CANTO XXXVII.
Atraidos Rugiero y las dos doncellas por los lamentos que se oian en el valle inmediato, encuentran á Ulania y sus compañeras á quienes Marganor habia cortado los vestidos.—Los dos amantes y Marfisa acometen al infame y vengan aquella afrenta.—Marfisa hace cambiar la ley que estaba establecida en el castillo de Marganor, y este perece á manos de Ulania.
Si así como las mujeres ponen noche y dia todo su cuidado y diligencia en obtener los dones que la Naturaleza no puede proporcionar sin el arte, y como han practicado con buen éxito las acciones más sublimes, se hubieran dedicado á aquellos estudios que inmortalizan las virtudes humanas, y hubiesen podido cantar por sí mismas sus propias alabanzas sin necesidad de mendigar el auxilio de los escritores, á quienes el despecho y la envidia corroe el corazon de tal modo, que ocultan con frecuencia el bien que de ellas pueden decir, y publican el mal por todos los medios que están á su alcance, tan enaltecido se veria su nombre, que tal vez llegaria á empañar la brillante fama de los varones más eminentes. No contentos muchos poetas, en especial los antiguos, con prodigarse mútuamente el incienso de la adulacion, estudian asíduamente el modo de poner en relieve todas las imperfecciones de la mujer, y para impedir que llegue á prevalecer sobre el hombre, se esfuerzan cuanto pueden en oscurecer su mérito, cual si el esplendor del sexo femenino pudiera amenguar el del nuestro, lo mismo que las nubes disminuyen la intensidad de los rayos del Sol. Pero jamás ha tenido bastante poder la lengua con sus discursos ni la mano con sus escritos, por más que hayan cifrado todos sus conatos en aumentar el mal y disminuir el bien, para destruir la gloria de la mujer hasta el extremo de no dejar alguna parte de ella, aun cuando desgraciadamente han logrado que no llegara ni con mucho á donde debiera.
Harpalice[118], Tomiris[119], las heroinas, que socorrieron á Turno y á Héctor[120], la princesa que, seguida de Tirios y Sidonios, atravesó los mares para establecerse en la Libia[121], Zenobia[122], la famosa reina que llevó sus armas victoriosas por la Asiria, la Persia y la India[123], y otras muchas, no fueron las únicas damas dignas de la inmortalidad por sus esclarecidos hechos de armas. Y no tan solo Roma y Grecia tuvieron el privilegio de dar al mundo mujeres fieles, castas, prudentes y esforzadas: todos los países de la Tierra las han producido, desde las márgenes del Indo hasta las playas de las Hespérides, donde el Sol recoje su cabellera; pero los escritores falsos, injustos y envidiosos de su tiempo apenas nos han dejado el recuerdo de una por cada mil. Continuad á pesar de esto vuestro camino, ¡oh mujeres amantes de la virtud! sin que os detenga el temor de no adquirir la honrosa fama que vuestras elevadas acciones merecen; pues así como no hay cosa buena que dure siempre, tampoco se perpetúan las malas, y si hasta ahora habeis carecido de escritores que enaltecieran vuestras sublimes virtudes, en la época actual contais con ellos. Hoy os dedican sus cantos Marullo, el Pontan, los dos Strozzi, padre é hijo; el Bembo, el Cappel, el que ha hecho adquirir á sus cortesanos el mismo gusto que siente por la poesía, Luis Aleman y esos dos príncipes, tan queridos de Marte como de las Musas y descendientes de los soberanos de la comarca que atraviesa el Mincio y está rodeada de anchurosos lagos. El amor, la fé y el invencible y esforzado ánimo que aun en presencia de los mayores peligros ha demostrado Isabel por uno de estos príncipes, han hecho que él os pertenezca más que á sí mismo, aun cuando ya era inclinado por instinto á honraros y reverenciaros, y á hacer resonar el Pindo y el Cinthio con vuestras alabanzas, elevándolas hasta el mismo Cielo: por esta razon se manifiesta incansable en celebraros en sus versos llenos de fuego, y por esta razon tambien está siempre dispuesto á tomar las armas para castigar á los que os ultrajen. No existe en el mundo un caballero más decidido que él á perder su vida en defensa de la virtud, y al mismo tiempo que con sus acciones da á los poetas inagotable materia para ensalzarle, eterniza la fama de los demás con sus escritos. Digno es por lo tanto de que el Cielo le concediera una esposa dotada de tan inestimables prendas como la que más de su sexo, una esposa de constancia inalterable, y que haya sido para él una verdadera columna, despreciando todos los reveses de la fortuna[124]. ¿Dónde se vieron nunca dos esposos más dignos el uno del otro? Coloca nuevos trofeos en la orilla del Oglio; pues entre el fragor de las armas, de los carros, de los incendios y de las olas ha escrito versos tan sonoros y melodiosos, que el cercano rio se manifiesta envidioso de su gloria.
