CAPÍTULO II
QUEJAS DE UNA ADEPTA DE NOCEDAL Y REFLEXIONES DE UN CORRELIGIONARIO DE RUIZ ZORRILLA
Las ideas políticas se han apoderado de todos los cerebros y han invadido todas las conciencias. En otros tiempos, no sé si más venturosos ó menos desdichados que los presentes, sólo los actores que tomaban parte en la representación de la comedia política se interesaban verdaderamente por ella, ó mejor dicho, por ellos mismos; pero el público que presenciaba el espectáculo apenas le prestaba atención pasajera; y lo que es la multitud que llenaba el mundo, ni sabía la existencia del teatro, ni conocía á los actores, ni acertaba á deletrear el título de la comedia.
Como la piedra lanzada á un lago lleva hasta el último límite de su superficie los círculos de sus ondas; como el sonido atraviesa las capas atmosféricas repercutiéndose en las ondas sonoras hasta el infinito inapreciable á muchos oídos, llegaban al pueblo los acontecimientos políticos. Sentía el movimiento, percibía el sonido, pero ignoraba por completo la piedra que causaba el primero ó el ¡ay! que producía el segundo.
La Revolución francesa al declarar los derechos del hombre, haciendo á éste partícipe consciente de la vida de la humanidad, como el Nuevo Testamento le había antes dado equitativa participación en la vida eterna, hizo á todos los humanos actores del drama político, de la comedia social, del sainete de costumbres y aun de la tragedia religiosa: Uno para todos y todos para uno es el lema moderno; socialismo práctico más infalible, más inevitable y más eterno que todos los sistemas teóricos de Prudhones y Smithes presentes y futuros.
La nueva ley social necesitaba un Nuevo Testamento, y ese Nuevo Testamento de la nueva ley social fué la prensa periódica. Por ella es hoy el hombre ente social, y factor político, y miembro científico y parte integrante del todo humano.
El periódico, que ahorra el libro, por ser la síntesis pública é impresa de todos los libros; que da diariamente impresa la opinión ya concreta y condensada sobre todos los hechos, todas las ideas y todos los sistemas políticos, científicos, artísticos, literarios, morales, filosóficos y sociales; que ahorra el estudio, el tiempo, el trabajo intelectual previo para entender de todo, hablar de todo y juzgar de todo, es hoy, no ya la palanca de la idea, sino la idea misma, asequible por igual á todos los criterios y á todas las inteligencias.
Si la invención de la moneda ha hecho fácil y práctico para la gran masa humana el pan nuestro de cada día indispensable para el cuerpo, así la invención de la prensa periódica ha dado al mundo el pan nuestro de cada día para satisfacer las necesidades del espíritu.
Y como la eterna ley del progreso más se refiere al espíritu que á la materia; como la humanidad, al irse modificando á través de la historia y de las vicisitudes del planeta terrestre, ha modificado su esencia moral, sin alterar en nada su estructura física, puesto que el hombre y la mujer tienen hoy los mismos órganos, las mismas funciones fisiológicas y las mismas formas externas que Adán y Eva, sus primeros padres, claro es que la necesidad del pan es igual para todos los estómagos humanos, como lo ha sido desde el pecado original, variando sólo según los progresos del espíritu las necesidades de éste.
Por eso durante muchos siglos el hombre resumió sus aspiraciones gritando en todos los tonos: Pan y palo.
Por eso los españoles gritaban en los albores del gran siglo XIX, como resumen de todos sus goces: Pan y toros.
Por eso, sin gritarlo, pero sintiéndolo en todos sus actos, en todos sus juicios y en todos sus deseos, el hombre moderno pide para vivir, como únicos factores de su existencia: Pan y periódico.
Siento corrérseme por los puntos de la pluma el deseo de hacer un estudio monográfico del periodismo, pero como otros ingenios más peritos que el mío en la materia lo han de hacer de seguro alguna vez, y como, después de todo, para mi novela sólo hacen falta algunas reflexiones que indiquen la importancia del periódico en la vida social moderna, me contentaré con aquellas que, por ser pocas y venir á cuento, no han de parecer extravagantes ni inoportunas en mi relato.
