CANTO XXXIII.
Bradamante ve representadas las guerras futuras en las pinturas del castillo cuyas puertas le abrió su valor.—La fuga de Bayardo interrumpe el combate de Reinaldo y el rey de Sericania.—Astolfo, que daba la vuelta al mundo á través de los aires, llega á Nubia de donde espulsa á las feroces arpías, que devoraban los manjares de la mesa del rey, y las persigue hasta la boca del infierno.
Timágoras, Parrasio, Protógenes, Polignoto, Timante, Apolodoro, el ilustre y universalmente conocido Apeles, Zeuxis[48], y todos los pintores más famosos de la antigüedad, cuyo renombre (á pesar de Cloto[49] que destruyó sus cuerpos y despues sus obras) vive y vivirá en el mundo, mientras se lea ó escriba, merced á los poetas; cuantos existieron ó aun existen en nuestro tiempo, como Leonardo de Vinci, Andrés Mantegna, Juan Bellini, los dos Dossi, y el que pinta y esculpe con igual talento, Miguel, más bien que mortal, Ángel divino; Sebastiano del Piombo, Rafael, Ticiano, honra de Venecia y Urbino los primeros y de Cadore el último, y todos aquellos cuyos trabajos compiten con las obras maestras de la antigüedad; cuantos artistas, en fin, gozan hoy de alguna fama ó la han tenido hace mil y mil años, representaron con sus pinceles en lienzos ó edificios únicamente los sucesos que ya acaecieron; pero jamás habreis oido decir que ningun pintor antiguo ni moderno haya pintado los acontecimientos futuros, y sin embargo, se han encontrado cuadros representando historias, que se pintaron antes de que sucedieran.
No puede envanecerse de hacer otro tanto ningun artista, vivo ó muerto; porque este arte pertenece tan solo á los encantadores, á cuyos conjuros se estremecen los espíritus infernales. Valiéndose Merlin de un libro que se proporcionó en el lago Averno[50] ó en las grutas Nursinas[51], obligó á los demonios á construir en una sola noche el salon de que he hablado en el canto anterior. El arte mágica con que nuestros antepasados hicieron tales prodigios, se ha perdido completamente.
Pero volviendo donde me estarán esperando los que ansiaban contemplar las pinturas de aquella sala, diré que á una señal dada por el Señor del castillo, trajo un escudero varias antorchas encendidas, cuya luz disipó las tinieblas que en torno reinaban, produciendo tal claridad que parecia de dia. El Castellano dijo entonces:
—Habeis de saber, que de todos los combates que aquí están representados, son todavía muy pocos los que han acontecido, porque se pintaron antes de que sucedieran; pero su autor supo tambien adivinarlos. A la vista teneis las victorias ó derrotas que nuestros soldados conseguirán ó tendrán que sufrir en Italia. El profeta Merlin se esmeró en reproducir en esta sala todas las batallas prósperas ó adversas que los franceses habian de dar al otro lado de los Alpes, desde la época en que él vivió hasta mil años despues. El rey de Bretaña envió á Merlin á disposicion del rey franco sucesor de Marcomiro[52]: os diré en pocas palabras la causa de la venida de Merlin, y por qué ejecutó este trabajo.
»El rey Faramundo, que fué el primero que invadió la Galia atravesando el Rin á la cabeza del ejército franco, despues de conquistar este país, formó el designio de sojuzgar tambien la soberbia Italia, en vista de que el Imperio romano iba decayendo de dia en dia; y con este objeto quiso aliarse con el británico Arturo, contemporáneo suyo. Arturo, que no emprendia cosa alguna sin consultar préviamente el parecer de Merlin, del sábio encantador hijo del demonio, que profundizaba los arcanos del porvenir, supo por él los peligros á que expondria á sus soldados si penetraba en la region que dividen los Apeninos y está limitada por el mar y los Alpes, cuya profecía se apresuró á poner en conocimiento de Faramundo. Merlin anunció al Rey franco que todos cuantos empuñaran el cetro de Francia despues de él, verian sus ejércitos destruidos por el hierro, el hambre ó la peste, y que sus pretensiones sobre Italia solo les reportarian alegrias transitorias y prolongados lutos, pocas ventajas é interminables daños, porque las lises no podrian arraigarse jamás en aquel país. Faramundo dió tal crédito á los vaticinios del encantador, que dirigió hácia otra parte sus armas; y Merlin, previendo los acontecimientos futuros como si en realidad hubieran tenido efecto, accedió á los ruegos del Rey, segun se cree, é hizo por medio de encantamientos esas pinturas que representan todos los hechos de armas que deberian llevar á cabo los franceses, como si ya se hubiesen realizado. El monarca francés quiso dar á entender á sus sucesores que así como podria alcanzar triunfos y honores todo el que abrazara la defensa de Italia contra cualquiera de sus enemigos, del mismo modo deberia estar seguro de hallar abierta la tumba en sus montañas si se dirigia á ella con intencion de saquearla ó tiranizarla, haciéndole soportar el yugo de la esclavitud.»
Así dijo, y en seguida condujo á los circunstantes hácia el cuadro donde empezaban las historias, mostrándoles á Sigeberto, que estimulado por los cuantiosos donativos que le ofreciera el emperador Mauricio, bajaba desde el monte de Jove á la extensa llanura regada por el Lambro y el Tesino. Veíase en él á Autharis, no solo rechazando la invasion de los franceses, sino desordenando y aniquilando su ejército[53].
En otro cuadro se veia á Clodoveo atravesando los Alpes á la cabeza de un ejército de cien mil hombres; pero el Duque de Benevento, que no contaba para hacerle frente más que con un número muy reducido de tropas, fingia abandonar el campamento, á fin de que cayera el enemigo en el lazo que se le tendia. La soldadesca francesa se lanzaba sobre el vino lombardo para escarmiento y baldon suyo, quedando prendida en él, como las moscas en la miel[54].
En el cuadro siguiente se veia á Childeberto enviando á Italia una inmensa multitud de capitanes y guerreros franceses; pero sin poder envanecerse, más que Clodoveo, de haber saqueado ó vencido al lombardo; porque cayó sobre su ejército la espada del Cielo produciendo en él tal estrago, que todos los caminos estaban sembrados de cadáveres franceses, muertos de calor ó de disentería, en términos que de cada diez no volvió uno sano[55].
