CAPÍTULO XIII
EL INCENDIO
Era la una de la noche. Un viento sudoeste, no muy violento, pero sí persistente, arrastraba las hojas de los árboles por la Rambla. Apenas un transeunte trasnochador cruzaba de tarde en tarde por alguna calle extraviada. La luz de los mecheros de gas oscilaba impulsada por el aire, y todo dormía en calma en la capital del Principado.
Al mirar herméticamente cerradas aquellas puertas, en alguna de las cuales se apoyaba algún sereno ó vigilante soñoliento, nadie hubiera adivinado que pertenecían á un café concurrido, á un comercio lujoso ó á una tienda de modas. De tarde en tarde se oían las palmadas de un vecino y el golpe del palo en el suelo con que le respondía el sereno. Era la hora del descanso de la ciudad, del sueño de sus habitantes.
Pero de pronto, rompiendo el monótono silencio nocturno, oyóse un silbido estridente; y como si sólo se hubiera esperado esa señal para un plan convenido, pronto repercutieron en el espacio otro igual y otros después y mil luego, que en diferentes direcciones y con desigual sonido llenaron la atmósfera con sus desentonados ruidos. Á poco comenzaron á correr algunos hombres por las calles principales, y luego otros que en confuso desorden corrían y se atropellaban, disputándose la gloria de dejar atrás á los que les precedían. Á lo lejos y por entre casas y tejados comenzaba á percibirse una columna de humo que tardó muy poco en ser reemplazada por un resplandor rojizo, seguido de chispas mil que iluminaban el espacio, semejando una lluvia de menudas estrellas ó las últimas vueltas de una gigantesca rueda pirotécnica.
Muchos curiosos abrieron las ventanas de las casas y se quedaron en ellas contemplando el movimiento de las calles: otros, más decididos ó más curiosos aún, vestidos de cualquier modo, se lanzaron á la corriente, siguiendo á los que parecían saber adónde se dirigían, y una multitud cada vez más compacta invadió el barrio donde estaba situada la fábrica de Bernaregui.
La señal general de alarma se había dado muy tarde. Necesariamente hacía lo menos dos horas que había estallado el incendio, á juzgar por el incremento que éste había tomado y por el número de los que ya habían acudido á sofocarle. Pertenecían á este número en primer lugar los dueños y habitantes de la casa, y después los vecinos de todas las inmediatas, y luego todos los operarios y obreros de la fábrica, que apenas se habían enterado de lo que ocurría, en mangas de camisa los más y mal vestidos los restantes, habían acudido decididos y valientes á sofocar un incendio que podía dejarlos por mucho tiempo sin trabajo, y de resultas sin medios de subsistencia. ¡Era su fábrica la que ardía!
Las más absurdas patrañas circulaban de boca en boca. Quién aseguraba que el fuego había sido motivado por un petardo; quién que hacía tres días que estaban ardiendo unos pies derechos sin que nadie lo hubiese advertido: unos atribuían la catástrofe á una mano criminal, otros al dueño del establecimiento, que por tenerle asegurado esperaba consolidar su fortuna comprometida en empresas arriesgadas, y cuál más cuál menos contribuía con la propagación de tales absurdos á la calumnia y á los despropósitos.
La verdad no era aún conocida sino de muy pocos, y por lo natural y sencilla hubiera sido rechazada por las imaginaciones impresionables, ávidas siempre de dar á los hechos más triviales proporciones desmedidas y melodramáticas.
