CAPÍTULO XIV
LA RECOMPENSA
Hay que hacer justicia á la humanidad. Si todos los días se registran en los anales del crimen hechos aislados monstruosos que casi nos producen el deseo de no pertenecer á la familia humana, no faltan en cambio ejemplos continuos de abnegación, de filantropía y de caridad. Sobre todo, cuando esa familia se reune en grupos y casi forma multitudes, una voz generosa, una exclamación heroica bastan para que la chispa eléctrica del bien estalle en todos los corazones y se acometan por todos actos de sublime valor ó de caridad evangélica. El vulgo, impresionable, susceptible de amar y de odiar en un minuto, irreflexivo y vehemente, es capaz de todo lo sublime y de todo lo infame con idéntica facilidad de asimilación, y así se le ve siempre en la historia formando legiones de mártires ó de verdugos.
Pero cuando ese vulgo se hace terrible, ejerciendo su feroz poderío en provecho del mal, preciso es reconocer que causas más ó menos lógicas, pero siempre graves, persistentes y terribles, le han empujado á aquel extremo. Cuando incendia, cuando asesina, cuando arrastra lo que se opone á su paso, es que se erige en juez y pretende castigar agravios, injusticias y tiranías con más equidad y rapidez que lo han hecho los jueces legales, los reyes, los sacerdotes ó los ministros. En cambio cuando el vulgo se hace compasivo, heroico, sublime, no necesita causas anteriores; es bueno por instinto, con rapidez, con energía, espontáneamente.
Así se ven siempre en las catástrofes públicas grupos numerosos de hombres y mujeres que se sacrifican por sus semejantes, á quienes no conocen; que exponen su vida por salvar las de sus hermanos extraños, y que obedeciendo al ciego impulso de la caridad y del entusiasmo, realizan actos sublimes á que no podrían haberlos conducido discursos morales, sermones religiosos ni órdenes superiores.
En los incendios casuales ó intencionados, en los accidentes ferroviarios, en las invasiones epidémicas, en las inundaciones, en todas las catástrofes públicas, es donde se ven con más frecuencia las acciones sublimes de ese vulgo tan calumniado y de esa humanidad tan miserablemente pintada por los secuaces monomaníacos de la escuela naturalista; escuela tan hermosa y tan docta como todas las demás en manos de los maestros, pero más perniciosa que ninguna en las de los indoctos apasionados.
No es, no, la humanidad raza perversa de Caínes, vergüenza del Criador que la formó, y manada de tigres y de hienas, alimentándose sólo de la mísera oveja ó del inocente cervatillo desprevenido á sus ataques; irredimible é irresponsable de sus actos de piratería y canibalismo, por ser engendrada del espíritu del mal y engendradora á su vez de la perpetua escoria de la creación; sin Dios, sin ley, sin conciencia, sin ayer, sin mañana, sin otra misión que la de vivir y morir, sin otro mundo más que el del planeta que habita, sin más leyes que las físicas y las naturales.
Eso sería bueno si el hombre sólo poseyera su envoltura mortal, efímera y deleznable, como todo lo que es materia; si no existiera en él el libre albedrío, la voluntad, el entendimiento, la memoria, los atributos, en fin, de su alma imperecedera:
esa noble porción alta y divina,
á mayores misterios es llamada
y en más nobles esfuerzos se termina.
Y de ello da pruebas inconcusas, ya aislada, ya colectivamente, en distintas ocasiones, en diferentes países, en diversas épocas. No á todos los hombres les es dado, ni todos los días es fácil encontrar hechos que lo demuestren, probar que por virtud de su propio ser son hijos de Dios ni herederos de su gloria; pero si el bien fuera tan escandaloso como el mal, y nuestra prensa periódica moderna, sobre todo, dedicara una sección á la virtud, como se la dedica al crimen, nos admirarían los relatos diarios de virtudes desconocidas y de heroísmos domésticos.