El Castellano les mostró despues á Pepino y en seguida á Cárlos, que bajaban uno tras otro á Italia, consiguiendo ambos ver coronada su empresa de un éxito feliz, por lo mismo que no la habian llevado á cabo con objeto de asolar el país, sino con el de defender el primero al oprimido Pastor Esteban, y el segundo á Adriano y á Leon despues. El uno conseguia domeñar al belicoso Astolfo, y el otro vencer y hacer prisionero á su sucesor, reponiendo al Papa en su honorífico puesto[56].
Mostróles á continuacion al jóven Pepino, que con su ejército parecia cubrir todo el territorio que se extiende desde el Pó hasta las costas orientales. A fuerza de gastos y de mucho trabajo, establecia un puente en Malamocco, cuyo extremo llegaba á Rialto, para combatir sobre él. Despues estaba representado en actitud de huir, dejando á los suyos sepultados bajo las aguas, por haberle destruido el puente las olas y el viento[57].
Seguia á continuacion Luis de Borgoña, que descendia á la llanura en que debia quedar vencido y prisionero, obligándole su vencedor á jurar que nunca volveria las armas contra él. Por haber cumplido mal su juramento, caia de nuevo en el lazo que se le habia tendido, y dejando en él los ojos, le trasladaban los suyos como un topo al otro lado de los Alpes[58].
Representaba la pintura siguiente las portentosas hazañas de Hugo de Arlés, arrojando de Italia á Berengario, y derrotándole dos ó tres veces seguidas, á pesar del auxilio de los hunos y de los bávaros. Obligado despues á ceder al número, capitulaba con el enemigo; pero no sobrevivia mucho tiempo á esta afrenta, y su sucesor, no menos infortunado que él, se veia precisado á ceder á Berengario todos sus estados[59].
Más allá contemplaron á otro Cárlos, que para consuelo del buen Pastor, encendia en Italia el fuego de la guerra, y en dos terribles batallas daba muerte á dos reyes: á Manfredo, primero, y á Conradino despues. Su gente, que tenia el reino oprimido con toda clase de vejámenes, se diseminaba por las ciudades, y al poco tiempo toda ella era degollada al toque de vísperas[60].
El Castellano les enseñó despues (dejando en claro una larga série de años, y aun de lustros), un capitan francés que descendia de los Alpes para hacer la guerra á los ilustres Viscontis, el cual sitiaba á Alejandría con un numeroso ejército, compuesto de infantes y ginetes: el Duque de Milan reforzaba la guarnicion de la plaza sitiada, y al mismo tiempo preparaba no lejos de allí una emboscada, á la que con astucia y maña sabia atraer á los imprudentes franceses. El Conde de Armañac perecia en ella con la mayor parte de sus gentes, cuyos cadáveres yacian esparcidos por toda la llanura, y los restos del ejército caian prisioneros en Alejandría: aumentado el caudal del Tánaro con la sangre derramada en la batalla, se precipitaba en el Pó enrojeciendo sus aguas[61].
Mostróles á continuacion un señor de la Marca y tres condes de Anjou, diciendo:
—Ved cuán molestos son estos guerreros á los habitantes de la Daunia y de los Abruzzos, á los Marsos y á los Salentinos[62]; pero de nada les valdrán los auxilios que reciban de Roma ó de Francia para conseguir afirmar su planta en aquellos países; y si no, ved cómo Alfonso y Fernando les arrojan del reino cuantas veces intentan penetrar en él[63].
»Ahí teneis á Cárlos VIII, que desciende de los Alpes, llevando consigo la flor de los guerreros franceses: atraviesa el Liris[64] y se apodera de todo el reino sin desenvainar la espada ó enristrar la lanza, excepto del escollo que se extiende por los brazos, el pecho y el vientre de Tifeo[65], en donde no pudo vencer la resistencia del valeroso Iñigo del Vasto, descendiente de la estirpe de Ávalo[66].»
El señor del castillo, que iba describiendo aquellas historias á Bradamante, añadió al mostrarle la isla de Ischia:
—Antes de seguir más adelante, quiero referiros lo que solia contarme mi abuelo cuando yo era niño: es un suceso que él habia oido relatar á sus padres ó abuelos, y estos á los suyos, remontándose de esta suerte la tradicion hasta aquel de mis ascendientes que oyera la historia de los propios lábios del que hizo sin necesidad de pincel las variadas imágenes que aquí veis. Cuando Merlin mostró al Rey el castillo edificado sobre la empinada roca que os estoy designando, le dijo lo que vais á escuchar:—«Esa isla llegará á ser defendida un dia por un caballero, cuya audacia despreciará las llamas que hasta el mismo Faro le han de rodear por todas partes; y por aquella época ó poco despues (le designó el dia y el año) deberá nacer de su sangre un guerrero, que dejará muy atrás á todos los más valientes que existan ó hayan existido. No fué tan grande la belleza de Nireo[67], ni el valor de Aquiles, ni la audacia de Ulises, ni la velocidad de Lada[68]; no fué tan prudente Néstor, que tanto supo y vivió tanto[69], ni César tan liberal y magnánimo como la antigua fama nos lo representa, que, comparados con el varon ilustre que debe nacer en Ischia, no queden oscurecidas todas las virtudes que los han hecho famosos. Y si se envaneció la antigua Creta cuando vió nacer en ella al nieto del Cielo[70]; si Hércules y Baco hicieron á Tebas gloriosa[71]; si Delos se alabó de haber llevado á los dos gemelos[72], no dejará esa isla de estremecerse de gozo y de adquirir un renombre que por todo el orbe resuene, cuando nazca en ella aquel gran Marqués[73] á quien el Cielo prodigará todos sus dones.»—Así le dijo Merlin, y repitió muchas veces que estaba reservado para ver la luz primera en el instante en que más oprimido se viera el romano Imperio, á fin de que, merced á él, recobrara su libertad.—Pero como os he de enseñar más adelante algunas de sus hazañas, no quiero hablaros de ellas prematuramente.
Así dijo el Castellano, y volvió á ocuparse del cuadro en que estaban representadas las ínclitas proezas de Cárlos.
