CANTO PRIMERO

Las armas y varones señalados

que de la playa occidua lusitana

pasaron por caminos nunca usados

el no surcado mar de Taprobana,

en peligros y guerras levantados

sobre el valor de toda fuerza humana,

que entre gente remota edificaron

reino, con que su nombre eternizaron:

Las memorias de príncipes, gloriosas,

que la Fe santa y su poder mostrando,

fueron con sus empresas milagrosas

las tierras de Asia y Libia conquistando:

aquellos que con obras hazañosas

de la muerte se fueron libertando,

mi verso cantará por cualquier parte,

si a tanto me ayudare ingenio y arte.

Cesen del sabio griego y del troyano

las prolijas derrotas que siguieron;

cállese de Alejandro y de Trajano

la fama de victorias que tuvieron:

pues canto el pecho ilustre lusitano

a quien Neptuno y Marte obedecieron;

cese lo que la Musa antigua canta,

que otro valor más alto se levanta.

Vosotras, mis Tagides, que criado

habéis en mí un ingenio nuevo ardiente:

si siempre en verso humilde celebrado

fué de mí vuestro río alegremente,

dadme un son apolíneo sublimado,

un estilo grandílocuo y corriente:

así las nuestras aguas Febo ordene

no envidien las que corren de Hipocrene.

Dadme una fuerza grande sonorosa,

no de silvestre avena, o flauta ruda,

mas de terrible trompa belicosa

que el pecho inflama y la color demuda:

dadme alabanza igual a la famosa

gente, que el Marte tiene por su ayuda;

que resuene por todo el universo,

si tan sublime precio cabe en verso.

Y vos, oh bien nacida confianza

de la libertad santa lusitana,

y no menos certísima esperanza

del aumento de ley y fe cristiana,

nuevo temor de la turquesca lanza,

maravilla fatal de edad temprana,

a quien el mundo todo Dios reparte,

porque del mundo a Dios le dé gran parte:

Vos, tierno y nuevo ramo floreciente

de la árbol que de Cristo es más amada

de cuantas han nacido al Occidente,

Cesárea o Cristianísima llamada,

miradlo en vuestro escudo, que presente

os muestra la victoria ya pasada

en que por armas, como a regalado,

os dió las que en la Cruz él ha tomado.

Vos, poderoso Rey cuyo alto imperio,

luego que nace el sol, lo ve primero,

y del medio lo ve de su hemisferio,

y al trasmontar lo deja por postrero:

vos que seréis el yugo y vituperio

del ismaelita torpe caballero,

del enemigo turco y bruta gente

que aun bebe del río sacro la corriente:

Inclinad por un poco la realeza

que en vuestro tierno rostro yo contemplo,

indicio claro de la suma alteza

que tendréis cuando vais al sacro templo:

Los ojos abajad de la grandeza

de vuestro ser: veréis un claro ejemplo

de amor, de patrios hechos valerosos,

en versos celebrado numerosos.

Veréis amor de patria, no movido

por premio vil, mas alto y casi eterno,

pues que no es premio vil ser conocido

por pregón de su nido, aunque paterno.

Oid; veréis el nombre engrandecido

de aquellos de quien es vuestro el gobierno,

y juzgaréis cuál es más excelente,

el ser señor del mundo, o de esta gente.

Atended y veréis, no con hazañas

fantásticas, fingidas, mentirosas,

los vuestros alabar, ni con extrañas

musas, de engrandecerse deseosas.

Las verdaderas vuestras son tamañas

que vencen las soñadas fabulosas

de Orlando, de Rugero y Bradamante,

aunque cante verdad quien de ellos cante.

Por éstos a don Nuño os daré, el fiero,

que hizo al Rey y Reino tal servicio;

un Fuas y un Egas, para quien de Homero

la sonorosa cítara codicio:

pues por los doce Pares daros quiero

los doce de Inglaterra con Magricio,

el valeroso, sabio, ilustre Gama,

que para sí tomó de Eneas la fama.

Y si a trueco de Carlo, o la pujanza

del gran César, queréis igual memoria,

ved al primer Alfonso, cuya lanza

obscurece cualquiera extraña gloria:

y aquel que dió a su reino gran bonanza

con la famosa y próspera victoria,

o al otro Juan, invicto caballero,

el quinto, el cuarto Alfonsos, o el tercero.

