CAPÍTULO V
CONCILIÁBULO DE FAMILIA
Á lo menos D. Juan Puig había tenido el buen acuerdo de salir á la calle á tomar el fresco, logrando disipar con la impresión del aire libre sobre su frente la excitación de su cerebro. Los dos hermanos Bonet y Lucía y Ramiro se habían quedado asombrados de sí mismos y aturdidos aún de la terrible escena de que habían sido autores é intérpretes al mismo tiempo.
Su primer y simultáneo movimiento fué mirarse unos á otros como para cerciorarse de que era verdad cuanto había pasado, y el segundo acuerdo, tan lógico y natural como el primero, fué echarse la culpa unos á otros de todo lo ocurrido.
¿Cómo una señora de juicio, tan buena cristiana como doña Bernarda, había abrigado en su alma tan malos pensamientos respecto al prójimo, y lo que es peor y más torpe, había increpado en voz alta á Puig, sin pruebas y sólo por sospechas, de que éste pensaba guardar en sus arcas el dinero del dote que había ofrecido á su sobrina?
¿Cómo el justo, el sensato, el angelical D. Benito había supuesto que su amigo de toda la vida, por rico que fuese, por tiránico que se mostrase con sus empleados y dependientes, quisiera echar á la calle á él y á su familia, y á quién sino á un tonto podía ocurrírsele apuntar semejante idea, para que el otro pudiera aprovecharla el día menos pensado y sumirlos en la desesperación y en la miseria?
¿Por qué el tal Ramirito, que no servía para nada, en vez de ponerse en la disputa al lado de su principal y darse por muy contento con los ofrecimientos de éste, había tratado de exigir su cumplimiento á plazo fijo, ayudando en su rebeldía á su futuro suegro y á su tía política, desconociendo que éstos debían á Puig respeto, consideración y cariño?
Y aquel diablo de chiquilla, siempre dispuesta á defender á su padrino en todas las pequeñísimas discusiones que á diario estallaban entre unos y otros, ¿por qué no había encontrado aquella mañana, en una situación más grave que las demás, acentos conmovedores y aun lágrimas oportunas que hubieran podido calmar la tormenta y hasta aumentar quizá la cantidad desconocida, que Puig había prometido entregarla como dote el día de su casamiento?
Esto pensaba de los demás cada uno de los quejosos, que á su vez estaban dispuestos á jurar, si llegaba el caso, que ninguno de ellos tenía la culpa de lo ocurrido y que sólo los otros tres eran con su imprevisión y su incontinencia de palabra culpables del suceso.
Pero el tiempo transcurría, al escritorio iban llegando los otros dependientes, por los corredores de la casa iban y venían mozos y comisionistas, y allí no se podía hablar en secreto, ni cambiarse impresiones, ni tomar determinación ninguna. Y la situación era grave, y podía serlo más, si al regresar Puig á la fábrica los encontraba indefensos y sin haber convenido en su plan de ataque ó por lo menos de defensa. Tan sentida fué por todos esta necesidad, que á una seña casi imperceptible de doña Bernarda los conspiradores echaron á andar detrás de ella, y fingiéndose los distraídos y adoptando el aire más indiferente del mundo, dieron con sus cuerpos en el gabinete-tocador de la señora que los precedía, situado como todas las habitaciones de la familia Bonet en el piso segundo del edificio.
Entrar todos y cerrar la puerta por dentro doña Bernarda fué una misma cosa. El cuarto era pequeño; los muebles modestos y viejos, sin llegar á ser antiguos, pero veíase en el arreglo y lustre de todos ellos el solícito cuidado y la constante limpieza de su propietaria. Un retrato fotográfico de Lucía, más parecido que artístico, y un Eccehomo al óleo, ni artístico ni parecido, eran los dos únicos cuadros que adornaban las paredes. Separaban el gabinetito de la alcoba unas colgaduras de yute sencillas y chillonas, y sobre un velador ovalado aparecían en correcto legajo los últimos veinte ó treinta números de El Siglo Futuro, órgano político de doña Bernarda.