Al par de ese ilustre príncipe, un Hércules Bentivoglio enaltece vuestras virtudes en agradables poesías; Renato Trivulcio, mi querido Guideto y Molza, favorito de Febo, segun vosotras mismas decís, os dedican tambien sus versos, lo mismo que Hércules, duque de los Carnutos é hijo de mi señor, el cual despliega sus alas, y cual canoro cisne se remonta cantando por los aires y llevando vuestro nombre hasta el cielo. El Marqués del Vasto, no contento con ofrecer, merced á sus prodigiosas hazañas, suficientes asuntos en que se inspiraran todos los antiguos poetas de Roma y Atenas, se ensaya asimismo en inmortalizaros con sus escritos. Y aparte de estos y de otros muchos que os han glorificado y os glorifican en sus canciones, vosotras tambien sabeis dejar eterno recuerdo de vuestras virtudes; pues abandonando por un momento la aguja y el hilo, habeis ido y vais aun en número considerable á extinguir con las Musas vuestra sed en la fuente de Aganipe[125], regresando de ella tan inspiradas, que más bien necesitamos los hombres de vuestros auxilios que vosotras de los nuestros. Si pretendiera recordar aquí los nombres de estas ilustres poetisas, y ocuparme de cada una de ellas en particular, ponderando cual merecen sus excelencias, me veria precisado á escribir más de un pliego y dedicar hoy mi trabajo exclusivamente á este asunto. Si me limito á pronunciar cinco ó seis nombres, podrán ofenderse ó enojarse con razon las que no cite. ¿Qué haré pues? ¿Las pasaré á todas en silencio, ó escogeré una sola entre tantas? Escogeré una sola; pero la elegida será tal, que su nombre hará enmudecer á la envidia, y nadie podrá llevar á mal que me calle con respecto á las demás y solo á ella la celebre. La dama á quien me refiero, no solo se ha hecho inmortal por ese estilo tan dulce cual no he oido otro alguno, sino que con sus palabras ó escritos podria muy bien sacar de la tumba á cualquier mortal, haciéndole vivir eternamente. Así como Febo derrama sobre su cándida hermana rayos más luminosos que sobre Venus y Maya[126] y cuantas estrellas giran con el cielo ó tienen movimiento propio, así tambien la facundia y la elocuencia inspiran á la dama de que os hablo más dulcemente que á todas las demás, y prestan tal vigor á sus altos y luminosos pensamientos, que engalana con un nuevo sol al cielo. Victoria es su nombre, perfectamente adecuado á la que ha nacido entre los triunfos y á la que siempre está rodeada de laureles y trofeos, y parece haber encadenado á la victoria. Semejante á la fiel Artemisa[127], que tan celebrada fué en la antigüedad por el recuerdo piadoso que dedicó á su Mausoleo, Victoria tiene sobre aquella reina la ventaja de que en vez de haber sepultado á su esposo, ha conseguido resucitarle en la memoria de los vivos, obra bastante más digna y meritoria. Si Laodamia[128], si la mujer de Bruto[129], si Arria[130], Argía[131], Evadne[132], y otras muchas merecieron alabanzas por haber querido seguir á sus maridos en el sepulcro, ¿cuántas mayores no deberán tributarse á Victoria por haber arrancado el nombre de su esposo á las aguas del Leteo y á las del rio que rodea nueve veces el tenebroso abismo, á pesar de las Parcas y de la Muerte? Si el héroe macedonio envidió al fiero Aquiles la sonora trompa meónica que celebró sus hazañas[133], ¿cuánta mayor envidia te tendria ¡oh invicto Francisco de Pescara! si hubiese vivido en esta época, al ver que la más casta de las esposas, tan adorada por tí, te tributa en sus versos el honor que se te debe, y que merced á ella resuena tu ilustre nombre por el universo hasta el extremo que pudieras desear? ¡Oh! Si quisiera consignar en el papel todo cuanto pudiera ó desearia decir de tí, ilustre Victoria, mi tarea seria por demás larga y prolija, aunque no tanto que no me quedara una gran parte por manifestar, y en el ínterin dejaria en suspenso la bella historia de Marfisa y sus compañeros, que os prometí continuar si acudíais á oir este canto. Ya que estais aquí para escucharme, y yo dispuesto á cumplir mi promesa, guardaré para mejor ocasion mi propósito de cantar las alabanzas de tan esclarecida dama, no por tener la pretension de que mis versos sean necesarios á quien bastan y sobran sus propias y dulcísimas rimas, sino por satisfacer mis deseos de honrarla y alabar su virtuoso corazon.
Concluyo, pues, adorables mujeres, afirmando que en todos los tiempos han existido muchas de vuestro sexo dignas de figurar en la Historia; pero cuyos nombres han quedado sepultados en el olvido por efecto de la envidia de los escritores, lo cual no sucederá ya en adelante pues, que vosotras mismas sabeis inmortalizar vuestras virtudes. Si las dos cuñadas hubieran sabido hacer otro tanto, hoy conoceríamos con mayor exactitud todas sus hazañas: me refiero á Bradamante y á Marfisa, cuyas ínclitas proezas procuro sacar á luz, aunque me esfuerzo en vano, pues solo he podido averiguar la décima parte de ellas: en cuanto á las que conozco, ya veis cuán voluntariamente las canto, no solo porque es un deber el descubrir toda heróica accion donde quiera que se halle oculta, sino tambien porque mi mayor anhelo es el de hacerme agradable á vuestros ojos, ¡oh encantadoras mujeres, á quienes amo y venero!
Como os decia, preparábase Rugiero á emprender su marcha, y se habia despedido ya de sus compañeras y sacado su espada del ciprés sin que el árbol se lo estorbara como anteriormente, cuando oyó gritos lastimeros y cercanos que llamaron poderosamente su atencion; y seguido de las dos jóvenes, se lanzó hácia el sitio de donde al parecer salian aquellos gemidos, con objeto de prestar el auxilio que el caso requiriese. Cuanto más avanzaba, más claras y distintas llegaban las quejas á sus oidos: una vez en el valle, vieron tres mujeres desconsoladas y llorosas y en una situacion algo extraña; pues una mano atrevida y criminal les habia cortado las faldas de sus vestidos hasta el ombligo, y no sabiendo cómo ocultar su desnudez, se mantenian sentadas sin atreverse á levantarse. Así como aquel hijo de Vulcano que salió del polvo sin auxilio de madre alguna, y fué despues confiado por Palas á los cuidados de la curiosa Aglaura, ocultaba la deformidad de sus piés permaneciendo constantemente sentado en el carro, del que fué inventor[134], del mismo modo ocultaban aquellas tres jóvenes las cosas que debian tener secretas, permaneciendo sentadas en el suelo.
