CANTO XXXII.
Mientras Bradamante esperaba á Rugiero, recibe noticias que le oprimen el corazon. Dícenle que Marfisa ha conquistado su amor, por lo cual se entrega al dolor y al llanto.—Aléjase enteramente sola de Montalban para dar muerte á Marfisa, y en el camino encuentra á Ulania con tres reyes, á los que desafía y vence.
Recuerdo ahora que debia hablaros de una sospecha que asaltó la imaginacion de la hermosa dama del herido Rugiero (y á decir verdad, aunque os lo habia prometido, se me olvidó despues); de una sospecha mucho más desagradable y cruel que la primera, y tambien más aguda y emponzoñada que la que le atravesó el corazon con su acerado dardo, á consecuencia de las noticias que Riciardeto le diera. Debia ocuparme de ella y empecé, sin embargo, á hablar de otra cosa, por haberse interpuesto Reinaldo, y porque luego Guido me dió bastante qué hacer, cuando entretuvo algun tiempo al Paladin en su camino. Pasando así de uno á otro asunto, resultó que me olvidé de Bradamante; pero ya que ahora he refrescado mi memoria, seguiré mi interrumpido relato antes de referir la pelea de Reinaldo y Gradasso. Sin embargo, antes de proseguir, os diré algunas palabras acerca de Agramante, que se ocupaba en reunir en Arlés el resto de las tropas que habian podido librarse de la matanza nocturna.
La ciudad de Arlés era un lugar muy á propósito para servir de punto de reunion, y para aguardar refuerzos y proveerse de víveres, teniendo la España próxima, el África en frente, y bañándola un rio que desemboca en el mar. Marsilio hizo que se reunieran bajo sus banderas todos los hombres de sus estados aptos para el combate, así infantes como ginetes, y dispuso además que se armaran en Barcelona, de grado ó por fuerza, todos los buques á propósito para sostener una batalla naval. Agramante celebraba diariamente consejo con sus capitanes; no perdonaba gasto ni fatiga alguna, y agoviaba con ruinosos impuestos y exacciones á todas las ciudades de África. A fin de obtener, aunque en vano, de Rodomonte que regresara á su lado, hizo que le ofrecieran en su nombre la mano de una prima suya, hija de Almonte, prometiéndole en dote el hermoso reino de Oran. El arrogante sarraceno se negó á alejarse del puente, donde habia vencido á cuantos caballeros llegaron al peligroso paso, y habia reunido ya tantas armas y despojos, que el sepulcro casi desaparecia bajo ellos.
Marfisa no quiso observar la conducta de Rodomonte: apenas supo que Agramante habia sido derrotado por Carlomagno; que sus gentes habian quedado muertas, prisioneras ó fugitivas, y que él mismo se habia visto en la dura necesidad de retirarse á Arlés con los escasos restos de su ejército, sin esperar otro aviso, acudió presurosa á su lado para prestarle el apoyo de su brazo, y ofrecerle su vida y hacienda. Llevó consigo á Brunel, y se lo restituyó sano y salvo al monarca, despues de haberle tenido diez dias y diez noches en medio de las angustias que le causaba la cruel espectativa de verse ahorcado de un momento á otro; pero como la guerrera vió que nadie abrazaba su defensa ni lo reclamaba, le devolvió la libertad por no manchar sus manos con sangre tan ruin y despreciable. Perdonóle, pues, todas sus antiguas injurias, y le llevó consigo á Arlés, ofreciéndolo á Agramante. Fácilmente supondreis el júbilo que al monarca causaria el inesperado auxilio de la doncella: para demostrarle de un modo evidente la gran estimacion que de él hacia, quiso valerse de Brunel, como de la prueba más terminante, y dió órden de que le impusieran el mismo suplicio con que le habia amenazado la guerra: Brunel fué ahorcado, y su cadáver, abandonado en un sitio inculto y yermo, sirvió de pasto á los cuervos y á los buitres. La justicia divina hizo entonces que Rugiero estuviese enfermo y no pudiera interceder por el ladron, ó quitarle del cuello el lazo mortal, como ya lo hizo en otra ocasion: cuando lo supo, ya se habia llevado á cabo la ejecucion, de suerte que Brunel pereció abandonado de todos.
Bradamante se lamentaba entre tanto de la lentitud con que transcurrian los siete dias, término fijado para que Rugiero regresara á su lado y abrazase la verdadera fé: su impaciencia solo era comparable á la de los que gimen en la esclavitud ó en el destierro, los cuales creen que no llega nunca el dia en que han de recobrar su libertad ó han de disfrutar de la vista siempre anhelada y agradable de la patria querida. Más de una vez pensó, en medio de su abrumadora espectacion, que Eton ó Pirous[43] se habrian quedado cojos, ó que las ruedas del carro del Sol estarian estropeadas, cuando tardaban en girar mucho más tiempo del acostumbrado. Cada dia que pasaba le parecia más largo que aquel en que el justo Hebreo, lleno de fé santa, produjo un entorpecimiento en el cielo[44], y cada noche más prolongada que aquella en que Hércules fué concebido[45]. ¡Ah! ¡Cuántas veces envidió la suerte de los osos, de los lirones y de los tejones soñolientos! Hubiera querido pasar durmiendo, sin despertar un momento, todo el tiempo que faltaba para que Rugiero se presentase, y sin poder oir otra cosa hasta que su amante la sacara de su sueño con su grata voz; pero no solo no le era posible hacerlo así, sino que ni siquiera lograba conciliar el sueño por lo menos una hora cada noche. Agitábase continuamente en el lecho; huia de ella el reposo; á cada momento se levantaba á abrir la ventana para ver si la esposa de Titon empezaba á esparcir sus blancas azucenas y encarnadas rosas á los primeros albores del Sol naciente. Y sin embargo, en cuanto aparecia este con todo su fulgor, ansiaba ya ver el cielo cubierto de estrellas.
