ESTAMPAS DE VIAJE
ESPAÑA EN LOS DIAS DE LA GUERRA
LUIS G. URBINA
ESTAMPAS
DE VIAJE
ESPAÑA EN LOS DIAS DE LA GUERRA
Creer-Crear.
EDITADA POR LA REVISTA HISPANO-AMERICANA
«CERVANTES»
Es propiedad de la
BIBLIOTECA ARIEL
Este libro está dedicado a la memoria
de
Justo Sierra
mi maestro, que amó a España y en
ella murió.
Luis.
1920.
INTRODUCCION
Al comenzar el año de 1916 pisé, por primera vez, tierra española.
Desde la orilla del Mediterráneo, todo yo me volví ojos para ver y corazón para sentir.
Vine como redactor corresponsal de El Heraldo de Cuba, y para ese periódico escribí mis impresiones de viaje. Las escribí poniendo en ellas amorosa sinceridad.
Así, tan de pronto, no era posible que penetrase yo en el alma de este pueblo, a pesar de las afinidades que tiene con el mío, y que en mí mismo percibí al entrar en el ambiente ibérico.
Mas las obscuras herencias que despertaron en mi espíritu, sirvieron de acicate a mi curiosidad y de orientación instintiva a mis observaciones.
Nada miré sin interés o sin emoción; y, aunque recién venido, acerqué cuanto pude, la oreja, al pecho enjoyado de España.
Formé este libro con algunas de las notas y apuntes que rápidamente fuí tomando entonces, en horas de angustia y asombro para la humanidad.
Después, este gran país, que seduce desde luego la vista con el espectáculo de sus costumbres y de su naturaleza, y aviva la imaginación y la estimula a las evocaciones ante sus viejas maravillas de arte, fué, poco a poco, revelándome cuanto encierra su seno de calladas y profundas virtudes.
Y la ilusión con que en él soñé, se ha convertido en la admiración y la devoción con que ahora lo quiero. Y tanto como me deslumbró la magnificencia de su pasado, me llena de fe el presentimiento de su porvenir.
En las páginas que siguen hay, seguramente, más de adivinación que de análisis.
Me queda el anhelo de lograr algún día—mejor poseído por el creciente encanto de esta tierra de sol y de leyenda—rendir a la raza, en verdad y en belleza, el filial tributo que le debo en nombre de mi patria americana, que al otro lado del Atlántico es como una dulce prolongación, como un fresco brote de esta España en cuyo suelo está germinando todavía una primavera de libertad.
Luis G. Urbina.
ENTRE DOS BAHÍAS
EL contraste no pudo ser más sugestivo. Al partir de la Habana, durante un vivo y cálido atardecer, el mar de seda de la bahía mezclaba a su azul, bruñido por la luz del crepúsculo, súbitos y variados matices. Se mecía una onda, y en su seno encendíase, por un instante, un guiñapo de escarlata desteñida. Venía brincando una ola de curvas elegantes, y su vidrioso contorno empenachábase de espuma sonrosada. Alrededor de los remolcadores temblaba una franja de cambiantes. Las barcas, al pasar, dejaban en la corriente una larga raya de colores, como si fueran soltando serpentinas en la corriente.
Y cuando el buque empezó a moverse, toda la ciudad, salpicada de chispas locas, se fué deshaciendo en una rosada penumbra. Las fachadas del Malecón, que parecían un suave dibujo en miniatura, se fundieron, poco a poco, y conforme iban estando más lejos, en una extensa mancha en la que sólo brillaban—latidos de claridad amarilla—puertas y ventanas. Después, en la franja obscura de la ribera, vimos, por mucho tiempo todavía, el índice negro del Morro, coronado por la movediza llama verde, que paseaba, en torno suyo, su ráfaga de tenue claridad. La bahía de la Habana acababa de despedirse del sol, deteniéndolo como una Julieta enamorada, y pidiéndole el último beso. Al mirarla, casi borrosa en la distancia, podría uno imaginarse, sin esfuerzo, que la vieja y deliciosa metrópoli cubana quedaba, trémula de emoción, como criolla apasionada, en el instante en que concluye la cita y desaparece el galán.
* * *
Hoy, cuatro días más tarde, desde la cubierta del veterano buque español, veo un cuadro distinto del tropical, de aquel que retengo en la memoria como el recuerdo de una cariñosa despedida. El frío es intenso, y los pasajeros, enfundados en sendos abrigos, al hablar, echan por la boca nubecillas de vapor plomizo. El mar está sucio y pesado el oleaje. La niebla, que desde ayer emboza los horizontes, se acerca más y se hace más densa. De ella sale, como si la atravesara con esfuerzo, un reflejo gris que melancoliza el ambiente. Una lluvia menuda cae sobre las aguas, y las enturbia al encarrujarlas en pequeñísimos rizos. Es una hora indecisa que no atinaríamos a definir si, recurriendo a las muestras de los relojes, no viésemos que señalan las diez y que, tras de una noche azul, nos encontramos a la mitad de la mañana nublada. El buque está frente a Nueva York. Todos los pasajeros, de bruces sobre las barandillas, quieren ver lo que se dibuja en aquellos telones de húmeda y maculada blancura. Algún viajero «snob» se ha echado a la cara los gemelos, en una actitud cómica de inglés de opereta. Ver la ciudad, distinguir los edificios, contemplar el panorama, es imposible. Pero divisar todo esto, sorprender, aquí una masa de bruma negra, allá un contorno borroso, y la sombra de un edificio, y el fantasma de una embarcación, ya es menos difícil. Sí; mirando atentamente, devorando con los ojos la niebla, horadándola con la imaginación, se va distinguiendo, imprecisamente, lo que se arrebuja y esconde en el horizonte. Primero es un islote, que antes que lleguemos a la ciudad nos sale al encuentro: entre árboles de humo verdinegro, caseríos rústicos de vaporosa inconsistencia, barcas que parecen hechas en el aire con las espirales de un cigarrillo; dos torpederos de sepia aguada, perfilados junto al montículo pastoso de una fortaleza. Y luego, en el amplio fondo, caprichosamente reclinadas, unas nubes sombrías, unas formas extrañas, dos, tres, cuatro erectos paralelepípedos, que dan el efecto de que son bandas negras, estandartes desteñidos que cuelgan de la altura del horizonte, mejor que formas que se levantan asentadas sobre la tierra. Son pedazos de montañas, acantilados, tajos y escarpaduras. Trazados al esfumino, tienen la vaguedad de las pantallas fotográficas. Yo adivino que allí enfrente está la ciudad; es más, lo sé; pero aquellas fantasmagorías no dejan de turbarme un poco.
—¿Qué es eso?—pregunto a un compañero que cerca de mí sonríe, como saludando a un conocido.
—Son los «rasca cielos»—me contesta—; mire usted;—y me va señalando los sitios con el índice—: allá está el «Singer Building»; allá el «Municipal Building»; el «Metropolitan», y el más alto y airoso, el «Woolvord»...
Entonces, recuerdo los almanaques, los anuncios, los avisos murales, la inundación de pinturas, grabados, estampas que he visto durante mi vida por todas partes, en libros, en oficinas, en tiendas. Me divierto retocando, precisando, abriendo vanos, componiendo remates, labrando piedras, extendiendo colores, en una tarea imaginativa, en la cual colabora, confusamente, la memoria.
Y por asociación, por semejanza, frente a aquel diorama de vidrio ahumado, me acuerdo de las ilustraciones en que la pluma de Hugo solía entretenerse, al margen de las cuartillas manuscritas, mientras el potente cerebro repujaba alguna imagen estupenda. Cuéntase que, a veces, en la nerviosidad con que la mano saltaba del tintero al papel, caía en la garrapateada página una gota de tinta. El poeta, en un maniático «dilettantismo», aprovechaba la ocasión, y de aquella gota negra, extendida en líneas, siluetas y trazos inverosímiles, iban saliendo portentosas sombras chinescas: el castillo medioeval de los Burgraves; un ejército en marcha; la cabeza de monstruo de Quasimodo; una carrera de titanes en fuga. Quedan todavía, en viejas ediciones, los caprichos tumultuosos de aquel dibujante, en quien la fantasía creadora pudo sustituir con ventaja a la técnica correcta.
Algo de esa vaga exuberancia poseía, para mí, el espectáculo de la bahía neoyorquina. A través del encaje levísimo de la lluvia, la ciudad nebulosa, se me aparecía, en lo remoto, como un friso de cielo invernal en el último momento de un ocaso sin sol. Mi curiosidad se entremezclaba de melancolía. Mi espíritu encontraba un ambiente propicio para su desfallecimiento.
Miraba yo, miraba, en una difusión de ideas, que reproducía en mi interior las nebulosidades del día. Y de pronto, en el borrado y último término, en una semiclaridad amarillenta que parecía brotar de abajo, como una humareda luminosa, fué dibujándose, más precisa cuanto más la miraba yo, una masa de sombra compacta que poco a poco diseñó en el fondo su contorno, con la habilidad de esos artistas callejeros que, recortando con tijeras papel negro, hacen retratos en siluetas, que pegan después sobre un naipe cualquiera. Y vi: las sobrias molduras de un pedestal basto; la línea culebreante de una veste griega; los trazos paralelos de un brazo en alto que remataba en un florón obscuro que rememoraba una antorcha; la curva cerrada de una cabeza que diademaban largas púas tenebrosas. Era una estatua, la colosal estatua de Bertoldi, erguida sobre las aguas incoloras, en la tristeza de una inmensidad de claro-obscuro.—La «Libertad iluminando el mundo»—pensé, repitiendo el nombre del célebre y artístico faro.
Allí la vi en una hora de misterio, de bruma, de fría y rara vaguedad. Se diría que, como un nubarrón, estaba próxima a deshacerse al soplo de una cercana tormenta. Se diría que, dentro de su obscuridad, se acurrucaba el rayo insomne. Era un guardián de tiniebla, vigilando una ciudad de sombra.
Y mientras llegábamos al muelle, me puse a tejer con neblina, perplejidad y sueño, un símbolo profético y pavoroso.
