II

Una de estas noches prometedoras de frescura, iba yo por el principio de la calle de Alcalá, rumbo al «Retiro», cuando de una de las mesas que de los cafés se desbordan en tumultuoso desorden por las amplias aceras, vi levantarse a un hombre vestido de negro. El sombrero, de anchas y flojas alas; la barba no muy espesa, pero flúida y crecida sí, y casi en contacto con la barba, como disputando a ésta territorio, unos quevedos, dentro de cuyos grandes arillos de carey brillaban, con suavidad, los ojos obscuros; todos estos rasgos hiciéronme comprender que se trataba de un artista, probablemente de un pintor o de un escultor. La silueta nerviosa y delgada tenía mucho carácter. Mas lo que mejor le peculiarizaba era que, al andar, la manga izquierda de la americana flotaba vacía: a juzgar por los movimientos de la manga, faltaba el brazo desde un poco más abajo del hombro.

De pronto, no pude sospecharlo; pero un instante después, noté que a mí venía la singular persona, la cual, desde lejos, pronunciaba en voz alta mi nombre; y, entonces, poniendo una rápida y profunda atención, hice un esfuerzo de memoria, extraje de ella una imagen, la comparé con la que estaba frente a mí, y estreché entre las mías la única mano que, con afable gesto, me tendía el barbudo y manco hombre. Y como un recuerdo, a semejanza de los pájaros, mete ruido al volar y despierta a otros muchos, al saludar al recién llegado, recitaba yo para mi coleto, el caricaturesco alejandrino de Rubén Darío:

Este buen don Ramón de las barbas de chivo...

Efectivamente, allí estaba, en cuerpo mutilado y alma noble, Ramón del Valle-Inclán, el «Marqués», autor famoso, caballero de juventud trashumante, hidalgo enamorado de las hazañas, soñador de viejas y tremendas fábulas, poeta raro y pulido, que revive en sus exquisitas canciones la gracia honda y sutil, el encanto fragante de las trovas antiguas.

Más de veinte años hacía que en una calle de México nos habíamos dicho: «hasta luego», como quienes se despiden para tornar a verse a la siguiente mañana. Y el mañana ha sido muy largo, y, no obstante, Ramón del Valle-Inclán ha sabido llenarlo de gloria y de ventura.

—¿Qué hace usted por Madrid?

—Ya lo ve usted; vivir. Acabo de llegar...

—Pues yo también. Vengo de Francia; he estado en París, he visitado las trincheras. ¿Cuándo quiere usted que charlemos?

—Cuando usted quiera; mañana mismo, si es posible.

—Sí, mañana. ¿Dónde vive usted?

—En una vieja posada. Será mejor que me dé la dirección de su casa; iré a buscarle.

—Bueno; calle de Don Francisco de Rodas, número 3; lo espero a las cinco de la tarde.

—No faltaré. Buenas noches, Ramón.

* * *

En un barrio madrileño, muy bien saneado y cómodo, en el segundo piso de una casa nueva, blanca, bien distribuída, vive ahora el insigne narrador del «Romance de Lobos». Una vivienda luciente de limpieza. Llamo; abre la puerta la muchacha criada, vestida con pulcritud, risueña y fresca. Entro en la discreta penumbra de un angosto pasillo; después, levanta la criada un cortinón de rameada y vieja seda verde, y me invita a pasar. Es un saloncillo sobriamente amueblado: una mesa y una larga cómoda, de madera fina y adosados al muro blanco, en dos de los lados del cuadrilátero: frente a la mesa, apoyado también en el muro paralelo, un pequeño y sencillo sofá, acompañado, como de dos acólitos, de dos sillones braciabiertos; dos o tres sillas más por diversos rumbos. Sobre la cubierta de la cómoda, en marco de metal, el retrato de un militar. Curioseo la dedicatoria: es don Jaime. A muy poca altura de la mesa, un cuadro apaisado de medianas dimensiones representa a Ramón del Valle-Inclán, de poco más de medio cuerpo, en postura sedente. La figura se destaca a un lado, en primer término, sobre una cortina descogida que deja ver, al recogerse, un fondo de paisaje soñado, como los de los retratos italianos del Renacimiento. Hay un bien logrado intento de psicología en este retrato. El ambiente de la obra tiene no sé qué de arcaico que parece emanar de la figura misma, barbuda, seria, serenamente grave.

Todo este interior está iluminado por la claridad albidorada de la tarde que entra, sin obstáculo alguno, por la ventana abierta, una ventana cuya amplitud ocupa el ancho de la pared. Sobre el sofá está colocado un hermoso óleo viejo, y a uno y otro lado de éste, otras pinturas y dibujos. Me siento a esperar. Respiro el tranquilo y silencioso ambiente de los «obreros de la palabra». Me acuerdo de que yo viví así no hace mucho tiempo. Pasan unos minutos; oigo el eco sonoro de unos pasos que se acercan; una mano, muy delicada, de largos dedos, levanta el cortinón de la puerta; es él.

Es don Ramón del Valle-Inclán, pero un don Ramón más afectuoso, de una amabilidad tierna, que presta a la voz un acento mórbido, tenoril, ligeramente impregnado de feminidad. Tras el saludo cariñoso, nos sentamos, yo, en mi sillón, y él, en el vecino extremo del sofá. Puedo observar, a toda luz y atentamente, a mi amigo. Su cabeza pequeña, de forma céltica, deja ver apenas, en el pelo corto, uno que otro hilo blanco; el cutis del rostro se conserva juvenil y terso; luciente está el obscuro castaño de la barba. Sobre la nariz, irregular, aperillada, un poco plebeya, cabalgan los anteojos descomunales, y este adminículo, que yo no le conocía, me desconcierta la imagen que conservaba en la memoria; pero, en cambio, vuelvo a sentir la influencia de la mirada y de la sonrisa, que son verdaderamente deliciosas.

Niños son los ojos, y niña la boca, y por ellos se exterioriza y derrama el candor ingénito y diamantino de las almas superiores. En la mirada y la sonrisa de Valle-Inclán se presiente la fuerza; pero se adivina la inocencia. Dicen que es maligno; no se le conoce; lo que se le conoce es lo apasionado, lo vivaz, lo nervioso. Dicen que es irónico; sí lo es, y bien se nota cómo el ingenio gusta de pasarse, con agilidad duendil, por los jardines del epigrama. Pero ser irónico no implica siempre ser malicioso. La ironía suele no ser más que una corola encendida del rosal de la gracia. Y la gracia es esencialmente amor y candor.

Valle-Inclán es, tal vez, un ironista caprichoso, que juega gimnásticamente con la sutileza y el donaire. Se le juzga de otro modo, quizá porque pertenece a la generación de los iconoclastas, de aquellos jóvenes del «noventa y ocho» que se propusieron renovar las letras, y que, para tal empresa, comenzaron por ejercitar sus rebeldías derribando sistemáticamente los ídolos, minando y destruyendo las celebridades de entonces. La tarea tenía más de atrevimiento que de justicia, pero nada de extraño y muy poco de censurable. Los que llegan a la lucha, empiezan por despreciar y desprestigiar a los que, ya cansados, conservan un puesto que hace falta a los nuevos. Caen unos, levántanse otros, que, a su vez, serán derribados más tarde, y luego, apagadas las pasiones, viene la crítica, y, sin miramientos, da a cada quien lo que en rigor le pertenece.

En un brevísimo instante pensé todo esto, mientras dábamos principio a una conversación deshilvanada, insubstancial, nutrida de incoherencias y preguntas vagas.

Aproveché un corto silencio para preguntarle lo que yo estaba deseando desde el principio de la entrevista:

—¿Y qué impresiones tiene usted, Ramón, de su viaje a Francia?

—¡Oh!—me responde inmediatamente, y como adivinando mis intenciones—, estoy seguro del triunfo.

Empieza a hablar, elevando un poco la entonación y haciendo intervenir, para subrayar la palabra, a la única mano, que gesticula sobria pero elocuentemente. Cuéntame, desde luego, su excursión al campo de batalla, a las trincheras. Yo conozco todo esto por descripciones literarias.

