CAPÍTULO X
DONDE EL REY ABSOLUTO SE QUITA LA MÁSCARA
Y se acabaron las buenas digestiones y el sueño reparador y tranquilo. Á la preocupación del espíritu siguió la demacración del cuerpo, y un tinte terroso y amarillento se derramó por aquellas mejillas y por aquellos ojos, fríos é insignificantes hasta entonces, pero sanos y pacíficos. Benito Bonet, aquel Benito á quien todos miraban con lástima benévola cuando pobre, iba ya llamando la atención por agreste y receloso cuando rico, y ya daban qué decir y ocasión para murmurar sus respuestas desabridas, sus distracciones malhumoradas ó su silencio inoportuno.
Donde el cambio fué más radical y se hizo más notable y más incomprensible fué en el hogar doméstico; en aquellas habitaciones destinadas antes á las efusiones recíprocas, á las quejas en comandita, á las expansiones más ó menos justas de agravios y de ofensas, y hoy mudo at home de personajes sesudos y reflexivos.
Tanto que allí era donde el nuevo rico se encerraba en su sombría reserva, en sus monólogos monosilábicos, en sus ademanes grotescos de puro serios y ridículos de puro sublimes; donde doña Bernarda no podía conseguir de él más que gruñidos fraternales, y su hija, su bellísima Lucía, más que algún que otro abrazo fugitivo, y el amartelado Ramirito..., ése ni casi el saludo debido á los extraños. ¡Quién había de figurárselo!
Llegó, como tantos otros, un domingo, y al ruido de la colmena humana propia de una fábrica sucedió el exagerado silencio y la dulce quietud de los días festivos, con que en todas partes y más en las capitales de provincia se celebra el descanso de la semana, por llevar al campo ó á la playa, según las condiciones del país, el bullicio y la animación. Dependientes, obreros, criados, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, todos sin distinción de sexos, edades y empleos, abandonaron por más ó menos horas la casa donde ganaban su subsistencia, y buscaron en el ambiente espacioso de la libertad la autonomía individual, ese libre albedrío tan cacareado por los filósofos y tan avaramente repartido por las circunstancias sociales entre todos los que según la religión y las leyes debían tener á él derecho.
Hasta el austero y melancólico Puig salió de la casa y de sus casillas á las ocho de la mañana, diciendo á su amigo y jefe que comería en el campo y no volvería hasta la hora de cenar, si acaso. Los que necesitaban permiso para ausentarse le pidieron pro fórmula, y los demás yo creo que ni amanecieron en la casa; con tal gana tomaron por suyo aquel día en que el sol brilló espléndido y sin la menor nube en el horizonte.
Solos, completamente solos se encontraron de sobremesa aquellos tres individuos que componían la trinidad dinástica de aquella monarquía absoluta. No como en los días de su modesta medianía se oían risas y exclamaciones acompañadas por los acordes y escalas del piano donde Lucía, mal que bien, rendía culto á esta mala costumbre de la educación moderna; sino que, por el contrario, el piano permanecía cerrado, como cerradas á las risas las bocas y casi á los movimientos las manos. Bernarda casi se hería el labio inferior por apretar sobre él la fila de sus dientes superiores, mirando sin cesar á su hermano que cada vez fruncía más su entrecejo al sentirse observado con tal insistencia; y Lucía, aburrida de aquella escena muda que se repetía con mucha frecuencia y que aquel día tomaba proporciones solemnes, se levantó de su silla y se asomó á la ventana, echándose casi de bruces en ella, para alejar su espíritu y hasta casi su persona de aquel cuadro familiar tan monótono y tan íntimo, al que parecía estorbar todavía su presencia.