EL DELIRIO DE «WALL STREET»
LLEGAMOS al sucio muelle, y entre ruido de cadenas, golpes de tabla, gritos de primitivo y batahola de marinería, nos preparamos a descansar un poco de las monótonas cien horas de mar en calma.
Es domingo. Estoy en la orilla de la ciudad estupenda, descrita, admirada, cantada, glorificada, analizada por una legión de filósofos, de artistas, de poetas, de pensadores, de curiosos. A mí, que sólo veo desde el buque una fila de casas, muy altas, acribilladas de ventanas en hilera, me produce la impresión de que me hallo junto a una urbe extraña, monstruosa y vacía. De fuera no viene ningún rumor. No percibo un movimiento. Nadie asoma por las innúmeras ventanas. No se oye el eco de unos pasos. De un lado, los edificios están mudos; del otro, las lejanias, veladas. Arriba, la nublazón, inmóvil; abajo, la corriente, silenciosa. Únicamente las gentes del barco trajinan. Los pasajeros que no han salido, duermen. Cae la tarde, a telón lento, sin esfuerzo, simplemente, sin pugilatos de luz y sombra, porque, de antemano, lo gris es ya uno de los matices de lo negro; es la tiniebla empalidecida.
Y en ella comienzan a clavarse las chispas eléctricas del alumbrado. Por detrás de los formidables muros de las construcciones fronteras al muelle, sube un vaho de claridad blanquecina, como polvo de luna. Es la iluminación de Nueva York. Dejo pasar dos horas, tres; me aburro sobre cubierta. Y, aunque me dicen que nada hay que ver en un domingo de población yanqui, me aventuro a pasear mi fastidio, siquiera sea por la parte baja de la ciudad. Salgo de la embarcación como un ratoncillo sale de su escondite, atisbando hacia todos lados. La calle del muelle, obstruida en una acera por montones de cajas y barriles, está desierta por la otra, y presenta cerradas las puertecillas con escalones de piedra, cerca de los barandales que señalan los sótanos. Veo un extenso cuadro simétrico y uniforme:—la simetría es quizás una característica de la estética de este pueblo—. Casas semejantes; casas iguales; no varían, a primera vista, más que los rótulos y sus leyendas en oro, en carmín, en azul. De trecho en trecho, los faroles públicos colocan su nota ocre en la pesada penumbra. A lo lejos, el puente de Brooklyn raya el aire con su formidable dibujo geométrico. Camino unos pasos, y una plaquilla de hierro en la punta de un poste, en el ángulo de una amplia vía, me señala una ruta: «Wall St».
¡Ah! La arteria financiera; como si dijéramos: la aorta. Me encuentro en el corazón comercial. (¿Esta ciudad tendrá dos corazones a la manera de ciertos organismos anormales?)
Siguen las casas negras, altas, medrosas. Anchas las aceras; grande y pulida la calzada. Mas aquí no existe la simetría arquitectónica. No distingo estilos, y, sin embargo, percibo variedades; formas entrantes y salientes; encristalados ventanales; columnas de pórtico romano; abigarramientos de piedra; grandiosidades sin majestad; imitaciones sin gusto. Estas fábricas macizas me producen un efecto de solidez improvisada. Se marca bien, a pesar de ello, el carácter de la obra. No son viviendas: son oficinas, despachos, bancos. Aquí y allá, la palabra «Lunch», se combina de distintos modos. Algún escaparate conserva iluminada su pequeña exposición de tabaco. Se comprende que todos estos restaurants son otras tantas oficinas de comer de prisa, para seguir en la afanosa labor.
Ahora, esta vía está solitaria como la calzada de un cementerio. Por muy corto tiempo ha desaparecido la agitación. Las cosas están en reposo; pero se nota que esperan la vuelta del torbellino humano. La arteria queda exangüe por unos cuantos momentos. Yo marcho por el embaldosado y soy el único sér con animación en esa profunda y agresiva soledad. Mi vieja murria se mezcla de curiosidad infantil. Héme aquí al pie de una estatua, de proporciones extraordinarias, que corta en dos mitades la escalinata de un templo corintio. A la media luz de la calle, reconozco la figura: es Wáshington. Y recurro a mi memoria para percatarme de que dentro del templo corintio está encerrada una buena parte del tesoro del Estado. Un Wáshington de granito, inquebrantable como el de carne, cuida la suma fabulosa, el oro, el papel moneda, lo que yo no puedo saber en mi breve escapatoria de colegial aventurero.
—Haces bien, Wáshington—le digo a la estatua—, cuida del tesoro monetario. ¡Ojalá que dentro del arca de sillares labrados, a cuyo frente estás, guardara tu pueblo otros tesoros espirituales que tal vez ande malgastando por el mundo!
Y sucedió que, sugerido por mis propias meditaciones, moviéndome dentro del fondo de Rembrandt, de «Wall Street», tuve una pueril alucinación:
Vi que, en el silencio solitario del sitio, de la angosta puerta de una de aquellas oficinas, salía con su traje talar, y su becoquín negro, un judío del siglo XIV: el cuerpo encorvado y temblón; la barba luenga y cana; los ojos de nictálope; la nariz de pico de halcón; las manos sarmentosas, saliendo, como hierbas secas, de la campana de las mangas. Lo reconocí inmediatamente. Era mi amigo Shylock. No me cabía duda. Y hasta creí ver relucir en uno de sus cerrados puños el cuchillo vengador. Iba, como siempre, en busca de la libra de carne del deudor.
Pero su paso, inseguro y lento, le impedía alcanzar a la muchedumbre numerosísima, a el ejército obscuro que, apelotonándose por millares, corría delante de él. Shylock hacia estériles esfuerzos por llegar. ¡Imposible! La carrera loca de la multitud era fantásticamente rápida. También a mí me estaba pasando una cosa imprevista. Yo volaba tras el judío y sus perseguidos, tal como suelo volar durante el sueño. Comprendí que Hermes me había prestado sus alas. Y ya no me importaba la altura sombría de las casas de Nueva York. Era agradable mi ingravidez. Todos volábamos en un vértigo jadeante. Abajo, en la llanura humana, se agitaban los brazos como espigas negras en el término de la noche.
Y, de repente, a la espalda del gigantesco ángulo ojival—invertido embudo de tinta china—de la iglesia de «La Trinidad», fué subiendo un segmento de oro cegador; y subiendo, subiendo, milagrosamente, el circulo colosal llenó el espacio: ¡el sol!
Sí; un sol nuevo, recién fundido acabado de troquelar, porque el astro, gloria del cielo, era nada menos que una áurea y gran moneda de veinte dólares... Y empezó a encender el día...
* * *
En el «angosto lecho» de mi camarote, me reía a solas, de mis intemperancias de visionario. Desde allí oí sonar las campanas de cristal de «La Trinidad». El silencio estaba haciéndose más hondo.
UN MINUTO DE NUEVA YORK
CONOCÍ en mi tierra a un literato rico, sér extraordinario, no porque su riqueza fuese grande como la de un nabab, ni porque su literatura alcanzara las proporciones de un genio, sino porque, además de juntar en una pieza sola el cultivo de las letras y la abundancia del dinero—caso rarísimo en el ambiente novo-hispano—, tenía el hombre tales manías y extravagancias, que teórica y prácticamente se diferenciaba por completo del tipo común de los mortales. Ejercitaba su talento y sabiduría en la critica, y si sus doctrinas chocaban al buen sentido, por lo estrafalarias, no le iban a la zaga sus costumbres, por lo inusitadas y excéntricas. No era el suyo prurito de aparecer original, ni fingida locura para llamar la atención de los cándidos; era un real y positivo desequilibrio, un orgánico defecto espiritual que le retorcía los conceptos y le daba en oblicuo, casi siempre, la visión de la vida.
Y entre las manías que lo caracterizaban, una de las más interesantes y divertidas, sin duda, era la de ajustar su existencia a un riguroso método, inventado por él, y para él, dizque modificando las supuestas leyes de la higiene, ciencia de la cual hablaba pestes el acaudalado hombre de letras, quien, por otra parte, era buen cristiano, excelente jefe de familia y cumplido caballero.
Recuerdo—y lo cuento aquí para ejemplificar una impresión—que fuí a verle a su casa una mañana con el fin de averiguar algo que yo necesitaba saber sobre asuntos bibliográficos, porque—también hay que decirlo—era mi amigo un erudito, y no a la violeta como los satirizados por el neoclásico español.
Hallé al literato en su biblioteca, garrapateando cuartillas sobre su mesa de trabajo, que más bien parecía, por lo cargada que estaba de libros y papeles polvorientos, una mesa revuelta. Interrumpió su labor, y nos pusimos a charlar. Así fueron resbalando las horas, hasta que llegó para él la de comer. Y digo para él, porque a las once y media en punto no había poder humano que evitase el que un viejo criado tendiese, sobre la propia mesa de trabajo, un fino mantel y pusiese allí los utensilios indispensables para el servicio del almuerzo. El cual daba principio de una manera imprevista por todo aquel que no estuviese en el secreto del ceremonial estrambótico. Primero, el literato, abstraído por completo de cuanto le rodeaba, extraía de uno de los bolsillos del chaleco un grueso reloj de oro, de dos tapas, que, previamente abierto, colocaba junto al plato vacío, sin apartar los ojos de la muestra, como hacían antaño los médicos que tomaban el pulso a los enfermos. Hecho esto, el criado, que de antemano habíase preparado, presentaba a su amo la fuente de la sopa. Servíase éste y comenzaba a engullir, llevándose a tientas la cuchara a la boca, puesto que las miradas las tenía clavadas, como un hipnotizado, en el minutero.
—Dos minutos de sopa—decía después le un rato—; basta.
Sin interrupción alguna, iba el sirviente presentándole los manjares:
—Un minuto de pescado... Tres de carne... Cuatro de legumbre... Medio de dulce. Otro medio de fruta y, sin discrepancia, seis segundos de café. Un instante para limpiarse los labios con la servilleta, otro para mojarse los dedos en agua rosada puesta en tazón de cristal, y en un abrir y cerrar de ojos, el mozo levantaba el campo. Total: once minutos y dos segundos, contados con exactitud matemática, para cumplir con una de las indispensables necesidades impuestas por la Naturaleza a todo viviente.
