CAPÍTULO PRIMERO

LA FÁBRICA DE BERNAREGUI

Era doña Bernarda Bonet, mujer que frisaba en los cincuenta años, de morenas y apretadas carnes, de complexión robusta, de carácter agrio, de palabras secas y desabridas, y de corto y revesado entendimiento. Sabía comprender todas las cuestiones propias ó extrañas que se sujetaban á su criterio por el lado más ilógico é irracional; y todos sus actos, como consecuencia natural de tales premisas, eran casi siempre los menos acertados en la marcha normal de su existencia. No había sido en su juventud ni más fea ni más bonita que en su edad madura, y si hemos de creer á cuantos la habían conocido desde sus primeros años, siempre había sido igual; diríase que había nacido de cincuenta años, con el mismo vestido de merino negro, el mismo delantal de cuadros azules y blancos, el mismo pelo pegado á las sienes y el mismo gesto de vinagre. Huérfana casi desde su infancia, siempre había vivido con su hermano Benito, hombre de bonísima pasta á quien conoceremos dentro de poco; y en honor de los dos hermanos debemos decir que se querían entrañablemente y que su conducta moral pública y privada podía servir de ejemplo y de modelo á la clase social á que pertenecían.

Nunca se supo de doña Bernarda si había aspirado en su juventud á los dulces y legales placeres del matrimonio; pero en su calidad de mujer es muy probable que así hubiera sucedido. Sea porque su desabrido carácter hubiera alejado á los pretendientes, ó porque su adocenada y ancha figura no hubiera inspirado simpatías, ó también porque su género de vida la apartaba de fiestas públicas y de recreaciones caseras, ello es que habían transcurrido los años sin que un mal noviazgo ni un ligero proyecto matrimonial hubieran venido á romper la monótona soltería de doña Bernarda. Esto era lo que la opinión pública sabía de sus asuntos; pero en el fondo del corazón de la solterona, y sin que nadie pudiera sospecharlo, había un drama, y un drama terrible, desarrollado en el misterio, en la soledad y en el fuero impenetrable de la conciencia.

Où le terrible va t’il se nicher?

Eso dijo el poeta y eso creen los satíricos; pero en la práctica de la vida vemos continuamente tragedias y crímenes de que son autores ó protagonistas seres vulgares y tontos de capirote. La prosaica, la robusta, la vulgarísima doña Bernarda tenía su drama correspondiente. Por sainete le juzgaría quizá el mundo si le hubiera conocido, pero para ella drama era, y drama fatalista, drama viviente, drama sentimental y hasta filosófico. Desentrañemos su pensamiento y ofrezcámosele como espectáculo á nuestros lectores.

La escena pasa en el corazón de doña Bernarda. ¡Pobre doña Bernarda! En la escena no hay muebles de ningún género, ni puertas públicas ni secretas, ni siquiera una mala ventana. La escena está completamente á obscuras; de pronto entra, recatándose, un personaje...: á la tenue claridad del crepúsculo vespertino parece un hombre: no habla una palabra; no hace más que pasearse y mirar al cielo de cuando en cuando. Y entra y sale y vuelve á entrar y vuelve á salir, y repite esta situación durante cinco actos. Al final se va para siempre y no vuelve más: cae el telón y se acaba el drama. Ni Shakespeare ni Calderón pueden imaginar tragedia más terrible. ¡Pobre doña Bernarda!

Pero y ¿cuál es el argumento del drama, de ese drama inédito que nadie conoce, y que debe estar como todos dividido en actos y en escenas, y escrito sin duda alguna en prosa ó verso, según los gustos ó la idiosincrasia del autor? El drama no sabemos cómo estaba escrito, pero sí afirmaremos que parecía escrito con sangre en vez de tinta y que sus escenas debían ser patéticas y reconcentradas, y exornado además con todo el aparato que exigía su argumento.