Temió doña Bernarda que su hermano, como había hecho ya varias veces, aprovechara aquel movimiento independiente de su hija para huir de las intimidades fraternales, y antes de que Benito indicara el movimiento, le puso una mano sobre el hombro, y obligándole á estarse quieto le dijo:
—Ya es hora de que hablemos tú y yo á solas. La niña no estorba, y aunque estorbara, su atención se fija en la calle en este momento y no se ocupa para nada de nosotros. Han pasado muchos días, muchos, y no he querido molestarte suponiéndote ocupadísimo en terminar los asuntos de esa herencia: tal vez hayan surgido serias dificultades, y á eso se deba tu brusca mudanza de carácter; pero de todos modos, ya es hora de que se concluyan este silencio y estas dudas y sepamos, yo sobre todo, á qué atenernos. ¿Qué hay? ¿Qué sucede? ¿Qué significan tus gestos, tus distracciones, tu preocupación constante y sobre todo ese humor atrabiliario, tan desacostumbrado en ti, y que parece síntoma de enfermedad ó certidumbre de desdichas? ¿Somos otra vez pobres? ¿No hemos dejado de serlo nunca? ¿Fué un cuento la historia del notario? ¿Se ha negado Puig á reconocer el escrito de su amigo Bernaregui?
—No disparates y no busques argumentos absurdos á tus propias figuraciones. Yo no tengo nada, y si lo tuviera no reconocería por causa nada de cuanto has supuesto. Puig está conforme con todo; el notario dijo la verdad, y yo soy rico. Ya lo sabes. No hay motivo para que te devanes los sesos.
—¿De modo, querido hermano, y perdona que hoy te hable por fin con toda la expansión digna del caso, ya que hasta hoy no he podido hacerlo, que no es un sueño que somos ricos de verdad y que Puig no tiene nada? ¿Cuándo entras en verdadera posesión de tu fortuna, y sobre todo á cuánto asciende ésta? Eso es lo que ya es tiempo que me digas y lo que no comprendo que hayas tenido calma y frialdad para ocultarme hasta ahora á mí, á tu hermana, al único ser que tiene derecho á disfrutar de todas tus felicidades y á llorar por tus penas.
—Aquí no hay penas por que llorar; pero tampoco la felicidad es tan grande que sea cosa de volverse loco.
—¿Cómo que la felicidad no es tan grande? ¡Pues no eres rico!
—¡Rico! ¡Rico! Cuando uno es pobre y piensa en la fortuna de los demás, siempre le parece inmensa esa fortuna, sobre todo cuando no tiene uno ni la esperanza más remota de que pueda llegar un día á pertenecernos. Miramos con tanta envidia todos los caudales ajenos, que sólo por no ser propios se nos figuran colosales. Y luego, cuando llega la realidad, se empequeñecen hasta aturdirnos por su insignificancia. Créeme, pobre Bernarda, todo en el mundo es cuestión de óptica.
—¿Qué me cuentas?
—¡Miseria, miseria y miseria!
—Me asombra todo lo que me dices, y ahora comprendo perfectamente que no hayas querido darme un mal rato hasta ahora. Vamos, explícate de una vez.
—Poco tiene que explicar y ya puedes haberlo comprendido. Nuestra fortuna es regular, menos que regular; y en vez de ser millonarios, verdaderamente millonarios, somos unos burgueses adocenados, unos ricos de tres al cuarto. No me mires con esos ojos espantados como si temieras que me voy á volver loco; tenemos lo bastante para vivir, nada más que para vivir, y eso según y conforme...
—La loca voy á ser yo, si sigues hablándome de este modo.
—Vamos á ver; ¿qué te figuras que tenemos? ¿Á cuánto crees que asciende toda la fortuna de que podemos disponer?
—Tanto me has asustado que yo no sé ya qué decirte.
—Pues apenas pasa de doce mil duros de renta. ¡Ya ves! Eso lo tiene hoy cualquiera, y al fin del año lo comido por servido, y gracias que no haya uno tenido que contraer deudas y empezar con déficit el año sucesivo.
—¡Doce mil duros de renta y te parece poco, cuando no teníamos más que cinco mil pesetas y estábamos tan contentos! Es decir, contentos no, porque siempre nos quejábamos de no ser ricos; pero en fin, teníamos bastante para todo.
—Cierto que no teníamos más que cinco mil pesetas, pero eran de sueldo, y además nos daba Puig de comer y casa y muchos regalos, y ahora todo lo que necesitemos tendrá que salir de la renta, y daremos de comer á los demás, y los regalos los pagaremos nosotros, y las contribuciones y el sastre y la modista y el infierno. Convéncete, Bernarda, de que esto es una ruina y de que es preciso, absolutamente indispensable, dar una solución económica á todos los problemas de esta casa. He reflexionado mucho estos días, he pensado con detenimiento lo que nos conviene, y he adoptado un plan general irrevocable.