—Ved ahí, les decia, cómo se arrepiente Luis de haber hecho que Cárlos acuda á Italia; pues su intencion al llamarle solo será la de que le preste auxilio contra su inveterado rival, y no la de que le despoje de sus estados. Por esta razon se aliará á los venecianos, y al regreso de Cárlos, intentará apoderarse de él. Mirad cómo baja la lanza el animoso Rey, se abre un camino sangriento y se aleja, á pesar de los esfuerzos de sus enemigos. Mas las tropas que habrá dejado para conservar el nuevo reino, sufrirán una suerte bien distinta; pues Fernando, ayudado por el Señor mantuano, reunirá tantas fuerzas en su contra, que en pocos meses no dejará un francés vivo, lo mismo en el mar que en la tierra. Sin embargo, la pérdida de un solo hombre muerto á traicion, hará desaparecer todo el júbilo de la victoria[74].
Así diciendo, les mostró al marqués Alfonso de Pescara, y prosiguió:
—Despues que los lauros alcanzados en mil empresas hayan hecho brillar á ese guerrero más que el resplandeciente rubí, caerá en una asechanza que le tenderá un malvado etíope por medio de un tratado doble, y ahí podeis ver cómo cae el mejor caballero de aquella edad con la garganta traspasada por una saeta[75].
En seguida les enseñó al rey Luis XII atravesando los montes al frente de un ejército italiano, el cual, venciendo al Moro, plantaba la flor de lis en el terreno fecundo propiedad de los Viscontis. Desde allí enviaba sus soldados por el mismo camino que ya habia seguido Cárlos, á fin de que echaran un puente sobre el Garellano; pero no tardaban en ser derrotados, y en quedar muertos ó ahogados en el rio[76].
—Contemplad, decia el Señor del castillo, esa nueva y terrible matanza del ejército francés, obligado á emprender la fuga; el español Gonzalo Fernandez es el que por dos veces le ha hecho caer en la trampa. Ved, sin embargo, cómo la Fortuna, que tan adversa se mostrara entonces al rey Luis, le sonríe despues más benigna en las ricas llanuras que el Pó divide entre los Apeninos y los Alpes, hasta donde se oyen los bramidos del Adriático[77].
Al decir estas palabras, se reconvino á sí mismo por haber olvidado lo que debia referir de antemano; y volviendo atrás, les designó un traidor que vendia al enemigo el castillo que su señor le confiara; el pérfido suizo, que más adelante cargaba de cadenas al mismo que pagaba sus servicios: traiciones ambas que concedian el triunfo al rey de Francia sin necesidad de combatir[78].
A continuacion les hizo reparar en César Borgia, que con el auxilio de aquel Rey, aumentaba su poderío en Italia, y desterraba de Roma á su albedrío cuantos grandes y señores le eran molestos[79]. Despues les indicó el mismo Rey, que hacia desaparecer de Bolonia la sierra, la reemplazaba con el roble, ponia luego en fuga á los genoveses que se le habian rebelado, y subyugaba su ciudad[80].
—Mirad ahí, continuó diciendo, cuán cubierta de cadáveres está la campiña de Giaradadda: todas las ciudades abren sus puertas al Rey, y ni aun la misma Venecia puede resistirle. Mirad cómo este no consiente al Papa que, pasados los límites de la Romanía, arrebate la ciudad de Módena al Duque de Ferrara; pues por el contrario, obligando al Pontífice á detener su invasion y á respetar los estados de aquel duque, le despoja de la ciudad de Bolonia, y se la entrega á la familia de los Bentivoglio. Contemplad más allá al ejército francés saqueando á Brescia despues de apoderarse de nuevo de ella, y ved cómo socorre á Felsina, y dispersa casi á un tiempo mismo al ejército papal.—El uno y el otro se encuentran luego frente á frente en las llanuras que riega el Chiese. Por un lado el ejército francés, y por el otro el del Papa, reforzado con un numeroso cuerpo de españoles, traban una sangrienta batalla. Caen sin cesar combatientes de ambas partes, enrojeciendo el suelo; todos los fosos y zanjas están llenos de sangre humana. Marte no sabe á quien conferir la palma de la victoria; pero merced á la intrepidez de un Alfonso, ceden los españoles, y los franceses quedan dueños del campo: á consecuencia de esta batalla, es saqueada la ciudad de Rávena, y el Papa, mordiéndose los lábios de desesperacion, hace que una multitud de alemanes descienda á modo de tempestad, desde las montañas vecinas, los cuales, arrollando en todos los encuentros á los franceses, les arrojan al otro lado de los Alpes, y colocan despues un vástago del Moro en el jardin de donde arrancan las lises de oro[81]. Ved cómo vuelve el francés, y cómo le derrota el suizo desleal, llamado por el jóven en su auxilio, á pesar del riesgo á que se exponia por haber sido el mismo que vendiera y aprisionara á su padre[82]. Pero mirad cómo ese mismo ejército, que habia caido debajo de la rueda de la Fortuna, se prepara á vengar la derrota de Novara, guiado por un nuevo rey, y pasa á Italia bajo mejores auspicios[83]. Ahí teneis á Francisco I destrozando á los suizos de tal modo, que casi los extermina completamente, y haciéndoles además perder para siempre el título de domadores de príncipes y defensores de la Iglesia cristiana, con que aquellos villanos mal nacidos se engalanaban. Mirad cómo, á pesar de la Liga, se apodera de Milan, y pensiona al jóven Sforza. Ved á Borbon que defiende la ciudad por el rey de Francia contra el furor aleman. Ved despues cómo, mientras está ocupado el monarca francés en empresas de mayor importancia, y sin sospechar el orgullo y la crueldad de que hacen gala los suyos, le arrebatan á Milan.
»Fijad la vista en ese otro Francisco, que tanto se parece al abuelo, no solo en el nombre, sino tambien en el valor, el cual, despues de expulsar á los franceses, recobra con el favor de la Iglesia el suelo pátrio[84]. Ved cómo vuelve Francia, pero conteniendo sus ímpetus, y sin recorrer con rápido vuelo la Italia, cual solia; pues el bravo Duque de Mantua sale á oponérsele en el Tesino y le corta el paso. Federico, en cuyo rostro no apunta todavía el bozo de la pubertad, se hace digno de eterna gloria, por haber sabido defender á Pavía del furor de Francia y desbaratar los proyectos del Leon del mar, haciendo uso de su diligencia y sagacidad más bien que de las armas[85].
