CAPÍTULO XV

EL ESPEJO.—¡QUIERO SER POBRE!—CONCLUSIÓN

Dice con su incomparable talento el ilustre novelista gloria de la literatura española contemporánea José María de Pereda que no puede negarse que el medio ambiente, tan traído y llevado ahora por la gente de su oficio, influye mucho en la condición moral y hasta en el desarrollo físico de los caracteres y de las naturalezas; pero no es menos cierto que los hay de tal fibra que, con ambiente ó sin ambiente, echan impávidos por la calle de en medio, y por ella siguen sin torcerse ni extraviarse, aunque los ladren canes y los tiren vestiglos de la ropa.

Prueba certísima de la exactitud de esta reflexión fué en esta nuestra verídica historia el cambio brusco total y absoluto acaecido en el carácter, costumbres é idiosincrasia del bonísimo Benito. No bastó el medio ambiente en que vivió cuarenta años, ni lo pacífico y sencillo de sus gustos, ni la humildad de sus modestas aspiraciones para que perseverara en la práctica de sus virtudes, si así pueden llamarse las condiciones negativas de un carácter para pensar el mal á sabiendas y llevarle á cabo con premeditación y alevosía. Benito se había tenido siempre por bueno, y por tal le habían juzgado cuantos le conocían durante los cuarenta años que vivió como dependiente de su principal y como principal de los otros dependientes. Tolerante con los holgazanes y los viciosos, protector de los quejosos en todos terrenos con razón ó sin ella; siempre dispuesto á pedir favores para otros, exagerando la imposibilidad en su posición de hacerlos por sí mismo; amable hasta la llaneza con los inferiores, sumiso hasta la servidumbre con su superior jerárquico, alcanzó fama universal de hombre de bien, de débil, de manso, de infeliz.

Jamás se atrevió á contradecir los gustos y preferencias de su hija, ni mucho menos á luchar con los caprichos y órdenes de su hermana Bernarda, á quien siempre consultó como á un oráculo y respetó como á un jefe. Falto por completo de iniciativa, lo mismo en los asuntos de la casa de comercio que en los de su hogar, jamás interpretó el espíritu de las leyes humanas ni divinas: atúvose á la letra, y en su fiel y completa observancia creyó que estaban vinculados el deber y la obligación del hombre honrado. Parecíase á esos militares subalternos modelos, capaces de morir defendiendo el puesto que se les confía, pero incapaces de dirigir con acierto cualquier operación estratégica encomendada á su dirección. Pertenecía, pues, por derecho propio y sin duda por ley de nacimiento á esa serie de hombres destinados á obedecer é inútiles para mandar; ejemplares preciosos y correctos en el primer caso, y detestables en el segundo. Como el caballo de carga ó acarreo, robusto, fuerte, incansable en su servicio, dócil á la voz, que se viese destinado, sin preparación ni condiciones, á disputar un premio de velocidad en la brillante carrera de un hipódromo, así el bueno de Benito se había visto elevado desde la mansedumbre pacífica de su medianía á la voluntariosa iniciativa del mando, y en vez de afirmarse en aquella altura, había caído despeñado al abismo de la nulidad y de la impotencia, no sólo á sus propios ojos, sino coram pópulo.

Pero la indomable vanidad humana, rémora verdadera de todo sentimiento racional, le ponía una venda en los ojos, cada día más tupida, para impedirle ver el desastre de su propia derrota, y por ella achacaba á errores y faltas ajenas lo que debía tratar de enmendar en sus actos y en sus ideas. Altiveces desacostumbradas en su carácter, deficiencias de su criterio empeoraban su estado moral y aturdían su inteligencia, antes perezosa, pero sensata, y hoy activa, pero disparatada.

