CANTO TERCERO
Ahora tú, Calíope, me inclina
a contar lo que al rey le cuenta el Gama:
inspira inmortal canto y voz divina
en el pecho mortal que tanto te ama:
así el claro inventor de Medicina,
de quien a Orfeo pariste, bella dama,
por Dafne, Clicie o Leucatoe no olvide
el amor que tu amor demanda y pide.
Pon mi deseo, en efecto, Ninfa mía,
como es digna la gente Lusitana:
sepa el mundo que Tajo y su agua fría
el licor de Aganipe corre y mana:
deja el Pindo, que siento ya a porfía
bañarme Apolo en agua soberana,
o diré que no cumples mi deseo,
porque no se obscurezca tu hijo Orfeo.
Prontos estaban todos escuchando
lo que el sublime Gama contaría
cuando, después de un poco estar pensando,
levantando algo el rostro, así decía:
«Mándasme, oh rey, que vaya declarando
de mi gente la gran genealogía:
no me mandas contar la extraña historia,
mas que diga del Luso el nombre y gloria.
»Que otro alabe el esfuerzo y pecho ajeno
cosa es que se acostumbra y se desea,
mas al propio loor cortan el freno
porque sospecha alguna no se vea;
pues lo que hay que decir, ni otro Cileno
lo dirá, ni habrá tiempo que no sea
corto; mas, pues lo mandas y se debe,
por hacer lo que debo seré breve.
»Y lo que sobre todo más me obliga
es que no mentiré por aficiones,
pues que de tales hechos, aunque diga
más, más se quedará entre dos renglones,
y porque en todo lleve el modo, y siga
el orden que requieren narraciones,
describiré primero nuestra tierra
y luego daré parte de la guerra.
»De la zona que el Cancro señorea,
meta septentrional del Sol luciente,
y entre la que tan fría ser pelea
cuanto la equinoccial con fuego ardiente,
está la fuerte Europa, a quien rodea
por la parte de Arturo y de Occidente
el Océano inmenso, mar insano,
y por la austral el mar Mediterrano.
»Por la parte do el día va naciendo
con Asia se avecina; mas el río
que del Rifeo monte va corriendo
a la grande Meotis, corvo y frío,
las divide del mar que, fiero, horrendo,
sufrió del griego airado el señorío,
do ahora de la Troya tan pujante
la memoria no más ve el navegante.
»Y donde más debajo está del Polo
los montes Hiperbóreos aparecen
y aquellos donde siempre sopla Eolo
que con nombre de soplos se ennoblecen:
es tan poca la fuerza aquí de Apolo
y sus rayos que el mundo resplandecen,
que hay nieve siempre en montes y corrientes,
helado el mar, helado el prado y fuentes.
»Aquí de escitas vive muchedumbre
que por la antigüedad tuvieron guerra
del primer ser humano y la costumbre
con los que el Nilo riega su ancha tierra;
mas cada cual andaba a la vislumbre
(con que el juicio humano tanto yerra),
que de cierto lo cierto se informara
si al damasceno campo se llegara.
»Ahora en estas partes nombre tienen
la Lapia fría, inculta Noruega,
la isla Escandinavia, a quien convienen
las victorias que Italia no le niega:
aquí, cuando las aguas no detienen
las nieves del invierno, se navega
del Sarmático Oceano un brazo llano
por el Brusio, Suebio y frío Dano.
»Entre este mar y Tanais, gente extraña
vive; Rutenos, Moscos y Livonios,
Sármatas otro tiempo; en la montaña
Hircinia, los Marcomanos, Polonios;
sujetos al imperio de Alemaña
son Sajones, Bohemios y Panonios,
y otras naciones más que el Reno frío
lava, Danubio, Amasis, Albis río.
»Entre el remoto Istro y claro estrecho
donde dejó la Hele nombre y vida
los Traces viven fieros, de gran pecho,
patria de Marte airado muy querida:
allí está el Hemo y Ródope a despecho
sujeta al Otomano, está rendida
Bizancio a su servicio torpe, indino,
injuria grande del gran Constantino.
»Luego de Macedonia están las gentes
a quien lava de Axio el agua fría,
y vos también, oh tierras excelentes
en costumbres, ingenios y osadía,
que criasteis los pechos elocuentes,
los juícios de alta fantasía,
con quien el cielo, oh Grecia real, penetras
no menos con las armas que con letras.
»Los Dálmatas se siguen, y en el seno
donde Antenor sus muros fabricara,
Venecia está en un fuerte terrapleno
sobre agua, que tan baja comenzara:
de tierra un brazo corre al mar que, lleno
de esfuerzo, mil naciones sujetara,
brazo fuerte de gente sublimada
no menos en ingenio que en la espada.
»En torno el mar la cerca de contino
con muro natural por otra parte;
lo divide por medio el Apenino
que tan ilustre hizo el patrio Marte;
mas después que ya tiene el tan divino
portero que el esfuerzo y fuerza parte,
está pobre de aquella gran potencia,
que la humildad es cara a la alta esencia.
»Galia después se ve, que tan nombrada
con los hechos de César fué en el mundo,
que de Secuana y Ródano es regada
y de Garona y Reno más profundo;
los montes de Pirene sepultada
se levantan, do al caso tan jocundo
la antigüedad celebra cuando ardieron,
que de ellos oro y plata en rios corrieron.
»Descúbrese de aquí la noble España,
cual cabeza de Europa señalada,
en cuyo señorío y gloria extraña
ha andado la fatal rueda enojada;
mas no podrá con fuerza, ardid y maña
dejarla la Fortuna infiel manchada,
que no la limpie luego la osadía
de los guerreros pechos que en sí cría.
»Con Tingitania enfrente, a do parece
que casi cierra el mar Mediterrano,
donde el sabido estrecho se ennoblece
con el trabajo extremo del Tebano.