»Reparad en esos dos marqueses, ambos terror de nuestras gentes y honor de Italia; ambos de una misma estirpe, y nacidos en un mismo nido. El primero es hijo de aquel marqués Alfonso, con cuya sangre vísteis enrojecido el suelo, por haber caido en las asechanzas que un negro le tendiera. Ved cuántas veces son arrojados de Italia los franceses, merced á sus consejos. El otro cuyo aspecto es tan benigno y apacible, es señor del Vasto, y se llama Alfonso. Este es el valiente caballero de quien os hablaba cuando os enseñé la isla de Ischia, y con respecto al cual dijo tantas cosas Merlin á Faramundo, profetizando que aplazaria su nacimiento para cuando más necesidad tuviesen de su ayuda la afligida Italia, la Iglesia y el Imperio contra los ultrajes de los bárbaros. Mirad cómo, puesto á las órdenes de su primo el de Pescara, y bajo los auspicios de Próspero Colonna, hace que los suizos y especialmente los franceses conserven un terrible recuerdo de Bicocca[86]. Ved cómo Francia se apresta de nuevo á vengar las afrentas recibidas, bajando su rey con un ejército á Lombardia y enviando otro á talar el reino de Nápoles; pero la Fortuna, que juega con los mortales como el viento con el árido polvo, al cual hace describir rápidos remolinos, lo remonta hasta el Cielo, y de improviso lo precipita en la Tierra de donde lo ha elevado, alimenta las ilusiones del Rey que cree tener reunido en torno de Pavía un ejército de cien mil hombres, cuando á pesar de ver los que desertan continuamente, no sabe si sus gentes aumentan ó disminuyen: así es que por culpa de algunos ministros avaros, y por la bondad del Rey que de ellos se fia, son muy pocos los que acuden á reunirse bajo sus banderas, al resonar por la noche el toque de llamada para rechazar el ataque del sagaz español, que sostenido por los dos ilustres descendientes de Ávalos, seria capaz de abrirse paso hasta el Cielo ó el Infierno. Ved lo más selecto de la nobleza de Francia llenando con sus cadáveres el campo; ved á su Rey animoso, que á pesar de rodearle un bosque de lanzas y espadas, y de estar muerto su caballo, no quiere rendirse ni suponerse vencido, aun cuando todo el ejército enemigo se precipita sobre el, y hácia él solo dirige sus ataques, en tanto que el Rey no tiene quien le socorra. El valeroso monarca empapado en sangre enemiga se defiende á pié; pero preciso es que el valor ceda al fin á la fuerza. Ved al Rey prisionero, y védlo luego en España, y mirad cómo se concede el laurel de la victoria y de la prision del monarca al Marqués de Pescara y á su inseparable compañero el del Vasto. Queda un ejército deshecho en Pavía: el otro que se dirigia á invadir á Nápoles, se queda á su vez como una luz cuando le falta la cera ó el aceite. Contemplad al Rey, que deja á sus hijos en la prision ibera, y vuelve á sus estados: ved cómo, mientras combate de nuevo en Italia, le ataca otro en su propio país. Mirad cuántos homicidios y rapiñas afligen á Roma por todos sus ámbitos, siendo mancilladas con estupros é incendios lo mismo las cosas divinas que las profanas. El ejército de la Liga contempla de cerca el estrago, y escucha distintamente el llanto y los gemidos; pero en vez de oponerse á él, retrocede, consintiendo que el sucesor de Pedro caiga prisionero[87]. El Rey envia á Lautrec con nuevas tropas, no ya para apoderarse de Lombardia, sino para arrancar de manos impías y criminales, la cabeza y demás miembros de la Iglesia; pero Lautrec retrasa tanto su marcha, que al llegar á Roma encuentra ya al Padre Santo en libertad, por lo cual sigue adelante, poniendo sitio á la ciudad donde está sepultada la Sirena[88], y recorre todo el reino[89]. Ved cómo desplega sus velas la armada imperial para dar socorro á la ciudad asediada, y ved á Doria cuál le sale al encuentro, y la destroza, incendía ó echa á pique. Pero mirad cómo la Fortuna, hasta aquí tan propicia á los franceses, les retira sus favores, y les hace perecer, no por medio del hierro, sino de la peste, en términos que de cada mil hombres apenas vuelve uno á su amada Francia[90].»
Todas estas historias y otras muchas que seria prolijo enumerar, pintadas con los más vivos y variados colores, estaban representadas en aquel salon, cuya capacidad era tanta, que bastaba para contenerlas. Bradamante y su compañera quisieron verlas dos ó tres veces, porque no se cansaban de admirarlas, y de leer las inscripciones que en letras doradas se veian al pié de cada una de ellas; y despues de pasar algunos momentos comentando lo que acababan de ver, fueron á ocupar las habitaciones que el señor del castillo, acostumbrado á tratar á sus huéspedes con toda clase de consideraciones, les designó para que se entregaran al reposo. Cuando todos dormian ya tranquilamente, Bradamante se decidió á acostarse; pero no hizo más que dar vueltas en su lecho á uno y otro lado, sin poder conciliar el sueño. Al acercarse la aurora, consiguió dormir algunos momentos, y le pareció ver en sueños la imágen de Rugiero que le decia:—«¿Por qué te consumes dando crédito á una falsedad? Antes retrocederán los rios en su curso, que deje yo transcurrir un solo instante sin dedicarte todos mis pensamientos. Si no te amara, tampoco podria amar á mi propio corazon ni á las pupilas de mis ojos.»—Y parecia añadir:—«He venido á recibir el bautismo y á cumplir lo que te he ofrecido: si he tardado tanto, ha sido por haberme detenido una herida muy distinta de las que produce el Amor.»—Al llegar aquí desapareció el sueño, y con él, la imágen de Rugiero: la guerrera se entregó de nuevo á su afliccion, profiriendo mentalmente estas quejas entre llantos y suspiros:
—¡Ay mísera de mí! Solo fué un sueño lo que era grato á mi corazon, y en cambio lo que me atormenta es una realidad harto positiva. El bien fué un sueño demasiado rápido en desvanecerse; pero no es sueño, no, este terrible martirio. ¡Ah! ¿Por qué mis sentidos despiertos no ven y oyen lo que creyó ver y oir mi pensamiento? ¡A qué condicion habeis quedado reducidos, ojos mios, que cerrados veis el bien, y abiertos, el mal! El dulce sueño me prometia paz; pero el amargo despertamiento renueva mis torturas: el dulce sueño ha sido, por mi mal, harto falaz; pero el amargo despertamiento no se equivoca. Si la verdad me mata, y me consuelan las ilusiones, permita el Cielo que no vuelva yo á oir ni á ver la verdad en la Tierra: si durmiendo soy feliz, y velando desgraciada, ¡ojalá me sea dado dormir sin despertar jamás! ¡Cuán felices son los animales que permanecen seis meses enteros sin abrir los ojos, entregados á un sueño profundo! Poco me importa que un sueño semejante se parezca á la muerte, que permaneciendo en vela se viva más tiempo; pues mi aciaga suerte, contraria á la de todos los humanos, encuentra la muerte velando y la vida durmiendo; y si la muerte á tal sueño se asemeja, ¡oh Muerte, ven cuanto antes á cerrar mis párpados!