¡Horrible noche la que siguió al día de los últimos acontecimientos, y más horrible amanecer! Pálido, demacrado, lanzóse del lecho á los primeros rayos del nuevo sol, y como si sólo hubiese esperado una ráfaga de luz para librarse de las horrendas tinieblas de su espíritu agitado, salió de su alcoba y se encaminó con paso vacilante y receloso á las habitaciones de su familia. El espectáculo que presenció le heló la sangre en las venas por breve espacio y le hizo con la rapidez de una reacción congestiva afluir á su rostro aquella sangre en negros borbotones. Su hermana cerraba sus baúles con ayuda de su hija y el gabinete parecía desmantelado. Cuantos objetos de adorno ó de tocador publicaban el sexo de sus dueños habían desaparecido. Trajes, telas, ropas, cuadritos preferidos de devoción ó de arte, éstos en cortísimo y no muy escogido número, estaban ya guardados en los mundos para ser transportados inmediatamente lejos de su acostumbrado sitio, y sólo quedaban en aquellas habitaciones los muebles más viejos que antiguos en completo desorden y cubiertos de polvo desacostumbrado. Papeles rotos por el suelo, algunas prendas en desuso y distintos paquetes que habían de llevarse á la mano, daban á la casa el triste aspecto de vivienda que va á ser en el acto abandonada, pregonando una desgracia repentina ó la muerte de un ser querido. Tendió los ojos Benito por aquel desastroso aparato, y sorprendiendo á las que lo causaban en su apresurada faena á aquella hora intempestiva, no hizo más que una rápida pregunta:

—¿Qué es esto?

Lucía bajó los ojos, aún encendidos por el llanto vertido aquella noche, y no se atrevió á responderle; pero Bernarda, procurando dar á su contestación el tono más natural y sencillo, le dijo, casi sin mirarle:

—Dejarte en libertad y obedecerte. Tu hija y yo nos vamos para no presenciar los horrores de tu continuo enojo y las consecuencias de tu carácter. Ya tengo arreglados mis asuntos, elegida la honrada casa donde hemos de vivir, y ya sabrás de nosotras diariamente para que nos dictes tus órdenes desde lejos, ya que no puedes sufrirnos de cerca.

En aquel momento la vela que aún ardía expirante en su candelero, y que manifestaba haber ardido toda la noche para alumbrar el trasiego de la mudanza, arrojó su última llamarada. Hacia aquel objeto indiferente y trivial lanzó su mirada Benito, y devorando su enojo, respondió á su hermana, sin mirarla:

—¡Bien hecho! ¡Cuanto antes mejor!

Lucía rompió á llorar, y sus sollozos en vez de templar la cólera de su padre, la enardecieron y la excitaron.

—¡Fuera lágrimas ridículas! ¡Fuera desobediencias hipócritas! ¡Yo, y sólo yo! ¡Yo soy el amo, yo el jefe, yo el rey, yo el Dios! ¡Lejos de mí todo lo que me ofenda, me desobedezca, me injurie, ó me resista!

Vió sobre la cómoda de Bernarda los sacos de oro y los fajos de billetes que habían dejado la tarde anterior el comerciante amigo de Puig y su hijo, y cogiéndolos con ambos brazos, y sin dirigir más palabra á las afligidas mujeres, se dirigió con ellos al escritorio y corrió por dentro el pestillo de la puerta. Estaba completamente solo en aquella habitación grande y aun no del todo alumbrada con la luz del nuevo día. Abrió con mano trémula el arca de valores, y con agitación nerviosa vertió en ella los talegos que había llevado hasta la mesa grande. Rodaron las monedas de oro por el mostrador de la caja en desordenado arroyo, formando grupos irregulares y produciendo el sonido sui géneris que no puede confundirse con ningún otro.

Desencajado, lívido, con el cabello en desorden, las manos crispadas y la mirada más aterrada que terrorífica, cayó Benito sobre aquel montón del áureo metal como el tigre sobre su presa, como el avaro sobre su tesoro. Jamás hasta aquel momento habían producido en él efecto tan extraño la vista y el ruido del oro. Mil veces había traído sobre sus hombros, desde otra casa de comercio á la de Bernaregui, mayores cantidades que las de aquel día: en los tres años que desempeñó con Puig el empleo de cajero, muchas noches había hecho los balances, pudiendo contar y recontar con tranquila serenidad mayores sumas, y jamás hasta aquel momento le había parecido que las monedas y los billetes de Banco formaran parte de su ser y sangre de su sangre.

