CANTO SEGUNDO

Ya en este tiempo el délfico planeta,

que en horas el día claro va partiendo,

llegaba a la Tartesia, cierta meta,

su luz del universo recogiendo:

de la casa marítima y secreta

la puerta el dios nocturno le está abriendo,

cuando las gentes pérfidas llegaron

a los que poco había que ancoraron.

Uno, que entre ellos trae encomendado

el mortífero engaño, así decía:

«Capitán valeroso, que cortado

has de Neptuno el reino y larga vía,

el rey de aquesta tierra alborotado

por tu venida está con alegría,

y no desea más que regalarte,

verte, y de necesario reformarte.

»Y porque está en extremo deseoso

de verte como a cosa señalada,

te ruega que, de nada receloso,

entres la barra tú y toda tu armada:

y porque del camino trabajoso

traerás la gente débil y cansada,

convídate a que quieras regalarla,

pues tienes en la tierra do hospedarla.

»Y si buscando vas mercaduría

que produce el aurífero Levante,

canela, clavo, ardiente especería,

o droga salutífera, al instante

con toda la luciente pedrería

de rubí, de carbunco, de diamante,

aquí lo hallarás, y tan sobrado,

que puedas poner fin a tu cuidado.»

Al mensajero el capitán responde,

las palabras del rey agradeciendo,

que porque ya en el mar el Sol se esconde,

no entra para adentro obedeciendo:

mas luego que la luz muestre por dónde

la flota pueda ir salva el mar rompiendo,

cumplirá su mandado sin recelo,

que a más que esto le obliga amor y celo.

Pregúntale después si hay en la tierra

cristianos, como el moro le decía;

el mensajero astuto, que no yerra,

dice que la más gente en Dios creía:

de esta suerte del pecho le destierra

la sospecha y la cauta fantasía:

por donde el capitán seguramente

se fía, siendo fiel, de la infiel gente.

Y de algunos que vienen condenados

por culpas y por hechos vergonzosos,

porque pudiesen ser aventurados

en casos de esta suerte peligrosos,

dos envía sagaces y ensayados

que noten de los moros engañosos

su ciudad y poder, y porque vean

los cristianos que tanto ver desean.

Que le lleven al rey presentes manda

porque la voluntad que le mostraba

la conserve segura, limpia y blanda

(aunque bien al contrario en todo estaba):

ya la gente del moro va a la banda

y la nuestra con ella el mar cortaba:

fueron con rostros ledos y fingidos

en tierra los dos nuestros recibidos.

Y luego que al rey moro presentaron

el recado y presentes que traían,

a la ciudad se fueron y notaron

mucho menos de aquello que querían,

porque los falsos moros se guardaron

de mostrarles lo que ellos pretendían,

que do está de malicia lleno el seno,

recela que la tiene el pecho ajeno.

Mas aquel que la fresca primavera

en su rostro conserva, y fué nacido

de madres dos; que aqueste engaño urdiera

por ver al navegante destruído,

en una casa estaba allá defuera

con bulto humano y hábito fingido

mostrándose cristiano, y fabricaba

un altar suntuoso que adoraba.

Tenía en un retrato figurada

del Espíritu Santo la pintura:

la palomica blanca dibujada

sobre la santa Fénix Virgen pura:

la demás compañía está pintada

de los doce, y tan varia su figura,

cual los que, de las lenguas que cayeron

de fuego, varias lenguas refirieron.

Aquí los Lusitanos conducidos,

donde con este engaño Baco estaba,

las rodillas en tierra y los sentidos

en Dios ponen que el mundo gobernaba.

Olores excelentes producidos

en la fértil Pancaya a Dios quemaba

el embustero Baco, y aunque artero,

el falso dios adora al verdadero.

En esta casa quedan hospedados

con honesto y mediocre tratamiento

los cristianos, sin ver cómo engañados

los tiene el falso y santo fingimiento;

mas en siendo los rayos derramados

por el mundo de Febo, en un momento

se muestra al horizonte refulgente

la esposa de Titón con roja frente.

Van de tierra los moros, y recado

llevan del rey porque entren, y consigo

los dos que el capitán había enviado

a quien se mostró el rey sincero amigo;

y siendo el fuerte Gama asegurado

que recelo no tenga de enemigo,

y que gente de Cristo en tierra había,

dentro el salado río entrar quería.