Aquel espectáculo increible y deshonesto hizo que en los rostros de las dos magnánimas guerreras apareciera el color que suele tener en la Primavera la rosa de los jardines de Pesto. Bradamante contempló con alguna atencion á aquellas jóvenes y conoció en una de ellas á Ulania, la embajadora que habia venido á Francia desde la isla Perdida; y conoció tambien á las otras dos jóvenes por haberlas visto en otra ocasion acompañando á la primera. Se dirigió, sin embargo, á la embajadora, y le preguntó qué mano impía y menospreciadora de toda ley y toda costumbre habia podido descubrir á los ojos de los demás los secretos que la misma Naturaleza al parecer se esfuerza en encubrir. Ulania que conoció al instante, por sus armas y por su voz, á la guerrera que pocos dias atrás habia derribado de la silla á tres campeones, le refirió que los moradores de un castillo próximo, gente perversa y despiadada, además de inferirles la afrenta de cortarles los vestidos, las habian azotado y causado otros daños: añadió que ignoraba lo que habia sido del escudo de oro, y de los tres reyes que la venian acompañando á través de tantos países, cuya suerte desconocia por completo; y terminó diciendo que se dirigia por aquel camino, no obstante lo mucho que le pesaba caminar á pié, para denunciar tal ultraje á Carlomagno, con la esperanza de que no lo dejaria impune.
Al llegar al valle vieron tres damas con los vestidos cortados.
(Canto XXXVII.)
Esta narracion, y la vista de aquella grave injuria, excitó la indignacion de Rugiero y de las dos guerreras, cuyos corazones eran tan compasivos como fuertes y valientes; y olvidando sus propios asuntos, y sin aguardar siquiera á que la afligida Ulania les rogara que tomasen á su cargo su venganza, emprendieron inmediatamente el camino del inhospitalario castillo. Pero antes se quitaron de comun acuerdo las sobrevestas con las cuales pudieron cubrir la desnudez de aquellas desdichadas: Bradamante no quiso tolerar que Ulania siguiera caminando á pié, y la hizo montar á la grupa de su caballo, y Rugiero y Marfisa hicieron lo mismo con las otras dos jóvenes.
La embajadora indicó á Bradamante la via que más directamente conducia al castillo, y en cambio la hija de Amon procuró consolarla, asegurándole que castigaria al que la habia ofendido. Salieron del valle, y empezaron á subir una montaña por un sendero largo y tortuoso: el Sol se habia ocultado ya tras los mares, y nuestros caminantes no se habian concedido aun el menor reposo, cuando en la empinada cumbre de un monte de difícil acceso vieron una pequeña aldea, en donde hallaron el mejor albergue y cena que era compatible con las condiciones de aquel lugar. Examinaron atentamente cuanto les rodeaba, y observaron que por todas partes habia mujeres, ya viejas, ya jóvenes, pero no vieron el rostro de un solo hombre. No fué tan grande el asombro de Jason y de los argonautas que con él iban, al ver que en toda la extension de la isla de Lemnos no existian siquiera dos varones, por haber dado muerte las mujeres de la misma á sus esposos, padres, hijos y hermanos[135], como el que experimentaron en aquella aldea Rugiero y sus compañeras.
Bradamante y Marfisa hicieron que se proporcionasen á Ulania y á las doncellas de su servidumbre tres vestidos, si no tan lujosos como los que llevaban, á lo menos completos. Rugiero llamó á una de las mujeres que habitaban allí, y le manifestó sus deseos de saber dónde estaban los hombres de aquella tierra, puesto que no veia ninguno. La interrogada satisfizo su curiosidad de esta manera:
—Lo que tal vez es para vos un motivo de asombro, es una pena aguda é intolerable para nosotras, que vivimos en la soledad más triste; y como si sus rigores no fueran ya bastantes, nuestros padres, esposos é hijos, á quienes tanto amamos, se hallan muy lejos de nosotras, condenados á una triste separacion por un dueño tan tirano como cruel. Este bárbaro señor nos ha relegado á los confines de sus tierras, donde hemos nacido, y que apenas distan dos leguas de aquí, despues de habernos hecho sufrir mil dolorosas injurias, amenazando con la muerte y los suplicios más terribles á nuestros parientes y á nosotras mismas, si ellos se atreven á venir á nuestro lado, ó si llega á su noticia que nosotras nos permitimos recibirles. Hasta tal extremo nos ódia, que no tolera nuestra proximidad á él, ni que se nos reuna alguno de los nuestros, como si le emponzoñara el olor del sexo femenino. Dos veces se han despojado los árboles de su verde cabellera, y otras dos se han engalanado con ella, desde que ese infame señor se entrega impunemente á su furor sombrío: sus vasallos le temen como á la misma muerte; porque á su mal corazon ha añadido la naturaleza un vigor sobrenatural. Su cuerpo, de estatura gigantesca, está dotado de más fuerza que cien hombres juntos: y su crueldad no se limita á nosotras, que somos sus vasallas, sino que se ensaña doblemente con las extranjeras. Si apreciais vuestro honor y el de esas tres damas que os acompañan, os será mucho más útil, bueno y seguro no pasar adelante y seguir otro camino; pues este conduce al castillo del hombre de que os hablo, en donde os será forzoso someteros á la infame ley que ha establecido, con daño y vergüenza de las damas y caballeros que pasan por su territorio. Marganor el felon (así se llama el señor, el tirano de aquel castillo) supera en crueldad al mismo Neron y á cuantos se hayan hecho famosos por sus iniquidades: su deseo de saciarse con sangre humana, y en especial con la de las mujeres, es mayor que el del lobo ansioso de beber la sangre del cordero; y cuantas damas llegan, por su mala estrella, á su castillo, son arrojadas de él, despues de haber tenido que soportar la afrenta más vergonzosa.
Rugiero y sus compañeras manifestaron deseos de conocer la causa de aquel ódio implacable, y suplicaron á su huéspeda que les hiciera la merced de continuar, ó más bien de relatarles la historia por completo.