Hecha, como todas las noches, la requisa acostumbrada, el gasómetro había quedado abierto, por uno de esos descuidos tan comunes como inexplicables: uno de los dos mozos que estaban de patrulla quiso penetrar en la habitación, hostigado por un presentimiento de que ni él mismo podía darse cuenta, y en vez de llevar, como estaba ordenado por el ingeniero, una lámpara de seguridad Davis, entró en ella con un farol de aceite. El cuarto estaba saturado de gas y enrarecida, por lo tanto, la atmósfera: la llama del farol inflamó el gas, y se produjo en el acto una terrible explosión, por lo que quedó muerto el pobre guarda, portero al mismo tiempo de la casa. Á la terrible detonación se habían desplomado dos tabiques, se había roto un sinnúmero de cristales y se había resentido toda el ala derecha del edificio. El espectáculo era terrible, pero hermoso. Los ingenieros no habían llegado aún: los operarios trabajaban con fe, con ahinco, con rabia, pero sin concierto, sin dirección. Un señor desconocido cogió una bocina y empezó á dar órdenes á su capricho. Sin duda comprendió que lo más esencial era localizar el fuego antes de proceder, como ya habían empezado á hacerlo los obreros, á desocupar los almacenes de la izquierda, pues en los de la derecha era donde el incendio estaba haciendo ya sus estragos. Desocupar éstos hubiera sido expuestísimo por amenazar hundirse pronto el pavimento. Si esto hubiera ocurrido en el acto era probable la extinción del incendio, pues tantos fardos como en él había y los escombros del piso hubieran sido bastantes á apagar las llamas que hasta entonces estaban circunscritas á las paredes del cuarto del contador del gas. Pero no era posible esperar aquel hundimiento, con tanta más razón, cuanto que el incendio había empezado á propagarse hacia la galería de la casa, cuya pared medianera lamían ya las llamas.
Un piquete de bomberos, las bombas del distrito y las de la sociedad de seguros donde estaba inscrita la fábrica, cincuenta soldados con un capitán, los dos ingenieros industriales de la casa, el arquitecto municipal, el teniente alcalde, el gobernador de la provincia y un piquete de guardias civiles, amén de varios municipales y guardias de seguridad pública, componían el total de las gentes que habían acudido á las repetidas llamadas de los pitos, sin contar con la multitud de curiosos más ó menos atrevidos y más ó menos filántropos que invadían los alrededores, estorbando el paso y perjudicando la libre circulación.
Obreros y operarios rivalizaban con los bomberos en valor y trabajo, si no en maestría. Á una voz que gritó: «Abajo la pared medianera,» siguieron otras que decían: «¡Fuera, fuera!,» y á los pocos momentos caía sobre la tierra lo que de la tierra había salido: piedras, barro, ladrillos, yeso: todo negro, todo humeante, todo candente, produciendo en su rápida caída un humo espeso, mezcla de polvo y llamas, que cegaba la vista y ensordecía los oídos.
Apenas derribado el paredón, se precipitó sobre la galería una densa y obscura nube de humo, que á los cinco segundos estaba convertida en imponentes y azules llamaradas. El calor se hacía insoportable en el patio central: los hombres trabajaban con más bríos, pero con menos fuerza: el hombre de la bocina gritaba: «¡Relevarse; los que están sacando al patio los fardos, que suban ahora al tejado!,» y los obreros obedecían como soldados; los soldados trabajaban como obreros, y los bomberos como héroes de la antigüedad, como gigantes, como Hércules.
El gobernador y el teniente alcalde, que estaban en el centro del patio, asentían á las órdenes del de la bocina; sólo el capitán de ingenieros dijo por dos veces que á él le parecía que allí no se hacía nada y que se dejaba un camino franco á las llamas para que se apoderaran de todo el edificio.
¡Agua y más agua, brazos y más brazos! Ya se había desplomado el piso del almacén con todos sus efectos, que ardían á más y mejor. Tres tabiques habían sido echados abajo por los bomberos y dos por las llamas, y éstas no cedían: habían penetrado ya en la sala de las máquinas. Por fortuna los telares estaban en el fondo del segundo patio, y el gran depósito de balas de algodón, donde acababan de instalarse hacía escasamente una semana más de quince toneladas para sufrir la primera carda, parecía estar completamente á cubierto del voraz elemento.
De repente de entre un grupo de cíclopes apareció un fantasma envuelto en llamas y gesticulando, roja la cara, rojo el traje, roja la barba, como el Mefistófeles de la ópera, como el Boccacio de la zarzuela.
Todos los ojos se fijaron en él, absortos y aterrados, como si de aquel hombre dependiera la vida de todos; como si tuviera en sus manos por misterioso decreto de la Providencia la dirección de la catástrofe: un silencio sepulcral sucedió, repentino y solemne, á los gritos, á las vociferaciones, á los ruidos de piqueta y azadones. ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué decía?
Aquel hombre era el maquinista, que llegándose al de la bocina y arrebatándosela de las manos, gritó jadeante con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡La máquina grande está cargada; el agua hierve; va á estallar!