El argumento—helo aquí—no podía ser más sencillo ni más humano. La fábrica de tejidos de Joaquín Bernaregui, establecida en Barcelona, era si no una de las más pingües en rendimientos de Cataluña, una de las más consideradas y de reputación más sólida del Principado. Habíase establecido en 1824 con los escasos elementos con que contaba entonces la industria española, y sólo á fuerza de años y discutiéndolas palmo á palmo se habían introducido en ella las reformas y adelantos que el progreso extranjero había sancionado en sus continuos trabajos. Á fines del año 1880, el balance general de la casa acusaba un capital de dos millones de pesetas, después de cubiertos todos los gastos y de equipararse con poca diferencia los créditos no cobrados con los giros y letras á pagar. Puede decirse, por lo tanto, que el estado de la casa de comercio de Bernaregui era desahogado y su situación financiera sólida y segura. Cierto que los dos millones de pesetas no podían ser realizados en metálico contante y sonante, si se hubiera querido liquidar en el acto, y que el valor en coste de la fábrica con sus máquinas, telares, géneros, utensilios y mobiliario industrial y particular nunca hubiera dado un efectivo de la mitad de lo que importaba en los libros de comercio. Para que la fábrica hubiese ido creciendo en importancia y ganancias desde que Bernaregui padre la fundó en 1824 hasta que Bernaregui hijo firmó el balance de 1880, se había acumulado en los últimos veinte años el trabajo asiduo de tres individuos casi de la misma edad y de idénticas condiciones y aptitudes comerciales, aunque de carácter antagónico y desemejante. Uno de ellos era Joaquín Bernaregui, el dueño, el propietario y el jefe de la industria: otro era Juan Puig, el cajero de la casa, honrado á carta cabal, serio y grave en su vida privada como en su cargo oficial; y el tercero Benito Bonet, hermano benévolo de nuestra amiga doña Bernarda. De los tres amigos sólo éste tenía familia: una hija bellísima, que frisaba en los catorce años en el de 1880, y la hermana en cuestión, pues su esposa había muerto al dar á luz á Lucía, la alhaja de la casa, y de la que había sido padrino en la pila bautismal el mismo D. Juan Puig, compañero de Benito. Estos tres hombres, asiduos en el trabajo, morigerados en sus costumbres y económicos en sus gastos, no tenían más objetivo en su existencia que la marcha acertada de la casa comercial y el mayor rendimiento posible de la fábrica. Bernaregui dirigía, emprendía y reglamentaba, por decirlo así, las exterioridades generales de la empresa: celebraba los contratos, llevaba á cabo las compras y ventas por mayor, y como amo y propietario, se embolsaba las ganancias, dando una pequeñísima participación de ellas á sus dos amigos, que nunca habían llegado á ser sus socios y se contentaban, ó lo parecía al menos, con ser los dos principales empleados de la casa. Puig, el cajero, tenía á su cargo, como era natural, la parte administrativa: letras, giros, pagos, asientos; en una palabra, cuanto en casas de más fuste está encomendado al tenedor de libros, al cajero, al apoderado y al tesorero. Ni una peseta entraba en la casa, ni un real salía del bolsillo del principal, sin pasar por las manos y los libros de Puig, y hasta su sueldo, que no pasó nunca de tres mil pesetas anuales, sólo se cobraba después de probarse por balances y arqueos que no había ni la equivocación de un céntimo en los libros ni en las esportillas. Benito Bonet tenía á su cargo la dirección práctica de la industria. Los talleres diversos, los complicados telares, los almacenes, las salas de trabajo, todo estaba bajo la vigilancia, la inspección y la dirección de Bonet, que por su carácter dulce era mirado por todos los obreros como su verdadero jefe y su defensor nato en todas sus quejas ó sus deseos. Estos tres hombres, solteros los dos primeros y viudo el último, formaban una trinidad de idénticos poderes aunque con distintos atributos, y su vida mutua se pasaba en mancomunidad de trabajos, de inteligencias y de gustos. Bernaregui vivía en la fábrica, ocupando dos modestísimas habitaciones del piso principal, pared por medio de la oficina, gran salón atestado de piezas de tela, libros comerciales de cada año, mesas de escritorio, caja, taburetes altos para los escribientes, y estantes con legajos de correspondencia, facturas, partes telegráficos, etc. Dos ancianas, obreras jubiladas de la fábrica, cuidaban de la limpieza, digámoslo hasta cierto punto, de las habitaciones principales y de la ropa interior y de cama del amo, no siendo necesario cuidar de la de mesa, por comer y almorzar siempre Bernaregui en un fonducho en sus años juveniles, en una fonda en los de su edad viril, y en un restaurant en los últimos de su vida. Tampoco Puig y Bonet vivían en la fábrica. El cajero ocupaba un gabinete en un piso tercero de una calle cualquiera como huésped de paga segura, y Benito vivía con su hija y su hermana en un piso modesto, que no para otros lujos daban los doce mil reales de su sueldo, equiparado al de Puig en la decena de años de 1870 al 1880 á que nos referimos. Y aquí empieza el argumento del drama de Bernarda. Puig visitaba á menudo á su compañero y amigo Bonet, y como éste era el único de los tres amigos que tenía casa y hogar, en este hogar y en esta casa se celebraban todas esas fiestas caseras que hacen algo menos monótona la vida de los que diariamente se entregan á un trabajo periódico y uniforme. Las pascuas de Navidad, la noche de ánimas, el día de año nuevo y los respectivos santos de los tres inseparables, siempre los veían reunidos bajo el techo patriarcal y modesto de Benito y Bernarda, si bien en cada circunstancia solemne pagaban los convidados su escote con oportunos obsequios, para no aligerar demasiado con excesos gastronómicos la exigua bolsa del anfitrión.

