CAPÍTULO VI
ABEL Y CAÍN
«Ustedes, que durante tantos años—dijo después de una breve pausa el notario—fueron amigos, y más que amigos aún, compañeros inseparables de Bernaregui: ustedes que con su laboriosidad, inteligencia y entrañable afecto le ayudaron á labrar su fortuna y conocían tanto como él mismo los negocios de la casa y el próspero estado de su fábrica de tejidos, recordarán que me honraba con su amistad y que tenía puesta en mí toda su confianza, seguro de que yo no había jamás, por nada ni por nadie, de faltar á ella.»
—Es cierto—contestó Puig;—siempre le oí hablar de usted en los términos más respetuosos y siempre le oí elogiar su acrisolada honradez y la benéfica influencia que los consejos de usted y su práctica en los negocios habían ejercido en la mayor parte de sus especulaciones y proyectos.
Una señal de asentimiento de Benito y un movimiento de gracias del notario respondieron simultáneamente á la interrupción de Puig.
«No extrañarán ustedes—prosiguió el depositario de la fe pública—que así por las funciones de mi ministerio, como por la verdadera y desinteresada amistad que con Bernaregui me unía, esté yo mucho más enterado que ustedes mismos de algunas circunstancias de su vida y de la marcha de un asunto completamente privado que fió á mi honradez y á mi silencio.
»No fué hijo único Bernaregui de sus honrados padres, pero sí era el primogénito, y si aquéllos hubiesen poseído una fortuna, á él exclusivamente le hubiese correspondido con arreglo á nuestra legislación regional. Pero aquellos padres, que querían á Joaquín con delirio y que eran quizá algo injustos con Miguel, su hijo segundo, no dejaron al morir á los dos hermanos más que lo necesario para enterrar á sus padres con decencia y para vestir por su muerte el luto reglamentario.
»Diez y siete años contaba Joaquín y quince Miguel cuando quedaron huérfanos; pero tal era la diferencia de sus caracteres, de sus aficiones y hasta de sus fisonomías, que nadie, á no saberlo, los hubiera tenido por hermanos. Como Joaquín conocía y lamentaba la preferencia que con él habían tenido sus padres respecto á su hermano, y achacaba á esta injusta desigualdad casi todos los defectos de Miguel, todo su empeño y su único afán fué hacerse perdonar de éste aquellos errores paternales y lograr con su cariño y sus eternos sacrificios conquistar aquel corazón que siempre había permanecido cerrado al amor fraternal. Dióle á elegir carrera, pagóle maestros particulares, vistióle con lujo, le rodeó de comodidades, satisfizo todos sus caprichos, y mientras él economizaba el último céntimo y vivía miserablemente matándose á trabajar sin tregua ni descanso, su hermano vivía en la holganza, adquiría vicios, contraía deudas, se hacía camorrista, jugador y tramposo, y sordo á los consejos y ciego á los ejemplos, amenazaba ser con el tiempo un criminal, un bandido.
»Decir á ustedes la pena de Joaquín Bernaregui; referirles las veces que, sacándole de manos de tahures y busconas, esperó en sus propósitos de enmienda y desesperó al ver su constante reincidencia, sería el cuento de nunca acabar. Baste decirles que un día desapareció Miguel sin participar á su hermano el lugar donde iba á fijar su residencia y sin dejarle siquiera dos palabras que expresaran su gratitud y su cariño, y que esta desgracia fué para Joaquín, á pesar suyo, la base de su fortuna y el origen de su eterna desdicha.»
—De su eterna dicha habrá usted querido decir—exclamó Benito, interrumpiendo al notario.
«He querido decir, señores, lo que he dicho. El pobre Bernaregui fué siempre desventurado, y si ustedes recuerdan bien los detalles de su carácter, y si no se han explicado su profunda melancolía y no han sabido darse cuenta de la verdadera enfermedad que le quitó la vida, hoy, por necesidad triste para mí y por las circunstancias que á ello me obligan, descorreré el velo que cubría, aun á los ojos de ustedes, sus verdaderos y únicos amigos, aquella existencia tan desdichada.