Cuando solo faltaban tres ó cuatro dias para que expirara el plazo, aguardaba llena de esperanza á cada momento que se presentara un mensajero diciéndole: «Ya está aquí Rugiero.» Subia con frecuencia á una elevada torre, desde la que se descubrian á lo lejos los bosques, los campos y el camino que conducia de París á Montalban. Si veia brillar una armadura, ó divisaba á alguno que por su aspecto le pareciera un caballero, creia conocer en él á su deseado Rugiero, y se despejaba su frente y sus radiantes ojos. Si veia algun transeunte á pié ó desarmado, creia ver en él al mensajero de su esperanza; y aun cuando resultaban siempre defraudados sus deseos, reproducíanse en ella, no obstante, las mismas alternativas de esperanza y contrariedad.
Esperando encontrarle, cubríase algunas veces con sus armas, bajaba del monte y recorria la llanura: como no le veia por ninguna parte, suponia que habria llegado ya á Montalban por otro camino, y entonces regresaba al castillo con la misma ansiedad con que de él habia salido, sufriendo una nueva decepcion. De este modo pasó dias y dias á cual más tristes, y entre tanto expiró el plazo tan esperado por ella. Pero transcurrió otro dia, dos, tres, seis, ocho y veinte sin ver á su esposo ni recibir la menor noticia suya: entonces, convertida su angustia en desesperacion, prorumpió en quejas tales, que hubieran sido capaces de enternecer á las mismas Furias coronadas de serpientes en sus antros infernales; se golpeó el seno y se mesó los dorados cabellos.
—¿Será posible, exclamaba, que me vea obligada á perseguir con mi amor al ingrato que huye y se aparta de mí? ¿Habré de adorar al que me desdeña? ¿Debo suplicar al que se muestra sordo á mis quejas? ¿He de tolerar que reine en mi corazon el que así me ódia, al que tan envanecido está de sí mismo, que solo una diosa inmortal descendida del Olimpo podria encender en su pecho la llama del amor? ¡Ay! ¡Harto sabe ese guerrero altivo que le amo y le adoro con toda mi alma, y sin embargo, no me quiere ni por amante ni por esclava: convencido está de que por él padezco y me muero, y probablemente espera para socorrerme á que la muerte haya cerrado mis ojos! Teme ver mis lágrimas y oir el relato de mi contínuo sufrimiento, que bastaria para obligarle á ceder en su proterva tenacidad, y se oculta de mí, como puede ocultarse el áspid para conservar su venenosa ira cuando teme oir sonidos armoniosos. Amor, deten por piedad á ese rebelde, que huye libre y velozmente de mi lenta persecucion, ó vuélveme al feliz estado del que me hiciste salir cuando no estaba sojuzgada por tí ni por nadie. Pero ¡cuán necia soy al confiar en tí! Demasiado sé que no te ablandan los ruegos ni las súplicas, y que te deleitas, ó más bien que vives y te alimentas tan solo de las lágrimas que haces brotar á raudales de los ojos de tus víctimas. Mas ¡ah! ¡Desgraciada! ¿A quién he de acusar sino á mi insensata pasion, que me remonta á tanta altura á través de los aires, que llega hasta la region donde se abrasan sus alas, y no pudiendo sostenerse, me precipita desde el Cielo á la Tierra? ¡Y si á lo menos concluyeran aquí mis males!... Pero no; es forzoso que mi pasion vuelva á remontarse y arder de nuevo, para que el dolor que sufro no tenga nunca fin! Mas, en vez de lamentarme de mi pasion, ¿no debo culpar más bien á mi propia insensatez, que me obligó á darle entrada en mi corazon y dejarla adquirir un dominio tan grande sobre él, que ha arrancado á la razon de su asiento, viéndome ya sin fuerza para resistir á su poder? Ya no es tiempo de vencerla ni dominarla, aunque me lleva constantemente de mal en peor, y estoy segura de que bajaré pronto al sepulcro, porque esta ansiedad aumenta por momentos mi martirio.—Pero ¿por qué me acrimino de este modo? ¿En qué ha consistido mi falta sino en amarle? ¿Y es esto de extrañar cuando su hermosura se apoderó de improviso de mis sentidos, dominados por la debilidad natural de mi sexo? ¿Por qué habia de resistir y defenderme de su extremada belleza, de su noble apostura y de sus expresivas frases? ¡Ah! ¡Cuán desgraciado es el que se niega á ver la luz del Sol! Y además de que así lo quiso mi destino, ¿no consiguieron vencer mi resistencia otras palabras dignas de crédito? ¿No se me pintó con los colores más vivos la felicidad que debia ser la recompensa de este amor? Si los acentos persuasivos de Merlin fueron finjidos, si sus consejos fueron engañosos, deberé lamentarme de su falacia, pero no dejar de amar á Rugiero. De Merlin, y aun tambien de Melisa me quejo y me quejaré eternamente; pues si hicieron que los espíritus infernales me ofrecieran á la vista los descendientes de mi estirpe, fué tan solo para tenerme en una esclavitud perpétua por medio de una esperanza engañosa, aun cuando no comprendo la razon que les instigó á obrar así, como no fuera la de estar envidiosos de mi dulce, segura y tranquila felicidad.