Paralizáronse todos los brazos; inmutáronse todos los semblantes, como si las fuerzas de todos se hubiesen agotado en un segundo, como si de un solo golpe y por modo sobrenatural y prodigioso se hubiesen concluído en aquella masa heterogénea, á un mismo tiempo y de un solo golpe, la serenidad, la fuerza y el valor.
Á pesar del color rojizo de la atmósfera, todos los semblantes se tornaron lívidos, amarillos. El estupor de aquella multitud no impedía á su razón comprender que era preciso, inminente, tomar una resolución rápida y salvadora. Nadie, sin embargo, se atrevía á llegar á la máquina, nadie á lanzarse á la válvula salvadora. El bronce estaba ya candente; el riesgo aumentaba á cada segundo, y todos se hacían, sin atreverse á formularle en voz alta, el siguiente dilema: Ó huir abandonando la fábrica á su total ruina, ó morir allí diezmados, quintados los más valientes, sin posibilidad de éxito, ni salvación humana; porque es indudable, los que no hubieran perecido mortalmente heridos por los mil proyectiles que lanzaría al espacio la máquina al estallar, hubieran muerto entre los escombros, porque no resistiendo los muros cuarteados el tremendo estallido, unos antes y otros después se hubieran ido desplomando sobre todos.
Algunos retrocedieron de los puestos donde estaban, otros quisieron apelar á la fuga, pero se encontraron con una muralla viviente que los cerraba el paso, y unos y otros se miraban consternados como pidiéndose mutuamente una idea salvadora que los tranquilizara de repente, como de repente se habían visto aterrados por el peligro. En aquella vacilación, en aquella duda, en aquel pánico, nadie se atrevía á dictar una orden, á tomar una medida, á realizar un acto más ó menos desesperado, pero que estuviera á la altura de las circunstancias, de aquellas circunstancias que duraban ya quince ó veinte segundos, la nada en el tiempo, y que parecían haber durado veinte siglos.
Un ruido análogo al de cien locomotoras partiendo simultáneamente de una estación, pero inmenso, imponente, aterrador; ruido semejante al que produce la lava de un volcán al salir del fondo de su hirviente cráter; ruido parecido al de las aguas al despeñarse por las montañas con la fuerza de la catarata del Niágara, pero no seco, no estridente, no ensordecedor, sino prolongado, viviente, humano, hizo adivinar á aquella multitud aterrada que la válvula había sido abierta, y que por lo tanto el peligro quedaba reducido á que la máquina se fundiese como plomo.
¿Qué había sucedido? Nadie pudo explicárselo entonces; pero el hecho inexplicable pronto corrió de boca en boca, como habían corrido una hora antes los absurdos acerca del origen del incendio, y pronto tomó el acontecimiento la sublimidad de un poema.
Un hombre, cubierto con un capote que había arrebatado á un guardia civil, empapado en agua y con una piqueta en la mano, se había aproximado á la máquina grande: á su espalda una manga no dejaba de lanzar sobre su cuerpo gruesa columna de agua, y de frente otra hacía lo mismo sobre su pecho. Si el calor era insoportable, asfixiante, en el patio, ¿qué no sería en el cuarto de las máquinas, rodeado de llamas por todos lados? Aquel hombre enarboló la piqueta, dió dos ó tres golpes hercúleos sobre la válvula; cedió ésta, y el agua hirviendo á borbotones, con un ruido infernal, se precipitó sobre el pavimento, no sin haber quemado antes un pie al héroe de aquella noche. Cuando éste se presentó herido sobre un paredón, sosteniéndose apenas entre los brazos de un bombero, los vivas y las aclamaciones ensordecieron el espacio. ¿Quién era? ¿Quién le conocía? ¡Todos: casi todos los que habían temblado ante el peligro! ¡Era Puig!, ¡el cajero!, el dependiente de D. Benito Bonet, según decían y sabían todos los de la fábrica; el dueño del edificio, el jefe de la casa de comercio de Bernaregui, según creía aún la mayor parte del comercio y del vecindario de Barcelona.