No olvido los fuertes artículos nutridos de verdad del Dr. Ferrara. Y, a pesar de eso, la narración de Valle-Inclán, que no me cuenta nada nuevo, pone con mucha viveza la realidad frente a mis ojos. Es que estoy escuchando a un conversador pintoresco, muy rico de dicción, fácil y habilísimo en el manejo de las corrientes mentales para llevarlas por el cauce lógico, sin retenerlas ni estancarlas en los remansos de la digresión. El literato está acostumbrado a seguir sin desviaciones el curso principal de los sucesos. No se detiene en incidentes ni episodios, sino cuando cree que contribuyen a reforzar y a realzar la acción fundamental. Conoce los recursos para encender el interés, y los aplica con precisión y seguridad. Se diría que, aun conversando, proyecta de antemano su discurso como quien traza el plan de una novela. Lo que me seduce en la charla de Valle-Inclán, es la naturalidad. El pensamiento espontáneo, la palabra simple: no hay torceduras ideológicas ni contursiones sintácticas.

Fluye el lenguaje claro y sonoro como agua de fuente montañesa. Mas, en esta misma sencillez, hay indudable elevación mental, sentimental y verbal. A ratos, la conversación toma aspecto áulico. Detrás del poeta comienza a perfilarse el profesor. Yo escucho con una atención escolar: Estoy divertidísimo. La vida de topo del soldado, su esfuerzo, su heroísmo, su alegría; los prodigiosos trabajos de defensa, los improvisados jardines, las tremendas máquinas de guerra, las calzadas polvorientas, los paisajes extraños, las descargas de fusilería, la imprevista visita de las granadas... Es como una película a colores la que estoy mirando.

Ramón iba acompañado de un camarada y varios oficiales, por un camino, cerca de las trincheras, cuando, de pronto, vió que instantáneamente se cubría de polvo amarillento la espalda del compañero, y, a la vez, él se sintió bruscamente empujado por un golpe de aire, y, a pocos pasos, hacia atrás, distinguió un gran agujero repentinamente abierto en la tierra, un furioso remolino de arena, y un formidable estallido; era una granada. Valle-Inclán creyó sentir en la suela de la bota el roce de un casco. Un minuto de estupefacción. Se declara el aire. Los visitantes y los oficiales habían salido ilesos. Y Valle-Inclán, para darme una lección de «cosas», se pone en pie, va a la pieza vecina, y vuelve con un pesado tubo vacío: el casco de la granada. Me quedo como párvulo en «Kindergarden». Aquellas proezas del novelista me hacen el efecto de uno de los cuentos fantásticos del «Cofre de Sándalo». El escritor está junto a mí, con su sonrisa, ingenuo, y su mirada pura, y la expresión serena de su flaca y barbada faz. Entonces recuerdo...

Recuerdo de Valle-Inclán, es un fantaseador extraordinario. Vive dentro de una gesta constante. ¿Abulta o deforma la verdad? ¿Es hiperbólico o decorador de la vida real? Yo pienso que, sencillamente, es un enamorado de lo maravilloso. Su exaltación imaginativa no es otra cosa que una resultante de sus generosas potencias espirituales, de su necesidad de establecer la acción hasta los límites del ensueño. En el fondo del hombre de letras se agitan los atávicos deseos del hombre de armas. Sabido es que este admirable fantaseador tiene empapada la memoria en filtros mágicos de aventuras y hazañas. Y se ve cómo, en efecto, el valor en él está a la altura del ingenio.

* * *

Mas lo que en Valle-Inclán seduce como narrador, interesa menos que lo que tiene de expositor. Reproduce con mucho calor y mucha variedad una acción, pero es indudablemente superior cuando desarrolla una teoría. Aquí su facundia, que se refrena, y su lenguaje que se afina y torna más lúcido y precioso, sírvenle de extraordinario modo para enlazar, en sólidas y bien trabadas concatenaciones lógicas, los aledaños aéreos de todo un sistema filosófico que, cual otra escala de Jacob, se tiende en lo infinito.

Con su verba diáfana y su firme encadenamiento lógico, va el ilustre literato español desenvolviendo sus ideas sobre la guerra europea, con el cuidado con que un mercader de Oriente desenrollase un velo antiguo tejido con filamentos de luna. Me hace entrar en la nebulosa radiante y azul de una metafísica etérea. Háblame de las causas profundas de esta espantosa conflagración. Era una forzosa consecuencia, un camino que debía atravesar, en su peregrinación ascendente, el hombre, vértice, él mismo, de un ángulo inmenso y misterioso, cuyos dos lados son lo pasado y lo porvenir. La teoría de Valle-Inclán posee un atractivo fatalismo teológico.

El escritor predice el triunfo próximo de Francia, de Inglaterra, de Italia. Y sus frases llanas y rítmicas adquieren sonoridades de versículo. Parecen salir de los delgados labios con un doble y profético sentido.

Entonces Valle-Inclán no es sólo el narrador de leyendas, ni el expositor de teorías; es el orador, es más, es el predicador. La delgada figura toma lucimientos ascéticos. El rostro se ilumina con un rayo místico. Y da principio la hora de la belleza.

Porque de las razones sociológicas y políticas, el estupendo conversador pasa, como por el puente aquel que en el cuento de Grim, estaba hecho con un cabello de hada, a las radiantes comarcas de la Estética. En ellas está mejor: las recorre como si fuesen su señorío. Habla de la expresión artística, de la forma del verbo, de las cognaciones étnicas en relación con los idiomas, y su discurso, cada vez más cristalino y tenue, viene como fulgor de estrella, del horizonte de la metafísica. Escucho, de la boca de Valle-Inclán, los mismos conceptos que más tarde había de leer en su último libro: «La Lámpara Maravillosa».

«Las palabras son siempre una creación de las multitudes. Alumbran, en la hora en que se hacen necesarias, como verbos de amor y comunión entre los hombres.»

«Las palabras son humildes como la vida. Pobres ánforas de barro, contienen la experiencia derivada de los afanes cotidianos, nunca lo inefable de las ilusiones eternas. El hombre que consigue romper alguna vez la cárcel de los sentidos, reviste las palabras de un nuevo significado, como de una túnica de luz.»

«El secreto de las conciencias sólo puede revelarse en el milagro musical de las palabras. ¡Así el poeta, cuanto más obscuro, más divino!»

Y Valle-Inclán, estimulado por su verba, que es una cadenilla de plata sonante, va afiligranando los períodos, cerrando con la gótica llave de oro del ritmo de las cláusulas y matizando sus locuciones con las flores vivas y luminosas de la metáfora. Mi entendimiento lo sigue como siguen los ojos, en el azul, el vuelo de los celajes. Y mientras él teoriza inefablemente, yo lo estudio y pretendo darme cuenta del poder de su fascinación. Domina, no únicamente por la energía y flexibilidad del pensamiento, sino también por el sonido de la palabra. La articula y la canta de una manera particular, y armoniza, con arte muy delicado, los conjuntos fonéticos. Es un excelente instrumentador de las voces. Y, a la finura de la idea, une la orquestación mozartiana de los vocablos. ¿Un verbo-motor? Probablemente. Pero sobre todo un soberano artístico de la fonética.

Yo había visto en Valle-Inclán al poeta, y luego, al batallador. El heredismo despertaba imaginativamente en el hombre de letras al hombre de armas. Y para completar los caracteres de la raza, salía ahora del fondo del «yo» integral, el hombre de altar y claustro, el dialéctico de habilidad asombrosa. El poeta, en cuyas prosas y rimas queda un velado rumor del Cancionero de Baena; el «Marqués», que recuerda en sus narraciones caballerescas las descomunales batallas del libro portugués, vertido por Montalvo; el fraile teólogo que, como San Bernardo, predica cruzadas y escribe tratados de la ciencia de Dios, juntos en un hombre como Valle-Inclán, hacen de éste un tipo representativo que, en su complejidad, muestra la imperecedera unidad de una raza.

