II
FIESTA DE NIÑOS Y FLORES
EN uno de los primeros escalones de la montaña está el jardín. La entrada es majestuosa, como de peristilo helénico. Detrás de la galería de columnas, una inmensa planicie se extiende dentro de un círculo colosal de lustrosas bancas de porcelana. Arriba de la planicie, una balconada rústica. Y más arriba, la montaña, que sigue trepando, cubierta de manchas de hierba, de picos de roca, de felpa de musgo, de copas de árboles, de lindas casas blancas. Interminables hilos de gente suben y bajan por las escalerillas de piedra, se estacionan debajo del ramaje, se asoman por los balcones rústicos, escogen su sitio entre los musgos, se rompen, se atan, se desmenuzan, pintorescamente matizadas por los trajes claros y obscuros de las mujeres, por la invertida corola de las sombrillas, por las plumas y adornos de los sombreros femeninos. Es una invasión de colores sobre un fondo de verde fulgurante. La tarde está prodigiosamente diáfana.
En pie, reclinado en el respaldo de porcelana de una banca, vuelto de espaldas a la montaña, miro tenderse, abajo, hasta el mar, la fastuosa urbe catalana. Es estupendo el panorama. Yo había podido disfrutar de él desde más arriba, desde el Tibidabo. Pero allá es más impreciso, por más lejano, y se ve como a través de un pálido y nacarino celaje. Aquí no; aquí se distinguen, como en un dibujo finamente trazado, los bloques rectangulares de las casas, la cuadrícula de las avenidas, las paralelas de árboles de los paseos, los polígonos de las plazas, las agujas, las colmenas, las chimeneas, la ciudad entera, que se derrama en suave declive, vastísima, hermosísima, hasta tropezar con la franja pulida, de azul luminoso, del Mediterráneo. El espectáculo asombra y conmueve. Produce un principio de éxtasis. Lo contemplamos y sentimos en los ojos humedad de lágrimas y recónditas y misteriosas ternuras en el corazón.
* * *
Mas es preciso asistir a la fiesta de los niños y de las flores, y volver, por lo mismo, la cara a la montaña.
Ya están preparados los chicos. En seis o siete filas, uniformados, en trajecillos de campesino catalán, con su camisa albeante y su encendida barretina, esperan, en mutismo escolar, la indicación del maestro que, frente a ellos, los capitanea y dirige. A la altura de los balcones montañeses se corre de pronto una cortina colorada y aparece, hecho con flores amarillas y rojas, un escudo de grandes dimensiones. Es el símbolo sagrado de la patria. Los niños rompen a cantar. Cantan afinadamente, orfeones de frase simple, pero amplia y emotiva. Las vocecitas, que todavía conservan algo del trino angélico de los primeros balbuceos, se armonizan en un conjunto que tiene algo de coral religioso. Y hay que ver en aquellas caritas sonrosadas, la alegría de cantar.
El orfeón infantil recibe un poderoso refuerzo de voces femeninas. Las chiquillas, como bandadas de mariposas blancas, llegan y se enfilan detrás de los muchachos. Recomienza el coro. Son centenares de niños los que cantan; millares son los que escuchan, en la planada alrededor de la montaña, en las bancas, en los prados, escondidos detrás de las ramas en flor, asomados a los balcones rústicos; por todos los lugares, en todas las clases, atentos a su fiesta, a la que ha venido media Barcelona a acompañarlos, a estimularlos, a aplaudirlos.
A cada instante suenan, en efecto, los aplausos. Las ovaciones maternales se suceden. Las flores se deshacen sobre el orfeón, en lluvia de pétalos. Y después de los orfeones de los pequeños, vienen los de los grandes, los de los barbudos hombres, que tienen también la voz dulce y la mirada candorosa. Este pueblo se ha acostumbrado a reunirse para cantar, y sabe bien que así, sintiéndose cerca el corazón, se comprende y se unifica mejor el ideal colectivo.
Y tras los orfeones viene el baile regional: la Sardana. Suena en la orquesta, bañándose en llanto, la flauta pastoril. El tambor agreste marca, sordamente, el ritmo. Los demás instrumentos—el violín, el clarín, el contrabajo—sirven para empastar y colorear los sonidos.
