CANTO XXXIV.

Oye Astolfo la lamentable historia de Lidia en la gruta infernal: casi consumido por el fuego que sale del subterráneo, sube en su caballo alado, y llega al Paraiso terrenal. Recorre despues el Cielo, acompañado de S. Juan, é informado detalladamente por él de cuanto ve, coge el juicio de Orlando y parte del suyo propio: visita á las que hilan el estambre de nuestra vida, y se aleja de allí.

¡Oh famélicas, inícuas y fieras Arpías, enviadas por la justicia divina á todas las mesas de la ciega y extraviada Italia[97], para castigar tal vez nuestros antiguos pecados!

¡Ah! ¡Cuántas criaturas inocentes, cuántas tiernas madres perecen de hambre y de miseria, mientras contemplan cómo devoran esos mónstruos en una sola cena lo que bastaria para sostener su existencia! ¡Maldicion al que abrió las cavernas en donde habian permanecido encerradas por espacio de muchos años, dando lugar á que se esparciera por Italia la fetidez y la estúpida gula, causa de sus males presentes! La paz y las buenas costumbres desaparecieron desde entonces, y á la bienhechora tranquilidad que se disfrutaba han sucedido guerras incesantes, miseria, zozobra y ansiedad, cuyo término no es dado prever, como no llegue un dia en que tirando de los cabellos á sus perezosos hijos, les arroje de las orillas del Leteo, exclamando:—«¿No habrá ninguno entre vosotros, cuyo valor iguale al de Calais y Cethes[98], y sea capaz de librar á la Italia de sus garras y pestilencia, devolviéndole su halagüeña y perdida pulcritud?»

El Paladin hizo con las arpías que molestaban al Rey etíope lo mismo que hicieron aquellos dos hermanos con las que tan desesperado tenian á Fineo. Segun dije antes, Astolfo habia ido persiguiendo á aquel tropel de mónstruos con los sonidos de su trompa, hasta que se detuvo al pié de un monte, á la entrada de la cueva donde aquellos se habian refugiado. Púsose á escuchar atentamente, y llegó á sus oidos un discordante rumor de alaridos, ayes y lamentos sin fin, señal evidente de que allí estaba el Infierno. Resolvió penetrar en la gruta y contemplar á los que habian dejado de existir, con intencion además de llegar hasta el centro de la Tierra, recorriendo todos los círculos infernales.

—¿Qué puedo temer, decia para sí, entrando en esa caverna, mientras conserve en mi poder esta trompa? Con ella haré huir á Pluton, á Satanás y al Cancerbero.

Esto diciendo, se apeó prontamente del alígero corcel y le dejó atado á un árbol: en seguida se hundió en el antro, empuñando préviamente el cuerno en que cifraba toda su esperanza. Pocos pasos habia andado, cuando sintió sus narices y sus ojos ofendidos por un humo insoportable y más denso que el de la pez ó el azufre; á pesar de lo cual siguió adelante. Pero á medida que avanzaba, iban condensándose los espesos vapores y aumentándose las tinieblas, de suerte que empezó á temer que no podria ir más allá y le seria forzoso retroceder. De pronto vió sobre su cabeza un objeto cuyas formas no pudo distinguir, pero que se parecia mucho al cadáver de un ahorcado movido por el viento despues de haber estado muchos dias expuesto al Sol y á la lluvia. Tan escasa era la claridad que habia en aquel ahumado y lóbrego camino, que el Duque no acertaba á comprender en qué consistia aquel objeto que iba por los aires: para averiguarlo, se decidió á pegarle dos veces con su espada, y dedujo que debia ser un espíritu, pues sus golpes no encontraron mayor resistencia que si los hubiera descargado sobre la niebla. Entonces oyó que una voz afligida le dirigia estas palabras:

—Sigue descendiendo, sin hacer daño á nadie. ¡Demasiado me atormenta el negro humo del fuego del Infierno que inunda este recinto!

El Duque se detuvo sorprendido, y dijo á la sombra:

—¡Así Dios rompa las alas de ese humo para que no pueda subir hasta tí, como yo desearia que me dijeras cuál es tu suerte! Y si quieres que lleve noticias tuyas á la Tierra, habla; estoy dispuesto á complacerte.

La Sombra replicó:

—Me halaga tanto la idea de volver, aunque solo sea en memoria, á ese mundo de luz radiante y esplendorosa, que el deseo de alcanzar tal don desata forzosamente mi lengua, y me obliga á revelarte mi nombre y mi historia, por más que su relato me sea penoso[99].