¿Dió á entender alguna vez Puig á Bernarda Bonet con palabras claras ó indirectas embozadas que no la era indiferente? Nadie puede asegurarlo. ¿Figuróse la pobre mujer que las miradas de Juan tenían una significación que estaban muy lejos de tener? Todo es posible; pero de un modo ó de otro la suposición ó la esperanza nada tenían de absurdo ni de desatinado. Los dos amigos tenían idéntica posición y hasta el mismo sueldo en casa de Bernaregui. Su constante amor al trabajo y el empleo eterno de su tiempo alejaba á ambos de intrigas y hasta casi de conocimientos superficiales femeninos. Siendo ella la única mujer á quien visitaban Bernaregui y Puig, milagro es que Bernarda se contentara con ser amada del compañero de su hermano y no soñara serlo por el mismo opulento jefe de la fábrica y señor de todas aquellas vidas y haciendas.

No fué así, sin embargo. Ella creyó que Puig la amaba ó que podía amarla, que aspiraba á su mano ó que no sería difícil que aspirase á ella; y como su edad era poco más ó menos la misma de su amador en ciernes, y como ambos eran pobres, que pobres son los que sólo tienen por todo capital un sueldo modesto; y como ambos eran feos y honrados y económicos, el plan no tenía nada de descabellado ni de irrealizable. Y sin embargo no se realizaba nunca. En esta situación beatífica y serena sorprendió la muerte un día á Joaquín Bernaregui. Tras rápida enfermedad y rodeado de aquellos únicos seres que constituían, si no su familia, sus únicas afecciones, murió el honrado fabricante, pocos días después de hecho el balance de la casa en 1880.

Abierto el testamento la misma tarde que era conducido el cadáver á su mansión eterna, se vió con sorpresa de todo el mundo y con mayor sorpresa del interesado, según aseguraba él mismo, que el heredero universal de Bernaregui, por carecer éste de parientes en ningún grado, era Juan Puig, su constante cajero y su más constante amigo. Para él la fábrica, la casa comercial, algunos solares, alguna finquita rústica y todo lo que constituían los dos millones de pesetas del último balance.