Y se forma un primer círculo de muchachos y muchachas, una rueda de bailarines, unidos por las manos, como las coronas griegas. Y en esta actitud empieza, acompasado y tranquilo, el movimiento. Levantados, a la altura de la cabeza, brazos y manos, el cuerpo rígido, la mirada fija en el centro del círculo, los pies ejecutando una cadenciosa gimnasia, adelantándose el uno al otro, permanecen mozos y mozas, sin hablarse, sin mirarse casi, media hora, una hora, en una casta somnolencia que sigue el compás, monótono y tristón de la Sardana. Es un baile primitivo, arcádico, que huele a retama. No tiene un solo impulso de voluptuosidad; no enciende una sola chispa lasciva en estos ojos de veinte años. No es el pecado que se disfraza de regocijo; es la inocencia que siente la alegría de vivir...
La tarde, contagiada de candor, entrecierra los ojos con una melancolía bucólica. Niños, flores, bailes campestres, himnos patrióticos, quedan envueltos en una semiobscuridad de ágata. La fiesta se va apagando, desvaneciendo, con una fatiga serena y pura, como la de un infante que se cansara de jugar.
Y mientras, de vuelta, voy bajando por la empinada calle, en el silencio apacible de las cosas y el rumoroso bullicio de las gentes, pienso que esta es la verdadera Barcelona noble y honrada, que está empollando cuidadosamente sus destinos futuros; no la Barcelona del Paralelo, de los cafés cantantes, de la «cocotte» y del «apache», del timador y del tahur.
La llaga no indica el envenenamiento del organismo. Es exclusivamente una enfermedad de la piel...
EN MADRID
I
LA GUERRA Y LA POLÍTICA,
EN LAS MESAS DE CAFÉ
EN verano, el famoso sol de España, hace de Madrid una caldera hirviente, que, como en la de las brujas de los cuentos, huele a carne humana. Porque este sol podrá ser menos claro que el de Cuba; pero, en este tiempo, no es menos ardoroso. Las mañanas queman, las tardes achicharran. Dícese que el principio del día es de una tibieza agradable. Es posible; pero muy pocos, de seguro, gozan, en pie y despiertos, de estas horas tibias.—El que no se levanta con el sol, no goza del día—dijo hace más de tres siglos un vecino de Madrid, el ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra. Probablemente, la sentencia lleva escondido un reproche, y aparejado un consejo.—¡No os levantéis tarde, perezosos!—parece decir el pensamiento a los habitantes de la villa y corte. Mas las gentes suelen no hacer caso de las observaciones de los genios, ni de los preceptos de la higiene, cuando ésta o aquéllos contrarían los gustos sociales.
Y así es como los vecinos de Madrid, en su inmensa mayoría, siguen, a pesar del apotegma cervantino, levantándose tarde, sin disfrutar, por lo mismo, de las alegrías mañaneras. Pero no sucede eso sin ton ni son; largas explicaciones podrían darse para justificar la inveterada costumbre. Y la primera de todas ellas es, sin duda, la de que aquí las noches son deliciosas, oreadas por un vientecillo sutil, que se bebe como cualquiera de los mejores refrescos del Salón del Prado o de Telégrafos. Ya el alcalde Crespo se lo decía al capitán Don Lope de Figueroa, en solemne momento de la comedia calderoniana: que la recompensa que en Castilla tienen los días de agosto, son sus noches.
El madrileño no quiere, y con razón, perder un instante de esos plácidos, azules, serenos, reconfortantes, durante los cuales la vida y la naturaleza se acarician como dos enamorados. Para sentir la fruición de la frescura nocturna, el pueblo de la metrópoli española comete el crimen de Lady Macbeth: mata al sueño. Y tomando al revés la prescripción del autor del Quijote, no se levanta con el día, sino que se acuesta, precisamente, cuando «la rosada aurora abre con sus dedos de nácar las cortinas del Oriente».
A las diez de la noche, las casas están vacías, y los cafés, y los jardines, y los teatros, llenos. No es éste el Madrid elegante, ni el bien acomodado. Esos se han marchado a veranear, a las playas, a las montañas, a los campos, para evadirse a las divinas sofocaciones de la cortesana ciudad. Veranear entra en el programa de cualquier hijo de vecino... madrileño. Es más una necesidad social que higiénica. Hoy por hoy, el noble y el burgués, el comerciante y el empleadillo almibarado, han salido de aquí para poder escribir a sus amigos desde algún sitio conocido, participándoles que ellos son de las personas que veranean. Es de mal gusto dejarse ver por las calles de la villa durante los meses de julio y agosto. Se pierde el tono. Y hay quien asegura que también se pierde un poco la reputación.