La Sombra hizo una pausa, y luego prosiguió:

—Me llamo Lidia, Señor, y nací en elevada cuna, pues soy hija del poderoso Rey de Lidia. Por haber sido ingrata y desdeñosa mientras viví con el más fiel de los amantes, el alto juicio de Dios me ha condenado á permanecer eternamente en medio de este humo. Esta caverna está llena de un número infinito de mujeres, condenadas á la misma pena por la misma falta. La cruel Anaxareta[100] se halla más abajo, donde el humo es más denso y el tormento mayor. Su cuerpo quedó en el mundo convertido en piedra, mientras que su alma pasó á estas profundidades, por haber mirado con indiferencia el suicidio de su desesperado amante. No muy lejos de aquí se encuentra Dafne, arrepentida, aunque tarde, de haber hecho correr tanto á Apolo[101]. Seria harto prolijo enumerar uno á uno los infieles espíritus de las mujeres ingratas que aquí se hallan: son tantos, que llegan hasta lo infinito; pero seria mucho más largo designarte el número de hombres que hoy deploran su ingratitud, y que en castigo de ella han sido precipitados á un sitio más profundo, donde el humo les ciega y les devoran las llamas. Siendo las mujeres más crédulas y fáciles de engañar, sus seductores se han hecho dignos de mayor suplicio. Harto lo saben Teseo[102], Jason[103], el que turbó el antiguo reino latino[104], el que suscitó el sanguinario enojo de su hermano Absalon por causa de Tamar[105], y otra inmensa multitud de infieles de ambos sexos, unos por haber abandonado á sus mujeres y otros á sus maridos.

»Mas como debo hablarte de mí con preferencia á los demás, y confesar la falta que aquí me trajo, te diré que fuí en vida tan bella y orgullosa, que no sé si ha habido otra mujer que pudiera igualárseme: tampoco podré decir cuál de estas dos cosas sobresalia más en mí, aunque la belleza que á todos cautivaba, engendró el orgullo y la fastuosidad. En aquel tiempo vivia en Tracia un caballero, reputado como el más valiente del mundo, el cual oyó ponderar mi belleza y mis atractivos por más de un conducto fidedigno; y en consecuencia, formó el designio de concederme todo su amor, esperando que su valor le haria digno de que yo aceptase con gratitud su corazon. Pasó á Lidia, y apenas me hubo visto, cuando quedó sujeta su voluntad por un lazo mucho más fuerte. Ocupó un distinguido lugar entre los caballeros de la corte de mi padre, en la cual acrecentó su fama. Seria prolijo ponderarte su heróico valor, las increibles proezas que llevó á cabo, y los merecimientos de que se hubiera hecho digno si hubiese dado con un hombre más agradecido. Merced á él, mi padre sometió á la Panfilia, la Caria y la Cilicia; y tanto era así, que jamás se decidió á acometer con su ejército á los enemigos, sino cuando á él le parecia conveniente. Por fin, un dia se atrevió á pedir al Rey mi mano en recompensa de tantas victorias, persuadido de que sus méritos le daban derecho para obrar así; pero el monarca se negó desdeñoso á tal demanda, porque queria unir á su hija con un príncipe poderoso y no con un caballero particular, que no tenia más bienes que su valor: mi padre, guiado tan solo por el interés y la avaricia, orígen de todos los vicios, apreciaba la honradez ó admiraba el valor, lo mismo que un asno los melodiosos acordes de la lira.

»Alcestes (que este era el nombre del caballero de quien te hablo), al verse desdeñado por el mismo que le era deudor de las mayores recompensas, se alejó de la corte, amenazándole al marchar con que le haria arrepentirse de no haberle concedido la mano de su hija. Pasó en seguida al servicio del Rey de Armenia, antiguo émulo del de Lidia y su enemigo capital; y tanto le estimuló, que le dispuso á tomar las armas y declarar la guerra á mi padre. En atencion á sus ínclitas y famosas acciones, obtuvo el mando del ejército armenio, y manifestó que todas sus conquistas serian para el Rey de Armenia, excepto la de mi persona, que reservaba para sí como recompensa de su valor en cuanto se apoderase de todo. Imposible me seria manifestarte los inmensos perjuicios que Alcestes ocasionó á mi padre en aquella guerra. Destrozó cuatro ejércitos, y en menos de un año le redujo á tal extremo, que de todos sus estados no le quedó más que un castillo, cuya elevada posicion le hacia casi inexpugnable, en el cual se encerró el Rey con sus más fieles servidores y los tesoros que pudo reunir precipitadamente. Alcestes fué á sitiarnos allí, y al poco tiempo nos colocó en tan desesperada situacion, que mi padre habria consentido en entregarme á él, no como mujer, sino como esclava, juntamente con la mitad de su reino, con tal de salir en libertad y sin sufrir más daños; pues estaba seguro de perder sus riquezas y de morir cautivo. Antes de arrostrar este terrible golpe, quiso valerse de todos los medios que estuvieran en su mano; y á este fin, me ordenó que saliera del castillo para conferenciar con Alcestes, puesto que yo era la causa de tantos males.