Con naciones diversas se engrandece,
cercadas con las ondas de Oceano,
todas de tal nobleza y tal valía
que cada cual por ser mejor porfía.
»Tiene al Tarragonés, que se hizo claro
sujetando a Parténope inquïeta;
al Navarro y Asturias, que reparo
fueron contra la gente Mahometa;
tiene al cauto Gallego, el grande y raro
Castellano, a quien hizo su planeta
restituidor de España y le dió silla
Betis, León, Granada, con Castilla.
»Y es de aquesta cabeza, como cumbre
de Europa toda, el reino Lusitano,
do la tierra está en cabo, el mar en cumbre
do Febo va a dormir al Oceano:
aqueste quiso el cielo fuese lumbre
en armas contra el torpe Mauritano,
echándole de sí, y allá en la ardiente
África estar en paz no lo consiente.
»Aquesta es mi dichosa patria amada,
a la cual si llegado en fin me veo,
en siendo mi derrota ya acabada
con gusto acabaré vida y deseo:
esta fué Lusitania, derivada
de Lysa o Luso, que, del gran Tioneo
fuesen hijos acaso o compañeros,
de ella fueron los íncolas primeros.
»De ésta un Pastor nació que, aunque se tome
un nombre que descubre un pecho erguido,
su fama no habrá nadie que la dome,
pues la grande de Roma no ha podido.
El viejo que sus hijos propios come
por decreto del cielo ha concedido
que ésta sea en el mundo muy gran parte
un poderoso reino por esta arte.
»Un rey por nombre Alonso hubo en España
que a los moros les hizo tanta guerra,
que con sangrientas armas, fuerza y maña
hizo a muchos perder la vida y tierra,
volando de este rey la fama extraña
de la herculana Calpe a Caspia sierra,
muchos por en la guerra engrandecerse,
a él y a muerte vienen a ofrecerse.
»Con un amor intrínseco encendidos
más de la fe que de honras populares
eran de varias tierras conducidos,
desamparando patria y propios lares.
Después que en hechos altos y subidos
se mostraron en armas singulares,
quiso el invicto Alonso tales hechos
dejarlos con el premio satisfechos.
»De éstos Enrique, dicen que segundo
hijo de un rey de Hungría, señalado,
Portugal hubo en suerte, que en el mundo
no tenía hombre más que de cuidado;
y por mayor señal de amor profundo
quiso el rey castellano que casado
con Teresa su hija el conde fuese
y con ella la tierra en dote hubiese.
»Este, después que de los descendientes
de Agar victorias hubo, porque pruebe
su valor en las tierras adyacentes,
mostró cuánto a su fuerte pecho debe:
en premio de sus obras excelentes
dióle el supremo Dios en tiempo breve
un hijo que ilustrase el nombre ufano
del belicoso reino Lusitano.
»Ya Enrique se volvia de la conquista
de la ciudad davídica sagrada,
ya del Jordán la arena tenía vista
que vió de Dios la carne en sí lavada;
no teniendo Gofredo a quien resista
después de ser Judea sojuzgada,
muchos que en estas guerras le ayudaron
para sus señoríos se tornaron.
»Cuando llegado al fin ya de su vida
el húngaro famoso y extremado,
teniendo su carrera ya cumplida,
el espíritu dió al que lo había dado.
Deja un hijo en edad no muy crecida
en quien deja su esfuerzo y su traslado,
que ya al más valeroso se igualaba
tal hijo cual del padre se esperaba.
»Mas el viejo rumor, no sé si errado,
que en tiempo tan antiguo no hay certeza,
cuenta haberse su madre desposado
no mirando a quien era ni a su alteza.
Sin herencia su hijo había dejado
diciendo que las tierras y grandeza
del señorío todo suya era,
pues que en dote su padre se la diera.
»Pues el príncipe Alonso, que de esta arte
se llamaba, del nombre de su abuelo,
viéndose sin tener del reino parte,
que a la madre y padrastro lo dió el cielo,
hiriéndole en el pecho el duro Marte
determina espantar con guerra el suelo,
y revolviendo el cómo en su conceto,
luego siguió al propósito el efeto.
»De Guimaraes el campo se teñía
con sangre propia de intestina guerra,
de la madre, que serlo no debía,
a su hijo negaba amor y tierra:
con él puesta en el campo ya se veía,
y no ve la soberbia cuánto yerra
contra lo que a su Dios y a madre debe;
mas el amor carnal a más se atreve.
»¡Oh Progne cruel! ¡Oh mágica Medea!
Si en vuestros propios hijos la venganza
de los padres tomáis con culpa fea,
mayor culpa a Teresa aquí le alcanza,
o incontinencia, o la codicia sea
lo que a tan grave yerro os abalanza
por una al viejo padre Escila mata,
contra el hijo por ambas ésta trata.
»Ya el valeroso Alfonso el vencimiento
del padrastro y crüel madre llevaba;
el reino le obedece en un momento,
que en armas contra él poco ha que estaba;
mas de enojo vencido el sufrimiento,
la madre en hierros ásperos ataba,
siendo de Dios vengada en tiempo breve:
¡tanto es lo que a los padres se les debe!
»Ya se junta el invicto Castellano
para vengar la injuria de Teresa
contra el príncipe nuevo Lusitano
a quien ningún trabajo agrava o pesa:
en contienda cruel el pecho humano,
con favor de la ayuda alta indefesa,
no sólo con su gente se sustenta,
mas al contrario rompe y ahuyenta.
»No pasó mucho tiempo cuando el fuerte
príncipe en Guimaraes está cercado
de infinito poder, que de esta suerte
se rehizo el contrario lastimado;
mas con sacrificarse a cruda muerte
su ayo Egas Muñiz fué libertado,
que de otra arte pudiera ser perdido,
según estaba mal apercibido.