»Diez años son generalmente plazo brevísimo para los hombres inactivos ó perezosos que no saben aprovecharlos; pero para una naturaleza activa, para un carácter emprendedor, para un alma vehemente y perseverante al par, cualidades que rara vez se ven juntas, diez años son casi una vida. En ellos, y gracias á la suerte que ayudó en esta ocasión al inteligente trabajo de Bernaregui, vióse éste dueño de la fábrica que aún hoy lleva su nombre, querido de cuantos le trataban, considerado en el comercio y citado en Barcelona como modelo de honradez, laboriosidad y acierto en sus empresas. Contaba entonces treinta años, y al cumplirlos y al verse dueño de una fortuna modesta, pensó por primera vez en compartirla con una mujer honrada que llevara dignamente su nombre, que fuera su amante compañera y á quien querer como mitad de su propio corazón y como madre de sus hijos.
»Poco puede entender de achaques femeninos quien consagra su vida á la constante labor del trabajo. Requiere el amor, como tirano egoísta, la abstracción completa de ocupaciones y pensamientos, y no suele dar su confianza, ni abrir la llave de sus secretos y de sus placeres, sino al que renuncia por él y para él á toda otra pasión, otro empleo y otro objetivo. Las mujeres sólo se apasionan de los que dedican á ellas casi por completo su tiempo y sus energías, y el honrado Joaquín había ya empleado la tercera parte de su vida en la lucha material y moral por la existencia sin saber lo que era el amor y sin conocer á la mitad del género humano que le inspira. Ese fué su primer error. Quiso encontrar, á la primera exploración por aquel mundo desconocido para él, una mujer buena, leal, honrada y amante, y adornó en su imaginación con todas esas cualidades á la primera cara bonita que encontró en su camino.
»Ignorante por completo del mundo moral en todo cuanto se relaciona con la vida recíproca de los dos sexos, no había tenido tiempo para conocer siquiera, no ya para estudiarlo, el problema que acerca del matrimonio existía ya antes de que Dumas hijo le hiciera suyo, y la clasificación que de las mujeres habían hecho los filósofos de todos los países y de todos los tiempos antes de darla á la estampa el autor del Divorcio. Joaquín no sabía que las mujeres se dividen en tres categorías:
»Mujeres del templo.
»Mujeres del hogar.
»Mujeres de la calle.
»Y que equivocar unas con otras, y elegir para compañera una de las que han nacido para no tener compañero, ó de las que arrastran su vida siéndolo de todos, es un error que como no puede enmendarse sino con la muerte, en los países católicos, lleva consigo la desdicha del hombre, la destrucción de un hogar y la ruina de una familia.
»Aquel hombre de treinta años, cuyo corazón, virgen al amor, comenzaba á latir con tanta mayor violencia cuanto más tiempo había vivido limitado á desempeñar sus funciones fisiológicas de músculo cardíaco; cuya robustez se había desarrollado en la gimnasia higiénica del trabajo y la continencia; cuya imaginación no había roto sino en sueños la valla que separa la práctica cotidiana de la vida, de la ilusión fantasmagórica de lo desconocido; aquel hombre, en fin, en la plenitud de su fuerza, de sus sensaciones y de sus deseos; aquel comerciante honrado, metódico y deseoso del bien, se enamoró con todas las fuerzas de su corazón y de su espíritu de una linda joven, sin bienes de fortuna y cuyos antecedentes, si no escandalosos y probadamente perversos, no eran tan limpios de sospecha como merecía la inocente sencillez de su enamorado.
»Pero ¿quién se atreve á descorrer la venda del amor, y á acusar sin pruebas tan claras como la luz del sol á la que es objeto de adoración, y á la que, conociendo su decisiva influencia sobre un corazón enamorado, ha de tener de sobra medios y recursos para salir victoriosa, y para convertir en enemigo mortal del hombre que la adora al que se atreve á indicarla como poco digna de merecer la estimación pública y de legitimar su pasión con el santo sacramento del matrimonio?