—«El señor del Castillo, dijo la aldeana, fué siempre de instintos crueles, inhumanos y feroces; pero durante algun tiempo supo ocultarlos tan bien, que nadie los pudo adivinar. Mientras vivieron sus dos hijos, cuya índole era muy distinta de la de su padre, pues acogian benignamente á los extranjeros, y en su corazon no tenia entrada la crueldad ni demás villanas inclinaciones, florecian en aquella mansion la hidalguía, las suaves costumbres y las acciones honrosas. Su padre, á pesar de su avaricia, jamás quiso privarles de cuanto les era grato. Los caballeros y las damas que pasaban por este camino, recibian tan halagüeña hospitalidad, que se alejaban prendados de la amabilidad y galantería de los dos hermanos. Ambos habian recibido al mismo tiempo las sagradas órdenes de caballería, y ambos eran gallardos, ardorosos y de régio continente: llamábase el uno Cilandro, y Tanacro el otro. Por sus hechos merecian toda clase de elogios y distinciones, como los hubieran seguido mereciendo sin duda, á no haberse dejado dominar por ese deseo que llamamos amor, por culpa del cual se apartaron del camino recto y se intrincaron en el laberinto del error, mancillando de un golpe la honrosa conducta de su vida entera.
»Llegó cierto dia al castillo de Marganor un caballero de la corte del Emperador de Oriente con una dama de recatado porte, y tan bella como pudiera anhelar el más exigente deseo. Cilandro se apasionó de ella hasta tal punto, que temió morir, si no alcanzaba su posesion: le parecia que, al alejarse aquella dama, se iria con ella su existencia. Conociendo que por medio de los ruegos no conseguiria nada, se decidió á hacerla suya por la fuerza. Armóse, y se emboscó á corta distancia del castillo, por donde debian pasar al partir: su acostumbrada audacia y el fuego que ardia en su corazon no le dieron tiempo para reflexionar en lo que iba á hacer; así fué que en cuanto divisó al caballero, salió á atacarle frente á frente. Creia poder vencerle al primer encuentro y alcanzar de un solo golpe la victoria y la conquista de la dama; pero el caballero, que era más diestro en el manejo de las armas, le hizo pedazos la coraza, cual si fuera de vidrio. No tardó Marganor en saber la triste nueva, y ordenó que trasladaran á su hijo en un féretro al castillo: al contemplarle muerto, prorumpió en acerbo llanto, é hizo que enterraran el cadáver en el sepulcro de sus antepasados.
»Esta desgracia no influyó para nada en la hospitalidad que se concedia á los caballeros y damas transeuntes; porque Tanacro no era menos galante ni menos gentil que su hermano. En el mismo año llegó de lejanas tierras un magnate con su esposa; él maravillosamente apuesto; ella tan donosa y bella cuanto es presumible, y digna de todo encomio, lo mismo por su belleza, que por su honestidad y su esforzado ánimo. Aquel caballero descendia de una estirpe ilustre y generosa; era tan valiente como el guerrero de mayor fama, y bien necesitaba reunir tan envidiables dotes quien poseia el amor de una dama de tan excelentes y valiosas prendas. Olindro de Longueville era el nombre del guerrero: Drusila el de su esposa. Tanacro sintió por ella una pasion tan violenta como la que concibiera su hermano por la dama, causa de su desastrosa muerte. Lo mismo que él, buscó todos los pretextos imaginables para violar la sagrada y santa hospitalidad, antes que resignarse á sufrir la muerte que indudablemente le ocasionarian sus irresistibles deseos; pero recordando el triste ejemplo de su hermano, víctima de su poco meditada resolucion, se propuso robar á la dama de modo que Olindro no pudiera vengar su deshonra. Pronto se extinguió en él aquel virtuoso y digno proceder que guiaba todos sus pasos, y pronto tambien se vió envuelto en las cenagosas aguas del vicio, en cuyo fondo habia permanecido constantemente su padre. Durante la noche reunió sigilosamente veinte hombres armados, y se emboscó con ellos en cierta gruta que habia en el camino del castillo y algo apartada de él. Apenas se presentó Olindro al dia siguiente, le cerraron el paso, le cortaron la retirada por todas partes, y á pesar de su heróica y tenaz resistencia, perdió la vida y la mujer á un tiempo mismo.
»Muerto Olindro, Tanacro se llevó cautiva á la hermosa dama, cuya desesperacion era tal, que se negaba resueltamente á vivir y pedia por favor que le arrancasen la existencia.
»Decidida á no sobrevivir á su esposo, se arrojó al fondo de un precipicio; mas no pudo conseguir su intento, aun cuando quedó herida en la cabeza y lastimosamente magullada. Tanacro la hizo conducir al castillo en unas parihuelas: mandó que se la asistiera cuidadosamente, pues no queria perder tan codiciada presa, y en tanto que se acercaba su restablecimiento, lo iba preparando todo para celebrar la boda, resuelto como estaba á ofrecer el título de esposa á una tan bella y honesta dama.
»En esto se cifraban los pensamientos, los deseos, los cuidados y las conversaciones todas de Tanacro. Conociendo que la habia ofendido, confesaba su culpa y hacia cuanto le era posible por enmendarla; pero todo en vano: cuanto mayor era su cariño y más se esforzaba en demostrárselo, mayor era y más intenso el ódio que Drusila le tenia, y más firme su resolucion de vengarse de él matándole; pero este ódio no la cegaba hasta el punto de desconocer que, si queria ver logrado su propósito, le era fuerza disimular, apelar á la astucia, hacer ver á Tanacro lo contrario de lo que sentia, y fingir haber olvidado su primer amor, aceptando el que el asesino de su esposo le ofrecia. Su rostro afectaba una completa calma, pero en su corazon hervia el deseo de venganza, único que la animaba. Muchos planes formó: adoptó unos, desechó otros y aplazó algunos. Por último, juzgó que realizaria mejor su intento, sacrificando ella misma su existencia; porque ¿qué suerte más venturosa podria apetecer que la de perder su vida por vengar á su adorado esposo? Mostróse, pues, sumamente gozosa, fingiéndose impaciente por efectuar el matrimonio proyectado: lejos de manifestar repugnancia, procuraba allanar cuantos obstáculos podian demorarle, y hasta se adornaba y engalanaba con cierta coquetería, ni más ni menos que si hubiera entregado á su Olindro al más completo olvido. Sin embargo, una condicion impuso: la de que las bodas se celebrasen al uso de su país. Nada menos cierto que la costumbre que, segun indicó, existia en su patria; pero no ocurriéndosele otro medio de matar á Tanacro, imaginó un pretexto engañoso para conseguir el buen éxito de su plan. Esta costumbre era la siguiente: La que vuelve á contraer matrimonio, antes de unirse á su nuevo esposo, debe aplacar los manes del difunto á quien ofende, haciendo celebrar misas y honras, en remision de sus pasadas culpas, en el templo en que descansan los restos de su primer esposo; y una vez terminado el sacrificio, recibe el anillo nupcial de mano de su nuevo cónyuge; pero en el intermedio, el sacerdote que celebra la ceremonia ha de pronunciar algunas oraciones apropiadas al caso sobre el vino preparado á tal efecto; y despues de bendecirlo y escanciarlo en una copa, lo ha de presentar á la esposa, que debe ser la primera en beber, pasándolo despues al esposo.