No dejarán mis versos olvidados

aquellos que en los reinos de la Aurora

se hicieron por armas señalados

con la bandera vuestra vencedora;

un Pacheco feroz, y los amados

Almeidas, por quien siempre el Tajo llora;

Alburquerque terrible; Castro fuerte

y otros a quien rendir no osó la muerte.

Veréis amor de patria, no movido

por premio vil, más alto y casi eterno,

pues que no es premio vil ser conocido

por pregón de su nido, aunque paterno.

[Canto I, Estr. 10].

Y en cuanto de éstos canto (pues no puedo

cantar de vos, pues no me atrevo a tanto),

los vuestros gobernad con tal denuedo

que deis al reino paz, materia al canto:

sientan vuestro valor y tengan miedo

(que por el mundo todo cause espanto)

de ejércitos y hechos singulares

tierras en Libia y en Oriente mares.

En vos los ojos tiene el Moro frío

por ver ya su remate figurado;

con veros pierde el Bárbaro su brío;

y rinde al yugo el cuello no domado:

Tetis todo el cerúleo señorío

para vos tiene en dote reservado,

que, presa de ese rostro bello y tierno,

desea ya compraros para yerno.

En vos de la seráfica morada

de vuestros dos abuelos las famosas

almas se ven; la una a la paz dada,

la otra a las batallas sanguinosas:

esperan que por vos sea renovada

su memoria con obras valerosas

y os guardan para el fin de vuestros días

asiento en las eternas jerarquías.

Mas en cuanto va el tiempo vagaroso

gobernad vuestros pueblos que os desean,

dad favor a mi pecho temeroso

para que estos mis versos vuestros sean,

y ved cuál van cortando el mar furioso

los vuestros Argonautas; porque vean

que vos los veis, y ya en el mar airado

acostumbraos, señor, ser invocado.

Ya el Océano largo navegaban,

las inquïetas ondas apartando;

los vientos blandamente respiraban

las altas velas de las naos hinchando;

de blanca espuma llenos se mostraban

los mares, do las proas van cortando

las marítimas aguas consagradas

que del próteo ganado son holladas.

Cuando los dioses en el cielo hermoso

de quien pende el gobierno de la gente,

se ayuntan en concilio glorïoso

sobre el caso futuro del Oriente,

pisando el firmamento luminoso

vienen por la vía láctea juntamente,

convocados de parte del Tonante

por el nieto gentil del viejo Atlante.

Y de los cielos siete el regimiento

dejaban del poder más alto dado

(alto poder que con el pensamiento

gobierna cielo, tierra y mar airado):

allí se ayuntan todos al momento

los que el Arturo habitan congelado,

y los que el Austro tiene, y partes donde

nace la Aurora, el claro Sol se esconde.

Con claro resplandor cual de oro fino

el que los rayos vibra de Vulcano

en su asiento se pone cristalino

con un severo rostro soberano:

del cual respira un aire tan divino

que en divino volviera un cuerpo humano

con su corona y cetro rutilante

de piedra muy más clara que diamante.

En lucidos asientos claveteados

de perlas y oro más abajo estaban

los otros dioses todos asentados

cual orden y razón los concertaban:

preceden los antiguos más honrados,

abajo los menores se asentaban,

cuando el Júpiter alto así diciendo

con un tono comienza grave, horrendo:

«Eternos moradores del luciente

estelífero Polo y claro asiento:

si del valor supremo de esta gente

del Luso no perdéis el pensamiento,

ya sabéis, y sabréis más juntamente,

que ha sido de los hados cierto intento

que por ella se olviden los humanos

de asirios, persas, griegos y romanos.

»Ya le fué, bien lo visteis, concedido,

con pequeño poder, al Sarraceno

que en sus tierras estaba guarnecido

ganarle cuanto riega el Tajo ameno,

pues contra el Castellano tan temido

el cielo se les dió blando y sereno,

así que siempre tuvo en fama y gloria

pendientes los trofeos de victoria.

»Dejo la fama antigua y nombre claro

que con gente de Rómulo alcanzaron

cuando con Viriato invicto y raro

en la romana guerra se afamaron,

a que os obliga el hecho tan preclaro,

pues que por su caudillo levantaron

al de la cierva blanca peregrino,

que Oráculo la hizo ser divino.