¡Oh! El riesgo que aquel hombre había corrido por salvarlos á todos, era inmenso, mortal, seguro, y su audacia y su valor increíbles. En un solo momento, y con exposición casi cierta de su vida, había salvado las de cien infelices: había devuelto cien padres, cien maridos, cien hijos, á sus madres, á sus esposas, y había ahorrado á la empresa de seguros muchos miles de duros que ya podía contar como fuera de su caja.
Hubo que retirarle del incendio en una camilla, pues el agua hirviente había abrasado su pie izquierdo; y entre gritos de entusiasmo y vivas prolongados le acompañó la multitud á la casa de socorro más próxima; sus habitaciones estaban situadas encima del cuarto de las máquinas y amenazadas por lo tanto de una destrucción inmediata.
Á todo esto, el inminente peligro de la explosión de la máquina había desaparecido, pero el incendio continuaba extendiendo su estrago. Ya no existía el techo, ni los pisos de las tres salas grandes de los almacenes de la derecha, y ya parecía que el incendio iba á propagarse al piso segundo, cuando un vivísimo relámpago, seguido inmediatamente de un estridente trueno, vino á anunciar que lo que hasta entonces y desde las siete de la tarde había sido viento seco debía convertirse pronto en fuerte chaparrón. En efecto, precedida de algunas gotas gruesísimas y perezosas, abrióse la nube, y un torrente, un río caudaloso cayó con inusitada furia sobre las llamas y los hombres. Apagáronse los hachones con que éstos se alumbraban en las partes no incendiadas del edificio, y por espacio de treinta y cinco minutos dejóse trabajar sola al agua del cielo, pues tal era la furia y la abundancia con que caía, que hubiera sido imposible trabajar durante la tempestad.
Cuando pasó la nube y aquélla cedió, aunque no del todo, el cuadro era distinto por completo: barro y cenizas; llamas expirantes; olor á tierra mojada, á madera y tela quemadas, á metal fundido. Sobre aquellos escombros humeantes cayó á una vez por unánime esfuerzo de todos el torrente de las mangas de incendios, y á las cuatro de la madrugada se retiraba la fuerza de ingenieros, los guardias de seguridad, los curiosos y las autoridades. Sólo quedaron media docena de bomberos, para evitar la reproducción del incendio con su persistente vigilancia, y otros tantos obreros de la fábrica, para separar en los restos de los almacenes quemados lo totalmente perdido de lo que, aun con averías, podría ser utilizado.
En cuanto á desgracias personales, sólo había que lamentar la herida del pie de Puig, una contusión de pronóstico reservado en un bombero, un soldado herido en la cabeza y una mujer que se había lanzado entre las llamas para salvar á su marido, á quien un vahido había hecho caer sobre unos maderos incendiados. Las pérdidas materiales debían ser considerables; pero estando asegurado el edificio y además todas las mercancías, maquinaria y telares, claro es que la casa nada perdía, excepto el trastorno y el tiempo que había de tardarse en reponer lo perdido. Dos sociedades de seguros eran las que habían de liquidar el estrago y repararle á la mayor brevedad posible.
Justísimo es hacer mención de los que en aquella horrible noche habían trabajado con alma y vida para atajar el incendio. Todos los dependientes, todos los obreros de la fábrica, habían rivalizado en valor y heroísmo. Desde los barrios más apartados de la ciudad, desde las afueras muchos, desde la Barceloneta sobre todo, habían corrido presurosos á tomar parte en la lucha contra el elemento devastador, y todos á porfía, con palas, picos y azadones, habían derribado paredes, aislado tabiques, destruído medianerías y contribuído, en fin, á la extinción del incendio con todas sus fuerzas y su energía.
Pero mientras eso hacían todos los interesados en la catástrofe y muchos valientes ajenos por completo á ella, ¿qué había sido de Benito y de su familia, los más amenazados por cierto, puesto que tenían sus habitaciones precisamente encima del gasómetro, por donde el fuego había empezado á las altas horas de la noche? Veamos lo ocurrido.
Al ruido de la explosión se despertaron sobresaltadas Lucía y Bernarda, cuyas dos alcobas sólo estaban separadas por un tabique sencillo. En cuanto á Benito, no tuvo necesidad de despertarse, pues hacía muchas noches, y aquella menos que todas, que apenas podía conciliar el sueño. La sobrexcitación de sus nervios era cada vez mayor, y el día había sido de prueba para el pobre rico. Todos le habían abandonado, según él, por envidia é ingratitud; según ellos, por malos tratos y peores razones. Á ser supersticioso hubiera podido creer el desdichado Bonet que Dios se había apresurado á complacer sus deseos, pues no una, sino muchas veces, le había pedido que le mandara una inesperada solución á sus cavilaciones y propósitos, puesto que de tan mala manera eran recibidos por los que él creía debían ser obedientes y sumisos á sus mandatos.
