II
LA HUELGA, LA GUERRA
Y EL PUEBLO ESPAÑOL
CIERTA mañana, Madrid amaneció bajo la influencia de una nerviosa curiosidad. Desde las primeras horas del día, con todos los requisitos civiles y militares, habíase pegado en las esquinas de las calles, al lado de los anuncios de teatros y de los carteles de toros, el bando que declaraba la plaza y provincia de Madrid en estado de guerra.
A pesar de lo caluroso de las horas, de la rabia cegadora del sol, la gente se apiñaba por todas partes para leer y quizás para desentrañar el enérgico documento firmado por el Capitán general, y que no mostraba, por cierto, ni más ni menos que los otros del mismo género, fijados, tiempo atrás y por circunstancias diversas, en los mismos lugares. A la cabeza de las apretadas líneas tipográficas, que contenían los artículos excepcionales, severos, distinguíase, desde lejos, el renglón de gruesos caracteres, cuya frase imperativa y seca tenía no sé qué arrogancia de voz militar: «Ordeno y mando.»
De acuerdo con esa ley extrema, quedaban prohibidos los grupos numerosos en la vía pública; quedaba establecida la censura para la Prensa; quedaba asimismo establecida la pena de muerte para todo acto sospechoso de sedición, de desobediencia y de violencia. El bando imponía, si no la inacción civil, por lo menos la acción quebrantada y vigilada por la autoridad; y además, imponía también a la Prensa, si no el silencio absoluto, la expresión mutilada o moderada por la censura.
¿Qué era, pues, lo que estaba pasando, para exigir de un pueblo tan inquieto y verboso por naturaleza, el sacrificio del reposo y del mutismo? Pues sucedía una cosa muy común en la existencia de los pueblos modernos: sucedía que se había declarado una huelga, y que ésta obligaba, más que el bando, y con mayor amplitud que él, a la brusca paralización, al detenimiento rápido de las comunicaciones en toda España. A este paro, anunciado ya con anticipación, se le llamó la huelga de los ferroviarios. La intención, como muy bien se comprende, era la de privar a la nación de este indispensable servicio, hasta que las Compañías ferrocarrileras accediesen a las exigencias de aumento de jornal y otras prerrogativas impuestas por los trabajadores y empleados.
Venía la nube cargada de amenazas. El Gobierno, que vió el peligro, se dispuso a conjurarlo, y apeló a recursos comprobadamente eficaces. Mandó que soldados de los regimientos de ingenieros militares, hiciesen, íntegro, el servicio de todas las líneas, y cuidasen las estaciones; encarceló a los que creyó perniciosos agitadores; enseñó a los obreros los dientes, en un gesto de intimidación, y se propuso intervenir entre éstos y las Compañías para resolver el conflicto. La verdad es que el servicio, aunque irregular y defectuoso, no dejó de hacerse; que los militares tuvieron un buen comportamiento, y que, de ése modo, quedó bastante frustrada la huelga de los ferroviarios.
* * *
La gente que leyó el bando, que se percató de la censura, que notó las reticencias y dificultades de la Prensa para transmitir las noticias, comenzó, como sucede siempre, a tejer en el «canevá» de la imaginación, los arabescos de la hipérbole y el absurdo. En corrillos de café y paliques de restaurante, de mesa a mesa, corrían las más exageradas historias; hablábase de resistencias armadas, de luchas entre obreros y soldados, de muertos...
Las conversaciones sotto voce, en estos casos, revisten un carácter alarmante que es de lo más entretenido. Es muy curioso oir cómo de boca en boca la exageración abulta y adorna los hechos, y con un grano de realidad hace una montaña de fantasía. Cada quién clava un nuevo incidente a los sucesos que se comentan. Estas charlas que he escuchado, con motivo de la huelga ferroviaria, son de lo más pintoresco y divertido que pueda darse. El español que narra episodios de interés general entra en competencia con las personas con quienes despotrica; y siente, a par de ellas, un estímulo de fantasear que lo lleva frecuentemente demasiado lejos. Trata de sobrepujarse, de causar una impresión cada vez más profunda, y que a él mismo lo agite con su propia palabra. El afán de elevar lo insignificante a la altura de lo extraordinario, lo excita como una bebida que lo embriagase.
Esto, que suele ser tan característico de los países latinos, se acentúa en determinados momentos, cuando se presenta una cuestión de interés colectivo, un asunto de gravedad social. Entonces se deforma la fisonomía de la realidad para hacer de ella una apasionante y dramática caricatura. Entonces, el escepticismo y el pesimismo, con sus brochas sombrías, pintan los telones de la vida.
En tales ocasiones, el español, que es un espontáneo orador, se complica de novelista, y su elocuencia corre parejas con su inventiva. Pone, además, una lógica sutil que de inferencia en inferencia, lo lleva a las más imprevistas conclusiones.
Mas en todos estos castillos en el aire pone un aliento, una fuerza de corazón verdaderamente conmovedores. El español gusta de juzgarse con una acritud exagerada y molesta. Hincha sus defectos, niega sus virtudes, y ve en los extraños una superioridad que no existe tal vez.
Pero esta actitud antiegoísta, este criterio falseado por excesivo, este «voto en contra», esta inclinación a mortificarse y herirse el amor propio, me parece que no son más que manifestaciones de un deseo nobilísimo de buscar precisamente en el excitante del golpe y el castigo, la reacción favorable y benéfica de una voluntad nacional, que, medio amodorrada y perezosa, debe recobrar, porque ha llegado el instante, su actividad y su energía. Algo del «flagelante» hay en este brusco procedimiento.
El español siente acaso que han ido aflojándose en el espíritu de la raza los resortes del brío que en otro tiempo la empujaron en todas direcciones a difundirse en las más vastas y gallardas empresas. Una secular indiferencia, aun prolongando el orgullo, ha debilitado el aliento, ha enmohecido la acometividad. Siente también el español la necesidad biológica de renovarse, y para ello comprende que es preciso sacudir las rutinas, echar a andar las perezas y robustecerse en la metódica gimnasia de la voluntad. Urge a España colocarse cuanto antes en la línea de marcha.
Sabe que el tiempo es premioso y rígido, y no puede ni quiere aguardar a nadie. Pasa y deja atrás a quien no se dispuso, de antemano, para seguir con él la ruta.
Y no sólo los pensadores, los hombres nuevos, los intelectuales del «último barco», se preocupan en anunciar y tratar de resolver este apremiante problema; las clases, las agrupaciones, los individuos de la masa anónima, presienten un malestar que les engendra anhelos imprecisos de transformación.
De ahí esa desdeñosa amplificación de los defectos, ese desprecio escéptico, ese acre reproche, esa manía de autovituperio que está en cualquier parte: en la calle, en el café, en el teatro, en la copla de actualidad, en el artículo de periódico. Es el golpe rítmico dado en el pecho del semiahogado para producirle nuevamente la respiración.
* * *
Yo observo, busco, me intereso en todos los incidentes y accidentes de la vida española. Una semana después de haberse iniciado la huelga de ferroviarios, la Prensa anunciaba con grandes «cabezas», en las primeras planas de sus diarios, la terminación del conflicto y el restablecimiento de la normalidad.
Cesaron las hablillas, los cuentos y las noticias espeluznantes; pero todavía permaneció en estado de guerra la ciudad durante otra semana, y hasta el momento en que escribo esta impresión, el Madrid político sigue con la mordaza puesta; las Cortes continúan cerradas, y la censura vigila, línea a línea, los periódicos.
No es extraño ver aún pedazos de columnas, y hasta columnas enteras, en blanco, en El Liberal, en El Imparcial, en La Epoca, en La Correspondencia. Hace pocos números se suprimió en El Imparcial un artículo completo de Mariano de Cávia, y en el semanario España fué mutilado el editorial de Luis de Araquistain, el cual artículo era un serio comentario sobre la huelga, y tenía una índole decididamente pacífica. Es quizá que el Gobierno temió la voz demasiado sonora y demasiado impetuosa de los imaginativos, de los romanceros del suceso.
Estos noveladores habían propagado una noticia trascendental, y es a saber: que la huelga no obedecía a móviles nacionales y económicos puramente, sino que los obreros habían recibido de Alemania dinero para trastornar, con su paro, los negocios de España. La cuestión tenía, según ellos, doble fondo, y este doble fondo era la guerra europea.
Para la gente sensata, la tal noticia no pasó de ser una patraña. El mismo presidente del Consejo la ridiculizó en unas declaraciones. La Prensa, sin embargo, no ha podido dar opiniones amplias acerca de los acontecimientos, y se ha contentado, por la fuerza de las circunstancias, con hacer frías observaciones llenas de un optimismo que, por tímido, parece poco sincero.