En Madrid no queda sino lo genuino, lo popular, lo pobre, lo inamovible. Deja la ciudad su aspecto de linajuda elegancia, sus palaciegas recepciones, sus fiestas rutilantes, sus regocijos deportivos, el magnífico y extranjero bullicio por hoteles y vías, el desfile interminable de sus blasonados carruajes, y queda cuanto de típico posee la risueña y fácil metrópoli: el Madrid de la alegría sin dinero, de la algazara sin causa, del chiste sin aliño, de la confianza sin reticencias; el Madrid zumbón, epigramático, dicharachero, henchido de frivolidad simpática y de adorable «quemeimportismo». En los barrios, aceras y calzadas son estrados. En el centro, la tertulia de los cafés se hace más animada e íntima.
Como todo el mundo (a la tierra a que fueres, haz lo que vieres), yo he escogido mi café, y en él mi lugar. Es un sitio que me permite ver la procesión de muchachas que invade noche a noche la calle de Alcalá. La mujer madrileña es garbosa, graciosa, gallarda; mucha audacia en la mirada, mucha franqueza en la sonrisa; mucha acompasada agilidad en los movimientos. El matiz blanco domina en ellas, y hace contraste con el cabello y los ojos de negrura resplandeciente. Las dos extremidades ocupan y preocupan a la mujer madrileña: el peinado, que es una obra de arte, y el calzado, que muestra un cuidadoso atildamiento. Lo demás—la falda modesta o rica, el busto ceñido o suelto—sabe llevarlo la madrileña con sobria y natural arrogancia. Fuerte es y atractiva esta figura bien plantada de mujer española. Su juventud tiene fragancias y tersuras de flor. Lo penoso es que estos floridos y espigados veinte años naufraguen, rápidamente, en una deformadora onda de grasa. Esta tendencia a la obesidad es la enemiga de la belleza madrileña. Yo veo pasar a cada momento mujeres gordas, excesivas, rechinantes, cuya madurez se ha precipitado antes de tiempo, porque conservan todavía en sus facciones, en las pupilas, un fulgor juvenil.
En jamona prematura no siempre desaparecen los rasgos de una angélica pubertad. Salud es la de este tipo, salud hermosa y pomposa; mas lo que gana la fortaleza, lo pierde la plástica.
Viendo pasar tanto cuerpo grueso, tanto exuberante torso, me he preguntado si aquella multiplicada vastedad que, tan en breve modifica la belleza de las madrileñas, tendrá por causa la alimentación, el sedentarismo o la apatía. Un poco de esto le sucede también a la criolla cubana. ¿Por qué?
* * *
El café, que se enfría en las tazas sobre la mesilla rodeada de parroquianos, importa poco, es un pretexto; lo que importa de verdad, y es lo fundamental, es la conversación, la charla incesante, la palabrería, la intimidad, el intercambio verbal que no cesa, y que hace, no como el beso de Rostand, un ruido de abeja, sino un zumbido de colmenas locas. Son numerosos y varios los establecimientos que desde la Puerta del Sol se tienden y extienden a lo largo de la amplísima calle de Alcalá, ocupan la de Sevilla, siguen por la del Príncipe, dan vuelta por la plaza de Santa Ana; a pequeños saltos invaden la calle de Atocha, vuelven a la de Carretas, y corren, corren, por todos lados, en todas direcciones; se abren paso en los arbolados de los jardines, buscan refugio en el pórtico de los teatros, se alejan hacia los barrios bajos, llegan a la Moncloa, sientan sus reales en el Parque del Oeste... Si se viese a Madrid desde lo alto, a ojo de pájaro, se distinguiría una compacta y radiante Vía Láctea; las luces de sus cafés, de sus restaurantes, de sus tabernas. En ellos, a decir verdad, hay poco modernismo; al contrario, muchos conservan un aire arcaico, un abrumamiento de ancianidad que impresiona; bancas, espejos, candiles, gentes, parecen retrasados y se nos figuran, por un instante, evocaciones de épocas pasadas, reflejos románticos, fantasmagorías de antaño.
Las conversaciones de café tienen frecuentemente dos temas esenciales: la política, la guerra. La conversación sobre política es generalmente turbia, apasionada, interesante e interesada. La facultad de la raza de expresar con inaprendida elocuencia, y de vestir con abundancia retórica la idea más insignificante, se muestra en estos paliques que, a ratos, toman las proporciones y las entonaciones de un debate parlamentario. Yo no creo que esto sea verdaderamente pensar en la política, sino verbalizar la política. El afán oratorio cubre y borra observaciones y reflexiones, y es a modo de corriente impetuosa que se desborda del cauce del juicio e inunda las comarcas de la razón. Estas agitadas inundaciones de los vocablos, ¿serán como las del Nilo, provechosas y fecundas? Pienso que podrían ser a condición de que, trayendo los deslaves de un alto ideal, bajaran a las llanuras periódicamente, no incesantemente, como suelen venir desde los cafés hasta las tribunas del Congreso.