Dicen los que envió que en tierra vieron

un santo sacerdote y templo santo,

que en él se aposentaron y durmieron

en cuanto cubrió al mundo el negro manto;

cómo en el rey y pueblo no sintieron

sino grande contento y gusto tanto,

que no puede allí cierto haber sospecha

en la muestra de amor tan clara hecha.

Por esto con contento señalado

recibe el capitán cuantos venían,

que el generoso pecho es confiado,

y más aquestas muestras le hacían:

las naos hinche el pueblo renegado,

al bordo los bateles se venían:

alegres vienen todos porque entienden

que tienen ya la presa que pretenden.

De secreto en la tierra aparejaban

armas y municiones para cuando

viesen que los navíos ancoraban,

que con ellas en ellos fuesen dando,

porque con tal traición determinaban

atajar el camino al Luso bando

y que preso pagase de esta suerte

a los que en Mozambique les dió muerte.

Las áncoras andaban levantando

con grita de la mar acostumbrada

y las velas de proa al viento dando

gobiernan a la barra señalada;

mas la bella Ericina que guardando

aquesta gente andaba sublimada,

la celada notando tan secreta,

del cielo al mar bajó como saeta.

De Nereo llamó las hijas bellas

con toda la cerúlea compañía,

que porque nació en aguas manda en ellas

y a su mandado el mar obedecía.

El caso les contó para movellas

y, movidas, con todas se partía

a estorbar que la armada no llegase

adonde para siempre se acabase.

Ya con la grande priesa levantando

van en las blancas ondas blanca espuma:

Doto la mar a nado va cortando

más veloz que en el aire va una pluma;

salta Nise, Nerine va volando,

descubriendo al nadar su fuerza suma:

camino abren las aguas, temerosas

de ver ir las nereidas presurosas.

En hombros de un tritón hermoseada

va la linda Dione furïosa:

no siente el que la lleva si es pesada,

de soberbio, con carga tan hermosa:

ya llegan donde está a pique la armada

de entrarse por la barra peligrosa:

repártense y rodean en un instante

las más ligeras naos de delante.

Pónese con las otras en derecho

la diosa de la proa capitana,

y cerrándole el paso, que es estrecho,

aunque con viento en popa ésta se llana,

al duro palo arrima el blando pecho

y atrás la echó con fuerza soberana:

otras alrededor la levantaron

y fuera de la barra la arrojaron.

Cual suelen las hormigas al estío,

llevando el peso grave acomodado,

ejercitar las fuerzas, porque al frío

el alimento gocen que han juntado;

trabajan sin cesar con maña y brío,

descubren un vigor nunca pensado:

tales andan las ninfas libertando

al Luso del peligro miserando.

Vuelve la nao atrás y al mar se hace

a pesar del piloto que, gritando

«Amaina velas», rabia y se deshace

acá y allá el timón atravesando;

el astuto maestre, a quien desplace

la vuelta, de un peligro está temblando,

que un horrible peñasco está delante

y teme en él la nao no se quebrante.

Confusa vocería se levanta

entre la chusma que al voltar trabaja:

el grito y alarido al moro espanta,

y cual si fuera en guerra, así se ataja:

no sabe la razón de furia tanta,

teme si le aparejan la mortaja,

piensa ver sus engaños descubiertos

y que serán por ellos todos muertos.

Con temor y sospecha se arrojaban

a las ligeras barcas que traían;

otros el mar en alto levantaban

saltando en él y a nado se acogían;

de un bordo y otro aquí y allí se echaban

con miedo del horrible son que oían,

que antes quieren al mar aventurarse

que a manos de los nuestros entregarse.

Cual en arroyo, charco o en laguna

las ranas (que ya fueron licia gente),

cuando sienten venir persona alguna

si a la ribera están incautamente,

saltan de dos en dos y de una en una,

de aquí y de allí, huyendo el mal presente,

y en el agua se cubren por gran pieza

mostrando solamente la cabeza:

Tales huyen los moros; y el piloto

que la flota a peligro tal guiara,

temiendo por su engaño el alboroto,

al agua se arrojó como una jara;

mas porque en el peñasco no sea roto

el navío, y la vida pierdan cara,

las amarras soltó la capitana,

y las demás las sueltan muy de gana.

Viendo el ilustre Gama la extrañeza

de moros no pensada, y juntamente

el piloto huirle con presteza,

el engaño entendió de aquella gente,

pues sin ningún contraste ni braveza

de vientos, sin haber del mar corriente,

la flota ir adelante no podía.

Creyendo ser milagro, así decía:

«¡Oh caso grande, extraño, no pensado!