Contaba muchas veces la misma cantidad, y la colocaba apilada en la caja: deshacía los fajos de billetes, los examinaba, los contaba también y los colocaba sobre las pilas de oro, y todo esto con nerviosa inquietud, con placer, con recelosas miradas, pronunciando frases entrecortadas, entre las que se oían las siguientes:

—¡Así lo quieren todos! ¡Sea! Ya me explico su rebeldía, sus protestas... Desde que soy rico, todos desean mi ruina..., todos quieren robarme. ¡Mundo cruel, egoísta, injusto!... ¡Cuantos me querían, hoy se conjuran para dejarme solo!... ¡Mejor! ¡Tanto mejor! ¡Qué á gusto voy á quedarme sin ellos! ¡Haré todo cuanto me convenga y nadie se opondrá á mis deseos! ¡No seré amigo de nadie, ni hermano, ni padre! ¡Seré rico y nada más que rico, y feliz y millonario!

Y á cada palabra que en su soñar despierto pronunciaban sus trémulos labios, hundía sus manos calenturientas en los montones de monedas, que rodaban, se apilaban, se sobreponían unas á otras y llenaban extendidas la mesa mostrador y las planchas de hierro del arca de caudales.

De repente y como si un ruido inusitado le hubiese sacado de su abstracción, alzó la cabeza y giró en derredor suyo una mirada inquieta y recelosa. Por primera vez en su vida le vino de repente á la imaginación la idea de ser robado, y á pesar de haber corrido él mismo el pasador de la puerta de entrada, la examinó de nuevo, así como las maderas de los balcones y las mamparas de su despacho. No satisfecho con aquella rápida, pero minuciosa revista domiciliaria, abrió la mampara y penetró en la pequeña habitación, que, como hemos dicho otras veces, servía de despacho particular al principal de la casa.

Allí, entre aquellas cuatro paredes, había vivido años y años su amigo Bernaregui, dirigiendo sus negocios, calculando sus operaciones comerciales, inspeccionando los trabajos de la fábrica, protegiendo á unos, premiando los afanes de otros, y siendo el alma de aquella casa que por él se elevó á gran altura y para él fué ocupación constante y trabajo cotidiano y alegría y distracción continuas. En aquel sillón, que nadie ocupaba en aquel momento, le había visto meses y años, con su afable sonrisa, su dulce palabra, su confiado gesto, hablarle cariñoso y ordenarle benévolo.

Surgió de pronto aquella sombra evocada por su conciencia, y le pareció que Bernaregui vivo le contemplaba airado desde su asiento. Dió dos pasos hacia adelante para cerciorarse de si estaba bien despierto, y apartó de su frente, no el cabello que sudoroso y frío casi le cubría los ojos, sino la idea que tenaz y sombría se enseñoreaba cada vez más de aquel cerebro enfermo y extraviado.

Á la imagen de Bernaregui reemplazó en el acto la de Puig, que también había ocupado aquel asiento durante cuatro años; pero esta imagen aún era más triste y su mirada más iracunda y más enojada.

—¿Qué me quieres, y por qué estás á estas horas en mi despacho? Ese sitio no es ya tuyo, sino mío: pertenece al principal de la casa, y yo lo soy únicamente; no tú que ya no eres el heredero de nuestro amigo, ni más que mi dependiente. ¡Levántate, sal de aquí y espera mis órdenes!

Y con la mano levantada y el ademán enérgico avanzó resuelto hacia el sillón vacío, con intención sin duda de unir la acción á la palabra y arrancar por la fuerza de su sitio á aquel incómodo huésped, tirano de su reposo y verdugo de su dicha.

Á la mitad del breve camino que le separaba de aquella fatídica visión, de aquel fantasma irritado, le detuvo un ruido seco y prolongado que partía de la calle. Rápido como el pensamiento se dirigió al balcón, y abriendo las vidrieras, una bocanada de aire fresco y benéfico que entró por ellas refrescó sus sienes y disipó las sombras de su espíritu. En cambio lo que vió le hizo estremecer. Era un coche, destinado sin duda á llevarse de aquella casa, que era la suya, á su hermana y á su hija, tal vez para siempre, huyendo de su lado, escapándose de la desdicha de tener que obedecerle y sufrirle. En el mismo instante que contemplaba absorto el carruaje, otro coche, viniendo por distinta dirección, se paró también en la puerta de la fábrica. Salieron de él dos hombres, en quienes Benito reconoció al comerciante y su hijo amigos de Puig, que sin duda venían á buscarle para llevársele á su casa.

