CAPÍTULO XI
SIGUE OTRA VEZ CRECIENDO LA MAREA
Si el célebre axioma filosófico é histórico vox pópuli, vox Dei, no tuviera la inmensa ventaja de no ser tal axioma, y de estar por lo tanto sujeto á la humana controversia como todos los demás errores humanos, no serviría más que para renegar de su autor y para calificar de locuras todas sus consecuencias.
¿Cómo ha de ser axioma una idea que se ve constantemente desmentida por los hechos, y un hecho que está en constante contradicción con la idea de que ha nacido? Si la voz del pueblo fuera la voz de Dios, siempre tendría razón, y disfrutaría sobre todo de ese carácter de constancia y de inmutabilidad que tienen todos los atributos del Ser Supremo. La voz del pueblo, unas veces cruel, otras estúpida, siempre vengativa y por todo extremo inconstante y voluble, está casi siempre reñida con la bondad, con la clemencia y con la misericordia. Sobre todo la voz del pueblo no razona, no convence, no corrige; chilla, pide, juzga y castiga sin criterio, sin majestad, sin inteligencia; lo que hoy eleva, mañana lo deprime; lo que ayer reclamaba, hoy lo abandona, y lo que mañana creerá justicia, pasado mañana estimará crimen. En una palabra, la voz del pueblo, conjunto inconsciente de todas las voces sociales, en vez de ser fiel intérprete de la voz de Dios, es el colosal berrido de la bestia humana.
¿Cuándo tiene razón? ¡Dios lo sabe! Unas veces parece como que el Espíritu Santo ha descendido hasta ella inspirándola santamente, y engañaría hasta á los más escépticos si lo que empezaba en plegaria no concluyese en maldiciones: otras imita con sus quejidos dolorosos la desdichada suerte de la víctima, y cuando se trata de socorrerla, responde con las carcajadas salvajes del verdugo; digámoslo de una vez: creer que la voz del pueblo es la voz de Dios, sería destruir la historia, la religión, la sociedad y el mundo que habitamos. Suum cuique.
No hace dos meses, según puede desprenderse de nuestro relato, que la voz general, vox pópuli, acusaba á Juan Puig de avaro, de exigente, de amo tiránico y sin entrañas; juzgábanle todos como indigno heredero de la fortuna de Bernaregui, como olvidadizo de favores recibidos con sus antiguos compañeros, como desconsiderado con los que ganaban á sus órdenes su sustento, y todos volvían sus ojos enternecidos hacia el bondadoso, el humilde, el justo Benito Bonet, que compartiendo con los quejosos el vox pópuli, era la verdadera personificación de la virtud, de la razón y del derecho. ¡Instabilidad de los juicios humanos!
Juan Puig había descendido del trono para confundirse con la multitud: era ya uno de tantos; la justicia humana estaba satisfecha, puesto que oyendo sus voces se había desencadenado sobre él la justicia divina, cruel, vengativa, justiciera, inapelable, volviéndole á la nada de donde había salido.
Hombre muerto, hombre enterrado; no había que hablar de él. Ei fiu.
¿Y el justo y el probo y el simpático Benito? Ahora vuelve la vox pópuli á hacer de las suyas, y milagro será que no haga una de pópulo bárbaro.
Por lo pronto, el pobrecito ex cajero ya no era tan asequible á las quejas de sus subordinados, y no faltaron algunos que trataron de intimar con el ex principal Puig para lamentar el cambio brusco del carácter del nuevo rico. ¡Qué demonio! Cierto que Puig era excesivo en sus exigencias cuando mandaba en todos: se levantaba á las ocho de la mañana; recorría todas sus dependencias, notaba las faltas, reprendía á los morosos, estimulaba á los holgazanes, pero no pasaba de ahí. En cambio el suave y dulce Benito se levantaba al ser de día, esperaba inquieto la llegada de todos, no saludaba á nadie, no pagaba ni con una sonrisa la exactitud de los que llegaban primero, ni los últimos dejaban de oir la terrible amenaza de quedarse en la calle en caso de reincidencia. Nada; que era cien veces peor que el otro, y eso que estaba en los comienzos de su reinado. ¡Qué sería cuando ya se hubiera acostumbrado al uso absoluto de sus derechos!