No habían acabado los tres de vestirse apresuradamente, cuando ya se oían los golpes que en todas las puertas daban los guardias y las voces y preguntas angustiosas con que se respondía á aquellos golpes. Cuando salió Benito al corredor ancho que comunicaba con la escalera, ya se veía el resplandor de las llamas salir del contador incendiado. Bernarda y Lucía comenzaron á dar gritos desgarradores, á tiempo que Ramiro, huésped en una casa de la misma calle, acababa de asomarse al balcón y preguntar á gritos lo que ocurría. Vestirse apresuradamente de cualquier modo y lanzarse á la calle fué todo uno. Penetró en la fábrica, subió los escalones de cuatro en cuatro y tropezó con las dos señoras que los bajaban casi del mismo modo.
—¡Á mi casa!, ¡á mi casa!—dijo el joven enamorado;—salvar las vidas es lo primero, que tiempo habrá para lo demás.
Y dicho y hecho, dió su brazo á las dos damas atribuladas y con ellas subió á su modesta habitación, donde la patrona, ya vestida, atendió lo primero á cuidar de aquellas dos huéspedas, mientras Ramiro volvía á buscar á Benito, que presa de mortal congoja y sin fuerzas para moverse, continuaba en su habitación, á pesar de haberle ya ido á buscar guardias y dependientes esperando sus órdenes en aquel conflicto.
—¿Y mi hija y mi hermana?—preguntó el pobre hombre á Ramiro, en cuanto le vió de regreso.
—Están en salvo y usted debe hacer lo mismo. Ni su edad ni su estado son á propósito para resistir las emociones que se preparan. Véngase usted conmigo y reúnase á ellas. Desde mi cuarto se ve todo lo que aquí pueda ocurrir, y aun desde allí pueden dictarse órdenes si llega el caso. Dígame usted qué es lo primero que quiere que se salve, y antes de que el fuego tome más incremento, lo que me parece que ha de suceder muy pronto, se traerá todo á mi casa.
—¡La caja! ¡Los papeles del despacho pequeño!
—La caja es imposible transportarla en estos momentos. Pero D. Juan Puig tiene la llave; y como cajero, á él le corresponde atender á su obligación: en casa estará de seguro y ya habrá atendido á eso. Voy á buscarle en el acto, pero después que deje á usted instalado en mi domicilio.
—¡Oh, gracias, gracias! No sé si debo abusar; traté á usted mal esta mañana y no me parece correcto ahora...
—Déjese usted de cavilaciones: tiempo hay para colocar las cosas en el mismo estado en que quedaron esta mañana. Las circunstancias son extraordinarias y hay que atender á ellas en primer lugar. Vamos, aprisa, aprisa, recoja usted papeles ó alhajas si están á mano y salgamos cuanto antes.
—Sí, algo hay, aunque poco; yo todavía no tengo fondos. Los asuntos de la Notaría no están arreglados...
—Mejor, mejor; dése usted prisa. El tiempo urge...
Benito dió varias vueltas por sus habitaciones sin aplomo ni calma para sobreponerse á las circunstancias, y merced á estar abiertos los cajones de la cómoda de su hermana, cogió de ellos dos ó tres estuches pequeños; se metió en los bolsillos á granel los cubiertos de plata que estaban en el comedor, y cogiendo en el aturdimiento dos ó tres prendas de ropa de las peores y que menos falta podían hacerle, salió de su cuarto, dejándole abierto, y bajó con Ramiro la escalera. Éste había recogido del cuarto de Lucía varios vestidos y otras prendas de vestir, y oprimiéndolos contra su pecho acompañó á Benito á su domicilio. Ya instalados allí los tres y asomados al balcón pudieron presenciar la llegada de las autoridades, la tropa y los bomberos.