Retrocedió Benito del balcón, pálido como un muerto, y dando rienda suelta á su furor, y no presa ya de fantasmas ni visiones, sino en el pleno uso de sus facultades, prorrumpió en frases de ira y en ademanes amenazadores.

—¡Todos! ¡Todos fuera de aquí! ¡Yo los despido, yo los arrojo de mi lado! ¡La casa es mía! ¡Mío el oro! ¡Mía la fortuna!

En aquel instante se retrató su imagen en un espejo colocado frente al sillón vacío sobre una mesita llena de papeles y retratos fotográficos. Verse Benito retratado en el cristal y retroceder aterrado fué obra de un segundo.

—¡Dios mío! ¿Yo?..., ¿soy yo ese hombre? ¿Ese cadáver abortado en mal hora de su propia tumba?

Y se miraba con avidez, y se contemplaba absorto.

—¡Yo!... ¿Es ese mi semblante siempre risueño y apacible? ¿Es esta mi frente sin arrugas, mis labios sin ceño? ¡Esto es un sueño horrible ó una realidad más horrible que el mismo sueño! ¡Solo! ¡Estoy solo! ¡Antes todos me querían, me buscaban, y hoy..., hoy..., todos huyen de mí... y se alejan y me dejan morir como un perro!... ¡No quiero! ¡No puede ser!

Y dió varios pasos, y salió del despacho, y cruzó el escritorio, y descorriendo el pestillo de la puerta, hiriéndose en la mano, gritó desde el umbral:

—¡Socorro, socorro! ¡Á mí! ¡Yo me muero! ¡Favor!...

Y cayó exánime y sin aliento en el mismo sitio.

Sus gritos habían sido tan estridentes, tan terribles, que aún duraba el eco de aquel sonido aterrador, cuando apareció por el corredor un mozo de la fábrica. Corrió á ver quién era aquel hombre que gritaba de aquel modo, y al reconocerle salió gritando más que el mismo Benito.

—¡Socorro! ¡El amo se muere! ¡Aquí todos!...

Pasó algún tiempo antes de que acudieran á sus voces; pero el criado se dirigió á las habitaciones del principal, de donde salían ya, precedidas de sus baúles mundos, Lucía y Bernarda, y que en cuanto supieron de lo que se trataba, corrieron solícitas y sobresaltadas al escritorio. Por su puerta pasaba en aquel momento Puig, apoyado en los brazos de sus dos amigos, y los tres se detuvieron aturdidos ante el triste espectáculo que se presentaba á sus ojos.

Lucía, la hermosa Lucía, abrazaba á su padre y le besaba con todas las fuerzas de su alma, inundado su bello rostro por un mar de lágrimas, mientras Bernarda gritaba y pedía socorro con estridentes chillidos.

No tardó en acudir una criada con un vaso de agua y algunos hombres con botellas de vino, vinagre y aguardiente, según sus gustos y la opinión de cada uno acerca del líquido conveniente para devolver el aliento á un padre desmayado; y en los brazos de Lucía y después de suspirar como un moribundo, abrió Benito los ojos, y al reconocer á los que le asistían y al verse rodeado de rostros antes tan queridos y momentáneamente para él tan odiados, dijo:

—¡Ah! ¡Ya sé lo que es..., amigos míos, queridos seres de mi alma! Ya sé la enfermedad que padezco.

—Vamos, vamos, déjate ahora de reflexiones y ven á la cama; nosotras te llevaremos—dijo doña Bernarda con el acento de mando que antes usaba para tratar con su hermano.

—Sí, papá..., no hables ahora; dame un beso y vente conmigo.

—Un beso, no; ¡mil, cien mil, vida mía!—dijo el pobre anciano, comiéndose á besos el hechicero rostro de su hija, que lloraba cada vez más, sonriendo ahora de placer y de dicha, mirando sin cesar á su padre.

—¡Dejadme, dejadme!—decía Benito, sin querer moverse de aquel sitio, donde ya estaba de pie, gracias á los esfuerzos de los varios obreros que le rodeaban.—Aquí, aquí mismo, delante de todo el mundo, y á gritos, como los que he dado para que me socorráis, he de decirlo todo. ¡Ya sé lo que tenía, lo que me hacía infeliz, lo que me quitaba el sueño y la felicidad!

—¡Vamos á ver! ¿Qué era, pobre tonto?—le preguntó riéndose Puig.

