ya por otros versos, y que mil años antes habia usado el troyano Héctor. Otros príncipes y señores de la corte se habian repartido las restantes armas, incrustadas de piedras preciosas y admirablemente cinceladas de oro.
Carlomagno salió casi al mismo tiempo de sus atrincheramientos con sus tropas cuidadosamente formadas en órden de batalla. Rodeábanle sus famosos Pares; y junto á él marchaba Reinaldo, cubierto con todas sus armas, menos el yelmo que fué de Mambrino, confiado á la sazon á Ogiero el dinamarqués, uno de los paladines. Llevaban las dos hachas de armas, una el duque Namo, y otra, Salamon, rey de Bretaña.
Cárlos reunió á todos los suyos á un lado del palenque: los moros africanos y españoles se formaron al otro lado. Entre uno y otro ejército quedaba un gran espacio vacío: cualquiera que se atreviese á entrar en él, seria castigado con la muerte, segun mútuo acuerdo de los dos monarcas. Despues de conceder la segunda eleccion de armas al campeon del ejército pagano, se adelantaron dos sacerdotes de una y otra religion con un libro en la mano: en el del uno estaba escrita la perfecta vida de Jesucristo; en el del otro el Coran: el emperador acompañaba al sacerdote del Evangelio, y Agramante acompañaba al otro.
Acercóse Cárlos al altar levantado por los suyos, y elevando las manos al cielo, exclamó:
—¡Oh Dios eterno, que quisiste morir por redimir nuestras almas! ¡Oh Vírgen sacratísima, cuya virtud fué tan grata al Supremo Hacedor, que Dios tomó en tus entrañas la forma humana, y le llevaste nueve meses en tu santo seno, conservando siempre tu inmaculada pureza! Sed testigos de que prometo, si sucumbe mi campeon en la pelea, que yo y todos mis sucesores pagaremos al rey Agramante, ó á quien le suceda en el gobierno de sus estados, veinte cargas anuales de oro puro, y prometo tambien empezar la tregua, que se convertirá en paz perpétua: si falto á mi promesa, inflámese en el acto vuestra formidable cólera, y caiga sobre mi cabeza y la de mis hijos, de modo que se comprenda desde luego que la hemos merecido por no haber cumplido nuestra palabra: solo os suplico que mi pueblo se libre de vuestro justo castigo.
Mientras Cárlos hablaba así, tenia la mano puesta sobre el Evangelio y los ojos fijos en el cielo.
Aproximóse entonces Agramante al altar que los paganos habian adornado espléndidamente, y juró que regresaria al África con todo su ejército, y pagaria á Cárlos un tributo igual, si Rugiero quedaba vencido aquel dia, añadiendo que desde luego existiria entre ellos una tregua con las condiciones enunciadas antes por el Emperador. Imitando á este, puso por testigo á Mahoma, con la mano colocada sobre el libro que le presentaba su sacerdote, de que prometia observar fielmente cuanto habia ofrecido. Los dos monarcas se separaron en seguida con presteza, volviendo cada cual á ponerse al frente de sus tropas. Adelantáronse acto contínuo entrambos campeones, para prestar su respectivo juramento. Rugiero prometió que, si su rey le ordenaba por sí mismo ó por cualquier otro conducto la suspension del combate, abandonaria su servicio y pasaria á militar á las órdenes del Emperador. Reinaldo juró á su vez que, si Carlomagno era causa de que se interrumpiera el combate, mientras no quedara vencido ninguno de los dos campeones, se uniria al ejército de Agramante.
Una vez terminadas las ceremonias preliminares, pasó cada cual al lado de los suyos, y á los pocos momentos dieron los clarines la señal del combate. Los animosos guerreros salieron á encontrarse con paso lento y estudiado. Inmediatamente empezó el ataque, y se oyó resonar el ruido de las armas, que esgrimian con sin igual presteza. Con el hacha ó con el puñal se descargaban furiosos golpes en la cabeza y en las piernas con tal destreza y agilidad, que solo viéndolo podia creerse. Rugiero, que combatia contra el hermano de la que poseia su destrozado corazon, procuraba herirle con tal miramiento, que le creyeron menos valiente que su adversario: más atento á la defensa que al ataque, él mismo no sabia lo que deseaba; pues al paso que le hubiera disgustado profundamente dar muerte á Reinaldo, no queria tampoco perder su vida.
Pero he llegado á un punto en que es preciso suspender este relato. En el canto siguiente oireis su conclusion, si quereis venir á escucharla.