CANTO XXXVI.

Mientras Bradamante hace sentir á Marfisa todo el peso de su furor, los ejércitos cristiano y sarraceno vienen á las manos.—Rugiero y Bradamante se aprestan despues á combatir, pero les interrumpe Marfisa, que pelea de nuevo con la guerrera cristiana; conociendo luego que Rugiero es su hermano, olvida todas sus querellas para entregarse á la más viva alegría.

Todo caballero dotado de gentileza y cortesanía ha de demostrarse forzosamente gentil y cortés en todas partes, y no puede menos de ser así, porque á nadie le es dado alterar el carácter que han formado su naturaleza y sus costumbres. Del mismo modo, todo caballero de alma vil ha de darse á conocer por sus bajezas; pues sus instintos le inclinan al mal, y los hábitos contraidos difícilmente se modifican. Muchos ejemplos de cortesanía y gentileza nos han legado los guerreros antiguos: los modernos nos ofrecen muy pocos; pero en cambio, presenciamos y tenemos noticia diariamente de las acciones más villanas. Como prueba de ello citaré, ilustre Hipólito, aquella guerra en que adornásteis nuestros templos con las banderas cogidas á los enemigos y trajísteis á las costas de nuestra patria sus galeras cargadas de rico botin[114]. Entonces se cometieron los excesos más crueles é inhumanos de que hayan dado ejemplo los tártaros, los turcos ó los moros, aunque no los llevaron á cabo los venecianos, modelo siempre de justicia, sino sus impíos soldados mercenarios. No me refiero precisamente á los numerosos incendios que devoraron nuestras ciudades y nuestros amenos campos, por más que aquella fuera una venganza indigna, especialmente tratándose de vos que, siendo aliado del César cuando este tenia asediada á Padua, impedísteis más de una vez que se prendiera fuego á las ciudades y apagásteis más de un incendio despues de haber estallado en los templos y en las aldeas, obedeciendo tan solo á los generosos impulsos de la magnanimidad innata en vos. No me refiero á estos ni á otros hechos, no menos atroces y crueles; sino á lo que es capaz de arrancar lágrimas de las mismas peñas, siempre que de ello se trate. Aquel dia, Señor, en que enviásteis á vuestros servidores en persecucion de los enemigos que, abandonando sus buques, se habian retirado á una fortaleza, merced á importunos auxilios, ví á un Hércules y á un Alejandro[115] arrastrados por el mismo ardor que animó á Héctor y Eneas cuando se precipitaron en las olas para incendiar las naves griegas; los cuales, espoleando sus corceles, hostilizaron al enemigo en sus reductos, y tan adelante les llevó su audacia, que el segundo volvió con mucho trabajo, pero el primero quedó allí.

Salvóse el Ferruffino; mas el Cantelmo fué hecho prisionero. ¡Oh desgraciado Duque de Sora! ¡Cuál debió ser tu dolor y tu cólera al ver á tu hijo rodeado de mil aceros, conducido á una nave, despojado de su yelmo y decapitado! No me habria sorprendido que tan terrible espectáculo fuera capaz de darte la muerte lo mismo que el hierro á tu hijo.

Y tú, cruel esclavon, ¿dónde has aprendido las leyes de la guerra? ¿En qué region de la bárbara Escitia has oido decir que deba inmolarse al que, despues de hecho prisionero, rinde las armas y renuncia á defenderse? ¿Y has podido darle muerte tan solo porque defendia á su patria? ¡Oh siglo cruel! ¡Qué mal hace el Sol en iluminarte con sus resplandores, cuándo tanto abundan en tí los Tiestes, los Tántalos y los Atridas! Cortaste la cabeza, bárbaro inhumano, al jóven más valeroso que existia de un polo al otro polo y desde las apartadas regiones de la India hasta aquellas en que el Sol se oculta: su gentileza y juvenil edad hubieran movido á compasion á un Antropófago, á un Polifemo, pero no á tí, que fuiste más perverso é implacable que cualquier cíclope ó lestrigon. No creo que se halle un ejemplo semejante entre los guerreros antiguos, que cifraron todos sus conatos en dejar memoria de magnanimidad y de hidalguía, y eran humanos despues de la victoria. Bradamante no solo no trataba con rigor á los que arrancaba de la silla tocándolos con su lanza, sino que llevaba su galantería hasta el extremo de sujetar sus caballos mientras volvian á montar.