Empezaba el Sol á teñir de púrpura los límites del horizonte, las nubes se disipaban, y el naciente dia prometia ser menos borrascoso que el anterior, cuando la guerrera, despierta ya, tomó sus armas para continuar sin perder tiempo su camino, dando las gracias al Señor del castillo por su hospitalidad y por las consideraciones que le habia guardado. Al salir del castillo, vió que la embajadora se le habia anticipado, y que llegaba con sus doncellas y sus escuderos al sitio en que la estaban esperando los tres reyes á quienes la guerrera derribara la noche anterior con su lanza de oro: habian pasado estos una noche cruel, sufriendo el agua, el viento y el frio, á cuyos males debia añadirse el de que tanto ellos como sus caballos habian tenido que resignarse á un completo ayuno, rechinando los dientes y pisando el lodo; pero lo que sobre todo les mortificaba, era la idea de que la mensajera pusiera en conocimiento de su señora, aparte de las demás circunstancias, la de que habian sido derribados por la primera lanza que en Francia se volvió contra ellos.
Resueltos á perecer ó á tomar una pronta venganza del ultraje recibido, á fin de que Ulania rectificara el juicio que de su valor habia formado, retaron á nueva lid á la hija de Amon, en cuanto esta acabó de pasar el puente levadizo, sin presumir que desafiaban á una doncella, pues los ademanes de Bradamante no eran los de tal. La jóven, que iba de prisa y no queria perder tiempo, rehusó al pronto el combate; pero fueron tantas las provocaciones de los tres reyes, que no pudo negarse ya sin mengua para ella; y enristrando la lanza, de tres botes derribó á los tres en tierra, con lo cual terminó el combate: despues, sin dignarse siquiera mirarlos, les volvió las espaldas, y se alejó rápidamente.
Aquellos guerreros, que habian venido de tan apartadas regiones solo por conquistar el escudo de oro, se levantaron sin pronunciar una palabra, como si la voz se les hubiese extinguido al mismo tiempo que el denuedo, y quedaron confusos, maravillados y sin atreverse á levantar la vista hasta Ulania, recordando sin duda las muchas veces que en su presencia se habian jactado por el camino de que no habria caballero ni paladin capaz de hacer frente al menos valeroso de los tres. Deseando la dama humillarles más y castigar su desmedida arrogancia, les hizo saber que era una doncella, y no un paladin, quien les habia arrojado de la silla.
—Si una mujer os ha hecho medir el suelo, les decia, ¿qué no debereis pensar con respecto á la bravura de Orlando y de Reinaldo, que con mayor motivo han alcanzado tan glorioso renombre? Si cualquiera de ellos conquista el escudo, ¿sereis capaces por ventura de disputárselo con más valor del que habeis demostrado contra una doncella? Yo por mí no lo creo, y supongo que vosotros tampoco lo creeis. Podeis daros ya por satisfechos; pues no teneis necesidad de ofrecer una prueba más clara de vuestro valor: y si hay alguno de vosotros tan temerario que desee hacer en Francia otra nueva experiencia de su esfuerzo, solo conseguirá añadir el daño á la vergüenza que por dos veces habeis encontrado en este país, á no ser que juzgue más útil y glorioso recibir la muerte por mano de tales guerreros.
Luego que estuvieron plenamente convencidos de que era una doncella la que habia mancillado su fama, tan brillante hasta entonces, cuya circunstancia confirmaron no solo Ulania, sino las personas de su séquito, se sintieron poseidos de tal dolor y tanta ira, que estuvieron á punto de volver contra sí mismos sus aceros; y arrastrados por su despecho furioso, se quitaron cuantas armas llevaban encima, sin conservar siquiera la espada, y las arrojaron al foso del castillo, jurando que, para reparar la afrenta que una mujer les habia causado, haciéndoles medir vergonzosamente el suelo, estarian un año entero sin usar armas de ninguna clase y sin caminar más que á pié por toda clase de caminos, y añadiendo que hasta que hubiera transcurrido el año, no vestirian otras armas ni montarian más caballos que los que consiguieran ganar combatiendo. Para castigar, pues, su falta, emprendieron de nuevo su viaje; ellos á pié y desarmados, y Ulania y su servidumbre á caballo.
Bradamante llegó por la noche á un castillo que habia en el camino de París, y supo allí que Agramante habia sido derrotado por Carlomagno y por su hermano Reinaldo. En aquel castillo encontró una cordial hospitalidad y buena mesa; pero la guerrera, insensible á los solícitos cuidados que le prodigaban, comia poco, dormia menos y no hallaba reposo en parte alguna. Sin embargo, no debo ocuparme tanto de Bradamante, que vaya por ella á descuidar á aquellos dos caballeros que habian atado sus caballos cerca de la solitaria fuente.
El combate que voy á describir no tenia por objeto la conquista de una ciudad, ni de una corona; sino el de ver cuál de los dos deberia quedar en posesion de Durindana y de Bayardo. Sin que tuviesen necesidad de clarin ó trompeta para dar la señal del combate; sin heraldo que les recordase la defensa ó el ataque y excitase su valor, desnudaron al mismo tiempo sus espadas, y se precipitaron uno contra otro. Pronto resonó el aire con los golpes terribles y reiterados, y pronto tambien empezó la ira á dominarles. Imposible seria hallar otras dos espadas, por más firmes, sólidas y duras que fuesen, que no se hubiesen roto ó mellado bajo la increible violencia de aquellos desmesurados golpes; pero las de ambos guerreros eran tan sólidas y tal la seguridad que una larga experiencia les prestaba, que bien podian chocar entre sí mil y más veces sin peligro de romperse.