* * *
Este modo de comer de mi amigo me viene a la memoria al anotar mis impresiones de Nueva York. Yo también me nutrí, es decir, quise nutrirme, en esta monstruosa yanquipolis, como el literato extravagante:
—Dos días de Nueva York, que es lo mismo que: una hora de Nueva York, y hasta que: un minuto de Nueva York. Eso he creído estar: cuarenta y ocho horas, que son un minuto, quizá menos, para ver una de las más prodigiosas ciudades de la civilización moderna.
He contado ya cómo llegué en un domingo nebuloso, y la extrañeza que me produjo el enorme silencio de Wall Street, en mi nocturna y tímida excursión.
El contraste del siguiente día fué perturbador. Asistí, con infantil curiosidad, al despertar de la urbe americana. Vi, primero, en los muelles, los grandes carromatos tirados por caballos gigantescos y pesados: diez, cien, mil, que rodaban, crujiendo, por la calzada de adoquines de piedra. Por el embanquetado frontero, pululaban faquines, obreros, marineros, en traje azul, o desarrapados; obscuros unos, de negrura de ébano; otros de un rubio, sucio, como pelambre de animal. No iban de prisa, y se diría que vagaban al acaso, como si no tuvieran ocupación. Por entre ellos se deslizaban tipos de cinematógrafo, seres de vicio y de miseria, de rostro abotagado, bombín cubierto de polvo, flux mugriento, zapatos de largas caminatas, de correrías nocturnas. Todas estas gentes entraban y salían de los «bar», cuyas puertas los vomitaban a montones, en incesante movimiento. Por entre ellos me deslicé hasta el ángulo desde donde se abría la amplia calle de los negocios. Otro espectáculo absolutamente diverso: una esquina, una línea, un punto, separan imperceptiblemente dos mundos que se rechazan, que se odian: el vicio y el trabajo, la inteligencia y la riqueza, la incuria y la pulcritud, la pereza y el aceleramiento. Hay que figurarse un hormiguero con locura ambulatoria. Aquí todas las personas, correctamente vestidas, van de prisa, tal como si temiesen no llegar a tiempo a la cita. Los transeuntes se cruzan y se entrecruzan, sin tocarse, apretados, pero no molestos, sin mirarse, sin estorbarse, cada uno con una preocupación clavada en la frente. Pasan los automóviles seguros de que no atropellarán a nadie, porque nadie hay que deje de saber andar en ese torbellino; hombres y mujeres corren, cuando así lo necesitan, y empujan sin miramiento, a quienes les puede impedir el libre y rápido ejercicio de las piernas. Las casas bancarias, son pueblos agitados; las oficinas, ciudades inquietas. Suben y bajan los ascensores con una piña humana, que momento a momento se renueva. Es el afán hecho vértigo; es la fiebre dinámica del anhelo. Los edificios, por sus puertas, arcos y columnatas, tragan y degluten multitudes. Por las ventanas de la «Bolsa», unos energúmenos mudos hacen señas ridículas, pero intencionadas, a la muchedumbre numerosa que invade la vía. Un poco más lejos, otra muchedumbre, detenida como un remanso en el oleaje de la rúa, escucha a un orador gritón de gesto furibundo. Es un «meeting» político.
Y en aquel ruido compuesto de la suma de todos los ruidos posibles—el de la gente que anda, el de las voces que gritan, el del elevado que cruza sonando hierro, el de las sirenas de los autos—, en aquel ruido excitante que me perturba más y me causa más pavor que el silencio de la noche dominguera, me asalta, con mayor rudeza todavía, una sensación de calor. A la herida profunda uno de mis sentidos se une el asombro culminante de otro. Lo que acabo de ver me distrae un poco de lo que estoy oyendo. Y lo que veo es un gallardete muy grande, que desde la altura de un quinto o sexto piso, cuelga en medio de la calle, suspendido de un cordel que va de fachada a fachada. Conforme voy marchando, sigo con la vista las paralelas de piedra de la avenida y distingo, de trecho en trecho, los mismos gallardetes que ondean con leve y pesado balanceo. Todos tienen los colores de la bandera americana. Y esos son: llamativas y amplificadas banderas que, colgantes en medio de la calle, parecería que están ansiosas de dejar caer del lienzo blanco las barras rojas, para que se clavasen, como picas, en el pavimento y detuviesen así la indiferente batahola fenicia que anda por abajo persiguiendo un propósito material y concreto.
¡Ah!, porque cada bandera tiene su leyenda que habla al ciudadano de patria: que le invita a defenderle; que le pide su contingente; que le exige una preparación. Las banderas tienen una voz heroica; forman un coro bélico, indican al pueblo que está quizá próxima la hora de la guerra.
Y las banderas están ayudadas por carteles, por avisos, por «réclames», por «affiches» que pregonan con breve elocuencia la necesidad de una aptitud militar frente a los posibles peligros de la humanidad en delirio homicida. Se anuncia para el próximo sábado una manifestación imperialista.
Yo noto, sin embargo, que ninguno levanta la cara. Y me imagino que la manifestación resultará grandiosa, con todo lo que aquí se realiza; pero entusiasta, vibrante, conmovedora, tal vez no será.
En mi neoyorkino minuto, volando en el carro del elevado, escurriéndome como por corriente profunda, por las perforaciones subterráneas; paseando, al caer de la tarde, por la «Quinta Avenida»; discurriendo por entre los árboles del «Parque Central», mirando tantas mujeres hermosas; oyendo el rumor de tantas charlas, en distintos idiomas; asombrándome de tanto lujo, de tanto «confort», de tanta vitalidad anhelante, de tanto esfuerzo económico acumulado; sintiéndome vivir en esta ciudad madre, inacabable, inagotable, de fealdades colosales, de bellezas deslumbradoras, de antros de crimen y de palacios de ciencia y de arte, tan brutal y tan exquisita, tan desproporcionada y monstruosa en unas partes y en otras tan refinada y sutil; devoradora de carne humana, como el Ogro de los cuentos; improvisadora como los genios legendarios, de la fortuna y del placer; concentradora y propugnadora de energías malsanas y de virtudes sublimes; en este minuto mío de atención, de revelación, de expectación, he presentido, he creído adivinar que el alma híbrida, poliédrica, formidable, de la metrópoli americana, no quiere la guerra, no la desea, no piensa en ella. Nueva York no parece imperialista. Y un amigo que iba a mi lado, respondió a mis observaciones:
—Eso es lo que piensas, no lo que ves, quizá. Vuelcas sobre la realidad tu mundo interior, y ajustas tus observaciones a tu prejuicio. ¿Qué sabes tú lo que hay detrás de cada uno de estos altísimos muros, simétrica y multiplicadamente agujereados, donde los grandes y los pequeños intereses rumian proyectos financieros? Este es un país de fuerza y de audacia: dos fundamentales elementos de la guerra. El nervio, que según la frase napoleónica es el oro, lo poseen. Su ambición es del tamaño de la ciudad. La idea que tienen de sí mismos es más elevada que el más empinado de sus edificios. La americanización del mundo necesita, tal vez, del esfuerzo heroico...
—Es verdad—replico—; pero alguna vez pienso que este gran pueblo no ha definido ni caracterizado todavía su espíritu nacional. No ha cristalizado su ideal. No lo ha unimismado en aspiraciones peculiares, en una fórmula suprema. Hay, es cierto, altivez y orgullo en este pueblo; pero a esa fanfarronería le falta penacho. Y luego, el hibridismo acomodaticio de estas gentes que han venido de los ocho puntos de la estrella a medrar, trayendo el desarrollo inusitado de sus energías, que, inútiles o improductivas, encuentran aquí un ambiente de aventura que las estimula sin cesar; la masa inmensa de aglomerado social que se ha adherido a la base étnica de estas colonias sajonas, y que sólo muy lentamente va perdiendo el recuerdo de la patria abandonada y el contacto moral de las distintas y originarias colectividades de que proviene; toda esta sociedad, que es una poderosa nación, la más fuerte acaso, con fuerza de juventud desarrollada en la gimnasia de la voluntad, no me parece aún una gran patria como esas que cruzan por la historia ensangrentadas y divinas, y que van al sacrificio gritando la fiera palabra de la raza...
—¡Bah!, lirismos tuyos. Esta nación irá también cuando le llegue su momento. Ahora está remisa y como amodorrada de egoísmo. Ríe, como un acaudalado burgués, en la sobremesa del banquete casero. Los negocios marchan; los cálculos han resultado exactos; las ganancias se multiplican. El banquero sonríe, entre un sorbo de champaña y una fumada de tabaco. Mas como eso no es la vida entera, la energía social habrá de buscar en lo futuro, y obligada por las contingencias, orientaciones nuevas.
—¿La guerra? Nueva York no quiere la guerra; yo lo veo, lo cual no quiere decir que los habitantes tengan sus simpatías y partidos. Ahí está la prensa que lo confirma...
—Pero Nueva York no es toda la Unión; es la ciudad cosmopolita y egoísta, que ha metodizado el trabajo con el fin de sacarle producto en beneficio del goce: acapara y derrocha; acumula y dilapida; es laboriosa y fastuosa; cruel y fascinante...
—Está bien; pero, mira: nadie levanta la cabeza para ver las banderas. Nadie se fija en los anuncios de la manifestación en pro del militarismo.
—No importa. La preparación será posiblemente difícil y lenta; pero yo creo que se llegará; se llegará...
El automóvil nos llevaba por el extenso paseo de la ribera oeste, lleno de árboles, de estatuas y de monumentos, de palacios y de niños. La Nueva York infantil estaba allí, corriendo a vuelos de mariposa, gritando a trinos de pájaro, revolcándose en la alfombra de los pastos. Es el lado aristocrático y fino de la ciudad. Allí se extinguen los ruidos de hierro y la ensordecedora algarabía. Ni un tranvía. Lujosos trenes; máquinas de vuelo silencioso. Caía el sol. Las aguas del Hudson al alcance de la mano, tenían un color de violeta iluminoso.