En el incendio de la fábrica de Bernaregui sobraron ejemplos de esta verdad consoladora. Lo que empezó en casi todos por curiosidad, se convirtió pronto en interés, cambiándose en seguida por lástima, para terminar en entusiasmo contagioso de heroicidad y sacrificio. Hombres, mujeres, niños, soldados, bomberos, autoridades; todos, en fin, cuantos presenciaban la catástrofe, tomaron parte activa en ella para dominarla y vencerla; y cuando á la madrugada siguiente, quedaron sólo en el lugar del incendio los escombros humeantes, sobre un río de fango, ni una sola persona pensó en hacer valer sus sacrificios, ni un solo hombre reclamó premio por sus heridas, sus quemaduras, su heroico trabajo, su sublime cansancio, su ropa destrozada ó sus enfermos abandonados. Todos se escaparon á la gratitud de los interesados, todos se escondieron á la admiración de sus paisanos, todos buscaron en el hogar doméstico, de donde habían desertado por el bien público, la alegre compensación de su trabajo en la modesta obscuridad de su retiro. Todos lo habían hecho todo, nadie había hecho nada.
¿Cómo y de qué manera se fué sabiendo quiénes eran los que más se habían distinguido en aquella noche memorable? Difícil es saberlo: de boca en boca y empezando por un recuerdo vago hasta concluir en una afirmación múltiple, llegó á oídos del elemento oficial cada rasgo notable, y desde la viuda y los huérfanos del guarda víctima de la explosión, recogidos en un asilo provincial, hasta el último bombero á quien fué preciso amputar un brazo y á quien se colocó de guarda en un jardín público, para cuando terminase la curación, todos encontraron un premio, si no igual á su merecimiento, apropiado á su necesidad más perentoria. Los que de nada necesitaban oyeron los entusiastas plácemes del gobernador de la provincia y del capitán general, y fueron propuestos para la cruz de Beneficencia, única que quedará de seguro en el mundo de las condecoraciones, cuando el viento de la verdad arroje para siempre del templo oficial esos ridículos cintajos de la vanidad humana.
Puig fué uno de estos últimos, y cuando después de haber permanecido seis días en la casa de socorro, pudo volver por su pie, aunque cojeando y del brazo de dos ayudantes, á sus habitaciones de la fábrica, todos los obreros que le esperaban en el portalón de la casa y en la calle prorrumpieron, al verle, en gritos de entusiasmo y aplausos ensordecedores, parecidos á los de la multitud en la noche del incendio.
Lucía fué la primera que le dió el brazo en el zaguán, para relevar á uno de los que le habían conducido hasta la casa, y de su brazo subió hasta sus habitaciones, en cuya puerta esperaba Bernarda, más digna y cariacontecida que de costumbre, pero también menos huraña y más tratable que siempre. Dos días antes habían ido las dos juntas á la casa de socorro á hacerle la visita oficial, digámoslo así, y á rogarle que á pesar de la desagradable escena del escritorio, no tomara determinación ninguna sino después de haberse instalado en su cuarto y de haberse restablecido del todo.
El bueno de Puig, á pesar de haber decidido no volver á pisar los umbrales de aquella casa, donde había vivido tantos años, accedió á los ruegos de sus dos antiguas amigas, prometiéndoles que hasta su total restablecimiento aceptaría su hospitalidad, puramente familiar y femenina, pero que no había de hablarse una palabra de negocios ni de arreglos con Benito, el cual no había ido á verle, siquiera por fórmula, á la casa de socorro en los seis días que había permanecido en ella, con gran sorpresa de todos.
¿Qué más? En aquel momento tampoco estaba allí, como todo el mundo, para darle la bienvenida y para recibirle. ¿Es que se había propuesto no volver á hablarle, considerándole como el último de los extraños, ó que llevaba tan adelante su puntillo de principal, que no quería dar á torcer su brazo en la reyerta anterior? ¿Quién sino él se acordaba ya de ella?