D. Juan Puig entretanto, ayudado sólo del conserje, entró en el escritorio, abrió la caja de caudales, recogió á granel los billetes y el oro y cargó á su acompañante con seis grandes libros. La plata quedó en cuatro talegos y varias esportillas dentro del arca. Ya no había tiempo ni aquella era ocasión para recogerla, y si el fuego llegaba á ella, lo más probable es que se encontrara después fundida entre los escombros: no pasaría, después de todo, de tres ó cuatro mil duros, pues el día anterior, como sábado, se había hecho el pago general de operarios y obreros en ese metal.
Apenas hubo Puig recogido el verdadero numerario de la caja, que ascendería á cerca de treinta mil duros, salió de la casa con el conserje y se dirigió á una plaza próxima, donde á pesar de lo intempestivo de la hora no tuvo que llamar más que dos veces á un gran almacén cerrado. Al ir á hacerlo la tercera, salió un mancebo, y apenas reconoció á D. Juan le hizo entrar seguido del conserje. Á los diez minutos salieron otra vez los dos hombres, y pocos momentos después de ellos el dueño del almacén y uno de sus hijos. Era el principal antiguo amigo de Puig y uno de los más honrados y laboriosos almacenistas de géneros coloniales de Barcelona.
En aquella acreditada casa dejó Puig sin escrúpulo, y sin recibo por supuesto, ni otro documento alguno, el contenido de la caja y los libros de contabilidad de la fábrica. No podían estar más seguros. Antes hubiera perdido Parellada, que así se llamaba el comerciante, toda su fortuna, que negar la entrega de su amigo, ni distraer un solo céntimo de toda la cantidad depositada. Así el tendero como su hijo mayor corrieron al lugar del incendio para trabajar como todos, dejando su tienda al cuidado de su hijo menor y de los dos mancebos. Parellada era viudo y no tenía más mujer en su casa que una criada de cincuenta años de edad, hermana de leche de su esposa, muerta hacía diez años de la epidemia colérica.
Cuando Puig regresó á su casa, ya las llamas salían por las rejas del piso bajo, y le costó trabajo hacerse reconocer por los guardias de seguridad para que le dejaran penetrar en su domicilio. No fué poca su sorpresa cuando no encontró á nadie en las habitaciones de Bonet, y más aún cuando nadie supo darle noticias suyas. En los primeros momentos de aturdimiento, como en los que le seguían de angustia, nadie los había visto, ni sabía de ellos. Además, tampoco Puig podía entretenerse en tales averiguaciones, cuando la catástrofe arreciaba y todos los esfuerzos eran pocos para vencerla ó por lo menos resistirla.
Desde aquel momento se le vió en los sitios de mayor peligro. Trabajando sin cesar, ya con los picos, ya dirigiendo las mangas, ya echando abajo los tabiques; hasta que al oir la fatal amenaza del maquinista llevó á cabo él solo el acto más heroico de la noche. Cuidado en la casa de socorro con el mayor esmero después de haberle hecho la primera cura, fué visitado en ésta al día siguiente por el gobernador de la provincia, el alcalde y hasta el capitán general, todos los cuales á porfía elogiaron su comportamiento y ensalzaron su acto de valor, conforme lo hacían los mejores órganos de la prensa de la localidad.
No dejaron de acudir todos los obreros de la fábrica y hasta multitud de curiosos, ávidos de hablar y contemplar de cerca al que ni en su fisonomía, ni en sus palabras demostraba tener el temple superior de alma que parecía necesario para descollar entre tantos como aquella noche habían merecido el dictado de héroes. ¡Tal era su sencillez de semblante y de expresión!
¿Cómo entre tantos no había acudido ni un momento á estrechar su mano su compañero, su amigo, su principal? ¿Cómo Benito Bonet, al que ya debían haber contado todos los pormenores de aquella escena terrible, el que como nadie debía agradecer que Juan hubiera expuesto su vida por salvar de una ruina completa la fábrica y de una muerte segura á tantos valientes, no estaba á su cabecera en unión de Bernarda, su esposa de deseos, ya que no de hechos, y de Lucía, su ahijada en las pilas bautismales y á la que amaba como á una hija?