»Mas el leal vasallo, conociendo
que su señor no tiene resistencia,
fuése al rey de Castilla aprometiendo
que al príncipe haría darle obediencia:
levanta el Castellano el cerco horrendo,
fiado en la promesa y la conciencia
de Egas Muñiz, mas no consiente el pecho
del mozo ilustre verse en tal estrecho.
»Llegado era ya el plazo prometido
en que el rey don Alonso confiaba
que el príncipe su primo ya rendido
la obediencia le diese que esperaba:
viendo Egas que quedaba fementido,
lo cual Castilla de él no imaginaba,
determina de dar la dulce vida
por la jura y promesa no cumplida.
»Y con su dulce esposa e hijos parte
al rey para salir de la fianza,
descalzos y desnudos de tal arte
que más mueve a piedad que no a venganza:
»Si pretendes, rey ínclito, vengarte
»de mi loca promesa y confianza»,
le dice, «vesme aquí, vengo ofrecido:
»pague la vida el pacto no cumplido.
»Aquí rindo las vidas inocentes
»de hijos y mujer al brazo fuerte,
»si a pechos generosos y excelentes
»satisface de flacos la cruel muerte;
»ves las manos y lengua delincuentes:
»experimenta en ellos toda suerte
»de tormento, de pena, muerte y lloro,
»cual Scinis, cual Perilo con su toro.»
»Cual delante el verdugo el condenado
que el trago de la muerte ha ya bebido
el cuello tiende al cepo y entregado
espera por el golpe tan temido,
tal delante del príncipe indignado
Egas estaba a muerte conducido;
mas viendo el rey su lealtad extraña,
pudo más la piedad que no la saña.
»¡Oh lealtad de veras portuguesa
de vasallo que a tanto se obligaba!
¿Qué más el Persa hizo en la alta empresa,
do narices y rostro se cortaba?
De lo que el gran Darío tanto pesa,
que mil veces diciendo suspiraba
que a su Zopiro sano más preciara
que si cien Babilonias sujetara.
»Mas ya el príncipe Alonso aparejaba
el Lusitano ejército dichoso
contra el moro que tierras habitaba
allende el claro Tajo deleitoso;
ya en el campo de Orique se sentaba
su soberbio real y belicoso
enfrente de el del moro con gran ceño,
aunque es en gente y fuerza más pequeño.
»En ninguna otra cosa confiado
sino en el sumo Dios que lo regía,
que tan poco era el pueblo bautizado
que para cada uno ciento había.
Juzga cualquier juício sosegado
por más temeridad que no osadía
acometer un tal ayuntamiento,
que para un caballero hubiese ciento.
»Son cinco reyes moros enemigos:
de ellos el principal Ismar se llama;
todos viejos en guerra y ya testigos
de otras donde se alcanza ilustre fama;
siguen guerreras damas sus amigos,
imitando la fuerte y bella dama
de quien troyanos tanto se ayudaron,
o las que a Termodonte ya gustaron.
»La matutina luz, serena y fría,
las estrellas del cielo ahuyentaba,
cuando en la Cruz el Hijo de María,
mostrándose a Alfonso, lo animaba:
él, adorando al que le aparecía,
en viva fe encendido así gritaba:
«A los moros, Señor, que yo bien creo
»vuestro sumo poder aunque no os veo.»
»Con tal milagro luego aquella gente
Portuguesa movida, levantaba
por su rey natural este excelente
príncipe a quien de pecho tanto amaba:
delante del ejército potente
de los moros gritando al cielo alzaba
la voz alta diciendo: «Real, real,
»por Alfonso, alto rey de Portugal.»
»Cual con gritos y voces incitado
por la montaña el diestro can moloso
contra el toro arremete confiado
en la fuerza del cuerno temeroso,
ya se pega a la oreja, ya en el lado
ladrando más ligero que forzoso,
hasta que al fin le rompe la garganta
y la fuerza del toro se quebranta:
»Tal el pecho del rey nuevo encendido
por Dios y por su pueblo juntamente,
el bárbaro acomete apercibido
con animoso ejército ferviente;
los moros levantaban alaridos,
tocan al arma, hierve el campo en gente,
las lanzas y arcos toman, y sonaban
trompetas que los cielos atronaban.
»Así como la llama que atizada
en las aristas (cuando está soplando
el furioso Bóreas), animada
del soplo, el bosque todo va talando;
la pastoral compaña, recostada,
que en dulce sueño estaba, despertando
con el fuego ya preso como en tea,
recoge el hato y húyese al aldea:
»De esta arte el moro, atónito y turbado,
arremete a las armas muy de priesa:
no huye, mas espera confiado,
y entre ellos el jinete se atraviesa:
el Portugués lo encuentra denodado,
arrojándole lanza nada aviesa:
unos caen medio muertos, y otros van
en su ayuda llamando al Alcorán.
»Allí se ven encuentros temerosos
que pueden deshacer una alta sierra;
los animales corren furïosos
que Neptuno nos dió, dando en la tierra:
golpes se dan terribles y animosos
doquiera anda trabada brava guerra,
mas el del Luso arnés, coraza y malla
rompe, corta, deshace, abolla, entalla.
»Cabezas por el campo van saltando,
brazos, piernas, sin dueño y sin sentido,
y de otros las entrañas palpitando
con la color y gesto amortecido:
ya se acoge el ejército nefando,
de sangre corre un río muy crecido,
con que el color el campo también pierde,
hecho ya carmesí de blanco y verde.
»Ya queda vencedor el Lusitano
recogiendo el trofeo y presa rica;
desbaratado y roto el moro hispano,
tres días en el campo el rey se aplica.
Aquí pone en su blanco escudo ufano,
que ahora esta victoria notifica,
cinco escudos azules repartidos,
por estos reyes cinco aquí vencidos.