Lucía y Bernarda se apresuraron á disculpar su ausencia en aquel momento, diciendo á Puig que Benito había sido llamado por la dirección de la sociedad de seguros, y que en cuanto regresara, pasaría á verle. Ni una palabra se habló, como era natural y convenido, de las disidencias pasadas, y su larga conversación se redujo al acontecimiento supremo y á comunicarse los diferentes detalles que unos y otros ignoraban. Los trabajos de la fábrica estaban paralizados totalmente, hasta la recomposición de alguna máquina, la compra de otras y la limpieza y separación de escombros de las partes principales del edificio. Luego empezaría el examen y clasificación de mercancías averiadas, seguido de ventas en grueso y en pública subasta de las que se encontraran en este caso, con absoluta separación de las que existían incólumes; reconstrucción del edificio para más adelante, y reapertura completa de la fábrica para dentro de seis meses, que era el plazo marcado por los arquitectos.
La quemadura de Puig no ofrecía cuidado, siempre que continuara con la medicación y la cura dispuesta y permaneciendo en una quietud absoluta hasta ser dado de alta por los médicos: cuestión de veinte ó treinta días todo lo más. Con su grata compañía y su asidua tertulia, sobre todo por las noches, harían las dos mujeres lo posible para que no fuera tan largo el plazo señalado por la ciencia, y ningún enfermo sería más atendido ni mejor cuidado que él, en la que ahora, como antes y como siempre, no podía dejar de ser su casa.
Si el que calla otorga, otorgaba á todas estas razones Puig, porque respondía con el silencio á tan amables ofrecimientos y á tan cariñosas promesas. Una sola vez abrazó cariñosamente á su ahijada, y fué cuando la suplicó que indicara á Ramiro, si tenía ocasión de verle, que desearía hablarle, para darle gracias por lo bien que se había portado la noche del incendio, salvando, casi él solo, todo el escritorio y los copiadores y libros de correspondencia comerciales. Lucía, encarnada como una amapola, le contestó en voz alta, pues no guardaba misterios en este asunto con su tía, que sólo veía á Ramiro un rato por las tardes, cuando su padre se iba á pasear solo por la Rambla, pero que aquella misma tarde le manifestaría su deseo.
—¿De modo—la respondió Puig—que el mozo se considera despedido desde el otro día y no ha habido avenencia?
—Desde la otra mañana no ha vuelto á la oficina, y mi padre no ha preguntado por él ni por nadie. Se conoce que se considera libre de todo compromiso con sus antiguos empleados, y ni ha buscado otros nuevos, ni se lamenta de la ausencia de los antiguos. Ni sé lo que piensa, ni á nosotras nos habla más que lo indispensable para mandarnos. Esta es una situación insostenible, que no puede prolongarse y que no sabemos en lo que vendrá á parar.
Las lágrimas se agolparon á los hermosos ojos de Lucía, y diríase que Bernarda, á haber podido llorar de otra cosa que de rabia, la hubiese acompañado en aquella circunstancia solemne.
—Tu padre, hija mía, está enfermo; no me cabe duda. Yo no me acuerdo, ni quiero acordarme de lo que me ha ofendido; no le guardo rencor por el modo con que me ha tratado, y emplearé todos los medios que me sugiera mi afecto entrañable y mi pobre entendimiento para curarle. Su mal es tan grave, que de no hacer pronto crisis y encontrar en su propia intensidad una rápida y total curación, podría darnos que sentir. Fía en Dios, ahijada mía, y fía también en mí. Yo creo que muy pronto le volverás á ver como siempre fué, padre amante, amigo leal y hombre de bien, y su amor por ti volverá á ser tan grande como antes.
—Si para ello fuera preciso pedir á Dios la miseria, mi enfermedad ó mi muerte, crea usted que no vacilaría en pedírselas ahora mismo.
—Lo sé. Te quiero por buena hija y por buena muchacha, y si aprovechabas tú también la lección que Dios te ha dado indirectamente, nada habrás perdido en este cambio de tu padre, que tanto te ha afligido.
—No sé lo que quiere usted decir; pero estoy dispuesta á secundarle en todo y fío completamente en sus palabras.
—Y creo que para un enfermo son demasiadas las que nuestra charla le proporciona—dijo Bernarda levantándose.