Tanto abrumaba el dolor á Bradamante, que hacia inaccesible su corazon á todo consuelo; y sin embargo, á pesar de su intensidad, no pudo impedir que se abriera paso hasta su pecho un rayo de esperanza, trayendo á su memoria las tiernas frases con que Rugiero se habia despedido de ella, cuyo recuerdo, venciendo á los contrarios afectos que á la doncella agitaban, hizo que esperara de hora en hora el regreso de su amante con más resignacion. Esta esperanza la sostuvo por espacio de un mes, despues de transcurridos los veinte dias, é hizo más llevadera su cruel y continuada angustia.
Un dia que, segun su costumbre, iba recorriendo el camino por donde esperaba que vendria Rugiero, llegó á sus oidos una noticia que disipó la débil esperanza que aun la sostenia. Encontró casualmente á un caballero gascon, procedente del campamento africano, donde habia permanecido prisionero desde el dia en que se dió la gran batalla delante de Paris. Despues de dirigirle varias preguntas sobre diferentes asuntos, Bradamante entró de lleno en la cuestion, causa de su constante inquietud, y le pidió noticias de Rugiero, limitando á él desde entonces toda su conservacion. El caballero le suministró las noticias que deseaba, pues estaba perfectamente enterado de cuanto habia ocurrido en la corte de Agramante, y le describió el combate personal que Rugiero sostuvo con Mandricardo, diciendo que el Tártaro habia quedado muerto en el campo; pero que su vencedor salió tan mal herido, que permaneció más de un mes postrado en el lecho, inspirando su vida sérios temores. Si el caballero hubiese terminado aquí su narracion, esta sola hubiera bastado para disculpar á Rugiero; mas luego añadió que se encontraba en el campo africano una doncella llamada Marfisa, tan valiente como hermosa, y experta en el manejo de las armas, la cual amaba á Rugiero de quien era correspondida, en términos que rara vez se les veia separados, por lo cual todos estaban en la persuasion de que se habian prometido eterna fé, y de que, en cuanto Rugiero estuviera completamente restablecido, celebrarian públicamente sus desposorios con gran placer de todos los reyes y príncipes paganos que conocian el valor sobrehumano de uno y otro, y esperaban que de su union saldria una raza de guerreros la más esforzada que jamás hubiese existido.
Motivos tenia el Gascon para creer lo que decia, pues tal era la version más acreditada y unánime en el campamento africano, y tal lo que públicamente se decia. Dieron orígen á estos rumores las repetidas muestras de benevolencia que mediaban entre Rugiero y Marfisa; y ya sabemos que la Fama, al difundir una noticia, buena ó mala, se complace en abultarla conforme va pasando de boca en boca. La circunstancia de haberse presentado la guerrera con Rugiero para pelear en favor de los moros y de vérseles siempre juntos, apoyaba hasta cierto punto esta sospecha, que tomó mayor incremento al observarse que, habiéndose ausentado Marfisa llevando consigo á Brunel, como ya he dicho, regresó sin que nadie la llamara, solo por ver á Rugiero. Unicamente por visitarle, cuando sus heridas le tenian postrado en el lecho del dolor, habia ido al campo, no una, sino muchas veces: permanecia á su lado durante el dia, y se separaba de él al hacerse de noche, dando con su conducta mucho que hablar á los sarracenos; pues suponiéndola todos tan altiva y desdeñosa, que apenas encontraba un caballero digno de aprecio, solo con Rugiero se la veia humilde y bondadosa.
Luego que el Gascon terminó su relato, asegurando á Bradamante que era la historia fiel de lo ocurrido, apoderóse de la doncella tanta pena y tan cruel desesperacion, que estuvo próxima á caer del caballo. Volvió riendas sin decir una palabra, henchida de ira, de rabia y de furiosos celos, y regresó á su castillo furibunda y sin el menor resto de esperanza. Armada como estaba se dejó caer en el lecho, apoyando su rostro y sus lábios en las almohadas, á fin de ahogar el rumor de los sollozos que podrian descubrir el estado de su alma. Repitiendo las palabras del caballero Gascon, cayó en tal desaliento y dolor, que no le fué posible contenerlo, y se vió obligada á exhalarlo de esta suerte:
—¡Ay mísera de mí! ¿A quién podré dar crédito en lo sucesivo? Fuerza será decir que todos los hombres son pérfidos y crueles, si lo eres tambien tú, Rugiero mio, ¡á quien yo creia tan tierno y tan leal! ¿Se vió nunca una crueldad, una traicion más odiosa? ¡Cualquiera otra es insignificante, si se compara con el pago que has dado á los beneficios que me debias! Ya que no existe un solo caballero que pueda igualarse á tí en ardor, en belleza, en varonil denuedo, en costumbres y en bizarría, ¿por qué no añades, Rugiero, á tan ilustres y virtuosas dotes, la de la constancia? ¿Por qué no se ha de decir tambien que es inviolable tu firmeza y tu lealtad, esa virtud ante la cual ceden todas las demás? ¿Ignoras, por ventura, que si la lealtad no existe, pierden todo su esplendor el valor más heróico y las proezas más brillantes, lo mismo que sin la luz no puede verse ningun objeto, por hermoso que sea? Harto fácil te fué engañar á una doncella de quien eres señor, árbitro y dios, y á la que podias haber hecho creer con tus palabras que el Sol era oscuro y frio, si así te lo hubieses propuesto. ¡Pérfido! Si ahora no te arrepientes de dar muerte á la que tanto te ama, ¿qué cosa habrá capaz de hacerte sentir remordimientos? Si la falta de fé y lealtad es para tí una cosa tan leve ¿qué otro peso podrá oprimir tu corazon? ¿Qué suplicios guardas para los que te aborrecen, cuando á mí, que tanto te amo, me haces sufrir estos tormentos? ¡Ah! ¡Si no consigo una pronta venganza, afirmaré que en el Cielo no hay justicia! Si la ingratitud es el pecado que grava con mayor peso la conciencia del hombro, y por ella fué precipitado el más hermoso de los ángeles desde el Cielo á los profundos Infiernos, y si todo crímen encuentra un castigo proporcionado, cuando una cumplida enmienda no lava las culpas del corazon, procura guardarte del castigo que te espera como merecida recompensa de tu ingratitud para conmigo, ya que no quieres reparar tu falta. Tambien debo acusarte, cruel, de otro vicio más infame; del de ladron: y no porque me hayas arrebatado el corazon, pues voluntariamente te absuelvo de este robo, sino porque habiéndote entregado á mí, te me has sustraido contra toda razon y justicia. ¡Restitúyeme tu corazon, impío, pues harto sabes que no hay salvacion para el que guarda lo que no le pertenece! Me has abandonado Rugiero; yo no quiero, y aunque quisiera, no podria abandonarte: mas, para poner término de una vez á mis torturas y sufrimientos, puedo y quiero arrancarme la existencia. Un solo pesar me atormenta: el de no morir poseyendo tu cariño; pues si los dioses me hubiesen concedido la gracia de exhalar el último suspiro cuando me amabas, jamás muerte alguna fuera tan agradable.
Al decir estas palabras, saltó del lecho dispuesta á morir, y arrebatada por la cólera, dirigió contra su corazon la punta de la espada; pero la armadura que llevaba impidió la realizacion de su criminal propósito. Entonces se abrió paso en su turbada mente una idea más digna, y deslizó en su corazon estas palabras:—«¡Oh! doncella nacida de una estirpe esclarecida: ¿por qué intentas poner fin á tus dias de un modo tan innoble y bochornoso? ¿No vale más, acaso, que te lances en medio de los combates, donde á todas horas se puede encontrar una muerte gloriosa? Podrá muy bien suceder que expires á la vista de Rugiero, que tal vez derramará algunas lágrimas á tu memoria; y si llegases á sucumbir bajo sus golpes, ¿qué otra muerte más apetecible podrias esperar? Razon será que el mismo Rugiero te arranque la vida, ya que es causa de que vivas en un perpétuo tormento. Podrá tambien suceder que, antes de morir, encuentres una ocasion oportuna para vengarte de aquella Marfisa, que con sus pérfidos y deshonestos amores te ha conducido al borde de la tumba, privándote de tu Rugiero.»
Estas reflexiones parecieron mejores y más razonables á la guerrera, y en seguida añadió á sus armas una divisa, que era el emblema de su desesperacion y de sus deseos de morir. Su sobrevesta era del color amarillento que toman las hojas cuando las han arrancado de sus ramas, ó cuando al árbol que las hojas sostenia llega á faltarle la sávia que le daba vida: en la orla estaba recamada de troncos de ciprés, cual si estuviera marchito despues de haber sentido el filo de la dura hacha. Con este traje, tan adecuado á su dolor, saltó sobre el caballo que solia montar Astolfo, y cogió aquella lanza de oro, cuyo solo contacto bastaba para lanzar de la silla á los caballeros más valientes. No creo necesario repetir ahora por qué, dónde ni cuándo se la entregó Astolfo, ni de qué modo habia pasado á manos del duque inglés. Bradamante se armó con ella, ignorando, sin embargo, su prodigiosa propiedad.
Vió venir una dama con un escudo pendiente del arzon.
(Canto XXXII.)
Sin escudero y sin compañía alguna, bajó del monte y se dirigió por el camino más corto para llegar á París y al sitio en que poco antes se hallaba establecido el campamento sarraceno; pues aun no habia circulado por Montalban la noticia de que el paladin Reinaldo, ayudado de Carlomagno y de Malagigo, habia obligado á los moros á levantar el asedio de París. Ya habia dejado á sus espaldas á Quercy, la ciudad de Cahors y las montañas donde nace el Dordoña, y descubria las comarcas de Clermont y Montferrand, cuando vió venir por el mismo camino una dama de benigno aspecto, que lleva un escudo pendiente del arzon de la silla: á su lado iban tres caballeros, y la acompañaba además un séquito numeroso de doncellas y escuderos.