La ventana, orientada al Norte, daba á la calle, y por la disposición del edificio, desde ella se veía forzosamente á todo ser humano que en él penetrara: por eso había elegido doña Bernarda su gabinete, en un arranque de previsión, para celebrar aquella magna conferencia que iba sin duda á decidir de la suerte de todos. Desde aquella ventana, verdadero observatorio, verían volver á Puig á su domicilio, y tendrían tiempo, antes de que él penetrara en la fábrica, de ocupar cada uno su puesto y fingirse abstraídos en el cumplimiento de sus respectivos deberes.
Ya hemos indicado que doña Bernarda, como casi todas las neocatólicas españolas de pocos alcances, y según describe la ilustre Pardo Bazán á la doña Benigna de su admirable novela Una Cristiana, tenía como concepción religiosa arraigada la de un Dios airado, rencoroso é implacable: el Dios bíblico que visita la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación. Creía buenamente que Dios lo castiga todo á raja tabla, aquí de tejas abajo; y se imaginaba además que esas venganzas y represalias celestiales estaba el Señor dispuestísimo á ejercerlas contra todos los que la molestasen á ella, Bernarda Bonet[1], por cualquier causa ó en cualquier asunto. Gracias á aquella incapacidad suya de generalizar las ideas, presumía que sus agravios y resentimientos personales interesaban muchísimo á la Divinidad; así es que las primeras palabras que pronunció, al ver reunidos á los conspiradores en su gabinete-tocador, fueron casi las mismas que la habitante de la Ullosa:
[1] Benigna Unceta, en Una Cristiana.
—¡Ya verán ustedes como Dios castiga á ese hombre, sin palo ni piedra! Ya lo verán..., dejen correr al tiempo. ¡No se escapa! La que á mí me ha hecho, ¡ya se la tomará Dios en cuenta!
—¡Y á mí que me ha llamado tonto! ¡Á mí que me está siempre calificando de débil, de apocado, de rutinario! Ya se ve..., como que no soy nadie; como que mis escasos medios no me permiten tener grandes ideas. Si yo fuera rico, no sólo no me insultaría, sino que todo lo que yo pensara ó dijera lo tendría por sublime, por acertado, por inmejorable.
—¿Qué quiere usted, amigo D. Benito? ¡Ese es el mundo! ¡Poderoso caballero es don dinero!..., que dijo el poeta; sin él todos somos unos necios: con él todos seríamos unos grandes hombres.—Y creyendo haber dicho una gran cosa, Ramiro buscó su aplauso en los ojos de Lucía, que no estaban en aquel momento para aplaudir á nadie.
—De todo esto resulta, sobrina—dijo doña Bernarda, queriendo sentar conclusiones que sirvieran de base á la conferencia,—que se aguó tu casamiento y que nuestro plan era tiempo perdido.
—¿Y por qué hemos de dar por desbaratado el matrimonio?—contestó Ramiro con ademán resuelto, decidido á afrontar la situación.—Yo sé trabajar: no soy un holgazán ni un ser inútil, y si las puertas de esta casa se me cierran, yo sabré encontrar trabajo en cualquiera otra. En Barcelona, y fuera de ella, lo que sobran son casas de comercio ó de banca, fábricas ó empresas industriales que necesitan hombres honrados é inteligentes..., y trabajando en cualquier escritorio como trabajo en éste, seré mejor recompensado.
—Pero, hombre, la cosa no es para tanto, ¿ni quién le ha dicho á usted que está de más en esta casa? Ni Juan ha extremado su oposición á la boda de mi hija, á lo menos delante de mí, ni le ha dado á entender que le eran innecesarios los servicios que usted le presta.
—No me lo ha dicho claro, pero quizá me lo haya querido dar á entender; y yo no estoy en el caso de tolerar que nadie me falte. Hoy he sido prudente; pero, si se propasa otra vez, no respondo de mí.
—Hombre, á mí me parece que con usted no se ha propasado. En medio de todo hay que hacerle justicia... Juan es bueno..., muy bueno...
—¡Bonísimo!—dijo doña Bernarda, con su sonrisa irónica habitual,—¡inmejorable! Tú sí que eres el bueno, el santo, el infeliz, y por eso le defiendes sin cesar y á todo propósito. ¡Ya le ajustará Dios las cuentas!