Imitóla Lucía, y ambas dejaron solo á Puig, ofreciéndole volver en cuanto cenaran, para pasar á su lado las primeras horas de la noche.
Algunas después penetró Benito, con el ceño adusto de costumbre y una solemnidad que no dejaba de ser cómica, en la habitación del enfermo.
Poco expansiva y menos tierna aún fué la entrevista de los dos amigos. Disculpóse como pudo Benito, por sus muchas ocupaciones en circunstancias tan tristes, de no haber ido á visitarle á la casa de socorro: hízole de un modo más frío los mismos ofrecimientos que le habían hecho su hermana y su hija, y no abordando ninguna cuestión de intereses, ya se disponía á marcharse, cuando Puig le detuvo, diciéndole con semblante severo y fijando en él su mirada:
—Sé por Ortiz de Llauder, que me ha acompañado algunos ratos, la visita que le hiciste, apenas dominado el incendio, la otra mañana, y á las dos preguntas que le dirigiste, y á que él no podía contestarte, voy á hacerlo yo en el acto para no retardar más tu natural inquietud y tu no muy benévola impaciencia.
—Yo ignoraba la gravedad de tu herida, y era muy lógico que deseara saber la situación de mis intereses en aquel momento.
—Tienes razón; pero respecto á lo primero te diré que la mejor manera de saber si era ó no grave mi estado, era haberlo ido á ver por ti mismo, y allí á mi lado hubieras podido saber por mi boca lo que en vano fuiste á preguntar al notario, con gran sorpresa suya y no mucho contento mío.
—Te has vuelto tan suspicaz de poco tiempo á esta parte, que me veré precisado, para entenderme contigo en adelante, á no dar el menor paso que contigo se refiera. ¿Qué más da que te lo preguntara á ti ó á Llauder?
—Algo da más, puesto que sólo con haber ido á verme, como ha ido todo el mundo al saber mi accidente, te hubieras evitado las preguntas al notario ó á mí. Yo antes que lo hubieras preguntado te lo hubiese dicho, y de esa manera, sobre haberte portado bien conmigo y como nuestra antigua amistad exigía, te hubieras ahorrado el disgusto que aún debe durarte por tu curiosidad no satisfecha. En casa segura, que tú conoces, están los fondos que existían en la caja del escritorio, en billetes y oro, y que traté de salvar lo primero aquella triste noche, así como los libros mayor y diario y otros, que llevó sobre su cabeza un dependiente de la casa. Ahora mismo, puesto que ya estoy aquí, mandaré por todo: lo traerá el amigo leal que admitió el depósito sagrado, sin darme recibo ni documento ninguno, y por este punto ya puedes estar tranquilo.
—Ni lo estoy ni puedo estarlo. ¿Quién te dice que ese hombre, tentado de la codicia, en esos seis días que ha tenido en su poder esos fondos, no niegue ahora semejante depósito, y tú sin testigos ni prueba te encuentres conmigo en tan terrible descubierto? Vamos á ver, responde: y dime si soy yo el desconsiderado ó tú el visionario y el demente en fiarte así de cualquiera.
—¿Pero es posible que el afán del dinero tuerza los caracteres hasta el punto de hacer del tuyo un almacén de malos pensamientos y un depósito de peores juicios? No quiero contestar á tu idea de que la mala conducta de mi amigo me hiciera quedar á mí en descubierto contigo, puesto que en caso idéntico yo hubiera dicho con nosotros, haciéndome solidario de la pérdida; y responderé sólo á tu temor primitivo. Mi amigo, que no lo es tuyo ya, puesto que tan mal le juzgas, es un honrado comerciante incapaz de cometer acción tan villana y miserable. No te digo su nombre por evitarle la vergüenza de tener que sonrojarte ante él cuando le veas. Mi amigo, como te decía, ha ido á verme todos los días, y esta misma mañana quería aún dejarme el recibo que tiene hecho desde el momento que salí de su casa entregándole los fondos y que yo no quise recibir entonces ni hoy. Esta misma tarde vendrá con su hijo á hacerme la entrega, y en el acto puedes tú mismo volver á encerrar en la caja, cuya llave te entrego en este momento, cuanto yo saqué de ella. Cuéntalo, no en mi presencia, porque yo no necesito semejante exactitud fiscal, y date por respondido y enterado de todo esto. Pasemos al otro asunto.