Indudablemente los juicios hubiesen sido más pesimistas á conocerse la terrible escena doméstica de la víspera; pero, por fortuna, ni Lucía ni doña Bernarda creyeron oportuno hablar con nadie de tal acontecimiento. Es más, las dos convinieron en la conveniencia de guardar acerca de él el más profundo silencio. Pero Lucía habló necesariamente á Ramiro, y éste casi juraríamos que no guardó el encargado secreto con algún compañero, y así de uno en uno y de uno en otro se fué sabiendo sin saber cómo, y ¡vamos!, que á la hora del almuerzo nadie ignoraba en la fábrica los proyectos económicos de Benito, ni sus arranques autoritarios, ni sus exabruptos familiares.
Malhumorado estaba el hombre, cuando después de atravesar los patios y de subir de dos en dos los peldaños de la escalera que conducía al piso principal del edificio penetró en el escritorio grande. En él no había nadie más que Rispall, el demócrata, el sublime Rispall, arrellanado en un sillón de baqueta, con El Porvenir ante los ojos, la espalda en el respaldo y una escoba, una humillante escoba caída á sus pies como signo de vergonzosa esclavitud y servidumbre.
Benito echó una mirada de águila por la habitación, y dirigiéndose al gran político, después de un ¡hola, de pie!, que cayó en los oídos de Rispall como una bomba de dinamita, prosiguió en el mismo tono:
—El escritorio está hecho una vergüenza; ¡pronto, á limpiarlo!
—¡Hoy es ya tarde...; mañana se limpiará temprano!—respondió el tribuno.
Si fuera posible que se amontonaran en un individuo en un solo momento todas las fuerzas físicas que hubiera dejado de emplear durante su vida, ese hombre podría levantar con un solo esfuerzo la aguja de Cleopatra ó la Giralda de Sevilla.
Suponemos del mismo modo que si la suma de talento de que un hombre puede disponer á diario, la depositara íntegra en una caja de ahorros intelectuales y en un día dado la empleara toda de una vez, por pequeña que fuera la dosis con que Dios le dotara, podría quizá escribir, no El Quijote, obra sobrehumana que se escapa al peso y á la medida, pero sí muchas de esas obras tenidas por sublimes y casi inmortales.
Pues ahora, bajando al terreno de la práctica nuestra suposición, sin duda Benito había acumulado, dentro de su carácter pacífico, todas las resistencias y todas las protestas de una vida de obediencia pasiva y de docilidad sistemática, y esa fuerza junta, formando una masa compacta y poderosa de mando y de energía, salió en un momento dado como avalancha asoladora y terrible al escuchar la respuesta desdeñosa del admirador de Ruiz Zorrilla.
Torva la mirada, adusto el ceño, pronunciado el entrecejo, pálida y desencajada la voz, y airado y decidido el ademán, adelantóse al tranquilo Rispall y uniendo la acción á la palabra le dijo:
—Tire usted ese periódico, ¡ahora mismo! Coja usted esa escoba...
—¿Eh? ¿Qué es esto, D. Benito?
—Á barrer á escape la habitación. ¡Sin disculpa, sin perder un minuto!
—Me parece que me ha empujado usted.
—Aquí no se paga á nadie por leer la prensa periódica, ni por arrellanarse en las butacas de un modo indecoroso.
—Yo estaba sentado con comodidad, pero con decoro, y esa frase...
—Aquí se gana el salario trabajando, y ha concluído para siempre la holgazanería y la vagancia. Cada cual ha de cumplir con sus obligaciones, sin disculpas y sin protestas, si no quiere verse arrojado de la casa ignominiosamente y para siempre.
—Yo creo que no he dado motivo...
—Y no me conteste usted una palabra. Todos los días, sin exceptuar uno siquiera, á las siete de la mañana en invierno y á las seis en verano, han de estar el escritorio grande y mi despacho pequeño hechos un oratorio de limpios y de arreglados, sin una partícula de papel, sin un átomo de polvo. Sillas, mesas, legajos, libros, todo en orden, y á la menor falta, al menor descuido, busca usted otra casa donde robar su salario.
—Esa palabra es dura y no creo que hasta aquí...
—¡Hasta aquí esta casa no ha sido casa, sino una venta, y todos ustedes una camada de ladrones!
—¡De ladrones! ¿Usted sabe lo que dice?
—¡Una compañía de bandidos! ¡El que cobra y no trabaja es tan ladrón ó más que el salteador de caminos!