»En estos cinco escudos los dineros
pintó con que Jesús fuera vendido,
porque quede en memoria a los postreros
cómo aquí fué de Dios favorecido:
cada uno tiene cinco en los primeros,
porque así quede el número cumplido:
dos veces el de en medio señalando
de los cinco que cruz van figurando.
»Pasado ya algún tiempo que pasada
era esta gran victoria, el rey subido
a tomar fué a Leiria, que tomada
fuera muy poco había del vencido:
fué con ella la Arronches sojuzgada
y juntamente el siempre ennoblecido
Scafabicastro, cuyo campo y seno
con sus aguas lo riega el Tajo ameno.
»Con estas nobles villas ya rendidas
la Mafra se juntó sin embarazo,
y en las sierras de Luna conocidas
a la Cintra sojuzga el duro brazo,
Cintra donde las Ninfas, escondidas
en fuentes, van huyendo el dulce lazo
donde amor las enreda blandamente
encendiendo en el agua fuego ardiente.
»Y tú, madre Lisboa, que, en el mundo,
de las demás sin duda eras princesa,
que edificada fuiste del facundo
por cuyo ingenio fué Dardania presa;
Lisboa a quien se rinde el mar profundo,
te rindes a la fuerza Portuguesa,
ayudada de gente de la armada
que del Septentrión fuera enviada.
»Ya del germánico Albis y del Reno,
de la Bretaña fría conducidos,
a destruir el pueblo sarraceno
muchos con santo pecho eran partidos:
la boca entraban ya del Tajo ameno,
y con el gran real del rey unidos,
con ellos de alta fama y de trofeos
puso cerco a los muros Uliseos.
»Cinco veces la Luna se escondiera
y tantas lleno el rostro se mostrara
cuando la gran ciudad se le rindiera
al duro cerco con que la asediara:
fué la batalla cruel, áspera y fiera,
según era la fuerza mucha y rara
de vencedores ínclitos y osados
y de vencidos ya desesperados.
»De esta arte se rindió siendo cercada
la que no se rindió en tiempos pasados
al valor y a la fuerza sublimada
de los scíticos pueblos señalados:
cuya grandeza en tanto fué estimada
que el Ibero y el Tajo amedrentados,
con Betis, a su mando se rindieron
y a la tierra Vandalia nombre dieron.
»Pues ¿qué ciudad habrá tan fuerte y dura
que pueda resistir, pues no resiste
Lisboa con su gente y cerradura
a la fuerza del Luso horrenda y triste?
Ya le obedece toda Extremadura,
Obidos, Alenquer, y la que viste
tú con tus frescas aguas, entre piedras
que murmurando lavas, Torres-Vedras.
»Y vos también, oh tierras Transtaganas,
famosas con el don de flava Ceres,
obedecéis las fuerzas más que humanas
entregando los muros y poderes;
y tú, moro que labras las tempranas
tierras, y sustentar el campo quieres,
mira Elvas, Mora y Serpa conocidas
y el Alcázar de Sal estar rendidas.
»Ve la noble ciudad, do recogido
un tiempo fué el rebelde y gran romano;
donde con artificio esclarecido
el agua de la plata está ya a mano:
por los reales arcos la han traído,
que harte gente y riegue el campo y llano;
que obedece por miedo y osadía
de Giraldo, que miedo no tenía.
»A Beja va a tomar justa venganza
que fuera de Trancoso destruída
el rey que trae en la guerra su pujanza,
por cobrar larga fama en breve vida:
no pudo sustentar contra él su lanza
la ciudad, mas al fin siendo rendida,
no queda cosa viva que, hallada,
no sienta el filo agudo de la espada.
»Con Beja se rindió Palmela bella,
Cicimbra por la pesca preeminente,
y ayudándole al rey su real estrella,
rompe un campo de ejército potente:
viólo la villa y más la sierra de ella,
que en su socorro viene diligente
por la halda del monte, descuidado
del temeroso encuentro no pensado.
»Era de Badajoz el rey que al moro
con cuatro mil caballos socorría,
innúmeros infantes, armas de oro
guarnecidas la más gente traía.
Mas cual por mayo suele el bravo toro,
con celos de la vaca a gran porfía
sintiendo gente, el bruto y ciego amante
saltear a cualquiera caminante:
»De esta arte de repente se ha mostrado
dando en la gente Alfonso muy segura:
hiere, mata, derriba denodado;
huye el rey moro y de su vida cura.
De un súbito temor todo asustado,
el roto campo al rey seguir procura,
y los que esto hicieron solos hallo
haber sido sesenta de a caballo.
»Prosigue la victoria sin tardanza
el incansable rey, y allí juntando
gente de todo el reino, cuya usanza
es andar siempre tierras conquistando,
asedia a Badajoz, y luego alcanza
el fin de su deseo peleando
con tanto esfuerzo y arte y valentía,
que ella hizo a las otras compañía.
»Mas Dios, que la venganza justa guarda
y el castigo de aquel que lo merece,
y, para que por bien se enmiende, tarda,
y cuando no, por pena le obedece,
si hasta aquí el invicto Alfonso guarda
del peligro y del mal que se le ofrece,
permite ahora Dios que ya le cuadre
la maldición echada de su madre.
»Que estando en la ciudad que antes cercara,
cercado en ella fué de los leoneses,
porque aquella conquista les tomara,
siendo de ellos y no de portugueses:
la pertinacia aquí le cuesta cara,
así como acontece en mil reveses,
quiebra en hierros las piernas, encendido
en la guerra, do fué preso y rendido.
»¡Oh, famoso Pompeyo!, no te pene
de tus ilustres hechos la ruína,
ni ver que ya la Némesis ordene
que tu suegro victoria alcance dina,
puesto que el frío Fasis o Siene,
que su sombra a ninguna parte inclina,
el helado Bootes, zona ardiente,
temblasen de tu nombre preeminente.