»Yo mismo, á cuya noticia habían llegado algunas primeras aventuras de Pilar Suárez, que así se llamaba la novia de Joaquín Bernaregui, me atreví un día á rogarle que procurase refrenar su pasión, y dedicara algún tiempo á examinar el breve pasado de aquella mujer que no contaba aún veinte años y de la que no todos cuantos la conocían hablaban con respeto. Hasta me atreví á indicarle que, viviendo los parientes de Pilar en un pueblecito de la costa de Levante y habiéndole ella manifestado muchas veces que sólo la separaban de ellos incompatibilidad de caracteres, convenía que él mismo fuese á hablar con ellos, sin noticiárselo á la interesada, y adquirir allí datos fidedignos sobre su vida y sus costumbres. Rechazó mis consejos, desoyó cuantas advertencias más ó menos embozadas le hicieron algunos compañeros, y decidió resueltamente dar su mano á la amada de su corazón por ser la única mujer que le había comprendido, que le había amado entrañablemente y que podía hacerle dichoso..., ¡á él, pobre neófito en pasiones amorosas y que oía sin duda por primera vez pronunciar semejantes palabras de labios femeniles!
»Así las cosas, reapareció un día en Barcelona Miguel Bernaregui, sin avisar su regreso, como no había avisado su partida: se enteró de cuanto á Joaquín se refería, supo el estado de su fortuna, sus relaciones amorosas con Pilar, el proyectado enlace de ambos, y sin darse, no ya por ofendido, sino casi por enterado de tales acontecimientos, se presentó en casa de su hermano como el hijo pródigo, pidiéndole perdón de sus pasados extravíos y prometiéndole una enmienda que había de hacer la felicidad de todos.
»Pero el hijo pródigo de la Biblia era falsificado. Quizá entre los harapos de su miseria, en los horribles crepúsculos de mil días sin pan, entre las brumas mortíferas de aquella América donde había arrastrado los diez años de su estéril juventud, sintió brotar en su corazón la chispa del remordimiento y el anhelo de la paz de la conciencia y del bienestar del cuerpo. Es posible y aun probable que, al desembarcar en su patria, aquellas ideas llegaran á querer apoderarse de su cerebro; pero un hecho triste, brutal, aterrador, le había vuelto á sumir en la perversidad de su pasado. Su hermano, aquel que iba á perdonarle, á abrirle sus brazos, á instalarle en su propia casa, á darle participación en sus trabajos y en sus alegrías, el que había de dejarle al morir toda su fortuna, tenía resuelto casarse; había ya elegido la madre de sus hijos, y éstos y ella misma le desheredarían á él, al único heredero, al legítimo sucesor del comerciante rico y célibe. Volvía á escuchar, después de veintiocho años de lucha, la terrible maldición que había presidido á su nacimiento. Era el segundón, el paria, el mendigo eterno; y ahora sin esperanza, sin probabilidades, sin enmienda en el Mane, Texel, Phares, de su destino.
»Su consternación fué terrible, su resolución rápida y sublime para el genio del mal que se la dictaba. Si hubiera poseído la cualidad del valor, que no suele faltar á los grandes criminales, la muerte de su hermano hubiese sido decretada y llevada á cabo con el puñal ó el veneno; pero práctico en los lados horribles de la existencia, pensó que las puñaladas morales son tan seguras como las que pueden hacerse con una hoja de Albacete, y no se corre con ellas el peligro del código y el castigo de la justicia humana.
»Esto en el caso de que el herido se dé cuenta de la mano que le hiere, cosa que no sucede siempre, pues las circunstancias que rodean al crimen y la destreza é hipocresía del criminal pueden alejar de la víctima hasta la menor sospecha de quién puede haber sido su verdugo.