—¡Qué principios políticos tan absurdos!
—Y como hable usted una palabra de política, ¡á la calle!
—Pero, Sr. D. Benito, mis derechos...
—Sus derechos de usted son comer y cobrar su salario, y yo se lo pago á usted religiosamente. Sus deberes son el manejo de la escoba y del plumero, y si usted trata de seguir siendo un bigardo, ya se lo he dicho de una vez para todas, ¡á la calle á buscar amos tontos, porque aquí se han concluído!
—¡Esto es inaudito! ¿Es usted quien habla? ¡Quién se podía figurar que aquel señor tan amable para todos nosotros, cuando estaba en la oposición!...
—Basta y sobra. Ni una palabra más. ¡Á barrer y á callar!
Bajó humildemente la cabeza el soberbio Rispall, y murmurando en voz baja frases incoherentes, dióse á barrer con tal furia, que pronto se convirtió el escritorio en un ventisquero de polvo: tal era el coraje con que el furibundo demagogo manejaba el instrumento de su deshonra. ¿Trató sin duda de que no pudiendo respirar allí su nuevo monarca, le dejara libre murmurar y barrer á su gusto? Es posible: pero Benito continuó impertérrito paseándose y dándosele un ardite del polvo y de la soledad en que estaba sumida aquella oficina, verdadero salón del trono de su palacio burocrático.
Abierta una vez la válvula de salida en la máquina de vapor, éste se escapa silbando y atronando los oídos de los que la rodean: así destapada la fatal caja de Pandora del depósito de bilis de Benito, sólo aguardaba ocasiones nuevas para repartir sus miasmas por la atmósfera.
El primero que penetró en el recinto, donde paseaba dando resoplidos la fiera, fué Ramirito, que no pudo distinguir al pronto la figura de su principal entre aquella nube de polvo.
—¡Qué barbaridad! Tú, mocito, barre con menos alientos ó hazlo más temprano. ¡Aquí no se puede parar! ¡Qué nube!
—Si él lo hiciera más temprano y usted no viniera tan tarde, se evitaría esa molestia que ahora le mortifica—dijo Benito cuadrándose delante de Ramiro y en son de guerra.
Ramiro, que sabiendo ya por su Lucía el estado en que su principal se encontraba, no quería darle el menor pretexto para que ensayara con él sus arranques bélicos, hizo como que no había oído la indirecta, y prestando á su fisonomía toda la bondad y la deferencia debidas, saludó cortésmente á su jefe y le tendió la mano.
—¡Ah, que estaba usted aquí, Sr. D. Benito! Buenos días... Dispense usted que al entrar no le viera, porque este zopenco con esos escobazos nos ha puesto casi invisibles. ¿Qué tal se pasó ayer el día?
—Bien, gracias—contestó Benito con desabrido acento, tocando apenas la mano que el escribiente le tendía con la efusión acostumbrada.
—¿Y doña Bernarda y la linda Lucía, qué tal se encuentran?
—Se encuentran perfectamente, trabajando desde hace una hora; que es lo mismo que debían hacer todos los demás.
—¡Vamos!, parece que ha madrugado usted también. Me han dicho que ya había usted bajado al almacén. ¿Ocurre algo de particular?
—Ocurriría si hubiese alguien en su puesto, porque aquí lo general es que nadie cumpla con su deber. Pero desde mañana todo habrá cambiado, y lo particular será que haya siquiera una sola persona que no cumpla mis órdenes y que no imite, siquiera por vergüenza, mi ejemplo.
—No debe usted extrañar—respondió Ramiro, que ya iba cansándose de no contestar á tan repetidas indirectas—lo que ocurre, porque, si no recuerdo mal, usted mismo que se ha vuelto tan madrugador no entraba nunca en el escritorio antes de las nueve; y para eso, según me ha dicho usted mil veces, tenía que llamarle su señora hermana con una insistencia no siempre coronada de buen éxito. ¿No fué usted el que rompió un despertador una mañana, desesperado por el ruido insoportable de aquel mueble servicial?