¿Es que llegaba á tanto el rencor en el corazón de aquel rico improvisado que no podía olvidar, ni con tan extraordinaria causa, las palabras de queja y de despedida con que se había separado de él, quizás para siempre, el infeliz cajero? ¿Y ellas? ¿Tan terrible había sido la orden, tan ajenas estaban sus almas de sentimientos generosos, que no habían querido afrontar el enojo de su padre y su hermano respectivos, por cumplir con lo que debía dictarles su cariño de tantos años?
Nada de esto era cierto, sin embargo, aunque los hechos las acusaran de ingratitud y de olvido. Las pobres mujeres habían caído enfermas del susto y del terror de la noche pasada. Sus habitaciones, que habían vuelto á ocupar desde las primeras horas de la mañana y que sólo habían sufrido ligerísimos desperfectos, estaban también desiertas. Así Lucía como Bernarda estaban acostadas cada una en su lecho con algo de fiebre y con los miembros doloridos. Una tenaz neuralgia las oprimía las sienes y no se daban bien cuenta de todo lo ocurrido. En cuanto á Benito, al volver á su casa recorrió todo el edificio para enterarse minuciosamente de cuanto en él había ocurrido, y después de examinar todos los estragos del incendio y de calcular el tiempo y el dinero que harían falta para volver á contemplar su casa en el estado en que estaba antes del siniestro, se dirigió rápidamente á casa de Ortiz de Llauder el notario.
—Ya sabrá usted por la prensa de la mañana lo ocurrido anoche en la fábrica. El fuego ha sido terrible, las pérdidas son de gran consideración, y aunque todo estaba asegurado, la paralización en los trabajos, la compostura del material susceptible de ella y la compra de maquinaria nueva retardarán algún tiempo la reapertura de la fábrica y producirán un gran déficit en los ingresos de la casa, ¿no le parece á usted?
—Indudablemente; no puedo juzgar de la importancia de una catástrofe que no conozco más que por el relato de los periódicos y por lo que usted me dice; pero si el hecho es tal como usted asegura y yo creo, me parece muy difícil que las obras que corresponden á la compañía de seguros y las indemnizaciones en metálico que se han de percibir, previas tasaciones y cálculos, estén terminadas antes de medio año.
—Y como usted comprende, señor Notario, una casa en donde son nulos los ingresos durante medio año, ingresos que no son más que la renta de todo el capital que constituye mi fortuna, reduce á la mitad por lo menos dicha renta, precisamente en el primer año de ser explotado el negocio por el nuevo poseedor.
—Todo eso es muy cierto. Pero ignoro adónde va usted á parar.
—Mi venida en estos momentos significa que vengo á hacer á usted dos preguntas importantísimas; y tanto, que las he antepuesto á mis necesarias visitas á las autoridades, por si como es natural necesitan mi concurso para esclarecer los hechos ocurridos anoche, y á las oficinas de las dos compañías de seguros donde están inscritas casa, mercancías, máquinas, etc. Ya ve usted si será grave para mí la consulta.
—Pues hable usted sin más dilación. Ya sabe usted que estoy dispuesto á servirle y que por mi profesión debo ser reservado, trátese de lo que se trate.
—Confío en ello sin necesidad de que usted lo asegure y paso á explicarme. Mi primera pregunta es la siguiente: Anoche, en los primeros momentos del incendio y poco después de la explosión de gas, origen del siniestro, gracias á la bondad de uno de mis empleados pudimos albergarnos mi familia y yo en la casa donde vive dicho sujeto. Desde los balcones de dicha casa, situada cerca de la mía, pudimos ver casi todo lo ocurrido y admirar los rasgos de valor de cuantos con más ó menos acierto contribuyeron á atajar el incendio, y en particular el de mi cajero hoy y antiguo amigo de toda mi vida, Juan Puig, que según habrá usted leído en la prensa, está herido, aunque no de gravedad, por haberse lanzado á abrir la válvula de la máquina grande en un momento decisivo. ¿Ha leído usted ya ese rasgo notable?
—De resultas de haberlo leído salí en el acto esta mañana y fuí á la casa de socorro donde se encuentra. Quise traérmele á mi casa por si sus habitaciones de la fábrica y las de ustedes, además de las suyas, habían sufrido hasta el punto de no poder utilizarse; pero los médicos han asegurado que convenía la quietud al enfermo, durante dos ó tres días por lo menos, y la asistencia continua que allí pueden darle. De manera que mi propósito ha sido vano. Todo esto lo sabrá usted ya sin duda, pues supongo que habrá usted ido á verle y que quizá venga de allí en este momento.