¡Milagro de la mano de Dios hecho!

¡Oh descubierto engaño inopinado!

¡Oh de gente maligna perro pecho!

¿Quién pudiera del mal de atrás forjado

librarse, puesto ya en tan grande estrecho,

si de arriba la guarda soberana

no ayudara a la flaca fuerza humana?

Begas, pintóLinder, sc.

Y de estas blandas muestras conmovido,

que movieran de un tigre el pecho duro,

con un alegre rostro esclarecido,

con que serena el aire más oscuro...

[Canto II, Estr. 42].

»Bien muestra la divina Providencia

de estos puertos la poca confianza:

bien claro lo hemos visto en la apariencia

cuán engañada fué nuestra esperanza;

mas, pues saber humano ni prudencia

tan fingidos engaños nunca alcanza,

¡oh tú, divina Guarda!, ten cuidado

de quien sin ti no puede ser guardado.

»Y si la piedad te mueve a tanto

de esta mísera gente peregrina

que por tu favor grande y celo santo

fué libre de esta costa tan malina,

a algún puerto, después de tal quebranto,

llevarnos, Rey eterno, determina,

o muéstranos la tierra que buscamos,

pues que por tu servicio navegamos.»

Oyóle estas palabras tan piadosas

la hermosa Dione, y, conmovida,

de las nereidas parte, que llorosas

quedaron de tan súbita partida;

penetra las estrellas luminosas,

y en la tercera esfera recibida,

pasa hasta llegar al sexto cielo,

y cesa, do está Júpiter, su vuelo.

Y como va cansada del camino,

tan hermosa en el gesto se mostraba,

que estrellas, aire y cielo más vecino

con su dulce mirar enamoraba;

del asiento de Amor, ciego y menino,

espíritus tan vivos inspiraba,

que los helados polos encendía

y el esférico fuego frío volvía.

Pues para más prendar al soberano

Padre, de quien fué siempre amada y cara,

en la forma le habla que al Troyano

en el monte de Ida le hablara:

si la viera el montero que el humano

ser pierde, viendo a la otra en la agua clara,

no esperara que perros le mataran,

que deseos primero lo acabaran.

Los rubios hilos de oro se esparcían

por el cuello más blanco que la nieve,

y los rifeos montes se movían

al andar, donde amor todo se embebe;

de su cintura llamas le salían

donde su muerto fuego el amor cebe;

por las lisas columnas le trepaban

deseos, que cual hiedra se enredaban.

Con delgado cendal las partes cubre

de quien es la vergüenza su reparo;

mas ni todo lo esconde, ni descubre,

el velo de tal bien no nada avaro:

despierta los deseos lo que encubre

y más lo que descubre el velo raro;

ya se sienten del cielo en toda parte

los celos en Vulcano, amor en Marte.

Y mostrando en su angélico semblante

una risa y tristeza mal mezclada,

como dama que ha sido de su amante

en amorosas burlas maltratada,

que se queja y se ríe en un instante

y se muestra entre alegre lastimada,

así la diosa, a quien ninguna iguala,

con el supremo padre se regala.

«Siempre, dice, entendí, padre piadoso,

que a las cosas que yo de pecho amase

afable te hallara y amoroso,

puesto que a algún contrario le pesase;

mas, pues que contra mí te veo rabioso

sin te lo merecer, ni sin que errase,

hágase lo que Baco determina,

que yo me quedaré para mohina.

»Este pueblo, señor, por quien derramo

las lágrimas que en vano caídas veo,

que asaz de mal lo quiero, pues que lo amo,

siendo tú tan contrario a mi deseo:

por él te ruego, imploro, lloro y clamo

y contra mi ventura en fin peleo;

pues por quererle bien es maltratado,

quiero quererle mal: será guardado.

»Mas ¡ay! que está entre manos de unas gentes

y pues fuí yo...» Y en esto, de mimosa,

el rostro baña en lágrimas ardientes

cual con rocío está la fresca rosa:

un poco calla, como si entre dientes

le impidieran la habla lastimosa;

y queriendo con ella ir adelante

la plática le ataja el gran Tonante.

Y de estas blandas muestras conmovido,

que movieran de un tigre el pecho duro,

con un alegre rostro esclarecido

con que serena el aire más obscuro,

las lágrimas le limpia y encendido

la besa, el cuello abraza liso y puro,

de modo que si allí solo se hallara,

otro nuevo Cupido se engendrara.