Sólo Araquistain, escritor socialista de mucho empuje y firmeza, se atrevió a asegurar que el error de acallar la voz pública, la prohibición de no dejar a los obreros defenderse por medio de la publicidad, diéronle gravedad a la huelga, que tenía una actitud conciliatoria.
Ello es que, aceptado en principio un arbitraje para dirimir las dificultades entre el capital y el trabajo, y pedido al Instituto de Reformas Sociales un laudo en esta controversia, la huelga, deshecha, tomó el buen camino de las conciliaciones. Tirios y troyanos están de acuerdo en que, en este conflicto, el conde de Romanones se ha manejado con inteligente perspicacia y afortunada habilidad política.
Y no obstante...
* * *
No obstante, la censura ha continuado, y las Cortes permanecen con las puertas cerradas. Lo gracioso del caso es que, olvidada la huelga, ahora la censura se ejerce sobre las noticias de la guerra europea.
Y esto da lugar a que los fantaseadores suelten las palomas mensajeras de la «noticia secreta y trascendental». Se dice que está siendo a España muy penoso sostener la neutralidad; que hay exigencias de parte de los beligerantes; que Portugal quiere pasar tropas por territorio español; que...
El hilo de la hipótesis va trazando los más increíbles e intrincados dibujos, en los cuales se enreda el buen sentido, así como una mosca en una telaraña. Pero bueno es acordarse de la sentencia del filósofo: «hay en toda mentira un alma verdad».
Y, efectivamente, por debajo de esta franca alegría madrileña, de esta despreocupada vida, de esta encantadora y aparente frivolidad, se diría que hay un molesto movimiento de inquietud que no parece exclusivo de la «ciudad alegre y confiada», sino que se extiende por España entera y, en algunas partes, se señala con un latido más enérgico.
¿De dónde proviene esta indudable desazón? ¿Es la vecindad con el incendio de la guerra, y así, proviene del ambiente exterior, o es una palpitación de la entraña popular, e indica entonces una dolencia interna? ¿O se junta una causa a la otra y ambas producen este sintomático estado, perceptible a pesar del aspecto regocijado de la vida?
Cierto es que no hay ningún pueblo de la tierra que no resienta en esta hora aflictiva del mundo, un doloroso asombro, un trastorno psíquico en el que se entremezclan el temor y la esperanza. El ángel negro recorre la cristalina esfera que, como dijo el romántico, «gira bañada de luz».
Y en España, donde todo, de lejos, parece arcaico, desmoronado y monumental, como sus catedrales y sus claustros, hay una cosa viva, siempre nueva, firme siempre y que ha conservado entre los escombros de la gloria y los empolvados códices de sus gestas lejanas: la virtud de los laureles soñados, que son inmarcesibles, y la gracia inmortal del día, que es siempre niño cuando se asoma por Oriente. En España todo puede estar viejo, menos el pueblo.
El español se equivoca cuando se juzga a sí mismo, y se cree pervertido, degenerado o enfermo.
Nada de eso tiene. El es como un surco abierto que espera la mano del sembrador. No hay más que acercársele para sentir su vigor y su juventud.
Ha conservado, a través de la historia, sus virtudes esenciales: su amor al trabajo y a la libertad. El pueblo de España no ha vivido todavía la plenitud de su existencia. Posee reservas virginales, y aguarda el instante señalado por el destino para su futuro resurgimiento.
Clases superiores, instituciones, costumbres, pueden presentar, algunas veces, un aire de desfallecimiento mortal, una faz hipocrática. Mas abajo, muy abajo, sobre el terruño removido, junto a la máquina aceitada, dentro de las zumbadoras colmenas de los talleres y de las fábricas, está el verdadero pueblo sano, robusto, voluntarioso, que quiere ir de prisa y que irá adonde lo empujen su ambición y lo llama su ideal.
¡Ah, su ideal, que comienza a perfilarse en lo futuro como una transformación, serena y nueva, de aquel que hace siglos estaba representado por la espada del Cid, la armadura del Gran Capitán, el ferreruelo de Felipe II y las naves de Hernán Cortés!...
UNA PÁGINA DE NOVELA
EL SUICIDIO DE FELIPE TRIGO
Cerca de las nueve de la noche caminaba yo, con Paco Villaespesa, por la calle del Marqués de Cubas, cuando pasó junto a nosotros un hombre muy delgado y muy alto, vestido con un traje claro:
—Adiós, Felipe—dijo el poeta.
—Adiós, Paco—contestó el otro.
Y Villaespesa, con su natural bondad, me preguntó:—¿Quieres que te lo presente? Es Felipe Trigo. Le he hablado de ti.
—Mira—le indiqué—. Vamos, primero, a ver a Gómez Carrillo. Y luego, mañana, si ahora no queda tiempo, buscaremos a Trigo.
Yo tenía vivos deseos de presentarme cuanto antes a Gómez Carrillo, para saludarle y acompañarlo en aquel momento que yo creía penoso; acababan de denunciar una de sus crónicas de El Liberal; lo acusaban de ofensa a Alemania. Más tarde supe que aquello tenía resonancia, pero no importancia.
A pocos pasos nos encontramos, en efecto, al famoso cronista, que venía acompañado de otro poeta, con el cual he fraternizado cordialmente: Manuel Machado. Entramos los cuatro en un café vecino, y nos pusimos a charlar. A las dos de la mañana nos despedimos, con la promesa de reanudar la conversación al anochecer siguiente.
Hacia la una de la tarde vino Villaespesa a mi casa, me saludó, le noté vivamente agitado.
—Chico—me dijo con voz rápida y turbada—, vengo deshecho.
—¿Pues qué te sucede?
—¡Figúrate! Que se ha suicidado Felipe Trigo. Dos balazos en la cabeza; una hora de agonía terrible. En estos momentos ya debe de haber muerto.
Y se sentó frente a mí, y se llevó una mano a los ojos. La verdad es que, aun sin haber tratado a Trigo, sin sentir admiración, ni siquiera inclinación por su literatura, sentí pena. El novelista se hallaba en la edad madura, próximo a la vejez, en el período de la energía mental, de la experiencia atesorada, de la producción sólida. Villaespesa me pidió que le acompañase a ver a la familia; accedí de buen grado; comimos juntos, le escuché al poeta la relación conmovedora de su íntima amistad con el autor de «La Bruta«, y a las cinco de la tarde tomamos, en la Puerta del Sol, el tranvía que había de conducirnos a la Ciudad Lineal. Por el camino fueron subiendo al carro otros amigos que iban con igual propósito que el nuestro.
Las afueras de Madrid son de una aridez implacable. Mucho polvo, mucho sol, mucha tierra sedienta y cubierta por el roto tapiz de la hierba amarilla y reseca. Aquí y allá, por entre las motas verdes de algunos pequeños plantíos, indicios de que por allí hace el agua milagros. Casas diseminadas. Ventas. Y un cielo magnífico, de azul deslumbrante, encorvándose por el horizonte. El camino es largo, y es, además, el del cementerio, porque veo cómo, de trecho en trecho, nos vamos encontrando con carrozas fúnebres y filas de coches que las siguen. Yo pienso que esta es, decididamente, una tarde predestinada para la tristeza. Después de una hora de viaje en tranvía, nos encontramos en la Ciudad Lineal. Es ella un pueblecito melancólico, de una calle sola y extensa, en la que, por ambos lados, se levantan hoteles más o menos graciosos y elegantes. Los hay también feos y pobres. En medio de la ancha vía se alza una doble fila de árboles. El paraje es simpático, no alegre. Nosotros lo sentimos a propósito para nuestra desazón. Reflejamos en él nuestro estado de alma. Hemos pasado ya por frente a dos o tres hoteles silenciosos. Yo, sin preguntar, respetando el silencio de mis compañeros, me digo, al caminar:—Aquí.—No; aquí. Y no atino con la casa, del suicida. Está lejos; está más allá de diez o doce hotelitos que dejan presumir una comodidad burguesa. De repente, nos detenemos en una reja entreabierta. Allí sí es. Dos policías o dos soldados—no sabría decirlo—están en pie recogiendo las tarjetas, de los que llegan, e indícanles que la familia pide excusas por no poder recibirlos. Entramos. Un jardín y, en el fondo, un chalet muy blanco, de enjabelgado que reluce al sol, y por cuyos muros trepan los caprichosos ramajes, de verde clarísimo, de las enredaderas. ¿Qué dijo Villaespesa a los hombres uniformados? No sé. El resultado fué que, a cuatro o cinco, nos dejaron libre la entrada. Subimos al chalet. Nadie salió a recibirnos. Amortiguando los pasos, de puntillas casi, penetramos, primero, en un pasillo estrecho, y, en seguida, en un saloncito, que estaba obscuro porque habían cerrado sus puertas y ventanas. La violencia del contraste entre la claridad de afuera y las sombras del interior, me hirió vivamente los ojos. Llegué deslumbrado, y muy poco a poco, fuí distinguiendo, fantasmales, a unas cuantas personas que hablaban en voz baja. Comencé a respirar y a sentir el ambiente de lo siniestro. Dejé que mis compañeros se dirigieran a sus amigos y conocidos, y, como siempre, busqué mi rincón de observador. Sonó en la pieza contigua la campanilla del teléfono, y un acento, en el que había temblor de sollozos, empezó a hablar para transmitir, por el aparato, los detalles de la noticia. Se comunicaba, probablemente, con la redacción de un periódico y dictaba, con largas y desgarradoras pausas, la carta de despedida de Felipe Trigo, breve, dolorosa, amorosa, en la que daba el último adiós a sus hijos, a su mujer, y en la que repetía, con ternura insistente, la palabra perdón. En el pesado silencio de aquella casa, este mensaje de la muerte, transmitido por una voz lacrimosa, lastimaba como si fuese un golpe en el corazón. La voz se calló, por fin, y después de un minuto salió de la pieza donde había sonado, un jovencillo pálido, nervioso, con la mirada distraída y la expresión del ensimismamiento que nos deja un grande e imprevisto suceso. Saludó, forzadamente, a los visitantes, y salió. Otro joven militar, a quien yo no había visto, lo siguió llamándolo:—¡Hermano! ¡Hermano!