Una de las cosas que menos puede tolerar el hombre es no tener razón. Y cuando el que nos hace notar nuestra injusticia es nuestro inferior y podemos descargar impunemente sobre él todo nuestro enojo, no desaprovechamos nunca aquella oportuna ocasión de vengarnos cobardemente. El ataque fué, sin embargo, tan certero, que Benito no encontró palabras para responder á su dependiente; así es que, como si no le hubiese oído, se desentendió de cuanto había escuchado y, encarándose con él, se dirigió á la mesa grande, diciéndole:
—Aquí hay una porción de asuntos pendientes. Hay cartas sin contestar, y lo que no puede ni debe suceder nunca en una casa de comercio es que el copiador esté atrasado. No le digo á usted más.
—Bien, pues yo cuidaré desde mañana que no tenga usted motivo de queja, por más que, según creo, de la conferencia que deseo celebrar hoy con usted resultará naturalmente algún cambio en estos asuntos.
—No le comprendo á usted.
—Ahora, si usted me lo permite, voy á saludar á su señora hermana y á su hija, y después cuando vuelva...
—Mi hermana y mi hija están atareadas en sus quehaceres domésticos y no pueden perder su tiempo en recibir visitas intempestivas. Déjelas usted en paz, y atienda sólo á cumplir con su deber.
—Permítame usted, D. Benito, que me extrañe la conducta que observa usted hoy conmigo. Todos los días, sabe usted que desde hace mucho tiempo he cumplido siempre con su familia ese deber de cortesía, y no comprendo...
—Pues yo no comprendo que se malgaste el tiempo en esas ceremonias ridículas; y si hasta hoy ha tenido usted esa costumbre, desde hoy deja de tenerla y será mejor para todos. Cuando su trabajo se concluya, puede usted dar rienda suelta á sus gustos sociales; pero antes y sobre todo es cumplir con su obligación, y la de usted está en esta mesa y no en mis habitaciones.
—Permítame usted que, aunque obedeciendo sus órdenes, proteste no sólo de la forma en que me hace usted esas advertencias, sino del fondo mismo de ellas. Siempre ha elogiado usted mi asiduidad y mi buen deseo en excederme de los trabajos que me estaban encomendados, y me extraña tanto más este sermón que me ha predicado usted hoy, cuanto que recuerdo que usted mismo, cuando yo me atareaba demasiado, me decía: «Vamos, Ramirito, descanse usted; no conviene trabajar con exceso. Hay tiempo para todo: echemos un cigarrito...» Y usted mismo me lo daba y hasta me lo encendía, y charlábamos alegremente... ¿No lo recuerda usted?
Decididamente, el inoportuno Ramiro se había propuesto exhibir ante los ojos de Benito todo su pasado, para ponerle en lucha abierta con su presente. Aquellos recuerdos insistentes de una vida sometida al trabajo y á la dependencia no podían ser más inconvenientemente evocados, en tan distintas circunstancias.
—¡Bien, bien..., ya recuerdo!...—fueron las únicas palabras que se le ocurrieron á Benito para contestar á Ramiro.
Éste, no dándose aún por vencido, y hasta decidido á jugar el todo por el todo en aquella misma mañana, en obsequio á su adorado tormento y de sus mismas afecciones, pareció empezar á ocuparse en el arreglo de libros y papeles; pero prosiguió en voz alta la conversación.
—Ahora voy á proceder al definitivo arreglo de libros y documentos. Quiero ponerlo todo en orden, dejarlo al día, y cuando todo esté hecho, cosa que no ha de llevarme más que los días de esta semana, podrá hacer en toda regla entrega oficial al que haya de sustituirme en este puesto.
—¿Al que haya de sustituir á usted? No comprendo bien lo que quiere darme á entender. Yo no he dicho que trate de despedir á usted de esta casa, y como tampoco me ha indicado usted que intentaba dejarla, necesito que me explique usted su pensamiento, sin ambages ni circunloquios, con entera franqueza.
—Tampoco se me había pasado por la imaginación ninguna de esas dos determinaciones. Por el contrario, es que me parecía, y sigue pareciéndome, que no es natural que continúe yo desempeñando en su casa de usted el empleo de escribiente más ó menos distinguido, cuando voy á llamarle padre de un día á otro. Creo que más aún por usted que por mí es convenientísimo que mi situación cambie por completo á sus mismos ojos y á los de todo el mundo, y que cuanto menos tiempo se tarde en hacerlo, más ganaremos todos.