—Yo no puedo olvidar nunca que cuanto tenemos y cuanto somos se lo debemos á él, á él exclusivamente. Bueno, muy bueno era Bernaregui: mucho me debía, y sin embargo, si no hubiera sido por Puig..., su heredero universal, no sé qué hubiera sido de nosotros. Pediríamos limosna á estas horas.
—Ni tanto, ni tan calvo. Cajero eres en esta casa, pues cajero hubieras sido en otra: yo trabajo aquí hasta echar el alma por la boca, pues lo mismo hubiera trabajado en otra parte; en una palabra, si él no nos debe nada á nosotros, nosotros no le debemos nada á él, y no estamos en el caso de sufrir siempre en silencio sus tiranías y sus palabrotas.
—En eso no tienes razón. Juan no es hombre de malas palabras.
—Si el llamarme á mí estúpida, y á ti tonto, y á Ramiro chiquilicuatro, te parecen elogios y dulces frases, ya no hay más que hablar: con tu pan te lo comas y buen provecho te haga. Pero yo, por mi parte, no estoy dispuesta á tolerárselos por más tiempo, y por eso he querido que nos reuniéramos aquí inmediatamente, para resolver lo que hemos de hacer y para llevar á cabo nuestras determinaciones desde este momento.
—Nada de precipitaciones, Bernarda: tú tendrás razón en ciertos detalles, pero aquí hay que considerar el fondo de las cosas. Esta casa es como nuestra, puesto que en ella vivimos y comemos, sin costarnos un céntimo. Yo puedo guardar todo mi sueldo, como le guardo efectivamente, y no un sueldo de tres mil pesetas, que es el que tuvo aquí siempre Puig cuando vivía Bernaregui, sino de cinco mil. Tú puedes también economizar imponiendo en la caja de ahorros, como le impones, todo tu salario de ama de llaves ó de gobierno, y de ese modo...
—¡Mi salario! ¡Ahí tienes su mayor infamia! Ama de llaves..., ese es el humillante puesto que yo desempeño aquí. ¡Yo que tenía derecho á esperar que me ofrecería el primero, el único que me corresponde!...
—En cuanto á eso, yo creo que á él no se le ha pasado jamás por la imaginación la idea de casarse, y por lo tanto...
—¿Y por qué no se le ha ocurrido semejante idea? ¿No podía haber comprendido que una mujer casadera podía y debía esperar de un amigo de toda la vida otra situación más definida, más digna y más decente?
—Pero, hermana, si tus quejas no tienen más razones que tus propios deseos, no creo que estés en lo justo al acusarle.
Como se ve, aquella conferencia, que parecía haberse empezado á celebrar para el bien general, tomaba el carácter de una situación particular, y no siendo muy edificante por cierto para los castos oídos de una doncella, obligó á Lucía á refugiarse en el quicio de la ventana y á separarse en cierto modo del grupo beligerante de los dos hermanos. Por prudencia, ó por deseo de aprovechar la ocasión de cambiar impresiones con su amada, Ramiro se acercó á ella y casi se desentendió de la conversación de los dos hermanos que continuaron del siguiente modo:
—¿Y hubiera hecho algo de más ese hombre en ofrecerme su mano? Hasta por el bien parecer, puesto que todos vivimos bajo el mismo techo, ¿no hubiera sido más natural y más decente que me hubiera hecho su esposa?
—Hombre, eso no pasa de ser una opinión tuya.
—¿También vas á defenderle en ese terreno?
—¡Yo no! Pero hay circunstancias..., tu mismo carácter...
—Cuando no era rico, cuando él y tú erais dos dependientes, y no otra cosa, de Bernaregui, bastantes bromas me daba y bastantes veces me dió á entender, con sus miradas y con su silencio, que no le parecía yo tan desprovista de mérito ni tan insignificante como ahora.
—¿Qué me cuentas? Pues te juro que nunca me dijo á mí la menor palabra sobre tal asunto...
—Me parece que con indicármelo á mí tenía bastante. «¡Qué buena está usted, vecina!,» me decía á menudo; «¡qué colores de rosa se ha traído usted esta mañana!; ha dicho usted eso con mucha gracia; ¡qué cutis tiene usted tan suave, Bernardita!» y siempre cosas por el estilo. Pero desde que se vió amo y señor de la casa, desde que nos vinimos á vivir con él por expresa voluntad suya: «Tome usted el dinero del mes; cuatro y cuatro ocho, y nueve diez y siete, y cuatro veintiuno; tome usted por junto el bacalao; el aceite ha subido...» ¡y eso es todo! Ni me mira, ni me escucha, ni atiende casi á mis observaciones. ¡Está visto que para ese hombre ni tengo ya frescura, ni gracia, ni cutis!
