JORNADA CUARTA.

Y DICE DON LUIS MILAN.

Señor Joan Fernandez, el Duque me ha enviado un paje para que vaya con la dama, que ayer llevé, y quiere que le traiga una montería que tengo hecha del Rey de Troya con sus damas y caballeros, y que tenga cuidado de haceros ir, porque no perdais el juego de falta: yo querria que viniésedes, para que si os tengo de ganar, no sea por la falta que vos haréis en faltarnos, porque no digan que si yo gané en la conversacion fué por vos no estar en ella; aunque más os conviene ir á vos que á mí, pues dirian las damas que no osais veros conmigo en el campo cerrado de la gala, que es en sarau, donde más se muestra quien es galan, pues el que no lo fuese en sala no lo será en calle, que por más que vaya bien vestido y encabalgado, no será sino don Juan Mula, ó don Pedro Caballo: y tomad el primer consejo del enemigo y venid, que yo me voy, y vos, paje, id á casa de don Diego y don Francisco y Joan Fernandez, que menester será, segun se ha ido enojado, para que no hagan falta, sino á todos les ganaré el juego.

Va el paje del Duque á casa de Joan Fernandez, y llama y respóndele una criada. Paje. ¿Quién está en su casa? ¿quién está en su casa?

Criada. El que no está en la ajena.

Paje. Mirad qué fria razon. Mas pensé que habia de estar en casa ajena el que está en la suya. ¿Quién está arriba? ¿quién está arriba?

Criada. El que no está abajo.

Paje. ¡Oh cuerpo de mí qué frialdad! Esta debe ser la que dicen mozuela de Caraza.

Criada. Ved si sois vos el que dicen

Tirte allá, que no quiero,
Mozuelo Rodrigo,
Tirte allá, que no quiero
Que burles conmigo.

Paje. Mejor os podrian decir á vos mozuela de Logroño; pues estais engroñada con quien n’os merece nada. Salid, veamos con quién hablo, si es del palacio ó del establo.

Criada. Vos debeis ser del establo, que yo de palacio soy; pues á tales preguntas como haceis, tales respuestas mereceis. Mi señor Joan Fernandez contaba á la señora, su mujer, el otro dia, que tenía un criado, que donde quiera que lo enviaba, siempre le traia mal recaudo, y púsole nombre paje del mal recaudo, y porque le daban grita los pajes sobre esto, lo despidió; quizá debeis ser vos: esperad, y decírselo he. Señor, á vuestra merced creo que viene un criado del Duque, y cierto debe ser el paje del mal recaudo que vuestra merced despidió.

Díxole Juan Fernandez: Dile que suba, veamos si me trae algun mal recaudo, que peor se le llevará.

Dixo el paje: El Duque mi señor me ha mandado que yo viniese á no sé quién, para que no falte de ir allá, como ayer le ofreció, que para luégo es tarde.

Respondióle Joan Fernandez: Paje, mirad bien á quién os envian, que á mí no me nombran Noséquién.

Dixo el paje: Señor, ya sé que no le dicen Noséquién, sino Nosécómo, que no me acordaba de su nombre sino del que vuestra merced me puso, que por él voy corrido y habré de irme de Valencia.

Respondióle Joan Fernandez: ¿Y por qué me habeis puesto por nombre Nosécómo?

Dixo el paje: Parecióme, señor, que los nombres y apodos han de ser conformes al parecer y condicion de los apodados, y con razon se le puede decir el señor Nosécómo, pues no se puede saber cómo han de contentar á vuestra merced; y por no enhadalle más voy á don Diego, por lo mismo que á vuestra merced soy enviado.

Respondióle Joan Fernandez: Paje,

Ios para burlador,
Que mejor vais apodado
Que vos sois apodador.

Vase el paje para casa de don Diego Ladron y dice: Si tan mal me va en casa de don Diego como en la de Joan Fernandez, yo podré cantar:

Estos mis cabellos, madre,
Dos á dos se los lleva el aire.

Pues me han dado tal pelillo el señor y su criada, ella debe pelar á su amo. Ya veo casa de don Diego, y una criada á la ventana, que le dicen la Peladilla; en nombre de Dios, y échome á nadar.

Paje. ¡Ah, señora Peladilla! ¿está vuestro señor en casa?

Pelad. Señor Pelado, no sé sino que para vos no hay nadi.

Paje. Ea, por mi vida, diga la verdad, aunque pocas veces la soleis decir.