—Antes me consultabas todas tus determinaciones, y no sólo las graves y trascendentales, sino las más sencillas.
—Se acabó aquel tiempo para siempre. Sé ya por experiencia que los consejos que da todo el mundo son siempre interesados, y he decidido pasarme sin ellos. No opiniones, sino órdenes son las que han de salir de mis labios en adelante, y vosotros los primeros que tendréis que obedecerlas ciegamente.
—Pero, Benito, no te conozco...
—Yo tampoco me conozco; pero esto ha de ser y esto será. El orden y la economía, que aquí eran desconocidos del todo, serán los que en lo sucesivo regulen nuestros gastos. He examinado minuciosamente todas las cuentas, y asusta ver lo que aquí se gastaba. ¡Qué desorden, qué despilfarro! Tú gastabas en mantenernos á los cuatro y á las dos criadas y á Rispall, es decir, lo que constituye el plato de la familia, de cuatro á cinco duros diarios, que es un escándalo, y el tonto de Puig jamás te tomaba cuentas. Le pedías más dinero cuando se te concluía el que te había dado anteriormente, y en paz. Él gastaba por su parte lo que le parecía y no lo apuntaba siquiera. Pues ¿y los extraordinarios? Llegaba el día de tu santo..., un vestido...; el de mi hija..., otro ú otros dos... ¡Lo que aquí se ha derrochado en trapos, en labores, en cosas superfluas! Y luego una casa, que puede producir renta pingue, destinada á hospital ó refugio de vagos, y suscripción para escuelas, para iglesias católicas, para construcción de templos, para periódicos políticos é ilustrados. Y padrinazgo de boda por aquí, y de bautizo por allá, y encargar misas á capellanes pobres, y pagar entierros á obreros necesitados... ¡En fin, el caos! ¿Y qué ha sucedido? Lo que no podía menos de suceder. Según la liquidación de los tres últimos años, de toda la renta de la casa á Puig no le ha quedado ni un real. Es decir, que se han gastado aquí los doce mil duros largos anuales. Así se tira el dinero y así se arruinan los más ricos, y así no quiero arruinarme yo. Tenlo entendido y sabe á lo que has de atenerte.
—¡Los ricos deben gastar, porque para eso lo son!
—Te equivocas: lo primero es ahorrar para poder ser rico. El que gasta todo lo que tiene no puede ser rico jamás, y yo quiero ser rico, puesto que lo soy. ¡Y todo el mundo me ayudará á serlo, de grado ó por fuerza!
—Muy bien que exijas de los extraños orden y economía; pero á tu hermana y á tu hija no creo que necesites recomendárselos.
—Pues te equivocas de medio á medio. Ustedes dos son las primeras que necesitan reformarse, y lo primero que hay que suprimir es el ocio.
—¡El ocio! ¿Qué quieres decir?
—Que aquí se desperdicia el dinero y el tiempo y hay que aprovechar ambas cosas. Mi hija ya sabe bastante francés y suficiente piano. Se suprimen los maestros.
—Pues ya lo creo que los maestros están de más. Una chica de diez y ocho años que va á casarse en seguida...
—De eso ya hablaremos más adelante..., que prospere el novio...
—¿Qué dices? ¿Pero eres tú el que habla? ¿Qué significa esto?
—Esto significa que esta casa ya no es la misma; que ha variado de dueño y que yo soy sólo el que manda y gobierna en ella.
—¡Jesús, María y José!
Á este grito de doña Bernarda, salido de lo más profundo de su alma, volvió el rostro hacia la habitación, apartándole de la calle, la linda Lucía, y suponiendo que su padre sería el causante de aquel grito de su tía, se dirigió á él preguntándole:
—¿Qué es eso, papá? ¿Ocurre algo?
—Ocurre lo más inaudito que puedes figurarte—contestó doña Bernarda, preparándose á detallar á su sobrina los proyectos de Benito, y en particular los que se referían á la boda de la niña, causa hacía apenas un mes de aquella acaloradísima discusión con Puig.