Con el suyo apretando el rostro amado

que sollozos y lágrimas aumenta,

como niño del ama castigado,

que quien le limpia el lloro lo acrecienta;

por ponerle en sosiego el pecho airado,

muchos casos futuros le presenta:

del hado las entrañas revolviendo,

de esta manera al fin le está diciendo:

«No temáis, dulce hija y bella diosa,

algún peligro a vuestros Lusitanos,

ni que pueda conmigo alguna cosa

más que esos vuestros ojos soberanos:

por ellos os prometo, Dione hermosa,

que en olvido veáis griegos y romanos

por los ilustres hechos que esta gente

ha de hacer en tierras del Oriente.

»Que si el facundo Ulises se ha escapado

de ser en la isla Ogigia eterno esclavo;

si Antenor ha los senos penetrado

ilíricos, y fuente de Timavo;

Eneas, si por pío ha navegado

de Escila y de Caribdis el mar bravo,

éstos, mayores cosas intentando,

nuevos mundos al mundo irán mostrando.

»Fortalezas, ciudades y altos muros

por ellos veréis, hija, edificados;

los turcos ferocísimos y duros

de ellos presos serán y destrozados;

los reyes de la India más seguros

a vuestro rey veréis ser sojuzgados,

y por ellos del todo en fin señores,

a las tierras darán leyes mejores.

»Veréis éste que ahora presuroso

el Indo con tal miedo va buscando

temblar después Neptuno ante él medroso,

sin tempestad las aguas encrespado.

¡Oh caso nunca visto milagroso,

que tema y hierva el mar en calma estando!

¡Oh fuerte gente de altos pensamientos

de quien temen los mismos elementos!

»Y la tierra que el agua le impedía

aun ha de ser un puerto muy decente

do reciban refresco en larga vía

las naos que vinieren de Occidente,

y toda aquesta costa que tejía

el engaño mortífero, obediente

le pagará tributo, conociendo

no poder resistir al Luso horrendo.

»Y veréis el mar Rojo tan famoso

tornársele amarillo de turbado;

veréis de Ormuz el reino poderoso

dos veces ser perdido y dos ganado:

allí veréis el bárbaro furioso

de sus mismas saetas traspasado,

porque quien va contra ellos claro vea

que, si resiste, contra sí pelea.

»Veréis la inexpugnable Dío fuerte

con dos cercos, y dentro al Lusitano,

donde descubrirá su precio y suerte

el valor de las armas más que humano:

envidiosos veréis al Marte y muerte

por ver al Luso vuelto en soberano:

del moro allí será la voz extrema

la con que de Mahoma infiel blasfema.

»De los moros será Goa ganada,

la cual vendrá después a ser señora

de todo el Oriente, y sublimada

con gloria de la gente vencedora:

allí, soberbia, altiva y ensalzada,

al gentil que los ídolos adora

duro freno pondrá, y aun a la tierra,

que a los vuestros mover pensaba guerra.

»Veréis la fortaleza sustentarse

de Cananor con poca fuerza y gente:

veréis a Calicut desbaratarse,

populosa ciudad y muy potente;

en Cochín se verá también mostrarse

un pecho tan altivo e insolente,

que cítara jamás cantó victoria

que así merezca eterno nombre y gloria.

»Nunca con fiero Marte sanguinoso

así hirió Leucate cuando Augusto

en las guerras civiles animoso

al capitán venció romano injusto

que de la oriental parte, y del famoso

Nilo, del Bactra escítico y robusto

la victoria traía y presa rica,

preso él de la Gitana no pudica:

»Como veréis el mar con tal suceso

hervir viendo los vuestros peleando,

llevando en su triunfo el moro preso

y al idólatra bárbaro allanando,

y sujeta la rica Quersoneso

hasta el remoto China navegando,

las islas más ocultas del Oriente

descubrirá, y al dios del gran Tridente.

»De modo, hija mía, que en tal hecho

esfuerzo mostrará mayor que humano,

que nunca se verá tan fuerte pecho

del Gangético mar al Gaditano,

de las boreales ondas al estrecho

que enseñó el injuriado lusitano,

puesto que en todo el mundo de afrentados

resucitasen todos los pasados.»

Y con esto acabó, y al consagrado

Cileno envía a la tierra porque tenga

un pacífico puerto aparejado

do la flota sin miedo alguno venga;

y para que en Mombaza el engañado

del moro, capitán no se detenga,

le manda que entre sueños le aparezca

y que de allí se vaya, no perezca.