Todos los circunstantes mirábamos, en muda contemplación, estas simples escenas, que impresionaban, no obstante, con el horror de la tragedia.
Y mientras nosotros permanecíamos mudos abajo, arriba, en las habitaciones altas, se quejaban, gritaban, lloraban. Llantos y plañidos de mujer que intermitentemente se apagaban, alzábanse por largos intervalos. Eran súplicas, imprecaciones, oraciones, desesperaciones. Un vocativo, repetido sin cesar, me hurgaba el alma y la memoria, como gancho que me revolviese penas y recuerdos: «¡Papá!».
La familia de Felipe Trigo se había refugiado allí de la indiscreta e inoportuna compañía de los extraños. Me sentí mortificado. Y acercándome a Villaespesa, le dije al oído:
—Me voy.
—No, aguarda un poco. Van a sacar el cadáver. Quiero acompañar a mi amigo hasta ese instante.
—¿Pues dónde está?
—Allí.
Y Villaespesa me señaló una puerta cerrada, en el mismo primer piso donde estábamos. El gabinete de trabajo de Trigo. Allí estaba solo, el desventurado, sin blandones y sin plegarias, en el mismo lugar, en el mismo sillón donde se había quitado la existencia.
A esa puerta llegaban—yo las vi bajar hechas un océano de lágrimas—las hijas del escritor, una hermosa y rubia criatura y una robusta y linda niña. Los hermanos las acompañaban.—¡Yo quiero verlo!—rogaban ellas—. Y, convenciéndolas, obligándolas, las alejaban de aquel lugar pavoroso. La puerta cerrada era una barrera infranqueable.
Estos suplicios me hacian daño, y, para no asistir a ellos, me aconsejó mi egoísmo que saliese al jardín. Salí con otro literato que sentía y pensaba lo que yo. Una vez en el jardín los dos, él empezó a contarme la vida del célebre novelista:
—Este final no es imprevisto. Ya nos lo esperábamos. Felipe estaba enfermo, muy enfermo. Una profunda neurastenia lo agotaba. No podía escribir ya como antes. Veinte noches hacía que no probaba el sueño. El era médico, y sus síntomas le inquietaban. Presentía un próximo desastre mental. En su familia hubo alienados. El tenía miedo de la fatalidad hereditaria. Indudablemente que Felipe tenía un extraordinario talento, una imaginación resplandeciente, una agudísima percepción. Sus facultades de novelista fueron muy grandes. Su lenguaje carecía de pureza y de estilo. Con frecuencia se alejaba del buen gusto. Pero, en cambio, sabía ver muy bien, y reproducía con exactitud los ambientes y los personajes de segundo término. Los de primer término, no, porque, en general, sus mujeres, sus heroínas, son irreales, están hechas con materiales imaginativos y concebidas por la exaltación erótica, por el sueño sensual que atosigó de continuo la vida de Trigo. Y sus hombres, sus protagonistas, son él mismo, el autor con sus anhelos de aventura dannunziana. Porque Felipe no sólo escribía, sino que quería vivir sus novelas. Las vivía. Vistiendo la realidad, que solía ser inferior y grosera, con los atavíos de un fantástico refinamiento, el poeta—porque era un poeta, un soñador incansable—se forjaba la ilusión de las conquistas suntuosas, de los amores raros, de las citas misteriosas, de las altas comedias del placer y de la elegancia. Trigo era un fantaseador admirable e ingenuo. Era también un teorizante lleno de novedad. Temperamento exaltado, corazón generoso, gran cerebro; este literato fué, a pesar del mundo calenturiento que llevaba en el espíritu, un bondadoso jefe de familia, un excelente amigo y un cumplido caballero. Y no sufrió únicamente imaginarias tormentas, sino que, asímismo, las sufrió verdaderas.
En Filipinas, lo acuchillaron los tagalos hasta abandonarlo por muerto en el campo de combate. ¿No le notó usted la cara atravesada por cuatro o cinco grandes cicatrices? Anduvo con su inquietud por todas partes. No se conformó con ser médico de provincia. Fué ambicioso de gloria, voluntad activa. Tarde reveló su vocación artística: al filo de los cuarenta años. El realismo de sus novelas no es siempre agradable. Disgusta la insistencia de su manía erótica. Eso, quizá, depende de la edad en que comenzó a escribir. En sus libros destapó la caja de sus deseos irrealizados. Pero hay obras suyas muy fuertes: Jarrapellejos, El médico rural...
* * *
Calló el literato. Habíamos visto que comenzaba a bajar la corta escalinata del chalet una camilla cubierta con un paño negro y cargada por dos mozos funerarios. Detrás, con la cabeza descubierta, venían los amigos y camaradas.
Se oía sollozar, gritar, implorar dentro de la casa. El cadáver salió, no por la puerta principal, sino por una que había detrás del jardín. Figuróseme aquello una escapatoria, una fuga avergonzada, el remordimiento de dejar tanto dolor y tantas lágrimas. El crepúsculo era espléndido y simbólico; rojo, como la sangre; azul, como la esperanza.
EL MADRID DEL GÉNERO CHICO
VERBENAS Y TRADICIONES
Noche de agosto; brava noche, de calor seco, asfixiante. Son las once. Y decir las once en verano, es decir aquí la hora del principio del bullicio, de la preparación de la fiesta. El Madrid verbenero se divierte de once a cinco.
Por la calle Mayor pasan henchidos los tranvías, y se nota un frecuente ir y venir de coches alquilones que entran y salen por los arcos de la gran plaza. La gente que marcha a pie, va como en romería. Pasan mujeres garbosas, y, por distintas partes, pasan mantones historiados y floridos: uno blanco y otro azul y otro rojo; pasan, llevadas cuidadosamente, guitarras enlistonadas, y algunas van ensayando, sotto voce, rasgueos y pespunteados. La calle y la plaza, mal alumbradas por la luz verdosa de los faroles públicos, presentan, con su procesión popular, un aspecto un poco rembranesco, un cuadro nocturno en el que juegan, en violentas antítesis, la sombra y la claridad.
Curioso y vagabundo, me dejo arrastrar por la multitud. De repente, me encuentro en la calle de Toledo. Ya estoy en el límite de la zona del regocijo. Desde la Plaza de la Cebada se extiende la batahola; luces, tinglados callejeros, papeles de colores, guirnaldas de claveles, ritmos de castañuelas, afinadas vibraciones de cuerdas, ecos de voces que cantan, hervor humano. Voy acercándome: puestos de almendras, tendidos de peladillas, pirámides de melones, mesas con platos de aceitunas y vasos de manzanilla; juguetes, alfarería, gritos de vendedores ambulantes; calles estrechas, por cuyas calzadas va la gente abriéndose paso con los codos; algazara, cuchicheo, rumores de colmena; sombreros de torero, gorras de golfo; peinados de chula, muchos ojos negros; muchos labios frescos; una rosa aquí y otra allá; una agudeza canallesca, un modismo de barrio; música por todos lados; ruido que ensordece; calor que sofoca.