»En el plan que concibió Miguel se presentaban dos soluciones, y ambas, calculadas con la frialdad perversa de un odio inveterado, le aseguraban el porvenir de una impunidad perpetua y la posesión de la fortuna del desdichado inocente que abrigaba con el calor de su seno á la víbora que debía matarle con su incurable veneno.
»Veamos su proyecto. Ante todo y como base de sus ulteriores resoluciones, era preciso conquistar el amor de Pilar, empresa que él juzgaba, y con razón, no muy difícil, dados los antecedentes de la joven y la diferencia que para una muchacha de poco austeros principios había de existir entre el honrado comerciante esclavo del trabajo, siempre ocupado en los negocios y desconocedor de las superficiales, pero agradables pequeñeces del amor, y el hombre corrido en conquistas amorosas, dueño de todo su tiempo, y práctico en manejar las ventajas que la ociosidad, el trato de gentes y el conocimiento de las flaquezas humanas pueden dar á un hombre sobre una mujer superficial y amiga de los placeres materiales. Si Joaquín Bernaregui, sencillo, serio, rico y desconocedor del corazón femenino, era el bello ideal del marido, Miguel, calavera, elegante, audaz y apasionado, era el modelo de los amantes. Claro es que si éste se hubiera presentado á Pilar como aspirante á su mano, no era ella tan necia ni estaba tan desprovista de sentido práctico que le hubiese preferido á su futuro esposo; entre los dos hermanos la elección no era dudosa. Aplicando á los hombres la clasificación que Dumas hace de las mujeres, Joaquín era el hombre del hogar, Miguel el de la calle, y Pilar tenía bastante pervertido el corazón para no contentarse con el primero y para dejar de ver con agrado al segundo. Podía ser al mismo tiempo, si las circunstancias la empujaban á tal extremidad, amante del segundo y esposa del primero. No se equivocó Miguel en sus juicios, ni vió fallidos sus proyectos. La tierra era á propósito para la semilla que él pensó echar en ella, y la cosecha no había de tardar en ser recogida.
»No tuvo necesidad de emplear todos sus recursos para aquella conquista. Dos ó tres conferencias á solas, algunos obsequios insignificantes y oportunamente ofrecidos, y más que nada una pasión vehemente, perfectamente fingida, y una audacia repulsiva para las jóvenes pudorosas y embriagadora é irresistible para casi todas las mujeres que ya han conocido el placer de los sentidos, hicieron al seductor dueño de aquella linda joven, elegida por Joaquín para ser la guardiana de su honrado nombre y la sacerdotisa de su hogar.
»¿Cómo había de imaginar nunca el leal, el noble corazón de Joaquín, que su propio hermano, el que le debía cuanto era y cuanto pudiera ser en el mundo, y la mujer que iba á cambiar su posición modestísima, casi miserable, por la consideración pública y la fortuna santamente adquirida, se burlaban, le ofendían y encontraban en su santo propósito la salvaguardia de su crimen y la impunidad de su delito?
»Bien podían los infames saborear á mansalva todos los goces de su pasión criminal; bien podían entregarse á todos los extremos de un amor indigno: más seguros estaban aún por la cándida honradez del ofendido que por sus bien pensadas precauciones. Hasta el cambio de conducta que al parecer se efectuaba en Miguel era un nuevo lazo en el que cayó Joaquín. De Pilar nada hay que decir: para mujeres como ella el fingimiento es cosa baladí, y tanto cuanto mayor sea la ofensa que hacen al hombre á quien engañan, tanta mayor es la habilidad para fingirle cariño, ternura y simpatía. Nunca fué más feliz el burlado Joaquín, nunca estuvo más seguro de su dicha en la tierra, que durante aquellos pocos meses que habían de preceder á su matrimonio. Dios, compadecido sin duda de sus anteriores sufrimientos y premiando su laboriosidad, sus hermosos pensamientos y su alma bellísima, le daba ya en la tierra el premio que pocas veces concede al bueno antes de abrirle las doradas puertas de su cielo perdurable.