—¡El dinero! Ese maldito dinero que está aún rodando por la mesa y por la caja, sin que nadie se cuide de esconderle. Yo viví siempre en la modesta medianía, casi en la pobreza. ¡Yo anhelé, yo pedí siempre á Dios la dicha de poseerle; y en cuanto le he visto caer á espuertas en mi bolsillo, se me ha subido á la cabeza y le tenía aquí!..., y aquí me asesinaba..., y aquí me volvía loco...

Y el pobre hombre se golpeaba la frente con sus puños cerrados.

—Y no sirve que yo quiera y que yo procure y hasta prometa enmendarme. Si continúo teniéndole, volveré más tarde ó más temprano á caer en la misma locura y en idénticas aberraciones; y llegaré á aborreceros á vosotros, á quien quiero con todo mi corazón; y no seré el buen Benito que siempre he sido, sino un miserable avaro, un estúpido vanidoso, un amo cruel y un demente furioso á quien será preciso matar á palos, ó encerrar en una casa de orates, para verse libre de sus infamias. ¡Afuera de mí semejante peligro! ¡Yo no quiero oro ni fortuna! ¡Yo no quiero perder mi razón y mi calma y mi dicha, y mi alma después de mi cuerpo! ¡No, Juan mío! ¡Yo no sé ni quiero ser rico! ¡Todo es tuyo! ¡Te lo devuelvo! ¡Líbrame de ese peso y de ese castigo! ¡Quiero ser pobre! ¡Quiero ser pobre!

Y con un afán cada vez más creciente abrazaba á Puig, que sonriendo y sin responderle palabra, le indicaba con un gesto negativo que no pensaba en acceder á lo que le pedía. Lucía y Bernarda procuraban tranquilizarle y le rogaban que dejara entonces de ocuparse en nada, más que en recogerse y buscar en el lecho el descanso necesario, después de haber sufrido aquel ataque nervioso; pero Benito, cada vez más aferrado á su idea, continuaba en alta voz, asombrando á los obreros y al comerciante y su hijo, que le escuchaban sin comprender bien la causa de aquella escena:

—Ya no os movéis de mi lado ni poco ni mucho; ya no os dejo un instante de libertad, y si me amas, Juan mío; si me perdonas todo lo que te he hecho sufrir, y si olvidas mi injusticia, mi desvío y mi ingratitud, y no quieres empujarme á la desesperación y quizá al suicidio, recobra esa maldecida herencia que detesto, y déjame otra vez, no con cinco mil pesetas de sueldo, sino con tres mil como he tenido durante más de veinte años, y que es todo lo más que yo merezco y que sabrá administrar mi hermana, pues yo te juro no volver á tener en mi poder ni veinticinco pesetas.

—¡Bueno, bueno! Ya hablarás de eso más tarde; ven ahora á tu cuarto.

—No me muevo de aquí sin ultimar ese asunto. Yo hasta hace un mes he sido, no un pozo de ciencia, ni un modelo de virtud y de nobles cualidades, pero sí un hombre sensato; y hoy, ya lo ves, soy un mentecato y un ser intratable, y me desprecio á mí mismo y me abomino y me execro. El oro, la fortuna, que yo creía una felicidad y que yo deseaba continuamente para hacer el bien de mis semejantes, sólo me ha servido para hacer vuestra desdicha y la mía, y me ha convertido á mí, pobre hombre sencillo y modesto, en una fiera insaciable. Líbrame de ese peso, Juan mío, ó mañana mismo hago donación completa de esa fortuna al hospital, y para curarme de esta enfermedad horrorosa me voy á morir en él de limosna.

—¡Bueno, bueno, lo que quieras..., ahora lo arreglaremos todo!—le contestó Puig.

Y dirigiéndose á las habitaciones de Benito, del brazo de los que le conducían, logró que aquél abandonara la puerta del escritorio, que Bernarda cerró con llave, siguiendo á su hermano que andaba despacio abrazando á su hija.

Y penetraron en su cuarto, y colocaron á Puig en una butaca.

Los que le habían conducido y los obreros fueron despedidos en el acto por Bernarda, que había tomado por las señas la dirección antigua de su casa, y quedaron solos los cuatro.