»Tanacro, á quien importaba muy poco que se hicieran las bodas como ella deseaba, dijo:—«Con tal de acelerar el término venturoso de nuestra union, consiento gustoso en cuanto quieras.»—El insensato no podia sospechar que Drusila procuraba vengar por este medio la muerte de Olindro, y que entregada á sus ideas de venganza, no hallaba cabida en su mente otro pensamiento.
»Acompañaba á Drusila una anciana, que habia sido aprisionada al mismo tiempo que ella: llamóla y le dijo recatadamente á fin de que nadie pudiera enterarse:—«Prepárame un tósigo rápido y violento, de esos que sabes componer, y tráemelo en un pomo; pues he hallado el medio de quitar la vida al infame hijo de Marganor, y el de que ambas huyamos de este castillo, medio que te explicaré cuando estemos más despacio.»—La anciana salió, preparó el veneno, lo puso en un pomo y volvió al palacio. Drusila vertió en un frasco de dulce vino de Candía aquel jugo emponzoñado, y lo guardó para el dia de las bodas, que estaba ya próximo.
»Vestida lujosamente y engalanada con ricas joyas, se dirigió al templo el dia designado: siguiendo sus órdenes, se habia colocado sobre dos columnas el ataud de Olindro. Inmediatamente se cantó un solemne oficio con asistencia de una concurrencia numerosa. Marganor, más alegre que de costumbre, formaba parte de ella, colocado al lado de su hijo y rodeado de sus amigos. En cuanto terminaron las fúnebres exequias, el sacerdote bendijo el vino con el tósigo que contenia, y lo echó en una copa de oro, tal como Drusila habia dicho. Esta bebió cuanto era compatible con su decoro y podia surtir el efecto deseado, y ofreció en seguida la copa con rostro sereno á su nuevo esposo, el cual apuró su contenido. Apenas Tanacro devolvió la copa al sacerdote, abrió los brazos para estrechar entre ellos á Drusila; pero esta, abandonando entonces su fingida dulzura y su apacible aspecto, le rechazó violentamente, prohibiéndole que pusiera en ella sus manos. Inflamados los ojos y el rostro por su furor, oculto por tanto tiempo, esclamó con voz terrible y desentonada:
—»¡Traidor, apártate de mí! ¿Cómo has podido imaginar que te concediera momentos de júbilo y placer en cambio de las lágrimas, de las penas y martirios que me has ocasionado? Mi propósito ha sido otro: el de que murieras á mis manos; porque has de saber que ese licor que acabas de beber era un veneno. Lo que me pesa es que hayas tenido un verdugo demasiado honroso para lo que tú mereces, y que tu muerte sea tan rápida y fácil; pues tu delito es tan grande, que no sé dónde pudiera hallar manos y penas bastante afrentosas para castigarlo. Duéleme tambien no haber podido proporcionarte una muerte comparable á mi sacrificio; pues si me hubiera sido dable matarte á medida de mi deseo, mi venganza seria completa. ¡Perdóneme mi dulce esposo, si no lo he hecho así, y ojalá acepte mi buena voluntad; bien ve que, si no he podido hacerte morir como hubiera deseado, he empleado á lo menos cuantos medios han estado á mi alcance! Pero me consuela la esperanza de ver sufrir á tu alma en el otro mundo el castigo que en este no he logrado imponerte segun mis deseos; y entonces, ¡con cuánto gozo presenciaré tu tormento!»
»Despues añadió con alegre rostro y elevando al Cielo sus ojos empañados por la proximidad de la muerte:
—»¡Acepta benigno, Olindro mio, esta víctima que te ofrece tu esposa en venganza de tu muerte, é impetra del Eterno la gracia de que me permita estar hoy contigo en el Paraiso! Si te dice que no pasa á vuestro reino ningun alma que no haya contraido algun mérito especial, dile que me he hecho acreedora á tal merced, ofreciéndole en su santo templo los ópimos despojos de este mónstruo perverso y detestable, y que no hay obra más meritoria que la de purgar la Tierra de seres tan abominables é impíos.»