El hombre es eminente y fatalmente holgazán. Como se le dió hecho el mundo, lo tomó á beneficio de inventario, y así toma siempre todo lo que le dan hecho: la religión, las leyes, las costumbres y hasta las modas. Como rezan todos, así reza; como le mandan todos, así obedece; como lo quieren todos, así se viste. Si no fuera por las excepciones de esta regla general, por los cuatro ó seis hombres que en el transcurso de cada siglo dan un empujón, ó una sacudida, al mundo moral donde vegetan mil millones de seres humanos, él viviría hoy, como al principio del mundo, en paños menores, tumbado á la bartola debajo de las encinas y alimentándose de las bellotas que por su propio peso y buscando el centro de gravedad le cayeran en la boca, con cáscara y todo.
Convencidos de esa triste verdad
«los pocos sabios que en el mundo han sido,»
esto es, los pocos genios que han alumbrado con la llama imperecedera de su divina esencia los tristes derroteros de la humanidad, han dirigido siempre sus dichosas empresas y sus extraordinarias conquistas á dos objetos, á dos fines igualmente útiles y asombrosos:
1.ºGanar tiempo.
2.ºAhorrar trabajo.
Como la vida es corta, lo principal en todas las manifestaciones del espíritu, en todos los proyectos humanos, en todas las especulaciones de las ciencias, de las artes, de la industria, ha sido ganar años, ó mejor dicho, quitárselos á las labores largas, á los estudios prolongados, á los interminables preliminares.
Como el hombre es holgazán y de todas sus fuerzas la que mejor emplea es la de la inercia, la otra fase de los descubrimientos y del progreso á que han contribuído genios y sabios ha sido la de economizar el sudor de la frente á los seres humanos condenados al trabajo eterno. Por eso sin duda la escala de Jacob no se sube por el hombre peldaño tras peldaño, sino á saltos, tragándose diez ó veinte de una vez, y quedándose quieto en el último recorrido, hasta que el empujón ajeno le hace subir, sin darse siquiera cuenta del impulso recibido, otros veinte ó treinta en la interminable escalera de su perfectibilidad.
Figurémonos, pues, lo que significa el empujón del periodismo en la escala del trabajo humano.
El periódico relata todo lo ocurrido, lo que ocurre y lo que puede ocurrir, sin que el lector se tome el trabajo de averiguarlo, de preguntarlo, ni casi de oirlo. El periódico formula la opinión, la ordena, la comenta y deduce las consecuencias del hecho, de la idea ó del fenómeno: le da por lo tanto al lector criterio, raciocinio y discurso: le facilita (ahorrándole tiempo y trabajo) el diagnóstico y el pronóstico de la enfermedad humana colectiva ó individual, al día, al minuto, al instante. Y más aún; el periódico es panacea de todos los males, solución de todos los problemas, realidad de todas las hipótesis, corolario de todos los axiomas; porque desde su punto de vista todo lo resuelve, todo lo practica y todo lo realiza, en participando de sus ideas, de sus doctrinas y de su lógica. El suscriptor ó lector de un periódico tiene bastante con leerle todos los días para saber lo que los más sabios, para pensar como los grandes pensadores, para pertenecer (sin esfuerzo ni trabajo propio) á la exigua falange de los que impulsan á la masa inconsciente de mil millones de seres completamente pasivos que pueblan el planeta terrestre.
Esta ilustración general omnisapiente á domicilio tiene sin embargo algunas contras; que algunas había de tener el universal beneficio que produce, y sin las cuales sería de seguro el periodismo, ó mejor dicho, la prensa periódica, la completa felicidad humana.
Entre esas contras de que hablamos, sólo una es pertinente á nuestro relato y sólo de ella hemos de dar cuenta á nuestros lectores. Como la opinión pública, de la que cada periódico se proclama y pregona exclusivo representante, tiene diariamente en cada población importante diez ó veinte ó cien órganos distintos que la representan, resulta que cada grupo de cinco, diez ó veinte mil almas... de cántaro se cree único eco oficial de esa opinión que á todos simboliza y á todos representa; y de esa divergencia diaria de criterios individuales y agrupaciones sueltas nace un desconcierto de ideas capaz de hundir para siempre á la verdad, á la lógica y á la misma opinión pública, causa y efecto á un tiempo mismo de todas las aberraciones, absurdos é hipótesis constantes que constituyen el caos diario de nuestra moderna civilización.