EL escritor, nervioso ya, en plena sobre-excitación, se ha puesto en pie y, hablando, se pasea a lo largo del saloncillo. El brazo derecho ha recogido, por la espalda, la vacía manga izquierda, y la manquera resulta así más visible. El brazo que falta ha sido cortado casi a cercén, y entonces la figura que se mueve en las primeras penumbras del atardecer, trae a la memoria, por asociaciones repentinas—materiales y psíquicas—, las viejas estatuas mutiladas de los santos de piedra que se yerguen en las hornacinas de las fachadas de los templos seculares.

Ha caído la noche, entretanto. Valle-Inclán me invita a recorrer con él las calles de Madrid hasta la Puerta del Sol. Acepto y bajamos de su blanca y pulida casita. Vamos, callados ya, por el antiguo y adorable Madrid. Yo, en mi interior, reflexiono y comparo: ¡Cómo ha crecido este espíritu! ¡Qué grandes son las alas de esta «Aguila de blasón!» Mas ¡qué bien conservan su candorosa infancia los ojos y la sonrisa! Cuando habla nuevamente me va contando memorias, caras a su corazón, de Cuba, de México...

* * *

Hace pocos días, Valle-Inclán dió una conferencia en la Exposición de cuadros de Anglada. Obtuvo un ruidoso triunfo. Para premiar sus méritos, el Gobierno acaba de nombrarlo profesor de Estética en la Escuela de Bellas Artes, de Madrid. El autor de «Flor de Santidad» está ya donde debe estar: en la gloria, en la cátedra.

ALREDEDOR DE LOS ASESINOS

Don Nilo y Pasos Largos

EL delito pasional tiene en Madrid sus peculiares caracteres de raza: la disputa por la hembra, la riña de la calle, el desafío de taberna, la navaja insaciable. Todos los días los celos realizan sus dramas de arrabal, y los periódicos, con despectiva indiferencia, dan noticia de estos sucesos habituales sin adjetivarlos ni comentarlos. Son insignificantes notas de policía que se amontonan en el sitio fijo de una plana interior, entre las hazañas del ratero y el suicidio del amante desdeñado. Los pocos que quieren enterarse de esas curiosidades ya saben dónde van a encontrarlas.

Pero ahora, durante muchos días, la crónica del crimen ha tomado por asalto la primera plana de todos los periódicos de España, y extendida, pormenorizada, ilustrada, compite con las noticias de guerra, a pesar del ruido de armas con que éstas se imponen en el campo del periodismo.

El pueblo, sacudido como por un ataque nervioso, lee los «reportages» que pormenorizan y desmenuzan el delito de don Nilo Aurelio Sanz, miembro de la clase burguesa, agente de negocios, medio rábula, medio timador, listo para hallar trampas, salidas y vericuetos entre los artículos de los Códigos; audaz y laborioso, insinuante y maligno, dispuesto siempre a la caza de toda empresa turbia, maestro de hurto, e infatigable prestidigitador del engaño. La vida de don Nilo es la novela de un pícaro novisecular. Acosado por las deudas, impulsado por las necesidades, se ingenia día por día para encontrar recursos que lo salven de las situaciones apuradas. Y los halla en la mentira, en el enredo, en la intriga. Hoy vende abonos minerales que resultan ser puñados de tierra; ayer se proveyó de la subsistencia pleiteando con las Compañías de ferrocarriles; para mañana está preparando la emboscada de una comisión de compraventa. Es afable y diligente. Tiene apariencia bondadosa y franca. Posee el inestimable don de gentes.

Y así fué como atrajo a un labrador septuagenario y honrado, quien de los campos de su provincia vino a Madrid. Quería el inocente y acomodado rústico comprar un molino. Don Nilo le hizo promesas, le dió confianza, sedujo la natural ambición de todo campesino, y, con un calculado y bien dispuesto plan diabólico, lo llevó una tarde a un hotelito alquilado previamente en las orillas de Madrid, lo invitó a beber y, aprovechando un momento, le descargó por la espalda tres o cuatro hachazos, que partieron el cráneo al infeliz Sr. Febrero, que ese era el nombre del labrador. Después, despojó al cadáver de dos mil pesetas y el reloj, y lo enterró en una de las piezas del hotel. Todo esto lo hizo ayudado de su hijo, un mozo de diez y ocho años. Y una vez hecho, salió tranquilamente a disfrutar de su vida burguesa y a permitirse el lujo de ir a veranear con su familia a un lejano y pintoresco pueblo.

De allí lo trajo la policía que, singularmente activa y perspicaz, logró encontrar las huellas del crimen y desenterrar el cadáver del Sr. Febrero. Don Nilo, abrumado por las pruebas e impotente para lucir sus habilidades de embaucador, ha tenido que confesar:—¡Yo lo maté!—Y se disculpa débilmente atribuyendo a una riña el asesinato. Y más que disculparse él mismo, pretende disculpar a su hijo. No supo nada; no me ayudó en nada; es inocente. Este rasgo paternal muestra que don Nilo no es un tigre, sino un ser humano..., bastante inhumano, para premeditar el robo y la muerte de un viejo indefenso.

El crimen es vulgar; con sus repugnantes lances y episodios, nos lo imaginamos como si viéramos una película barata. Pero, vulgar como es, llenó por más de dos semanas los periódicos y las conversaciones. ¿Por qué?

Es que en este país, sobresaltado y pasional, son raros los crímenes en frío, metódicamente combinados, analizados, como este de don Nilo, y ejecutados por personas de la clase media, que lleven su inmoralidad hasta el punto de que un padre y un hijo colaboren en la preparación y representación de una comedia que termina con un cobarde y vil homicidio. Ni el amor, ni el odio, ni siquiera el deslumbramiento de la riqueza, la fascinación del oro, intervinieron en este sangriento cálculo. Una ambicioncilla insignificante, una torpe necesidad de cubrir con unos cuantos centenares de pesetas los agujeros de las deudas que impedían el paso de don Nilo: eso fué todo. El trabajo era grande y ¡vive Dios! que estuvo bien llevado a término; pero la recompensa resultó miserable: cuatrocientos duros como pago de tanta fatiga, de tanto ingenio, de tanta audacia: escoger el sitio, la hora, engañar, dar hachazos, limpiar la sangre, enterrar al muerto...

Nadie comprende cómo don Nilo y su hijo pudieron hacer eso por tan escaso dinero.

Pero si profundizamos un poco en este crimen, que repugna y desorienta a la vez, hallaremos la clave, no sólo en la maldad hipócrita de los asesinos, sino tal vez en el modo de existir, de arrastrar la existencia; mejor dicho, de una parte numerosa de esta sociedad madrileña, la cual parte suele tener sucursales en las metrópolis de los países americanos. En Madrid hay un género abundante: el pauperismo. Y este se divide en diversas especies que van desde el mendigo de llaga pintada y ceguera fingida, hasta el noble arruinado que hace prodigios para sostener su categoría social. Entre esta gama se destaca, por su tono obscuro y tétrico, por su terrible malestar, por su escondida desgracia, una de las especies: la de los pobres de levita. Es impenetrable; es vergonzante; lucha por ocultar su indigencia comunal, obligada a gastar de lo superfluo sin haber probado de lo estricto. Vive, en el incesante problema de hoy, asustándose del fantasma del mañana. Cada día que llega plantea una cuestión de vida o muerte. Y urge resolverla de prisa, por medio de subterfugios y sutilezas. No es posible rebajarse hasta la limosna; no es posible tampoco vivir sin el pan, sin el techo... y sin la levita. El desequilibrio es incesante; es fuerza, para mantenerse en el alambre de la categoría, hacer prodigios acrobáticos. El escudero de «El Lazarillo de Tormes» es una muestra de la tortura del famélico que ha de mostrarse harto, del desnudo que ha de disfrazarse de vestido. Lo que esta clase sufre y lucha en Madrid ha sido narrado en dolorosas y admirables páginas por muchos artistas, entre ellos por el magno don Benito Pérez Galdós.