«Al decir estas palabras apagóse su voz y su vida al mismo tiempo: aun despues de muerta, parecia brillar en su rostro la alegría de haberse vengado del cruel que la privara de su esposo. No sé si Tanacro exhaló su postrimer aliento antes ó despues que ella; aunque sospecho que fué antes, por cuanto los efectos debieron ser más rápidos en él en atencion á que habia bebido mayor cantidad. Marganor, que vió caer á su hijo moribundo, y le contempló despues sin vida entre sus brazos, estuvo próximo á expirar del inmenso dolor que laceró su corazon. ¡Tenia dos hijos, y á la sazon le rodeaba la más espantosa soledad! Dos mujeres les condujeron á tan triste fin: la muerte del primero habia sido causada por apoderarse de la una: la otra se la habia dado al segundo por su propia mano. El amor, la compasion, el enojo, el dolor, la ira, el desesperado deseo de muerte y de venganza producian una violenta tempestad en el corazon del desgraciado y solitario padre, que se estremecia como las furiosas olas agitadas por el viento. Fuera de sí, se arrojó sobre Drusila sin tener en cuenta que era un cadáver yerto; y arrebatado por la cólera, empezó á ultrajar aquel cuerpo inanimado. Cual la serpiente que en vano muerde el hierro que la tiene clavada en la arena, ó como el mastin que corre tras el guijarro que le arroja el viandante, y mordiéndole inútilmente con rabia, se resiste á alejarse sin venganza, así Marganor, más irritado que todas las serpientes y los mastines juntos, procuraba saciar su furor en el exánime cuerpo de Drusila; pero viendo que los destrozos que en él ocasionaba no podian mitigar su vengativa saña, acometió á las mujeres que habia en el templo, sin respetar á unas más que á otras, y desnudando cruel é impío el acero, hizo con nosotras lo mismo que el labrador hace en la yerba con su hoz. Nada pudo detenerle, y en un momento mató á treinta é hirió á más de ciento. Marganor era y es tan temido de sus vasallos, que ninguno se atrevia á afrontar su cólera: así es que mujeres, grandes y pequeños, todos huyeron de la iglesia, considerándose dichoso el que lograba escapar.
«Los amigos de Marganor lograron al fin con sus súplicas y sus esfuerzos contener su furor insensato, y le hicieron entrar en su castillo, situado en la cima de un peñasco, mientras en el valle quedaba el pueblo poseido de la mayor consternacion. Duraba aun su rabia contra nosotras, pero como sus amigos y sus vasallos le rogaban que no nos inmolase, determinó espulsarnos á todas, y aquel mismo dia hizo publicar un bando previniéndonos que abandonásemos el país y pasáramos á habitar los confines de sus dominios. ¡Desgraciada de la que en adelante intentara aproximarse al castillo! De este modo fueron separadas las mujeres de sus maridos; las madres de sus hijos; y si algunos son tan atrevidos que se arriesguen á venir á vernos, deben procurar que no lo sepa quien pueda avisar á Marganor; pues ha castigado con gravísimas multas á muchos de los que han infringido sus órdenes, y á otros muchos les ha hecho perecer cruelmente.
«Además de ésta, ha establecido en su castillo otra ley, la más inícua de que pueda haber noticia. Toda mujer á quien se encuentre en el valle (y esto acontece algunas veces), debe ser azotada con mimbres y arrojada ignominiosamente del país; pero antes han de cortársele los vestidos, obligándola á ir enseñando lo que la naturaleza y la honestidad ordenan que se oculte. Las que llegan acompañadas por caballeros perecen irremisiblemente, porque el tirano las conduce como víctimas propiciatorias al panteon donde yacen sus hijos, y las degüella por su propia mano sobre sus tumbas. Los caballeros son despojados vergonzosamente de sus armas y corceles, y sepultados en un lóbrego calabozo. Tanto de dia como de noche tiene mil soldados á sus órdenes: así es que siempre está en disposicion de cumplir tan impía costumbre. Pero aun hay más: si por ventura deja á algun caballero en libertad, le obliga á jurar préviamente sobre la hostia consagrada que tendrá un ódio implacable al sexo femenino mientras dure su vida. Si no os importa perder á esas damas, y perderos vosotros con ellas, id enhorabuena á ver los muros en que se guarece el felon, y entonces sabreis cuál es mayor, si su fuerza ó su crueldad.»
Este relato excitó en un principio la compasion de las guerreras; pero luego sintieron tal indignacion, que si así como era de noche hubiera sido de dia, habrian corrido al castillo, sin detenerlas consideracion alguna. Pernoctaron, pues, en aquella aldea, y en cuanto la Aurora apareció indicando á las estrellas que debian ceder su puesto al Sol, tomaron las armas y montaron á caballo. En el momento en que iban á emprender la marcha, oyeron resonar á sus espaldas un prolongado rumor de pisadas de caballos, que les obligó á dirigir sus miradas hácia el fondo del valle, y vieron á la distancia de un tiro de piedra un grupo como de veinte hombres armados, unos á caballo y otros á pié, que se adelantaban por un estrecho sendero conduciendo sobre un corcel á una mujer, cuyo rostro indicaba su mucha edad, á la que llevaban del mismo modo que si fuera un delincuente condenado á las llamas, al cepo ó á la horca. A pesar de la distancia, todos conocieron á aquella mujer por su aspecto y por su traje, y segun dijeron las de la aldea, era la camarera de Drusila; la misma que, segun he dicho, fué aprisionada con la desgraciada dama por el infame Tanacro, y á quien esta confió el encargo de que le compusiera el veneno, tan cruel en sus efectos. Sospechando lo que iba á suceder, no quiso entrar en el templo con las demás mujeres, sino que, aprovechando la ocasion en que se celebraba el matrimonio, salió de la ciudad, y fué á refugiarse donde creyó estar con toda seguridad. Algunos espías dijeron despues á Marganor que se habia retirado á Austria, y desde entonces el vengativo señor empleó todos los medios imaginables para apoderarse de ella, con objeto de quemarla viva ó empalarla.
Sus regalos y promesas sedujeron á un baron austriaco, en quien pudo más la avaricia que el honor; el cual entregó á Marganor aquella anciana, á pesar de haberle asegurado que nadie la molestaria en su país. La envió hasta Constanza, atada sobre una acémila, como si fuera un fardo de mercancías, y encerrada en una caja, con objeto de impedir que hablara con sus conductores: obedeciendo estos las órdenes de un hombre tan despiadado como Marganor, se la llevaban para que desahogara en ella su desenfrenada rabia.