Y flotando en ellas, cerca de la orilla, envueltos en una fantástica y transparente neblina azul, vi tres enormes acorazados. Daban el aspecto de cetáceos blancos adormecidos sobre las ondas.
Ya las casas que yo miraba tenían esbeltez. Ya los monumentos habían recobrado linea, proporción y eficacia. Ya imperaba la belleza sobre la monstruosidad. Ya no había nada «colosal»: el matiz chillón, el anuncio titánico, los diseños bárbaros se habían quedado allá, en el centro pululante y atormentador. La Naturaleza derramaba sus encantos sobre la hermosura creada por el hombre.
Y entonces, el sitio, la hora, el paisaje, la ponderación arquitectónica, me devolvieron el sentido de mí mismo. Y tuve una instantánea noción de convencimiento; de presentimiento, mejor dicho.
He aquí, me dije, dos fuerzas salvadoras: niños y acorazados. Y me lancé al ensueño de una humanidad nueva.
Asì pasó, en la claridad de un relámpago, mi efímero minuto de Nueva York.
EL PELIGRO DE LOS MONITORES Y LAS NOTICIAS DE A BORDO
A LA altura de los bancos de Terranova nos sorprende, por unas horas de la tarde, la niebla. El buque, cabeceando y crujiendo sobre la corriente tumultuosa, va como dentro de una nube cargada de lluvia. Todas las cosas han tomado un color plomizo: las toldillas, la vela, las jarcias, el casco. Cuanto veo parece falto de relieve y matiz; está en claro-obscuro. Me causa el efecto de un dibujo al lápiz. Muy pocos pasajeros se han atrevido a quedarse sobre cubierta, y esos, entrapajados y mudos, no caminan; se han apoltronado en bancas y sillas, y, por largo tiempo, como si temiesen moverse, conservan sus encogidas posturas. Algunas señoras, con el velo enredado a la cabeza y las manos metidas en los bolsillos de los abrigos, han formado corro sedente alrededor de un locuaz cincuentón que charla en voz alta. Varios caballeros de gorra encasquetada y enguantadas manos han formado también tertulia, y prolongan un parsimonioso palique. Con las capuchas del hábito, echadas sobre los cerquillos, tres frailes franciscanos, arrellanados en una banca, parecen dormitar. El tiempo corre con lentitud y monotonía. Dos marineros, para evitarnos las molestias del aire húmedo y frío, empiezan a echar la cortina de lona sobre la barandilla de cubierta. Son las cinco. Acaban de sonar los campanillazos anunciadores de la primera mesa. Se oyen carreras, voces y risas de chiquitines, que se apresuran, desde los pasillos interiores, a llegar hasta el comedor.
Mientras, la niebla va amarilleándose como si cambiara su plomo ennegrecido en oro pálido. La luz del sol comienza a diafanizar la nube. Y, de repente, allá, ábrese un boquete por donde salta un chorro de claridad tibia. Y rápidamente la niebla queda deshecha en un fino y rubio vaho que, en torno del buque, se aleja hacia los horizontes. El mar, hace un instante negro y pesado, vuelve a mecerse en lentas olas de cristalino y obscuro azul. Nadie, sin embargo, se preocupa de todos estos pequeños incidentes del color y de la forma. Noto que el mar, en una larga travesía, produce aburrimiento en los viajeros. Al salir el buque del puerto, se ve el agua con admiración y simpatía; días más tarde con indiferencia; y ya en plena alta mar, cuando nos asalta el vago concepto de infinito, se ve con cierta secreta e inconfesada repugnancia, mezcla de hastío y rencor.
Anhélase ver tierra, y, ya se distinga alguna vez, remotísima, o ya la finja un celaje lejano, hay, en el pasaje, una emoción que se revela en sonrisas y miradas alegres. Y si tierra no, al menos otro buque, otra embarcación que rompa la, para el montón, insufrible igualdad del «padre Océano». En un largo viaje marítimo puede uno convencerse de que hay muy pocos espíritus, no ya contemplativos, sino observadores, curiosos de la realidad siquiera. El cansancio viene pronto y es preciso curarse de él, aplicándose grandes dosis de frivolidad. Entonces no se escucha el rumor del mar, sino el de las conversaciones. La murmuración es más divertida, indudablemente.
Y, no obstante esta frivolidad, este deseo de matar y olvidar el tiempo, se adivina en todos que sí existe una preocupación... dos, que no son, por cierto, estéticas ni filosóficas; nos preocupamos, como es natural, de nosotros, primero; en seguida, de los demás.
Desde Nueva York nos dimos cuenta de que el buque cargaba materiales de guerra. El muelle de la Trasatlántica Española estaba repleto de cajas que, según se dijo, contenían municiones y armas. Noche y día funcionaban las grúas para meter, en las bodegas devoradoras, aquel peligroso cargamento.
No dejaba de alarmar a los timoratos esta circunstancia. Los razonables pensaban que, si una nación, hasta ahora neutral, como España, necesita transportar pertrechos para sus soldados, no podía ni debía temerse un atropello de la vigilancia marítima de las naciones beligerantes. Todo ello estaría, de fijo, bien arreglado, para no exponernos a trágicos percances. Pero como es invencible el temor a lo imprevisto, y las diarias noticias acerca de hundimiento de barcos no son nada halagadoras, y la fantasía, además, hace novelas en colaboración con el miedo, había en el ambiente del trasatlántico una difusa sensación de malestar que se atemperaba con la idea general e imprecisa de lo irremediable. Ibamos, como dijo el clásico, «Ut fata trahun». Sentíamos una onda del misterio de la fatalidad antigua. ¡Quién sabe! A las perfidias de las ondas podían sumarse las de la guerra. Mas las pueriles observaciones terminaban y caían en la punta de pararrayos de un optimismo contagioso. El hombre, cuando se encuentra frente a lo desconocido, es optimista. No sabe lo que hay detrás de la sombra; pero algo bueno ha de ser. Y una orgullosa y terca esperanza lo desatemoriza y alienta. Alguien hubo que, para afirmar su confianza, se dirigió al capitán del barco y le hizo en voz baja una tímida pregunta, que los demás no escucharon, pero adivinaron.
El capitán, fuerte y rudo viejo, habituado al peligro y a la franqueza, sonrió con cierto irónico desprecio, y contestó con esta grosería, que atenuaba la burla:
—¡No sea usted tonto!...
Hasta el término del viaje, ninguno se atrevió ya a interrogarle de nuevo sobre el asunto.
La preocupación para los demás se manifestaba colectivamente en la noche, después de la comida, cuando la cubierta era como la calzada de un paseo por la que iban y venían, en ejercicio higiénico, los pasajeros. Con frecuencia en esta conversación, y en esotra, y en aquélla, se deslizaba el tema universal: la guerra. Había aliadófilos y germanófilos, como es de rigor. Y unos y otros discutían y defendían sus preferencias. Pero en un buque, que obliga al hombre por algún tiempo a una forzada comunidad de juicio, las opiniones se expresan con menos violencia, se sostienen con más prudente brío. Los más exaltados refrenan sus ímpetus y fingen una moderación verdaderamente ejemplar. De modo es que aquel combate de opiniones contrarias, no se encendía en disputa bravía como en tierra sucede, sino que era el caballeresco asalto a florete, con peto y careta, en una sala de armas.
Mas por la noche, a la entrada del salón, un marinero clavaba la tabla de noticias. Los polluelos que andan sueltos por el corral, acuden con prisa menor al llamado de la gallina madre que ha encontrado unos granitos de arroz y se los picotea, que la que mostraba los dos pasajes, el de primera y el de segunda, por acercarse a leer el pliego de los marconigramas. Apelotonábanse las gentes, y su avidez era tan ansiosa como la de los callejeros muchachos que rodean a los padrinos después de un bautizo a la salida de la parroquia. Los que no alcanzaban los primeros lugares, contentábanse con preguntar a los que podían leer de cerca:
—¿Qué hay?
Nada había, casi nada: incidentes estratégicos en Verdun; algún pequeño barco echado a pique; ataques parciales en el frente italiano; movimientos rusos sin importancia.
Era la desilusión de cada veinticuatro horas. Se deseaba, en aquella existencia aburridora de la travesía, sentir un choque brutal, una honda conmoción que sacudiese el espíritu. Y en aquel grupo de fastidiados se comprendía, de modo concreto y preciso, el deseo creciente de que concluya cuanto antes esta horrible angustia que parece interminable y que se ha vuelto desesperante. A veces se leían, en alta voz, las noticias redactadas muy lacónicamente, y vertidas del inglés, en un castellano indescifrable como una inscripción cuneiforme. Y después de la lectura y el comentario, quedaban la inquietud, la tristeza, que—a un relámpago de pasión, que pasaba, de repente, por la conciencia—transformábase en fe por la causa, en seguridad de triunfo, en exposición de razonamientos, en proyectos de proposiciones pacifistas, en cuento y recuento de ejércitos, en fabuloso cálculo de gastos, en nimios e infantiles juegos de imaginación, que, como las espirales hechas con el humo de un pitillo, se deshacen en el aire, apenas esbozados.
El laconismo de las noticias parece traer aparejado otro elemento: la atenuación. Son breves, y, al mismo tiempo, suaves. Despojadas en la forma periodística, sin «cabezas» llamativas, sin amplificaciones circunstanciales, están, al mismo tiempo, escritas en forma irresoluta y vacilante: «Al Oeste o al Este del Mosa se está efectuando un ataque alemán, que «quizá» termine por ser rechazado...—«se asegura» que, en la frontera italiana, se contuvo la ofensiva austriaca—. «Es probable» que los rusos hayan avanzado... Nada fijo, nada imperativo ni afirmativo; una duda agridulce, una condicional precaución, prestan vaguedad a los radiogramas.» No quedan conformes los lectores nerviosos. Se dirigen a la oficina:
—¿Está ahí el primer «Marconi»?
—No.
—Pues el segundo...
—¿Qué desean ustedes?