Y de esta clase, de las chicas de elegancia chillante y cursi; de los chicos de traje de moda y corbata nueva; del padre de bastón y reloj dorado; de la madre de vestido de seda negra; de la familia en el cine, en el teatro, en el veraneo; de esta clase del martirio, del dolor y de la mentira, salió don Nilo a cometer sus fechorías. Y como en este combate sombrío del pan y la levita fué perdiendo el escrúpulo, la dignidad, la vergüenza; como los muebles, a los que por el trasiego de los años se les cae el barniz, se encontró al cabo del tiempo con que no sólo era un pillo, sino que podía ser un criminal. Y cometió la infamia, urgido y violentado por las terribles exigencias de una posición falsa. Apareció en él, el regresivo, el «nato», el precursor, con las malignidades y vivezas del civilizado; el lobo con las mañas del zorro. Nada de esto lo absuelve; pero, al menos, lo explica. El delito se afianza, como planta de raíces envenenadas, a la tierra que lo produjo.

La sociedad siente asco por estos delincuentes desapasionados eximios que ponen, en un asesinato, el ingenio, la razón y la paciencia de ciertas gentes que se entretienen en descifrar charadas y logogrifos.

En cambio, y como un contraste revelador, por la misma época que don Nilo en la Cárcel de Madrid, entró en la de Ronda—población andaluza—otro criminal perseguido: «Pasos Largos». Se presentó solo en una fonda, se entregó, vino la policía, lo recogió y lo condujo a la prisión. Al ser conducido en un coche, la multitud, que curiosamente lo seguía, lo aplaudió, es más, lo vitoreó.

El crimen de «Pasos Largos» es de los que producen: en el hombre inferior, simpatía, y en el superior, interés y misericordia.

«Pasos Largos» era un cazador furtivo. De eso vivía, esquivando a los guardias y jugando con ellos al escondite por bosques y caminos. Un día fué alcanzado por un guardia y azotado cruelmente. «Pasos Largos» juró vengarse y se vengó; quitó la vida a quien le había quitado el pellejo. Desde entonces huyó con doble motivo: por cazador y por asesino. Y siguió la existencia aventurera de los bandidos de novela, la del «Rey de Sierra Morena», la de los «Siete Niños de Ecija», la de tantos héroes de la fantasía popular. Fué un rebelde valeroso, desafiador de los peligros. Hasta que, fatigado, y quizá arrepentido, bajó un día, como Zaratustra, de la montaña y se puso él mismo en las manos de la justicia. Mientras corrieron tras él no le dieron alcance. Cuando él quiso, se ofreció voluntariamente.

Este hombre, producto de una región romántica e imaginativa, ha entrado en su prisión como si entrara en su palacio de vuelta de una hazaña portentosa. Ya sabe él que aunque la ley lo castigue, el pueblo lo comprende y lo perdona. Ha escuchado un fallo rumoroso que debe de haber sonado en sus oídos como un himno de apoteosis. A «Pasos Largos» la Prensa lo ha tratado con cierta piadosa benevolencia.

Los comentarios de Madrid afirman que entre don Nilo y «Pasos Largos» se abre un abismo. Puede ser; pero en el fondo de este abismo corre un manantial de sangre humana.

LA FIESTA ROJA

YO creo que si en España se suprimiesen los toros, la revolución no se haría esperar. Porque aquí la vida no se concibe sin ellos; y el afán general y el anhelo particular no tendrían estímulo—¡qué digo estímulo!—ni objeto tendrían si las corridas fuesen suprimidas alguna vez, cosa que me parece tan difícil como prohibir el uso del vino. Cada pueblo de España, por más pobre que sea, tiene siempre su iglesia y su plaza de toros; todo lo demás puede faltarle; estas dos cosas no.

En Madrid acaba de terminar la gran temporada; pero, de la misma manera que en otros «centros taurinos», siguen las «novilladas», que se repiten, según me cuentan, hasta que vuelve la temporada seria, y que, manteniendo vivo el fuego sagrado, entretienen la inquietud del público insaciable.

Un día de toros en la metrópoli ibera, es como la poesía baudeleriana, de la cual dijo Hugo que traía un nuevo estremecimiento. Aunque sea de trabajo, no importa, es un día de fiesta. Hay agitación por todas partes, desde muchas horas antes de la corrida. La gente no puede contener su nerviosidad. Las conversaciones de los corrillos callejeros vuélvense augurios y presentimientos acerca del próximo espectáculo. Los rostros pasan iluminados por una flama de entusiasmo, se revenden y compran los billetes de entrada con un afán loco. Cada quien se prepara a recibir fuertes impresiones. Los nombres de los matadores en boga saltan en todos los labios. Se cruzan apuestas sobre quién de entre ellos va a quedar mejor. Los hombres opinan; las mujeres sonríen y ríen; gritan los arrapiezos; salúdanse los amigos desde lejos y se citan para ir juntos a la corrida; todo es algazara, bullicio, contento, fascinación, luz de sol y fragancia de claveles.

A las cuatro de la tarde, la calle de Alcalá, desde la Puerta del Sol hasta la puerta de la Plaza, adquiere una animación alborotadora. Un rosario de tranvías henchido corre sin cesar; pasan, cargados, jardineras y coches de punto; vuelan los automóviles de caja lustrosa, y corren, con aspecto de cestas de flores y encajes, las «victorias» ligeras.

Al llegar, de la redonda fábrica salen rumores de alterada marea. Al entrar, los ojos se deslumbran y sufren el doloroso encanto de la luz intensa. Hierve el oro del sol en más de la mitad de la plaza, y la sombra que proyecta la parte no soleada, pinta en la arena del redondel una media luna de negro acuoso. Los tendidos, cubiertos de gente, semejan una rampa compacta de sombreros cordobeses, de caras risueñas, de mantillas blancas, y aquí y allá, las móviles espigas de los brazos completan la ilusión de un campo sembrado de matizadas floraciones. Arriba de los barandales de las «lumbreras», cuelgan tapices y mantones, como lienzos salpicados al capricho, de chispeantes grumos de color.

Ya ha dado principio la corrida. Los lidiadores, refulgentes de sedas y oros, van y vienen, azuzando y engañando al toro con el trapo rojizo, que el animal, corpulento y resoplante, embiste con generosa bravura. ¡Ah, pero el sacrificio de los caballos, el asqueroso y brutal pisoteo de las entrañas de la pobre bestia vendada, que tiembla de miedo y obedece, sin embargo, al hombre que la guía; las contorsiones de dolor, las gesticulaciones de angustia, los sacudimientos de agonía, las horribles crueldades de los picadores y «monos sabios», que quieren aprovechar hasta el último momento de aquellas vidas inferiores, martirizadas en unos instantes que son para ellas como siglos de terror; aquellos grandes charcos de sangre, que brillan como espejos de púrpura; aquellos cadáveres rígidos que, empolvados y vacíos, enseñan en un «rictus» bronco y tremendo la doble fila de los dientes amarillentos!...

Estos actos de fiereza inhumana bastarían para hacer odioso el espectáculo. Los defensores de él afirman que es este un modo peculiar y sugestivo de conservar el vigoroso ímpetu de la raza. Yo me figuro que lo que se conserva más que el ímpetu es, indudablemente, la barbarie, el instinto del mal, la ferocidad primitiva, que es lo que la civilización trata de modificar y destruir en la especie humana. Si la cultura no tiene por base y fundamento moral la piedad, si no ha de ahogar, o por lo menos ablandar en nosotros a la fiera, no sirve entonces la obra de la cultura, y a la postre resultará frustránea y vacua. No es el ideal hacer refinados, sino piadosos. Fuertes sí, pero para aprovechar las fuerzas en el bien, porque los hombres no han de ser fuertes nada más, han de ser buenos. Así pensaba yo, mientras...