—No ocurre nada que no sea justo y razonable. Recordaba á tu tía una máxima que oí siempre á mis padres en mi infancia y que lamento que hayan olvidado los que más debían haberla seguido.
—¿Y cuál es esa máxima, papá, para que no la olvidemos?
—Que en esta tierra caduca, el que no trabaja no manduca.
—¿Y por qué se refiere á nosotros ese refrán ó esa aleluya?
—Porque tu padre—gritó ya doña Bernarda, que no podía contenerse por más tiempo,—tu padre que encontraba excelente tu educación hasta ahora, y te mimaba y sólo quería ser rico, según aseguraba á todas horas, para mimarte más y darte más gustos y más maestros, se arrepiente de las ideas de toda su vida y quiere que trabajes como una menestrala y que olvides y abandones tu educación de señorita para dedicarte desde hoy, ¡á buena hora!, á oficiala de modista ó á cigarrera para mantener á tu pobre padre el millonario.
—Nada de burlas ridículas, ni de exageraciones inconvenientes; lo que yo quiero es que mi hija trabaje como trabaja aquí todo el mundo.
—Pero, papá, ¿en qué quieres que trabaje si no sé hacer nada para ganar un jornal ó un sueldo cualquiera?
—No se trata de eso; se trata de dedicar menos tiempo al piano, y de despedir á la profesora de francés, y de atender más á los quehaceres domésticos. Así podrás ser más mujer de tu casa cuando la tengas, porque el casado casa quiere, y cuando llegue la hora de casarte, tú tendrás que estar al frente de ella y dar el ejemplo primero á tus criadas, si las tienes, y luego á tus hijas cuando las tengas. Así pues, desde mañana mismo hay que disminuir todas las labores de adorno y aumentar las de necesidad verdadera y las de utilidad práctica.
—Pero y si no se toca el piano ni se estudia, ¿qué se hace?
—Se cose, se plancha, y puedes ahorrarte la doncella, cuando seas una verdadera señorita de tu casa.
—Pero, tía, ¿qué opina usted de esto?
—¿De esto? Una de dos, ó que tu padre se chancea para darnos después la buena noticia de que es más rico aún de lo que creíamos, ó que las palabras son una cosa y los hechos otra muy distinta, puesto que todos sus planes de hoy son completamente diferentes de los que echaba cuando éramos pobres.
—Eso prueba que entonces estaba yo loco ó tonto y sólo se me ocurrían simplezas y pamplinas, y que hoy sé lo que traigo entre manos y no quiero ser víctima de los desarreglos, de los derroches y de la holgazanería de los demás.
—¿Pero quiénes son aquí los holgazanes?
—Vosotras y después todos, todos los que comen egoistamente de mi pan y viven de mi sangre. ¡Desde mi hija hasta el último obrero!
—Hay que disculparlos á todos, porque todos te han oído decir constantemente, cuando eras sólo cajero de Puig, que si la fábrica hubiera sido tuya, nunca te hubieras mostrado tirano con los trabajadores y operarios, antes bien les hubieras dado mayor jornal y exigido de ello menos trabajo.
—¡Yo! ¿Yo he dicho eso? Pues he dicho muy mal y nadie debía haberme hecho caso.
—Y recuerdo perfectamente, papá, que cuando trabajaba alguien poco, en las oficinas ó en los talleres, tú siempre le disculpabas.
—¡Yo, yo disculpaba á los holgazanes!... ¡Yo defendía á los bigardos!... ¡Y tú te atreves á decírmelo á mí..., á mí..., á tu padre!...—exclamaba Benito fuera de sí; y dando palmadas huecas y alzando los brazos al cielo y gritando como un energúmeno, se acercaba á su hija.
—¡Tú!, ¡tú!, y no trates de aturdir y atemorizar á la chica, porque no tiene la culpa de nada de lo que sucede—dijo Bernarda, interponiéndose prudentemente entre la hija y el padre.
—No; yo no puedo haber dicho nunca nada de lo que aseguran ustedes.
—Lo has dicho una, mil veces y toda tu vida.
—¡Y tú mientes, mientes y mientes!—dijo ya Bonet en el colmo del furor.