Tot cápita, tot sensus, dice un proverbio latino, y si á él añadimos que hay muchas cabezas que no tienen ningún pensamiento propio, se comprenderá que es una gran ventaja para estos seres encontrarse por cinco céntimos diarios con una multitud de pensamientos formulados ya y todo, que pueden apropiarse y hacer pasar por suyos con toda la gravedad concisa de la soberbia humana. Á esta serie pertenecían dos de los principales personajes de nuestra historia, sin darse, por supuesto, cuenta de su inferioridad intelectual, y convencidos, por el contrario, de que todo cuanto leían en su periódico predilecto había sido pensado y hasta casi escrito por ellos y para ellos. Los dos seres de que hablamos eran de distinto sexo, y sus periódicos de distintos ideales políticos, aunque lo mismo los periódicos que ellos se distinguían por estar al unísono en una misma cuerda: la de la oposición furibunda á todo lo existente, la de incesante protesta á todo lo constituído.
Doña Bernarda, que no por verdadera fe religiosa, sino por despecho rutinario, se había refugiado en las iglesias á llorar su terrible desengaño, pertenecía á esa colección de seres humanos tan perfectamente descritos por la admirable Pardo Bazán en Una Cristiana, que toman á Dios, á la Virgen y á los Santos por instrumentos de sus pasiones y los creen naturalmente ocupados en arreglar sus asuntos particulares á medida de sus deseos. Á ellos se querellan de sus dolores físicos y morales, y de ellos esperan el castigo de cuantos los han ofendido, como si el mundo hubiera sido formado sólo por ellos y para ellos, y como si ellos solos fueran los verdaderos hijos de Dios, creados á su imagen y semejanza y herederos de su gloria.
Doña Bernarda leyó una vez por casualidad, esperando en una sacristía la llegada de su confesor, un número de El Siglo Futuro, y tan de acuerdo con su espíritu encontró al órgano intransigente de los neocatólicos, que al salir de la iglesia pasó por una librería y se suscribió al periódico que había de ser en adelante guía de todas sus acciones y órgano de todas sus creencias.
Ya no pensó ni habló sino como los redactores de El Siglo, y dió por seguro que sólo con el triunfo de aquellas ideas estaría el mundo bien arreglado; y sus asuntos, por consiguiente, entrarían de una vez y para siempre á formar parte de la armonía universal que el triunfo político de la Iglesia había de dar en muy próximos días á todos los seres humanos.
Rispall, el mozo de oficios, ó criado universal, ú ordenanza de la fábrica, tenía también su periódico predilecto: el que más halagaba su holgazanería independiente; el que, defendiendo todos los derechos del pueblo, solía olvidarse con frecuencia de recordarle sus deberes; el que prometía también á sus suscriptores un inmediato arreglo social que, echando abajo todo lo existente, haría de la tierra el paraíso de los pobres y el infierno de los ricos.
***
Eran las siete de la mañana de un día de octubre del año de gracia de 1883, triste y nublado como lo son generalmente los del principio del otoño en los pueblos de Levante. Desde la oficina oíase el rumor de los obreros al entrar en la fábrica, y la péndola del reloj de pared del escritorio era el único ruido monótono que interrumpía el silencio de las oficinas. Los libros de comercio descansaban cerrados sobre sus atriles; las sillas y taburetes altos estaban aún separados de sus sitios, y todo indicaba la interrumpida tarea de la limpieza cotidiana. En una butaca de anchos brazos, tendido más que recostado, descansaba el activo Rispall con un plumero grande sobre los muslos y El Porvenir sostenido por sus dos manos elevándole cerca de sus ojos, para ser leído con toda comodidad.
Su abstracción era completa, cuando entró por la puerta que daba al pasillo interior de la casa nuestra amiga doña Bernarda con El Siglo Futuro en su mano izquierda y la derecha metida en uno de los grandes bolsillos de su delantal rayado. Colgaba de su cintura un llavero con muchas llaves de distintos tamaños y surcaban su frente las arrugas hondas que publicaban su carácter atrabiliario, dominado continuamente por una hipócrita conformidad, que en alta voz y en toda ocasión pregonaba, á los altos decretos de la Providencia.