No conozco los incidentes ni las peripecias de una lidia. Los hombres bregan, el toro embiste, y he aquí que en el final de la lucha, cuando el matador, espada en mano, reta a la fiera, vi un relámpago de acero, una flámula roja por los aires, y en los cuernos del bruto un montón de seda y bordados de oro que voltejeaba. El matador había «sido cogido». Acudieron los compañeros, con sus capotes, a arrebatar su presa al toro; levantaron del suelo al herido; en silla de manos sacáronle los monos sabios a la enfermería. El público cesó de rugir. Una onda de pánico hizo el silencio en torno de la tragedia. Entonces, todo emocionado, dije a mi compañero:

—Esto se acabó; vámonos.

—No, no se acabará—me contestó mi amigo madrileño—. «Pacomio» a la enfermería. Nosotros a seguir mirando la lidia. Faltan cuatro toros y me dicen que hay dos de muy buena estampa. Y aún quedan matadores en el ruedo.

Efectivamente, a poco, el público, repuesto, aplaudía la aparición de un toro arrogante y alto, que alzaba orgullosamente el coronado testuz.

* * *

Al salir de la plaza nos detuvimos en una taberna cercana a descansar. El espectáculo es de los que descoyuntan como una larga jornada. Cuando ya la tarde se iba obscureciendo y la calle de Alcalá tomaba su aspecto normal, vi pasar una procesión fúnebre: marchaba muy lentamente, a su cabeza, una camilla cubierta de mantas, y cargada por seis robustos mozos; toreros, amigos, periodistas y curiosos, la seguían. Así salió, aquella tarde, «Pacomio» de la plaza. Ocho días antes, así había salido también «Paco Madrid». A las primeras horas de la noche, los chiquillos voceaban la gravedad del matador.

En la plaza de Canalejas, en los balcones de un diario, estuvo por varios días un boletín dando cuenta del estado del enfermo.

Se acentuó la mejoría, y ya nadie hizo caso del suceso. No tenía significación. Además, vino a ponerlo en completo olvido el anuncio de que, en corrida especial, «Regaterín» iba a cortarse la coleta. Los diarios todos se ocuparon en hablar del asunto. Tratábase de un acontecimiento en la villa de Madrid. La Prensa publicó ilustraciones de primera plana. Hubo en el ruedo y en los tendidos lágrimas, abrazos y efusiones.

Para quitarme un tanto la impresión desconcertante de un suceso que no me interesaba, me puse a leer con atención las noticias de la ocupación de Biut, los combates que las tropas sostuvieron en Africa con los moros rebeldes. Murieron allí, heroicamente, oficiales y soldados. El valor español tuvo una alta manifestación en el cumplimiento del deber. Los enviados especiales de la Prensa han hecho pequeños relatos de epopeya.

Y, no obstante, se diría que esta noticia no ha causado la sensación, la emoción colectiva que yo me esperaba...

LOS LITERATOS ESPAÑOLES Y LOS RUISEÑORES AMERICANOS

IGLESIAS Y GUIMERÁ

EN Barcelona vi a dos hombres célebres en la literatura dramática: Iglesias, el autor de Los Viejos, y Guimerá, el poeta de Tierra Baja y María Rosa.

Durante una representación de La Artesiana, de Daudet, en la Plaza de las Arenas, a la terminación de un acto, cuando los obreros—porque se trataba de una función popular—andaban de aquí para allá por los pasillos de la sala de espectáculos, improvisada en el vasto redondel, me picó la curiosidad un hombre escuálido y vestido con modestia, de larga y lacia cabellera, asomándose por bajo el fieltro negro y de anchas alas, y de rostro seco y huesoso, que hacía pensar en un Don Quijote con anteojos... La figura no era extravagante; era interesante, y más que eso, típica, original. Personificaba, como otras tantas españolas, un pueblo y una raza. Los ojos tenían extraordinario brillo; la cara, áspero gesto; el cuerpo, actitudes desmayadas.

—¿Quién es?—le pregunté al editor Ramón Araluce, que se hallaba a mi lado, y era mi directorio, mi «cicerone» y mi guía.

—Es Iglesias—me contestó Araluce—: tiene mucho prestigio, ¿quiere usted ser presentado con él?

—Ahora, no—respondí—. Ya encontraremos otra oportunidad.

Y mientras estuve en Barcelona, la oportunidad no volvió a presentarse.

* * *

La verdad es que me he propuesto ver primero a los pueblos que a las gentes, a los grupos que a los individuos. Desde luego las ciudades en su aspecto total; en seguida, los ejemplares de humanidad selecta y representativa, en sus peculiaridades individuales. Además, experimento un raro placer en observar desde mi insignificancia; soy un anónimo; me llamo Don Nadie, y así no hay quien se fije en mí ni me haga caso, ni mucho menos se ponga en «actitud», como frente a los fotógrafos y periodistas. De este modo puedo ver más al natural, y sorprender cosas que quizá de otra manera se me ocultarían o pasarían inadvertidas para mí. Es cierto que no podré darme cuenta sino de lo exterior; pero es que en muchas ocasiones el secreto interior sale a la superficie y se revela, y en esos determinados momentos es un goce el ejercicio de la perspicacia.

Luego, he podido comprender que los literatos españoles saben poco de la vida cultural de la América latina. Hispano-América sirve mucho a los libreros; a los autores de libros los tiene sin cuidado. El editor conoce al dedillo el estado económico, intelectual y político de cualquiera de nuestros países novicontinentales; como que el asunto le interesa sobremanera y es la base de sus cálculos; lo que se vende en América es para el editor peninsular, tanto o más importante que lo que se vende en España misma.

El literato no piensa lo mismo, porque no tiene necesidad de ello. Se cree de una superioridad incontestable sobre los hombres de letras españolas en Ultramar. Se juzga quizá un conquistador mental, supuesto que su nombre y sus obras ejercen un dominio y son conocidas y muchas veces admiradas en Colombia, Venezuela, Chile, Perú, Argentina, Cuba, México...

El concepto es falso, a todas luces; mas pienso que ha de llegar el día en que vaya siendo rectificado. Se necesita un esfuerzo de intercambio que cruce los límites utópicos de la confraternidad idealista y entre en el terreno positivo del comercio bibliográfico. Entonces se anotarán los errores de esta indiferencia, ya que no desdén, por la cultura de América.

Y tal indiferencia no es obstinación, ni rencor, ni vanidad; encastillamiento, y, tal vez, un resto de orgullo metropolitano. Tan es así, que Rubén Darío, por ejemplo, dejó huellas hondas en la vida literaria de aquí, se le considera un maestro, un reformador, una gloria del arte, y se le cita y se habla de él con respeto y admiración. Santos Chocano alcanzó pronto celebridad y fama; Amado Nervo recibió un homenaje inolvidable. Pero no es eso; es el conjunto de una civilización, es el aspecto general de los fenómenos literarios los que darían a los españoles una noción clara de lo que son actualmente las letras de Hispano-América. Habría algo que decir y que decidir acerca de eso.

Sobre los motivos indicados existe otro muy personal que me detiene en la línea obscura de mi honesta insignificancia. El bombo, el platillo y todos los instrumentos de ruido y compás, me han parecido siempre ridículos. La notoriedad hecha en párrafos de gacetilla es como una condecoración de oropel; quien se la pone, queriendo engañar a los demás, se engaña a sí mismo.

En mi tierra andaba por esas calles de Dios un loco, que sobre los miserables harapos que cubrían su pecho, colgaba cintajos, medallas viejas, nuevas, de latón, cuentas de vidrio, cuanto veía brillar en la basura de los muladares. Con esto y con una caña corriente, que era su bastón de mando, iba haciendo gestos arrogantes y caricaturescas posturas. Se creía condecorado por reyes, papas, emperadores. A este megalómano le llamaban el General «Lobo Guerrero».

Pues como él, he visto pasar a muchos impacientes de gloria. Hay muchos «Lobos Guerreros» de la literatura y del arte.