La hija de Amon preguntó el nombre de aquella dama á un escudero que pasó por su lado, y este le contestó:
—Es una embajadora, enviada al Rey del pueblo franco desde un país situado más allá del polo Artico, la cual ha venido tras una larga navegacion desde una isla que unos llaman Perdida y otros Islandia, cuya reina, admirable por su belleza sin igual en el mundo, belleza que solo á ella, y á nadie más, ha concedido el Cielo, envia á Cárlos el escudo que veis; pero con la condicion expresa de que ha de entregarlo al mejor caballero que, segun su opinion, exista en el mundo. Como ella se tiene, y con razon, por la más hermosa de las mujeres, quisiera encontrar un caballero que á su vez fuese el más audaz y valiente de los hombres; porque ha formado el incontrastable designio, al que nada podrá hacerle faltar, de no entregar su corazon y su mano, sino al que descuelle sobre todos por sus señaladas proezas. Espera encontrar en Francia, y entre los famosos paladines de Carlomagno, el caballero que haya dado mayores pruebas de ser más fuerte y denodado que otro cualquiera. Los tres señores que veis al lado de esa embajadora son tres reyes: el uno de Suecia, el segundo de Gocia, y de Noruega el tercero; en valor pocos, ó ninguno, les igualan. Esos tres, cuyos estados son los menos lejanos de la Isla Perdida, así llamada porque sus costas son muy poco conocidas de los navegantes, eran y son todavía amantes de la Reina: por obtener su mano, cuya posesion se disputan mútuamente, y por hacerse agradables á sus ojos, han llevado á cabo tales proezas, que durará su memoria mientras la bóveda celeste gire sobre sus ejes: pero ella no quiere á ninguno de los tres, como desdeñará á todo aquel que no esté reconocido por el primer guerrero del mundo.—«Poco me importan, suele decirles, los triunfos que consigais en estos países. Si uno de vosotros sobrepuja á los otros dos, como el Sol sobrepuja á las estrellas, reconoceré su mérito, y no podré menos de ensalzarle por él; pero no creo que eso baste para que tenga la pretension de ser el mejor caballero que haya ceñido espada. Pienso enviar un rico escudo de oro á Carlomagno, á quien estimo y venero como el monarca más sábio que existe en el mundo, con el encargo de que lo entregue al caballero que consiga la palma del valor y de la bizarría. Que sea el vencedor vasallo suyo ó de otros, poco me importa: me someteré gustosa al parecer de aquel rey. Si despues de haber llegado ese escudo á poder de Carlomagno y de darlo al caballero de más ardor y fortaleza que, segun su opinion, exista en su corte ó en otra cualquiera, es uno de vosotros el que con el auxilio de su valor trae el escudo, cifraré en él todo mi amor, todo mi anhelo, y ese será mi esposo y mi dueño.»—Esta promesa ha hecho venir hasta aquí á estos tres reyes, cuyos estados se encuentran muy remotos de la Francia, con el firme propósito de conquistar el escudo ó perecer en la demanda.
Bradamante escuchó con la mayor atencion la respuesta del escudero, el cual se despidió de ella, y lanzando su caballo á galope, se reunió en breve á sus compañeros. La guerrera no siguió tras él, sino que continuó su camino tranquilamente, vaticinando en su interior diferentes cosas que sobrevendrian, á no dudarlo, y especialmente la de que aquel escudo seria un manantial inagotable de rencillas y discordias entre los paladines y demás caballeros de la Francia, si Carlomagno se decidia á declarar cuál de ellos fuese el mejor y entregárselo á él. Esta idea oprimia su corazon, pero mucho más y de peor manera se lo destrozaba el recuerdo del abandono en que la habia dejado Rugiero por entregar su amor á Marfisa. Tan fija y tenazmente estaba grabado en su imaginacion este pensamiento, que caminaba á la ventura, sin saber donde iria á parar, ni si encontraria un cómodo asilo donde albergarse durante la noche. Así como la nave separada de la orilla por los vientos ó por cualquier otro accidente, boga privada de piloto ó timonel por donde quiere llevarla la corriente, así la guerrera, preocupada constantemente con la idea de Rugiero, se dejaba llevar por Rabican, del que no se cuidaba en lo más mínimo.
Alzando por fin los ojos, vió que el Sol habia vuelto la espalda á las ciudades de Bocco[46], y se habia sepultado, como un pez, en el seno de su anciana nodriza, más allá de Marruecos. No podia pensar en cobijarse bajo la enramada, porque soplaba un viento frio, y el Cielo encapotado anunciaba de un momento á otro lluvia ó nieve. Apresurando el paso de su corcel, no tardó mucho en ver á un pastor que estaba recogiendo sus ganados: preguntóle con mucho interés si habia por allí cerca algun albergue bueno ó malo donde pudiera recogerse, pues como quiera que fuese, de seguro estaria en él bastante mejor que expuesta á la lluvia. El pastor respondió:
—No conozco otro sitio que poder indicaros, como no sea un castillo llamado la Roca de Tristan, que está á cuatro ó seis millas de aquí: pero no es muy fácil encontrar asilo en él, porque todo caballero tiene que conquistar su hospitalidad con las armas en la mano, y defenderla despues de los que acuden nuevamente á pedirla. Si cuando se presenta algun guerrero, está desocupada la estancia, el Castellano le recibe sin ninguna dificultad; pero le exige la promesa formal de que ha de salir á pelear contra todos los que vayan llegando posteriormente. Si no se presenta nadie, el caballero pasa tranquilamente la noche; pero si llega algun viajero, está obligado á requerir sus armas y á luchar con él, debiendo el vencido ceder su puesto al vencedor, y resignarse á pasar la noche á la intemperie. Si dos, tres, cuatro ó más guerreros juntos hallan vacío el castillo, se albergan en él con toda paz y sosiego: el que llega despues, tiene peor suerte, porque ha de combatir con todos los primeros. Por el contrario, si es uno solo el que ha recibido hospitalidad, bien necesita de todo su vigor y destreza; porque está obligado á pelear con dos, tres, cuatro, ó con cuantos se presenten despues que él. Una costumbre análoga rige con respecto á las damas ó doncellas que llegan solas ó acompañadas al castillo: la hospitalidad corresponde de derecho á la más hermosa, y la que lo sea menos, tiene que cederle el puesto y quedarse fuera de la fortaleza.