—Nadie por aquí todavía...—dijo al penetrar en el despacho, creyéndose sola;—aún estará durmiendo el usurpador.
Así llamaba casi siempre la dulce católica al pobre Puig, como si la fortuna de que disfrutaba hubiera sido usurpada por él y no heredada legítimamente.
—¡Ojalá!—la respondió Rispall, levantándose con rapidez de la butaca en que se escondía y estrujando en la mano su periódico como si su lectura le hubiera excitado los nervios.—Si él se levantara más tarde, descansaríamos los demás ese tiempo. Pero desde que amanece no está uno tranquilo en ninguna parte. En cuanto el día despunta, ya da principio su tiranía. Recorre los talleres; investiga si han venido los obreros, regaña con los criados, amonesta á los dependientes, y hasta la toma conmigo, que soy el modelo de la actividad y el burro de carga de la fábrica. ¿Qué más Nerón, qué más Narváez que el principal?
—¿Y qué quiere usted, amigo Rispall? Hay que perdonar al prójimo sus flaquezas, según la doctrina cristiana—respondió Bernarda con un mohín más sarcástico que religioso.
—Estamos conformes, señora. Sus flaquezas, sus desgracias, sus errores, sus defectos, hasta sus vicios, si usted me apura, deben perdonarse al prójimo; pero lo que es sus millones, ¡nunca!
—No por rico deja de ser nuestro prójimo.
—¿Prójimo nuestro ese hombre? Buen prójimo te dé Dios. Los ricos no tienen prójimos nunca, señora. Todos los hombres son para ellos esclavos ó enemigos.
—¡Qué ideas tan demoledoras las del buen Rispall!—dijo sonriéndose amargamente el ama de llaves.
—Las de mi credo político; las únicas que han de salvar nuestra sociedad desgraciada y devolvernos nuestros derechos conculcados—que eso mismo decía el artículo de fondo del periódico que estrujaba en su mano izquierda, mientras con la derecha blandía el plumero á guisa de machete.—Soy republicano federal—continuó, alzando la voz—y fuí alcalde de barrio el año setenta y tres, cuando los míos mandaban. Si hubiese continuado aquella época feliz, ¡quizá sería hoy ministro!
—¡Ave María Purísima!—objetó entre dientes doña Bernarda.
—¡Toma! ¿Pues no fué mi compañero Alejandro Martín capitán de artillería á los dos años de haber caído soldado?
—Pero aquello acabó para no volver nunca. Fueron horrores del liberalismo llevados á su más alta y espantosa expresión. Del liberalismo, plaga más terrible que las de Faraón, azote de la humanidad y castigo de la Providencia por haber robado el poder temporal al Soberano Pontífice—que así decía aquella mañana el periódico que doña Bernarda oprimía contra su seno.
—¡El poder temporal, farsa! ¡El Pontífice, otro farsante, otro autócrata, otro rey absoluto más absoluto que Fernando VII! ¡Todos los monarcas son idiotas, todos los reyes infames, todos los amos tiranos! Por eso no puedo ver á estos patronos, á estos principales, que porque tienen en sus arcas todo el oro que nos roban, exigen que trabajemos sólo porque pagan nuestros servicios. ¡Vaya una exigencia!
—¡En cuanto á eso hay mucho que hablar!
—El hombre no ha nacido para trabajar. ¡Es libre, independiente!
—Pero la Biblia...
—La Biblia es otra farsa. La Biblia no habla nada del oro, del vil metal... ¡Maldito sea el oro... cuando le tienen los demás!... ¡Maldito sea el trabajo... cuando le tengo yo! Esos son mis principios políticos y religiosos. ¡Abajo los tiranos, sean los que sean y vengan de donde vengan!
—Si le escuchara á usted mi hermano, ya le respondería lo que hace al caso. Benito no tolera tales exageraciones.