* * *

Por acá suelen descolgarse muchachos que atravesaron el Atlántico para recibir la consagración de manos de los pontífices de la poesía castellana. Esos muchachos visitan todas las redacciones, se presentan a todos los artistas y periodistas en boga, y en cada esquina espetan poemillas modernistas, insustanciales y verbosos. La burla española, la genuina y picante burla de este pueblo zumbón y malicioso, ha clasificado a esos versificadores inocentes, ansiosos de renombre; los llama «ruiseñores americanos». Yo no me he atrevido a entrar en el gremio; no quiero pasar por un ruiseñor americano. En mí sería tanto más extravagante cuanto que no podría disculpar mi torpeza atribuyéndola a locuras de juventud. Ya peino canas.

Prefiero, como cualquier hijo de vecino, ir, venir, ver a mis anchas, sin miedo a la crítica, sin apercibimiento para la ironía, sin la obligada genuflexión, sin el elogio vulgar e insincero, sin necesidad, en fin, de que los literatos y yo perdamos naturalidad, ellos para producir la impresión y yo para recogerla.

Por eso me excusé de ser presentado con Iglesias. Por eso todas las tardes, a la caída del sol, detenía yo unos minutos mi paseo por las ramblas, frente a un café situado en la esquina de la Plaza de Cataluña, y a través del vidrio de un escaparate me ponía a mirar a un anciano, silencioso, triste, de mirada incierta y como desconfiada, de frente cargada de recuerdos, de gesto desconsolado y amargo. Siempre lo vi solo; callado siempre; el cuerpo, en el que se adivina el quebranto de la fatiga recargado en el terciopelo rojo de una butaca mural; el espíritu en quién sabe qué vuelo lejano de memorias. Vida interior, ensimismamiento, envuelven y velan a este hombre cansado y melancólico. Es un grande y piadoso poeta a quien todos hemos aplaudido y admirado. Su nombre traspasó las fronteras de la patria. Es dramaturgo, y algunas de sus obras se presentan en Italia, en Francia, en Alemania. Una, «Tierra Baja», musicada por un teutón, se canta. La tristeza lo rodea; la gloria lo sigue. A su alrededor se ha hecho un silencio resplandeciente.

Así es como, en Barcelona, miré a Guimerá, al famoso don Angel Guimerá, tarde por tarde.

EN MADRID

LA EXPOSICIÓN DE ANGLADA

EN los Jardines del «Buen Retiro», a un lado del bello e inacabado monumento de Alfonso XII, cuya corva columnata muerde en el extremo opuesto la orilla del lago plomizo, se alza una bonita construcción de estilo Renacimiento. A las cinco de la tarde, hora sofocante aún, voy subiendo por la escalinata de este palacio del Arte.

Me siento espoleado por una extraordinaria curiosidad. La exposición de las obras del pintor Anglada es el tema del día en las conversaciones de los círculos culturales y en las columnas de crítica de los periódicos de Madrid.

Llevo menos de un mes de vivir en esta deliciosa ciudad, «la ciudad alegre y confiada» de que nos habla Benavente en su última comedia, y cinco veces he visitado el famoso Museo del Prado, que es, entre todas las pinacotecas europeas, una de las que con mayor derecho aspira a los primeros lugares. La sala de los retratos, con sus Grecos, sus Sánchez Coello, sus Pantojas, sus Tiziano, sus Carreños, bastaría sólo ella para clavar años y años, vista y entendimiento en aquellos cuadros que parecen ventanas por donde se están asomando, siglos hace, reyes, caballeros, princesas, monjas, a quienes no miramos nada más nosotros, sino que nos miran ellos también, inmortalmente vivos, con el alma a flor de pupila, con el corazón latiendo bajo las sedas, los brocados y los terciopelos de los trajes. La sala de Goya retiene con el imperio de su mundo tragicómico, estupendo de realismo revolucionario, frenético de horror y empapado de sátira diabólica, donde reina en su inquietante desnudez la «Maja». La redonda sala de Velázquez es una catedral, de la que no quisiéramos salir nunca, embebidos en los milagros del genio. Y Rubens, el suntuoso, y Van Dick, el elegante, las doradas carnes de Tiziano, y los ambientes ascéticos de Zurbarán, y la gracia amable de Murillo, y todo el universo evocador encerrado en aquel maravilloso Museo, fuerzan en el espíritu a la contemplación incesante y lo sumergen en una onda de brillo total, donde sólo queda flotando la impresión conmovedora del color y la línea. Un día, quizá, me atreva yo a exteriorizar esa impresión en alguna próxima nota. Por ahora diré únicamente que mis cinco visitas al Prado despertaron mis viejas aficiones de impenitente y apasionado «dilettante».

* * *

La Exposición Anglada se ve muy concurrida tarde por tarde; artistas, mujeres, poetas, escritores, se aglomeran dentro del reducido recinto. Más de treinta y dos son las obras presentadas por este pintor catalán, que hizo en Francia sus trabajos y su celebridad, y que no había querido aparecer en España antes, tal vez, de haber consolidado su fama y su personalidad. Los periódicos madrileños, al anunciar esta exhibición, dijeron que se trataba de una de las dos columnas de la moderna pintura española: una de ellas, Zuloaga; la otra, Anglada.

Después, la crítica periodística, sin escatimar el elogio hiperbólico, parece que vela con él cierta inconfesa reticencia; que se mueve, no obstante, por debajo de la malla deslumbradora del encomio. En cambio los técnicos, los conocedores del oficio, han manifestado una admiración que se acerca al éxtasis y que excluye toda censura. Anglada ha llegado al límite de lo posible. Pintando, nadie ha ido más allá.

¿Y el público? ¡Ah! el público ve y oye. Cuando ve, se desconcierta; cuando oye, se previene. Y es que lo que ve, no guarda relación con lo que oye. La mirada profana no descubre el decantado prodigio de la pintura de Anglada, y aun dispuesto, como se encuentra el público, a dejarse sugestionar por la palabra, no lo consigue. Es que para ver las actuales manifestaciones del arte plástico parece necesitar una preparación, una educación que en otro tiempo no era indispensable, y que hoy hace del culto estético una capilla estrecha, una torre de marfil en la que caben nada más unos cuantos iniciados en los esotéricos misterios.

Yo creo en lo que dicen los «técnicos». Hay, efectivamente, en los trabajos de Anglada una maestría insuperable para poner, combinar y armonizar el color y producir una brusca sensación de encanto por los atrevimientos y contrastes de los tonos. Cada cuadro es una sinfonía de raros acordes de matices, de ásperas disonancias, que causan, sin embargo, un delicioso placer visual y provocan la fascinación de lo original y exquisito. Los mantones bordados, los rasos joyantes, las telas transparentes, las flores aterciopeladas, salen de los lienzos, se nos muestran en un inverosímil naturalismo, nos producen el efecto de que estamos recorriendo un bazar de indumentaria magnífica, en el cual, el típico mantón español domina con sus notas polícromas, la variedad de los encajes y la seda. Y estos paños fastuosos que cuelgan de los muros, se destacan, brillan, caen en pliegues mates y en flecos desmayados, con un relieve imprevisto que nos engaña, al punto de darnos la ilusión de que no han sido pintados, sino de que están allí pegados y superpuestos en el lienzo. Nos acercamos, y delante de nuestros ojos están los grumos de pintura untados, como si la mano del artista hubiese ido, a capricho, exprimiendo sobre la tela los botecillos de la pintura. Mas el sortilegio persiste si volvemos a alejarnos un poco.

* * *

Y así vamos, de asombro en asombro, recorriendo los salones. En ellos, las figuras de mujer son las más frecuentes y atractivas. ¿Atractivas, por qué? No precisamente por su humanidad, por su vitalidad, por su espiritualidad, sino por sus trajes y sus actitudes, algunas de las cuales indican no sé qué forzada violencia, no sé qué rebuscado descoyuntamiento. Semejantes «poses» chocan, pero no carecen de sugestión. Hay en ellas cierta gracia artificial y morbosa. Pero no son seres producidos por la naturaleza; poseen una desdibujada vaguedad, una lejana expresión de vida, una indefinida rigidez de maniquí, que contrastan con el «verismo» indumentario. Indudablemente estas criaturas han sido sentidas por un enfermizo temperamento de sensualidad extravagante. Hay quien las ve inquietantes. Hay también quien las ve insignificantes.