—Lo primero que hay que hacer, si quieres que me tranquilice y que podamos seguir hablando en paz y en gracia de Dios, es despedir esos dos coches, pagándoles generosamente su frustrada carrera—dijo Benito á su hermana:—de aquí no se va nadie nunca, ni mi hija cuando se case. Yo no quiero estar ni un minuto separado de todos vosotros.

—Concedido, y déle usted gusto, señora, siquiera por esta vez—respondió Puig sonriendo.

—Por esta vez y por todas se le daré, si gracias á la misericordia de Dios le veo tan razonable como lo ha sido siempre.

Y llamando á la doméstica, le dió dinero y el recado que había de dar á los cocheros.

—Y sigo con mi tema, y de ella no me saca ni vuestro cariño ni vuestro perdón.

—¿Conque es decir, Benito amigo, que confiesas?...

—Confieso en voz alta y de ahora para siempre, que tú eras un amo ejemplar, bueno, inteligente y cariñoso, y todos nosotros unos bolonios que ni lo conocíamos ni lo apreciábamos. Confieso que yo he desempeñado mi oficio de rico, en el breve tiempo que lo he ejercido, de un modo deplorable.

—¡Papá, no se puede hacer peor!

—¿Ves? Cuando mi hija lo dice... Nada, nada; yo no sé ser rico, y por lo tanto no quiero hacer más el oso, ni morirme en cuatro días, ni mataros á todos á disgustos: dime ahora mismo lo que vamos á hacer con esa herencia; y si no me lo dices tú, te lo diré yo, que en este momento acaba de ocurrírseme.

—Veamos cuál es esa ocurrencia, y quiera Dios que no sea tan disparatada como las anteriores—dijo sonriendo Puig y atrayendo á Lucía á su lado.

—Aquí tenéis la carta última de mi amigo Bernaregui, su memoria testamentaria, como la llamaba Ortiz de Llauder—dijo Benito, sacando de su cartera el pliego que le entregó el notario.—En virtud de esta carta, Puig creyó cumplir con un deber de conciencia haciéndome donación de toda su fortuna, y yo la acepté gustoso, porque al obedecer esta extraña voluntad del testador, me figuré que iba á hacer maravillas. Ya veis las que he hecho y las que el diablo me sugeriría aún, si yo le diera ocasión para ello. Cuando yo era joven vi una tarde un drama que se titulaba Adriana; y en él, un señor viejo como yo, y que lo hacía muy bien por cierto, decía, al concluir un acto:

Las puertas del harén se cierren,

y todo vuelva á su primer estado.

Así hago y digo yo, amigos míos: esta carta no existe ni ha existido nunca, y todo vuelve á su primer estado.

Y uniendo la acción á la palabra, y antes que ninguno de los presentes pudiese impedirlo, hizo mil pedazos la carta de Bernaregui, y tiró por el aire, loco de alegría, como antes lo había estado de pena, aquellos mil fragmentos de sus verdaderos títulos de propiedad. Bernarda dió un grito, y quiso recogerlos: Lucía ni se movió siquiera, entre admirada y gozosa; sólo Puig, extendiendo los brazos para que en ellos se precipitase Benito, respondió á todos:

—Ahora sí que te reconozco y te quiero. Eres el mismo hombre de bien de siempre, y aunque has tardado en hacerlo, al fin lo has hecho espontáneamente y como yo lo había esperado un mes en vano. Sólo siento todo lo que has sufrido en esos días y lo que nos has hecho sufrir á todos. Pero para tranquilizar por completo, no á ti, que ya estás bien tranquilo y bien contento, sino á tu hija y á tu hermana sobre todo, quiero que ahora mismo sepas toda la verdad de este extraño asunto.

Y metiendo su mano derecha en el bolsillo del pecho de su gabán, sacó su cartera grande de comerciante y de ella un pliego muy parecido en su forma al que Benito acababa de hacer añicos.

—¿Qué me quieres decir?

—Toma y lee en voz alta ese documento. Él te explicará mejor y más pronto que yo pudiera hacerlo todo lo que aún no acababas de comprender y yo no había de decirte nunca, si hubieras sido como tú mismo creías, pero que hoy es indispensable que conozcas para bien de todos.

—Letra de Bernaregui también—dijo sorprendido Benito al desdoblarle.

—Léele en voz alta y despacio para que nos enteremos todos.