¡Qué situación final para el drama de Bernarda! Puig no se había casado con ella antes de heredar: ¡no era ya probable ni lógico que se casara después! Quizá ella pensaba, cuando sucedió la catástrofe, en la posibilidad de un atrevimiento por su parte para obligar al hombre á ser más explícito; pero la herencia destruía todos sus planes y sus propósitos. Además ¿quién podía prever cuáles serían las intenciones del nuevo rico respecto á su eterno amigo y compañero?

La humilde casa de Benito, Bernarda y Lucía Bonet, que hasta entonces había sido morada de paz, fué por aquellos días centro de luchas intestinas y de amargas quejas contra el implacable destino. No llegaban á la vecindad gritos ni juramentos, pero oíase el sordo murmullo de las murmuraciones y el continuo silbido de la envidia. ¿Por qué Bernaregui había legado toda su fortuna á Puig? ¿No tenía Bonet los mismos méritos que el agraciado? ¿No habían trabajado los dos del mismo modo durante treinta años para poner la fábrica y la casa de comercio á la dichosa altura en que se encontraba? Si los méritos de ambos eran iguales y el carácter de Benito era mucho más apacible, más benévolo, más dulce que el de Puig, ¿no parecía natural que el difunto hubiese preferido á Bonet? Y si se tenía en cuenta que Bonet tenía familia, una hermana á la que sin cesar habían molestado los tres en sus francachelas, y una hija única sin dote, ¿no era más lógico y sobre todo más equitativo que Bernaregui hubiese nombrado á Bonet su heredero universal, puesto que Puig carecía de familia y sus necesidades eran menores que las de Benito? Y por último, y á este pensamiento se aferraban no sólo los interesados, sino hasta los empleados y obreros de la fábrica, ¿por qué Bernaregui no había repartido su fortuna por igual entre los dos amigos, los dos empleados modelos que le habían ayudado á consolidarla? Cierto que en una cláusula del testamento se encargaba expresamente al nuevo poseedor de la fábrica que atendiera siempre á la persona y familia de Benito; pero dejábase al heredero la facultad de cumplir ó de interpretar semejante recomendación; y como el dinero ciega tanto, ¡Dios sabe en qué términos se daría cumplimiento al deseo del testador!

No seríamos justos si creyéramos unánimes los juicios de los tres individuos que constituían la familia desheredada. El jefe, el pacífico, el honrado Benito se lamentaba de su suerte con sencillas exclamaciones: se alegraba públicamente de la fortuna de su querido amigo y compañero Puig, y sólo hostigado por las agresivas indirectas de su hermana y los profundos suspiros de su encantadora hija Lucía, solía exclamar de modo que sólo lo oyese él mismo: «Si Bernaregui hubiera querido, yo sería ahora rico; y ¡qué felices seríamos todos... si yo fuese rico!» El desahogo no podía ser más prudente. De doña Bernarda no hay que hablar. Quejas, lamentaciones, disparates, malos pensamientos y peores palabras eran el fruto de su extraviado entendimiento, y hasta se permitía mentir á sabiendas, dando á entender con sus reticencias á propios y á extraños, que Puig había bebido los vientos por ella cuando era pobre; que hasta la había hablado de matrimonio más de una vez, y que su deber era haberla ofrecido su mano en el mismo momento en que se vió favorecido por la fortuna de Bernaregui. Lucía suspiraba, pero sin decir por qué: sus tíos la suponían tan interesada como ellos en los asuntos financieros de la familia, y es posible que se equivocaran, como veremos más adelante y como podía esperarse de sus catorce años de edad, que aún no había cumplido en aquella época.

Pasó el novenario de la muerte del testador, y como los negocios comerciales no pueden paralizarse y los trabajos de la fábrica exigían la continuación metódica de los mismos, se convino tácitamente por todos en seguir en la misma situación hasta que el nuevo principal diera cuenta de sus nuevos propósitos. La solemne conferencia que se celebró un mes más tarde en el despacho-oficina de la fábrica y á la que fué invitada doña Bernarda, dejó más amargos desengaños en el alma de la atrabiliaria señora, calmó los poco excitados nervios del bueno de Benito, y fué aprobada y aplaudida por todos los empleados y dependientes. Puig declaró que al heredar á Bernaregui sólo se creía depositario de su fortuna, y por lo tanto seguiría con la fábrica en el mismo pie que el difunto la había dejado. Si la generosidad sin límites de su difunto amigo mermaba su capital con dádivas y alguno que otro sueldo innecesario, él seguiría el mismo camino, y todos los empleados, operarios y obreros tenían en la casa asegurada su subsistencia. Su única aspiración era que todos pudiesen creer que aún vivía Bernaregui.