Me puse en camino con la intencion de ofrecer al vencedor por precio de la paz mi persona, y de rogarle que conservase la parte que quisiera de nuestro reino. Al tener noticia Alcestes de mi llegada, salió á mi encuentro pálido y tembloroso: á juzgar por su semblante, parecia más bien un vencido cargado de cadenas que un vencedor. Adivinando yo en su turbacion la intensidad de su ardiente pasion hácia mí, desistí de hablarle tal como estaba dispuesta á hacerlo, y en vista de aquella oportunidad, modifiqué mi opinion en consonancia con el estado en que le veia. Empecé por maldecir su amor y dolerme de su crueldad, que le habia incitado á oprimir tan inicuamente á mi padre, y á apoderarse de mí por medio de la fuerza, asegurándole que otra hubiera sido á los pocos dias su suerte, si hubiese sabido continuar portándose del modo cómo empezó, y que tan grato nos habia sido á mi padre y á todos. Le añadí que, si bien mi padre se habia opuesto al principio á su recta demanda, consistia en su rudeza natural, que le impedia acceder á la primera peticion, lo cual no debió haberle servido de pretexto para dejar de prestarle sus buenos servicios y para vengarse tan precipitadamente; cuando si hubiera obrado mejor, podria haber alcanzado de seguro la recompensa que anhelaba. Díjele además que, aun suponiendo que mi padre hubiese insistido en su negativa, mis súplicas hubieran sido tan incesantes, que al fin habria accedido á hacer de mi amante mi esposo; y en último resultado, si persistiera en su resolucion, yo me habria portado de tal modo, que Alcestes se hubiera envanecido de poseerme; pero ya que creyó mejor intentar otros medios, yo por mi parte estaba resuelta á no amarle, y al ir á entregarme á él, lo hacia solo por salvar á mi padre. Terminé diciéndole, que no contara con disfrutar por mucho tiempo el placer que bien á pesar mio le proporcionaba; pues estaba decidida á derramar mi sangre en el mismo momento en que yo hubiera satisfecho con mi persona todo cuanto sus impúdicos deseos le hicieran obtener por medio de la violencia.

»Estas y otras parecidas frases empleé conociendo mi dominio sobre Alcestes, y le dejé más arrepentido por lo que habia hecho que lo estuviera el mayor santo en su solitario yermo. Cayó á mis plantas, y suplicóme encarecidamente, presentándome un puñal y empeñándose tenazmente en que lo cogiera, que me vengase de su enorme crímen. Aprovechando la disposicion en que le veia, formé el propósito de seguir obrando del mismo modo hasta sujetarle á mi albedrío; y á este fin, le dí esperanzas de que aun podria hacerse digno de obtener mis favores, si enmendando su falta, conseguia que se restituyeran á mi padre las provincias conquistadas, y si andando el tiempo procuraba merecer mi mano, no por medio de las armas, sino sirviéndome y amándome. Alcestes prometió obedecerme, y me dejó regresar al castillo tan incólume como habia salido de él, y sin atreverse siquiera á darme un beso: ved cuán sujeto le tenia el yugo que supe ponerle, y si era profunda la llaga que por mí le habia infligido Amor para no tener necesidad de aguzar nuevas saetas.