El ataque era esta vez tan directo, tan clara la alusión, tan decidido el tono de Ramiro, que parecía inevitable una respuesta categórica y definitiva. No debió opinar del mismo modo el interpelado, porque mordiéndose los labios y afectando un aire indiferente, sólo balbuceó:
—¡Sí..., eso!... ¡Hasta cierto punto!...
Esperó un momento más Ramiro, y viendo que la conversación no continuaba por parte de su futuro padre político, como si nada hubiera sucedido y como si empezara entonces á formular su pensamiento, continuó:
—Debo dar gracias á la suerte por haber abreviado el plazo de mis esperanzas, que contra todo mi deseo parecía estar todavía muy distante de su cumplimiento. Á haber continuado D. Juan Puig siendo mi principal y el de usted mismo, ¡Dios sabe cuándo hubiera yo podido llamarme dueño venturoso de mi idolatrada Lucía! Su egoísmo, según opinaban ustedes mismos, su tiranía y sobre todo su sórdida avaricia, según la creencia de todos ustedes, eran los que retardaban mi felicidad y la de su hija, puesto que tiene la bondad de cifrarla en mi cariño verdadero, según ella misma se lo ha confesado á su padre y á su señora tía muchas veces. Pero como por un milagro de la Providencia, D. Juan no es ya el rico capitalista, y sí lo es usted, que cifraba toda su dicha en ver casada á su hija á su gusto; y como hoy ya no hay obstáculos ajenos que retrasen ese matrimonio, claro es que éste se ha de verificar cuanto antes. Eso es lo que los cuatro ambicionábamos cuando D. Juan quiso impedírnoslo, y lo que de seguro haremos en seguida. ¿No es cierto?
—¡Parece!... Mirado de ese modo...
—Como usted comprende, antes había muchas dificultades, aun no suponiendo insuperable la voluntad de D. Juan. Hoy esas dificultades han desaparecido por completo. Veamos, pues, todo lo que se necesita para llevar á cabo ese matrimonio con la rapidez de nuestro deseo. ¿Dotar á su hija de usted? Eso es una formalidad insignificante que se lleva á cabo en la notaría en media hora.
—¡En quince minutos!—contestó á media voz Benito, con cierto dejo irónico que no debió ser muy bien comprendido por Ramirito, que continuó impertérrito:
—¿Comprar el trousseau, que no ha de ser de una esplendidez presuntuosa, ni de una riqueza exagerada? Cuestión de un día...
—¡De medio!—replicó Benito, con una sonrisa burlona en la que se veía claro el dominio que de su persona iba adquiriendo el principal.
—Tanto mejor entonces, puesto que usted mismo va disminuyendo el tiempo. ¿Qué puede tardarse en arreglar los papeles de ambos contrayentes? ¡En pagándolo bien, nada! Ya se sabe que todos estos asuntos de la Iglesia están sujetos á tarifas generales; pero con el sistema de propinas y regalos, en un caso particular, todo se hace á escape y con legalidad.
—¡Claro! En pagándolo bien..., y siendo yo por supuesto el que haya de pagarlo, la cosa no puede ser más sencilla. ¿Qué más se le ocurre á usted?
—Ya sabe usted tan bien como yo, que hay agentes especiales que se encargan de vicaría, parroquia, amonestaciones, matrículas, etc., etc. Para ellos no hay nunca inconvenientes ni dificultades; están prácticos en todos esos asuntos, tienen influencia, gentes á su servicio, y con ellos se puede hacer todo cuando y como se quiera. No hay más que decirle á uno de esos: «El día 30 de tal mes, por ejemplo, á las siete de la mañana quiero casarme en Santa María, ó en mi casa, ó en la capilla de San Andrés,» y así se estipula...
—¡Muy bien hecho! Me parece muy bien.
—Y ese mismo día, á esa misma hora y en ese mismo sitio se casa uno.
—¡Bravo, magnífico!... Eso es, se casa uno..., pero no dos.
—¿Cómo no dos? No le entiendo á usted.
—Pues es muy claro. Se casa uno, que es usted, si eso le agrada; pero no dos, porque mi hija no es la que ese día y á esa hora y en ese sitio se casa con usted.
—¿Cómo que su hija de usted no se casa conmigo?
—Como que no se casa; como que es todavía muy joven para casada; como que no quiero que contraiga tan pronto obligaciones terribles; como que conviene pensarlo con más calma, y como que, gracias á Dios, no tiene ningún motivo apremiante para cambiar de estado, y en él quiero que continúe por el tiempo que me parezca conveniente. ¿Se va usted ya enterando de lo que he resuelto?