»Ahora lo veis bien, que, cometiendo

el peligroso mar en un madero,

por caminos no vistos van sufriendo

del Áfrico y del Noto el soplo fiero,

que no los sufre el pecho conociendo

haber tierras debajo otro hemisfero

sin inclinar su ánimo y porfía

a ver las partes donde nace el día.

»Prometido le está del hado eterno,

cuya alta ley no puede ser quebrada,

que tengan largos tiempos el gobierno

del mar que ve del Sol la roja entrada:

sobre aguas han pasado el duro invierno,

la gente está perdida y trabajada,

ya parece bien hecho que le sea

descubierta la tierra que desea.

»Y porque en largo mar tienen pasados

mil trances, de que sois todos testigos;

tienen climas y cielos mil probados,

mil vientos adversarios enemigos,

determino que sean hospedados

en la costa africana como amigos,

que, rehecha su tan desecha flota,

proseguirá con vientos su derrota.»

Tales palabras Júpiter decía,

y los dioses por orden respondiendo,

un parecer del otro difería,

varias razones dando y recibiendo.

El Tioneo en nada consentía

de lo que era propuesto, conociendo

que olvidará sus hechos el Oriente

si allá deja pasar la Lusa gente.

Que por tiempo vendría, oyó a los hados,

una gente fortísima de España,

que con virtud y brazos señalados

venciese cuanto Doris riega y baña:

con fama de sus hechos sublimados

la suya eclipsará, aunque más extraña,

y duélele perder la antigua gloria

de que Nisa celebra su memoria.

Ve que ya tuvo el Indo sojuzgado

y nunca le quitó fortuna o caso

por vencedor del Indo ser contado

de cuantos beben agua del Parnaso.

Teme ahora que sea sepultado

su tan célebre nombre en negro vaso

del agua del olvido, si allá llegan

los fuertes portugueses que navegan.

Levántase contra él la Venus bella,

inclinada a la gente Lusitana,

porque mil cualidades halla en ella

conformes a su antigua la Romana:

corazones feroces, grande estrella

que en la tierra mostraron Tingitana,

y la lengua, en la cual cuando imagina,

con poca corrupción cree es latina.

Esto era lo que a Ciprio le movía,

y más que de las Parcas claro entiende

que su fama y loor se extendería

do la gente belígera se extiende,

pues Baco, por la infamia que temía,

y Venus, por las honras que pretende,

debaten, y en debate permanecen,

y a cada cual sus partes favorecen.

Cual Bóreas o Austro fiero en la espesura

de silvestre arboleda condensada

los ramos rompen de la selva obscura

con ímpetu y braveza nunca usada:

retumba la montaña, el son murmura

de las hojas con lucha tan trabada,

de esta suerte los dioses han tenido

un murmullo confuso no entendido.

Marte, que de la diosa sustentaba,

entre todos, las partes con porfía,

o porque el amor viejo le obligaba,

o porque la razón le compelía,

sañudo entre los más se levantaba,

lleno el semblante de melancolía,

y el escudo, que al cuello trae colgado,

lo arroja atrás con ceño y rostro airado.

La visera del yelmo de diamante

levantándola un poco, muy seguro,

para decir su dicho fué delante

de Júpiter, armado, fuerte y duro:

un golpe con el cuento penetrante

del herrado bastón dió al solio puro,

con que el cielo tembló, y el sol, turbado,

por un poco de luz quedó eclipsado.

Y dice: «Oh Padre eterno, a cuyo imperio

todo aquello obedece que criaste,

si esta gente que busca otro hemisferio,

cuyo valor y pecho tanto amaste,

no quieres que padezca vituperio

como ya tiempo ha que lo ordenaste,

no oigas más, pues eres juez derecho,

razones de quien tiene airado el pecho.

Levántase contra él la Venus bella,

inclinada a la gente Lusitana

porque mil cualidades halla en ella,

conformes a su antigua la Romana.

[Canto I, Estr. 33].

»Que si aquí la razón no se mostrase

vencida de temor demasïado,

justo fuera que Baco sustentase

la gente que es de Luso su criado;

mas esta su intención ahora pase,

que al fin nace de estómago dañado,

y nunca estorbará la envidia ajena

el merecido bien que el cielo ordena.