Y da principio la conquista de la verdad. Circunloquios, sugestiones, ruegos para saber cuál es la noticia cierta o entera. Porque las de la tabla estarán mutiladas o alteradas, ¿quién lo ignora?
El segundo «Marconi», imperturbable, recibe el chaparrón verbal, y cuando se alarga, lo detiene en seco.
—¡Bah, hombre! Esas son las que recibimos. No hay otras. No se figure que las estoy inventando.
Los que no conformes, se retiran; protestan entre dientes, y luego se desbandan para seguir el paseo de la digestión.
Entretanto, la noche ha cerrado. El mar tiene una inquietud amenazadora. El buque se balancea rítmicamente. Brillan por todas partes, en las aguas, estrías luminosas. Algunas blancas estrellas parpadean en el horizonte, como ojos cansados. Hace frío y tristeza.
En el salón canta, al piano, una tiple de zarzuela que va contentísima de regresar a España:
Canta vagabundo
tus pesares por el mundo,
que tu canción quizá
el aire llevará...
Sentados en una banca, los frailes franciscanos han abierto sendos breviarios, y a la luz de un farol de la toldilla, calladamente leen...
CÁDIZ
A LAS siete de la mañana estábamos frente a Cádiz. El mar, azul y rosa, sin una arruga; terso y brillante, como de vidrio. Sobre él, en segundo término, la vieja ciudad, montón de caseríos blancos extendidos en una faja que moteaban las manchas verdes de los jardines.
El sol espolvoreaba su polvillo radioso por encima de aquella blancura. La hermosura de la bahía nos emocionaba menos que la presencia de la tierra cercana. En el anterior anochecer habíamos visto fulgurar en lontananza, como un astro a ras de las aguas, el faro del Cabo de San Vicente; y por mucho tiempo clavamos ojos y pensamiento en el punto fúlgido que nos hacía guiños de lumbre.
—Aquí está ya la tierra—nos decía—: pronto volverás a verla.
Y, en efecto, el faro cumplió su promesa; poco después de amanecer, Cádiz estaba allí. Atracó el buque en el muelle. Echaron los marineros la escala, descendimos, y con regocijo alborotador, semejante al de los muchachos que salen de la escuela, en varios grupos, los pasajeros echáronse a caminar, los más sin rumbo ni propósito, y los que debían quedarse allí, por ser el término del viaje, a buscar asilo y reposo.
En terreno plano, las angostas y torcidas callejas de Cádiz impresionan por su aspecto limpio y sencillo. Las fachadas, de altos muros, empenumbran las vías estrechas; pero como domina el color blanco, la pintura clara, hay, a pesar de la ligera penumbra, alegría en el ambiente. Por lo general, no hay balcones, sino miradores de cristales cerrados. Es raro ver asomada en ellos a una persona. Figúrome que esta es una de las seculares costumbres, residuos, tal vez, del retraimiento oriental. Pero si no mujeres, flores sí suelen asomar por las casas; lindos tiestos de claveles que ponen su nota de rojo encendido en la apacible blancura de los muros. De cuando en cuando, plazas arboladas, por donde discurren, con provinciana lentitud, los vecinos; una anciana obesa, con la canasta al brazo; un sacerdote de capa y sotana, y peludo y acordonado sombrerillo; un joven de chaquetilla ceñida y sombrero cordobés; un señor con figura de oficinista pobre; un muchacho de blusa larga que vocea periódicos.
Y es allí donde reside la alegría: en ese movimiento callejero; en esa gente que, sin precipitarse, va de aquí para allá; en esas morenas de andar garboso; en esos obscuros mantones; en esas peinetas que, bajo las mantillas trasparentes, muerden cabellos lustrosos; en esos grandes ojos que relucen; en esas provocativas bocas que sonríen; en esos rostros agitanados, por los cuales pasa a cada instante un relámpago de contento instintivo.
Cádiz no es monumental; algún rincón moruno tiene interés; algún resto medioeval, un retablo, un pedazo de muralla, son evocadores; algo moderno: la estatua de Moret, la placa conmemorativa en la casa de Castelar... En su reducida picanoteca hay un Rubens primoroso y cinco o seis admirables Zurbarán; un Ribera magnífico. En su catedral, de estilo Renacimiento español, poco significativa, guárdanse algunas piezas de vieja orfebrería: vasos sagrados, puños de espada, cruces...
Mas, si no es monumental, es plácida y está satisfecha de vivir así. Su alegría no llega al júbilo ruidoso; quédase en el sosegado contentamiento. Es comercial; pero, a primera vista, no parece emprendedora, ni se muestra poseída de la laboriosidad inquieta. Al verla, cree uno sospechar que esta urbecilla, de pulida claridad y dorada semipenumbra, vive, a su gusto, en el trabajo rutinario, que si no la enriquece, tampoco la afea ni desgasta. Es linda, y con eso le basta. El salado aliento del mar, al acariciarla, se impregna de aromas de clavel y de fragancias de manzanilla. Hasta el tráfico del puerto es pausado, con un dejo de arcaica parsimonia. Las barcas de los pescadores dormitan en la orilla como gaviotas fatigadas. Apenas si se distingue, entre las quebradas líneas de las casas, la chimenea de una fábrica.
Como buen hispanoamericano, quise pasar por el edificio donde, en 1812, se efectuaron las memorables sesiones de las Cortes. Si unas losas de mármol, con nombres grabados en oro unos y otros en negro, no señalaran la casa, nadie pararía mientes en ella. Por lo que he contemplado en unas cuantas horas de vagabundeo—calles, plazas, palacios, templos—, no logro rehacer en mi fantasía a la Cádiz cartaginesa, ni a la medioeval, ni a la morisca; sería preciso, para ello, venir a estudiarla y a sorprender sus secretos. Lo que sí me imagino, lo que me reproduce el ambiente, es la Cádiz siglo diez u ocho; la de los casacones bordados, las rameadas chupas, las pelucas blancas, las procesiones suntuosas, los saraos deslumbrantes. De esa sí quedan rastros, reliquias, no apagadas visiones. El requiebro mismo que los españoles dirigen a esta ciudad es de época; la llaman: «la tacita de plata».
Al terminar mi rápida visita, sentéme a descansar en una de las mesas que invaden la calle en el café que está frente al mar. Concurridísimo estaba el sitio. En todas las mesas se charlaba con insinuante gracia. Algunos chicos limpiabotas ofrecían sacar «mucho brillo» al calzado, por sólo diez céntimos. Serían las siete de la tarde. Un crepúsculo prolongado entintaba las velas de las barcas, los cascos de los buques, la superficie del agua en el mar; y en la tierra, las casas, los cristales de las ventanas, las copas de los árboles. Agata y violeta era el ocaso.
Junto a mí, alrededor de una mesa cubierta de vasos de cerveza, tazas de café y cañas de manzanilla, hablaban unos jóvenes con la audacia de la inexperiencia. Se habían enzarzado germanófilos y aliadófilos en arduas disquisiciones. Apasionábanse ambos bandos. Temí, por un minuto, que la discusión degenerase en riña.
Y no. De repente, uno de los oradores, comenzó a cantar «sotto voce»:
Tus amores me han «matao»... ¡ay!
La gemebunda canción, llena de aspiraciones lacrimosas, volvió la calma al grupo. Los bastones empezaron a marcar el compás. Y discretas palmadas subrayaron el ritmo del aire andaluz. La paz estaba hecha. Ya dijo el fabulista que la música domestica a las fieras.
GIBRALTAR
SALIMOS de Cádiz a las diez de una mañana tranquila. Cielo de azul intenso. Mar de plata verdosa. Y entre el cielo y el mar, cada vez más lejana, la ciudad andaluza, extendida y clara, blanca y risueña, nimbada por el sol en la línea rojiza de sus techos, en los cuadros de esmeralda de su parque, en las bordaduras de azulejos de sus cúpulas y torrecillas.
Luego, sólo quedó una línea amarillenta, que se borró al fin, y se confundió en las remotas ondulaciones de la costa.
—Dentro de cinco horas—oí decir a un pasajero—estaremos en Gibraltar. Allí nos detendrán seguramente.
Entonces, en el corrillo de los expertos, de los que viajan por necesidad o por agrado, comenzaron a surgir las confidencias y los «cuentos de mar». El que más me interesó fué el narrado por un mallorquín que había pasado el temido estrecho cinco meses antes. El vapor que lo conducía era un trasatlántico español, como éste en que íbamos ahora. Llevaba la ruta de América. Un barco de guerra inglés lo detuvo frente al Peñón. Tres oficiales vinieron en una lancha, subieron al trasatlántico, lo inspeccionaron, y de acuerdo con el capitán del buque mercante, pasaron minuciosa revista al pasaje. En él venían tres hombres que hablaban inglés y que se habían inscripto como norteamericanos. Sin embargo, durante la revista, fueron señalados por los oficiales británicos como alemanes.
—Estos son—exclamó uno, recordando quizá las señas dadas de antemano para que fuesen reconocidos.
Se les condujo, vigilados, a sus camarotes. Allí, los sospechosos, presentaron sus pasaportes. Estaban perfectamente identificados; eran, en efecto, según sus documentos, ciudadanos de la Unión. Llevaban en regla sus papeles. Uno de ellos, no obstante, desde que fué detenido el barco, había bajado a su dormitorio, había extraído de un saco unos pliegos, los había roto y había entregado los pedazos a su compañero de camarote, el mallorquín precisamente, rogándole al mismo tiempo, con gran desasosiego, que los arrojase al mar como pudiese y sin ser visto. El mallorquín, compadecido, cumplió con el encargo, que no dejaba en aquellos momentos de ser peligroso.
Los oficiales ingleses consultaron, por medio de radiogramas, qué debían hacer con aquellos hombres que, a pesar de coincidir con las señas y tener aspecto y acento teutones, estaban resguardados por pasaportes americanos. La consulta se resolvió después de cuatro horas de detención; los marinos del buque de guerra bajaron sin prisioneros, y el trasatlántico siguió su interrumpida marcha. No hubo ningún otro incidente hasta el arribo a Nueva York, donde el mallorquín se despedió de sus amigos, quienes, una vez en tierra, le confesaron que eran los alemanes a quienes buscaban los oficiales ingleses, y que, con mucho secreto, llegaban a cumplir una delicada y patriótica misión. Y el mallorquín mostraba el reloj que uno de ellos le había dejado como recuerdo.