—Yo ignoraba todo eso; pero, hija, nada tiene de extraño semejante cambio. Es difícil que el hombre pueda sobreponerse á su mudanza de fortuna.
—Pero cuando un hombre es bueno, como tú dices que lo es Puig, cuando se tiene buen corazón, aunque la cabeza se desvanezca algo con la fortuna, no se debe hacer sufrir á los seres que nos rodean. ¿No opinan ustedes lo mismo, niños?—concluyó Bernarda, dirigiéndose á los dos amantes, que discretos y distraídos consigo mismos se habían enfrascado en una conversación íntima.
—Indudablemente, señora—respondió Ramiro sin saber de lo que se trataba.
—¡Ya lo creo, tía!—añadió Lucía, retirándose un poco de la ventana y dispuesta á tomar parte en la conversación, si se generalizaba. Precisamente tenía muchos deseos de dar su opinión clara y resuelta, apenas se la pidieran.
—¡Pues qué!—continuó doña Bernarda, dirigiéndose á Benito,—si tú hubieras sido el heredero universal de Bernaregui, ¿harías lo que él hace? ¿Serías lo que él es? ¿No nos hubieras hecho felices á todos? ¡Habla, hombre, habla!
—Hermana mía, Dios lo ha dispuesto de otro modo, y tú mejor que nadie sabes que hay que conformarse con sus designios.
—La verdad es que sólo por ser sus juicios incomprensibles se pueden comprender ciertas cosas.
—No por mí, os lo juro, sino por el prójimo, hubiera querido ser rico. Yo soy un hombre de modestas aspiraciones, de constante amor al trabajo y de conformidad cristiana para soportar todas las penalidades y escaseces. Pero quisiera haber heredado esa gran fortuna sólo por no ver á mi lado ninguna tristeza ni ninguna escasez. No por mí, lo repito, sino por mi hija, por mi hermana, por esos desdichados obreros de la fábrica que ganan su mísero jornal con tantos sudores, por usted mismo, Ramiro, tan digno de mejor suerte, echo de menos los millones de Puig. No por ambición, sino por filantropía, por deseos de hacer dichosos á todos los que me rodean, incluso al mismo Puig, exclamo á todas horas: «¡Si yo fuera rico!»
—De seguro que entonces no habría ni un desgraciado en la fábrica—dijo Ramiro, que de algún modo había de corresponder á los buenos deseos de su futuro suegro.
—¡De seguro! Lo primero que haría era casaros y arreglar en la casa habitaciones á propósito para la nueva familia. ¡Todos juntos, siempre!
—Y en cuanto á Puig, á ese señor que nos trata con tanto despego hoy y que nos considera como esclavos suyos...—dijo Bernarda.
—¡Oh!, á ése yo le aturdiría á beneficios. Por lo pronto, y que quieras que no, le casaba contigo inmediatamente.
—Respecto á mi boda con su bellísima hija de usted, no es necesario que usted sea rico para celebrarla en seguida. Yo la amo con delirio, ella paga mi amor, y estoy resuelto, suceda lo que suceda, á llevarla al altar inmediatamente. Si usted no quiere esperar á que D. Juan señale la fecha que le agrade, aquí me tiene. Disponga lo que se le antoje y déjeme darle pronto el nombre de padre.
—¡Eso es hablar!... Y si mi hija opina como usted...
—Yo tengo el sentimiento de no opinar como Ramiro. Le amo, ¿á qué negarlo?; deseo, como es natural en toda muchacha soltera, casarme con el hombre que mi corazón ha elegido; pero basta que mi padrino desee retardar esa boda, por motivos que á él le parecen acertados, para que yo no le contradiga y me resigne á seguir sus consejos y aun á respetar sus órdenes, si como órdenes quiere imponerme sus opiniones. Esta es mi resolución, que no creo debe desagradar á ustedes y que de positivo nos ahorrará á todos serios disgustos, y quizá una ruptura, de que todos tendríamos que arrepentirnos.