—De ese hablaremos cuando estés completamente restablecido, que ya no puede tardar. Tengo tu palabra de que respetas y cumples con la carta postrera de Bernaregui, y me considero por lo tanto como heredero universal de todos sus bienes. Yo haré el balance, como es justo entre comerciantes, de todo lo que dejó á su fallecimiento y de cuanto hoy me entregues, y la diferencia ó déficit que ha de existir de seguro entre ambos capitales, servirá de base para un arreglo definitivo entre nosotros. Yo no he de exigirte judicialmente el reintegro; pero será preciso que de esa liquidación te obligues á devolverme, en los plazos que convengamos, lo que seas en deberme, y uno y otro quedemos como nos corresponde en asunto tan delicado y de tal trascendencia.
—¿Conque es decir, amigo Benito, que siendo yo el heredero legal de nuestro común amigo Bernaregui, y habiendo yo usado de su herencia con derecho y justo título, al respetar una carta, que á nada me obliga judicialmente, me exiges la entrega total de esa fortuna, como si yo tuviera otra con que responder á tu deseo, y como si al poseer tú hoy todo lo que de ella quede, no fueras impensadamente mucho más rico que tú podías figurarte haberlo sido nunca? ¿Conque es decir que cuando yo no apelo á mi derecho para disputarte esa herencia, sólo mía por la razón y por la ley, tú vas á apelar á la ley y á la justicia para liquidar esa herencia, que no es tuya sino por mi conciencia, y á obligarme á reconocer como deudor tuyo los pagos de la diferencia que resulte entre la fortuna que recibí de Bernaregui, y que he gastado en todos vosotros, y la que hoy representa la casa? Pues dígote, amigo mío, que ó estás loco, ó todo lo que haces debes hacerlo soñando. Despierta á tu razón, si te es posible, y no tires de la cuerda hasta hacerla saltar en perjuicio tuyo, cosa que podrá suceder con gran facilidad.
—Concluyamos de una vez, Juan, con estas cuestiones enojosas que á ambos nos pueden sacar de quicio. Yo he pensado mucho, yo he cavilado muchísimo desde hace un mes, y todo lo que veo me confirma en mis creencias y en mis resoluciones irrevocables. Seamos francos, y aquí que nadie nos oye, aclaremos para siempre el asunto. Á Bernaregui se le cohibió en su última enfermedad. Eso es indudable. De buen ó mal grado, esto es más probable, se le obligó á hacer un testamento que repugnaba á su conciencia y á su voluntad, y tomaras tú parte activa en ello, ó fueras inocente de esa infamia, te encontraste heredero de toda su fortuna, sin que el testador tuviese en cuenta en aquel testamento mi amistad, tan antigua como la tuya, ni mis servicios, tan grandes como los tuyos. Arrepentido el mismo, antes de morir, de su injusticia, y creyendo castigar á los que habían abusado de él, escribió la carta testamento, que no es otra cosa, que confió á otra persona para que la presentara en seguida en la notaría. ¿Qué persona fué esa, y cómo cometió la nueva infamia de no presentarla hasta tres largos años después de la muerte del testador? Esos son misterios que puede muy bien descubrir una información judicial, si llegara el caso de tener que entablarla. Pero el hecho existe, y todas las argucias del mundo no bastarán á destruirle. Yo ya he tomado mis informes, como era muy natural que lo hiciera quien como yo no está versado en cuestiones de derecho, y sé perfectamente, por los abogados á quienes he consultado, que toda la razón está de mi parte; que puedo impunemente apelar á un pleito, y aunque su tramitación fuera larga, recaería sentencia en mi favor. En este caso estamos, y por lo tanto creo que lo que exijo de ti es lo más razonable y lo más justo. Yo olvido el testamento primero, ofensa directa de Bernaregui; yo olvido que el testamento segundo ha estado oculto intencionadamente por espacio de cerca de cuatro años, detentando mis derechos y mi fortuna; yo olvido tu negligencia en darme posesión de ella y tu intención, como veo, de que yo tome lo que tú quieras darme á beneficio de inventario y en cualquiera forma; pero fuerte en mi derecho, reclamo todo lo que me corresponde; y lo que haré, en prenda de amistad y como recompensa á tu heroica acción de la otra noche, es aceptar los plazos que me propongas y en la forma que elijas, para reintegrarme de las cantidades que seas en deberme al hacer juntos la liquidación necesaria.