En torno de esta anécdota de actualidad, fueron saliendo otras más o menos verosímiles, que preparaban a los oyentes para las próximas contingencias.
—No va a ser grave lo que suceda—murmuró al lado mío un sujeto de anchas espaldas, peligroso, mirada franca y muy abierta, y rostro de piel atezada y curtida.
Las palabras de este pasajero, pronunciadas con aplomo, inspiraron confianza. Me propuse saber quién era el que hablaba así, de modo tan diverso a los demás. Acerquéme a él y entablé conversación. Era el capitán de un barco que quedaba anclado en Cádiz. A Barcelona iba el capitán, llamado para asuntos de servicio, por su Compañía naviera. Tenía veintiséis años de navegar por el Mediterráneo. Lo conocía playa a playa, rompiente a rompiente, ola a ola.
Y él me confirmó la noticia acerca de las molestias que podrían sufrirse durante el tránsito del Estrecho.
Mientras tanto, el viejo y pesado buque corría cuanto le era posible, aprovechando los vientos. A eso de las dos de la tarde pasamos no lejos de Tarifa; se distinguía la muralla de piedras amarillas, la columna del faro y, medio borrada, sobre los áridos peñascales de la costa, la geometría rectangular del histórico pueblo. La falda de la montaña subía, pelada y ocre; de estribación en estribación, se alejaba y desvanecía en un fondo de acarminado violeta. Por frente a Tarifa alzábase también, surgida repentinamente de la raya del horizonte, la sinuosa franja azul de la ribera africana. Todo este pedazo de mar está lleno de historia. Recordarla es animar de sombras bélicas este cuadro grandioso.
A las tres y media estábamos en el Estrecho. Como estaba previsto, un torpedero vigilante nos hizo señales para que detuviéramos el paso. Obedeció el trasatlántico, que llevaba izada la bandera de reconocimiento. Y asomados a la barandilla de cubierta, los pasajeros, curiosos e intranquilos, se pusieron a esperar. El torpedero se acercó: era una ligera embarcación pintada de plomo, y que, fuera de sus extremidades, apenas salía del nivel de las aguas. Se la veía, eso sí, armada y dispuesta. En su pequeñez, daba el aspecto de una formidable máquina de guerra. En conjunto, presentaba la forma de una gigantesca lanzadera. Cuando estaba a unos cuantos metros de distancia, salió de la cámara un hombre en mangas de camisa y con una bocina en la mano. La cual bocina se echó el hombre a la cara inmediatamente, y empezó a hablar, en español, con nuestro capitán que, con su correspondiente bocina, también estaba en el puente del trasatlántico.
—¿Adónde va?
—A Barcelona.
—¿Qué carga trae?
—General.
—¿Pasó por Nueva York?
—Sí.
—Espere en Gibraltar. Por favor.
Nuestro buque, obediente, se encaminó a la bahía. Cuarenta minutos después fondeaba en ella. Pequeña es, pero está muy bien aprovechada por los ingleses: su amplio dique, su dársena. Detrás de los muros, echados, como protectores brazos de piedra sobre el mar, salían las torres y las chimeneas de los barcos de guerra resguardados ahí. Decíase que algunos de ellos estaban prisioneros. ¿Correríamos nosotros la misma suerte? En todo caso aquella visita resultaba interesante. No son hasta ahora muchos los que pueden jactarse de haberla hecho. Aquel lugar está—desde hace dos siglos, y no sin cierta mortificación para España—misteriosamente vigilado por la celosa Albión.
Estábamos en la bahía, mirando a menos de media milla, todo un lado del célebre Peñón. El otro lado, el opuesto, es un cantil cortado a pico. Este no; es una ladera empinada, en cuya falda se agrupa la población y se tienden los cuarteles y demás departamentos militares. El Peñón, en masa, semeja vagamente una inmensa y monstruosa fiera asobinada en la puerta del Mediterráneo. La aguda cima es como la giba de un animal. Y la giba está erizada de púas horizontales; son cañones, que en la altura se perfilan como delgadas líneas negras. Casas, muchas, altas, horadadas por multitud de ventanas, apretadas unas contra otras y subiendo hasta donde pueden por el declive del promontorio. En la felpa de musgo, rasgada en diferentes partes por las rocas, se ven extrañas y preciosas rayas, en zig-zag, muros de cal y canto que parecen, de la cumbre abajo, dividir predios. Bajo el dorado vaho vespertino se diluye la obscura cuadrícula de las calles, rota, a veces, por el hueco verde de un jardín. Todo solitario y silencioso. Produce, vista desde el barco, el efecto de una ciudad abandonada. La creeríamos desierta si no fuera porque, de cuando en cuando, suenan apagados toques de clarín.
Yo pienso en alta voz:
—¡Qué soledad!
Y el capitán pasajero que mira junto a mí, responde a mis cavilaciones.
—Pues no; muy poblado está siempre esto de gente de mar, de soldados, de familias, todo inglés. Y tan poblado que, el Peñón entero, tiene extensas horadaciones para dar cabida a cuarteles, depósitos de armas, galerías...
En los ojos ha de vérseme la duda, porque el capitán, que es un sobrio verbal, insiste.
—Sí, amigo. Fíjese usted—y señala—. Por allí.
—Es una enorme fortaleza—concluye—. Y como yo, vuelve a hundirse en la muda contemplación.
El barco nuestro espera. Después de largo tiempo se desprende de la orilla un remolcador; llega a nosotros, y vemos subir por la escalera a un viejo oficial correctamente uniformado de azul, y a otro joven de grado inferior, con reluciente traje blanco. El sobrecargo sale a recibirlo. Suben a hablar con el capitán, bajan tras un breve rato con los «papeles del trasatlántico»; los lleva el oficial vestido de blanco; se vuelve a tierra en el remolcador.
Nosotros vemos estos incidentes, aunque sonriendo, un tanto intranquilos. Pero la curiosidad nos distrae, y la naturaleza que nos rodea, es bellísima. Se está poniendo el sol de un modo solemne, como conviene a las circunstancias. Los contornos de la remota cordillera se destacan limpios, con entonaciones de zafir, en el moaré esplendoroso del Poniente, que se refleja, empalidecido, en un mar color de perla, inmóvil como un lago en calma. El espíritu se baña en la diafanidad rosada de la atmósfera. La naturaleza invita a la paz, pero los hombres no la ven, no la quieren.
Alguien se fijó y preguntó:
—¿Qué es aquéllo?
A lo lejos, brincaba sobre el haz de las aguas. Era un coleóptero negro, un enorme y saltador escarabajo. Su vuelo se hizo más rápido, más, y ascendió, y pasó zumbando sobre nosotros, y se hizo un punto obscuro en una nube del horizonte. Era un hidroplano que estaba cumpliendo con su misión de atisbo y espionaje.
Las horas pasaban; cuatro, cinco, y los papeles no volvían. Habíamos bajado a comer y habíamos vuelto a cubierta. Una que otra ventana se encendía en Gibraltar, y palpitaba como una chispa en la sombra.
A las ocho y media regresaba el remolcador con los oficiales y los papeles, y el buque, autorizado, tornaba a emprender la marcha interrumpida. Desde la orilla, de distancia en distancia, movíanse tres poderosos reflectores que arrojaban, siniestramente, su extensa ráfaga de plata deslumbrante sobre la tiniebla del cielo y del mar.
Enfrente bailaban, como fuegos fatuos en la obscuridad, las luces de Ceuta.
BARCELONA LA VIEJA
I
LO sabíamos todos los viajeros, y, sin embargo, teníamos la impaciencia complicada de temor. Barcelona estaba allí, a diez millas del buque, y no nos era posible distinguirla. Y era que el horizonte se había adelantado hacia nosotros, espeso y negro, y rodeaba la embarcación que se había detenido en el seno de una nube. Un poco de luz lívida nos hería de soslayo, arriba; y, abajo, en el agua que alcanzábamos a ver, se iban formando embudos siniestros que crecían y giraban vertiginosamente. El trasatlántico, crujiendo, empezó a balancearse. Una lluvia torrencial vaciaba sobre él sus danaidescos toneles. De pronto, la lluvia se convirtió en pedrea y lapidó el barco con sus blancas esferillas. El viento se enfureció. El capitán, en el entrepuente, dirigía las maniobras. Una hora, dos de tempestad, con sus rayos y relámpagos correspondientes. Este era el telón que nos ocultaba la vista de Barcelona. Serían las seis de la tarde cuando se abrió un boquete, como una desgarradura, en la nube tormentosa, y por allí se precipitó una catarata de luz de sol. Inmediatamente se deshizo el temporal, se alejó la nublazón, se apaciguaron las aguas, el viento aplacó sus ferocidades, y el barco pudo continuar serenamente la marcha. Entonces comenzaron a perfilarse en la niebla azul y dorada los picos del Monserrat, como agujas góticas semidiluídas en los vahos opalinos de la tarde. Y cerca, avanzó su cono verdoso el Montjuich, el gigante Alcides de la oda de Mosén Jacinto:
que perguardar sa filla del serd costat nascuda
en serra transformantse s’hagués quedat aquí.
A los pies de la vigilante montaña, la cinta roja del Llobregat, rendía su tributo al mar. Estábamos por fin, frente a Barcelona. Este era el término del viaje, y, al entrar en el puerto el «Antonio López», se halló con un cordón de gentes que lo esperaban a la orilla de los muelles. Deudos, amigos, conocidos, curiosos, tras los efusivos saludos, tenían a flor de labio la misma pregunta:
—¿Y qué se dice en los Estados Unidos de la guerra europea?
Y así fué como caí en la cuenta del valor que dan por acá a Yanquilandia en el presente conflicto. Saben hasta dónde este país formidable influye en la actual situación del mundo. A cada momento cuando lo permite la sombría tragedia de Verdun, sobre la que están ávidamente puestos todos los ojos, las cabezas se vuelven hacia el lado de la remota América sajona. Hay también un enigma allí.