—Porque D. Benito es un ángel, doña Bernarda. Porque su hermano de usted está de non en el mundo. Ese es el amo que debíamos tener, ese el principal de la fábrica, y no el que tenemos por chiripa. D. Benito es afable, es indulgente, es tolerante. Si él fuese el jefe..., todos seríamos dichosos, todos, desde el primero hasta el último.
—Los juicios de Dios son incomprensibles.
—¡Y tanto, que no hay manera de conformarse con ellos! En la fábrica todos opinan lo mismo que yo. ¡Si fuera D. Benito el principal! ¡Anda!, ¿quién trabajaba?
—¡Hombre, me gusta la franqueza!
—Es decir..., se trabajaría..., pero con cierto método..., con cierta medida; porque su hermano de usted es bueno, es compasivo..., mientras Puig..., ¡oh!..., ¡ése!...
—Cuidado no le oiga á usted; ya debe andar por ahí...
—¡Á mí no me importa que me oiga todo el mundo! ¡No pertenezco á la inmunda clase de los aduladores del poder! ¡No soy esclavo!
—Pero al fin hay que tener en cuenta—le interrumpió doña Bernarda, acentuando más su irónica sonrisa—que nos da sueldo, casa...
—Comerciando con nuestro sudor.
—¡Prudencia y calma, Rispall!
—¡Chupando la sangre de los ciudadanos, asesinando al pueblo libre!
—No digo que no tenga usted razón..., pero al fin es el amo.
—¡Amo! ¡Jefe! ¡Dueño! ¡Principal! ¡Señor! ¡Vergüenza da que en el último tercio del siglo diez y nueve se usen aún tales calificativos! ¿De qué nos ha servido entonces que matáramos á César en Roma hace más de dos siglos?
Como se ve, el buen Rispall estaba muy fuerte en historia romana y no se equivocaba mucho en las fechas.
—Vamos, cállese usted y sacuda el polvo. Si el escritorio no está limpio y arreglado cuando venga...
—Sí, dirá que le sirvo mal...
—Será muy capaz de ello.
—Y que le robo el pan que como... ¡Canalla! Vamos, por más que lo pienso, no me explico cómo siendo Bernaregui tan amigo de D. Benito como de don Juan Puig, no le dejó á aquél su fortuna en vez de dejársela á éste. ¡Claro! Procedió como proceden siempre los tiranos. Olvidó al hombre lleno de virtudes, al honrado padre de familia, para hacer poderoso y millonario al hombre adusto, al egoísta, al solterón empedernido, al perverso, al que debe estar plagado de vicios y quizá de crímenes. Digo: ¡qué hombre será él cuando no tiene ni padres ni hijos!
—Eso digo yo—murmuró doña Bernarda sonrojándose.
—Usted misma debe ser su juez más inflexible. Todos creíamos en la fábrica que, al heredar D. Juan Puig el capital de Bernaregui, su primera determinación sería pedir á usted su mano y hacerla su esposa.
—Como lo manda la Santa Madre Iglesia...
—Y como, según parece, tenía usted motivos para esperar, dada la antigua amistad que les unía á ustedes con el nuevo propietario, y hasta quizá sus ofrecimientos en épocas anteriores.
—Me ha hecho su ama de llaves—respondió doña Bernarda, pintándose en su rostro una expresión de despecho y de indignación imposibles de describir, aunque veladas por cierto tinte de resignación cristiana.
—Sin duda para un alma como la suya es igual que usted le cuide el corazón que la despensa. ¡Alma de conservador, y está dicho todo!
—¡Silencio, que viene gente!
Oyéronse, en efecto, unos pasos precipitados, y apareció en el umbral de la puerta del escritorio la bellísima figura de Lucía.
—Es mi sobrina. ¡Calle usted y limpie!—dijo á Rispall doña Bernarda en voz baja, saliendo al encuentro de la joven.
—Otra víctima del monstruo—dijo Rispall con voz apenas perceptible; y con ademanes rabiosos dió dos ó tres plumerazos á los muebles y colocó los taburetes y las sillas en su sitio acostumbrado, disponiéndose sin embargo á escuchar lo que hablaran las dos mujeres y á meter su cuarto á espadas en la conversación, si lo creía necesario.