Mercurio por el aire se arrojaba

con alas que ocasión le da y ofrece;

consigo la fatal vara llevaba,

que los cansados ojos adormece;

del infierno con ella a luz sacaba

las almas, luego el viento le obedece:

llevaba su sombrero acostumbrado,

y a Melinde de esta arte fué llegado.

Consigo trae la fama, porque diga

del Lusitano el precio grande y raro,

que el nombre ilustre a un cierto amor obliga

y hace al que lo tiene amado y caro:

de este arte va ganando gente amiga

con rumor famosísimo y preclaro:

que Melinde en deseos arde todo

de ver la fuerte gente, el gesto, el modo.

De allí para Mombaza luego parte,

donde las naos estaban temerosas,

para avisar la gente que se aparte

de las tierras del moro sospechosas,

porque muy poco vale esfuerzo y arte

contra las voluntades engañosas:

no vale corazón, astucia y maña,

si el cielo no descubre la maraña.

A su mitad la noche había llegado

y el cielo con la luz del sol ajena

la tierra un buen espacio había alumbrado

cuando la gente duerme más sin pena.

El capitán ilustre, fatigado

de largas centinelas dar ordena

a los ojos reposo, pues velaba

por sus cuartos la gente y reposaba.

Cuando Cileno en sueños le aparece

gritando: «Huye, huye, Lusitano;

mira que la tardanza mucho empece

para el fin que te apresta el cruel tirano;

huye, que el viento ya te favorece,

el tiempo y mar te dan camino llano

y te espera otro rey en mejor parte

a do puedes seguro regalarte.

»El hospicio que aquí está aparejado

es tal cual el crüel Diomedes daba,

haciendo ser manjar acostumbrado

de caballos la gente que hospedaba.

Las aras do Busiris endiablado

el huésped con morir sacrificaba

tendrás ciertas aquí si mucho esperas:

huye con priesa, huye estas riberas.

»Vete a par de la costa discurriendo:

hallarás otra tierra más humana

cerca de donde iguala el Sol luciendo

el tiempo con el tiempo de su hermana:

allí tu flota alegre recibiendo

un rey, con voluntad y amistad sana,

regalará tu bando laso y roto

y te dará al partir sabio piloto.»

Acabó de la Maya el hijo, y luego

el capitán despierta con espanto:

ve la negra tiniebla con gran fuego

de una súbita luz y rayo santo,

y viendo que no es tiempo de sosiego,

ni de en tierra tan mala estarse tanto,

al maestre despierta, y le mandaba

dar las velas al viento que soplaba.

«Alza la vela, dice, al blando viento,

que ya nos favorece y Dios lo manda,

que un mensajero vi del claro asiento

que en favor de la flota y nuestro anda.»

Levántase con esto un movimiento

de marineros de una y otra banda:

las áncoras levantan luego en alto,

mostrándose ninguno en fuerza falto.

Al tiempo que las áncoras alzaban

con la noche los moros escondidos

las maromas secreto les cortaban

porque den a la costa destruídos:

mas no duermen los linces que velaban

de recato y recelo apercibidos,

y como recordados los sintieron,

volando y no remando les huyeron.

Ya las ligeras proas van cortando

los caminos del húmedo Neptuno;

Gallego les soplaba manso y blando

con movimiento lleno y no importuno:

en los casos pasados van hablando,

que no se olvidarán en tiempo alguno

los peligros do fué siempre perdida

la vida, y por milagro guarecida.

Diera una vuelta al mundo el sacro Apolo,

a segundar comienza, cuando vieron

con soplos amorosos del Eolo

dos bajeles venir que al mar huyeron:

corren por darles caza, y uno solo

tomaron de los dos que persiguieron,

que el otro con temor se recelaba

y a costa, por salvar la gente, daba.

Mas el que se quedó, no tan mañoso,

en las manos cayó del Lusitano

sin el rigor de Marte furïoso

y sin la furia horrenda de Vulcano,

que como fuese débil y medroso

de mora gente y flaco pecho humano,

no resistió, y si acaso resistiera,

más daño resistiendo recibiera.

Y como el fuerte Gama desease

guía para la India que buscaba,

pensó que en estos moros la hallase,

mas no le sucedió como pensaba:

que entre ellos no halló quien le enseñase

a qué parte del cielo el Indo estaba,

mas de un pueblo le dicen no remoto,

Melinde, donde habrá cierto piloto.

De cuyo rey los moros alababan

la condición, bondad, sincero pecho;

su gran magnificencia entronizaban,

con que a cualquiera tiene satisfecho.