Os dije, hablando de esta jóven valerosa y bella, que habia vencido á Serpentino de la Estrella, Grandonio de Volterna y Ferragús, y que despues les ayudó á montar á caballo: dije tambien que el tercero de estos habia ido á participar á Rugiero el reto que le dirigia la doncella, en quien todos creian ver un caballero. Rugiero aceptó gozoso el desafío, y mandó que le trajeran sus armas. Mientras se las estaba poniendo en presencia del Rey, volvieron los cortesanos á hacer conjeturas sobre quién podria ser aquel guerrero incomparable que sabia dar tan soberbios botes de lanza, y preguntaron á Ferragús si lo conocia, puesto que habia hablado con él. El interpelado respondió:

—Tened por cierto que no es ninguno de los que habeis nombrado. Al ver su rostro, me pareció que era el hermano más jóven de Reinaldo: pero despues de haber experimentado su indomable valor, estoy seguro de que Riciardeto no puede igualársele. Más bien estoy dispuesto á creer que sea una hermana suya que, segun noticias, se le parece mucho, y goza la fama de igualar en fuerza y destreza á Reinaldo y á todos los paladines franceses. Pero despues de lo que he visto hoy, la creo superior á su hermano y á su primo.

Cuando Rugiero oyó estas palabras, sintió que su corazon se estremecia; tiñóse su rostro de ese rojo color que la aurora esparce por los aires, y quedó turbado é indeciso. Estimulado, al escuchar aquella noticia, por su siempre abierta y amorosa herida, sintió que se deslizaba por sus venas un fuego abrasador al mismo tiempo que circulaba por sus huesos un frio glacial, producido por el temor de que algun nuevo enojo pudiera haber extinguido el grande amor que Bradamante le dedicaba. En esta incertidumbre no sabia si salir al encuentro de su amada ó permanecer quieto en la ciudad.

Encontrándose allí Marfisa, que tenia grandes deseos de tomar parte en aquella lucha, y estaba cubierta con sus armas de las que rara vez se desprendia así de dia como de noche, apenas vió que Rugiero se armaba, pensó que perderia la ocasion de alcanzar la palma del triunfo, si dejaba que el guerrero saliera antes que ella; por lo cual se le adelantó, confiada en la victoria. Montó á caballo, y salió á escape al sitio donde la hija de Amon, palpitante de impaciencia, estaba esperando á Rugiero, deseosa de retenerlo cautivo, y pensando cómo dirigiria su lanza contra él de modo que menos daño le hiciera. Marfisa apareció fuera de las puertas de la ciudad, llevando en la cimera de su casco un fénix, emblema que lo mismo podia indicar su orgullosa presuncion de ser la única en el mundo en fortaleza, como su honesto propósito de permanecer siempre vírgen. Bradamante la miró con atencion, y viendo que no era Rugiero, le preguntó su nombre, y supo que tenia ante sí á la que le arrebataba su amor, ó mejor dicho, á la que creia su rival, á la que tanto ódio é ira le habia inspirado, á la que seria en fin causa de su muerte, si no tomaba una inmediata venganza de las lágrimas que por su causa derramaba.

Revolvió su corcel y se precipitó sobre Marfisa, no ya con la intencion de derribarla, sino con la de atravesarla de parte á parte con su lanza, y librarse así de sus crueles sospechas. Fuerza le fué á Marfisa medir el duro suelo al primer bote: esta afrenta, que no estaba acostumbrada á recibir, le causó tanta cólera, que estuvo á punto de volverse loca de furor. Apenas se vió en el suelo, sacó la espada, ardiendo en deseos de vengarse de su caida. No menos furiosa la hija de Amon, exclamó:

—¿Qué intentas? ¡No sabes que eres mi prisionera? Si me he mostrado cortés y generosa con los demás, no quiero ser lo mismo contigo, Marfisa, y estoy resuelta á castigar tus instintos villanos y orgullosos.