Con profundo silencio se oyeron las breves razones de Lucía. Doña Bernarda quiso protestar, sin embargo, y hasta empezó á decir:
—Con todo..., repara, sobrina...
—D. Juan querrá tan sólo mi bien—prosiguió ésta con entonación resuelta—y yo, como debo, me allano en todo á su gusto.
—Pero, Lucía..., mi amor...—dijo Ramiro.
—Su amor de usted tendrá la amabilidad de esperar como el mío. Y en cuanto á mi mano, crea usted que se la tenderé con gusto, con mucho gusto, el día que mi padrino se la conceda á usted solemnemente.
No había nada que contestar á una decisión manifestada tan enérgicamente, y como si la casualidad quisiera concluir de hecho aquella conferencia que había concluído de derecho por sí misma, vióse venir á lo lejos á D. Juan Puig, que bajaba por la calle con dirección á la fábrica.
—Ya vuelve—dijo Bernarda dando la señal de alarma.
—Ramiro, cada cual á su puesto. Ustedes, señoras, se quedan aquí: nosotros al escritorio; aquí no ha pasado nada.
Eso dijo Benito con rapidez, y sin hablar más palabra salieron los dos hombres del gabinete.
***
Cuando Puig entró en el escritorio estaba todo el mundo en su sitio como si efectivamente no hubiera pasado nada.
Volvía el principal un poco más pálido que de costumbre, pero tranquilo y sereno al parecer: atravesó el escritorio, pieza grande y algo destartalada, y sin detenerse en el sitio que acostumbraba en el testero de la mesa donde escribía Ramiro, abrió la mampara que daba á su despachito particular y entró en él, más pensativo que de costumbre. D. Benito y Ramiro le observaban con el rabillo del ojo, fingiendo estar ocupadísimos. La mampara quedó abierta y pudieron ver que Puig dejaba en un rincón su bastón y su sombrero y se ponía á escribir sobre su mesa con verdadero encarnizamiento.
Rispall, el furibundo demagogo, penetró en el escritorio, y con el énfasis peculiar de su oratoria, dijo á D. Benito, casi á gritos:
—El corresponsal de Olot ha venido ya dos veces para decir que se remitan hoy mismo los veinte fardos que ha pedido.
—¿Y por qué no has avisado antes?—dijo D. Juan desde su despacho.
—Porque he tenido otras cosas que hacer—respondió Rispall.—No puede uno estar en todo, por más que quiera.
—Bien, bien—dijo Benito, tratando de apaciguar los ánimos,—no hay más que hablar: dile que se le complacerá en seguida.
—Ya debía eso estar hecho—dijo D. Juan, saliendo del escritorio;—desde ayer tiene Rispall la orden de avisarte.
—Se habrá distraído el pobre; pero nada hay perdido.
—Hay perdido el tiempo que emplea cada uno en no cumplir con su deber. ¡Esto es ya de todo punto insostenible!
—Pero, Juan, me parece que yo siempre cumplo con el mío.
—Nada de esto va contigo... Me refiero á Rispall...
—El infeliz habrá querido hacerlo seguramente; pero una distracción la tiene cualquiera, y... se habrá distraído.
—Eso es, me había distraído..., y no es culpa tan grande.
—¡Basta!—dijo Puig.
—Yo te ruego que le perdones...
—¡Siempre defendiendo á todo el que falta á su obligación! ¡Te has hecho abogado perpetuo de holgazanes y de perdidos!
—Y no creo ofenderte con eso... Mi corazón es bueno.
—No creo que el mío sea malo; pero siendo el tuyo tan superior al mío, bien podías emplearle más en mi provecho y en mi servicio.
—Me parece que en cuanto á cumplir mi obligación...
—Tu obligación primera es mirar por mis intereses, que después de todo son también los tuyos, puesto que de ellos vivimos ambos.
—Yo protesto de tus palabras...
—Dejemos eso: vete á despachar ese asunto, y usted, Sr. Rispall, aguárdese.
Salió Benito cariacontecido del escritorio, y no menos aturdido que su defensor se quedó el criado adivinando el giro que iba tomando el asunto.