Reinaldo, cambiando de sitio con destreza, maña y arte, esquivaba los tremendos tajos de Durindana, por constarle cuán bien hendia el acero mejor templado. El rey Gradasso descargaba innumerables golpes con ella, pero casi todos al aire; y si lograba acertar alguno, era siempre en sitio donde podia hacer muy poco daño. Reinaldo calculaba mejor sus ataques, y adormecia con frecuencia el brazo del pagano: su acero penetraba á veces por los costados ó por las junturas del yelmo y la coraza de Gradasso; pero tropezaba con la cota diamantina, y no conseguia romper ó desunir una sola malla; porque, merced al arte de los encantadores que la fabricaron, era sumamente dura y fuerte. Sin concederse el menor reposo, habian estado mucho tiempo tan atentos á herir ó parar los golpes, que las miradas de cada uno de ellos no se separaban un solo instante de los ojos de su adversario, cuando una nueva riña llamó su atencion y dió tregua á su furor.
Suspendieron el combate, al ver á Bayardo en gran peligro.
(Canto XXXIII.)
Volvieron ambos la cabeza simultáneamente al oir un grande estrépito, y vieron á Bayardo riñendo con un mónstruo más grande que él y cuyas formas eran de ave. Su cabeza tenia más de tres brazas de longitud; los miembros restantes eran de murciélago; el plumaje negro como la tinta; las garras enormes, agudas y encorvadas; los ojos de fuego; la mirada torva y las alas tan enormes, que más bien parecian dos velas. Quizás fuera un ave verdadera; pero no sé si en otro país se habrá hallado otra igual, porque nunca he visto un animal semejante, ni he leido nada con respecto á él, excepto lo que he encontrado en las obras de Turpin. Esta consideracion me hace creer que el pájaro en cuestion seria un espíritu infernal que Malagigo hizo aparecer bajo aquella forma, á fin de impedir el combate. Reinaldo lo sospechó tambien así, y dirigió despues las más ágrias reconvenciones á su primo, el cual rechazó semejante imputacion; y para convencer á Reinaldo de su sinceridad, le juró por la luz que da luz al Sol que era infundada aquella sospecha.
Fuese ave ó demonio, lo cierto es que el mónstruo cayó sobre Bayardo y lo aferró con sus garras. El caballo, que era vigoroso en extremo, rompió las riendas que le sujetaban, y lleno de rabia y cólera, se volvió contra su acometedor á coces y mordiscos: el ave le soltó, y remontándose velozmente por los aires, volvió á precipitarse sobre él, clavándole sus punzantes uñas y hostigándole sin cesar. Herido el corcel, é incapaz de resistir á su enemigo, huyó rápidamente hácia la selva vecina, procurando ampararse de la espesura. No por eso cesó de perseguirle la plumada fiera, procurando aprovecharse de los claros del bosque para caer de nuevo sobre el caballo; pero tanto se internó este en la enramada, que al fin logró guarecerse en una cueva. En cuanto el mónstruo alado perdió sus huellas, remontóse al cielo, para buscar otra presa.
Al ver Reinaldo y Gradasso que se les escapaba el caballo, causa de su combate, convinieron en diferirlo hasta salvar á Bayardo de las garras que le hacian huir por la oscura selva; pero con la condicion de que el primero que lograra cogerle habia de volver con él á aquella fuente, para terminar la interrumpida contienda. Se apartaron de la fuente, siguiendo las huellas recientemente impresas en la tierra, pero Bayardo se alejaba cada vez más de ambos adversarios, que no podian competir con él en velocidad. Gradasso saltó sobre su Alfana, é internándose por la selva, dejó muy atrás al Paladin, triste y en extremo descontento. A los pocos pasos, perdió Reinaldo el rastro de su corcel, que en su vertiginosa carrera, habia ido buscando los rios, los árboles, los peñascos, los senderos más escabrosos y salvajes para librarse de las terribles garras que, cayendo del cielo, se clavaban en sus lomos. Convencido Reinaldo de la inutilidad de sus pesquisas, volvió á la fuente á esperarlo, por si Gradasso le llevaba allí, tal como habian convenido de antemano; mas cuando vió que esperaba en vano, se dirigió de nuevo al campamento á pié y sumido en una profunda tristeza.
Pero volvamos al rey de Sericania, cuya suerte fué más propicia que la del paladin; pues su buena estrella, más bien que su derecho, hizo que oyera los relinchos de Bayardo, al cual encontró en la profunda cueva, tan poseido de espanto todavía, que no osaba salir fuera de ella; de cuya oportunidad se aprovechó el pagano para apoderarse de él. Aunque Gradasso recordaba perfectamente su promesa de volver con él á la fuente, no se mostró dispuesto á cumplirla, y se hizo el siguiente razonamiento:
—Conquístelo en buen hora el que lo desee por medio de las armas: yo prefiero apoderarme de él en paz. Tan solo por hacer mio á Bayardo he venido de uno á otro extremo de la Tierra; ya que le tengo en mi poder, harto loco será el que crea que pienso desprenderme de él. Si Reinaldo quiere recuperarle, que haga un viaje á la India, como yo lo he hecho á Francia: tan seguro estará en Sericania como yo lo he estado las dos veces que he venido á este país.
Así diciendo, se dirigió por el camino más transitable hácia Arlés, donde logró reunirse con el ejército sarraceno, y se embarcó en una galera despalmada[91] con Bayardo y Durindana. En otra ocasion hablaré de él; que ahora debo dejar atrás á Gradasso, á Reinaldo y á toda la Francia, y ocuparme de Astolfo, que, merced á la silla y el freno, hacia ir al Hipogrifo por los aires á guisa de palafren, con tan rápido vuelo que no lo es tanto el del águila ó el halcon.