—Y lo que yo puedo jurarte, papá—dijo Lucía con un acento en el que se traslucían los sollozos,—es que tú no te enfadabas nunca cuando eras pobre, y mucho menos conmigo: que bastaba una palabra mía para quitarte el mal humor, si le tenías alguna vez, cosa que no manifestabas jamás con voces, gritos ni amenazas: que todo se te volvían palabras dulces y cariñosas para tu hija, y que desde que eres rico, cosa que después de todo no se ha conocido en nada hasta hoy, sonríes muy pocas veces, hablas mucho menos, estás menos contento, y lo que es reirte, yo no te he visto reir desde hace un mes. Vamos, papá, serénate, y convéncete de paso que si al perder la pobreza has perdido la bondad de tu carácter, el buen humor, la alegría y el amor que nos profesabas, más vale que no seas rico nunca y que pidamos todos á Dios que te vuelva á dejar tan pobre como antes.
—Tú y tu tía sois dos necias y no hay que haceros caso. Vuestras exageraciones son ridículas: yo soy el mismo de siempre, sino que antes pensaba menos y peor, y hoy pienso como debo, y quiero que todo el mundo me obedezca ciegamente y no proteste de mis órdenes ni de mis actos. Sin enérgica voluntad y sin despotismo ilustrado, no hay orden posible. Todos los que están abajo en la escala social tienden á la rebelión, y es preciso cortar de raíz los más pequeños síntomas de desobediencia ó de protesta, si ha de marchar la fábrica por el camino debido. En vosotras estarán fijas las miradas de todos. Vosotras habéis de dar el ejemplo, y desde mañana vosotras seréis en la casa el modelo de la obediencia, del trabajo y la laboriosidad. He concluído y no tengo más que deciros.
Y en efecto había concluído, porque ni él dijo más palabra, ni las dos mujeres, absortas y mirándose una á otra, supieron qué contestarle.
Transcurridos unos cinco minutos de mutuo silencio, Benito se dirigió á su alcoba y se echó vestido en su cama con propósito de dormir la siesta, cosa en él desacostumbrada; pero como por la noche hacía ya muchas que conciliaba con dificultad el sueño y se desvelaba con frecuencia, quiso ver si lograba de día lo que no conseguía de noche.
Lucía y Bernarda le miraron irse con la alegre satisfacción del que se libra de un peso que le molesta, y acercándose una á otra y bajando la voz, comenzaron á hacer comentarios de la escena pasada. La tía enteró á su sobrina del principio de la conversación, que ella no había oído por haberse retirado á la ventana, y de los doce mil duros de renta que á su padre le parecían una miseria. No le pareció mucho más á la hija, pues siempre se había figurado que la fortuna de Bernaregui era mucho más cuantiosa, y su padre y su tía habían contribuído á tal creencia, exagerando la avaricia de Puig y ridiculizando su trato modesto. Á este chasco, en sus esperanzas de mayor fortuna, había que achacar el mal humor de Benito, y era seguro que, en serenándose, todo volvería á verlo del mismo color que en sus mejores días.
Puede que le sucediera eso despertándose, pero dormido le sucedía lo contrario. Aquella siesta bienhechora, que por lo pronto que se rindió al sueño parecía que iba á servirle de verdadero descanso, fué peor para su espíritu que los insomnios de las noches. Aterradoras imágenes que en sucesiva fantasmagoría cruzaban por el espacio; monstruos de especie desconocida que sentándose á horcajadas sobre su pecho, espoleaban sus costillas y dificultaban su respiración oprimiendo los pulmones; la digestión penosa y difícil de una comida amargada por preocupaciones incesantes; la pérdida de la conciencia de las horas, que hacía suponer á su imaginación que eran las cuatro de la madrugada siguiente las cuatro de la tarde del mismo día; todo aquel trastorno mental fué obra de la intempestiva siesta. Benito se levantó realmente enfermo, él que nunca había visto alterada su salud ni aun en los días de verdadera penuria.
Y mientras, Ramirito esperaba impaciente que Lucía le hiciera una seña desde la ventana de su cuarto para tener con ella el rato de palique acostumbrado todos los días festivos. Más que de costumbre se hizo esperar la seña, pero se hizo al cabo, y el amartelado novio bebió los vientos y se tragó la distancia que le separaba de su lindísima pareja; y en la galería acristalada, de hermosas vistas y ambiente fresco, comenzó ese eterno coloquio, siempre el mismo y siempre nuevo, en que los juramentos de amor son tantos como las palabras, y en que, pareciendo la vida una eternidad, prometen todos amarse por toda la vida.