»Alcestes se presentó en seguida al Rey de Armenia, á quien, en virtud del pacto formado de antemano, correspondia todo el país que se conquistase; y del mejor modo que le fué posible, le rogó que regresara á Armenia, restituyendo á mi padre las tierras que habia sometido y devastado. El monarca, encendido de ira, dijo á Alcestes que alejara tal pensamiento de su mente; pues estaba decidido á no envainar su espada mientras mi padre conservara un solo palmo de terreno: añadióle que, si las palabras de una vil mujerzuela le habian hecho variar de propósito, sufriese él solo las consecuencias: en cuanto á él, no estaba dispuesto á sacrificar por tan leve causa las conquistas que eran fruto de un año de trabajos y peligros. Alcestes insistió en sus súplicas, lamentándose de que no tuvieran el efecto deseado: por último, montó en cólera y exigió del Rey con amenazas que hiciera de grado ó por fuerza lo que le pedia. Llegó á tal extremo su ira, que de las palabras irrespetuosas pasó á vias de hecho; y desenvainando la espada, se arrojó sobre el monarca, y le quitó la vida, á pesar de los esfuerzos de los numerosos soldados que le rodeaban. En seguida llamó en su auxilio á los Cilicios y á los Tracios, que estaban á su sueldo, y á otros de sus secuaces, y derrotó aquel mismo dia á los Armenios. Continuando sus triunfos, á sus solas expensas, y sin recurrir á mi padre, en menos de un mes le restituyó todas sus provincias; y para indemnizarnos de las enormes pérdidas que nos hiciera sufrir su rencor, nos entregó un botin abundante y valioso, exigió un fuerte tributo á la Armenia y á la Capadocia, su limítrofe, y taló toda la Hircania hasta las orillas del mar.

»Volvió á nuestra corte; pero en lugar de ofrecerle los honores del triunfo, resolvimos darle la muerte, aun cuando por entonces nos detuvo la consideracion de que estaba rodeado de muchos amigos fieles, que podian vengarle con daño nuestro. Fingí, pues, corresponder á su pasion, y procuré de dia en dia avivar sus esperanzas de alcanzar mi mano, exigiendo antes de él que diera nuevas pruebas de su valor venciendo á otros enemigos nuestros. Le mandé luego con frecuencia que acometiera por sí solo, ó acompañado de un número reducido de soldados, empresas extraordinarias, tan peligrosas algunas, que más de mil campeones hubieran encontrado en ellas irremisiblemente la muerte; pero lograba siempre un éxito tan feliz, que volvia victorioso, aun despues de luchar muchas veces con seres horribles y monstruosos, con gigantes y con lestrigones[106] que infestaban nuestros estados. El invencible Alcides no tuvo que arrostrar tantos peligros, por órden de su madrastra ó de Euristeo, en Lerna, en Nemea, en Tracia, en Erimanto, en la Numidia, en los valles de Etolia, en las orillas del Tíber, en las del Ebro y en otras partes[107], como los que arrostró mi amante siempre que yo se lo rogaba con fingidas súplicas y designios homicidas; pues mi intento no era otro que el de librarme de su presencia. No pudiendo conseguirlo por estos medios, puse por obra otros de más seguro efecto: supe inducirle á que infiriera los más graves ultrajes á sus mejores amigos, y suscité de este modo el ódio de todos contra él: Alcestes, cuya dicha mayor consistia en anticiparse á mis deseos, los satisfacia prontamente, sin que le detuviera consideracion alguna y sin oponer la más mínima dificultad.

»Cuando, merced á estos indignos manejos, conocí que habia exterminado á todos los enemigos de mi padre, y ví que Alcestes, supeditado á mi voluntad, no contaba con un solo amigo, le declaré explícitamente lo que hasta entonces le habian ocultado mis fingimientos, diciéndole que me inspiraba un ódio tan mortal, que me habia propuesto hacerle perecer; pero considerando despues que una accion semejante podria acarrearme la execracion pública, porque sabiéndose demasiado cuánto le debia, me tacharian de cruel, me daba por satisfecha con prohibirle que volviera á presentarse ante mi vista.—Desde entonces no quise verle ni hablarle más, y me negué á recibir sus cartas ó recados. Causóle tal tormento mi negra ingratitud, que abrumado al fin por el dolor, y viendo que eran inútiles sus constantes súplicas, cayó enfermo y murió. En castigo de mi crímen estoy condenada á sufrir las molestias de ese humo que me hace llorar y me ennegrece el rostro: así estaré eternamente, pues no hay misericordia para los que gimen en el Infierno.»

Luego que la desdichada Lidia cesó de hablar, procuró Astolfo seguir adelante para saber si allí habia otros condenados; pero aquel humo, vengador de la ingratitud, fué haciéndose tan denso, que no le permitió avanzar un solo paso; fuerza le fué retroceder y salir de aquel recinto con paso presuroso, antes de exponerse á perecer entre tan densos vapores. Se dirigió hácia la salida con tal rapidez, que al poco rato divisó la entrada de la caverna, pudo ver la luz del dia á través del aire tétrico y caliginoso de esta, y por último, á fuerza de trabajo y de cansancio, salió del antro, dejando el humo á sus espaldas.