Bradamante preguntó dónde estaba situado aquel castillo, y el buen pastor, en vez de contestarle, se limitó á designárselo con el dedo á una distancia de cinco ó seis millas. A pesar de la rapidez de Rabican, no pudo Bradamante hacerle caminar de prisa por aquel terreno pantanoso y difícil á causa de lo lluvioso del tiempo, y llegó despues que la noche hubo tendido su espeso manto. Halló cerrada la puerta del castillo, y dijo al que lo custodiaba, que deseaba alojarse en él. Le contestaron que estaban ya ocupadas las habitaciones por algunas damas y guerreros que habian llegado antes que ella, y estaban esperando en torno de un buen fuego que terminaran los preparativos de la cena para sentarse á la mesa.
—Como no se la hayan comido ya, exclamó la doncella, no creo que el cocinero la haya guisado para ellos. Ve, pues, y diles que aquí les espero; que conozco la costumbre que rije en este castillo, y me propongo observarla.
Corrió el centinela á llevar á los caballeros esta embajada, tanto menos agradable para ellos, cuanto que estaban descansando cómodamente, y se veian obligados á salir fuera del castillo con un tiempo borrascoso, y cayendo la lluvia á torrentes. Se levantaron, sin embargo; cogieron sus armas con mucha calma, y se dirigieron con bastante lentitud á donde les estaba esperando la guerrera. Aquellos tres caballeros valian tanto, que muy pocos podian igualárseles en el mundo: eran los mismos á quienes habia encontrado Bradamante durante el dia al lado de la embajadora; y habian venido á Francia desde Islandia para conquistar el escudo de oro. Como habian caminado con más rapidez, llegaron al castillo antes que la guerrera. Muy pocos les aventajaban en el manejo de las armas; pero Bradamante era una de estos pocos, y además, por ningun concepto se resignaba á permanecer fuera del castillo aquella noche, mojándose y sin tomar alimento.
Los habitantes de la fortaleza se asomaron á las ventanas y galerías para ver la lucha á la incierta y débil claridad que la Luna esparcia, á pesar de las nubes y de la copiosa lluvia. Deseosa Bradamante de medir sus armas con los tres caballeros, así que oyó abrir las puertas y bajar el puente levadizo, y vió salir por él á sus tres adversarios, sintió una alegría semejante á la de un amante apasionado, que procura entrar furtivamente en la estancia de su amada, cuando despues de mucho esperar, oye por fin la silenciosa llave dando vuelta á la cerradura. En cuanto vió á los tres guerreros salir á un tiempo ó con poca diferencia fuera del puente levadizo, retrocedió para tomar terreno, y lanzó en seguida su excelente corcel á rienda suelta, enristrando la lanza que le confiara su primo, aquella lanza que derribaba indefectiblemente del caballo á todo campeon, aun cuando fuera el mismo Marte. El rey de Suecia, que fué el primero en acometer, fué tambien el primero en quedar tendido en el campo: ¡con tanta violencia dió contra la visera de su yelmo aquella lanza que nunca se habia enristrado en vano! Embistió despues el rey de Gocia, y encontróse sin saber cómo lejos de su corcel con los piés en el aire: el tercero, por fin, midió asimismo el suelo con sus espaldas, quedando medio enterrado en el agua y el barro.
En cuanto Bradamante hubo derribado á sus tres contendientes con otros tantos botes de su lanza, se dirigió al castillo, donde debia recibir la hospitalidad que habia conquistado: mas antes de entrar en él, le hicieron jurar que saldria á combatir con todo caballero que se presentara. El señor del castillo, que acababa de apreciar su valor, le prodigó toda clase de atenciones: por su parte, hizo lo mismo la dama que habia llegado á la fortaleza con los tres vencidos, la mensajera enviada al rey de Francia desde la isla Perdida. Saludó cortesmente á la jóven, y con el agrado y afabilidad, naturales en ella, salió á su encuentro, la cogió de la mano, é hizo que se sentara á su lado cerca del fuego.
Bradamante empezó á desarmarse, y ya se habia quitado el escudo y el yelmo, cuando salió unida á este una cofia de oro en que acostumbraba recoger sus cabellos, los cuales cayeron en ondulantes rizos sobre sus hombros, y descubrieron que aquel guerrero era una doncella tan hermosa como valiente. A la manera que al levantarse el telon suele aparecer la escena, iluminada con mil luces, y adornada con arcos y soberbios monumentos llenos de oro, de estátuas y de magníficas pinturas, ó como cuando el Sol, al rasgar una nube, ostenta su disco refulgente y esplendoroso, así tambien, al quitarse Bradamante el yelmo, pareció mostrar el Paraiso abierto á los ojos atónitos de los circunstantes. Habian crecido los hermosos cabellos que le cortara el monje, y eran ya tan largos, que podia sujetarlos trenzados en la parte posterior de la cabeza, si bien todavía no tenian su primitiva longitud. El señor del castillo habia visto otras veces á Bradamante: así es que la conoció en seguida, y redobló su solicitud y sus cuidados para con ella.