»Aunque la rica Arabia y los valientes
Eniocos y Colcos, cuya fama
por el vellón es grande entre las gentes;
Capadocia, y Judea, que a un Dios ama;
los crüeles Cilicios, y pacientes
Sofenos, con Arabia, que derrama
las aguas de dos ríos, cuya fuente
tiene en un monte santo su corriente.
»Y puesto, en fin, que desde el mar de Atlante
hasta el scítico Tauro obedecido
y vencedor te vieses, no te espante
si te ve el campo Ematio ser vencido;
mira el soberbio Alfonso, que triunfante
al mundo rinde, cuál se ve rendido:
orden fué del consejo sempiterno
que el suegro a ti te venza, a estotro el yerno.
»Tornando el rey famoso finalmente,
del divino juício castigado,
después que en Santarén de mora gente
fué sin tener efecto asediado
y después que del mártir San Vicente
el santísimo cuerpo fué mudado,
del sacro promontorio conocido,
y a la ciudad de Ulises conducido:
»Porque su gran deseo no tornase
atrás, al hijo manda el padre viejo
que a Alentejo y su tierra se pasase
con la guerrera gente y aparejo.
Sancho, porque mejor se señalase,
pasa y hace correr el río bermejo
que la ilustre Sevilla va regando,
con sangre que va el moro derramando.
»Y con esta victoria codicioso
no descansa el rey mozo hasta que vea
otro estrago como este temeroso
en el moro que en Beja lo rodea;
no tarda mucho el príncipe dichoso
sin ver el fin de aquello que desea.
Mil veces roto el moro, en la venganza
de tal rotura pone su esperanza.
»Ya se juntan del monte a quien Medusa
quitó el cuerpo que el cielo en sí sostuvo:
vienen del promontorio de Ampelusa,
de Tanjar donde Anteo siempre anduvo.
El morador de Abila no se excusa,
que sus tiendas aquí y sus armas tuvo,
y al fin se juntó al son de ronca tuba
todo el reino que fué del noble Yuba.
»Entraba con toda esta compañía
el Miramamolín por nuestra tierra,
con trece reyes moros de valía,
todos a punto puestos de la guerra:
tala campos y quema cuanto había,
y por mejor hartar su ambición perra,
en Santarén al príncipe ha cercado,
mas no le sucedió como ha pensado.
»Dale combates ásperos, haciendo
mil ardides de guerra, el moro airado;
no le aprovecha ya el trabuco horrendo,
trinchera, foso, mina ni vallado,
porque el hijo de Alfonso, no perdiendo
de su valor un punto, con cuidado
el combate previene y con prudencia,
de modo que doquiera hay resistencia.
»Mas el viejo, a quien tienen ya obligado
los trabajosos años al sosiego,
en la ciudad estando, cuyo prado
las aguas reverdecen de Mondego,
sabiendo cómo el hijo está cercado
en Santarén del pueblo torpe y ciego,
de la ciudad se parte con presteza,
sin que la larga edad le dé pereza.
»Con su famosa gente a guerra usada
va en socorro del hijo, y ayuntados,
la Portuguesa furia acostumbrada
los moros ahuyenta destrozados;
la campaña, que está toda cuajada
de marlotas, capuces de soldados,
de caballos jaeces, presa buena,
con sus muertos señores queda llena.
»Luego todo el restante se partiera
de Lusitania puestos en huída:
el Miramamolín no les huyera,
porque antes de huir le huyó la vida:
a Dios, que esta victoria concediera,
todos le daban gracias sin medida,
que en casos tan extraños claramente
más hace el mismo Dios que no la gente.
»De tan grandes victorias triunfaba
el viejo Alfonso, príncipe subido,
cuando el que al fin venciendo el mundo andaba
de larga y mucha edad fuera vencido:
la última dolencia le tocaba
con mano fría el cuerpo enflaquecido,
y pagaron sus años ya de hecho
a Libitina triste su derecho.
»Los altos promontorios lo lloraron;
las aguas de los ríos amorosas
a los sembrados campos anegaron
con lágrimas, corriendo caudalosas;
mas tanto por el mundo se alargaron
sus obras con la fama valerosas,
que en su reino los ecos respondiendo,
van el nombre de Alfonso repitiendo.
»Sancho, fuerte mancebo, que quedara
imitando a su padre en valentía,
la que en su vida ya experimentara
cuando Betis con sangre se teñía,
el bárbaro poder desbaratara
del ismaelita rey de Andalucía,
y más los que allá en Beja le cercaron
y el valor de su brazo en sí probaron:
»Así como por rey fué levantado,
dentro de poco tiempo que reinaba,
a la ciudad de Silves ha cercado,
cuyos campos el bárbaro labraba.
Fué de valientes gentes ayudado
de la germana armada, que pasaba,
con armas fuertes, gente apercibida,
a cobrar a Judea ya perdida.
»En socorro pasaban de la santa
guerra el gran Federico, conmoviendo
un poderoso ejército, que espanta,
a la ciudad que a Cristo vió muriendo;
cuando Guido y su gente con sed tanta
la tierra a Saladino fué rindiendo,
su lugar do a los moros les sobraban
las aguas que en el cerco les faltaban.
»Mas la fornida armada que viniera
con el contrario viento a aquella parte
quiere ayudar a Sancho en guerra fiera,
ya que iba a dar furor al justo Marte;
así como a su padre le acaeciera
cuando tomó a Lisboa, de aquesta arte,
del germano ayudado, a Silves toma
y al bravo morador destruye y doma.
»Y si alcanzando va del mahometa
tantos trofeos, va también del fuerte
leonés, que no sufre estar quïeta
la tierra usada a trances de la muerte,
hasta que la cerviz al yugo meta
la soberbia Tuy, viendo la suerte
en sí que vió en las villas sus vecinas
por doquiera que tú, buen rey, caminas.