Anglada presenta composiciones de aliento, tales como «El tango de la Corona», «Los enamorados de Jaca», «Valencia», que son cuadros robustos, muy fuertes de colorido y de marcada extrañeza de pensamiento y sentimiento. Presenta también el pintor tres soberbios desnudos, magníficas «academias» de admirable claro-obscuro.

Mas la impresión que persiste en nuestro recuerdo y que ha herido vigorosamente nuestra retina, es la de habernos recreado, no en la contemplación de pinturas, sino de esmaltes, de marfiles, de raras y brillantes cerámicas, de barnizados caolines, de satinadas traperías, de viejos tapices, encajes y flecos. No recordamos haber visto carne. No recordamos el alma de las figuras tan espléndidamente ataviadas. La producción de Anglada, en general, parece dar a la pintura, su carácter de auxiliar de arte meramente decorativa, y en éste o aquél trabajo, nos trae a la memoria el género inferior del «affiche».

Mas, en manera alguna se trata de un débil, sino de un pletórico y extraño talento, cuyos caprichos pueden, en ocasiones, llegar a la extravagancia, pero sin hacerle perder sus pujantes cualidades.

* * *

Y si creo en los que dicen los «técnicos», no dejo de comprender, al mismo tiempo, que los profanos tienen razón. Todos esos modos de ver y de sentir la vida, todas esas insanias de metamorfosis y alteración de color y de forma, todas esas nuevas escuelas que nos obligan a la reeducación de los sentidos, a la preparación y al esfuerzo, alejan al Arte de su natural tendencia de expansión y propagación. El arte tiene que ser eminentemente popular. Tiene una gran misión social que cumplir, y cuanto más se aleje de ella y reduzca sus emociones a pequeños grupos de iniciados y sacerdotes, tanto más perderá de ideal y significación. Anglada es un insigne pintor que aquilatan y comprenden unos cuantos exquisitos.

Y pensando en la sublime simplicidad de Velázquez y en la estupenda fantasía de Rubens, salí del Palacio artístico del «Buen Retiro».

—¡Qué luz tienen los cuadros de Anglada!—acababa yo de oir decir a los admiradores del pintor catalán.

Y bajo aquella luz de tarde veraniega que se filtraba entre los ramajes y que diafanizaba las lejanías en un verde dorado y suave, me alejé diciendo para mí:

—¡Qué luz la de este cielo!

EN TOLEDO

UNA NOCHE TOLEDANA

POR el ventanillo del tren en marcha miro el obscurecimiento del paisaje. Poco a poco van saliendo, blancas y tímidas, las estrellas. De pronto, la locomotora se ha detenido. Una voz plañidera grita: ¡Algodor! ¡Un minuto!, luego seguimos caminando con rapidez. Yo sigo en mis silenciosas contemplaciones.

Una larga y lívida franja, deshilvanándose en el azul sombrío del horizonte, sirve de fondo a un caprichoso dibujo en tinta china; diríase una mancha negra que, caída en una orla de seda violeta, se expandiese en múltiples y raros perfiles. En la sombra amarillenta de la llanura castellana, por la cual ha comenzado a palpitar una que otra centellita de candil rústico; esta fantasmagoría que se desvanece en el término remoto, me recuerda lecturas hace tiempo olvidadas: versos de poema románticos; descripciones de novelas por entregas.

Lo que de niño me hicieron soñar los libros, he aquí que, en la madurez cansada de mi vida, me lo da la realidad para entretenerme como en aquellos días felices. La silueta negra sobre el friso semiapagado del crepúsculo, revuelve en mi cerebro lejanas memorias. Yo estuve allí muchas veces, muchas, mientras, a hurtadillas, en la banca de la escuela, o en algún rincón de mi casa, devoraban mis ojos los cuentos de milagrería que llenaron mi adolescencia de maravilla y pasmo.

Ya nada veo más que sombra abajo y astros arriba. Y cuando menos lo pienso, el tren se detiene por última vez. ¡Toledo! Los pasajeros se ponen de pie y se apresuran a bajar. Me enfundo en el gabán, tomo la maletilla, y ¡andando! Entro en la estación; busco el carro de un hotel; subo con otros tres o cuatro viajeros, en la incómoda diligencia, y me preparo a continuar en mi divertida y muda contemplación. No quiero darlo a conocer, pero la verdad es que me siento, no sólo curioso, sino emocionado. Se me remueven, hervorosamente, las añoranzas. Suena el látigo del cochero: los animales de tiro emprenden su ruidoso trote. El coche se bambolea y cruje. Ya vamos atravesando el puente de Alcántara; una torre maciza, de gris aperlado por el fulgor de la noche, nos abre, al fin del puente, su puerta obscura y blasonada. Pasamos. El camino, angosto, va, cuesta arriba, haciendo curvas amplias. Hacia un lado, el de afuera, el pretil de piedra del principio; por el otro lado, el interior, pedazos de muralla, altos paredones, gruesas mamposterías, por los que, de trecho en trecho, sale el disco blanco de una pantalla, en cuyo centro brilla la ampolla de oro de un anacrónico foco eléctrico. A pesar del ruido de la diligencia, se oye la voz del río que corre invisible, en el fondo de la escarpadura. Abajo, en el campo, veo cómo se extiende el caserío, todo sembrado de luces inmóviles. A lo lejos se distingue que, ascendiendo nuevamente el suelo, forma el suave declive de una colina moteada de follajes obscuros. Del cielo, pálido y limpio, cae profusamente la lluvia de plata de la luna. Pasamos junto a otra puerta morisca, fileteada de luz en la gigantesca herradura de su clave, y más arriba, en los dientes de sus almenas. El coche sube por la calzada de recio empedrado. Mis ojos, incansables y asombrados, beben misterio. La sombra y las ruinas, la noche y los muros, diseñan en claro-obscuro, una fantástica decoración. Vuelvo la cabeza para darme cuenta del trecho recorrido, y alcanzo a ver todavía los arcos del Puente de Alcántara, y bajo ellos la cinta rutilante del río, y en un extremo, la masa de contornos precisos de un castillo. Lo reconozco; me acuerdo de las viejas láminas que me lo enseñaron; es la secular atalaya de San Servando, asilo de los Monjes de Cluny, morada de los Templarios. Flanqueamos un jardín solitario, que es un alto miradero que domina el panorama argentado. Penetramos por callejuelas torcidas y negras, muy escasamente alumbradas. En ellas entra la diligencia con la exactitud de una alhaja en su estuche, de una espada en su vaina. Si sacáramos una mano tocaríamos las casas. En una plazuela poligonal, que parece el hueco que dejó un prisma enorme, está el hotel. Allí, casi a tientas, bajamos a pedir hospedaje. El interior, bien iluminado, contrasta con la plaza tenebrosa. Escojo mi habitación con vista a un callejoncito, que es como un estrecho listón de terciopelo negro, en el que fulgura una sola lentejuela: la claridad ocre de un farol pavoroso.

* * *

He salido a pasear sin rumbo. Fuí primero en busca de luz. Cuando seguí por cinco o seis callejas, la hallé. Hallé la luz en los lugares que son comunes a todo pueblo moderno: en los escaparates de las tiendas, en los salones de los cafés, en los paseos, en la irregular y vasta plaza de Zocodover, en la calle principal por donde todavía iban y venían las señoritas toledanas.

Quien ha vivido la existencia lugareña, monótona, uniforme, maliciosilla y cansona, con su amor platónico, su chisme del día, su rencor escondido, sus sanas y devotas costumbres, y su maledicencia susurrante, recordará todo eso si sale, como yo, a ver en Toledo, a las nueve de la noche, las tiendas de la calle del Comercio y los cafés de la plaza de Zocodover; la burguesa mediocridad provinciana en su simpático aspecto de sencilla tranquilidad.