Pelad. A lo ménos agora no he dicho mentira, pues pareceis gurrion pelado. No sé de qué gavilan habeis acampado.

Paje. Del que vos acampastes, pues tuvo presa con vos toda la noche.

Pelad. Toma esa pedrada, porque se os acuerde de la mentira que decis, y del nombre que me habeis sacado.

Paje. ¡Ay! ¡ay! que me ha escalabrado la calabacilla de romero, que no hay media bebida en ella.

Salió don Diego y dixo: ¿Qué es esto? ¿qué es esto, paje de mal recaudo? ¿qué teneis vos que ver con mis criadas, que le sacais nombres?

Respondió el paje: Señor, ¿mas qué tienen ellas que ver conmigo, que me han sacado nombre gurrion pelado?

Dixo don Diego: Pues así es que los dos os habeis motejado, y estais al cabal, no se hable más en ello; que vos habeis picado como á gurrion pelado, y ella á vos como á peladilla. Decidme si sois venido con algun recaudo.

Respondió el paje: Señor, sí; que el Duque me envia á vuestra merced se le acuerde del sarau que está aplazado hoy en el Real, pues el suyo le hace valer á veinte y cuatro.

Dixo don Diego: Paje, diréis á su excelencia que luégo soy allá, que aquí aguardo á Joan Fernandez y á don Luis Milán, para ir, que me han enviado á decir que están armándose de motes para contra mí, porque yo haga lo mismo, que bien lo habrémos menester don Francisco y yo.

Partióse el paje para casa de don Francisco y dixo: Con temor voy á casa de don Francisco para que vaya, y, si no me engaño, yo soy de bodas, que Guzmana veo qu’es peor que perra parida, que, de celos de sus hijos, á cuantos entran en su casa muerde. ¡Ah, señora Guzmana! ¿por qué se entró de la ventana?

Guzm. Por el paje del mal recaudo, si lo conosceis.

Paje. Tan bien le conozco como á Guzmana de los afeites.

Guzm. Mirad el murciégano, traga-morcillas, con qué ojos me mira; él no tiene vista para ver los papirotes que le dan cara cara, y ve los afeites que yo no traigo.

Paje. No hablemos de mala vista, que el otro dia vi que os entrastes en casa de mosen Calamoja, por la grita que os dió un hombre, que topastes con él, haciéndole saltar la sangre de las narices, y él fué tras vos para ensangrentaros, y vos huyendo, os iba diciendo: A la lechuza, á la lechuza Guzmana de los afeites, encuentra-hombres, que no ve de dia.

Salió don Francisco y díxole: ¿Qué alboroto es éste, Guzmana, con el paje del mal recaudo? ¿entendeisos los dos?

Respondió Guzmana: El diablo le entienda á este pan perdido, mendrugo de casas, que, de bellaco, ratones no quieren comer dél; revesado de mesones, que yo me espanto cómo está en casa del Duque, si ya no es criado del secretario Sis.

Dixo don Francisco: Paz, paz, con que no la hagais de boca, que engendraréis como víboras, que mata la hembra su macho al engendrar: Que mi Guzmana y vos ponzoña sois los dos.

Vino don Luis Milan y dixo: ¡Ah señor don Francisco! hénos aquí ya con nuestras damas; la señora doña Mencía os está esperando al cabo de la escalera, que no se alcanza esto de damas. Mereceríades ser el ahorcado, y que os diese la vuelta, pues os haceis desear de quien sería mejor desealla.

Respondió don Francisco: Don Luis Milan, mucho mejor es hacerse desear, que no aborrecer.

Dixo don Luis Milan: Responda la señora doña Violante, pues es para responder por los dos.

Dixo la señora doña Violante: Cabalgue presto, y vamos á recoger la señora doña Mencía,

Que donde se puede perder,
Quien se hace desear,
Le vernán aborrecer.

Allegaron á casa de la señora doña Mencía, y díxole don Francisco: Señora, diera yo mil vidas por vella hecha leon de cabo de escalera, por morir á sus manos, pues se podria decir este mote que yo en una justa saqué:

Quien á vuestras manos muere,
¿Qué más quiere?

Respondió la señora doña Mencía: Señor don Francisco, bueno es hacer del enojado las damas, por oir un adobo de tal galan como vos sois; que de leona que estaba al cabo de la escalera, por vos tardar tanto os matára, sino que vemos por el letrero de las manos que nos habeis dicho que ya n’os queda vida para que se os pueda dar la muerte; sino, dígalo la señora doña Castellana, si es verdad.