Despues que Astolfo hubo recorrido toda la Galia de uno á otro mar y desde los Pirineos al Rin, volvió hácia los montes que separan la Francia de la España. Pasó por Navarra y luego por Aragon, maravillando á todo el que le veia; dejó á Tarragona á la izquierda y á Vizcaya á la derecha, llegó á Castilla y vió á Galicia y al reino de Lisboa: despues dirigió su vuelo hácia Córdoba y Sevilla, sin que quedara en el interior ó en las costas una ciudad que no visitara. Vió á Gades, y la meta que puso el invencible Hércules á los primitivos navegantes[92]. En seguida se dispuso á recorrer el África desde el mar de Atlante hasta los confines del Egipto; visitó las Baleares famosas, pasando por encima de Ibiza, y volviendo las riendas, emprendió su vuelo en demanda de Arzilla, sobre el mar que la separa de España.
Vió á Marruecos, Fez, Oran, Hipona, Argel, Bugía, ciudades soberbias que ciñen la corona de otras muchas ciudades, pero coronas de oro y no de hojas ó yerbas. Adelantóse despues hácia Biserta y Túnez; vió á Capisa, la isla de Alzerbe, Trípoli, Benghazzi y Tolemaida hasta donde el Nilo dirige su curso al Asia. Despues recorrió todas las comarcas situadas entre el mar y las pobladas cumbres del fiero Atlas; y volviendo la espalda á los montes de Carena, se lanzó hácia los Cireneos, atravesó los desiertos de arena y llegó á Halbay en los confines de la Nubia, donde permaneció algun tiempo más allá del sepulcro de Bato[93] y el gran templo de Ammon, que hoy se halla destruido[94]. Desde allí se dirigió á la otra Tremecen sometida á las leyes de Mahoma, y en seguida dirigió su raudo vuelo hácia la parte de la Etiopía que está al otro lado del Nilo. Detúvose por fin en la ciudad de Nubia, que está situada entre Dobada y Coalle, cuyos habitantes son cristianos, mientras que sus vecinos adoran al falso profeta, y tanto unos como otros están siempre con las armas en la mano en los confines de sus respectivos territorios. A la sazon era Senapo el emperador de Etiopía, el cual en lugar de cetro ostentaba una cruz: sus riquezas y poderío eran inmensos, y sus dominios tan vastos, que se extendian hasta la entrada del mar Rojo. Su religion era casi la nuestra, la única que podia concederle la salvacion eterna, y en sus estados, si no me equivoco, se empleaba el fuego para lavar la mancha del pecado original.
El duque Astolfo se apeó en la gran corte de Nubia, y visitó á Senapo. El palacio donde tenia la residencia el soberano de Etiopía era mucho más rico que fuerte: las cadenas de los puentes y de las puertas, los goznes, las cerraduras, los cerrojos y todo cuanto en nuestros países es de hierro, era allí de oro macizo; pero aunque este finísimo metal abundaba tanto, sabian, sin embargo, apreciar su valor. Las galerías del régio alcázar estaban formadas por columnatas de trasparente cristal: bajo los ventanales del palacio lanzaba vivos destellos un magnífico friso rojo, azul, amarillo, blanco y verde, hecho con incrustaciones de rubíes, esmeraldas, zafiros y topacios, colocados con la más admirable proporcion. Las paredes, los techos, los pavimentos estaban tambien recargados de perlas y de piedras preciosas. Allí es donde se recoge el bálsamo con una abundancia tal, que la de Jerusalen no podia sostener la comparacion. El almizcle que se recibe en Europa, de allí sale; de allí procede el ámbar, que se reparte por otras marismas; en suma, de aquellas regiones recibimos las cosas que tanto valor tienen en las nuestras.
Dícese que el Soldan de Egipto paga tributo á aquel rey y le presta vasallaje, á fin de que no varíe el curso del Nilo, como podria hacerlo si quisiera, lo cual seria para el Cairo y toda aquella region una causa de terrible escasez y calamidades. Los etíopes llaman Senapo á su monarca; nosotros le llamamos Preste, ó más bien Preste Juan. De cuantos reyes existieron en Etiopía, aquel era el más rico y poderoso; pero á pesar de todo su poder y sus tesoros, habia perdido desgraciadamente la vista, y aun no era este el mayor de sus males: mucho más molesto y enojoso se le hacia el de estar atormentado de un hambre perpétua, á pesar de todas sus riquezas. Cuando el infeliz monarca, excitado por su constante apetito, iba á beber ó á comer alguna cosa, aparecia inmediatamente el infernal tropel de las arpías[95], monstruosas, repugnantes y nefandas, y con sus inmundas bocas ó sus rapaces uñas vaciaban los vasos y devoraban las viandas: cuando sus estómagos voraces no podian contener más alimento, infestaban y ensuciaban los manjares restantes.
Tal era el castigo á que Senapo se habia hecho acreedor, porque viéndose, cuando estaba en la flor de su edad, rodeado de tantos honores y consideraciones, poseyendo inmensas riquezas, y siendo el más vigoroso y osado de todos los etíopes, se apoderó de él la insensata soberbia que perdió á Lucifer, y se atrevió á declarar la guerra á su Hacedor. Con este objeto levantó un numeroso ejército, y se dirigió con él á la montaña donde nace el rio de Egipto, porque habia oido decir que en aquel monte salvaje, cuya cumbre se lleva á través de las nubes y llega hasta el mismo Cielo, existia el Paraiso llamado terrenal donde habitaron Adan y Eva. El arrogante monarca avanzaba á la cabeza de un innumerable ejército, compuesto de infantes y ginetes montados en caballos, camellos y elefantes, con el mayor anhelo, y jactándose de someter á sus leyes á todos los habitantes del Paraiso. Dios reprobó su temeraria audacia, y envió contra aquella muchedumbre á uno de sus ángeles, el cual exterminó á más de cien mil hombres, y condenó á Senapo á vivir en perpétua noche. Despues hizo que acudieran á su mesa los mónstruos horrendos de las grutas infernales, que le arrebataban y contaminaban todos los alimentos, sin permitirle que gustara ó bebiera uno solo. Habia venido á aumentar su desesperacion un vaticinio, que le anunciaba que sus manjares dejarian de ser arrebatados ó infestados, cuando viera aparecer por el aire un caballero cabalgando en un caballo alado; y como le parecia imposible esta maravilla, vivia triste y melancólico y privado de toda esperanza.