Estas palabras hicieron estremecerse á Marfisa como un escollo azotado por un viento impetuoso. Quiso contestar, pero el furor embargaba su voz hasta el extremo de que solo pudo articular un rugido. Empezó á esgrimir su espada en todas direcciones, amenazando con ella lo mismo á Bradamante que á su corcel; pero la guerrera cristiana le revolvia con destreza, y lograba esquivar los golpes de su enemiga. Enfurecida en extremo, arremetió á su vez lanza en ristre contra Marfisa, y apenas la tocó, cuando la hizo rodar por el polvo. Levantóse Marfisa nuevamente y continuó descargando cuchilladas sobre su adversaria, la cual le asestó un tercer bote que produjo el mismo efecto que los otros. Aun cuando Bradamante era esforzada, no habria triunfado con tanta facilidad de Marfisa, que no la cedia en valor y denuedo, á no ser por la lanza encantada.

Entre tanto, algunos guerreros del ejército cristiano, que estaba acampado á cosa de milla y media de distancia, se habian ido aproximando al campo en que tenia lugar la lucha, con objeto de admirar la bizarría del caballero cristiano, en quien veian á uno de los suyos, aunque ignoraban quién fuese. Al observar el generoso hijo de Trojano la proximidad de tales guerreros, no quiso encontrarse desprevenido; y á fin de evitar cualquier sorpresa peligrosa, ordenó que una buena parte de sus tropas tomara las armas y se formara fuera de las murallas. Rugiero, á quien el ardor de Marfisa le privó de pelear, salió con dichas tropas. El enamorado jóven estaba contemplando la lucha, lleno de temor y de inquietud por su amada; pues harto conocia el valor de Marfisa. Lleno de temor, como digo, las vió dirigirse una contra otra; pero al observar que Bradamante derribaba á su rival, quedó maravillado y estupefacto: al reparar despues en que la lucha de ambas guerreras no terminaba al primer encuentro, como las anteriores, sintió su corazon profundamente contrariado y temeroso de alguna desgracia. Hacia votos por la dicha y el bien de ambas doncellas; pues amaba á las dos, aunque el afecto que por ellas sentia era muy diferente: Bradamante le inspiraba un amor ardiente y frenético; Marfisa, benevolencia más bien que amor. De buen grado habria interrumpido aquella lucha, si hubiese podido dejar á ambas en buen lugar; pero los guerreros que con él estaban se le adelantaron, interponiéndose entre las dos guerreras, para impedir que venciera el campeon cristiano, el cual llevaba la mejor parte en la pelea. Avanzaron á su vez los caballeros cristianos, y se empeñó al instante un terrible combate, oyéndose resonar por todas partes el grito de «¡A las armas!» cosa que sucedia casi todos los dias. «¡A caballo! ¡Pronto, á armarse! ¡Agrúpese cada cual en derredor de su bandera!» decia con claro y belicoso sonido más de un clarin, recorriendo el campamento, y así como estos llamaban á los ginetes, los tímpanos y los atabales llamaban á los infantes.

Pronto se generalizó la pelea, que fué horrorosa y sangrienta. La valerosa doncella de Dordoña, sumamente encolerizada por no haber podido inmolar á Marfisa aquel dia en que tanto lo deseaba, empezó á recorrer el campo de batalla en todas direcciones, con la esperanza de encontrar á Rugiero, por quien suspiraba sin cesar. Por fin le conoció en el águila de plata que sobre fondo azul llevaba en su escudo, y se detuvo para contemplar con los ojos y la imaginacion aquel pecho, aquellos hombros, aquella agradable apostura y aquella gracia que embellecia todos los movimientos de su amante; pero recordando despues con gran despecho que otra mujer reinaba en su corazon, exclamó poseida de cólera:

—¿Con que otra, y no yo, ha de besar esos hermosos lábios? ¡Ah! no, no; es imposible que ames á otra, Rugiero; de nadie has de ser, sino mio. Antes que verme obligada á morir de rabia, has de perecer á mis manos; pues si te pierdo en este mundo, por lo menos el Infierno me devolverá tu alma, y estarás á mi lado eternamente. Ya que me haces expirar de dolor, justo es que me concedas el dulce consuelo de la venganza; porque, segun todas las leyes, el que da á otro la muerte debe perecer. A pesar de esto, nuestro suplicio nunca será igual; pues tú morirás con justo motivo, al paso que yo muero sin razon. Al arrancarte la vida, haré morir ¡ay de mí! al que desea mi muerte; pero tú, cruel, sacrificas á la que te ama y adora!... Mas ¿por qué vacila mi mano en desgarrar con su acero el corazon de mi enemigo que tantas y tantas veces me ha herido de muerte, confiado en la impunidad que Amor le daba, y ahora presencia, frio é indiferente, mi agonía, sin conmoverle mi dolor profundo? ¡Despierta denodado, ánimo mio, y venga con la muerte de ese infame las mil y mil que me ha hecho sufrir!

Al decir esto, precipitóse sobre Rugiero; pero antes le gritó:

—Defiéndete, pérfido. ¡Si mi brazo secunda á mi furor, no lograrás pisotear los ópimos despojos del corazon altivo de una doncella!

Cuando Rugiero oyó estas palabras, creyó conocer la voz de su amada, como así era; pues la tenia tan impresa en la memoria, que la hubiera distinguido entre mil. Harto comprendió que en aquellas palabras iba envuelta una amarga reconvencion por no haber cumplido la promesa que á Bradamante hiciera, y deseoso, por lo mismo, de justificarse, le indicó con un ademan que deseaba hablarle; pero la jóven, arrastrada por su dolor y por su ira, se dirigia hácia él con la visera calada, con intencion de ponerle tal vez donde no hubiera arena. Cuando Rugiero la vió caer sobre él tan frenética, se afirmó en la silla, y enristró su lanza; pero la tuvo suspendida é inclinada de modo que no la pudiera herir. La jóven, que le embestia con ánimo implacable y dispuesta á herirle, al llegar junto á él, no pudo resolverse á hacerle sufrir la vergüenza de una caida. Sus lanzas, pues, no produjeron efecto alguno; pero en cambio el amor vibró contra entrambos sus armas, y les atravesó el corazon de una amorosa lanzada.

Conociendo Bradamante que no podria resolverse nunca á causar una afrenta á Rugiero, corrió á desahogar en otra parte la cólera que le abrasaba el pecho, y llevó á cabo tales proezas, que serán famosas mientras el cielo gire. En pocos instantes hizo morder el polvo con su lanza de oro á más de trescientos guerreros: á ella solamente se debió aquel dia la victoria: ella sola puso en fuga á todo el ejército moro. Rugiero no cesaba de dar vueltas por todas partes buscándola, y consiguiéndola al fin, se le acercó y le dijo:

—¡Preciso es que te hable ó muera! ¿Qué te he hecho, para que así huyas de mí? Detente, por Dios, y escúchame.

Así como al soplo de los templados vientos meridionales, que aspiran del mar su tibio hálito, se derriten las nieves y los hielos de los torrentes que poco antes eran tan sólidos, así tambien, al oir aquellos ruegos, aquellos breves lamentos, el corazon de la hermana de Reinaldo se ablandó compasivo, cuando poco antes la ira le habia endurecido como el mármol. Sin embargo, no quiso ó no pudo responderle; pero clavó el acicate en un costado de Rabican, y se alejó cuanto pudo del campo de batalla, indicando con un ademan á Rugiero que la siguiera. Llegó á un solitario valle, donde habia una pequeña llanura, en medio de la cual se veia un bosquecillo de cipreses, que parecian vaciados todos en un mismo molde. En aquel bosquecillo se levantaba un gran sepulcro de mármol blanco, recientemente construido. Una breve inscripcion indicaba á los curiosos el nombre del que en él yacia sepultado, pero Bradamante no paró mientes en ella. Rugiero excitó la carrera de su corcel, y á los pocos momentos llegó al bosque y al sitio en que se hallaba la doncella.