»Y tú, Padre de grande fortaleza,

de la resolución que está tomada

no te vuelvas atrás; porque es flaqueza

desistir de la cosa comenzada,

y pues Cileno vence en ligereza

al viento y la saeta de arco echada,

enséñale la tierra do se informe

de la India, y la gente se reforme.»

Como esto dijo, el padre poderoso

inclinó su cabeza, y consintió

con el dicho de Marte valeroso,

y néctar sobre todos esparció.

Por el camino lácteo glorioso

cada cual de los dioses se partió,

haciendo su debido acatamiento,

al conocido puesto y aposento.

En cuanto esto pasaba en la hermosa

sala del sacro Olimpo omnipotente

cortaba el mar la gente belicosa

ya la banda del Austro, ya de Oriente:

entre etiopisa costa, y la famosa

isla de San Lorenzo, do el ferviente

Febo quema los dioses que Tifeo

con miedo hizo peces de Nereo.

Los vientos blandamente los llevaban

como a quien por amigo tiene el cielo;

sereno el aire y tiempos se mostraban

sin de nuevo peligro haber recelo,

en la Costa Guinea atrás dejaban

el Promontorio Praso con gran vuelo,

cuando el mar descubriendo les mostraba

nuevas islas que en torno cerca y lava.

Mas el capitán Gama, valeroso,

que su pecho a tan alta empresa ofrece

de corazón altivo y generoso,

a quien fortuna siempre favorece,

no quiere aquí tomar algún reposo,

que inhabitada tierra le parece:

adelante pasar determinaba,

mas no le sucedió como pensaba.

Porque le cercan luego en compañía

mil esquifes de una isla señalada,

que más llegada a tierra parecía,

cortando el largo mar con vela hinchada:

los nuestros se alborotan de alegría

con ver aquesta gente no pensada:

«¿qué nación será aquesta?, en sí decían,

¿qué costumbres, qué ley, qué rey tendrían?»

Las barcas eran hechas de manera

que muestran ser ligeras aunque estrechas;

las velas que traían son de estera,

de las hojas de verde palma hechas;

la color de la gente es la que diera

el loco de Faetón con las cosechas

de su atrevido intento, y mal paciente,

que Lampetusa llora y el Po siente.

Con paños de algodón vienen vestidos

de diversos colores listeados:

unos alrededor los traen ceñidos,

otros con modo airoso rebozados;

todos del medio arriba sin vestidos;

por armas traen adargas y terciados;

tocas en la cabeza: y navegando,

añafiles y flautas van tocando.

Con paños y con manos señalaban

a nuestros Lusitanos que esperasen;

ya las proas ligeras se inclinaban

para que junto de ellas amainasen;

la gente y marineros trabajaban,

como si aquí sus males se acabasen,

en recoger del mástil la vela alta;

y al soltar de la amarra, el mar la asalta.

Aun no habían ancorado, y ya la gente

extraña por las cuerdas se subía:

vienen con rostro alegre, y blandamente

el sabio capitán los recibía:

las tablas poner manda en continente,

y del licor que el dulce Baco cría

hinchen vasos de vidrio, y no desechan

los quemados del sol cuanto les echan.

Comiendo alegremente preguntaban

por la arábiga lengua, dó venían,

quién eran, de qué tierra, qué buscaban,

o qué partes del mar corrido habían:

a todo los del Luso les tornaban

las respuestas que entonces convenían:

«Los portugueses somos de Occidente,

que las tierras buscamos del Oriente.

»Del mar hemos corrido y navegado

la parte del Antártico y Calisto

toda la costa libia rodeado,

cielos y tierras varias hemos visto:

de un rey súbditos somos tan amado,

tan querido de todos y bien quisto,

que por él de la mar nada tememos

y hasta el Aqueronte abajaremos.

»Por mandado del cual a buscar vamos

la región oriental que el Indo riega;

por ella el mar remoto navegamos

que sólo de las focas se navega;

mas ya razón parece que sepamos,

si la cierta verdad no se me niega,

quién sois, qué tierra es ésta, y si hay señales

de las partes do vamos orientales.»