El capitán, que ve que concordaban

con lo que le dijera de este hecho

en los sueños Cileno, se partía

adonde el sueño y moro le decía.

Era en el tiempo alegre, cuando entraba

en el Toro la luz clara y febea,

cuando uno y otro cuerno le quemaba

y Flora derramaba el de Amaltea:

la memoria del día renovaba

el Sol que el mundo en torno ve y rodea,

en que aquel de quien es el mundo efecto

puso a cuanto crió sello perfecto.

Cuando llega la flota a aquella parte

de do el Melinde reino aparecía,

de toldos adornada por tal arte,

que bien muestra guardar el santo día,

el gallardete vuela y estandarte

con la roja color que el ostro cría;

suenan los atambores y panderos,

y surgen en la barra los guerreros.

Llena estaba la playa melindana

de gente que salía a ver la armada,

gente más verdadera y más humana

de cuantas esta costa está poblada.

Entra dentro la flota Lusitana,

echan al fondo el áncora pesada,

un moro va de aquellos que tomaron

a dar noticia al rey como llegaron.

Mas informado el rey de la nobleza

que al pueblo Portugués tanto engrandece,

estima el darles puerto a tanta alteza

cuanta el bando del Luso la merece,

y con ánimo pío y real pureza,

que más al pecho ilustre lo ennoblece,

les envía a rogar que se saliesen

y que de tierra y reino se sirviesen.

Eran ofrecimientos verdaderos

y palabras sinceras no dobladas

las con que el rey convida a los guerreros

que tantas leguas tienen navegadas:

envíales con esto cien carneros,

cien gallinas domésticas cebadas,

las frutas que la tierra entonces cría,

con voluntad que el don grande excedía.

Recibe el capitán alegremente

el mensajero ledo y su recado,

y responde al presente con presente,

que para el rey de atrás lo trae guardado:

fina escarlata de color ardiente,

el ramoso coral fino, preciado,

que dentro de las aguas blando crece,

y como sale de ellas se endurece.

Va con él un facundo mensajero

que con el rey las paces entablase

y que de no saltar luego el primero

en tierra el capitán le disculpase.

Llegado el orador do al verdadero

amigo en voluntad se presentase,

con gracia que Minerva le influyera

al blando rey habló de esta manera:

«Sublime rey a quien del cielo puro

fué de suma justicia concedido

refrenar al soberbio pueblo duro

no menos siendo amado que temido,

como a puerto quieto y muy seguro

en todo el Oriente conocido

venimos a buscarte, porque hallemos

el remedio por ti que pretendemos.

»No somos robadores que pasando

por los pueblos y villas descuidadas

con hierro y fuego gentes van matando

por coger las haciendas deseadas;

mas de la fuerte Europa navegando

buscamos las regiones apartadas

del Indo poderoso, por mandado

de un rey a quien servimos sublimado.

»¿Qué género tan duro habrá de gente,

qué bárbaro uso, o qué costumbre ordena

al arrojado en mar no solamente

el puerto prohibirle, mas la arena?

¿Qué pecho, qué intención en nos se siente

de razón y virtud ser tan ajena,

que se conjuren todos con fingidos

lazos ver estos tristes destruídos?

»Tú solo en quien de cierto confiamos

hallarse más verdad, de rey benino,

y por ella tener de ti esperamos

el ayuda que el Ítaco de Alcino:

a tu seguro puerto navegamos

traídos del intérprete divino,

que pues a ti nos guía, está muy claro

ser tu pecho sincero, humano y raro.

»Y no pienses, oh rey, que no saliese

el fuerte capitán esclarecido

a verte y a servirte, porque viese

o sospechase en ti pecho fingido;

más hácelo, señor, porque cumpliese

el regimiento en todo obedecido

de nuestro rey, que manda que no vaya,

siendo surta la flota, a puerto o playa.

»Y pues es del vasallo el ejercicio

el del miembro de arriba gobernado,

no quieras, pues de rey tienes oficio,

que nadie de su rey quiebre el mandado:

bien ve que tu merced y beneficio

a todos ya él nos ha tanto obligado

que erraran si no te obedecieren

en cuanto para el mar los ríos corrieren.»

Así habló, mas todos juntamente,

entre sí de la plática hablando,

el pecho alaban mucho de tal gente

que tanta tierra y mar va navegando;

alaban a su príncipe que, ausente,

los está en esta parte gobernando,

y tienen por valor grande y subido

ser de ellos en ausencia obedecido.