»Y entre tantas victorias salteado
de temerosa muerte, fué heredero
un su hijo de todos estimado,
que fué segundo Alfonso y rey tercero,
en cuyo tiempo al moro fué ganado
el Alcázar de Sal, con fin postrero,
y si de antes los moros la tomaron,
ahora con las vidas la pagaron.
»Muerto después Alfonso, sucediera
Sancho segundo, manso y descuidado,
que tanto en sus descuidos se embebiera
que de otro el que mandaba era mandado:
el reino que otro rey a Dios pidiera
por sus privados lo dejó privado,
porque, como por ellos gobernaba,
sus maldades y culpas atrapaba.
»No era Sancho, no, tan deshonesto
como Nerón, que un mozo recibía
por mujer, y después horrendo incesto
con su madre Agripina cometía:
a su gente no era tan molesto
que la ciudad quemase do vivía,
ni como Heliogábalo fué malo,
ni tan muelle cual fué Sardanapalo.
»No fuera el pueblo de él tiranizado
cual Sicilia lo fué de sus tiranos,
ni había como Fálaris hallado
género de tormentos inhumanos;
mas el reino, de atrás acostumbrado
a señores en todo soberanos,
no obedece por rey, ni lo consiente,
sino al que es sobre todos excelente.
»Por esta causa el reino gobernaba
el conde boloñés: después fué alzado
por rey cuando la vida le faltaba
a su hermano Don Sancho el Descuidado:
éste que Alfonso el Bravo se llamaba,
después de haber el reino sosegado,
en dilatarlo piensa, que su pecho
generoso no cabe en tanto estrecho.
»De la tierra de Algarbes, que le fuera
en casamiento dada, grande parte
cobra con su valor, y arroja fuera
al moro, mal querido ya del Marte;
procura libertar antes que muera
su tierra con valor y bélica arte,
y acaba de oprimir la nación fuerte
en la tierra que al Luso cupo en suerte.
»Después vino Dionís, que bien parece
del bravo Alfonso estirpe clara y dina,
con quien la fama grande se obscurece
del ánimo y grandeza alejandrina:
con éste el reino próspero florece,
alcanzada la paz santa y divina,
con pragmáticas, leyes y costumbres,
de la tranquila tierra claras lumbres.
»Este hizo en Coimbra ejercitarse
el valeroso oficio de Minerva;
las Musas de Helicona hizo pasarse
a pisar de Mondego el campo y hierba;
cuanto pudo de Atenas desearse,
tanto el divino Apolo aquí reserva:
aquí las trunfas de oro son tejidas,
de bácaro y laurel bien guarnecidas.
»Nobles villas de nuevo edificando,
fortalezas, castillos muy seguros,
y casi el reino todo reformando
con edificios grandes y altos muros;
mas después que la Parca fué cortando
el hilo de sus días bien maduros,
un hijo le quedó poco obediente,
el cuarto Alfonso, príncipe excelente.
»Despreciador de fuerzas castellanas,
Alfonso se mostró fuerte y sereno,
porque no es de las fuerzas Lusitanas
temer con su poder poder ajeno;
mas cuando aquellas gentes mauritanas
a poseer de España el gran terreno
entraron por Castilla y por su tierra,
con su gente ayudó en la cruda guerra.
»Con Semíramis nunca gente tanta
los Idáspicos campos fué hinchiendo,
ni Atila, que la Hesperia toda espanta
llamándose de Dios azote horrendo,
gótica gente trujo tanta, cuanta
del sarraceno bárbaro estupendo
con el poder inmenso de Granada
fué en los campos Tartesios ayuntada.
»Y viendo el rey sublime castellano
la fuerza de los moros grande y fuerte,
temiendo más el fin del pueblo hispano,
ya perdido otra vez, que no su muerte,
pidiendo ayuda al grande Lusitano,
envía a su mujer, que era de suerte
mujer de quien la envía e hija amada
de aquel a cuyo reino fué enviada.
»Entraba la bellísima María
por palacios del padre sublimados
con bello rostro y fuera de alegría,
con los ojos en lágrimas bañados;
los cabellos rubísimos traía
por los ebúrneos hombros deslazados,
y a su padre, que sale a recibilla,
le demanda favor para Castilla:
Tú solo, cruel amor, con fuerza cruda
que al corazón humano tanto obliga,
mataste a la de culpa y mal desnuda
como si fuera pérfida enemiga.
»Cuantos pueblos la tierra ha producido
»en África de gente fiera, extraña,
»de Marruecos el rey los ha traído
»para talar mi tierra y noble España:
»poder tan grande junto no lo ha habido
»desde que el ancho mar la tierra baña:
»traen ferocidad y furor tanto,
»que al vivo pone miedo, al muerto espanto.
»Pues aquel que me diste por marido,
»por defender su tierra amedrentada,
»con pequeño poder está ofrecido
»al duro golpe de la mora espada;
»si por ti, caro padre, socorrido
»no fuese, de él y reino soy privada,
»quedando triste viuda en vida obscura
»sin marido, sin reino, sin ventura.
»Por tanto, oh rey, de quien con puro miedo
»la corriente Maluca se ve helada,
»rompe ya la tardanza, no está quedo,
»sea por ti Castilla libertada:
»si ese rostro que muestras claro y ledo
»es de padre, tu gente sea juntada:
»acude y corre, padre, que, aunque corras,
»quizás no hallarás a quien socorras.»
»No de otra suerte al padre está María
hablando, que la triste Venus cuando
a Júpiter ayuda le pedía
para Eneas que el agua va cortando,
que a tanta piedad lo conmovía
que, de la mano el rayo cruel echando,
el deseo de Venus colma y mide
con pesar de lo poco que le pide.
»Ya con el campo de la gente armada
los Eborenses campos van cuajados;
con el sol el arnés luce y la espada,
relinchan los caballos enjaezados;
la sonora trompeta embanderada
los pechos a la paz acostumbrados
a las lucientes armas va incitando
por las concavidades retumbando.