«Somos, luego un isleño respondiera,

en la tierra extranjeros y en la ley,

porque a los naturales los pusiera

Naturaleza aquí sin ley ni rey;

mas nosotros seguimos la que diera

el Profeta sagrado y gran Muley,

que no hay parte del mundo do no cuadre

hijo de madre hebrea y gentil padre.

»Aquesta isla pequeña que habitamos

es de toda la costa cierta escala

para los que los mares navegamos

de Quiloa, Mombaza y de Zofala;

que por ser necesaria procuramos

vivirla aunque entre gente bruta y mala,

y porque todo al fin se os notifique,

el nombre de la isla es Mozambique.

Y ya que de tan lejos navegando

buscáis el indo Idaspe y tierra ardiente,

no faltarán pilotos que guiando

vayan allá la flota sabiamente:

justo será que, un poco reposando,

toméis algún refresco; y que el regente

que gobierna la isla luego os vea

y de mantenimientos os provea.»

En acabando aquesto se tornara

a sus barcas el Moro y compañía:

del capitán y gentes se apartara

con muestras de debida cortesía.

Luego Febo en las aguas encerrara

con cristalino carro el claro día,

dando cargo a su hermana que alumbrase

el largo mundo mientras reposase.

La noche se pasó dentro en la flota

con extraña alegría no pensada

por hallar en la tierra tan remota

nueva de tanto tiempo deseada.

Entre sí cada cual discurre y nota

la manera, y la gente acá apartada,

y cómo los que en tal secta creyeron

tanto por todo el mundo se extendieron.

Los rayos de la Cintia se mostraban

en las aguas del mar manso seguras;

las estrellas sus orbes adornaban

cual campo revestido de frescuras;

los furïosos vientos reposaban

por las concavidades más obscuras,

mas la gente del mar toda velaba,

como de tiempo atrás lo acostumbraba.

Y luego que la Aurora sonrosada

los rayos esparció de sus cabellos

en el sereno cielo, dando entrada

al Sol, que despertó por sólo vellos,

comienza a embanderarse nuestra armada

con gallardetes mil de seda bellos,

por recibir con fiestas y alegría

al regidor que a verla se partía.

Venía con su gente navegando

a ver las naos ligeras lusitanas,

trayéndoles refresco: en sí pensando

si son aquellas gentes inhumanas

que, las montañas Caspias habitando,

a conquistar las gentes asïanas

vinieron, y por orden del destino

ganaron el Imperio a Constantino.

Recibió el capitán alegremente

al Moro con su grande compañía;

dale de ricas piezas un presente

que para aqueste efecto lo traía;

dale conservas dulces, y el ardiente

y no usado licor que da alegría:

el Moro lo recibe con contento

y el comer y beber tomó de asiento.

La marítima gente del gran Luso,

subida por la jarcia, está admirada

notando el extranjero modo y uso,

la habla tan confusa y enredada;

también el Moro astuto está confuso

mirando la color, traje y armada;

y preguntando al Gama, le decía

si venían acaso de Turquía.

Decíale también que ver desea

los libros de su ley, precepto y fe,

por ver si cual la suya aquélla sea,

o si cristianos son, como él lo crée;

y porque más lo note todo y vea,

al capitán le pide que le dé

la muestra de las armas de que usaban

cuando con enemigos peleaban.

El capitán responde valeroso,

por lengua que el arábigo entendía:

«Yo te descubriré no perezoso

quién soy, cuál es mi ley, qué armas traía.

Nunca en el Caspio tuve mi reposo,

ni de la gente vengo de Turquía:

soy de tierra de Europa belicosa,

busco la oriental parte tan famosa.

»La ley tengo de Aquel a cuyo imperio

obedece visible e invisible;

Aquel que crió todo el hemisferio,

todo lo que es sensible o insensible;

que padeció deshonra y vituperio

haciéndose de Dios hombre pasible,

y por nos abajó del cielo al suelo

por podernos subir del suelo al cielo.

»De aqueste Dios y hombre, alto, infinito,

los libros que me pides no los trayo,

que lo que está en el alma firme escrito

escribirlo en papel viene a soslayo:

si quieres ver las armas, tu apetito

se cumplirá, haciendo aquí un ensayo:

veráslas como amigo, y más me obligo

que no las quieras ver como enemigo.»