Puig se paseaba de un extremo á otro de la habitación, como siempre que tenía que resolver un negocio grave, y parándose de pronto frente á Rispall, le dijo:
—Y tú, desde este mismo instante, puedes ahorrarte todo trabajo y á mí el disgusto de tener que sufrirte...
—En eso estamos de acuerdo. Las elecciones municipales se aproximan, y estoy resuelto á presentar mi candidatura para concejal... ¿Quién sabe si antes de dos años vendrá Ruiz Zorrilla y seré gobernador ó director de contribuciones?
—Tú serás siempre un imbécil, y lo único que debes hacer es aprovechar la lástima que te tengo y comer en la fábrica de limosna, sin robar un salario que desde hoy tendrá en mi casa quien me sirva mejor.
—¿Cómo? ¿Me despide usted de su casa?
—Debía hacerlo por holgazán y por inútil; pero ¿dónde has de ir, infeliz?
—Vamos: ¡si en eso había de venir á parar la antipatía que usted me ha tenido siempre! Claro, ¡como que he sido cantonal!
—Lo que tú has sido y serás toda tu vida es tonto de capirote.
—¡No me trataría usted de este modo si hubiesen triunfado las Cortes el 3 de enero! Pavía es el que tiene la culpa de lo que á mí me pasa.
—Bueno, pues quéjate á Pavía y quédate á comer y á dormir en mi casa hasta que encuentres quien te admita en la suya, pero sin obligación ni cargo alguno. Así podré á lo menos estar servido á gusto.
—¡No se concibe ingratitud semejante!
—¿De veras? Me gusta la palabra.
—Sí, señor, ¡ingratitud y despotismo! ¡Al fin conservador, ó constitucional, que para mí es lo mismo!
—¡Ven aquí, animal!—dijo Puig ya fuera de sí, cogiendo al criado por la solapa de la americana y zarandeándole con sus manos de hierro.—Si otro que yo fuera aquí el amo, ¿crees que te hubiera soportado un solo mes? ¿Te figuras que se puede servir á nadie con tus negligencias y tus barbaridades? ¿Conque soy un tirano y un desagradecido? ¡Vete, quítate de mi presencia inmediatamente, y si cambias de amo, ya me echarás de menos algún día!
—Esa es su opinión de usted—dijo entre dientes Rispall, desasiéndose de las garras del principal.
—¡Vete, te digo! ¡Que no vuelva yo á verte más!
—¡Ya me voy, ya me voy!—dijo el criado, saliendo á escape del escritorio y murmurando por el corredor: «¡Si es peor que Calomarde! ¡Si es infinitamente peor que el Chaperón que pinta Pérez Galdós en el Terror de 1824!»
Los escribientes en general y Ramiro en particular habían presenciado la escena sin tomar la menor parte en ella. El día seguía tan tormentoso como había empezado, y lo mejor era apartarse de la nube. Mirólos á todos Puig, como ansiando que alguien le contradijera, y no encontrando en aquellas fisonomías la menor señal de protesta, volvió á su despachito, dejando otra vez abierta la mampara, cosa que le sucedía raras veces, cuando se abstraía en algún trabajo particular que exigía el silencio y la soledad. Diríase por esto, y por las señales de impaciencia que se observaban en su semblante de cuando en cuando, que esperaba algo ó á alguien con interés profundo.
Á los pocos momentos volvió á aparecer Benito por la puerta del corredor con unas facturas; se las entregó á Ramiro y pasó á su mesa á escribir, no sin haber echado antes una mirada escudriñadora al despacho de Juan. Éste permanecía sentado en su sillón, con la frente apoyada en su mano derecha. ¿Pensaba ó sufría?
No era tanta la calma y el silencio en el gabinete de doña Bernarda. Ésta, que había visto derribarse su castillo de naipes de escándalo y de reyerta con la atinada y enérgica decisión de su sobrina, la emprendió con ella en cuanto se quedaron solas, y con burlas primero, con indirectas después y con insultos por último, obligó á Lucía á defenderse de sus injustas acusaciones y de sus malos juicios.
Lo que menos se le ocurrió decir á la irascible solterona fué que su sobrina, más atenta á adular á su padrino para que aumentara su dote, que á velar por la dignidad y el decoro de su padre, hacía causa común con el enemigo de todos, poniendo á su familia en ridículo y á su novio en una situación desairadísima. La pronosticó, como siempre que alguien destruía sus planes de venganza y de ira, que Dios la castigaría por su desobediencia y su egoísmo y que ya tendría algún día que arrepentirse de la conducta que había observado con su padre en aquella hora memorable.