Con objeto de cerrar para siempre el camino á aquellos mónstruos de insaciable estómago, fué amontonando piedras y derribando árboles, con los cuales construyó del modo que mejor pudo una especie de reducto á la entrada de la caverna, cerrándola tan bien, que las Arpías no pudieron volver nunca á la Tierra.

El negro humo de la pez no solo ennegreció é infestó los vestidos del Duque mientras estuvo en la tétrica caverna, sino que, abriéndose paso á través de ellos, le ensució todo el cuerpo; por lo cual fué buscando algun tiempo un sitio en donde hubiera agua, hasta que al fin encontró en una floresta un manantial que brotaba de entre las hendiduras de una roca, en el cual se lavó de piés á cabeza. Montó luego sin perder tiempo en el Hipogrifo, y se elevó por el aire para llegar á la cumbre de aquella montaña que juzgaba próxima al círculo de la Luna. En su deseo de contemplar lo que allí existiera, atravesó veloz la inmensidad del espacio, sin dignarse dirigir una mirada á la baja tierra; y tan rápidamente hendió los aires, que al fin llegó á la cúspide del monte.

Las flores que por aquellas placenteras regiones matizaban las auras podrian compararse al zafiro, al rubí, al oro, al topacio, al crisólito, y á las perlas, diamantes y jacintos. Las yerbas eran de un verde tan admirable, que si las poseyéramos aquí abajo, desdeñaríamos por ellas las esmeraldas: igual belleza reunian las ramas de los árboles, cargadas siempre de frutas y flores: entre el frondoso ramaje cantaban preciosos pájaros de plumaje azul, blanco, verde, rojo y amarillo: los murmurantes arroyuelos y tranquilos lagos vencian al cristal en transparencia, y una brisa suave, de soplo dulce, igual y apacible, producia en el aire un estremecimiento á propósito para que no molestase el calor del dia, y desprendia los diferentes aromas de las flores, de los frutos y de las hojas, formando con todos ellos una mezcla que inundaba el alma de embalsamada suavidad. En medio de la meseta del monte se elevaba un palacio, que parecia encendido por las más refulgentes llamas: tan grande era el esplendor que irradiaba en torno suyo, que desde luego se conocia no ser obra de ningun mortal.

Astolfo refrenó su corcel, dirigiéndolo á paso lento hácia el palacio, que tenia más de treinta millas de circunferencia, y se puso á contemplar extasiado la belleza de aquellos contornos. El mundo fétido y deleznable que habitamos le pareció entonces, comparado con la suavidad, magnificencia y delicioso aspecto de aquel país, una mansion miserable y ruin, objeto del desprecio y de la ira del Cielo y de la naturaleza. Cuando llegó cerca del refulgente edificio, se quedó extático de asombro, al ver que todo su recinto estaba formado por una sola piedra preciosa, más roja y brillante que el carbúnculo. ¡Obra sublime de un arquitecto superior á Dédalo! ¿Cuál de nuestros más afamados edificios podrá compararse á tí? ¡Enmudezca á tu lado la gloria de las siete maravillas del mundo, tan ponderadas por nosotros!

En el luciente vestíbulo de aquella morada dichosa se presentó al Duque un anciano, cubierto con un manto más rojo que el minio y una túnica más blanca que la leche. Sus cabellos eran blancos, y blanca asimismo la suelta barba que hasta el pecho le llegaba: por su aspecto venerable parecia uno de los bienaventurados elegidos del Paraiso. Dirigiéndose con agradable rostro al Paladin, que acababa de apearse respetuosamente de su corcel, le dijo:

—¡Oh, noble caballero, que por la voluntad del Cielo te has elevado hasta el Paraiso terrestre! Aun cuando ignoras la causa de tu viaje, y desconoces el fin de tus deseos, ten, sin embargo, entendido que no sin misterio has llegado hasta aquí desde el hemisferio ártico. Has atravesado inconscientemente ese vasto espacio, para oir mis consejos y saber cómo has de socorrer á Cárlos, y librar á la Santa Fé del peligro en que se encuentra; pero guárdate, hijo mio, de atribuir tu presencia en estos sitios á tu ciencia ó á tu valor, pues de nada te hubieran servido tu trompa ni tu caballo alado, si Dios no te lo hubiese permitido. Más tarde trataremos de este asunto detenidamente, y te diré cuanto debes hacer: ahora ven á recrearte con nosotros, pues tu prolongado ayuno debe serte ya molesto.