—La recompensa es tan sublime, que prueba lo meritorio de la acción. ¡Lástima grande que no hubieras estado la otra noche, como era tu deber, al frente de cuantos trabajaban para librar tu hacienda, y yo no hubiese llegado á tiempo para romper la válvula que salvó algunas vidas! Entonces la tuya hubiera concluído, sin tener jamás que avergonzarte de ella. ¿Era para todo esto para lo que exclamabas tan á menudo: «¡Si yo fuera rico!»? Rico eres ya, según parece; pero rico sin entrañas, rico sin creencias, rico sin generosidad, rico sin memoria, y lo que es peor, ¡rico sin alma! En tu hidrópico afán de contar tu dinero, de manosear tu fortuna, de gozar de tu herencia, calumnias á tu bienhechor, insultas al amigo de toda tu vida, ofendes á cuantas personas han intervenido en su última voluntad, reniegas de tu pasado, desconoces la razón, la justicia y el derecho y te revuelves airado contra las leyes divinas y humanas, contra la razón, contra todo lo que ataja tu insaciable apetito. Ya para ti no hay familia, porque la desconoces y la maltratas; ya para ti no hay amistad, porque reniegas de ella y la invocas sólo para tiranizarla y desconocerla; ya para ti no hay deberes de conciencia, porque tu egoísmo y avaricia acallan las voces de la propia y no quiere reconocer la santidad de la ajena. Mal padre, mal amigo, mal hombre y mal rico, en vez de consolar, de agradecer y de amar, calumnias, injurias, odias y maldices. ¡Miserable eres, y miserablemente acabarás!
Olvidándose de sus dolores y de las prescripciones médicas, Puig se había levantado del sillón donde estaba casi tendido, y pálido y conmovido, pero severo, frío y amenazador, accionaba con energía y daba á su voz entonación solemne y vigorosa.
Benito, absorto al principio, había recobrado su serena actitud, y con los ojos casi fuera de las órbitas, el semblante torvo y la boca convulsa escuchaba, rojo de indignación y de soberbia, las irritadas palabras de Puig.
Apenas concluyeron de sonar en sus oídos, sin tener en cuenta la situación excepcional en que su amigo se encontraba, sin reparar en que le daba hospitalidad en su propia casa, y un techo hospitalario es sagrado siempre, echando espuma por su boca y como si fuera á ser presa de una congestión, rojo como la grana y balbuciente, respondió, ó mejor dicho, gritó:
—¡Mientes, mientes una y mil veces! Vosotros sois los infames, los injustos, los calumniadores. Todos, todos los que me contradicen y me desobedecen y me injurian son los que muy pronto tendréis que responder ante la justicia humana primero y la divina después de vuestras palabras y vuestros actos. Yo he sido eliminado, robado, ultrajado por todos vosotros, y tú con tu fingida y traidora amistad, y mi familia con su exigente y desordenada conducta, y el notario con su culpable complicidad, y cuantos me rodean y cuantos me desafían, sufrirán las consecuencias de mi justa cólera. Para unos la cárcel, para otros el presidio, para todos la ruina y la miseria: ¡para mí solo la riqueza, el fausto, el dinero, la tranquilidad de espíritu y la felicidad sobre la tierra!