Ni D. Juan la dotaba, ni la dotaría nunca. Pasarían años; Ramiro se cansaría de esperar, ó si se iba fuera de Barcelona la olvidaría por otra; ella seguiría solterona y desesperada, y pobre, abandonada y huérfana, porque su padre y su tía se morirían de los disgustos que les daba, quedaría á merced del avaro y del infame D. Juan, que la tendría siempre hecha una fregona ó que quizá pretendería hacer de ella su vergonzosa concubina.
Tales horrores causaron, como era natural, en la muchacha una verdadera desesperación que terminó en un mar de lágrimas, mientras su tía, más enojada aún con el llanto que con las palabras, daba golpazos sobre los muebles y llamaba á Dios y á los santos para que castigaran la desobediencia de su sobrina. Allí las dejaremos para mejor ocasión, puesto que nos llama en el escritorio un acontecimiento desacostumbrado.
***
Vestido correctamente de negro, con un pliego sellado y lacrado en la mano y con unas gafas de oro sobre su nariz aguileña, se acercó á la mesa donde Benito escribía el notario D. Ramón Ortiz de Llauder, persona apreciabilísima y uno de los más considerados de Barcelona. Expuso á Benito la urgente necesidad que tenía de hablar á Puig, y le rogó que le pasara recado, suplicándole diera de mano á sus ocupaciones, por importantes que fuesen, toda vez que tenía que hablarle en el acto de una cosa más importante que todas las que podían referirse á la casa de comercio.
Extrañando Benito, no tanto la presencia de Llauder como sus palabras, se levantó rápidamente de su silla y entró en el despacho de su amigo y jefe. Éste, que parecía no haber reparado en la entrada del notario en el escritorio, alzó los ojos y miró á Benito fijamente.
Diríase que pretendía rebuscar con su mirada el fondo de la conciencia de su amigo.
—¿Qué traes? ¿Ocurre algo de particular?—le dijo.
—¿Estás ya de mejor humor que esta mañana?
—No le teníamos todos muy bueno—contestó Puig sonriendo.
—Me parece que el tuyo sobrepujaba al de todos; pero en fin, tú eres el amo y puedes tener el que te acomode.
—Esa no es una razón; y si te ofendí en algo, te ruego que lo olvides y me perdones.
—No hay nada que perdonar. Esas son libertades que puede tomarse la amistad cuando es tan antigua como la nuestra.
—Así lo creo y te agradezco tus palabras. Ahora, ¿qué ocurre?
—D. Ramón Ortiz de Llauder, el notario de Bernaregui y creo que sigue siéndolo tuyo, desea hablarte inmediatamente para un asunto muy grave.
—¡Buscarme aquí y no citarme para su casa! Sin duda es negocio de excepcional importancia. ¿Dónde está?
—En el escritorio; desde aquí puedes verle.
—Dile que pase inmediatamente..., ó mejor, se lo diré yo mismo. Sr. de Llauder, pase usted, pase usted por aquí; para usted no estoy yo nunca ocupado. No tiene usted nunca necesidad de quien le anuncie.
Y uniendo la acción á la palabra, tomó de la mano al notario y entró con él en su despacho. Viendo que Benito se disponía á cerrar la mampara y á dejarlos solos, empujó suavemente á su amigo dentro de su despacho y le dijo:
—Cierra tú la puerta por dentro y quédate con nosotros. Para ti no hay ni debe haber nunca secretos en mi casa.
—Te doy gracias: pero quizás se trate de algún asunto en que yo no deba intervenir, y me retiro.
—No sólo lo permito—respondió el notario,—sino que yo mismo iba á suplicar á usted que permaneciese con nosotros. Su presencia de usted es no sólo conveniente en nuestra entrevista, sino que es absolutamente necesaria.
Benito oyó sorprendido á Llauder; corrió el pestillo de la mampara, y tomando asiento enfrente de Puig, se preparó á enterarse del urgente é interesante asunto que, según le parecía, no había de importarle maldita de Dios la cosa.