* * *
Un niño arroja un día una maraña de cabellos sobre un papel. Después, caprichosamente, va deshaciendo la maraña, hilo por aquí, hilo por allá, torcido éste, derecho aquél, y a un lado, tan abierta como se puede, abre una raya, recta, firme, que se prolonga hasta la terminación de la maraña. Pues bien: ese niño hace, sin quererlo, el plano de la vieja ciudad de Barcelona; tan intrincadas así son callejas y callejones, tan irregulares los lineamientos, tan quebrados y absurdos los perfiles y trazos. Pegada al mar y no obstante obscura, con sus altos muros de casas viejas, con las piedras milenarias y ennegrecidas de sus fachadas horadadas por los vanos asimétricamente colocados, con sus calzadas estrechas, por donde el transeunte va, en algunas partes, temeroso de abrir los brazos y tocar las paredes de las aceras, con su ambiente arcaico y feudal, Barcelona muestra los rastros perennes de las épocas y de las civilizaciones; torres romanas, palacios góticos, bóvedas ojivales, ventanas morunas, y conserva en su destartalamiento y vetustez un aire grave y noble que le da majestad y que nos inspira respeto. A ciertas horas, a la caída de la tarde, durante el obscurecer de uno de estos inacabables crepúsculos, o bien entrada ya la noche en la solemnidad del silencio, el viajero que pase por frente al ábside de la catedral, o visite el claustro de San Pablo, o se detenga en la cerrada Plaza del Rey, o simplemente vagabundee por este laberinto de calles angostas, tendrá que sentir un poco de extrañeza al ver cómo la indumentaria de los transeuntes, y la propia suya, no corresponden a la fuerza evocativa de los parajes. Hay un evidente anacronismo entre el vestido y las viviendas, entre las telas y los sillares, entre los hombres y las cosas. Borceguíes bordados, calzas de seda reluciente, ropillas de terciopelo enflecado de oro, banda heráldica, espada de puño repujado, gorra de pluma blanca sostenida por el joyel, como por una estrella cintillante; capa airosa y amplia, con ondulaciones de manto; arrogancia en el andar, donosura en el decir, firmeza en la mano enguantada, serenidad en el barbudo y serio rostro; así pasan, así debían pasar las gentes por debajo de este retablo, por junto a aquel contrafuerte, deslizándose por esotra historiada ventanilla, ascendiendo por aquella empinada escalinata. Rotos escudos de piedra ornan claves de puertas y pilones de fuente. Arcos pesados unen aquí y allá los muros de las casas fronteras. El hierro, fiel compañero de la piedra, se envejece con ella; muchos portones claveteados; allí el gancho de un farol, acullá la ménsula de una lámpara. Y el aire del mar, que ha atezado todo con su aliento salino.
Mas estas fantasías pierden vigor y se deshacen ante la arrolladora visión de la realidad. Por las callejas medioevales pulula el moderno pueblo catalán, la anciana gorda y erguida de canasta al brazo y pañuelo en la cabeza; la mocetona sin manto, ceñuda como un sargento y rolliza como una mascota; el obrero ampliamente musculado, fuerte de ánimo y robusto de tórax; la empleadilla pulcra como una damisela, de corpiño albeante y lustroso peinado; tipos de una exuberancia y una energía extraordinarias; figuras bien plantadas y fuertes, llenas de confianza en sí mismas. En ellas, cualquier cosa denota energía: muévense con seguridad, miran con franqueza, hablan en alta voz.
Y aquel núcleo viejo de la ciudad, por donde hormiguea un pueblo laborioso y vigoroso, por donde se abren tantas tiendas, por donde viven tantas gentes, por donde, para el artista, van y vienen los recuerdos, de claustro en claustro, de palacio en palacio, de playa en playa, de iglesia en iglesia; aquel barrio donde se levantan el gótico monumento de Santa María del Mar y las típicas torres de la Plaza Nueva; aquel viejo núcleo está incrustado, como una mancha negra multiplicadamente rayada de blanco, en el gran plano de paralelogramos regulares, de bloques alineados con admirable precisión, con ideal exactitud; son las manzanas, las calles, los paseos, los parques del Ensanche; la ciudad nueva, pulida, elegante, dilatada, por lo que la vieja tiene de exigua, valetudinaria, apretada y sombría.
Pero yo he dicho que el niño que con una maraña y un papel trazara, sin querer, el plano de Barcelona la antigua, tendría que poner de un lado una raya firme y ancha. Y por esta raya, la que fué capital de Saletania, la Barcino legendaria, gusta de comunicarse con la hermosura del Ensanche. Y esta raya que se prolonga está formada por las hermosas «Ramblas». Hablemos en un rasgo de las «Ramblas».
BARCELONA
II
LA EXTRAVAGANCIA DE LA PIEDRA
LAS calles, plazas y paseos de Barcelona la nueva, la del Ensanche, no llaman la atención tan sólo por sus dimensiones, por su arbolado, por la incesante multiplicidad de sus monumentos y estatuas. No; lo que en esta grande y flamante ciudad interesa más, llama los ojos y pica la curiosidad, son los edificios. El genio catalán se ha manifestado en la arquitectura atrevida, rara, que se le nota está descontenta de las formas creadas hasta aquí, y busca otras combinaciones, otras líneas, otra distribución y otro agrupamiento de las masas, algo que no sea ya la fachada inexpresiva, el vulgar estilo, la ciega obediencia a los modelos consagrados, la copia de una estampa.
Crear, hacer belleza en el arte magnífico y sereno de la construcción, es de una dificultad aterradora. Pero aquí los arquitectos han sido audaces, y fiados en el vigor de su talento, han obligado a la piedra a la originalidad, y algunas veces a la extravagancia. Son inquietantes este modo de mezclar órdenes y estilos, esta persecución de la asimetría, esta extraña concepción de la forma, esta inarmonía lineal, estas bruscas apariciones de la ojiva en pleno muro del Renacimiento, estas reminiscencias románicas en el ornato muzárabe... La más caprichosa fantasía preside estos sueños de piedra. Todo se encuentra aquí: torres caladas, arcos que imitan la antigüedad, paredes de azulejos multicolores; una casa que parece una ermita; otra que finge una mezquita, y todo ello entonado pintorescamente en este aire de oro que no deja labrado sin relieve, color sin brillo, línea sin precisión.
En este sentido, el famoso templo de la Sagrada Familia, sin concluir aún, y que es la obra gigantesca de un soñador tremendo, es lo que se llama la última palabra. Mirando el pórtico, entrecruzados los ojos para abarcar aquel conjunto estrambótico y simbólico, de ángeles, santos, reptiles, aves, fieras, gárgolas y monstruos, no colocados al capricho, sino en una deliberada e intencionada composición, y, sin embargo, en una especie de loco desorden; descifrando, queriendo descifrar, mejor dicho, desde las dos torres, que son dos colosales colmenas, hasta la base de las dos columnas fundamentales, que es una tortuga-atlas; sorprendiendo primores de detalle e incomprensibles complicaciones recuerda uno del modo más natural la frase del poeta e inmediatamente la aplica a la contemplación.—Esta es una pesadilla petrificada. Hay en el arquitecto catalán un irreducible, tal vez, en ocasiones, sumado a un delirante, pero indudablemente en cantidad y calidad mayores, hay un artista, un brioso y fuerte artista.
El arte ha sido siempre distintivo de estas tierras heroicas. Allí está Barcelona la vieja, que frente a esta espléndida del «Ensanche» puede, entre el laberinto de callejuelas, alzar sus monumentos patinados por los siglos y venerados por la historia.
Barcelona es la productora, por excelencia, de libros. Es un centro editorial de primera importancia. Hay que ver la cantidad de hojas volantes, de folletos, de revistas, derramadas a los cuatro vientos, en tan incesantes vuelos, que no parece sino que el aire mismo se vuelve, a ratos, papel impreso.
Si los impresores trabajan, los albañiles no están ociosos. Aquí se hacen, sin cesar, libros y edificios. Aquí no se puede repetir la sentencia de Claudio Frollo: «Esto matará aquéllo.»
BARCELONA SE DIVIERTE
III
NO tengas miedo aquí, campesino bonachón y crédulo, de que a estas horas, las once de la noche, en alguna de estas encrucijadas, el alma en pena de Berenguer el Fratricida se nos aparezca y nos amedrente. Ya no hay fantasmas, no hay más que malhechores, como en toda gran capital. Esta es la tierra de los «timos», y es a los timadores a quienes debes temer, no a las sombras. ¿Ves conversar a la luz de aquel mechero verdoso a tres caballeros de bombín flamante y bien cortada americana? Uno, ¿lo ves cómo ha llevado la mano a la boca para detener en ella un fragante veguero, y en esa mano brilla el ojo resplandeciente de un diamante que alumbra, con ser tan pequeño, más que el farol de la calle? Lo puedes notar. También otro de ellos lleva clavada una estrella en el nudo de la corbata. Y el tercero muestra orgullosamente una cartera de piel adobada, que revienta de billetes de Banco. A éstos sí debes temerles, y no a endriagos y aparecidos. Pasemos lo más lejos posible. Porque pudieran muy bien acercarse a nosotros, entablar conversación y hacerse nuestros amigos; si eso sucediera, mira que podríamos caer en cualquiera de estos garlitos: el de la «herencia», el del «portugués», el del «casamiento»; y tus ahorros, esos que llevas cosidos en el bolsillo de la chaqueta, y ni a Dios enseñas, pasarían a las manos de los timadores por un limpio acto de prestidigitación; te lo aseguro.