Así como el gran rio que nace en Vésulo[136], cuanto más avanza y más se dirije hácia el mar, recibiendo en su curso las aguas del Lambra, del Tesino, del Adda y de otros muchos afluentes, tanto más crece en caudal é impetuosidad, así tambien Rugiero y las dos guerreras sentian aumentar su ódio y enojo contra Marganor á medida que iban teniendo noticia de sus contínuas crueldades. Bradamante y Marfisa ardian en tanta cólera y tal ira contra el felon por sus incesantes delitos que determinaron castigarle, á pesar del crecido número de sus satélites; pero les pareció que una muerte rápida seria una pena harto dulce é indigna de tantos crímenes, y por lo tanto resolvieron hacerle sufrir un suplicio prolongado y doloroso. Sin embargo, se propusieron salvar á la anciana antes de que aquellos esbirros la condujeran á la muerte. Con la brida y el acicate excitaron de tal modo el ardor de sus corceles, que en breve alcanzaron á los soldados de Marganor. Jamás tuvieron que resistir los acometidos un choque tan impetuoso y violento, y huyeron atemorizados, abandonando sus armas, sus escudos y hasta la prisionera: así como el lobo que se dirije hácia su cueva llevando la presa codiciada entre sus dientes, al ver que el cazador y sus perros le cierran el paso cuando más seguro se creia, abandona su carga, y huye presuroso por donde conoce que los matorrales son más espesos, así los acometidos fueron tan prestos en huir como sus acometedores en atacarles. No solo abandonaron su prisionera y sus armas, sino tambien una porcion de caballos, y corrieron á ocultarse en los torrentes y en las grutas, creyendo que huirian mejor cuanto más desembarazados estuviesen.
Rugiero y las dos jóvenes se alegraron sobremanera de aquella dispersion, que les proporcionaba tres caballos para las tres damas, á quienes el dia anterior habian tenido que llevar á la grupa de los suyos. Libres ya de aquel cuidado, siguieron su camino hácia la infame é inhospitalaria ciudad, haciendo que la anciana les acompañara para que fuese testigo de su modo de vengar á Drusila: la vieja, temerosa de que el éxito no correspondiera á sus esperanzas, se resistió cuanto pudo, prorumpiendo en gritos, lamentos y chillidos; pero Rugiero la colocó por fuerza á la grupa de Frontino, que partió en seguida á galope.
Llegaron por fin á un valle, donde vieron un pueblo bastante grande y accesible por todos lados, pues no estaba rodeado de muros ni de fosos. En medio de él se levantaba una empinada roca, y sobre esta una elevada fortaleza. Sabiendo que era el castillo de Marganor, se encaminaron hácia él con gran decision. Apenas llegaron al pueblo, algunos soldados que estaban de guardia en la entrada, cerraron una barrera que los tres guerreros acababan de atravesar, mientras que otros acudian á interceptarles todas las salidas: á los pocos momentos se presentó Marganor, acompañado de algunos de los suyos á pié y á caballo, todos completamente armados; y con frases breves, pero arrogantes, intimó á los recien llegados que observaran la impía costumbre establecida en sus dominios.
Marfisa, que habia concertado de antemano con Rugiero y Bradamante el modo cómo habian de obrar, en vez de contestar á Marganor, lanzó su caballo contra él; y desdeñando servirse de la espada ó de la lanza, pues solo confiaba en su vigor y en su esforzado ánimo, le descargó en el yelmo tan terrible puñetazo, que le hizo caer sin sentido sobre la silla del caballo. Bradamante se precipitó al mismo tiempo que Marfisa sobre sus adversarios; y Rugiero, imitando á las dos guerreras, empuñó su lanza, y sin quitársela del ristre, atravesó con ella seis hombres; uno herido en el vientre, dos en el pecho, otro en el cuello, otro en la cabeza, y al sexto que huia le entró el agudo hierro por la espalda, y le salió por el pecho, quedando rota el asta. La hija de Amon iba derribando á cuantos tocaba con su lanza de oro, cuyos efectos eran tan terribles como los de un rayo abrasador desprendido del Cielo, que arrolla, destroza y anonada cuanto encuentra á su paso.
Mientras tanto Marfisa habia amarrado fuertemente á Marganor con los brazos á la espalda, abandonándolo á la merced de la anciana camarera de Drusila, que se mostró sumamente alborozada con tal presa. Los vencedores trataron despues de incendiar el pueblo, á no ser que sus habitantes prometieran enmendar su falta, aboliendo la impía ley de Marganor y aceptando la que ellos se propusieron á su vez establecer. Poco trabajo les costó obtener su asentimiento; porque aquella gente, además de temer que Marfisa hiciera mucho más de lo que decia (y lo que la guerrera pretendia, era nada menos que incendiar el pueblo y exterminar á todos sus habitantes), odiaba profundamente á Marganor y su cruel y fementida costumbre; pero le obedecia resignada, imitando la conducta de muchos, que prestan mayor obediencia y sumision al que más ódian: por otra parte, vivian en una desconfianza perpétua unos de otros, y como nadie se atrevia á manifestar en alta voz sus deseos, toleraban que Marganor desterrara á este, diera muerte á aquel, se apoderara de los bienes de uno, y deshonrara á otro. Mas si su corazon permanecia callado en la Tierra, las quejas secretas que de su fondo salian se elevaban hasta el Cielo, implorando la venganza del Eterno y de los santos; la cual, si bien es lenta en llegar, compensa despues su tardanza con la intensidad del castigo. Ebrio entonces el pueblo de furor y ódio, procuró vengarse del tirano llenándole de improperios y de golpes, y realizando el proverbio que dice, que del árbol caido todos hacen leña.