—Vete, Benito, vete, y no me obligues á que ahora mismo, sin reparar en nada, sin poder moverme, huya de tu casa para siempre y te castigue del modo más cruel que puedas imaginarte.
—Tu herida..., ¡farsa!; tu generosidad..., ¡mentira!; tu amenaza..., ¡risible y estúpida! ¡Vete, en buen hora, puesto que has desoído mis razones, y prepárate mañana á responder de tu conducta ante los tribunales!
—Abusas de mi estado y eres un miserable y un cobarde. Mañana, ni un día más tarde que mañana, te habré castigado como mereces.
Y pálido y sombrío, sin reparar ni recordar su herida, Puig se lanzó á la puerta para salir de la habitación. Sus fuerzas le engañaron; y mientras Benito huía por el corredor, y acudían á las voces Bernarda y Lucía, él, vencido por el dolor, cayó desplomado sobre el pavimento.
Levantado por las dos mujeres, fué preciso echarle en el lecho, y sólo á sus ruegos y á sus lágrimas cedió vencido, exigiéndolas que á la mañana siguiente viniera temprano un coche para conducirle á una fonda. Ni ellas se atrevieron á preguntarle lo ocurrido, ni él las dió explicación ninguna para calmar su ansiedad, aumentada con el tenaz silencio de Puig y sus quejidos por el dolor que le causaba la herida. Curáronle con esmero sumo, y cuando le vieron reposado y más tranquilo salieron de puntillas de la habitación. Benito había salido de la casa, casi huyendo de sí mismo.
Pocos momentos después contaba Lucía á Ramiro la llegada de Puig, su deseo de hablar con él, manifestado por éste, y el resultado de la entrevista de su padre con el enfermo, que había producido la crisis inexplicable en que el enfermo se encontraba.
Dos hombres modesta y limpiamente vestidos preguntaban por Puig en aquel momento. Eran el comerciante y su hijo, que traían el dinero y los libros depositados por el cajero en casa de aquéllos la noche del incendio. Ramiro se encargó de recibirlos, y juntos entregaron á Bernarda, delante de Lucía y del conserje, á quien llamaron como testigo, aquel dinero recibido sin documento alguno. No podían colocarle en la caja, porque Ramiro no tenía la llave y no quisieron molestar á Puig por su dolencia exacerbada.
Mientras, Benito andaba como un loco y casi corría hablando solo, gesticulando y llamando la atención de cuantos encontraba á su paso.
Triste, tristísima noche fué para todos la que siguió á aquel día de emociones y de disgustos. Lucía apenas quiso conceder á su amado Ramiro un cuarto de hora de amoroso coloquio, temiendo la repentina llegada de su padre. Bernarda, que seguía con decidido empeño su proyecto de abandonar para siempre la compañía de su hermano, excitada por la escena que había supuesto entre los dos amigos, pasó la mayor parte de la noche en colocar toda su ropa y sus efectos propios en dos baúles mundos, dejando desocupados los cajones de la cómoda.
Puig, aunque calmado ya de la excitación nerviosa que le obligó á decir frases que no hubiera querido pronunciar nunca, apenas pudo conciliar el sueño, revolviendo en su mente todo un plan de conducta que quería desarrollar con frialdad y calma al siguiente día; y el pobre Ramiro, sin darse exacta cuenta de lo que ocurría en aquella casa, centro antes de la paz y la concordia, se devanaba los cascos por adivinar misterios que no estaban de seguro al alcance de su inteligencia. Si aquella situación se prolongaba, hasta su mismo modesto presente se vería comprometido: ¿cómo no había de considerar expuesto su venturoso porvenir?
Las horas transcurrían, y Benito no había regresado á su casa, contra la costumbre de treinta años, antes de las doce. Cerca de la una era ya cuando llamó á la puerta de la calle, y sin hablar con nadie y sin responder á su hija que salió azorada á recibirle, penetró en su alcoba y se arrojó vestido sobre su cama.
Más horrible que para todos fué para él aquella noche, precursora inconsciente de su salvación y de su dicha.