En una calle semiobscura, la amarilla y radiante mancha de una iglesia romántica y nueva, dentro de la cual se aprieta la gente por ver a la Virgen en el altar mayor, hecho una brasa rutilante. Distintos cobertizos se alzan en medio de la calle. Este cobertizo es salón de baile; dentro danzan las parejas en típicas posturas, suena incansable el organillo de manubrio, se pasea el bastonero enarbolando su largo palo, que es un tirso de listones; fuera, detenida por la frágil barandilla, la muchedumbre atenta mira el cuadro. Aquel cobertizo es improvisado restaurante, y en él familias enteras de la clase submedia—obreros, menestrales, cigarrerillas y gente de juerga, mozuelas y galancetes—, sentados en torno de las mesas, comen con incitador apetito. Grupos regionales, repartidos por los distintos lugares, cantan y bailan: unos a la andaluza, otros a la aragonesa, acá las sevillanas y acullá las jotas, en incesante y sugestiva monotonía. Los muros, viejos; los pavimentos, mal empedrados; los portales, obscuros; tabernas y cafés, brillantes y concurridísimos; un contento natural, ingenuo, que se respira en el aire (¡y eso que apenas se respira!); simple alegría de vivir de un pueblo que no ha perdido la salud espiritual. Esta es, pintada a brochazos, la célebre verbena de la Paloma.
Me acordé de la que yo conservaba en la memoria, entre los trastos de la guardarropía y los viejos retratos de las tiples; me acordé del sainete de Ricardo de la Vega, musicado por Bretón. Y comparando la realidad con el artificio, hallé que éste tenía una vida tan intensa como aquélla, y que, sin literatura, sin subterfugio, sin arte casi, el poeta había trasladado un pedazo de verdad al escenario, arrancándolo de este ambiente alborotador del barrio madrileño. No parece una copia, sino el original mismo, que, sin perder detalles, queda reducido al espacio pequeño del tablado. Tan exacta es la identidad que, por momentos, me sentía formando parte de un coro zarzuelesco, y buscaba a mi lado la muchacha a quien cantarle aquello de:
Como es la Virgen
de la Paloma...
Estaba yo en pleno género chico de la vida. Y en cada viejo emperifollado distinguía al boticario calaverón; en cada bien plantada jamona reproducía la Señá Rita; en cada anciana obesa que bailaba sacudiendo las trémulas carnes recordaba a la tía fingida de la morena y de la rubia. Muchas rubias y muchas morenas se paseaban allí, del brazo de sendos Julianes enamorados.
Y es que las costumbres de este pueblo no necesitan aderezo para ir al teatro y renovarse en él por medio de pintorescas escenas, castizas agudezas, animados personajes, intencionados diálogos, música típica y chuscos episodios. Son estas las horas en que el pueblo de la villa vive para reir, para querer, para desbordar el entusiasmo y el alborozo, en la calle, en la plaza, al son del organillo y entre las agitaciones del tumulto.
Los majos de don Ramón de la Cruz, los horteras de las Escenas matritenses, el Castellano viejo, de Fígaro, la Fortunata, el Celipón, las Miaus, de Pérez Galdós, y el cesante famélico, el valiente de barrio, el galán de vecindad, La revoltosa, la Regina, las Mujeres, en fin, y los hombres todos de Burgos, de Sinesio Delgado, de Arniches, de los dioses mayores y menores, del chiste escénico español, y de los antiguos costumbristas, y de los novelistas de genio, andan aquí barajados y revueltos, y se nos presentan para desaparecer, como por obra de fantasmagoría, entre el gentío de la verbena de la Paloma.
Es vigoroso el carácter plástico y psíquico que conserva este pueblo. Una chula madrileña no cambiaría su mantón por el velo de Tannit. Un guapo mozo no se desanudaría del cuello el pañuelo de seda, para que, en su lugar, le colgaran un toisón de oro. Las modas han alterado el traje; pero no lo han acercado a cualquiera otra vestimenta extranjera; el pueblo, con un raro instinto de individualización, ha adoptado sus modelos y figurines, y ha peculiarizado sus imágenes.
Al modernizar su apariencia, obligado con imperio por la necesidad, siempre se retrasa, y, principalmente en el atavío femenino, deja algo de arcaico, algún toque arqueológico: la peineta, la mantilla, la estirada media blanca, el zapato bajo.
Las provincias, menos expuestas al contagio social, conservan mejor sus vestidos característicos: Andalucía, Aragón, Galicia.
Pero este pueblo de Madrid, el de la chulapería andante, si ha retocado el indumento, ha persistido en la conservación de su alegría desenfadada, de su quemeimportismo, de su gracia a flor de labio, de sus fiestas seculares y de sus ruidosas verbenas.
Pueblos firmes por dentro y por fuera, pueblos que persisten en peculiarizarse y no olvidan ni desdeñan sus antiguallas, por seguir formas de placer inadaptables al espíritu de la raza, tienen una larga vida nacional. El misoneísmo colectivo, que, en ocasiones, perjudica y retrasa, en ocasiones también sirve y robustece, porque cultiva en la existencia popular el amor a la tradición y unifica en un sentido común el espíritu de las generaciones.
Bueno es acabar con la inveterada rutina; pero malo destruir las viejas tradicionales costumbres. Es un error derribar a golpe de piqueta un edificio, un monumento, representativos para el arte y para la historia, y construir, en su lugar, o un monumento o un edificio nuevos.
Y, sin ser monumentales, son tradicionales y representativas estas verbenas de Madrid, tan pintorescas, tan interesantes y típicas, desde la de San Antón, hasta la de la Virgen de la Paloma.
MENDIGOS Y GUITARRAS.
A LAS seis de la tarde, el sol madrileño ha empezado a perder su brío. Después de quemar, durante siete horas, la ciudad, y de fundirla en sus cálidos oros, se complace en acariciarla con suaves y matizados fulgores y le pide al viento su ayuda, el cual de buen grado la da, soplando tenuemente, y repartiendo así consoladora frescura.
Madrid, entonces, entra en una repentina animación que no abandona ya sino hasta la vuelta del nuevo día. Repentinamente se pueblan: de niños, el Prado; de coches, la Castellana; de transeuntes, la Puerta del Sol y la Carrera de San Jerónimo; de parroquianos, los cafés; las calles centrales, de mujeres hermosas, y los árboles de los viejos jardines, de pájaros y gorjeos. Los tritones y delfines de las fuentes monumentales sueltan sus delgados y corvos chorros de plata irisada; el carro de cantera blanca de la Cibeles se sonroja con las luces del Poniente, y, en la misma línea, al otro extremo, los dientes del Arma de Neptuno clavan y retienen una última llamarada vespertina.
Las ventanas y balcones de los edificios, las lanzas de las rejas, las columnatas y bordaduras de piedra de los palacios, los bronces de las estatuas, las farolas del alumbrado, todo relampaguea y resplandece. El Goya de la fachada del Museo de Pinturas parece sentado en un sillón de oro fulgido. A la vuelta, Velázquez, sobre su bajo pedestal, mira cómo relumbra en su mano la paleta obscura; San Isidro y Alfonso el Sabio, en la escalinata de la Biblioteca, perfilan, en la diafanidad del aire, el blanco mate de su granito; los negros leones del Congreso muestran la melena untada de amarillo solar. Aquí y allá, en las esquinas de los parques, los quioscos de refrescos son ascuas. En las frondas compactas del Retiro hay escardillos de esmeralda.
En esta hora, Madrid está hecho con cristales de color; cristal de roca, las fachadas; azogado cristal las fuentes y los estanques; cristal verde, los árboles; cristal de Baccarat, los mármoles...
Hasta las piedras ennegrecidas de las casas seculares que, como ancianas coquetas, no logran ocultar la edad; las calles de antaño, angostas, tristonas, con sus altos muros, sus vanos exiguos, sus balconcillos, por donde asoma, de cuando en cuando, el penacho florido de un tiesto; hasta el Madrid secular y semidestartalado, sonríe, y su sonrisa ingenua y amable nos parece la de una boca desdentada. Los inclinados techos de teja mezclan ocre a sus rojos polvorientos.