»Y he aquí las dos soluciones previstas por Miguel al llevar á cabo con tanta facilidad como perversión la conquista de su futura cuñada. Si la casualidad ó el propósito deliberado hacían descubrir á su hermano los criminales amores y la traición inaudita de los que le ofendían, la puñalada moral estaba dada. ¿Sería bastante eficaz el golpe para arrastrar á Joaquín al suicidio ó á la muerte natural, como lógico resultado de uno de los más horribles desengaños de la existencia? Y en caso afirmativo, lo que después de todo no era sino una presunción verosímil, ¿no sería posible, y aun tan lógico como el hecho mismo, que el herido de muerte, la víctima en fin de tan odiosos manejos, desoyendo los consejos de su resignación cristiana, se vengara de sus asesinos desheredándolos á la hora de su muerte, y legando toda su fortuna al primer extraño, ó á los establecimientos piadosos, echando por tierra su inicuo plan y sus infames cálculos? Esta solución, pues, fué desechada de común acuerdo por los dos amantes, que extremaron sus precauciones para que por entonces quedara secretamente envuelto en el más profundo misterio su culpable amor.
»La otra solución, si de término más largo, de más seguro éxito en vida y luego en la muerte posible de Joaquín, era revestir con caracteres de perpetuidad aquellas relaciones. Si el matrimonio tenía hijos, hijos legales habían de ser siempre del marido, y por lo tanto herederos de toda su fortuna, si grande entonces, mayor de seguro en el porvenir. Si no los tenía, todo dependía de la maña, del engaño, de la hipocresía de Pilar. ¿Quién con más derecho á la herencia del esposo que la esposa fiel, tierna y cariñosa?
»No contaron, sin embargo, con lo que más tarde llamaron casualidad imprevista y no era sino resultado lógico de sus actos. La vida ofrece perpetuamente ejemplos de casos análogos. Lo mismo los criminales, que los grandes pensadores, que los hombres de Estado, incurren en torpezas totalmente indisculpables hasta á los ojos de los tontos, de los locos y de los niños. En sus vastos proyectos, en sus científicas lucubraciones, en sus cálculos profundos, miden y pesan todas las dificultades, combinan todos los elementos, prevén todas las eventualidades, atan en fin, como se dice vulgarmente, todos los cabos, y dejan suelto el más sencillo, el más natural, el que antes que ningún otro debía haber sido previsto y calculado.
»Y por eso el amor propio humano, que jamás quiere declararse vencido y menos convencerse de su efímero acierto, apela para su tardía y estéril defensa á la mudable suerte, y llama golpes de azar y fatalidad de las circunstancias á lo que debía reconocer como torpeza propia y como loca instabilidad y certidumbre de los cálculos humanos. Por eso la fatalidad es la diosa de los soberbios y la Providencia el Dios de los humildes. Por eso los que no conciben que su talento sea tan torpe y su saber tan inútil, llaman á sus errores el libro del destino; y los que no se fían de sí propios para acertar en los cálculos á que dan lugar los acontecimientos de la vida, ven en todos los resultados de sus equivocados juicios el dedo de Dios.
»¿Cómo no habían previsto los dos amantes, á pesar de todos sus cálculos previsores, á pesar de todas las combinaciones de su infernal proyecto, que abrazaba tan distintas y tan múltiples probabilidades, la más sencilla, la más natural, la más fácil de evitar de todas? ¡Ceguedad humana incomprensible, que había de comprometer el éxito de todos sus planes y echar por tierra en un momento sus laboriosas maquinaciones!