Respondió la señora doña Castellana: Señora doña Mencía, nunca la he visto recibir engaño sino agora; y no es maravilla, que no son engañados sino los que no saben engañar. ¿No ve vuestra merced que don Francisco es el gato pajarero de nuestra vecina, que saltando tras pájaras por los tejados, aunque caya de muy alto, siempre cae de piés y queda sano? La señora doña Luisa se rie, díganos de qué.

Respondió la señora doña Luisa: Señoras, de lo que yo me rio es que pocos dias há me contaron este cuento de don Francisco; él iba haciendo el gato de noche, por encubrir el rumor que hacia en un tejado por donde pasaba á cazar pájaras, y resbalando cayó de muy alto sobre un gran monton de plumas de almohadas, que de ventura halló para acampar la vida; y dióse gran prisa de maullar, porque nadi se hubiese pensado que fuese gato; y como el ruido de la caida fué grande, subió la señora de casa para ver lo que era, y vió un hombre casi todo cubierto de las plumas, maullando, y díxole: ¿Quién sois vos, que maullais? y él conosciéndola respondióle: Vuestro gato soy, señora; y ella mandó secretamente que subiesen agua, diciendo: Echalde agua, porque no se me muera el gato, echalde agua; y quedó tan gato mojado, que nunca más ha maullado en amores.

El Duque vió venir las damas, y envióles el paje y dixo:

Su excellencia ha visto á vuestras mercedes de la ventana de su aposento, y mandóme que las guiase allá, donde las aguarda la Reina.

Dixo la Reina: Bien seais venidas, amigas mias; á esos caballeros que os han traido no digo nada, pues vienen á endechar, que el Duque mi señor quiere resuscitar hoy muertos, con una montería, que me han dicho que nos trae, de las damas y caballeros de Troya, don Luis Milan.

Dixo el Duque: Señora, no veo el hora cuando oirla, que Joan Fernandez me ha dicho que es muy buena; óyala vuestra alteza, y será poner gana á don Luis Milan para decirnos lo que sabe de los troyanos, y si de lástima vienen las damas á llorar, en oir la crueldad que los griegos tuvieron con las damas troyanas, quedarán piadosas, que no podrán reirse de los que matan de amores; y roguemos á don Luis Milan que lea, que ya está con la obra en las manos, esperando que vuestra alteza se lo mande.

Dixo la Reina: Don Luis Milan, por vida de don Pedro Milan, vuestro primo, que leais, que y’os prometo de oir de buena gana por ser la obra milana.

Respondió don Luis Milan: Con el favor de vuestra alteza será el obra del alteza que será, por oir quien la oirá.

Y dice así:

Damas salian de Troya,
A una montería van,
¡Cuán hermosa y cuán galan
Iba Elena!

Presa va d’una cadena
De oro fino, y de amor,
Por la saya al derredor
Bien labrada.

Toda va invincionada,
De rubís toda salió,
Pues que Páris la robó
A su grado.

Saya del oro tirado,
Pues d’amor tirada fué,
Cuando con Páris se fué
Para Troya.

En sus pechos una joya
Con un rico diamante,
Por aquel hermoso amante,
Amiga d’ella.

Parecia una estrella
De hermosura que guiaba,
Mano á mano la llevaba
Su amado.

Todo su vestir broslado
D’unas hachas que ardian,
Y con letras que decian:
Ardo yo.

La madre que lo parió
Ensoñó dél, que paria
Una hacha que ardia
A su ciudad.

Invincion de crueldad,
Pues que le costó la vida,
D’él ni della no entendida,
Mas gustada.

Elena muy regocijada,
Para más placer mostrar,
Entonó este cantar
Y cantó:

Ojos que me veis en Troya,
No seré más griega, no,
Pues que Páris me robó.

Fuerza tuvo de tirano,
Pues que me pudo tirar,
Gran cosario es en la mar
Del amor este troyano.

Ya no está más en mi mano
Sino ser troyana yo,
Pues que Páris me robó.

Aquí salen á la caza Trohilo y Policena:

Como un sol luégo salió
Policena tan hermosa,
Qu’es muy poco hacella diosa
De hermosura.

Su cuerpo, gesto y postura
No se pueden alabar,
Pues turbaban en mirar
Toda vista.

Tan graciosa sobre trista,
Que fingia su alegría,
Y en lo poco que reia
Bien mostraba.

Señalar lo que esperaba
De su fin muy desastrada,
Que por Pyrro degollada
Se vió en Troya.