Pero volvamos á Marfisa, que en el ínterin habia vuelto á montar á caballo, y procuraba buscar á la guerrera que la derribara al primer encuentro: la habia visto alejarse del campo de batalla, y vió tambien cómo Rugiero se alejaba á su vez, yendo en pos de Bradamante: muy lejos de pensar que el amor le hacia seguir sus huellas, creyó que la perseguia para terminar con las armas en la mano sus mútuas querellas. Espoleó su caballo, y siguió su pista, llegando al bosquecillo casi al mismo tiempo que ellos. Todo el que viva amando, comprenderá sin necesidad de que yo lo escriba, lo molesta que fué para ambos amantes su llegada. Al ver á Marfisa, causa de todo su mal, Bradamante no pudo permanecer tranquila; porque ¿quién podria impedir que no creyera como una cosa cierta, que su amor por Rugiero la hacia volar tras él? Afirmándose en esta creencia, empezó á prodigar á su amante los nombres de traidor y perjuro, exclamando además:

—¿No te bastaba, pérfido, que me trasmitiera la fama tu perfidia, sino que has querido tambien presentarme tu nueva amante? Veo que anhelas arrojarme de tu lado: pues bien, para satisfacer por completo tus deseos inícuos é infames, estoy decidida á morir; pero no será sin hacer lo posible para que perezca conmigo la que es causa de mi muerte.

Al terminar estas palabras, se precipitó más irritada que una víbora sobre Marfisa, dándole en el escudo una lanzada con tal fuerza, que la derribó de espaldas y le hizo clavar casi la mitad de su casco en la tierra: no se puede decir que Marfisa estuviera desprevenida, antes bien se preparaba á combatir é hizo lo que pudo por resistir el choque; pero á pesar de esto dió de cabeza contra el suelo. La hija de Amon, que queria morir ó dar muerte á su enemiga, estaba poseida de tan iracunda saña, que no quiso ya servirse de su lanza para derribarla de nuevo, sino que intentó separar del tronco la cabeza de Marfisa, medio sepultada en la arena; y arrojando lejos de sí la lanza de oro, desenvainó la espada y se apeó rápidamente del caballo: pero llegó ya tarde; porque Marfisa se habia puesto en pié y se preparaba á acometerla, tan excesivamente encolerizada al ver que en aquella nueva lucha tambien habia sido vencida, que de nada le servian á Rugiero las súplicas, ni los gritos con que procuraba estorbar un espectáculo que le afligia vivamente: tan poseidas de furor estaban ambas guerreras que luchaban hasta con desesperacion. Poderosamente atraidas por su mútuo ódio, fueron acercándose hasta el extremo de no serles posible manejar los aceros ni luchar de otro modo más que aferrándose una á otra con las manos. Dejaron caer las espadas por no necesitarlas en aquel extraordinario género de lucha, y buscaron nuevos modos de ofenderse, mientras Rugiero se esforzaba en calmarlas con sus palabras; pero viendo que eran completamente estériles sus ruegos, se resolvió á separarlas empleando la fuerza, y á este fin, les arrebató los puñales de las manos arrojándolos al pié de un ciprés: cuando no tuvieron hierro alguno con que herirse, renovó sus súplicas y aun sus amenazas, pero siempre en vano, porque no pudiendo de otro modo, se ofendian con los puños y los piés. Rugiero insistía, y tan pronto sujetaba á la una como á la otra por los brazos ó las manos, separándola de su adversaria: por último, hizo tanto, que atrajo sobre sí todo el ódio y furor de Marfisa. Acostumbrada esta guerrera á despreciarlo todo, olvidó la amistad que á Rugiero la unia; y dejando á Bradamante, corrió á recoger su espada, y se lanzó sobre él.

—Cometes una accion villana y descortés, le dijo, viniendo á interrumpir nuestro combate; pero esta mano, que basta á vencer á entrambos, castigará tu audacia.