Pero aquella tarde era preciso hablar de algo más grave. La extraña transformación que había sufrido el carácter y aun la salud del futuro suegro, y que los había tenido con gran cuidado por ignorar su trascendencia, ya se había manifestado á las claras, y de ella eran los amantes las primeras y más lamentables víctimas.
¡Pues no se antojaba al nuevo rico que su hija había de trabajar como una menestrala y suspender sus lecciones de piano y de francés! ¡Pues no se había atrevido á decir que de la boda se hablaría más tarde, sin fijar plazo, cuando precisamente se figuraban ambos que ahora no habría dificultad ninguna y que su mayor gusto era dotar en grande á su hija y dársela inmediatamente en matrimonio al aventajado joven que cifraba en ella su felicidad!
—Y no te creas—concluyó Lucía, conteniendo á duras penas los sollozos que querían salírsele del pecho—que todo esto lo ha dicho mi padre con frases de cariño y con la dulzura de voz y de expresión á que me tenía acostumbrada, sino con faz torva, con miradas hoscas y con palabras secas y desabridas. «¡Á coser, á planchar, á ahorrarte la modista y á vivir con orden y economía!—Así me ha dicho,—y de tu boda ya hablaremos más tarde, cuando llegue el caso.»
—Pero entonces, alma mía, aquí debe haber un misterio que nosotros no sabemos adivinar. Ó la herencia no ha sido verdad, ó Puig se ha negado á entregarla y reclama ante los tribunales su derecho y el cumplimiento del primitivo testamento de Bernaregui, y por lo tanto tu pobre padre se ve expuesto á quedarse no sólo sin la herencia, sino sin la posición que su amigo le había dado, pues claro es que reñirán y no podrán vivir como antes, ó la alegría del cambio de fortuna ha perturbado sus facultades intelectuales. Créeme, niña, sin una causa gravísima, sin una razón poderosa, no se cambia así repentinamente de ideas, proyectos y carácter. Tu padre era la suma bondad, tu padre se había hecho querer con locura por todos los que le habían tratado; tenía en cuantos dependían de él amigos, y no dependientes ni criados; de ti no hay que hablar, pues todo le parecía poco y pobre y mezquino tratándose de su hija. ¿Qué ha sucedido en tan breve espacio de tiempo para el cambio radical que en él observamos?
—Es que tú no puedes formarte una idea exacta de ese cambio de que hablas. Los extraños, por muy íntimos que sean, por mucha penetración que tengan, sólo pueden dar valor á las exterioridades de un carácter, á lo que puede ver todo el mundo. Pero un hijo, y más aún una hija, puede apreciar la más pequeña diferencia y el más mínimo cambio. Mi padre no es el mismo; es otro hombre completamente distinto, y milagro será que no obedezca toda esta desdicha á una repentina enfermedad que no conocemos y que quizás ni él mismo sospecha. No come, no duerme, no descansa; nada le alegra, con nada se distrae y todo le aburre y le desagrada. Los platos que antes saboreaba con delicia son los que hoy más aborrece; las conversaciones que antes le distraían, hoy le aburren y le cansan, y no hay para él verdadera tranquilidad ni gusto en nada. Créeme, Ramiro; es preciso que tú y yo, sin contarle á nadie, ni á mi misma tía, porque ésta desconoce ciertas delicadezas, lo que sospechamos y lo que intentemos para salir de dudas, pensemos lo más urgente y más acertado. Dime tú qué te parece lo que te digo y qué se te ocurre para tranquilizarme.
—Creo que puedes tener razón, y basta con esa posibilidad para que yo suscriba desde luego con gusto á todo lo que determines. Lo más conveniente en este caso es que una notabilidad médica, no uno de esos charlatanes científicos modernos que todo lo arreglan con artículos de periódicos y polémicas teóricas, sino uno de esos médicos prácticos que saben, por haberlos estudiado in ánima vili, todos los secretos del organismo humano, examine minuciosamente á tu padre, sin que éste pueda adivinar el examen de que es objeto, y me diga á mí, pues á ti, si es cosa grave, ninguno querría decírtelo, el verdadero estado físico y moral del enfermo, si lo está en efecto, y pueda darnos la seguridad de que nos equivocamos en nuestra creencia.