Y éstos, precisamente, son los momentos en que comienzan a salir y a recorrer la ciudad los mendigos, las gitanas, adivinadoras de la suerte, los ciegos de bordón y lazarillo, los músicos ambulantes, las cantadoras de coplas, los violines de prima gemebunda, las guitarras de rasgueo monótono, los acordeones de vocecilla aguda, el hampa española, pintoresca y pedigüeña, que va por esos mundos despertando la curiosidad, moviendo la compasión y recogiendo la calderilla en el consabido plato de estaño.
Para el viajero, para el que por primera vez pisa estas históricas tierras, el desfile de la Corte de los Milagros tiene un vivísimo interés y constituye un singular entretenimiento. Nada más pintoresco, ni más típico, ni más evocador.
En la banca de un paseo, en la silla de un café, en cualquier recodo, en cualquier ángulo, donde se quiera, no importa dónde, puede improvisarse un sitio de recreo y observación, que si la mano no es avara y el alma es piadosa, cuesta poco: algunas perras chicas repartidas entre la miseria ambulante.
La manera más común de pedir de estos pordioseros, es cantando algún airecillo en boga, tañendo algún instrumento de cuerda o soplando en alguna flauta de barro. Los hay que van solos, y los hay también que forman sociedad, y juntan y armonizan voces, instrumentos y ganancias.
Va usted caminando y distraído por esas calles de Dios; oye usted el silbido licuado de un pito que caricaturiza un tema vulgar de zarzuelilla o de opereta; se acerca usted, y en el entrepaño que separa dos puertas, ve, recargado, a un viejo. Es una hermosa figura: largo el cabello, muy larga la canosa barba, noble y afilada la nariz, ancha la frente, alto y enflaquecido el cuerpo, que viste pobre, mal cepillado traje de americana; las manos están afanosamente ocupadas bajo la boca, en tapar y destapar los agujeros del flautín de arcilla, de donde sale torpemente modulado, un tema popular. Los ojos están cerrados. Y usted oye, ve, imagina, recuerda, hace una novela eléctrica, siente un impulso tierno y saca del propio bolsillo la moneda, esperada ya por la vieja mano, que repentinamente cambió de ocupación. Usted se aleja pensando en Homero, en Edipo, en el rey Lear. Bien dijo el célebre ironista que la hermosura es una carta de recomendación que da la Naturaleza.
Pero cátate que, mientras usted toma tranquilamente su asiento en la acera del café, llegan y se enfilan frente a usted cuatro singulares personajes: dos mujeres de edad indefinible y dos hombres de catadura sospechosa: sucios, andrajosos, descascarados. Ellas llevan cubierta la cabeza con sendos pañuelos de hierbas; ellos la llevan cubierta, asimismo, con sombreros o gorras de formas inverosímiles; ellas cantan, ellos acompañan el canto, uno con un violín y otro con un guitarrón. Las caras hacen gesticulaciones que parecen arrugamientos de trapo viejo. Este es ciego, tuerto aquel, y al de más allá le manan, y no ámbar, los ojos pitarrosos. Vienen coplas de amor, desengaño y tristeza; coplas españolas, de melancolía árabe, en las cuales llora, sintetizada, una pasión, ausencia, ingratitud, traición, olvido. Viene la canción alusiva, picaresca, oportuna, en la que cada palabra adquiere un sentido penetrante, y es como un grano de sal, como una caja de gracia maliciosa. Y vienen el vals vienes y la jota aragonesa, desafinados, con la letra cambiada, con la frase torcida, con el acompañamiento de moscón de la guitarra y los crispantes chirridos del violín; mas coplas, canciones, vals y jota traen desenfado y se llevan céntimos.
Porque el platillo recorre las mesas, el salón, los rincones, las aceras, y de mano en mano de mozo en mozo, de transeunte en transeunte, pronto se le ve, si no henchido, visitado a lo menos, por los obscuros discos de las monedas de cobre.
No se ha marchado aún esta compañía lírica, cuando llegando esta otra, de mayor o menor personal, de mejor o peor afinación, de diverso instrumental, de distinto repertorio, de orfeón sólo o de exclusivo género sinfónico; tres muchachas: una que canta en pie; otra, que, sentada, abre y cierra el acordeón, y la más chiquilla, que recoge las limosnas; un baturro de negro y corto pantalón, encintada pantorrilla, hilacha de manta al hombro y varejón en mano; dos hembras greñudas y tomadas de orín como las armas de Don Quijote; una pálida niña, de ojos abiertos por el hambre y por la desvergüenza; una anciana, hecha una etcétera dentro de su manto raído; un mundo, en fin, el mundo de los desheredados, de los inútiles, de los mutilados; el mundo de la pereza y el vicio, de la incuria y del dolor; el fondo de la miseria, el sedimento de todo conglomerado social, que sube a la superficie en estas horas de alegría, y que burbujea y hace espuma, como si señalara venenosas fermentaciones. Hasta bien entrada la noche sigue pasando la procesión histórica, que plañe, grita, canta, implora, amolda una oración en un aire de tango, y habla de sus enfermedades y desdichas en tiempo de mazurka. Todo pintoresco, animado; todo sinceramente optimista; a tal punto, que en estos rápidos cuadros de género que han pintado tantos pintores españoles, la misericordia nos parece frívola, la que ya nos suena a cante-jondo, el dolor se nos figura falseado, y se nos antoja fingida la ceguera. Es que aquí la tristeza lleva cascabeles, y los mendigos cargan guitarra. Es que aquí la mendicidad tiene sus puntos y ribetes de juerga. Es que la despreocupación y la alegría de vivir están en la atmósfera.
* * *
¿Procesión histórica acabo de decir? Si, estas costumbres, esta mendicidad retozona, esta musiquería ambulante, esta hampa colorida, son antiguas, son seculares, están historiadas en los códices polvosos de los cantares de gesta, descritas en los libros de Don Juan Manuel, rimadas por Don Juan Ruiz, el fraile nocherniego del siglo XIV, contadas en la vida del Lazarillo de Tormes, y desgranadas en mil y tres fábulas, en las novelas de truhanes y pícaros. Estos mendigos de guitarra y violín, estas cantadoras de copla coreada y jaleada, estos flautistas de barba ermitañesca, son los mismos de hace ocho y siete y seis siglos, son una prolongación, un desprendimiento, un escurrimiento de las edades pretéritas, y constituyen una variante, una transformación de aquella andante juglería medioeval, que llevaba por todas partes, a los pueblos batalladores, una visión del ideal épico y una gota trovadoresca de ensueño y galantería.
No piden a secas, cantan, tocan, llaman a las puertas del alma popular con los mástiles de sus mugrientas guitarras; piden una moneda de cobre a cambio de canciones y rasgueos. Esparcen a los cuatro vientos polvo de regocijo y de ilusión, a trueque de un poco de calderilla desgastada. Y como en los tiempos del Mío Cid, se conforman con un vaso de vino, y ahora con un terrón de azúcar, cuando no reciben dinero.
Billeteros y pilluelos voceadores acompañan la sinfonía.
LA ULTIMA VISITA
Don José Echegaray
Madrid, septiembre 15 de 1916.
Los periódicos de ayer trajeron la noticia de la enfermedad de don José Echegaray. Unos, la daban alarmados; consolados, otros. Estos, decían: «Ya, por fortuna, ha pasado el peligro.» Aquéllos, temían que el caso fuese fatal, «dada la edad del ilustre paciente».
Por la noche, las conversaciones de los cafés tuvieron su tema de actualidad: la muerte de don José Echegaray. Lo que la Prensa temía por la mañana, sucedió al atardecer. A las siete y minutos, y tras una breve y plácida agonía, dejó de existir el célebre hombre de letras.
Hoy, todos los diarios de Madrid vienen cargados de homenajes a Echegaray: su retrato, sus rasgos biográficos, la lista de sus obras, el recuerdo de sus méritos, las anécdotas de su vida, las viejas fórmulas, en suma, de los honores póstumos.
Ni la noticia de ayer ni la de hoy me sorprendieron. La de ayer no, porque desde hace seis u ocho días, un amigo mío me había dicho en tono de secreta confianza:
—Don José Echegaray está malo; tiene fiebre todas las noches; los médicos temen una infección, muy peligrosa a los ochenta y cuatro años de don José; la familia no quiere que se sepa esto, para evitar la avalancha de las visitas y la marea de la curiosidad pública.
La noticia de hoy tampoco me ha sorprendido, porque casualmente oí hablar a un médico que, con otra persona, pasaba por la calle del Príncipe:
—Don José está agonizando en estos momentos.