En vano procuró Rugiero apaciguar á Marfisa, empleando las frases más conciliadoras; tan irritada la veia contra él, que conoció que era tiempo perdido el empleado en aplacarla. Al fin, enrojecido á su vez de cólera, se vió obligado á desenvainar la espada. No creo que Atenas, ó Roma, ú otro país del mundo ofrecieran á los que lo contemplaban un espectáculo más agradable, que lo que este combate lo fué para la celosa Bradamante, por lo mismo que venia á echar por tierra todas sus sospechas. Habia recogido del suelo su espada, y se mantenia apartada observando las peripecias de aquella nueva lucha: creia ver en Rugiero al Dios de la guerra, por su pujanza y destreza; y si este le parecia el mismo Marte, veia en Marfisa una furia infernal, escapada del Averno.

El gallardo jóven estuvo por espacio de algun tiempo sin hacer uso de todo su vigor, pues conocia demasiado el poder de su espada, tantas veces puesto á prueba: donde caia aquel acero, quedaban rotos ó perdian su virtud todos los encantos, por cuya causa procuraba descargar sus golpes de plano, y no de filo ó de punta, á fin de no ocasionar daño á Marfisa. Largo rato combatió de aquel modo; pero al fin perdió la paciencia, al dirigirle su adversaria una terrible cuchillada con intencion de dividirle la cabeza: levantó el escudo con objeto de parar el golpe, y aun cuando por estar encantado su broquel no quedó rajado ó hendido, la violencia del tajo fué tal, que le dejó adormecido el brazo: á no haber poseido las armas de Héctor, hubiera perdido el brazo izquierdo y quizá tambien la cabeza, cumpliendo así el cruel deseo de la doncella. Al sentir el guerrero este golpe, olvidó toda compasion; despidieron rayos sus ojos, y asestó á su adversaria una estocada con toda su fuerza. ¡Desgraciada de tí, Marfisa, si te hubiera alcanzado el acero!

No podré deciros cómo, pero el caso fué que la espada penetró más de palmo y medio en el tronco de uno de los muchos cipreses que allí habia plantados. En el mismo momento, un gran terremoto sacudió el monte y la llanura, y se oyó una voz estentórea, superior á la de todo mortal, que saliendo del sepulcro que habia en medio del valle, exclamaba:

—¡Deteneos! Suspended ese terrible combate; pues seria inhumano é injusto que el hermano diera muerte á su hermana ó esta matara á aquel. Tú, Rugiero, y tú, Marfisa mia, dad crédito á mis palabras que no son fingidas: concebidos los dos en un mismo seno por obra de un mismo padre, vísteis juntos la luz primera. Rugiero II os engendró: llamóse vuestra madre Galaciela, cuyos hermanos, despues de haber quitado la vida á vuestro desdichado progenitor, la expusieron en un débil leño al furor de las olas, sin tener en cuenta que se hallaba grávida de vosotros, ni que procedíais de su mismo tronco. Pero el destino, que aun antes de nacer os reservaba para llevar á cabo las empresas más gloriosas, hizo que la barquilla llegase felizmente á las costas deshabitadas que en frente de las Sirtes se encuentran, desde donde subió al Paraiso el alma bienaventurada de Galaciela, despues de daros á luz: tal fué la voluntad de Dios y tal vuestro destino. Testigo yo de aquel suceso, dí á vuestra madre una sepultura tan honrosa como era posible en aquella playa desierta, y envolviéndoos en mi manto, os llevé al monte de Carena. Hice salir una leona de las guaridas del bosque, la amansé, la obligué á abandonar á sus cachorros, y durante veinte meses os alimentó cuidadosamente con su leche. Un dia en que se me ocurrió alejarme de vuestra morada para recorrer el país, os vísteis sorprendidos por una horda de árabes, segun tal vez recordareis, los cuales se apoderaron de tí, Marfisa; pero Rugiero pudo salvarse merced á la celeridad de sus piernas. Tu pérdida me afligió profundamente, y desde entonces redoblé mi vigilancia para custodiar á tu hermano. Demasiado sabes, Rugiero, los cuidados que tu maestro Atlante te prodigó durante su vida. Las estrellas fijas me predijeron que perecerias á traicion entre los cristianos, y para apartar de tu cabeza su funesto influjo, consagré todos mis esfuerzos á mantenerte alejado de ellos: viéndome al fin impotente para contrarestar tus deseos, caí enfermo y perecí de dolor; pero antes de expirar pude prever que vendrias á luchar con Marfisa en este sitio, é hice que los espíritus infernales me construyeran con enormes piedras el sepulcro que estais viendo: al mismo tiempo dije á Aqueronte con penetrante voz: «No quiero que, despues de mi muerte, arrebates mi espíritu de este bosque, hasta que llegue á él Rugiero para batirse con su hermana.» Esta es la razon de que mi espíritu haya estado esperando vuestra venida bajo esta verde enramada por espacio de muchos dias. Desecha, pues, esos terribles celos que sientes por nuestro Rugiero, á quien tanto amas, Bradamante. Pero me es forzoso ya abandonar la region de la luz y pasar á la mansion de las tinieblas.