¡Oh resplandeciente joya!
Tu hermosura te dejó,
Pues á Pyrro no mató
Tu hermosura.

Caso fué de desventura
Que se habia de seguir,
Qu’el remedio del morir
Es la muerte.

Siguiendo su mala suerte,
Sobre triste muy galan,
Mano á mano los dos van,
Trohilo y ella.

Ella en todo ya una estrella,
Y él un otro Héctor troyano,
Despues de Héctor su hermano,
En los troyanos.

Ella y él que dos hermanos,
Pues de bien invincionados,
Los dos fueron muy nombrados
Este dia.

De un carmesí traia
Una saya recamada
De hilo plata, broslada,
Toda estrellas.

Y un sol eclipsado entr’ellas,
Hecho de tan subtil arte,
Que no parecia arte,
Mas verdad.

Vióse en él escuridad,
Y d’estrellas resplandor;
Invincion fué de dolor
Y profecía.

Las estrellas que de dia
Todo eclipsi hace ver,
Las más veces suele ser
Muy gran mal.

Harto fué mala señal
De la muy triste jornada,
De su Troya asolada
Y todos ellos.

Iba en rubios cabellos,
Y tan claros rayos daban,
Que los del sol se espantaban
Y escondian.

Enlazaban cuantos vian,
Y ansí iban enlazados,
Con muchos ojos colgados
Della y dellos.

Sino, dígalo de aquellos
Achíles el fuerte griego,
Si fueron rayos de fuego
En que murió.

Fué el vestido que sacó
Trohilo muy señalado,
De un carmesí broslado
De leones.

Ellos dicen quién él es,
Que Trohilo fué un leon,
Tal que puso en ocasion
De perderse

Á los griegos y volverse,
Que mucho desconfiaban,
Pues en Trohilo cobraban
Los troyanos

Las victoriosas manos
De Héctor, que ya no vivia;
Mas fortuna no queria
Que así fuese,

Porque Troya se perdiese,
Como veis que se perdió;
Policena se entonó,
Muy suave,
Á cantar como aquel ave
Que la nombran ruiseñor:

Aguas de la mar,
Miedo he
Que en vosotras moriré.

Ondas turbias saladas,
Al mejor de mi dormir,
Ensueño que m’a de venir
Por vosotras, malas hadas,
Mil veces os he ensoñadas,

Miedo he
Que en vosotras moriré.

Aquí salen Héctor y Andrómaca:

Salió la mayor valor
De hombre humano,
Héctor era el troyano,

Flor de la caballería,
que con su gran valentía
Estorbó

Que griego no desembarcó
Aquel dia que allegaron,
Que ni tierra le ganaron
Ni pudieran,

Si los hados no quisieran;
Pues aquel griego poder
Todo se pensó perder
En aquel dia.

Mar de sangre parecia,
El mar junto á la tierra,
De la gran matanza y guerra
Que Héctor hizo.

Un griego le contrahizo
Aquel dia en pelear,
Ajaz Thalomon sin par,
Por que vió,

Desde el puerto Tenedo,
Los griegos en perdicion,
Y salió como un leon
En sólo ver

Que Héctor pudiera vencer
Sólo á la griega armada,
Fuese contra aquella espada
Hectorea,

Que tanto nombrada está
Del gran Héctor invencible,
Con denuedo muy terrible
Y gran osar.

Que al Héctor hizo hablar,
De sus fuerzas espantado:
¡Oh caballero esforzado!
Yo te ruego,

Pues eres valiente griego,
Que te conozca por nombre,
Pues te conozco por hombre
En tu persona.

Hijo soy de Exiona,
Yo soy Ajaz Thalomon.
Esto fué la perdicion
De troyanos,

Que Héctor retiró sus manos,
Este dia de los griegos,
Que Ajaz Thalomon, á ruegos,
Lo alcanzó.

Por lo cual desembarcó
El armada griega en paz,
Por amor del fuerte Ajaz,
Su primo hermano.

Héctor, el valor troyano,
De oro y verde ha salido
Muy broslado su vestido
De hazañas.

D’él huyendo alimañas,
Osos, tigres y leones
Salvajes, sierpes, dragones,
Que en miralle,

No osaban esperalle,
Que tan conoscido era,
Por temor de una fiera
Sin razon.

Como del fuerte varon,
Achíles dado por suerte,
Para que diese la muerte
Al desdichado

De Héctor, muerto más por hado
Que no por quien le mató,
Porque nunca le esperó
Cara cara,

Tanto tiempo, que esperára
Lo que suceder pudiera,
Y buscó nueva manera
Y ocasion.