A los ministros manda diligentes

del almacén sacar las armaduras,

los arneses y petos relucientes,

mallas finas y láminas seguras,

escudos de pinturas diferentes,

espingardas de acero fino puras,

los arcos, las pelotas, las aljabas,

partesanas agudas, chuzas bravas.

Y del fuego las bombas, juntamente

de pólvora las ollas tan dañosas;

mas a los artilleros no consiente

dar fuego a las bombardas espantosas:

que el generoso ánimo excelente,

entre gentes tan pocas y medrosas,

no muestra cuanto puede, y con razón;

que es flaqueza entre ovejas ser león.

Todo lo nota y mira el sarraceno,

y aunque de fuera muestra algún contento,

un odio se le fragua allá en el seno,

un dañado rencor y pensamiento:

encúbrelo con rostro, al ver, sereno;

disimula con risa el fingimiento;

tratarlos blandamente determina

hasta poder mostrar lo que imagina.

Pilotos le demanda el fuerte Gama

por quien pueda a la India ser llevado,

aprometiendo premio y grande fama

al que por él tomare este cuidado:

el Moro los promete, y se derrama

en su pecho un veneno tan dañado,

que muerte, si pudiese, en este día,

en lugar de pilotos le daría.

Fué la voluntad tal y el odio insano

que concibió contra estos pasajeros

porque siguen la ley del Soberano,

que cual lobo se arroja a los corderos:

secretos de la eterna y sacra mano

do los juícios quedan tan rateros,

que no falte Majencio que persiga

al que la ley de Dios abrace y siga.

Con esto se partió, y su compañía,

el Moro, de las naves despedido,

con engañosa y grande cortesía,

con alegre semblante aunque fingido.

Los esquifes navegan por la vía

más breve de Neptuno, y recibido

en tierra de un ilustre ayuntamiento,

el regidor camina a su aposento.

Mas viendo desde el cielo el gran Tebano,

de la paterna corva renacido,

aqueste bando nuestro Lusitano

ser del moro envidioso aborrecido,

un engaño revuelve falso, insano,

con que de todo quede destruído,

y en cuanto allá en el pecho el hecho urdía,

esto consigo a sí, sin sí, decía:

«¿Está del hado ya determinado

que victorias tan grandes y famosas

hayan los Portugueses alcanzado

de las gentes del Indo belicosas,

y yo, hijo del padre sublimado,

con tantas cualidades generosas,

he de sufrir que el hado favorezca

otro por quien mi nombre se obscurezca?

»Ya quisieran los dioses que tuviera

el hijo de Felipe en esta parte

tanto poder que al yugo la rindiera

con sangrienta batalla y fiero Marte.

¿Mas hase de sufrir que el hado quiera

a tan poquitos dar tal fuerza y arte

que con el Macedonio y el Romano

tenga lugar el nombre Lusitano?

»No será así, porque antes que llegado

el capitán se vea, astutamente

le tendré tanto engaño fabricado

que no pase a las partes del Oriente:

a tierra bajaré, y el indignado

pecho revolveré de aquesta gente:

que aquel sigue la vía más derecha

que del tiempo oportuno se aprovecha.»

En diciendo esto, con la rabia y saña

a la africana tierra se apresura,

y vestido de traje y forma extraña,

hacia el Praso se encierra en la espesura;

para mejor trabar esta maraña,

se transforma y emboza en la figura

de un moro en Mozambique conocido,

viejo, sabio, del jeque muy querido.

Y entrándole a hablar a tiempo y horas

para su falsedad acomodadas,

le dijo que eran gentes robadoras

las que de nuevo al puerto son llegadas,

y cómo las naciones moradoras

de toda aquella costa son robadas

por ellos desde el punto que pasaron

y con fingida paz allí ancoraron.

Kostka, pintóGoldberg, sc.

Huyendo el moro, el arco va flechando

sin fuerza, de cobarde, y presuroso

la piedra y cuando toca atrás echando;

que el furor arma a veces al medroso:

[Canto I, Estr. 91].

«Y sabe más, le dijo: que entendido

de aquéstos tengo ser sanguinolentos,

que con robos el mar han destruído,

con incendios y asaltos truculentos;

y algún engaño traen de atrás urdido

contra nosotros, porque sus intentos

no son sino robarnos y matarnos,

las mujeres e hijos cautivarnos.