Calló la voz, dejando en extremo asombrados á Marfisa, á Rugiero y á la hija de Amon. Los dos primeros, llenos de júbilo, se reconocieron como hermanos, y se arrojaron uno en brazos de otro, sin que Bradamante se manifestara ya ofendida por estas muestras de cariño. Ambos hermanos empezaron á recordar con gran placer algunas de las circunstancias de su edad juvenil, acabando de conocer así la verdad de las palabras proferidas por el espíritu de Atlante. Rugiero no quiso ocultar á su hermana el amor que á Bradamante tenia; le refirió con palabras afectuosas todos los grandes favores que debia á su amada, y no cesó hasta conseguir que sucediera el afecto á la cólera en el corazon de ambas jóvenes é hizo que se abrazaran mútuamente en señal de reconciliacion.

Marfisa dirigió despues algunas preguntas á Rugiero con respecto á la patria y clase de su padre; deseaba sobre todo saber quién le habia muerto; si su muerte ocurrió en palenque cerrado ó en el campo de batalla, y quiénes eran los que habian intentado sepultar en las olas á su desgraciada madre; todo lo cual se habia borrado de su memoria, dado caso de que hubiera llegado á su noticia cuando niña. Rugiero satisfizo su justa curiosidad diciéndole que eran de orígen troyano, y que descendian directamente de Héctor.

—Cuando Astyanax[116], prosiguió diciendo, se escapó de las manos de Ulises y de los lazos que le habia tendido, dejando en lugar suyo otro jóven de su misma edad, salió de aquel país, y despues de haber vagado mucho tiempo por los mares, llegó á Sicilia y reinó en Messina. Sus descendientes pasaron al otro lado del Faro, y se establecieron en una parte de la Calabria; y despues de una larga série de años fueron á habitar en la ciudad de Marte. Varios emperadores é ilustres reyes de su raza dominaron en Roma y en otras partes, desde Constante y Constantino hasta Carlomagno, hijo de Pepino el Breve. Entre ellos se distinguieron Rugiero I, Gianbaron, Buovo, Rambaldo, y por último Rugiero II, que fué, segun acabais de oir á Atlante, el que fecundizó el seno de nuestra madre. La historia ha inmortalizado los preclaros hechos de nuestros progenitores.

Rugiero continuó refiriendo que el rey Agolante habia ido á Francia con Almonte y el padre de Agramante, llevando en su compañía una doncella hija suya, tan valerosa que venció en combate singular á muchos paladines: cediendo al poco tiempo al amor que Rugiero le inspiraba, desoyó las amonestaciones de su padre, recibió el bautismo y se casó con su amante: pero abrasado el traidor Beltran de un incestuoso amor hácia su cuñada, vendió á su patria, á su padre y á sus dos hermanos con la esperanza de poseerla, entregó la ciudad de Ris[117] á los enemigos, y aquellos quedaron á merced del vencedor. Terminó el jóven guerrero diciéndoles que tan pronto como Agolante y sus despiadados hijos se apoderaron de Galaciela, que se hallaba en cinta de seis meses, la abandonaron al furor del mar tempestuoso, en medio de un riguroso invierno y en una barquilla sin timon.