—Pero, Sr. D. Benito, yo estoy absorto y no acierto á darme cuenta de todo lo que me dice usted esta mañana.
—Pues, señor mío, me parece que no se puede hablar más claro y que no cabe menos motivo de interpretación en mis palabras.
—Pero usted no ha pensado siempre lo mismo, sino precisamente todo lo contrario. Aún no hace un mes, ó hace el mes todo lo más, ¿no me dijo después de una grave y seria entrevista con el Sr. de Puig: «Amigo Ramiro, si yo fuera rico mi hija se casaría al momento con usted, todos viviríamos en mi casa en santa paz y eterna compañía?» ¿No protestó usted de la negativa de Puig á darnos su consentimiento para la boda, diciendo que le obedecía usted por fuerza, que su deseo de usted era vernos unidos en seguida, y que ni era justo, ni decoroso, ni aun prudente obligarnos á esperar un tiempo indeterminado la realización de nuestro amor?
—¿Yo dije...? Puede que dijera...; pero eso, después de todo, nada significa. Las circunstancias no siempre son las mismas, y lo que un día puede ser lógico, otro puede ser absurdo...
—¡Conque las circunstancias! ¿En qué han variado de un mes acá? Aquí no hay más que una diferencia, y esa sólo á usted atañe, pues á todos los demás nos deja en la misma situación. La diferencia es que usted era ayer pobre y hoy es rico, y para el asunto de que tratamos, esa diferencia más bien es ventajosa que perjudicial.
—Pero, señor mío, hablemos en razón y como Dios manda. ¿Con qué cuenta usted para sostener las cargas matrimoniales?
—¡Esto tiene gracia! Con lo mismo que contaba cuando usted patrocinaba mis proyectos y me concedió la mano de su hija: con mi sueldo, que si ayer era mezquino y el mismo Sr. Puig lo aumentó, hoy sería ridículo siendo su yerno; y con la renta del dote que dará usted á su hija, mucho, muchísimo mayor que el que Puig la hubiera dado, pues usted mismo llegó á decir que, si fuera rico, le daría la mitad de su fortuna...
—¡Yo! ¿Yo he dicho semejante disparate? ¡Nunca!, ¡en mi vida!
—Lo ha dicho usted y hay mil testigos que se lo han oído á usted, no una, sino muchas veces.
—Pues si lo he dicho estaba loco, y de los locos nadie debe hacer caso; y basta de recuerdos y acabemos de una vez. Sepan ustedes todos, todos, sin distinción de clases ni de sexos, que cuanto yo dijera antes era porque suponía que nunca había de ser rico; pero que el serlo trae multitud de deberes que yo ignoraba por completo. El ayer no existe ni para mí, ni para nadie: lo que existe es el hoy, y á ese hoy tenemos todos que sujetarnos, como nos sujetaremos al mañana cuando llegue. De manera que aunque yo no retracte mi palabra de dar á usted mi hija, para que ese caso llegue es necesario que pase algún tiempo; que trabaje usted más y mejor; que vaya ascendiendo; que posea usted lo suficiente para sostener su casa. Dejemos pasar algunos años, y si para entonces persiste usted en su amor y mi hija no se ha casado, entonces será ocasión de darle á usted su mano.
Esto era ya demasiado. Si no era una repulsa clara y contundente, tenía todos los caracteres de una evasiva, y poner en caso dudoso lo que Ramiro había tenido hasta entonces por artículo de fe, no podía ni debía tolerarse. Así fué que el joven, perdiendo la calma y la serenidad con que hasta entonces había llevado la conversación, apartándose de la mesa y con ademanes no muy comedidos, dijo á D. Benito:
—Pues señor: siempre había oído decir que el dinero cambia á las gentes y que es miserable piedra de toque de espíritus vulgares y mezquinos; pero nunca creí que hiciera cambiar tan pronto y tan mal de ideas y de promesas. Usted es hoy otro hombre distinto del que fué: usted no recuerda sus juramentos, ni sus ofertas, ni sus propósitos, y lo increíble, lo triste es que ese cambio radical de carácter, de criterio y de corazón se ha efectuado por el dinero en poco más de treinta días. Si esto era todo lo que quería y pensaba usted hacer si fuera rico, como usted decía, más valiera que no hubiese usted dejado nunca de ser pobre para decoro de usted y felicidad de cuantos le rodean. Yo mismo le diré á su hija de usted todo lo que pasa y...