El anciano prosiguió hablando con Astolfo, y le dejó sumamente maravillado cuando, revelándole su nombre, le dijo que era uno de los evangelistas, aquel Juan tan querido del Redentor, cuyas palabras hicieron creer á sus hermanos que la muerte no pondria fin á sus dias, siendo causa de que el Hijo de Dios dijera á Pedro:—«¿Por qué te inquietas, si quiero que él se quede hasta mi vuelta[108]?»—Y aun cuando no dijo:—«No debe morir,» ellos lo supusieron así. Fué transportado á aquellos lugares, donde encontró á Enoch juntamente con el gran profeta Elias, á quien habia precedido, los cuales no han visto aun llegar su última hora, y gozarán de una primavera eterna, lejos de una atmósfera nociva y pestilente, hasta que las trompetas angélicas anuncien que vuelve Cristo sobre la blanca nube.

Aquellos Santos hicieron al caballero una grata acogida, y le ofrecieron una habitacion en el palacio. El Hipogrifo encontró en otro departamento pienso excelente y abundante. Sirviéronle al Paladin diversos frutos de tan delicioso sabor, que consideró disculpables á nuestros primeros padres si el deseo de gustarlos les obligó á desobedecer las órdenes del Eterno Padre. Luego que el Duque venturoso hubo satisfecho la necesidad inherente á su naturaleza humana, tomando un alimento exquisito y disfrutando un tranquilo reposo, pues en aquella morada se le dispensaron toda clase de comodidades y atenciones, dejó el lecho cuando la Aurora habia salido ya de los brazos de su anciano esposo, á quien ama á pesar de su edad avanzada, y vió que se dirigia hácia él el discípulo más querido del Señor, el cual le tomó de la mano, y empezó á tratar con él de muchas cosas que deben permanecer en silencio. Despues le dijo:

—Tal vez ignoras, hijo mio, lo que en Francia sucede, aun cuando vienes de ella. Has de saber que vuestro Orlando, por haber olvidado su deber, ha sido castigado por Dios, á quien ofenden doblemente las faltas de sus hijos más queridos que las de los que niegan su santa ley. Orlando, que recibió de Dios al nacer una fuerza sobrenatural y un denuedo extraordinario, y alcanzó el don no concedido á mortal alguno de ser invulnerable, porque el Señor quiso constituirle en defensa y escudo de su santa Fé, como constituyó á Sanson en defensa de los Hebreos contra los Filisteos sus enemigos, ha pagado los inmensos beneficios de su Hacedor con suma ingratitud; pues abandonó al pueblo cristiano en los momentos en que más necesitaba de su auxilio, y arrastrado de su amor criminal hácia una infiel, por dos veces ha intentado, cruel é impío, quitar la vida á uno de sus primos. Para castigarle, ha permitido Dios que vaya errante por el mundo, privado de razon y enteramente desnudo; y de tal modo ha ofuscado su inteligencia, que no le es dado conocer á nadie, ni aun á sí mismo. Segun se lee en los libros santos, Nabucodonosor sufrió un castigo semejante: el Señor hizo que aquel poderoso monarca viviera durante siete años privado de juicio y apacentándose de yerba y heno como un buey; pero como el delito del Paladin ha sido menor que el de Nabucodonosor, la voluntad divina ha fijado en tres meses el tiempo en que ha de estar purgándolo. Así, pues, el único objeto que el Redentor ha tenido para permitirte llegar hasta aquí, ha sido el de que supieras por mi boca el medio de restituir su juicio á Orlando. Verdad es que necesitas emprender otro viaje conmigo y abandonar toda la Tierra: debo conducirte al círculo de la Luna, que es de todos los planetas el que más próximo está de nosotros; porque solo en él existe la medicina que ha de curar á Orlando de su locura. En cuanto dicho astro derrame esta noche su luz sobre nuestras cabezas, nos pondremos en camino.

Durante el resto del dia, trató el Apóstol de estas cosas y otras muchas; pero tan luego como el Sol se sepultó en el mar y asomó sus cuernos la Luna, preparóse un carro que estaba destinado para recorrer las regiones celestiales: era el mismo en que desapareció en otro tiempo Elias de ante la vista de la asombrada multitud en las montañas de la Judea. El santo Evangelista unció á él cuatro corceles más resplandecientes que las llamas; Astolfo se colocó en él, empuñó las riendas y lo lanzó hácia el Cielo. Remontóse el carro por los aires con tanta velocidad, que llegó en breve á la region del fuego eterno; pero el Santo amortiguó milagrosamente su ardor mientras la atravesaron. Despues de haber pasado por la esfera del fuego, se dirigieron desde ella al reino de la Luna; vieron que en su mayor parte brillaba como un acero bruñido y sin mancha, y lo encontraron igual, ó poco menos, contando en su tamaño los vapores que le rodean, á nuestro globo terráqueo con los mares que lo circundan y limitan.