Desde que escuché la frase púseme a hilvanar recuerdos, a remendar la tela podrida de la memoria. Sin sorpresa, pero con tristeza, he pensado en esta natural y suave desaparición de un espíritu tan vigoroso y entero, que animaba, con energía de juventud robusta, una materia ya gastada, un organismo endeble y decrépito. La llama de la vida interior hacía crujir el resquebrajado vaso de la lámpara.
Uno de los deseos que traje a España fué el de hacer una visita a Echegaray. Este hombre y este nombre, evocan en mí quién sabe cuántas visiones de lo pasado; reviven, imaginativamente, mis andanzas de cronista y crítico teatral, mis entusiasmos artísticos, mis frenéticas admiraciones de muchacho.
Diez y seis años hace que mi maestro don Justo Sierra, de vuelta en México de su viaje a Europa, me dijo:
—Don José Echegaray ha leído los artículos de usted. Cree que en Méjico lo comprenden muy bien, y gusta de que sus obras sean estrenadas aquí.
En efecto; poco tiempo después, María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza estrenaban, en una temporada brillante, Malas herencias y, en otra época, La escalinata de un trono. Después de la del Loco Dios, estas ofrendas llenaron de agradecimiento al público de mi país. Eran los tiempos en que se había hecho de moda desdeñar a Echegaray en España y aplaudirlo y glorificarlo en América.
Así, pues, nada de extraño tiene que buscase yo el modo de realizar mi deseo de visitar al anciano dramaturgo.
La suerte me deparó la ocasión. Francisco A. de Icaza, que tiene gran prestigio en los círculos literarios y sociales, me habló un día de su amistad con don José. Aproveché entonces la oportunidad para indicarle mi propósito.
—Quisiera yo hacerle una visita—le dije.
—Está muy aislado me contestó Icaza—. No se deja ver de nadie. Todas las tardes suele pasear un rato, en coche, por la Castellana. Le acompañan personas de su familia, y no vuelve a salir, sino por las mañanas, a sus habituales ocupaciones. Sin embargo, voy a ver si puedo conseguir que te conceda una entrevista.
Y el sábado de una de estas últimas semanas, el insigne y bondadoso amigo mío vino a prepararme:
—Mañana, domingo, iremos a visitar a don José. Nos espera a las cinco. Vendré por ti.
—Estaré listo. Te agradezco la eficacia. Y sonreí ante la promesa de una pequeña ilusión que iba a ser realizada.
* * *
Por el Madrid nuevo, a un lado de la Castellana, se prolonga, ancha, extensa, con su línea de arbolillos a la orilla de las aceras, la calle de Martínez Campos, una de las más hermosas de este flamante barrio recién urbanizado. Tapias limpias, fachadas de piedras labradas y cristales fulgentes.
Por allí caminábamos el poeta Icaza y yo, al descender del tranvía, en una luminosa y tibia tarde de agosto. Mi amigo reconoció, en una esquina, el hotel de los Mendoza-Guerrero.
—El de Echegaray está inmediato a éste—me dijo—, junto al de los artistas. Vamos por aquí, por la calle de Zurbano.
Y a pocos pasos nos detuvimos para sonar el timbre de una alta y cerrada puerta. A la criada que la entreabrió, le preguntamos:
—¿El señor Echegaray?
—No está en casa—nos respondió, mirando con esa fijeza agresiva con que se ve a los importunos.
Pero nosotros no hicimos caso, y como si no hubiésemos oído, sacamos de nuestras carteras sendas tarjetas y se las entregamos a la sirviente, agregando:
—Diga usted al señor que somos las personas a quienes dió cita para esta hora.
Ante esta actitud, la fámula, un poco turbada, tomó las tarjetas y subió por la escalinata del hotel. Bajo el vestíbulo quedamos esperando. Veíamos asomarse, a un lado, las plantas floridas de un jardín.
La moza volvió:
—Que pasen ustedes.
Y entramos en la casa del maestro. En la planta baja, en una vasta habitación, amurallada de libros, distinguimos los consabidos muebles de estrado; el grave sofá, como un ministro, en medio de los dos sillones acólitos. En el centro de la pieza, una elegante librería giratoria, sobre la cual, entre volúmenes y papeles, se alzaba encristalada una fotografía, de tamaño imperial, de María Guerrero. Una gran ventana, cuyos vidrios atravesaba la luz de la tarde, una luz discreta, teñida de verde, porque antes de llegar a la vidriera había tenido que filtrarse por el follaje de una trepadora. Allí esperamos unos minutos, al cabo de los cuales oímos el ruido suave de unos pasos, y, a poco, vimos aparecer la figurilla pequeña, encorvada y magra, de un viejecito. Mi propósito se había cumplido. Me encontraba yo frente al más portentoso creador y forjador de fábulas delirantes de la escena española.
Don José se sentó en uno de los sillones, de espaldas a la ventana, junto a mí, que en un extremo del sofá no cesaba de contemplarle.
Yo le conocía mucho por los retratos que tantas veces publicaron revistas y periódicos. Pero no; la cámara no alcanza a reproducir la expresión reveladora del espíritu, el ambiente psíquico que da animación y carácter a una fisonomía. A los lados del cráneo cónico, el ralo y apenas perceptible cerquillo de los cabellos blancos; muy amplia y de limpia y majestuosa curva, la frente, cruzada por un leve pentágrama de arrugas; bajo los lentes, apretados en el nacimiento de la nariz fina, los ojos infantiles, indagadores y risueños; de una extremidad de los lentes, cuelga la angosta cinta negra que desciende por la mejilla hasta enredarse alrededor del cuello; y, lo que tal vez da más carácter a la cabeza, el vellón de nieve de los bigotes espesos y la aguda perilla, que rodean una boca de labios delgados y entreabiertos. Inclinada hacia adelante y semienterrada en la estrecha caja de los hombros, aquella cabeza recuerda viejas ilustraciones de leyendas y libros de caballerías: un mago del Oriente, un hechicero medioeval... Bien le sentaría a este rostro, iluminado de misteriosa claridad, la caperuza de Merlín.
Don José está vestido con traje de casa; abriga su flacucho cuerpecito con un saco afelpado y gris. Y en tanto que empieza a hablar, a hurtadillas le miro las manos, muy viejas ya, más que la cara, de piel rugosa y seca y deformados dedos, pero que conservan un enérgico gesto de fuerza. ¡Oh, excelsas manos laboriosas, que estuvieron ochenta años trazando sobre el papel figuras geométricas, signos algebráicos, palabras de ciencia, voces de filosofía, líricos y sonoros vocablos!
La voz, la media voz de la conversación íntima, es insinuante y dulce. Quiere, por educación, agradar con entonaciones afectuosas. El gran hombre tiene miel en los labios y en el entendimiento. Dice cosas amables y buenas. Y lenta y naturalmente, va ampliando su ideas, hasta llevarlas desde las futilezas de la urbanidad hasta los horizontes de la cultura.
Habla—es de rigor—de la guerra. Se duele de que por ella la ciencia haya tenido que suspender sus investigaciones. ¡Es asombroso el adelanto científico contemporáneo! Día por día se notaba...
Y comienza don José a hacernos profundas y divertidas explicaciones de los nuevos descubrimientos. Cuanto le escuchamos con reverente atención, está lleno de sabiduría y de la amenidad: el cálculo para conocer la cantidad de átomos que cabe en un centímetro cúbico de aire; la descripción y la historia de los globos; el análisis y el funcionamiento de las máquinas aéreas; las conclusiones de la Física Matemática.
Cae, en el serio palique, traído por espontáneas asociaciones, el recuerdo de los estudios científicos de Alemania. El sabio español los encomia con entusiasmo. Tiene una gran curiosidad, una alta y noble curiosidad por conocer los medios de que se valió el submarino Deutschland para ir, bajo las aguas, de Bremen a Nueva York.
—¡Oh—exclama—, es una admirable hazaña científica!
En este período de la charla, Echegaray ha llegado, no sólo a la confianza, sino al contento. El hombre de ciencia encuéntrase a gusto pensando, ante nosotros, en voz alta.
Francisco A. de Icaza, a quien mucho estima don José, departe respetuosamente con el maestro. Yo guardo silencio y observo.
Y agotado el tema científico, en una pausa oportuna, dirijo esta pregunta al polígrafo:
—¿Y las Memorias, señor? ¿No ha terminado usted sus Memorias?
—No—me contesta—; las dejé pendientes, porque la revista donde la escribía, La España Moderna, cesó de publicarse, y no volví a ocuparme más en el asunto.
—¡Qué lástima! ¡Tan interesantes, tan pintorescas, tan evocadoras! ¡Tan deseosos que estábamos todos por que llegase usted a contarnos las Memorias de su teatro!
