XXI

DEL PREMIO Y GALARDÓN QUE TIENE DIOS APAREJADO PARA LA PERFECTA CASADA, NO SÓLO EN LA OTRA VIDA, SINO AUN EN ESTE MUNDO.

Dadle del fruto de sus manos,

y lóenla en las plazas sus obras.

PROVERBIOS

Los frutos de la virtud, quiénes y cuáles sean, San Pablo los pone en la epístola que escribió á los gálatas, diciendo[140]: «Los frutos del Espíritu Santo son amor y gozo, y paz y sufrimiento, y largueza y bondad, y larga espera, y mansedumbre, y fe y modestia, y templanza y limpieza.» Y á esta rica compañía de bienes, que ella por sí sola parecía bastante, se añade ó sigue otro fruto mejor, que es gozar en vida eterna de Dios. Pues estos frutos son los que aquí el Espíritu Santo quiere y manda que se den á la buena mujer, y los que llama fruto de sus manos, esto es, de sus obras della. Porque aunque todo es don suyo, y el bien obrar y el galardón de la buena obra; pero, por su infinita bondad, quiere que porque le obedecimos y nos rendimos á su movimiento, se llame y sea fruto de nuestras manos é industria lo que principalmente es don de su liberalidad y largueza.

Vean, pues, ahora las mujeres cuán buenas manos tienen las buenas, cuán ricas son las labores que hacen y de cuán grande provecho. Y no sólo sacan provecho dellos, sino honra también, aunque suelen decir que no caben en uno. El provecho son bienes y riquezas del cielo, la honra es una singular alabanza en la tierra. Y así añade: «Y lóenla en las plazas sus obras.» Porque mandar Dios que la loen, es hacer cierto que la alabarán; porque lo que él dice se hace, y porque la alabanza sigue como sombra á la virtud, y se debe á sola ella. Y dice: «En las plazas;» porque no sólo en secreto y en particular, sino también en público y en general sonarán sus loores, como á la letra acontece. Porque, aunque todo aquello en que resplandece algún bien es mirado y preciado, pero ningún bien se viene tanto á los ojos humanos, ni causa en los pechos de los hombres tan grande satisfacción, como una mujer perfecta, ni hay otra cosa en que ni con tanta alegría, ni con tan encarecidas palabras abran los hombres las bocas, ó cuando tratan consigo á solas, ó cuando conversan con otros, ó dentro de sus casas, ó en las plazas en público. Porque unos loan lo casero, otros encarecen la discreción, otros suben al cielo la modestia, la pureza, la piedad, la suavidad, dulce y honesta.

Dicen del rostro limpio, del vestido aseado, de las labores y de las velas. Cuentan las criadas remediadas, el mejoro de la hacienda, el trato con las vecinas amigable y pacífico; no olvidan sus limosnas; repiten cómo amó y ganó á su marido; encarecen la crianza de los hijos, el buen tratamiento de sus criados; sus hechos, sus dichos, sus semblantes alaban. Dicen que fué santa para con Dios y bienaventurada para con su marido; bendicen por ella á su casa y ensalzan á su parentela, y aun á los que la merecieron ver y hablar llaman dichosos; y como á la santa Judit[141], la nombran gloria de su linaje y corona de todo su pueblo; y por mucho que digan, hallan siempre más que decir. Los vecinos dicen esto á los ajenos, y los padres dan con ella doctrina á sus hijos, y de los hijos pasa á los nietos, y extiéndese la fama por todas partes creciendo, y pasa con clara y eterna voz su memoria de unas generaciones en otras, y no le hacen injuria los años, ni con el tiempo envejece, antes con los días florece más, porque tiene su raíz junto á las aguas, y así no es posible que descaezca, ni menos puede ser que con la edad caiga el edificio que está fundado en el cielo, ni en manera alguna es posible que muera el loor de la que todo cuanto vivió no fué sino una perpetua alabanza de la bondad y grandeza de Dios, á quien sólo se debe eternamente el ensalzamiento y la gloria. Amén.