Sentados al rededor del fuego, entretuvieron sus oidos con agradables al par que honestas pláticas, mientras preparaban otro alimento, que proporcionara un placer semejante á sus cuerpos. La doncella preguntó á su huésped si la costumbre que veia establecida en el castillo para albergar á los transeuntes era de fecha reciente, ó si contaba ya algunos años de antigüedad; así como cuándo y quién la estableció. El Castellano satisfizo su curiosidad en los siguientes términos:
—En el reinado de Faramundo, su hijo Clodion amaba á una jóven, donosa y bella, que por sus atractivos no tenia rival en aquella época remota. Tan enamorado estaba de ella, que continuamente se le veia á su lado con una asiduidad igual á la que, segun es fama, empleaba para guardar á Io su pastor[47]; pues en el corazon del príncipe dominaban por igual el amor y los celos. La tenia en este mismo castillo que le habia regalado su padre, y rara vez salia de él: vivian aquí con Clodion diez de los mejores caballeros que por entonces habia en Francia. Cierto dia llegó á esta fortaleza el valiente Tristan, acompañando á una dama, á quien pocas horas antes acababa de arrancar de las manos de un gigante feroz. Presentóse Tristan cuando el Sol habia ya vuelto las espaldas á las playas de Sevilla; y como no habia otro albergue en un rádio de diez millas, pidió aquí hospitalidad. Clodion, que, segun he dicho, estaba tan furiosamente enamorado como celoso, habia resuelto negar la entrada en su castillo á todo caballero indistintamente, mientras permaneciera en él su amada. Viendo Tristan que á pesar de sus repetidos ruegos no encontraba la hospitalidad que pedia, esclamó:
—»Yo sabré obligarte á hacer, á pesar tuyo, lo que no han conseguido mis instancias.
»Y desafió á Clodion y á los diez caballeros que con él estaban, diciéndoles con arrogante voz, que con su lanza y su espada les daria una leccion de cortesía y nobleza; mas habia de ser con la condicion de que si los derribaba á todos ellos, y él permanecia firme en la silla, deberia quedar dueño del castillo por aquella noche, mientras que los vencidos estarian obligados á pasarla fuera de él. El hijo del rey de Francia corrió un inminente peligro de muerte por no sufrir tal baldon; pues fué derribado violentamente de su caballo: igual suerte cupo á sus diez compañeros; y el vencedor Tristan, dejándolos á la puerta, entró en el castillo, donde halló á aquella jóven tan amada de Clodion: la naturaleza, tan avara en repartir los dones de la hermosura, parecia, sin embargo, haberse complacido en adornar á la linda dama con toda clase de atractivos. Tristan empezó en seguida á hablar con ella, mientras que el insoportable torcedor de los celos martirizaba fuera del castillo á su amante, el cual no tardó en dirigir al caballero las súplicas más ardientes, rogándole que le restituyera su amada.
»Aun cuando Tristan no estaba muy prendado de la jóven, pues la pocion encantada que en otra ocasion habia bebido no le permitia amar á ninguna mujer más que á Isota, deseoso, sin embargo, de vengarse de la ruda y descortés acogida de Clodion, le contestó que creeria incurrir en una imperdonable falta, si consintiera en que una dama tan bella saliese del castillo.—«Si Clodion se lamenta de dormir solo á la intemperie, añadió al mensajero, y desea compañía, le enviaré una jóven que tengo conmigo, fresca, sonrosada y bella, aunque no tanto como su amada. Accederé á que la doncella que le ofrezco pase á su lado la noche y obedezca todos sus mandatos; en cuanto á la más bella, me parece justo y conveniente que quede á disposicion del más vigoroso.»
»Despechado Clodion con tal respuesta, é inflamado de cólera, anduvo toda la noche dando vueltas en torno del castillo, como si estuviera encargado de velar por el reposo de los que dentro de él dormian á sus anchas; lamentándose de que le hubieran privado de su dama mucho más que del frio y del viento. A la mañana siguiente, se la devolvió Tristan, condolido de su tristeza, librándole al mismo tiempo del doloroso peso que le oprimia el corazon; pues le aseguró clara y firmemente que se la entregaba tal cual la habia encontrado, y que aun cuando la dureza del príncipe para con él le hacia acreedor del mayor ultraje, se daba por satisfecho con haberle tenido toda la noche á la intemperie. Clodion intentó disculpar su conducta, diciendo que el amor le habia hecho incurrir en tan grave falta; pero Tristan no quiso aceptar tal disculpa, replicándole que el amor debe excitar en el corazon del hombre sentimientos generosos, y nunca actos tan villanos.
»Clodion no permaneció mucho tiempo en este castillo despues de la partida de Tristan, sino que cambió de morada, regalando esta á un caballero á quien tenia en grande estima, con la expresa condicion de que, tanto él como sus sucesores habrian de observar, siempre que se les pidiese hospitalidad, la costumbre siguiente: el caballero más valiente y la dama más hermosa deberian ser los preferidos para albergarse aquí, y el que resultara vencido estaria obligado á abandonar el puesto, y á dormir en el prado ó donde más le agradara. Tal es la ley cuya observancia se ha conservado hasta nuestros dias.»
Mientras el Señor del castillo entretenia á sus oyentes refiriéndoles esta historia, el mayordomo habia estado disponiendo la mesa en el gran salon, pieza notable por su asombrosa suntuosidad, al cual pasaron los convidados á la luz de las antorchas. Al entrar en dicho salon Bradamante y su jóven y donosa compañera, lo recorrieron con la vista y observaron que sus soberbias paredes estaban cubiertas de pinturas magníficas. Maravilladas al ver aquella estancia tan lujosamente adornada, casi se olvidaban de disfrutar de los manjares por contemplarla, á pesar de que necesitaban restaurar sus fuerzas, casi aniquiladas por las fatigas de aquel dia, y á pesar tambien de que el mayordomo y el cocinero se impacientaban al ver que las viandas se enfriaban en los platos, atreviéndose á decir estas palabras: «Mejor será que ante todo deis alimento á vuestros estómagos, pues tiempo os quedará para dárselo á los ojos.»