—Cabalmente iba yo a empezar esa parte. Llegué a los tiempos de Don Amadeo. Ahí se quedarán las tales Memorias.
Y por ese camino de las remembranzas y de las añoranzas, nos llevó el hilo caprichoso de la conversación a las impresiones de la niñez, a los más remotos recuerdos. Don José, entonces, en tono de confidencia familiar, accionando parsimoniosamente con la mano huesosa, y dejando vagar la mirada por el espacio, comenzó una narración tierna y sencilla, sin literatura, de una sugestiva sinceridad. Cuatro o cinco episodios de infancia, dos de los cuales fueron contados con velada y exquisita emotividad. Don José, muy niño, de tres o cuatro años, recuerda haber estado en pie cerca de su madre, pegado a ella y enfrente de un campo o de una casa, en alto, donde estaban pasando cosas que le daban miedo y le conmovían... ¿Qué era aquéllo? Mucho tiempo después, reflexionando sobre eso e interrogando a su madre, vino a caer en la cuenta: era el tablado de un teatro. Esa fué su primera impresión artística. Recuerda asímismo, en otra ocasión, un camino, un coche lleno de gente, en el que iban él y su madre.
Una detención brusca, gritos de angustia, caras de susto; su madre sacando dinero de la bolsa de mano y rezando con extrema aflicción. ¿Qué edad tendría entonces el chiquitín? Dos o tres años. Y aquel suceso, ¿qué era? Un asalto de bandidos.
Don José sonríe, y tiene su sonrisa pargoletta una ingenuidad candorosa.
—¡Es raro! ¡Es raro!—repite—. ¡Cómo pueden conservarse tan frescas y tan lejanas estas impresiones de una edad en que no despertamos aún a la vida!
Mi curiosidad espera la ocasión para orientar la plática hacia los asuntos literarios, y apenas llega, la aprovecho:
—Señor, ¿no tiene usted nada inédito de teatro?
—Nada. Como autor dramático, he terminado. Buen espacio hace que no escribo literatura. Artículos de vulgarización científica, sí. Usted debe de saberlo. Llevo cincuenta años de colaborador quincenal de El Diario de la Marina, de la Habana, y en esa publicación desarrollo, por lo general, temas de ciencia.
—Sí, señor, lo sé. Y sé que tiene usted en ese bello país muchos lectores y muchos admiradores. Y sé, además, que el teatro de usted no muere en América: vive tan apasionante como siempre...
Don José vuelve a sonreír; pero ahora ya es una sonrisa de inconfesada y profunda amargura. Algo doloroso, algo triste, pasa y nubla por un instante la lucidez del pensamiento. Mas pronto vuelven la apacible tranquilidad y la mansa expresión a aquel semblante de agorero. En el fondo, este carácter parece poseer, como fuerza suprema, una fría virilidad, que se sobrepone a los acontecimientos y domina los ímpetus de la fantasía y del temperamento. Don José, absolutamente sereno, se dirige a Icaza y lo interroga:
—¿Y la Academia? ¿Por qué no ha ido usted a la Academia?
Icaza explica su ausencia accidental del docto Cuerpo, legislador del idioma, y yo, mientras tanto, recorro, con rapidez relampagueante los campos del recuerdo.
* * *
Estoy frente a un ingenio de España. La España actual tiene dos viejos que la honran y la glorifican: Echegaray y Galdós. Ninguno de la presente generación más alto que ellos. Han rendido su fruto, es verdad; pero hay todavía mucho que aprender y que admirar en esa labor extensa. Este don José, dramaturgo, es un eslabón de oro que unió la moral calderoniana al desenfreno desmelenado del romanticismo. Y así prolongó, exaltándola y agitándola, el alma española. Fué un creador de soberanos delirios; un forjador de seres hiperestesiados. Sus concepciones, vastas y desproporcionadas, tienen una existencia monstruosa por sublime. Sus personajes son, frecuentemente, no hombres de carne y hueso, sino entes metafísicos, figuras alegóricas, ánimas emblemáticas, símbolos de virtudes y de vicios. El bien en los dramas de Echegaray, asciende hasta lo seráfico; el mal desciende hasta lo demoníaco; cuanto él imagina, toma aspecto grandioso. Pocas veces es humano; muchas, superhumano. Puede falsear la vida hasta lo absurdo, pero la falsea para amplificarla, para purificarla de menguadas bajezas, para hacerla más comprensiva y noble. En su teatro usa y abusa de lo patético, de lo torturante, de lo inverosímilmente doloroso, de lo horriblemente trágico; pero todo ello para dejar en nuestro espíritu la marca imborrable de un ideal, del ideal, del sólo ideal de perfección humana, conquistado y realizado por el sacrificio y el martirio. La fatalidad griega no triunfa en las febriles fantasías de Echegaray; es, al contrario, vencida, a pesar del sufrimiento y de la muerte.
Cuando el poeta abre las alas, ensaya vuelos aquilinos. Gusta de clavarse y hundirse en las nubes más remotas, más negras, más cargadas de rayos. Es formidable y arrebatado. Juega con el frenesí como un niño con un muñeco. Sabe apretar los corazones sin dañarlos, antes complaciéndoles en el sufrimiento. Mezcla el amor y el dolor; el mal y el bien; la vida y la muerte; las lágrimas y la sangre; la luz y la sombra, y, por contrastes, y antítesis, y violencias, logra expresar la belleza, haciéndonosla sentir inolvidablemente. Es, además, un lírico supremo. No pule la frase; no es un joyero: la esculpe; es un estatuario. Por todas partes siembra pensamientos; por aquí brilla una profunda sentencia; por allí cruza el ave matizada de una metáfora; clarea, en aquel parlamento, un símil raro; luce, de pronto, en esta cláusula, un apotegma filosófico. Siembra pensamiento; pero para que florezca, lo riega con linfas sentimentales. Es difícil hallar quien mejor sepa poner a flor de labio la ternura, la pasión enamorada, la súplica que ruega y acaricia, la palabra que confiesa el amor y suena a beso. Las mujeres de don José Echegaray, cuando son buenas, son angélicas; cuando son malas, su perversidad inspira más lástima que misericordia. Todo en ellas es conflicto amoroso. Algunas heroínas abren, de tiempo en tiempo, las alas, para que se vea que son querubes: Mariana, Teodora, Fuensanta, Adelina...
Y este atormentador, en el momento que lo desea, es un seductor, y, en el instante que le place, un burlador. Hace caricaturas, un poco grotescas, pero muy sugestivas, de la imbecilidad social: el clubman frívolo, el galán de salón, el vejete egoísta, el falso sabio.
Las facultades prodigiosas de este soñador se adaptan, con más amplitud, al teatro de época, el drama heroico y de reconstrucción. Es en él donde hizo maravillas. En el seno de la muerte, Haroldo, Un milagro en Egipto, La esposa del vengador, La muerte en los labios.
En la comedia actual y de costumbres, rompe, con la pujanza de su esfuerzo, la realidad; pero, con la influencia irresistible de su poder genial, nos obliga a seguirlo a través de sus inverosimilitudes, incoherencias y descoyuntamientos ilógicos. Perdemos, bruscamente sugeridos, el sentido de la existencia positiva, y nos dejamos arrebatar, como por la tormentosa corriente de un río, por las peripecias de la acción excepcional, de la situación centelleante, que, siendo rayanas en lo imposible, no dejan, sin embargo, de ser humanas.
El teatro de Echegaray es marcadamente romántico y genuino. Manifestación de una raza bravía, generosa, exaltada en el idealismo, enérgica en la acción, desbordante en el sentimiento, reproduce todos estos caracteres en un mundo imaginario, impulsivo y tremendo. Arte magno y conmovedor, que mueve multitudes y les arranca admiraciones. Arte desmesurado y radiante, en que, como en el de Miguel Angel, la Humanidad está representada y exteriorizada «en un sueño de energía salvaje y de grandeza».
* * *
Contuve mis rápidas meditaciones como un auriga sus corceles. Iba demasiado de prisa. Volví a la humilde verdad. Allí, junto a mí, flaco y encorvado, un viejecito sonreía y charlaba. Era un genio. Dentro de él bullía aún, lleno de soles, un universo.
De pronto me acordé de una duda antigua, y, apenas pude hacerla, me dirigí a don José:
—Dígame usted, señor, aquel drama que estrenó en México María Guerrero y que se intitulaba El preferido y los cenicientos, ¿es de usted? ¿Será de algún imitador de usted? Perdóneme la indiscreción. ¡Tengo tanta curiosidad de enterarme de eso! Yo escribí una crítica afirmando que usted era el autor, y no el argentino de que me hablaba con insistencia Fernando Díaz de Mendoza...