—Usted... no le dirá nada á mi hija, porque nada tiene que decirla y porque sus palabras en nada torcerían mi resolución. Yo soy su padre, y á mí sólo es á quien corresponde hablarla, y ya lo haré cuando y como me parezca conveniente, si ya no lo he hecho, cosa que á usted no le importa. Mi hija me obedecerá como es su deber, y aquí paz y después gloria. Hemos concluído.
—¿Conque, según se deduce de todo lo que usted ha dicho, ahora resulta que quien tenía razón y acertaba en sus decisiones era D. Juan Puig, cuando era rico?
—¡Y tanta como tenía! Él era el único que pensaba acertadamente, que se quejaba con razón y que estaba en su sano juicio.
—De modo que usted...
—Yo... estaba tonto y ciego, y no decía más que necedades.
—Bueno es que lo confiese. ¿Y su hermana?...
—Mi hermana era una loca, si no otra cosa peor.
—¡Vamos, quién lo hubiera creído!... ¿Y su hija de usted?...
—Mi hija era una sandia... ¡Clarito!
—¿Y yo?
—¡Usted era un joven chiflado, lleno de pretensiones y de vanidad!...
—¡Vamos, pues estaba buena la casa!
—Pues porque estaba así, es mi propósito ponerla en orden completo. Y ya lo sabe todo el mundo. Desde mañana vida nueva, y esa vida comprende desde el amo, que soy yo, hasta el último obrero. Ni contemplaciones, ni permisos, ni disculpas. Todo el mundo á trabajar, y mucho y bien. Y como usted no me parece que está muy decidido á aceptar mis nuevas condiciones, y como la proyectada boda con mi hija se retrasa indefinidamente, y como por otra parte no es decoroso que usted siga empleado en la casa, y vea á su novia á todas horas, y la haga el amor y se burle de mí en mis barbas, he tomado ya mi determinación, que es irrevocable y que, si usted la rechaza, me dejará en completa libertad de acción en adelante.
—¿Y se puede saber cuál es esa determinación?
—No sólo puede saberse, sino que va usted á saberla inmediatamente. Yo esperaba á fin de mes para decírselo; pero supuesto que usted mismo ha llevado la cuestión á ese terreno, y ya no debemos andar ni uno ni otro en contemplaciones, cuanto más pronto mejor. Le nombro á usted corresponsal de la fábrica en Tarrasa, con dos mil quinientas pesetas de sueldo. Ya ve usted que le asciendo y que hago justicia á sus trabajos pasados y á sus méritos futuros. Mañana mismo, en el tren de las ocho de la mañana, sale usted de Barcelona, adonde no volverá hasta que yo se lo mande, y allí su conducta y su obediencia me proporcionarán ocasión de hacerle justicia. Esto es todo lo que tenía que decirle. Puede usted retirarse, y ya recibirá usted antes de mañana mis órdenes y mis instrucciones.
—Puede usted quedarse con unas y con otras para el que las necesite, ó se las pida; que yo con no volver á traspasar los umbrales de esta casa, ni volver á ver á usted en mi vida, me daré por muy contento.
—Oiga usted, joven, mi proposición es tan ventajosa y...
—Y en cuanto á su hija, á la pobre víctima á quien quiere usted tiranizar hasta rebajarla al nivel de una criada, si pensara como yo, á lo cual juro á usted que he de contribuir con todas mis fuerzas, ya veríamos lo que haría...
—Oiga usted, ¿se atreve usted á amenazarme con mi propia hija? ¿Qué quiere usted decir con estas reticencias?
—Que beso á usted la mano; que guarde usted sus riquezas, y que si te vi no me acuerdo.
—¿Qué es esto? ¿Adónde va usted?—dijo Lucía, entrando de pronto en el escritorio y adivinando en el gesto de su novio que se despedía de la casa.
—Adonde no encuentre hombres que por un miserable puñado de oro olviden todas sus promesas y renieguen de sus palabras.
Y sin dar la mano á la joven ni saludar al viejo, el desesperado é iracundo Ramiro salió del escritorio y pocos momentos después de la casa.