En cuanto á Benito, á su inseparable amigo, á su querido compañero, al que era más digno que él de haber heredado al difunto, nada más justo que conferirle el cargo de cajero que él había desempeñado. Puig se reservaba, además de su empleo de amo, el de inspector general de los trabajos del escritorio y de los talleres, que había sido el destino de Bonet hasta aquel día. Allí sólo se había verificado un cambio de nombre en el Registro de la Propiedad y en el Tribunal de Comercio, y la muerte de un amigo del corazón. Todo lo demás era exactamente lo mismo que diez, veinte, treinta años antes.

Puig sólo había llegado á tener tres mil pesetas de sueldo al año, lo mismo que Benito; pero desde aquel momento Benito tendría cinco mil, y como además la casa era grande y Puig carecía de familia y siempre había querido á la de Benito como si fuera propia (¡qué rubor el de Bernarda al escuchar aquellas palabras!), quería que su amigo y su familia se viniesen á vivir con él á la fábrica. Aquí ya el abanico de Bernarda empezó á echar tanto aire en la sala donde se celebraba la conferencia, que todos los presentes se apartaron de su lado por temor á una pulmonía. Esto no podría causar escándalo ni sorpresa á nadie—prosiguió el orador,—porque su edad y la de doña Bernarda no se prestaban á malos pensamientos; porque Lucía era su ahijada y de su cuenta corría dotarla cuando más adelante eligiera esposo de su clase y merecedor de su cariño, y porque, en fin, para que no se hiriera la delicadeza de doña Bernarda haciéndola aceptar una posición equívoca, desde luego la confería la dirección completa de su hogar, nombrándola su ama de gobierno y señalándola para alfileres quince duros mensuales.

¡Horror de los horrores! Oir los aplausos y plácemes de empleados y obreros, sentir los cariñosos brazos de su sobrina oprimiendo su cuello con muestras de felicidad, y ver á su hermano..., al mismo Benito, llorar de placer y agradecimiento en los brazos del tirano, del amo, del ser sin entrañas que la relegaba á la categoría de criada..., ¡á ella, á la que merecía ser ama de todos, á la que tenía derechos antiguos..., derechos sagrados á ocupar, no el comedor ni el cuarto de costura, sino el mismo tálamo del emperador de la China!

¡Falso y calumnioso pensamiento que abrasaba su cerebro y hacía enmudecer su lengua de víbora! Ella había sido siempre honrada, sin darse cuenta de ello; Puig había sido siempre casto, y jamás ni con el pensamiento, si hemos de dar crédito á sus antecedentes y á su conducta, había tratado de conceder derechos de ningún género á la ilusa doña Bernarda; pero ésta, en su rabia por no ser el ama, en su despecho por no ser rica, ni apenas se daba cuenta de que echaba su honra por los suelos con tal de zaherir y desacreditar al que los colmaba de beneficios.

Por no dar una campanada escandalosa quizá, y por no perder del todo la esperanza de que aún pudiera conquistar con sus encantos aquel corazón de roca, aceptó en silencio y con cara y ademanes de víctima propiciatoria el puesto que se la brindaba; hiciéronse en la casa las obras indispensables para el nuevo género de vida de unos y otros, y á los tres meses escasos de la muerte de Bernaregui quedó instalada la nueva familia en las mejores habitaciones de la fábrica.