Acercó Benito su silla á la butaca donde estaba sentado Puig: Lucía se sentó en uno de los brazos de ésta, y Bernarda comenzó á leer en voz baja y para sí lo mismo que Benito leyó en voz alta. La carta decía lo siguiente:

«Accediendo á tus reiteradas instancias, querido amigo y casi hermano mío, he escrito ayer la carta que me pediste declarando heredero de mis bienes á nuestro común amigo Benito, después de haber hecho anteayer testamento formal y legal á tu favor. Tú te obstinas en creer que tal vez al verte rico no sabrás hacer de mi caudal el buen uso que yo espero, y que cayendo en las redes de la avaricia ó en las más terribles de la ingratitud, no seguirás el ejemplo de honradez y de justicia que yo he procurado daros durante mi vida. Tal temor, Juan mío, es infundado. Yo te conozco y te quiero, y porque te conozco y hago justicia á tu buen corazón y cristianos y puros sentimientos, creo en conciencia que mereces ser mi heredero. Pero en fin, por si ambos nos equivocamos y tanto puede el oro, que sea capaz de hacer de ti un hombre indigno de pronto de poseerle, he escrito la carta que me pediste y que mi notario Ortiz de Llauder tendrá en su poder hasta el día en que tú mismo le ordenes que la haga llegar á manos de Benito. Y como puede suceder, porque todo es posible entre los hombres en este miserable mundo, que una vez entregada esa carta, Benito sea el dueño de mis riquezas, y las emplee mal, ó se porte contigo indignamente, te escribo hoy esta, que será ya la última, para explicarle todo lo ocurrido y para que sepa que siempre fué mi única idea dejarte á ti por mi universal heredero, como consta en el único testamento que tengo hecho á tu favor con todas las circunstancias legales. Pocos días me restan ya de vida, amigos míos, y hoy que por última vez me ocupo de estas miserias de la tierra, abocado ya á presenciar las venturas de otro mundo mejor, sólo os encargo que si algún día llegáis á leer juntos esta carta, sea ella prenda sagrada de vuestra amistad eterna; y si por desdicha y por culpa de alguno de vosotros dos, sea el que sea, vuestra amistad se hubiera entibiado, y los lazos de afecto que siempre os unieron se hallasen rotos ó próximos á romperse, los reanudéis en memoria mía, y juntos y en perfecta armonía viváis luengos años, hasta que el último que me sobreviva rece por los dos que le hayan precedido en este trance de la muerte en que yo me veo, y desde el que os envía su postrer abrazo y su eterna bendición—Joaquín Bernaregui.»

Lágrimas de ternura, silenciosas y suaves, corrieron por las mejillas de Benito al leer la carta, y arrojándose en los brazos de Puig, juntos rezaron en memoria de Bernaregui por breves momentos.

Lucía abrazaba conmovida á Bernarda, y hasta la rígida y desabrida matrona pugnaba por ocultar la emoción que la embargaba.

—¿Conque eres tú quien hizo escribir á Bernaregui la carta que me entregó el notario? ¿Y tú me cedías tu fortuna espontáneamente?

—No hablemos ya jamás de este asunto, Benito. La herencia es de los dos. Yo la administraré, porque creo tener carácter más á propósito para ello; pero todo lo que hay aquí y lo que pueda haber en adelante es tanto tuyo como mío.

—Entiéndete con mi hija para dotarla y casarla cuando tú quieras y cuando llegue el caso, y con tu ama de llaves para todo lo que pertenezca á los gastos de la casa. Yo soy y seré siempre el cajero de la casa de Bernaregui.

En aquel momento se abrió la puerta de la habitación y entró jadeante y cariacontecido Ramirito, á quien ya habían contado algunos obreros el desmayo de Benito.

—¡Adelante, adelante, buen mozo!—dijo Puig sonriendo.—No ha sido nada; todos estamos buenos y restablecidos, excepto yo, al que aún dará que hacer algunos días esta pata-folica; pero agradecemos sus cuidados y le convidamos á almorzar, no para hoy, que está todo revuelto y mangas por hombro, sino para el domingo próximo. En la mesa señalaremos el día de la boda, que será, si no me engaño, el de la reapertura de la fábrica.

—¡Así sea!—gritó Rispall, que apareció con el plumero en la mano.