Una ligera tinta de carmín tiñó los pómulos de Benito, que respondió:
—Aún no he ido á verle, pero lo haré hoy mismo en cuanto me sea posible. Una reyerta de poca importancia que tuvimos ayer mañana ha venido á turbar nuestras buenas relaciones; y no sé si una vez curado persistirá Puig en la resolución de separarse de mí, que es lo que decidió ayer, creo que irrevocablemente.
—¿Y fué de poca importancia el asunto? ¡Pues no sé lo que hubieran decidido ustedes á haber sido grave la reyerta!
—Cuestión de caracteres nada más.
—Adelante, amigo mío, adelante.
—Como le iba á usted diciendo, á poco de iniciarse el incendio vi salir á Puig de la fábrica, acompañado del conserje, que llevaba en su cabeza los libros de la oficina y según me pareció adivinar los fondos de la caja de caudales.
—Naturalísimo era que procurara salvar antes que nada lo que estaba confiado á su custodia.
—Y esta es mi pregunta: ¿depositó en su casa de usted dichos efectos? ¿Están aún en ella?
—Amigo mío, si le hubiera usted interrogado á él, que es lo primero que creo debía usted haber hecho, después de enterarse de su salud, sabría usted ya que ni yo soy el depositario de tales objetos, ni vino aquí Puig anoche á ninguna hora. Puede usted interrogar al conserje, y éste le dirá cuanto sepa en el asunto.
—He creído ofensivo tal proceder para con Puig, y por eso no lo he hecho.
—Y ha hecho usted muy bien. En fin, Juan le dará á usted cuenta de todo, en cuanto le vea, y debe usted estar tranquilo. ¿Cuál es la otra pregunta que deseaba usted hacerme?
—Como usted comprende, yo no he dudado nunca de las intenciones ni de la rectitud de mi amigo...
—Jamás ha tenido usted motivo para semejante cosa.
—Pues por eso mismo aseguro á usted que nunca he dudado de él. Sin embargo, al ver que pasan días y días y va ya transcurrido un mes y nada se ha formalizado aún respecto á mi herencia, ó donación, ó como quiera que se llame, vengo á preguntar á usted en qué estado se halla ese negocio. Hoy mismo, después de la catástrofe de anoche, y al tener yo que intervenir en todos los asuntos que de ella dependan, ¿con qué carácter voy á hacerlo? ¿Soy ya legalmente, á pesar de no estar aún inscritas á mi nombre en el registro mis propiedades, el dueño de ellas? ¿El acta de renuncia de Puig á sus derechos, está ya redactada y firmada por él, ó no está aún protocolizada ó no ha de estarlo? En una palabra, señor Notario, ¿qué hay en esto? Me parece que es muy lógico que yo sepa á qué atenerme, tanto más, cuanto que la situación tirante en que Puig y yo nos encontramos, podía dar lugar á retractaciones por su parte, ó lo que no es imposible, á entablar alguna demanda en perjuicio mío.
—Diré á usted, aunque le interrumpa en su discurso, que Puig es esclavo de su palabra; que ésta ha valido para mí más que todos los documentos juntos; que usted la tiene de que todo lo que constituía la fortuna de Bernaregui es de usted por renuncia de Puig, y que si aún no ha tomado usted posesión plena y entera de dicha fortuna, es por las dilaciones naturales que tan extraño caso hace precisas. Nada más me es posible decir á usted en esta materia, y como ya he respondido á las dos preguntas que deseaba usted hacerme, le ruego no prolongue más su visita, que agradezco, pero que me roba un tiempo precioso para otros clientes.
Todo esto fué dicho con suprema cortesía, pero con una frialdad ceremoniosa que dió bastante en que pensar á Benito. Saludó éste sin encontrar casi palabras para despedirse de Ortiz, y ya en el quicio de la puerta, al darse la mano, le repitió el Notario:
—Y en adelante, créame usted, Sr. de Bonet, cuando desee averiguar asuntos relacionados con su amigo Puig, diríjase á él mismo y verá usted con cuánta lealtad, con cuánta exactitud y con cuántos detalles responde á todas sus dudas.