Así pasaron tres años, tolerándose mutuamente unos y otros los defectos de carácter inherentes á toda criatura humana, aunque acentuándose más en la vida íntima todos los puntos salientes que causan rozamientos y divergencias. En esos tres años Benito adornó con un tinte amargo y melancólico su obediente asiduidad; Lucía se desarrolló rápidamente y cumplió sus diez y siete abriles, proclamada por todos los que la conocían como un prodigio de belleza, y doña Bernarda había casi enmudecido echando á solas espuma por la boca, y lanzando por ella suspiros capaces de ablandar las piedras cuando alguno la preguntaba por su salud ó por su dicha.

Puig seguía inalterable desempeñando su papel de amo y de principal, dictando sus órdenes, vigilando su fábrica, haciendo sus balances, algo menos brillantes que los de su predecesor, y más silencioso aún que de costumbre. Cuando se retiraba á su dormitorio y todo era calma y soledad en aquel edificio tan bullicioso durante el día, diríase que una pena profunda embargaba toda su ánima, y que una cadena de pensamientos tristes ataba aquella existencia que tantos envidiaban y que todos creían una de las más felices y bienaventuradas de la tierra.

Formando contraste con estos melancólicos personajes vivía también en la fábrica, en calidad de dependiente, pero con el verdadero empleo de criado de todos y para todo, un hombre de treinta y seis años, de no mala figura, de desenvueltos modales y de rostro no desprovisto de gracia. Llamábase Rispall, había nacido en Villanueva y Geltrú, y gracias á sus buenas referencias no tuvo inconveniente el principal en admitirle á su servicio. Lo malo fué que á pesar de asegurar el hombre con inaudito aplomo que sabía de todo, lo mismo para el escritorio que para el servicio doméstico, se vió muy pronto que no sabía nada, ni para nada servía.

Cuando se le enviaba á la calle con un recado urgente, empleaba dos ó tres horas en cumplir su cometido, y cuando pillaba por su cuenta El Porvenir, órgano de Ruiz Zorrilla y su periódico favorito, hasta que no leía el último anuncio no se daba por satisfecho, ni había forma de hacerle dejar la lectura por más necesarios que fueran sus servicios. Pero era tan agradable su conversación, tan cómicas sus lamentaciones filosófico-sociales y tan originales sus protestas para disculpar la pereza y la afición á la holganza que le caracterizaban, que se había hecho simpático á todos sus jefes; y es de advertir que sus jefes eran todos los empleados de la fábrica, y las familias de los mismos, y cuantos más ó menos directamente tenían algo que ver con el principal. Á bien que á Rispall le importaba muy poco el excesivo número de sus amos; no obedecía á ninguno, con pretexto de obedecer á todos, y hacía en todo y por todo lo que se llama vulgarmente su santa voluntad.

El innato espíritu de rebeldía que domina en el hombre y que á duras penas logra vencerse con la educación y las costumbres sociales, parece que adquiere mayor desarrollo en los grandes centros fabriles y dondequiera que una masa de individuos creen tener iguales derechos y contribuir por igual con su trabajo al desarrollo y prosperidad de una industria. Cada uno de los que se creen con iguales méritos que los otros pretende tener un mérito especial para ser distinguido de sus mismos iguales, y de aquí el afán constante en cada uno de creerse más necesario, de oponer mayor resistencia á las órdenes generales y de suponerse exceptuado por derecho propio de respetar ciegamente las leyes que regulan el orden y la disciplina del establecimiento. Todos bien, pero yo... es la frase que, si no se atreve á salir de los labios, se cuece en todos los cerebros desde el primer dependiente hasta el último obrero, y que perturba sin cesar la armonía exterior, aquel conjunto de voluntades sujetas á la voluntad única y superior del principal. Mientras la resistencia es pasiva y permanece en el estado latente de una enfermedad endémica, nadie se da cuenta de ella y el orden impera en los diversos órganos de que consta aquel cuerpo social; pero hay ocasiones en que el mal toma carácter epidémico, la fiebre se apodera de todos, la invasión estalla, y nacen las huelgas, los motines, las asonadas, las colisiones entre obreros y patronos, los incendios y las ruinas. Por fortuna nosotros no tenemos que describir ninguna de esas escenas terribles, en el día tan comunes, no sólo en nuestra nación, sino hasta en las más ilustradas de Europa y América.