»También sé cómo está determinado

de mañana saltar por agua en tierra

el capitán, de gente acompañado,

que do hay mala intención el miedo afierra:

tú debes de llevar tu campo armado

y en celada ponerle oculta guerra,

que saliendo su gente descuidada

caerá sobre seguro en la celada.

»Y cuando no quedaren de este hecho

o perdidos o muertos totalmente,

yo tengo ya tramado acá en mi pecho

un engaño y ardid que te contente:

piloto le darás que a algún estrecho

o peligro los lleve tan patente,

que, sin poder valerse, sean metidos

do queden rotos, muertos o perdidos.»

Luego como acabó el razonamiento,

el Moro, en tales casos sabio y viejo,

los brazos le echa al cuello con contento,

agradeciendo mucho aquel consejo,

y manda que se apreste en un momento

para la guerra el bélico aparejo,

porque así al Portugués se le tornase

en sangre roja el agua que buscase.

Y más para el engaño maquinado,

un moro por piloto le buscaba,

sagaz, astuto, diestro, sabio, osado,

de quien pueda fiar lo que pensaba:

avísale que esté muy recatado

de que la flota lleve a mar tan brava

de que, si aquí escapare, allá adelante

vaya a caer do nunca se levante.

Ya el apolíneo rayo visitaba

los Nabateos montes encendido,

cuando el Gama saltar determinaba

en la tierra, por agua apercibido:

la gente en los bateles se aprestaba,

cual si el engaño fuera ya sabido,

mas puede sospecharse fácilmente,

que el corazón fïel a pocos miente.

Y más porque enviado había a la tierra

antes por el piloto necesario

y le fué respondido en son de guerra,

de lo que imaginaba muy contrario:

por esto, y porque sabe cuánto yerra

el capitán que popa a su adversario,

apercibido va como podía

en solos tres bateles que tenía.

De los moros que andaban por la playa,

por defender el agua deseada,

cuál con escudo viene y azagaya,

cuál con arco y saeta enarbolada:

esperan que la gente a tierra vaya

otros muchos ya puestos en celada,

y por poder mejor coger la caza,

unos muy pocos sirven de añagaza.

Por la ribera andaban arenosa

aquellos pocos moros blandeando

el adarga y la lanza sanguinosa,

los fuertes Portugueses provocando;

mas no sufre la gente belicosa

que los perros les anden más ladrando:

cada cual salta a tierra tan ligero

que no se conoció cuál fué el primero.

Cual en el coso estando el firme amante,

a vista de su dama deseada,

el toro busca, y puesto ya delante,

lo burla, corre y salta y da palmada;

mas el fiero animal en ese instante,

con la frente cornígera inclinada,

corre, y aunque al correr los ojos cierra,

mata al que topa, hiere y bate en tierra:

Ya en los bateles fuego se levanta

de fogosa y ardiente artillería,

la pelota derriba, el ruido espanta,

el aire con el humo se cubría,

el corazón del moro se quebranta,

la sangre un temor grande le resfría,

escapa el escondido por ligero

y muere el descubierto aventurero.

Con esto nuestra gente no pagada,

siguiendo la victoria, hiere y mata:

la población sin muro no guardada

con el fuego la tala y desbarata;

el jeque llora ya la cabalgada,

que bien pensó comprarla más barata:

blasfema de la guerra, y maldecía

al viejo flaco y la que el hijo cría.

Huyendo el moro, el arco va flechando

sin fuerza, de cobarde, y presuroso

la piedra y cuanto topa atrás echando,

que el furor arma a veces al medroso:

la isla toda van desamparando

con paso en el huir no vagaroso,

cortando otros del mar un paso estrecho,

que el serlo les fué harto de provecho.

Unos van en las barcas bien cargadas,

otro lo pasa a nado diligente,

cuál se ahoga en las ondas levantadas,

cuál bebe el mar y lo echa juntamente;

aniegan las menudas bombardadas

las llenas barcas de esta bruta gente:

de esta arte el Portugués al fin castiga

la gente de virtud y fe enemiga.