Astolfo consideró allí con doble asombro que aquel astro, el cual nos parece un reducido círculo cuando le examinamos desde aquí abajo, era inmenso visto de cerca, y que necesitaba fijar con toda detencion sus miradas cuando queria distinguir la tierra y el mar que la rodea, pues estando envuelta en la oscuridad, apenas eran perceptibles desde aquella elevada altura sus contornos. Descubrió en la Luna rios, lagos y campos muy diferentes de los nuestros: otras llanuras, otros valles, otras montañas, otras ciudades y otros castillos muy distintos, y otras casas de una elevacion cual nunca habia visto el Paladin: allí existen además extensas y solitarias selvas, donde las Ninfas se entretienen en dar contínua caza á las fieras.

Como la causa de la ascension del Duque á las regiones de la Luna no habia sido la de recorrerlas minuciosamente, tuvo que limitarse á apreciar su conjunto, y siguió al santo Apóstol, que le condujo á un valle encerrado entre dos montañas, en el cual se hallaban admirablemente recogidas todas las cosas que se pierden por culpa nuestra, por causa del tiempo ó por los reveses de la fortuna: en una palabra, todo cuanto aquí se pierde va á parar allí. No hablo de los reinos ó de las riquezas que la suerte prodiga ó arrebata, sino de lo que esta no tiene facultades para dar ó quitar. Allí se encuentran muchas reputaciones, que el tiempo, cual gusano roedor, corroe y concluye por destruir: allí se hallan infinitos ruegos y votos que los pecadores dirigen á Dios: las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo que se pierde inútilmente en el juego, la ilimitada ociosidad de los ignorantes, los proyectos vanos que no llegan á ejecutarse, los deseos no menos vanos, son tantos, y tantos que llenan la mayor parte de aquel valle: en resúmen, allí arriba podreis encontrar todo cuanto aquí abajo habeis perdido.

Conforme iba pasando el Paladin por entre aquellos montones de cosas perdidas, dirigia preguntas á su guia con respecto á ellos: llamóle, sobre todo, la atencion uno de estos formado por vejigas hinchadas, en cuyo interior resonaban, al parecer, gritos tumultuosos; y supo que eran las coronas antiguas de los asirios, los lidios, los persas y los griegos, tan famosas en otros tiempos y hoy apenas conocidas. Despues vió una masa confusa de anzuelos de oro y plata, que eran los regalos que, con esperanza de mayor recompensa, se ofrecen á los reyes, á los príncipes y á los poderosos. Vió unas guirnaldas, entre las que habia redes ocultas; y preguntando lo que significaban, oyó que eran las lisonjas y adulaciones. Los versos hechos en alabanza de los magnates estaban representados por cigarras de molesto y discordante canto. Los amores mal correspondidos lo estaban por cadenas de oro y grillos de pedrería. Reparó en un monton de garras de águila, y supo que eran el emblema de la autoridad que los reyes dan á sus ministros: los fuelles que estaban esparcidos por todos los ribazos de la montaña, eran las promesas y los favores que los príncipes conceden á sus Ganimedes, y que se disipan con la edad florida de estos. Además vió Astolfo ruinas de castillos y ciudades mezcladas con tesoros: preguntó á su guia por ellas, y supo que eran tratados ó conjuraciones mal encubiertas. Vió serpientes con rostro de doncella, indicando las acciones de los ladrones y monederos falsos; y vió bocas destrozadas de diferentes maneras, resultado de la triste condicion de los cortesanos. Reparó en una gran masa de manjares esparcidos por el suelo, y preguntó al Apóstol lo que aquello significaba.—«Es la limosna, le dijo, que deja alguno para que se reparta despues de su muerte.» Atravesó despues una montaña cubierta de variadas flores, las cuales en otro tiempo exhalaban un olor agradable, convertido á la sazon en un insoportable hedor: era la donacion (si es lícito decirlo) que Constantino hizo al buen Silvestre. Vió una prodigiosa abundancia de varillas de liga, que eran ¡oh mujeres! vuestros atractivos y encantos.