Sirva Marganor de saludable ejemplo á los que reinan; porque quien mal anda, mal acaba. Chicos y grandes, todos se complacian en presenciar el castigo de sus nefandos pecados. Muchos de los que lloraban la pérdida de sus esposas, sus hermanas, sus hijas ó sus madres, corrian á darle muerte, sin cuidarse de ocultar la intencion que los guiaba. Rugiero y las dos magnánimas guerreras le arrancaron con sumo trabajo de las manos del pueblo irritado, porque su intencion era la de hacerle perecer de hambre, de angustia y de dolor. Entregáronlo desnudo á aquella vieja que sentia hácia él todo el ódio de que es susceptible el corazon de una mujer, y tan fuertemente atado, que no podria romper sus ligaduras á pesar de todos sus esfuerzos: la anciana, dando inmediato principio á su venganza, empezó á pincharle el cuerpo con un penetrante aguijon que le proporcionó un campesino, espectador de aquellos sucesos. Por su parte, la embajadora de Islandia y sus dos doncellas, que no podian olvidar la vergonzosa afrenta recibida, no quisieron permanecer inmóviles, y se precipitaron sobre él con un encarnizamiento semejante al de la vieja; pero aquel género de venganza no satisfacia por completo sus deseos, y aun cuando le herian á pedradas, le arañaban, le mordian y le clavaban agujas, no veian satisfecha su rencorosa saña. Así como el torrente que, hinchado por las lluvias ó por el deshielo, emprende una marcha destructora, y precipitándose desde las montañas, va arrastrando en su impetuoso curso los árboles, los peñascos, las cosechas y las casas, pero inclinando al fin su orgullosa frente, se debilita tanto, que una mujer, un niño, lo pueden atravesar por todas partes, y muchas veces á pié enjuto; así tambien Marganor, cuyo solo nombre habia hecho temblar hasta entonces á cuantos lo oian, una vez abatida su soberbia arrogancia, quedó reducido al extremo de que hasta los muchachos se burlaban de él, y se atrevian á arrancarle las barbas y los cabellos.
Rugiero y sus jóvenes compañeras subieron en seguida al castillo, situado en la cima del peñasco. Penetraron en él sin que opusieran la menor resistencia los que le custodiaban, y permitieron que el pueblo se apoderara de una parte de los ricos arneses que en él habia, entregando la otra á Ulania y á sus ultrajadas doncellas. Recobraron el escudo de oro, y pusieron en libertad á los tres reyes aprisionados por el tirano, los cuales, al dirigirse al castillo, iban á pié y desarmados, como creo haberos dicho; pues desde el dia en que Bradamante los venció, habian caminado constantemente á pié y sin armas, en compañía de la dama que desde tan apartadas regiones se dirigiera á Francia. No sé si fué una felicidad ó una desgracia para Ulania el que los tres reyes carecieran de armas; hubiera sido lo primero, porque llevándolas habrian podido defenderla; pero si hubiesen quedado vencidos en la demanda, su derrota habria causado la muerte de la embajadora; pues Marganor, llevándola al panteon en que yacian los dos hermanos, como solia llevar á cuantas damas iban protegidas por caballeros armados, la hubiera ofrecido en sacrificio á los manes de sus hijos. Preferible fué por lo tanto verse obligadas á enseñar lo que el pudor manda tener oculto, antes que arrostrar la muerte; además de que su oprobio quedaba disminuido en gran parte por la circunstancia de haber tenido que ceder á la fuerza.
Antes de alejarse las guerreras, exigieron á los habitantes el juramento de que los maridos confiarian á las mujeres el gobierno del país y de todo en general, diciéndoles que seria castigado con las penas más severas el que se atreviese á infringir esta disposicion. En una palabra, los hombres deberian ceder á las mujeres todas las prerogativas de que en otras partes disfrutaba el sexo viril. Despues les hicieron prometer que no darian hospitalidad, ni permitirian que traspasasen el umbral de una sola casa cuantos transitaran por aquel país, fuesen nobles ó plebeyos, si no juraban por Dios y por los Santos, ó por aquello que más pudiera obligarles, que serian siempre leales defensores de las mujeres y enemigos de sus enemigos, y que si tarde ó temprano estaban dispuestos á casarse, obedecerian sumisos los menores caprichos de sus mujeres, á las cuales deberian permanecer enteramente sujetos. Marfisa les anunció que volveria por allí antes de que terminara el año y de que los árboles perdieran sus hojas, y les amenazó con saquear y quemar el pueblo como no encontrase puesta en vigor aquella costumbre.
No quisieron ausentarse de allí sin sacar antes el cadáver de Drusila del sitio inmundo en que yacia, depositándolo juntamente con el de su esposo en un sepulcro que hicieron construir lo más ricamente que fué posible. La vieja no cesaba de acribillar el cuerpo de Marganor con su inseparable aguijon, y se lamentaba de que su edad no le permitiera continuar sin descanso en semejante tarea.
Las animosas guerreras vieron una columna erigida en la plaza del pueblo, al lado del templo, en cuya columna habia hecho inscribir el impío Marganor su ley insensata y cruel: en ella colocaron, á guisa de trofeo, el escudo, la coraza y el yelmo del tirano, y debajo de este trofeo hicieron grabar la ley cuya observancia previnieron á su vez, no habiendo consentido Marfisa en alejarse hasta ver terminada esta inscripcion, totalmente contraria á la anterior que ordenaba la muerte y la deshonra de toda mujer.
Rugiero, Bradamante y Marfisa se separaron allí de la embajadora de Islandia, la cual no quiso seguirles, con objeto de arreglarse otros nuevos vestidos; pues no creia decoroso presentarse en la corte de Carlomagno si no iba tan suntuosamente engalanada como de costumbre. Quedóse, pues, Ulania, conservando á Marganor en su poder; pero temerosa de que pudiera escaparse, y á fin de evitar en lo sucesivo que llegara á ultrajar á otras damas, le hizo arrojar desde lo alto de una torre. Este fué el mejor salto que dió en toda su vida.
Pero dejemos ya de hablar de Ulania y de sus compañeras, y volvamos á los viajeros que se dirigian á Arlés. Caminaron todo aquel dia y el siguiente hasta la hora de tercia[137], y cuando llegaron á un sitio en que el camino se dividia en dos, conduciendo el uno al campamento francés y yendo á terminar el otro al pié de las murallas de Arlés, volvieron los amantes á abrazarse y á repetir su dura y triste despedida. Por último, las doncellas se alejaron en direccion del campamento, Rugiero en la de Arlés, y yo pongo aquí fin á mi canto.