Estaban ya sentados á la mesa, é iban á empezar la cena cuando el Señor del castillo reparó en que faltaba á la ley si permitia que se alojaran dos damas en la fortaleza; preciso era que la más hermosa continuara en ella y saliera la otra á pesar de la lluvia y de la violencia del huracan; pues como no habian llegado las dos al mismo tiempo, la costumbre exigia que se hiciera así. Llamó á dos ancianos y algunas dueñas de la casa, que servian de árbitros en tales casos, y designándoles ambas doncellas, les ordenó que dieran su parecer sobre cuál de las dos era la más hermosa. Quedó resuelto por unanimidad que la más bella era la hija de Amon, la cual sobrepujaba en gracias á la otra dama del mismo modo que en valor habia sobrepujado á los tres reyes. El Castellano dijo entonces á la embajadora de Islandia, que presenciaba la deliberacion no sin algun recelo:
—No debe pareceros descortesía que observemos la ley cual corresponde. Forzoso os será, pues, buscar otra morada donde albergaros, puesto que todos hemos convenido en que esa jóven os aventaja en belleza y donosura, por más que esté despojada de todo adorno.
Cual se ve de improviso á una negra nube subir desde un húmedo valle hasta el cielo, cubriendo con su tenebroso crespon la faz del Sol poco antes radiante y esplendorosa, del mismo modo se demudó el semblante de la dama, al oir la dura sentencia que la obligaba á arrostrar la lluvia y el frio fuera del castillo, en términos de que ya no parecia la misma jóven plácida y serena que pocos momentos antes.
Cubrióse su rostro de una palidez mortal, muestra evidente del desagrado que le causaba tan inhumana sentencia; pero observándolo Bradamante y conmovida por una tierna compasion, quiso oponerse á que saliera aquella dama diciendo:
—No puede parecerme justo ni bien meditado todo fallo que se prenuncie sin oir de antemano cuantas razones quiera alegar en su defensa la parte condenada. Yo, aceptando la defensa de esta causa, y haciendo abstraccion completa de si mi belleza es superior ó inferior á la de esta dama, diré que no he venido aquí como mujer, ni quiero tampoco que se me considere como á tal. ¿Y quién se atreverá á asegurar, como no consienta en desnudarme de mis vestidos, que soy, ó no soy, lo que esa jóven es? Lo que no se sabe, no debe afirmarse, y mucho menos cuando tal afirmacion puede perjudicar á otro. Muchos conozco que tienen los cabellos largos como yo, y sin embargo, no son mujeres. Si he conquistado la hospitalidad que me concedeis, como caballero ó como mujer, harto claramente lo habeis visto. ¿Por qué pues habeis de calificarme de mujer, si todas mis acciones son de hombre? Vuestra ley tan solo establece que las damas han de ser vencidas por las damas, y no por los guerreros. Supongamos, sin embargo, admitiendo vuestro parecer, que yo fuese mujer (lo cual no concedo en manera alguna), pero que mi belleza no llegara á igualar á la de esa dama: no creo que por esta causa os resolvierais á dejarme sin la recompensa de que mi valor me hiciese acreedora, por más que mi rostro no la mereciese; porque seria una punible injusticia negarme por falta de atractivos lo que mi valor me hubiera hecho conquistar por medio de las armas. Y aunque la costumbre dispusiera que el que pierde en punto á belleza debe abandonar el puesto, yo querria permanecer en él á todo trance. Por lo tanto, no siendo iguales las circunstancias que concurren entre esa dama y yo, debo inferir que, sentada la cuestion bajo el punto de vista de la belleza, puede perder mucho y no ganar nada conmigo, y donde las pérdidas y las ganancias no son iguales en todo, no puede tampoco establecerse una competencia honrosa: por consiguiente, ya sea favor ó justicia, no prohibireis á esa dama que pase la noche en este castillo. Si hay alguno que se atreva á decir que mi opinion no es justa y razonable, pronta estoy á sostener como guste, que su parecer es falso, y verdadero el mio.
La hija de Amon, compadecida de que tan sin razon se viese aquella dama obligada á salir al campo, donde caia una copiosa lluvia y no habia un solo abrigo donde guarecerse, supo persuadir al señor del castillo con sus razonables y sensatas palabras, y especialmente con su última proposicion, á que se estuviera quieto, y conviniera con ella en cuanto habia expuesto. Así como durante el ardiente calor del estío, cuando más sedientas están las agostadas plantas, se reanima la flor, próxima á marchitarse por falta de aquel jugo que la sostenia, en cuanto siente la anhelada lluvia, así tambien la embajadora, al verse tan brillantemente defendida, ostentó en su rostro la apacible belleza que la adornaba anteriormente.
Preparáronse entonces á disfrutar de los placeres de aquella cena que aun no habian tocado, y no fué ya turbado su contento por la llegada de ningun caballero andante. Todos hicieron honor al banquete, excepto Bradamante, que continuaba triste y afligida como siempre; pues aquel temor, aquella terrible sospecha que la oprimia sin cesar, le quitaba el gusto para todo. Una vez terminada la cena (que se habria prolongado más, si no lo hubiera impedido el deseo de satisfacer la curiosidad), se levantó Bradamante, imitándole la mensajera. Por órden del Castellano, encendió un paje una multitud de bugías, que esparcieron la más viva claridad en todo el salon. En el canto siguiente diré lo que ocurrió.