El hecho es que la política es un asunto inacabable para la mesa de un café, y que sólo tiene otro ideal que lo sobrepuje, y, por determinadas horas, lo venza: el asunto de la guerra. La guerra no presenta los matices variados de la política, no es sino de dos colores, de dos matices, de dos simpatías: germanos y aliados.
Junto a mí, noche a noche, se instalan varios grupos discutidores de la guerra. Domina en ellos el germanofilismo, en cuanto al número, no en cuanto a la claridad de los conceptos. Durante esas charlas deshilachadas he oído disparates sociológicos y tácticos, geográficos y estratégicos, civiles y militares, podría decirse; pero a la vez he sentido la bravura, la fe con que cada individuo defiende su causa, como si se tratase de algo inmediato e íntimo, de importancia suprema para la vida personal. La pasión española es de una generosa tenacidad. Y es lo que el germanófilo de Madrid muestra por encima de cualquier razonamiento que se le oponga: la pasión. Yo noto que no es precisamente amor al alemán el que sostiene sus simpatías en esta guerra; es aversión al inglés. Un viejecillo, que es un vibrante manojo de nervios, ha dicho, golpeando con su mano sarmentosa la orilla de la mesa:
—...porque allí donde veo un inglés, veo a un enemigo.
Los aliadófilos, aparentando mayor serenidad, enseñan más justeza de ideas, encadenamiento de coordinación más completos en sus juicios y observaciones, y cierta inclinación al trascendentalismo, que convierte sus razones en doctrinas de orden más elevado y humano. Un partidario de los aliados hacía la siguiente observación:
—Los españoles no podemos ni debemos admitir el concepto de Estado, en que se funda el imperio teutón. Un Estado, al que se debe obediencia ciega, que se adueña de todas las voluntades, sin ristricción, ni límite, que manda y dispone a su guisa del ciudadano, que constituye una suprema entidad moral que ha de regir, con arbitrio inapelable, la conciencia individual; que no permite la libertad ni el albedrío; un Estado que se cierra en dogmas, que se manifiesta en opresión, que se revela en fuerza tiránica; un Estado intangible, inviolable, irrefutable, como la divinidad, y que hace de la existencia humana un instrumento inespiritual, no puede ser nunca aspiración y propósito en nuestras almas, ni admiración en nuestros entusiasmos. Porque con ese sistema se logrará formar un pueblo disciplinado, rígido, homogéneo, como un bloque de granito; pero no un pueblo espontáneo, eficaz, libre, más grande que el otro, puesto que la libertad es el resumen de todos los fines del espíritu, de todas las ideas humanas, como dice un germano, Fleinrich Mann. La guerra actual es la lucha de estos dos contrarios esfuerzos. Nuestra historia nos impide estar de aquel lado, en la simpatía y en la aspiración.
Lo difícil es percatarse del final de estas controversias, en las que, poco después del principio, hablan todos al mismo tiempo y en un creciente arrebato.
De estos laberintos oratorios suelen subir los que tan desaforadamente despotrican, cuando, de improviso, cae sobre la mesa, llevado por alguien, en una pregunta, en una alusión, en una impresión rápida, el asunto ambiente, el popular, el que atrae, como llama a la mariposa, a todo madrileño bien nacido: la última corrida de toros.
Allí sí que, bruscamente, se detiene la máquina política, sociológica, filosófica; y el problema de la guerra, sin empequeñecerse, como que se esfuma y desvanece a semejanza de un celaje, y la discusión, sin perder bríos ni ardores, tuerce el rumbo, y entra de lleno en el arte de la tauromaquia, en el que los madrileños sacan a luz su vieja y justificadamente célebre sabiduría. Los tecnicismos, las explicaciones, los análisis de las «suertes», el estudio de las habilidades, sustituyen con ventaja, por la expresión pintoresca e impregnada de gracejo, al comentario sano y vivaz, y a la elocuencia encopetada y tribunicia.
Porque si en Barcelona la cupletista es reina, en Madrid el torero es dios. Un diestro, un maestro, como aquí se dice, es un ser glorioso por excelencia, y glorificado por costumbre. Donde él llega, cualquiera otra celebridad palidece; cualquier otro mérito es olvidado.
La calle de Sevilla, la calle de los cafés de toreros, se ve a todas horas concurridísima de gente del pueblo, que se detiene a contemplar la figura de éste o aquél maestro, del cual las revistas hacen elogios hiperbólicos en prosa y verso, por la «faena monumental» y el exquisito premio de la oreja. Pero esto, señores, merece capítulo aparte.