No sé si fué á traicion,
Pues se puede presumir,
No pudiéndolo sufrir
En batalla.

En razon y escrito se halla
Que fué muerto á cautela,
Porque muriese la vela
Que velaba,

Y á los griegos espantaba,
Que si Héctor no muriera,
Troya nunca se perdiera.
Salió con él

La joya de tal joyel,
Con la saya de coronas
Que la Reina de Amazonas
Se la dió;

Sólo porque meresció
Hombre de tal merescer,
Gloriosa tal mujer.
¡Oh qué dama!

Más hermosa por la fama
De mujer de tal ventura,
Que la misma hermosura
Como á dea,

La reina Pantasilea,
La miraba y la acató,
Cuando la saya le dió
Por el nombre

De mujer de tan gran hombre.
Las coronas que traia,
Son por las que merescia,
Y ganó

De los reyes que mató
Sobre Troya, su marido.
Un sol era su vestido;
Relucia

De la grande pedrería,
Finas, de muy gran valor,
Por el muy fino valor
D’él y della.

Iba Andrómaca tan bella
Como Héctor muy galan,
Mano á mano los dos van,
Y ella cantando:

¡Oh qué fresco y claro dia,
Si no turban tristes hados
La alegría!

Rosas d’esta pradería,
Cogidas y por coger,
Bien nos va con el placer,
Pues nos hace compañía;
Buena va la montería,
Si no turban tristes hados
La alegría.

Aquí salen Corebbo y Casandra:

Tras éstas salió una dama
Como radial cometa,
Casandra, la gran profeta
No creida.

Con una invincion subida
Y una ropa muy extraña,
Y broslada una montaña
Toda fuegos.

Que si no estuvieran ciegos
Los troyanos de valientes,
Vieran estos accidentes
Ser mortales.

Proveyeran á los males
Como Casandra decia,
Que la ciega valentía
Es peligrosa.

Con su cara piadosa
Entre dientes sospirando,
Como quien rie llorando
Descubria

Que el placer no es alegría
Con sospecha de pesar.
Todo fué profetizar
Su montaña,

Porque viese cuanto daña
No creer lo porvenir,
Pues lo puede descubrir
El alto cielo.

Gran cordura es el recelo,
Que Casandra lo mostró;
La montaña que sacó
Figuraba

Troya, como se quemaba
Rocafuerte su Illion,
Quemada sin defension
De aquel fuego

De los griegos más que griegos,
Pues sus llamas más quemaron,
Cuanto más agua echaron
En llorar,

Damas tan de apiadar,
Que aquel fuego se apiadára,
Si sintiera y él gustára
Lo que hacia.

Su Corebbo la seguia
Con tan acatado amor,
Cuanto fué gran servidor
De Casandra.

Sacó d’una Salamandra
Un vestir todo broslado,
D’un raso fino encamado;
Iba tal,

Como aquel que va en su mal,
Vivo en pena como el ciego,
Pues viviendo en su gran fuego
D’amador,

Trasportado todo amor,
Tal cual veis siempre se vió
Salamandra, que vivió
En la llama

Desta tan hermosa dama,
Como muestra su invincion.
No salió con su intincion
El desdichado,

Porque no se vió casado
Con Casandra, su señora,
D’él en todo matadora,
Pues murió,

Cuando sólo acometió
A los griegos que llevaban
Su Casandra, que apartaban
De Troyanos.

Por decilles los humanos
Casos que eran por venir,
Corebbo paró en morir,
De tal suerte,

Que su vida está en su muerte,
Siguiendo su suerte mala;
Los dos van la mesma gala
Este dia

Lealtad y cortesía
Eran sus guardadores,
Pues fiaban sus amores
Sólo dellos.

Corebbo.

¿Quién pudiese merecellos,
Casandra, tus pensamientos?

Casandra.

No ternias muy contentos
Tus cuidados.

Cor.

Ya los viese aposentados
En la casa de los mios.

Cas.

Nascerian desvaríos
De dolor.

Cor.

Hijos de mi grande amor,
No podrian enojar,
Que un muy buen desvariar
No enoja.

Cas.

Corebbo, vuelve la hoja.

Cor.

Vuelta está, señora, ya,
Si en mí leer querrá
Tu mercé.

Cas.

Que verdades que hallaré,
No quiero decir mentiras.

Cor.

Verdad dices que me tiras,
Verdad es.

Cas.