Me voy deteniendo, para matar el tiempo, frente a los cristales de los aparadores: ropa, zapatos, quincalla... Las mismas mercancías de cualquier parte, dispuestas de igual manera, para idénticas necesidades. Mas de aparador en aparador voy sorprendiendo peculiaridades que me obligan a pensar en el carácter de la ciudad que visito. Los escaparates de las tiendas son también reveladores para quien sabe estudiarlos y comprenderlos. Suelen mostrar lo que esconden las casas y callan las bocas. Enseñan las tendencias de las gentes que pasan, sus gustos, sus modos de vivir, sus cualidades y defectos. Ver mucho los aparadores, verlos con atención y con intención, en una ciudad que no se conoce, es prepararse a comprender la sociedad y sus costumbres.

Y en estas viejas urbes que viven de su paso legendario, de su grandeza monumental y remota, de su celebridad fabulosa, de sus ruinas, el escaparate es, a veces, como un voceador de mercadería para el viajero; la leyenda, la grandeza, la fábula se abajan y entran en charlatanerías y falsificaciones de buhonero.

Sí tiene Toledo aparadores característicos en su mejor y más concurrida vía: dos, cinco, diez, dominan sobre el conjunto de la vulgaridad. Allí están, dentro de su paralelógramo de cristal, cada uno de ellos es una exposición deslumbrante; éste es un anaquel de santos; el otro, un puesto de cacharros azules; el de más allá, una armería. Esculturillas y estampas sagradas aquí; adelante, cantarillos y vasos de loza de Talavera de la Reina, y por todas partes hojas de acero refulgente, espadas, puñales, navajas, con inscripciones y diseños repujados, damasquinados puños, cofrecitos y joyeros de ataujía primorosa, pequeñas ánforas, sobre cuyas formas pavonadas se entretejen los hilos de oro en dibujos intrincados y sutiles...

Al contemplar estas chucherías encantadoras y estas blancas espadas y estos puñales de cubierta afiligranada, sentí el hechizo de la fantástica Toledo, goda, moruna, judaica; la Toledo de los romances viejos, de las crónicas misteriosas, de los orientales placeres, de las devotas austeridades, de los heroísmos asombrosos, de las tumultuosas tragedias, de las aventuras de retablo y encrucijada, de los amores de reja y desafío; de la Toledo de espada y de puñal, de ánfora y joyero, de vajilla de Talavera y de santas y policromas esculturas.

Aquí, en los escaparates, aunque rebajada y modernizada, la encuentro. Pero quiero verla en el ambiente, revivirla en el recuerdo, vivirla en la imaginación y la evocación.

* * *

Estoy sentado en el zócalo de piedra que rodea el centro de la plaza de Zocodover. El reloj, que brilla como un ojo bilioso, en lo alto del arco de la Sangre, acaba de sonar, con sus campanas de voces juveniles, las once de la noche. En la plaza, ya casi sola, se levanta uno que otro árbol escueto. Bajo las portaladas vetustas siguen abiertos y vivamente alumbrados los cafés. En lo alto, dominándolo todo, se recorta la masa rectangular del Alcázar. Sus torres puntiagudas pican la plata sideral.

Mi soledad comienza a estar llena de visiones: cuadros hechos con humo de colores se desenvuelven en la obscuridad de la memoria; tumulto de turbantes; vuelos de sedas; matices de alcatifas; el mercado arábigo; las zambras; los juegos de cañas y las lizas, y, llena de sombra y de relámpagos, la procesión de los autos de fe.

Aquí pasaron todas esas cosas. Y como soy un libresco empedernido, comienzo a sacar papeles de la estantería de los recuerdos, y a hojearlos y a buscar los pasajes que podrían intensificar en aquel instante mi emoción y hacerme más sensible y exaltada la realidad.

Después de media hora me levanto y, a impulsos de mi fantaseadora curiosidad, me decido a perderme en el laberinto y en el tentador silencio de la ciudad. Por las callejas, de áspero empedrado, que se entretejen confusamente, por los recodos y retorceduras, por las cuestas y descensos del suelo voy, entre la sombra, agujereada de cuando en cuando por los amarillentos farolillos, como si fuese por una ciudad vista en un sueño. Mis pasos tienen ecos que se reproducen en la distancia. Todas las casas están cerradas. Las paredes de las fachadas, altas, negras, medrosas. A la claridad parpadeante del alumbrado distingo, en un lienzo carcomido, en un muro de ladrillos rotos, a lo largo de las aceras, ya un arco románico, ya una puerta ojival, ya un ajimez calado, y una columna gótica, de capitel pesado, en la clave de un portalón descascarado, un borroso escudo, un bajo-relieve heráldico, una escena mística tallada en granito. Es más lo que adivino que lo que percibo, lo que infiero y sospecho que lo que miro. Sobre esta paz profunda cae el argento de las estrellas. Llego a una plazoleta; me siento en el pórtico de una iglesia, desde el cual puedo alcanzar una parte del panorama. Allá abajo se extiende la negrura plateada de la campiña, limitada por los collados que tapiza el espeso y obscuro follaje; ya no hay danza de luciérnagas en ella. Oigo el rumor del Tajo, invisible y adormilado. Vivo, por fin, una hora antigua, una hora pretérita, de poesía medioeval. Divago a mis anchas por entre recuerdos históricos y poemas y leyendas.

¿Qué se han hecho la vida presente, la agitación actual, la inquietud activa de este minuto angustioso del mundo? ¿Dónde están las noticias de la guerra europea, el estremecimiento de la lucha universal, la preocupación de los problemas modernos, el miedo visionario, la esperanza nerviosa que me sacuden incesantemente el espíritu? Todo se ha desvanecido en esta ciudad fantasma, en esta noche feudal, en este laberinto de calles morunas y palacios castellanos, en esta plazoleta, en cuya tierra gris se alarga ridículamente mi sombra, junto a este paisaje misterioso que la luna envuelve y deslíe.

Y, como en la oda de Fray Luis, me fingí que el río sacaba el pecho fuera, y empezaba a narrarme cuentos de hazañas, de encantamiento y de amor. Y el espectro de la intrépida Isabel, mujer de Fernando de Aragón, el astuto, cruza, paso a paso, rodeada de su séquito de damas y pajes, rumbo al claustro de San Juan de los Reyes. A distancia, recatado y severo, revestido con la armadura resplandeciente y sonante, sigue la comitiva, como presa de un penoso ensimismamiento, el prodigioso capitán don Gonzalo Fernández de Córdova, Condestable del reino de Nápoles, orgullo de la época, domador de la gloria. ¿Estará acaso enamorado el Gran Capitán? El Tajo, bajando la voz, interpreta, para mí, la crónica de don Hernando del Pulgar, y me aclara las alusiones obscenas de las Coplas de Mingo Revulgo.

* * *

¡Media noche! El sereno la grita; el reloj la canta. Después de rodeos y tanteos, como Dios me da a entender, vuelvo a mi hotel; entro en mi cuarto, abro el balcón, insaciado todavía de curiosidad e interés. El callejoncito, la cinta de tiniebla, conserva aún el resplandor de su lentejuela, de su farola agonizante. Pero ahora tiene una luz más, en la altura de un muro, frente a mi balcón, en una ventana abierta. De ella sale un sonido constante, rítmico y fino. Yo, atisbo el interior. Inclinada sobre una máquina de coser, una mujer trabaja. Desde donde estoy puedo ver un pedazo de la casa pobre: algunas sillas, el lecho, una cómoda, un cuadro. Sobre la mesa de la máquina, una lámpara. La cabeza inclinada de la mujer, no me permite ver el rostro. Mas un canturreo, a bocca chiusa, me hace pensar en la juventud, tal vez en la belleza, acaso en el amor y en la melancolía. Y, urgido por la existencia real, abandono los recuerdos de las gestas gloriosas, los desfiles suntuosos del Romancero, las arrogancias del Cid, la entrada del Rey Alfonso, y compongo con los últimos hilos de la fantasía—la Penélope eterna—un cuentecito becqueriano.

La vida provinciana me revela sus tristezas de ahora.

La muchacha y yo, frente a frente, sin conocernos, velamos. Toledo duerme profundamente en un silencio conmovedor.