No acabaria nunca, si hubiera de enumerar en mis versos todas las cosas que allí vió Astolfo: todo cuanto procede de nosotros se encuentra allí reunido, excepto la locura, que no existe en poca ni en mucha cantidad, porque permanece constantemente en la Tierra. Allí contempló Astolfo los dias que habia malgastado en su vida y sus acciones inútiles: pero no habria podido conocerlos en sus distintas formas, si su guia no le hubiera llamado la atencion sobre ellos. Despues llegó donde estaba lo que creemos poseer tan firmemente, que jamás se nos ocurre pedir á Dios que nos lo conserve; hablo del juicio, el cual se hallaba en un monte, tan exclusivamente solo, como mezcladas las otras cosas que dejo enumeradas. Era como un líquido sutil y húmedo, pronto á evaporarse si no se le tiene bien tapado, y estaba contenido en muchos frascos de diferentes dimensiones adaptados á tal objeto. En el mayor de todos ellos estaba encerrado el juicio del señor de Anglante, y le encontraron fácilmente entre tantos, porque llevaba esta inscripcion: «Juicio de Orlando.» Los demás frascos tenian escrito tambien el nombre de aquellos cuyo juicio contenian. El Duque vió que su correspondiente frasco estaba vacío en gran parte; pero observó con sorpresa que muchos de los que él suponia en el pleno uso de su razon, no tenian mucha, á juzgar por la cantidad encerrada en sus frascos respectivos. A unos se la habia hecho perder el amor; á otros el deseo de honores; á otros el afan de atesorar riquezas, que les obligaba á cruzar la vasta extension de los mares: estos la habian perdido por tener demasiada confianza en sus señores; aquellos por ir tras las farsas de la mágia; varios por su pasion por las alhajas, ó los cuadros; y otros, en fin, por aquello que más anhelaban. Los sofistas, los astrólogos y aun los poetas tenian allí como en depósito gran parte de su juicio.

Mediante la vénia del escritor del oscuro Apocalipsis, Astolfo se apoderó del suyo: aproximó á sus narices el cuello de la botella que lo contenia, y creyó sentir que la parte de juicio que habia perdido, volvia á colocarse en su primitivo asiento; lo cual seria así, puesto que Turpin confiesa que Astolfo se portó durante mucho tiempo con la mayor prudencia, hasta que un nuevo error que cometió, le trastornó otra vez el cerebro.

El Paladin cogió tambien la botella más grande y más llena, donde estaba el juicio que solia hacer prudente y sábio al Conde; la cual no era tan lijera como presumió al verla reunida á las otras en la montaña. Antes que el Paladin descendiese de aquella esfera llena de luz, el santo Apóstol le condujo á un palacio situado á orillas de un rio: todas sus estancias estaban llenas de copos de lino, seda, algodon y lana, teñidos de variados colores, unos vivos y brillantes, y otros súcios y oscuros. En la primera galería, una mujer entrada en años iba formando madejas con sus hilos en unas devanaderas, cual se ve á las aldeanas en el Estío devanar la seda de los capullos mojados, durante la época de la recoleccion. Cuando se concluia un copo, otra anciana acudia con uno nuevo, y se llevaba á otra parte lo ya devanado, mientras que una tercera se ocupaba en separar los hilos más finos de los más toscos, que la primera devanaba sin hacer esta separacion.

—¿Qué trabajo se hace aquí, preguntó Astolfo á Juan, que no lo puedo comprender?

—Esas viejas son las Parcas, respondió el Apóstol, y con esos estambres van hilando las vidas de vosotros los mortales. La vida humana dura tanto como uno de esos copos; ni un momento más. La Muerte y la Naturaleza tienen sus ojos fijos aquí constantemente, para saber la hora en que cada cual debe dejar de existir. Aquella anciana se cuida de escoger los hilos más hermosos, porque se tejen despues para servir de adorno al Paraiso: con los más toscos se hacen fuertes ligaduras para los condenados.

Todos los copos que habian pasado ya por las devanaderas, y estaban preparados para otros trabajos, tenian puestas unas pequeñas planchas de hierro, de oro ó de plata con los nombres de aquellos á quienes correspondian. Despues se iban haciendo con ellos compactos montones, y un anciano se los iba llevando, sin darse punto de reposo, sin cansarse nunca y volviendo siempre en busca de otros nuevos. Aquel viejecillo era tan listo y ágil, que parecia haber nacido para correr constantemente; y recogiendo aquellas madejas en su manto, se las llevaba á otra parte con la mayor diligencia. En otro canto os diré dónde se dirigia y el objeto de su trabajo, si me indicais que teneis placer en ello, prestándome la halagüeña atencion que acostumbrais.