Estaba Marfisa escuchando con profunda atencion todas las palabras de su hermano, y mientras tanto brotaban de sus hermosos ojos copiosas lágrimas de júbilo, al pensar en que circulaba por sus venas la sangre de los Mongrana y los Claramonte, cuyos descendientes habian sabido brillar por luengos años en el mundo, sobrepujando en bizarría á los varones más ilustres. Cuando Rugiero le reveló que el abuelo, el padre y el tio de Agramante dieron muerte á traicion á Rugiero y trataron de un modo cruel á Galaciela, no pudo Marfisa contenerse y le interrumpió diciendo:

—¡Ah, hermano mio! Perdóname que te diga que has cometido una gran falta dejando sin venganza la muerte de tu padre. Si no pudiste derramar la sangre de Almonte y de Trojano, por estar ya muertos, ¿no debias hacer recaer tu cólera sobre sus hijos? ¿Es posible que Agramante viva, viviendo tú? Mancha es esa de la que tu rostro no se verá libre jamás, porque, despues de tantas injurias, no solo no has inmolado á ese rey, sino que permaneces en su corte admitiendo un sueldo suyo. Pero juro á Dios, (á ese Cristo, Dios verdadero, á quien deseo adorar como lo adoró mi padre) que no he de despojarme de esta armadura hasta dejar vengados á Rugiero y á mi madre. Me lamento y me lamentaré de tu conducta, mientras te vea entre las tropas de Agramante ó de cualquier otro monarca mahometano, esgrimiendo ese acero que debieras bañar en su aborrecida sangre.

¡Con cuánta satisfaccion levantó su rostro la hermosa Bradamante al escuchar estas palabras, que la llenaban de júbilo! La hija de Amon se esforzó en persuadir á Rugiero á que pusiera inmediatamente por obra los consejos de Marfisa, y á que fuera á reunirse con Carlomagno, dándose á conocer á aquel monarca, que tenia en tanta veneracion y aprecio el recuerdo de las ínclitas proezas de su padre Rugiero, que aun le consideraba como el más valiente de todos los guerreros. Rugiero le respondió acertadamente, que tal debia haber sido su conducta desde un principio, pero que habia perdido un tiempo precioso por no haber tenido un conocimiento tan exacto de la historia de sus padres como despues lo tuvo, y que habiéndole ceñido Agramante la espada de caballero, cometeria una accion indigna y una traicion infame si le diera la muerte, despues de haberle rendido pleito homenaje. Sin embargo, prometió á Marfisa, como se lo habia prometido en otro tiempo á Bradamante, aprovechar la menor oportunidad que se le presentase y emplear todos los medios que á su alcance estuviesen para acceder á los deseos de ambas sin faltar á las leyes del honor. Añadió que si no lo habia hecho ya, no era suya la culpa, sino del Rey de Tartaria, que le dejó tan mal parado despues de su combate con él, como era bien notorio, y como podia atestiguar la misma Marfisa mejor que otra persona cualquiera, puesto que entonces le visitaba diariamente.

Largo rato debatieron los tres este importante asunto, y por último convinieron en que Rugiero volviera al lado de Agramante, hasta que se le presentara una ocasion propicia para pasar al servicio de Carlomagno.

—Déjale que se vaya, dijo Marfisa á Bradamante, y desecha todo temor; yo te prometo hacer de modo que dentro de pocos dias no obedezca las órdenes de Agramante.

Así dijo; pero se guardó de revelar el propósito que al efecto habia fraguado en su imaginacion.

Rugiero se despidió al fin de ellas, y volvia ya riendas á su corcel para regresar al lado de Agramante, cuando llamaron la atencion de los tres unos lamentos que salian del valle inmediato.

Escucharon más atentamente y creyeron percibir el llanto y los gemidos de una mujer. Pero deseo que este canto termine aquí y que secundeis benévolos este deseo, prometiendo por mi parte narraros cosas más interesantes en el canto siguiente, si acudís á escucharlo.