Nuestros cuadros serán más tranquilos, más sosegados, y la lucha, si lucha hay, entre los elementos que constituyen el medio ambiente de nuestro relato será una lucha íntima, sorda, malévola siempre, pero encerrada también en los límites de la mutua conveniencia y del orden establecido.

Para ser verídicos debemos hacer constar que el estado de la fábrica, en cuanto se refiere á su atmósfera moral, no era, en la época que da principio á nuestra historia, tan limpia y sana como en los tiempos de Bernaregui. La enérgica voluntad de su antiguo dueño, causa primera sin duda de su situación brillante, había desaparecido con él, pues el carácter de Puig, reservado y triste, se doblegaba con más facilidad, por su deseo de paz y concordia, á las exigencias de unos y otros y á las aspiraciones no siempre justas y nunca desinteresadas de los más bulliciosos. Y sucedió lo que lógicamente debía suceder. Cuando Bernaregui mandaba, todos sabían que sus órdenes eran irrevocables y que justas ó injustas no había medio de protestar contra ellas, y de aquí nacía la tranquilidad de la obediencia. Puig, por el contrario, admitía observaciones, oía consejos y muy á menudo revocaba alguna de sus órdenes; gran disgusto y profundas quejas cuando no las revocaba todas. Lo que en el uno había sido natural entereza y unidad de miras, se tuvo en el otro por exigencias desmedidas y tiránico despotismo. Los mismos que callaban por todo ante Bernaregui, chillaban por nada ante Puig, y efervescente espíritu de rebelión cundía injustamente de taller en taller y de oficina en oficina en aquella siempre bien dirigida casa de comercio y fábrica de tejidos.

Si en otro tiempo obreros y empleados hubieran podido con algo de razón llamar autócrata á Bernaregui, hoy carecían de ella en absoluto al apostrofar con el dictado de tirano al tolerante y reconcentrado Puig. No se traducían aún en hechos estos temerarios juicios que de él se hacían en conversaciones más ó menos públicas; pero, á la primera ocasión que se presentaba, les faltaba tiempo á todos para quejarse de las exageradas autocracias del antiguo cajero de la casa.

Y ésta era la verdadera piedra de toque de aquellos juicios inmerecidos y de aquellas quejas inmotivadas. Si á Bernaregui hubiera sucedido en la dirección de la fábrica un hijo, un hermano, quizá un lejano pariente, nadie se hubiera dado cuenta del cambio de amo, por más que su carácter, sus costumbres y hasta su inteligencia fueran peores que las de su antecesor. Pero heredar la fábrica uno de ellos, por más que fuese el mejor y el más inteligente de todos, un obrero como los demás, un individuo ajeno á Bernaregui, eso era el colmo de la injusticia, un golpe de la loca fortuna, un capricho de la suerte, que lo mismo y con la misma razón hubiera podido favorecer á otro. Todas las buenas cualidades, todo el mérito, toda la inteligencia que se reconocían con gusto en Puig cuando criado, aunque de la primera categoría, se desconocieron en él cuando amo; y es porque todos sin excepción se creían con el mismo mérito, con las mismas circunstancias que el agraciado.

Como siempre, se exageraba la cuantía en la herencia, haciendo subir á cuatro, seis y más millones de pesetas el capital de la casa, que, según el balance de 1880 á que nos hemos referido anteriormente, sólo arrojaba dos millones, no muy bien contados; y cuanto mayor era la fortuna, mayor era el descontento de los que la veían en manos que no eran las suyas.

Estas indicaciones acerca del estado de los ánimos de cuantos dependían de la fábrica de Bernaregui, que así continuaba llamándose y así había de llamarse siempre, por expresa voluntad del difunto, explican perfectamente los acontecimientos que han de desarrollarse en ella.