Cuando, poseidos del mayor estupor, vieron los habitantes desde las murallas y las torres á Astolfo montado en el Hipogrifo, acudieron presurosos á avisar al rey de Nubia, que recordando entonces la prediccion, y sin darse tiempo, en medio de su alegría, á coger el fiel báculo que le servia de guia y apoyo, salió al encuentro del volador caballero con los brazos extendidos y vacilante paso. Astolfo se posó en la plaza del castillo, despues de haber descrito extensos círculos en el aire al descender. Luego que el Rey estuvo en presencia del Duque, arrodillóse y exclamó con las manos cruzadas:
—¡Oh, Ángel de Dios! ¡oh, nuevo Mesías! Si no merezco perdon por mis pasadas faltas, considera que estas son fruto de la humana naturaleza, y que á vosotros toca perdonar al pecador arrepentido. Convencido de la enormidad de mi crímen, no te pido, no me atreveria á pedirte que me devuelvas la perdida vista, si bien debo creer que puedes hacerlo, porque eres uno de los bienaventurados espíritus á Dios tan gratos. ¡Ah! Date por satisfecho con el martirio que sufro no siéndome posible contemplarte, y no permitas que el hambre me consuma eternamente. Impide por lo menos que las fétidas arpías arrebaten todos mis alimentos, y en accion de gracias prometo erigirte en mi capital un templo de mármol, que tenga todas las puertas y los techos de oro, y esté adornado interior y exteriormente de piedras preciosas; prometo colocarle bajo la advocacion de tu santo nombre, y esculpir en él el milagro que hayas hecho en favor mio.
Así decia el Rey, que nada veia, mientras procuraba en vano besar los piés de Astolfo, el cual le respondió:
—Ni soy Ángel de Dios, ni nuevo Mesías, ni vengo del Cielo: soy tan solo un mortal, pecador como tú, é indigno de las mercedes que el Señor me prodiga. Sin embargo, haré cuanto esté de mi parte para alejar de tu reino á esos mónstruos malvados, ya ahuyentándolos, ó ya dándoles muerte. Si así lo consigo, no debes darme las gracias, sino á Dios, que dirigió mi vuelo hácia aquí para ayudarte en tus cuitas. Guarda tus votos para el Omnipotente, á quien únicamente se deben, y á quien debes consagrar la iglesia y los altares que me ofrecias.
Hablando de esta suerte, se dirigieron ambos á palacio, rodeados de los personajes más ilustres de la corte. El Rey dió órden á sus servidores de que preparáran inmediatamente una comida suntuosa, esperando que aquella vez no le serian ya arrebatados de las manos los manjares. Sirvióse á los pocos momentos un espléndido banquete en un salon magnífico. Astolfo fué el único que se sentó á la mesa al lado de Senapo, y apenas se colocaron en ella las viandas, cuando se oyó resonar por los aires un discordante rumor, producido por las horribles alas de las arpías fétidas y repugnantes, que acudian atraidas por el olor de los manjares. Eran siete formando un solo grupo, y todas tenian rostros de mujer, lívidos, enjutos y demacrados por una prolongada abstinencia: su aspecto era más horrible que el de la misma muerte. Sus alas eran inmensas, deformes y súcias: en vez de manos estaban provistas de garras, terminadas en uñas encorvadas y retorcidas; sus vientres enormes exhalaban un olor repugnante, y su larga cola se enroscaba formando círculos como la de una serpiente.
Apenas se habia oido el rumor de su venida, cuando se las vió á todas precipitarse simultáneamente sobre la mesa, derribando los vasos y apoderándose de los manjares: de sus vientres se exhalaba tal fetidez, que era preciso taparse las narices por no ser posible soportar aquel hedor insufrible. Astolfo, arrebatado por la cólera, desnudó el acero contra aquellas aves insaciables, y lo descargó sobre el cuello, la espalda, el pecho ó las alas de unas y otras; pero como si pretendiera herir á un saco de estopa, todos sus golpes se embotaban y quedaban sin efecto. Mientras tanto, las arpías no dejaron una copa ni un plato intactos, ni abandonaron el salon hasta despues de haber saciado su voracidad ó contaminado cuanto no pudieron devorar.
El Rey habia estado firmemente persuadido de que Astolfo ahuyentaria á las arpías; mas viendo luego su esperanza defraudada, empezó á gemir y suspirar, volviendo á su acostumbrada desesperacion. Acordóse entonces el Duque de la trompa que solia auxiliarle en los mayores peligros, y calculó que no habia medio mejor que aquel para librar al Rey de tales mónstruos. Hizo que el monarca y todos los señores de su corte se taparan los oidos con cera caliente, para impedir una fuga general cuando hiciera resonar su talisman. En seguida cogió las bridas del Hipogrifo, se acomodó en la silla, empuñó su preciosa trompa, é indicó por señas al mayordomo que mandara servir nuevos manjares. Siguiendo su consejo, prepararon en una galería otra nueva mesa. En cuanto empezaron á servirla, presentáronse las arpías, segun su costumbre; entonces requirió Astolfo su trompa, y los mónstruos, que no tenian tapados los oidos, no pudieron permanecer un momento más en la estancia, así que oyeron aquel sonido aterrador, y huyeron á la desbandada, llenos de espanto, sin cuidarse de la comida ni de nada. El Paladin clavó los acicates en los hijares de su corcel, el cual salió volando fuera de la galería; abandonó el castillo y la gran ciudad, y se remontó por los aires persiguiendo á los mónstruos. Astolfo no daba tregua á sus resoplidos en tanto que las arpías continuaban huyendo hácia la zona del fuego, hasta que se encontraron en el elevadísimo monte en que el Nilo tiene su orígen, si es que le tiene en alguna parte.
Casi en las mismas raices de la montaña, se encuentra una cueva profunda que desaparece en las entrañas de la Tierra, la cual, segun se dice, es la verdadera puerta por donde pasa todo el que quiere bajar al Infierno. La turba inmunda corrió presurosa á guarecerse en aquella gruta, como en el albergue más seguro, y descendió hasta las orillas del Cocyto[96] y aun más allá, para no escuchar los sonidos de la trompa.
El ínclito duque dió fin á sus insoportables resoplidos cuando llegó á la infernal y caliginosa boca que da libre acceso á todo el que abandona la luz, é hizo que su corcel plegara las alas. Pero antes de llevar más lejos á nuestro héroe, y en vista de que he llenado el papel por todos lados, descansaré un momento siguiendo mi costumbre, y daré fin á este canto.