—Sí, recuerdo—me contestó cariñosamente el anciano—. En efecto, es mía la obra: lo último que hice para el teatro; de ahí en adelante, nada; me despedí para siempre... Desde entonces sigo con interés y placer mis estudios sobre Física Matemática. Jamás falto a mi cátedra. He escrito ya diez volúmenes acerca de esta materia, y aún tengo proyectos para otros tantos.
Y con cierta ligereza, la que le permitían sus piernas, se levantó del sillón, fué a una de las piezas contiguas y volvió con un libro, que puso ante nuestros ojos. Soportábalo con una mano, y con la otra lo hojeaba. Nosotros veíamos pasar fórmulas de álgebra, figuras geométricas. Don José sabía muy bien que de nada le hubiese servido explicarnos su obra; comprendía que éramos profanos, y se contentó con la inocente satisfacción de enseñárnoslo. Después colocó el libro sobre el estante giratorio y se sentó. Había satisfecho nuestros deseos, había contestado a nuestras interrogaciones. Ahora le tocaba a él preguntar:
—¿Y América? ¿Y la situación de México? ¿Y Cuba?
Escuchaba con gran atención nuestras respuestas; seguía curiosamente nuestras explicaciones; insistía, aclaraba, opinaba; mostraba una extraordinaria penetración en sus juicios, una sólida ilustración. Estaba informado de la sociología y de la política de los pueblos hispanoamericanos. Al verle tan atento y tan enterado, pensé que este hombre de tan varios conocimientos, podía repetir la célebre sentencia: «Lo que interesa a la Humanidad, me interesa a mí.»
Habían pasado dos horas y no las habíamos sentido. Como quien despierta, tornamos a la noción del tiempo. La habitación comenzaba a ennegrecerse, y era cada vez más débil y mortecina la claridad de la ventana.
Nos dirigimos una mirada de inteligencia Icaza y yo; nos pusimos en pie. Con respetuosa efusión, como el creyente que toca una reliquia, tomé la mano que me tendía el portentoso viejecito, y recuerdo que le dije:
—No olvidaré que la buena suerte me otorgó el don, pocas veces conseguido, de estrechar la mano de un inmortal.
—No—aclaró don José—; de un mortal... muy próximo a la muerte.
Y salió a acompañarnos hasta el primer peldaño de la escalera. Todavía, al llegar al zaguán, volvimos la cabeza para saludarle. Y al verle por última vez, me pareció que aquel cuerpo encorvado y magro era de una engañosa debilidad y, como dijo el poeta, «tenía la fragilidad de las cosas aladas».
* * *
Septiembre 16.
A las tres de la tarde salgo a la calle. Madrid está de luto. Los balcones tienen cortinas negras. Las gentes van con rumbo a la Castellana. La curiosidad de la multitud—se siente—está complicada de pena y asombro. Las vías por donde ha de pasar el cortejo están henchidas de silencioso gentío. Apenas puedo llegar al paseo de Recoletos, y me detengo. Es imposible dar un paso más. La comitiva fúnebre viene: ministros, diputados, prelados, clérigos, académicos, uniformes, estandartes, insignias, soldados.
El desfile es interminable. Es toda la España legendariamente fastuosa y coruscante. Suena una marcha funeral. Se oye a lo lejos, de cuando en cuando, un cañonazo. Desde mi sitio alcanzo a ver, en varios edificios, la bandera amarilla y roja, a media asta, aliquebrada y mustia. Hay sol y llueve un poco.
Y yo, para mis adentros, mientras pasa el fastuoso ceremonial, a don José, al buen don José, al viejecito mago y genial que me recibió en la calle de Zurbano, le estoy diciendo las dulces palabras que le aprendí a uno de los personajes de sus comedias: «Duerme, niño de los cabellos blancos, que ya están haciéndote tu camita de tierra.»
VALLE-INCLÁN
BARCELONA y Madrid son las catedrales de la literatura española. En cada una de ellas reside la diócesis de la crítica. Allí se consagra a los elegidos. Es preciso pasar por ahí para recibir las órdenes menores y mayores de las letras. Pero Barcelona tiene su especialidad regional: el lemosín.
Madrid es la primera, la fundamental, la tradicional. El talento de provincia necesita, para ser conocido y estimado y para ampliar su esfera de acción, venir a Madrid. Porque en Madrid se equilatan y tasan las joyas del ingenio. Bien visto, un poeta provinciano apenas si para los distribuidores de gloria es algo más que un «ruiseñor americano». Necesita llegar y conquistar. Para unos, el camino es fácil, y la fortuna, mujer caprichosa, se muestra avasallada y rendida porque sí. Para otros, en cambio, es harto difícil y tortuoso el sendero, y esquiva y desdeñosa la suerte.
Mas la ventaja estriba en que se puede cambiar de ruta y orientación: el teatro, la lírica, la novela, la crítica, el periodismo. Hay, naturalmente, en todo eso, un aspecto mercantil y otro artístico. Un autor dramático, injustamente silbado, da media vuelta, marcha y encuentra sitio en la redacción de un diario. Claro que las facultades son diversas, y cada uno de esos intelectuales requiere especialización y preparación. No es posible abarcar en un puño un conjunto de condiciones, tan disímiles, a veces, que lo que, por ejemplo, sirve para un género, es para otro absolutamente inservible y hasta perjudicial.
Pero la necesidad ayuda a la acomodación, y se establece un eclecticismo típico que da a la vida literaria de la Villa y Corte variados y sugestivos aspectos. Es curioso contemplar aquí la lucha por la gloria, que se confunde y mezcla con frecuencia a la lucha por el pan, hasta constituir una sola lucha con identidad de valores en los propósitos: el pan es gloria; la gloria es pan.
No es sólo en Madrid esta inquietud batalladora que nos hace cambiar de rumbo y aplicar los esfuerzos a empleos para los cuales no habíamos educado nuestras aptitudes; pero aquí las dificultades de la existencia personal del literato, obligan marcadamente, más tal vez que en otros países, a la desespecialización, a la difusión.
El teatro es la grande y primera fuente de riqueza para el hombre de letras. Quien llega a él y obtiene buen éxito, ya tiene asegurada la vida, a condición de no dormirse sobre los laureles. El libro es menos productivo, naturalmente; mas aun con público restringido, si logra vender, sostiene al autor, y sólo en contadas ocasiones lo enriquece. El dramaturgo, al imprimir sus obras, participa de las ventajas que le dan el teatro y el libro. El periodismo, particularmente si es literario, no es, ni con mucho tan productivo como el teatro y el libro; pero es un «modus vivendi» que, a falta de recursos pecuniarios, ofrece los de la influencia y la popularidad que, en ciertos casos, prestan innegables servicios. Muchos son los que, rodando del teatro o del libro, caen en el periódico, y en él quedan, aunque siempre dispuestos a nuevas y audaces tentativas para triunfar en el tablado y en el volumen.
* * *
Con mi propósito de silencioso acercamiento a los hombres de letras, he tenido oportunidad de ver y oir en Madrid a algunos de los más encopetados y célebres.
El verano suspende la vida social, los teatros se cierran, los palacios quedan abandonados, tristes los cafés, mudas las orquestas y transferidas las veladas del Ateneo. Medio mundo se va; pero el otro medio mundo permanece y sufre los rigores del día, a cambio de la impagable frescura de la mayor parte de las noches.
Este es el tiempo de las fiestas al aire libre, de las Verbenas, de la opereta del «Magic Park», de las funciones del «Retiro», de las nocturnas corridas de toros, del contento callejero, que no quiere cesar hasta que lo sorprenda la luz del día.
Por calles y plazas va, en sonora fiesta, la multitud; los chicos vocean, gritan los billeteros, rasguean sus apolilladas vihuelas los mendigos; los tranvías derraman gentío en la Puerta del Sol; los salones de los cafés están hechos un ascua. Pues, ¿qué hora es? Las tres de la madrugada. En esta ciudad parece que no duerme nadie.
Y es que el medio mundo que en Madrid quedó, no es el más rico, sino el más bullanguero; el que gusta de las cenas y bailes de la Bombilla, de los mantones matizados, de la gracia oportuna, de la horchata de chufas y del suave viento de la noche.
En el mundo que se fué están distinguidos artistas y poetas.
Sin embargo, intentaré hacer el esbozo de uno que en Madrid permaneció hasta muy avanzado ya el Verano. Y así fué...