»Pilar estaba encinta. Si la boda no se celebraba con rapidez, la solución del compromiso era, si no imposible, dificilísima. Retardar con fingidos motivos el matrimonio y apelar al recurso de una enfermedad para buscar, con el pretexto de necesitar los aires nativos y la higiénica vida del campo, un hogar seguro donde dejar ocultamente en poder de sus parientes la prueba de su deshonra, era también expuesto á mil peripecias. Aquellos parientes, que no eran después de todo más que un primo de la madre de Pilar y su esposa, no podían tener gran cariño á la que voluntariamente se había eximido de sus consejos y de su tutela moral, viviendo á su gusto, libre y no con excesivo recato, desde la edad de diez y seis años; es decir, desde la época en que más necesitaba la protección y la vigilancia de unos parientes honrados. Si las noticias que de su sobrina llegaban á sus oídos no eran para tranquilizar los escrúpulos de unas gentes morigeradas en sus costumbres y firmes en sus creencias, y ellas habían motivado la frialdad de aquel afecto de familia hasta el punto de que una y otros sólo se escribieran en las solemnidades de pascuas y celebración de natalicios, ¿cómo recibirían á la huéspeda y cómo iba ésta á hacerlos cómplices discretos de su deshonor y de su infamia?
»Si al tener noticia, por ella misma, del próximo casamiento de su sobrina con el honrado y rico Bernaregui, se habían atrevido á contestarla que antes de darle su mano le confesara todas sus imprudencias ó ligerezas que podían haber comprometido su nombre, y jurara en manos de su futuro esposo el firme propósito de la enmienda, no suponiéndola, sin embargo, culpable de completos y trascendentales errores, sino de coqueterías y noviazgos repetidos, ¿cómo contar con ellos para que en su honrado hogar cayera aquel borrón indeleble, y más aún, para que ocultando al mundo entero la falta de su sobrina, la ayudaran á engañar villanamente al hombre digno que la recibiría después en los altares como doncella honrada y esposa digna de llevar su nombre?
»Esto era imposible, absurdo, irrealizable. Y ¿cómo teniendo familia ó personas de ella que pudieran acompañarla en otro viaje á más lejanos climas, había de inventar la prescripción médica de ese plan curativo, si carecía de los medios de realizarle sola, y no era natural que su futuro cuñado la acompañase? ¿Y si Bernaregui se resolvía á abandonar su fábrica con el objeto de acompañar á su prometida, para ver por sí mismo cómo se curaba de aquella enfermedad tan repentina é incomprensible?
»Decididamente, lo mejor, lo más oportuno para conjurar todos los peligros de aquella terrible situación, era obligar á Bernaregui á acelerar la boda. ¿En qué fundar aquel deseo, poco disculpable en una joven honrada? ¿Por qué medios conseguir que fuera el mismo novio quien propusiera á Pilar la rápida celebración del matrimonio acordado para algunos meses después, y para el que, creyéndole relativamente lejano, no había nada dispuesto?
»Esta era la cuestión difícil, y los cómplices apelaron para resolverla á un recurso ingenioso. Se escribieron dos anónimos, uno dirigido á Bernaregui y otro á Pilar. Claro es que la redacción de ambos corrió á cargo de Miguel, y que en ellos se encontraron después las pruebas de su culpable connivencia.
»El dirigido al novio estaba concebido en estos términos:»
Al decir estas palabras el notario sacó de su bolsillo una cartera y de ella dos cartas, que demostraban por su color y la señal de sus dobleces que habían sido leídas con frecuencia. Desdobló la primera y leyó lo siguiente:
«Sr. D. Joaquín Bernaregui.
«Un leal amigo, que debe á usted muchos favores y se interesa como es justo por su felicidad, le avisa que hay quien pretende arrebatar á usted el amor de su prometida; que reune atractivos de juventud y riqueza, y emplea todo su tiempo, que le tiene de sobra, para hacer valer sus méritos personales, y que si usted por apatía ó demasiada confianza retarda alcanzar la dicha que espera, es posible que cuando se decida usted á reclamar las promesas de la mujer que adora, sea ya tarde para conseguirla.»
»El segundo anónimo era de otro género, y debía dar margen, caso de que Bernaregui no diese importancia al primero, á una resolución sensata y digna al parecer por parte de la novia.
»Este era el segundo.»