Fuiste ya a oir en Novedades a la Compañía de María Guerrero, quien parece no sentirse vencida de la edad, como la espada de D. Francisco de Quevedo; ya te deleitaste con la música de Maruxa, y te divertiste con la vacuidad del género chico; ya te asomaste al teatro catalán, en una velada al aire libre, en las Arenas de Barcelona, donde tres o cuatro millares de obreros ocupan las gradas del extenso anfiteatro. Viste desarrollarse en el rústico tablado la fábula de Daudet, la famosa «Arlesiana», comentada y subrayada por la pintoresca y cordial música de Bizet. Hastiado estás del cinematógrafo y de sus dramas espeluznantes; no alcanzaste la temporada orfeónica, y te has contentado con visitar el palacio del célebre coro catalán, en cuya arquitectura, de gusto discutible y de indescriptible originalidad, hay una maravilla de arte: el grupo escultórico de Blay.
Mas aún nos queda por conocer una de las diversiones típicas de Barcelona: los cafés cantantes. Sé lo que vas a decirme: el café cantante es una de las más viejas perversiones europeas y americanas. Pero es que aquí adquiere una peculiaridad que, por ahora, lo distingue de los otros, de los de París, de los de Madrid. Ya verás.
Del monumento a Colón al llamado Paralelo, no hay más que un paso. Si se diera otro más se llegaría al Montjuich. Pero no es necesario. En esta amplísima calle, por donde incesantemente van y vienen tranvías, hay luces en las fachadas, anuncios eléctricos, focos de colores, llamativas iluminaciones que se extienden por ambos lados, hasta perderse en la obscuridad de la noche. Son los cafés cantantes unos diez, cien, quizá doscientos, muchos, que ofrecen la impresión de lo inacabable. Están funcionando todos desde las cinco o seis de la tarde. Su aspecto y su construcción nada tienen de particular: una sala de espectáculos, con sus bancas en fila, como en un teatro, y en cuyos respectivos respaldos una tabla pulida sirve de mesa a los concurrentes posteriores; una o dos series de palcos, llenos de mujeres livianas y de tenorios callejeros; y abajo y arriba, y por todas partes, desenfado licencioso. Este pueblo no se embriaga, de modo que la copa de cognac, o de anís o de Bacardí (como en La Habana impera el nombre y también el anuncio de luz), son un pretexto para tomar asiento. Hay más vasos de café que de vino o cerveza. Y más, muchos más que los vasos y que los concurrentes, hay cupletistas.
Para cada teatrillo de estos, pasan, noche a noche, treinta o cuarenta mujeres, vestidas al capricho, semidesnudas las más, y otras, que muy poco tienen que hacer para desnudarse en el tabladillo iluminado «a giorno». Sedas, rasos, gasas, lentejuelas, que se agitan y deslumbran sobre las carnes pintadas de estas artistas ínfimas. Las hay catalanas, italianas, francesas y andaluzas. Las coplas pícaras, las canciones de moda que chorrean malicia, los retruécanos indecentes, las alusiones pornográficas, están acentuadas y completadas por el gesto y la música, que son de un naturalismo despampanante.
La chulería madrileña y la gitanería sevillana triunfan en estos diarios concursos de la gracia malévola. Porque hay, indudablemente, gracia en la letra, en la música y en la interpretación de estos cantos, que, aunque caricaturescos, reproducen en su forma perversa, la vida popular. A veces, por entre los temas canallescamente amorosos, se desliza alguno de franco sabor romántico y de libre opinión política. Los hay también socialistas y dramáticos, rencorosos, apasionados, llenos de protestas y amenazas.
Mal disfrazada y peor comprendida, cruza todas las noches por aquí la «rumba» cubana.
El baile se entrevera con el canto. Las castañuelas, hábilmente tocadas por las bailarinas, marcan el ritmo sensual de jotas y sevillanas. Las muchachas se descoyuntan en violentas actitudes, que sirven muchas veces para obligar a las faldas a que dejen de cumplir con su deber. Son los mismos viejos bailes de que nos hablan las crónicas del siglo XVII: el «gateado», el «zapateado», el «escarramán», revividos de un modo singular, en una plástica vigorosa y nueva, en una visión modernista de lo más interesante y característico.
En el tablado radiante, entran y salen mujeres provocativas, gordas como cacharros de vino, espigadas como caña de manzanilla; magras unas, amplias las otras, blancas y morenas, hermosas y feas, cada una con su desvergüenza, con su desenfado, con su tentación a luz de mirada y con su sonrisa a flor de labio. El quinteto de músicos, fatigado, ronronea abajo. Los mozos del café van y vienen con las charolas llenas de vasos. Y... en el salón, los espectadores, de cuando en cuando, juntan sus manos para producir un desmayado aplauso. El público de los cafés cantantes muestra más indiferencia que deseo, más hastío que sensualidad. No se embriaga con vino; pero tampoco con entusiasmo.
—¿A qué van entonces allí?—preguntas tú, campesino candoroso, que probablemente sientes delante de estas muchachas bailarinas lo que Herodes delante de Salomé.
—Pues a matar el tiempo, a atemperarse el fastidio, a encanallarse mejor que a divertirse, y a procurar encender en un grosero incentivo su fatigada imaginación.
Claro que por aquí andan los rubicundos alemanes, los franceses de cara ingenua, las cocottes de las Ramblas, y de seguro que también la andante apachería se habrá diseminado por los cafés cantantes del Paralelo y de la calle del Conde del Asalto. Son muchos y grandes estos teatros típicos, y todos ellos llaman con sus anuncios luminosos. Pero no son estas diversiones sólo para extranjeros pervertidos. El pueblo catalán asiste a ellas, y en ellas domina. Suyas son y han entrado en sus costumbres. Hay aquí una domadora de voluntades: la cupletista.
A este barrio viene la espuma que forma el flujo y reflujo de la vida en plenitud, rica de ansias nuevas. En el Café Español, el de los obreros, vasto como una catedral, iluminado como un palacio, hay millares de mesas pequeñas, en torno de las cuales se aprietan las familias, la mujer, los hijos, los hermanos. Hay blusas azules, manos gruesas, pipas humeantes, francas risas y rumor de conversación por todas partes. Junto al enfermizo espectáculo, vive la reunión saludable; entre la maldad alborotadora, se abre paso la honradez tranquila.
Pero, ¿qué te sucede, campesino? Te has detenido frente a un café cantante; entras en el vestíbulo, espías. Un ruido metálico, un tín-tín argentino te llama la atención; te fijas hacia un lado. En el fondo, alrededor de una mesa de tapete verde, se inclina, en un espectante silencio, una multitud de hombres y mujeres. ¿Una sala de juego? Sí, precisamente eso. El café cantante es tal vez el pretexto. Y no hay, tal vez, uno que no tenga al lado, devoradora y pérfida, una mesa verde. Birján aprovecha las redes que Venus tiende a los cándidos.
Así, al comenzar el verano, cerrado el Liceo, mudo el orfeón, desganada la zarzuela, con el pie en estribo la comedia, se divierte la ciudad laboriosa y monumental, que gusta de morder por la noche la agria manzana del pecado.
EN BARCELONA
I
ALIADÓFILOS Y GERMANÓFILOS
FIESTAS DE NIÑOS Y FLORES
MIENTRAS voy subiendo por la empinada calle que conduce al Parque Güell, me entretengo en oír conversaciones en español, que lo que es de las otras, de las catalanas, no percibo sino palabras sueltas. Leo el lemosín, pero no lo oigo; y en esta ciudad son escasos los momentos en que se habla castellano. Pero alguna vez, el hijo de esta tierra tiene que comunicarse con sus compatriotas, con el montañés, con el gallego, con el vasco, y entonces recurre al idioma común, no sin hacer para ello un visible esfuerzo, porque está siempre bien hallado su pensamiento con la expresión vernácula.
Y, en esta tarde de domingo, somos muchos los que vamos al Parque Güell a ver una «fiesta de niños y flores». Naturalmente que los obreros, vestidos como cualquier burgués elegante, no faltan. Estas excursiones al campo son el recreo de los días de fiesta. El pueblo sale de la ciudad y se va a la montaña, como el «Zaratustra» de Nietzsche.
Y entre los paseantes, los hay de distintas regiones de España. Por eso se oye el castellano, y por eso puedo entretenerme en escuchar algunas conversaciones. Todas son sobre la guerra, sobre el último combate naval del mar del Norte. Hay en esas conversaciones asombro, pero también pasión. Germanófilos y aliadófilos discuten con tibio acaloramiento, que denota que están enfrenados los ímpetus. En Barcelona, el germanofilismo es abundante. En los cafés, en los teatros, en las plazas, en los paseos, me he dado cuenta de esa abundancia. Sin embargo, los partidarios de los aliados no son pocos, y si pueden vencerles sus contrarios en cantidad, difícilmente en calidad pueden ganarles. He notado, y es esta una observación que no he podido comprobar, porque para eso necesitaría vivir aquí largo tiempo, he notado, repito, que, en general, las clases intelectuales son aquí decididamente aliadófilas, en tanto que las no intelectuales son decididamente germanófilas. Un comerciante, por ejemplo, se pone a conversar de la guerra con un doctor, y las tendencias contrarias aparecen a poco andar; el comerciante muestra sus simpatías, más fervorosas que reflexivas, por los imperios centrales; el doctor enseña su criterio, frecuentemente razonado y favorable a Francia, Inglaterra, Italia y Rusia.
Y en esta vez, en esta tarde de domingo, he logrado recoger algunos juicios y reflexiones.
Tres sujetos vienen junto a mí hablando de la guerra. Dos, son admiradores de Alemania, y uno, de Francia e Inglaterra. Se discute la entrada en Cartagena del submarino teutón. Y de repente, en medio de la caldeada conversación, cae un frío vocablo: neutralidad. Y el buen sentido de esta gente se pone de acuerdo en un punto esencial de la vida política española. Y aparecen las razones serenas, ponderadas, exactas, en favor de una noble y completa abstención de este país, en la locura infernal de la guerra. Es el papel que, según estos hombres, toca representar generosamente a España. Y por entre la malla de las lucubraciones, viene rodando, en vuelo alegre, la peseta, la favorecida precisamente por la actitud de prudencia y tacto de la nación española; la peseta, la que, como David a Goliat, ha vencido al «dólar».
Escucho y sonrío. Recuerdo que estoy en la tierra de Cervantes, y que el buen Alonso Quijada concedía, de cuando en cuando, la razón a las irrefutables llanezas de Sancho.