Victorïosos vuelven a la armada

con despojo de guerra y muy temidos;

salen a su placer a hacer aguada

sin hallar resistencia en los huídos;

queda la perra gente lastimada

y en odio antiguo todos encendidos:

para tomar venganza de este daño

quieren luego intentar esotro engaño.

Paces envía a pedir arrepentido

el regidor de aquella falsa tierra,

y sin poder de nadie ser sentido,

en son de paz el moro le envía guerra,

porque el falso piloto ha prometido,

cuyo pecho el forjado engaño encierra,

para darnos la muerte lo enviaba

como en señal que paces procuraba.

El capitán, que ve cuánto conviene

proseguir el camino comenzado,

que tiempo bueno y viento blando tiene

para buscar el Indo deseado,

el piloto recibe que le viene

mostrándose del odio ya olvidado:

despide al mensajero con contento

y manda luego dar velas al viento.

Partida de la costa nuestra armada,

las ondas de Anfitrite dividía,

de las hijas de Néreo acompañada,

fïel, alegre y dulce compañía:

el diestro capitán, que la tramada

tela del falso moro no entendía,

del mañoso piloto se informaba

de los mares y puertos que pasaba.

Mas el moro, instruído en los engaños

que el malévolo Baco le enseñara,

de muerte o cautiverio graves daños,

antes de ir a la India, le prepara:

del indiano puerto ha muchos años

que tenía noticia, le declara;

creyendo ser verdad lo que decía,

de nada el fuerte Gama se temía.

Dícele más, con falso pensamiento

con que Sinón engaña a los troyanos,

que había cerca una isla cuyo asiento

fuera siempre habitado de cristianos:

el capitán, que con su sano intento

no ve ser dichos locos y livianos,

con dádivas muy grandes le rogaba

lo guíe (donde el moro lo guiaba).

Lo mismo el falso moro determina

que el seguro cristiano le demanda,

que en la isla que dice estar vecina

vive gente de secta cruel, nefanda:

aquí el engaño y muerte le imagina

porque en fuerza a su isla esta isla manda,

que es mayor en poder: la cual se llama

Quiloa, conocida por la fama.

Inclinábase allá la alegre flota;

mas la diosa de Pafos celebrada,

viendo cómo dejaba su derrota

por buscar a la muerte no pensada,

no consiente que en tierra tan remota

perezca gente de ella tanto amada

y con contrarios vientos la desvía

de do el piloto falso la metía.

Mas el malvado moro, no pudiendo

llevar este propósito adelante,

otra maldad y engaño revolviendo

en su resolución mala constante,

dícele que en las aguas discurriendo

lo llevará por fuerza allá delante

donde hay una isla cerca cuya gente

son cristianos y moros juntamente.

También en esto el moro le mentía

cual por aviso y orden lo llevaba,

que aquí gente de Cristo no vivía,

mas la que el Mahometa celebraba;

el capitán, que en todo le creía,

las velas vuelve, la isla demandaba:

mas no queriendo Venus, no tomaron

la isla: en el mar alto se ancoraron.

A tierra está la isla tan llegada

que sólo la divide un breve estrecho:

una ciudad en ella situada,

que a la orilla del mar hace repecho,

de nobles edificios fabricada,

un muro al derredor muy fuerte hecho:

isla y ciudad se llaman de una suerte:

Mombaza; el rey que tiene es viejo y fuerte.

Pues siendo el capitán aquí llegado,

extrañamente alegre porque espera

poder gozar del pueblo bautizado,

como el falso piloto le dijera;

de tierra esquifes vienen, y un recado

del rey, que ya sabía qué gente era,

que Baco muy más antes le avisara

en forma de otro moro que tomara.

El recado que traen era de amigos,

mas debajo el veneno está encubierto,

que eran los pensamientos de enemigos

cual lo mostró el engaño descubierto.

¡Oh cuán ciertos son, Muerte, tus postigos!

¡Oh camino de vida nunca cierto,

que do la gente pone su esperanza

la vida tiene menos confianza!

Tanta tormenta en mar y tanto daño,

tantas veces la muerte apercibida,

tantas guerras en tierra y tanto engaño,

tanta necesidad aborrecida:

¿dónde se acogerá de mal tamaño,

dónde estará segura nuestra vida,

si contra un gusanillo vil del suelo

se indigna, se levanta, se arma el cielo?