El notario abrió otra carta y la leyó:
«Adorable Pilar: Soy demasiado hombre de mundo para caer en el lazo que ha tendido usted á los necios, creyendo en la anunciada boda de usted con Bernaregui. Los amores de ustedes son demasiado públicos, y sus continuas entrevistas demasiado secretas, para no descubrir su verdadera significación. Y como la irresistible belleza de usted y sus naturales aspiraciones la hacen digna de posición mucho más brillante y de porvenir más positivo que el que puede ofrecerla un modesto comerciante, me apresuro á confesarla mi pasión amorosa. Soy sumamente rico, libre, joven, y poseo un título nobiliario. No tengo familia á quien dar cuenta de mis actos; mis inmensas posesiones en Francia é Italia la ofrecen á usted seguro y fastuoso asilo en nuestra luna de miel, y de ellas puede usted elegir la que más le agrade como regalo de boda. Si un día, lo que no es creíble, usted ó yo nos convenciéramos de que no podíamos ser felices prolongando nuestra unión, siempre le quedaría á usted, en cambio de un amante aborrecible, una fortuna soberbia, constituída legalmente en dote el día antes de ponernos en camino.
»Una maceta de flores colocada mañana en su balcón me indicará que acepta usted en principio mis proposiciones, y me autorizará para pedir á usted una entrevista con los testigos que usted elija, para que en ella, y escuchando de viva voz el inmenso amor que la profeso, decida usted de su suerte y de la mía.»
»Entre las dos cartas habían de mediar cuatro días: no era posible esperar más; el tiempo urgía, y antes de tomar otra determinación extrema, convenía ver el resultado de los dos anónimos.
»El que recibió Bernaregui no dió solución al asunto. El comerciante se guardó muy bien de leérsele á Pilar, y sólo la manifestó que convendría fijara ella misma la fecha de su matrimonio, dentro de tres ó cuatro meses. Desde luego empezarían á elegir telas para el trousseau, se encargarían los muebles que Pilar deseara tener para su tocador, y nada más. Del anónimo ni una palabra. Era demasiado noble el corazón de Bernaregui para concebir la menor sospecha respecto al desinteresado y fiel amor de su futura; y si por desdicha hubiera abrigado una duda ofensiva respecto de ella, su castigo era devorarla en silencio y no ofender á una mujer honrada con infames sospechas.
»El que recibió Pilar no hubiera quizá producido tampoco efecto alguno, á ser entregado por ésta á su futuro; pero tomó otro camino que, aunque más largo, debía llevar más pronto al término deseado.
»Pilar, que no frecuentaba asiduamente el confesonario, iba á él sin embargo en el tiempo que marca como máximum el padre Ripalda, y no debía cumplir muy bien con los preceptos del sacramento de la penitencia cuando, contando á su confesor, la misma mañana que recibió el anónimo, toda su falsa vida y ocultándole la verdadera, le pidió consejo en aquella tribulación. Juró y protestó que era honrada y por nada ni por nadie quería dejar de serlo: que amaba á Bernaregui y de él sólo quería ser esposa; pero que la duración de sus castas relaciones, la soledad en que vivía y quizá la diferencia de fortuna de ambos novios daba lugar á los malos juicios de las gentes ociosas ó mal pensadas. En situación tan delicada y expuesta para su honra, puesto que autorizaba al primer atrevido á faltarla al respeto y á la consideración que se merece la virtud, por modesta y humilde que sea, lo que convenía era acelerar el matrimonio, llevarle á cabo en seguida, y dejarse de trousseaux y muebles para después de celebrado, y acabar así de repente y para siempre con la maledicencia y la audacia. Ella no debía hacerlo por decoro, pero un sacerdote no estaba en ese caso y podía y debía proponerlo en bien de todos.
»El confesor cayó en el lazo: aprobó la discreta y cristiana resolución de su penitente, secó sus lágrimas, y resuelto á cumplir con los deberes de su ministerio, calificó de urgente el asunto y se dirigió con paso rápido á casa de Bernaregui.»