»Entre todos en medio se sublima,
de la real insignia acompañado,
el valeroso Alfonso, que por cima
de todos lleva el cuello levantado;
con sólo su mirar esfuerza y anima
a cualquier corazón desalentado:
así entra por Castilla a socorrella
con su hija gentil que es reina de ella.
»Juntos los dos Alfonsos finalmente
en campo de Tarifa se han sitiado
ante la multitud de mora gente
para quien son pequeños monte y prado:
no hay pecho tan feroz ni tan valiente
que a la desconfianza no haya dado
lugar, hasta que entienda claro y vea
que por los suyos Dios siempre pelea.
»Ya los nietos de Agar se están riendo
del español poder, poco, aunque ajeno,
las tierras ya por suyas repartiendo
entre todo el ejército agareno
(que con título falso poseyendo
está el famoso nombre sarraceno):
así también reparten ya por suya
la tierra que tenía dueño y cuya.
»Cual el membrudo y bárbaro gigante
del rey Santo con causa tan temido,
viendo el pastor David puesto delante,
de piedras y de honda apercibido,
con un hablar soberbio y arrogante
desprecia al flaco mozo mal vestido
hasta que al hondear se desengaña
que más puede la fe que no la maña:
»Así desprecia el moro con braveza
el español poder, porque no entiende
que le ayuda la suma fortaleza
de quien toda la fuerza y ser depende:
con ella el castellano y su destreza
de Marruecos al rey soberbio ofende,
y el Portugués, que a todo tiene en nada,
temer se hizo al reino de Granada.
»Ya las lanzas y espadas retiñían
por sobre los arneses: ¡bravo estrago!
Llaman, según las leyes que seguían,
unos Mahoma y otros Santiago:
los gritos hasta el cielo se subían,
la sangre de heridos hace un lago,
donde otros medio muertos se ahogaban,
si del hierro las vidas escapaban.
»Con esfuerzo destruye, hiere y mata
el Luso al granadino ya deshecho;
totalmente el poder le desbarata,
sin le valer arnés ni armado pecho;
de alcanzar tal victoria y tan barata
no quedando contento y satisfecho,
fuese a ayudar al bravo castellano
que combatiendo estaba al mauritano.
»Ya se iba el claro Apolo recogiendo
a la casa de Tetis; inclinado
para el Poniente el Véspero, trayendo
estaba el claro día celebrado:
cuando el poder del moro, grande, horrendo,
fué por los fuertes reyes destrozado
con tanta mortandad, que la memoria
nunca en el mundo vió tan gran victoria.
»No mató ni aun la parte cuarta Mario
de los muertos de aqueste vencimiento,
cuando el agua con sangre del contrario
beber hizo al ejército sediento:
ni aun el cartaginés, duro adversario
que del romano fué de nacimiento,
cuando de muertos de la ilustre Roma,
tres almudes de anillos llenos toma.
»Y si tú tantas almas dar pudiste
al tenebroso reino de Cocito
cuando la ciudad santa deshiciste
del pueblo pertinaz en falso rito,
permisión fué del cielo que tuviste,
que no fuerza de brazo, noble Tito,
que así mucho antes fué profetizado
y después por Jesús certificado.
»Pasada esta tan próspera victoria,
se torna Alfonso a su querida tierra
a gozar de la paz con tanta gloria
cuanto supo ganar con dura guerra:
do el caso triste, digno de memoria,
que de sepulcros muertos desentierra,
a la mezquina y mísera ha acaecido
que después de ser muerta reina ha sido.
»Tú solo, cruel amor, con fuerza cruda
que al corazón humano tanto obliga,
mataste a la de culpa y mal desnuda
como si fuera pérfida enemiga:
el que en la lid de amor pusiere duda
porque con el llorar no se mitiga,
sepa que así lo quiere este tirano
por con sangre bañar su altar profano.
»Estabas, bella Inés, puesta en sosiego,
de tus años cogiendo el dulce fruto,
en un engaño de alma alegre y ciego
que a la fortuna paga cruel tributo,
en el florido campo de Mondego,
de tus hermosos ojos nunca enjuto,
enseñándole al monte, al río, al prado,
el nombre que en tu pecho está estampado.
»De tu príncipe allí te respondían
las memorias que en él se aposentaban,
que siempre ante sus ojos te traían
cuando de tus hermosos se apartaban,
de noche en dulces sueños que mentían,
de día en pensamientos que volaban,
y cuanto, en fin, pensaba y cuanto veía
era todo memorias de alegría.
»De otras bellas señoras y princesas
los deseados tálamos no aceta,
que no curas, Amor, de altas empresas
cuando un hermoso rostro te sujeta:
viendo las condiciones tan aviesas
del hijo el viejo padre, que respeta
el murmurar del pueblo y fantasía
del hijo que casarse no quería,
»quitar a Inés del mundo determina
por librar, con quitarla, al hijo preso,
creyendo con su sangre y muerte indina
a matarle el amor y darle seso.
¿Qué furor consintió la espada fina
que pudo sustentar el grave peso
del bélico furor, ser levantada
contra una flaca dama delicada?
»Ante el rey los verdugos traen atroces,
que estaba de piedad ya conmovido;
mas con razones falsas y feroces
el pueblo: «¡Muera, muera!» le ha pedido:
ella con tristes y piadosas voces,
salidas del amor que le ha tenido
al príncipe y los hijos que dejaba,
que más que no la muerte le aquejaba,
»al cristalino cielo levantando
con lágrimas los ojos piadosos,
los ojos (que las manos le está atando
uno de los ministros rigurosos),
y después sus hijuelos contemplando
tan tiernos, tan queridos y mimosos,
cuya orfandad cual madre temía tanto,
al abuelo crüel hizo este llanto:
«Si ya en las fieras brutas, cuya suerte
»se conoció crüel del nacimiento;
»si en las duras Harpías que en la muerte
»en rapiñas y robos traen su intento,
»con niños y con gente nada fuerte
»vemos todos un tierno sentimiento,
»cual de Nino en la madre se mostraron
»y en los que la gran Roma edificaron:
»Tú que de humano tienes gesto y pecho
»(si de humano es matar una doncella
»flaca y sin fuerza, porque dió de hecho
»su corazón a quien supo vencella),
»detengan estos nietos tu despecho,
»pues no puede la muerte obscura de ella
»moverte a compasión de ellos y mía
»viendo como de culpa estoy vacía.