El rey, con un semblante blando y ledo,

responde al orador, que mucho estima:

«La sospecha quitad, no tengáis miedo,

que no será razón que en mí se imprima.

De vuestro pecho y obras yo tal quedo

prendado, que los tengo en grande estima,

y el que os hizo molesto tratamiento

fué porque le faltó conocimiento.

»De no salir a tierra vuestra gente,

por conservar mejor su preeminencia,

aunque me pena y pesa extrañamente,

tengo en mucho tener tanta obediencia;

mas si el orden aquesto no consiente,

ni yo consentiré que la excelencia

de pechos tan leales se deshaga

porque a mi voluntad se satisfaga.

»Mas luego que mañana sea llegada

la luz del sol al mundo, en almadías

a visitar iré la fuerte armada

conocida por fama ha muchos días,

y si viene del mar desbaratada

de furiosos vientos, largas vías

aquí tendrá de limpios pensamientos,

piloto, munición, mantenimientos.»

Con esto ya en las aguas se escondía

el hijo de Latona; el mensajero

con la respuesta alegre se partía

a la flota, cortando el mar ligero.

Los pechos todos se hinchen de alegría

por tener el remedio verdadero

para hallar la tierra que buscaban,

y con esto la noche festejaban.

No les faltan los rayos de artificio,

los trémulos planetas imitando;

los bombarderos cumplen con su oficio

el cielo, tierra y ondas atronando;

de Ciclopes se veía el ejercicio

en bombas que de fuego van volando,

y, con voces algunos que atronaban,

instrumentos de guerra en paz tocaban.

Respóndeles de tierra juntamente

el rayo con ruido volteando,

haciendo por el aire rueda ardiente

el fuego con la pólvora cebando:

gran grita se levanta de la gente

viendo el agua con fuegos abrasando,

y no menos que el mar está la tierra

a manera de cruda y dura guerra.

Mas ya el ligero cielo revolviendo

las gentes incitaba a su trabajo,

la madre de Memnón la luz trayendo

al prolijo dormir le pone atajo;

íbanse ya las sombras deshaciendo,

rociándose el monte y valle bajo,

cuando el rey de Melinde se embarcaba

a ver la flota que en el mar estaba.

Veíanse alrededor hervir las playas

de la gente que a verle corre leda;

son de púrpura fina las cabayas,

campea con color la rica seda:

en lugar de guerreras azagayas

y de arco que los cuernos arremeda

de la Luna, los ramos traen de palma,

mostrando que la traen dentro del alma.

Un batel grande y largo, que toldado

de seda viene con dos mil colores,

al rey trae de Melinde, acompañado

de grandes de su reino y de señores:

él de ricos vestidos adornado

a su costumbre viene con primores;

turbante en la cabeza guarnecido

de oro, de seda de algodón tejido.

Ya en el batel del capitán entrado

el rey, Gama en sus brazos lo tomaba,

y con la cortesía y el cuidado

que a un rey se le debía le hablaba:

[Canto II, Estr. 101].

Marlota de damasco peregrino

de la tiria color que es estimada,

un collar muy pesado de oro fino

do la materia en la obra está eclipsada;

con resplandor reluce diamantino

el cinto, y rica daga bien labrada,

y en las abarcas que andan junto al suelo

cubren aljófar y oro al terciopelo.

Y con un tirasol de rica seda

en un palo de lanza bien asido

un ministro el calor pesado veda

que no ofenda ni queme al rey subido;

música trae en la proa, extraña y leda,

de son confuso y áspero al oído,

de trompetas arcadas que en tañendo

hacen un sin concierto y rudo estruendo.

No menos guarnecido el Lusitano

en el batel de flota se partía

por salir al encuentro melindano

con lustrosa y gallarda compañía.

Vestido viene Gama al talle hispano,

mas la ropa es francesa que traía,

de raso de adriática Venecia,

de la color que el vulgo tanto precia.

Las mangas de oro vienen botonadas,

do reluciendo el sol la vista ciega;

las calzas soldadescas recamadas

del metal que Fortuna a tantos niega;

con puntas de lo mismo delicadas,

los golpes del jubón ajusta y llega;

la guarnición dorada de la espada,

con garzotas la gorra ladeada.

En su acompañamiento campeaba

la tinta que dió el múrice excelente,

la color que los ojos alegraba,

la manera del traje diferente:

tal el hermoso esmalte se notaba

del vestido mirado juntamente

cual aparece el arco rutilante

de la hija hermosa de Taumante.