—Eso es lo que yo quería Ramiro, y me has adivinado. Yo nada puedo hacer por mí sola, pues ni conozco á nadie, ni es natural que yo afrontara la difícil situación en que una connivencia contigo en este asunto podía colocarme respecto de un extraño.
—Por eso no debes pensar más en ello, ni preocuparte por los medios de que yo me valdré para llevar á cabo nuestro propósito. Yo correré con todo. Buscaré á ese médico, le hablaré minuciosamente; juntos inventaremos una historia, un negocio, el motivo en fin que haya de ponerle en contacto con tu padre, no en una sola y rápida conferencia, sino justificando algunas visitas sucesivas y dando ocasión á que pueda examinarle con profundo detenimiento. Así podrá después razonar bien su diagnóstico y yo te daré cuenta de todo tan por menor como sea preciso. Si te equivocas y tu padre no padece enfermedad ninguna; si su cambio de carácter no es más que una evolución moral más ó menos lógica, nada tendremos que hacer; pero si en efecto la enfermedad existe y necesita tratamiento y régimen para su curación, á tiempo estamos entonces para llamar pública y abiertamente á la ciencia en nuestro auxilio, y para que tú sobre todo salgas de esta mortal incertidumbre en que hoy te encuentro.
—Y si no tuviera yo motivos suficientes para quererte mucho y bien, tu conducta para conmigo en este momento me haría adorarte. Gracias, Ramiro mío, por tus consejos, por tu auxilio y por tu amor. Y al llamarte mío es porque quiero jurarte otra vez más que yo he de ser tuya y sólo tuya, suceda lo que suceda. Si mi padre, como en otro tiempo Puig, quiere retrasar nuestro matrimonio, retráselo en buen hora: todo ese tiempo que tarde yo en ser tuya lo emplearé en hacerme más acreedora á esto que para mí es una dicha. Si, por el contrario, nuestro cariño le convence y quiere apresurar nuestra felicidad, con ver que ésta es grande y duradera podremos contribuir mucho á la suya.
—Y como la ocasión es solemne y yo te he de probar mi gratitud por el amor con que pagas el mío, te diré también lo que hasta hoy no he creído necesario. Si entre los diversos cálculos á que el cambio de tu padre ha dado motivo, saliera cierto el que por desgracia he tenido, de que perdiendo la herencia y aun la medianía se viera sin recursos en su vejez, yo te juro, alma mía, que no sólo no sería obstáculo su pobreza á nuestra boda, sino que entonces me creería yo mil veces más obligado á ella, y ambos trabajaríamos unidos para hacerle á tu padre más llevadera su desgracia. Hoy te juro, como antes, que en ser tu marido cifro mi única felicidad y que á serlo aspiro con todas las fuerzas de mi alma. Más rica, más pobre, con algo de dote, sin ninguna, ó de cualquier modo que la suerte te traiga á mis brazos, yo en ellos te estrecharé para toda mi vida, y á tu amor deberé cuanto yo pueda llegar á ser en el mundo.
—¡Y yo á ti mi suprema felicidad!
—No vuelvas á decírmelo, porque me siento cobarde, niña mía, tan cerca de ti, y tu acento divino me embriaga de amor y de dicha. Te adoro y tú me quieres; nuestras manos se lo juran y nuestros labios están sedientos. Adiós, niña; retírate á tu habitación cuanto antes, déjame respirar en calma lejos de tu presencia adorada, y hasta mañana.
—¡Hasta mañana, y no me olvides!
—Y si te olvidara..., ¿qué harías?
—¡Ah! ¿Conque quieres olvidarme? Yo lo impediré...
—¿Y cómo, vida mía?
—¡Así!
Oyóse un beso, rápido y sonoro, tan inocente como el de un niño, el crujir de un vestido, un suspiro de amor y de dicha, y una alegre carcajada que se fué perdiendo por la galería. El pobre Ramiro no durmió aquella noche.