»Y si al vencer la dura resistencia,
»la muerte sabes dar con fuego y hierro,
»sabe también dar vida con clemencia
»a quien para perderla no hizo yerro;
»mas si ya la merece esta inocencia,
»ponme en perpetuo y mísero destierro
»en Scitia fría o en la Libia ardiente,
»donde en lágrimas viva eternamente.
»Ponme donde el extremo de fiereza
»entre los tigres pueda imaginarse:
»veré si en ellos hallo más terneza
»que en los humanos pechos pudo hallarse:
»allí con grande amor, aunque en tristeza,
»de aquel a quien amó podrán criarse
»estas reliquias suyas que aquí viste,
»consolación extrema de esta triste.»
»Quería perdonarle el rey benino
oyendo las palabras que la abonan,
mas el pertinaz pueblo (y su destino
que así lo permitió) no la perdonan.
Echan mano al acero puro y fino
los que este hecho bueno ser pregonan:
¡contra una dama, oh pechos carniceros,
feroces os mostráis y caballeros!
»Cual contra la hermosa Policena,
consuelo sólo de la madre vieja,
porque el alma de Aquiles la condena,
con hierro el duro Pirro se apareja,
y ella con un mirar tierno, serena
(así como paciente y mansa oveja),
vuelto el rostro a la madre que enloquece,
al duro sacrificio el cuello ofrece:
»Tales contra la Inés los matadores,
en el hermoso cuello donde estaba
la gracia con que Amor mató de amores
al que después por reina la juraba,
las espadas bañando y blancas flores
que ella con dulce lloro antes regaba,
se encarnizaban fieros y enojados,
del castigo futuro descuidados.
»Bien pudieras, oh Sol, la vista aviesa
de tal hecho llevar en aquel día
cual de Tiestes en la horrenda mesa
cuando sus hijos por Atreo comía;
vos, oh cóncavos valles donde impresa
quedó la voz de aquella boca fría,
el nombre de su Pedro, que le oisteis,
por espacio muy largo repetisteis.
»Cual la rosa del campo que, cortada
antes de tiempo, fué cándida y bella,
de las manos lascivas maltratada
del niño que jugar huelga con ella,
tiene el olor perdido marchitada,
tal estaba la pálida doncella
sin las rosas del rostro, ya perdida
la color blanca con la dulce vida.
»Las ninfas de Mondego aquesta obscura
muerte por largo tiempo la lloraron
y por memoria eterna en fuente pura
las lágrimas lloradas transformaron;
el nombre le pusieron, que aun le dura,
Dos Amores de Inés, que allí pasaron;
mirad qué fuente riega el prado y flores,
do lágrimas son agua, el nombre amores.
»No pasó mucho tiempo sin venganza
de la muerte crüel y las heridas,
que viéndose el rey Pedro en su pujanza
la tomó de los fieros homicidas:
de otro Pedro cruel los dos alcanza,
siendo ambos enemigos de las vidas,
el concierto haciendo duro e injusto
que con Antonio y Lépido hizo Augusto.
»Este castigador fué muy entero
de latrocinios, muertes y adulterios,
y mostrarse a los malos cruel y fiero
eran sus más gustosos refrigerios;
las ciudades guardaba justiciero
de todos los soberbios vituperios;
a más ladrones dió castigo feo
que Alcides el valiente ni Teseo.
»Del justo y duro Pedro nace el blando
(ved de la naturaleza el caso extraño),
remiso y sin cuidado rey Fernando,
por quien al reino vino tanto daño,
pues cuando el castellano entró talando
las tierras, bien pudiera en aquel año
el reino destruirse totalmente,
que hace el flaco rey flaca su gente.
»O fué castigo duro del pecado,
por quitar a Leonor a su marido
y casarse con ella de prendado
de un falso parecer mal entendido,
o fué que el corazón sujeto y dado
al vicio vil de quien se vió rendido,
se hace flaco y blando, y bien parece
que un bajo amor los fuertes enflaquece.
»Del pecado siguió siempre la pena
a muchos que el Señor lo ha permitido,
como a los que robaron a la Helena,
y con Apio, Tarquino en sí la vido.
Pues ¿al santo Daniel quién le condena,
o quién el tribu ilustre ha destruído
de Benjamín? ¿Quién dió la pena dina
a Faraón, Siquén, por Sara y Dina?
»Y si los fuertes pechos enflaquece
un inconceso amor desatinado,
en el hijo de Alcmena se parece
cuando en Omfale anduvo transformado:
de Marco Antonio el nombre se obscurece
por ser con su Cleopatra enredado,
y tú, próspero Peno, lo sentiste
cuando la moza vil de Apulia viste.
»Mas ¿quién puede librarse por ventura
del lazo que Amor arma blandamente
cuando entre rosas y la nieve pura
pone oro y alabastro transparente?
¿Quién de una peregrina hermosura,
de un rostro de Medusa propiamente,
se podrá libertar, si el ser cautivo
no en piedra, mas lo muda en fuego vivo?
»¿Quién vió un mirar seguro, un rostro blando,
una bella y angélica excelencia,
que en sí está siempre el alma transformando,
que pudiese hacerle resistencia?
Disculpado por cierto está Fernando
con el que de amor tiene la experiencia
y yo, si por tenerme en esto tanto,
el resto lo remito al otro canto.»