Sonorosas trompetas incitaban

los ánimos alegres resonando;

los bateles de tierra el mar cuajaban

los toldos por las aguas arrojando;

las bombardas horrísonas bramaban

con las nubes de humo el sol quitando,

y al sonar de los truenos encendidos

atapaban los moros los oídos.

Ya en el batel del capitán entrado

el rey, Gama en sus brazos lo tomaba,

y con la cortesía y el cuidado

que a rey se le debía le hablaba:

con muestras y manera de espantado

el moro gesto y modo le notaba,

como quien en muy grande estima tiene

gente que de tan lejos allí viene.

Con grande voluntad el rey le ofrece

cuanto del reino quiera a su contento,

y que si el alimento le fallece,

tome cual propio suyo el alimento;

que bien sabe quién es, lo que merece

su gente, su nobleza y cumplimiento;

que ya oyera decir que en otra tierra

con gente de su ley tuvieron guerra.

Como a Libia su nombre lo abandona

con los ilustres hechos que hicieron

cuando en ella ganaron la corona

de donde las Hespérides vinieron,

y con muchas palabras apregona

lo menos que sus obras merecieron

y lo que por la fama el rey sabía;

mas de esta suerte el Gama respondía:

«¡Oh tú, que piedad sólo tuviste,

rey ínclito, a esta gente Lusitana,

que con tanta miseria rota y triste

ha probado del mar la furia insana!

lo que por ella haces e hiciste,

aquesa voluntad sincera y sana

con que de ti tal obra recibimos,

te pague el que lo puede, le pedimos.

»Tú sólo en todos cuantos quema Apolo

nos recibes con paz del mar profundo,

y de las tempestades del Eolo

nos eres un refugio fiel, jocundo:

en cuanto hubiere estrellas en el Polo

y el sol diere su lumbre por el mundo,

do viniere, con fama eterna y gloria

vivirá tu memoria en mi memoria.»

Acabó, y los bateles van remando

a la flota que el moro ver desea:

una por una van las naos mirando

porque todas las note el rey y vea:

Vulcano por el aire centelleando

a la flota con fuego la rodea;

las sonoras trompetas se tañían

y añafiles de moros respondían.

Mas después de ser todo ya notado

del generoso moro que se helaba,

oyendo el instrumento inusitado

que tan grande terror en sí mostraba,

manda tener quieto y ancorado

en la mar el batel que los llevaba,

por hablar muchas cosas con el Gama,

de que tuviera ya noticia y fama.

En pláticas el moro diferentes

se deleitaba, preguntando ahora

por las guerras habidas excelentes

con la gente que al gran Mahoma adora;

ahora le pregunta por las gentes

de la Hesperia do vive y donde mora:

ahora por los pueblos sus vecinos,

ahora por los húmedos caminos.

«Y antes, oh capitán muy valeroso,

nos contad, le decía, diligente

de vuestra tierra el clima y el famoso

mundo donde moráis distintamente;

vuestro abolorio antiguo y generoso,

el principio de reino tan potente,

los sucesos de guerras sanguinosas,

que, sin saberlas, sé que son famosas.

»También nos contaréis los varios senos

que en el airado mar habéis andado,

los usos del que es vuestro tan ajenos

que la africana costa aquí ha criado.

Decid, pues que, tascando el oro en frenos,

los caballos que el carro claveteado

traen del Sol se parten del Aurora,

y el viento duerme, el mar se encalma ahora.

»No menos con el tiempo se parece

el deseo de oir tan nueva historia,

en quien un nuevo amor ya no recrece

a los hechos tan dignos de memoria,

ni el Sol tan desviado resplandece

de nuestra tierra, que de vuestra gloria

el prez no se conozca, ni es el pecho

tan rudo que no estime vuestro hecho.

»Acometen soberbios los gigantes

con guerra vana el cielo claro y puro;

pasan Pirito y Teseo de ignorantes

al reino de Plutón, horrendo, obscuro;

y si hechos ha habido más pujantes,

no menos es trabajo ilustre y duro,

cuanto fué acometer Cielo y Cerbero,

acometer la mar en un madero.

»Quemó el sagrado templo de Diana,

del sutil Tesifonio fabricado,

Herostrato, por ser de gente humana

conocido y su nombre celebrado:

pues si con tal locura y mente insana

desea un hombre nombre aventajado,

más razón es que quiera eterna gloria

quien hizo dignas obras de memoria.»