Corebbo, vuelve otra vez
La hoja como se estaba,
Porque no desvariaba
Tanto aquélla.

Cor.

Pues tu mano escribe en ella,
No las aguas de carbon,
Que letras de tu mano son.

Cas.

¡Ay, Corebbo,
Cómo salle lindo el Febo
Con sus rayos tan dorados!

Cor.

Rayos son enamorados,
Que han salido
De mi sol tan relucido
Por tu amor,

Que inflamado de amador
He dorado,

Este sol que nos ha dado
La mañana tan hermosa.

Cas.

Háblese ya de otra cosa,
Pues el cielo
Habla lo que yo recelo
Por sus cursos naturales.

Cor.

Celos tienen d’esos males
Venideros,

Mis males tan verdaderos,
Los mios son de llorar,
Que ésos suélelos mudar
La ventura.

Prevenillos es cordura,
Y no ser previsto d’ellos;
Mas llorar ántes de vellos
Es flaqueza.

Casandra, tu fortaleza
Debe ser que te ha dejado,
Contra mí l’han empleado
Tristes hados.

No serán muy malhadados,
Pues con tus fuerzas haré
Lo que nunca emprenderé
Con la mia.

En mí está tu valentía,
Pues á mí me conquistó,
Otro Héctor seré yo
De tí animado.

Á tus dioses he jurado
De servirte en esta guerra
Hasta ver libre tu tierra
Ó morir.

Cuando me verás salir
De Troya contra los griegos,
No me olvides en tus ruegos,
Con tus dioses.

No descanses ni reposes
De rogar siempre por mí,
Porque tuyo vuelva á tí,
Pues soy tuyo.

Cas.

Ya se está eso de suyo,
Que á mí tocará el rogar,
Qu’el sentir y el sospirar
Cerca están.

Los dioses te defenderán
Mientra yo libre seré,
Lo demas yo callaré
Para agora.

Cor.

Baste, baste, mi señora,
Ya no más tanta tristeza,
¿Por qué empleas la crueza
Contra tí?

Vamos como van aquí,
No turbemos la alegría,
Tal el gesto cual el dia
Ha de ser.

Y trabaja en contrahacer
Alegría de alegrar,
Pues tú sola me has de dar
Alegría.

Tal cual veis fué en este dia
Esta dama tan penada,
Cuanto fué disimulada
Á la vista.

Iba entre alegre y trista,
Contrahaciendo al natural;
Como quien saca d’un mal
Un provecho,

Sacó risa del despecho
Por mostrar alegre cara,
Que no hay quien la juzgára
Ser fingida.

Fué Casandra tan sabida,
Como era sin igual,
Venció el arte al natural
Y cantó:

Si ventura no se muda,
Las señales
Claro muestran nuestros males.

Veo cursos inhumanos,
Contra Troya muy irados,
Cuanto veo descuidados
De creerme los troyanos.

Si no se vuelven humanos,
Las señales
Claro muestran nuestros males.

Aquí salen Enéas y Crehusa, su mujer:

Salió Crehusa,
Tal que nadi la rehusa
De hacelle acatamiento,
Que real merescimiento
Merescia.

Como esmalte parecia
La real sangre de Enéas,
Que una dea entre estas deas
Pareció.

Y unos nublos que sacó
Broslados sobre su manto;
Á Casandra puso espanto
Con razon.

Pues esta triste invincion,
Un sol que sacó nublaba,
Y entre los nublos mostraba
Algun claror.

¡Ay Crehusa, gran temor
Estos nublos me han puesto!
¿Cómo saliste con esto,
Qu’es agüero

De algun caso venidero
Que señala una traicion?
¡Oh Casandra,! mi intincion
Ninguna fué,

Sueño es esto que ensoñé,
Desta linda montería,
Y ensoñaba que traia
Este manto;

Parescióme bien, y tanto
Cuanto temes ser verdad,
Pues que no fué vanidad
Mi soñar.

Crehusa, quiero declarar
Lo que tu invincion declara,
Ese sol que no se aclara
Es nuestro Rey,

Que ni lealtad ni ley
Dos troyanos le ternán,
Su claror le nublarán
A gran traicion.

Venderánle su Illion,
Qu’es su Troya tan nombrada,
Y entrará la griega armada
Con gran fuego.

Que ni lágrimas ni ruego
Este fuego amatará,
Que en ser griego quemará
Toda Troya.

Basta ya, que no nos oya
Tu Enéas y Antenor,
Que han perdido la color
De sus caras;

Debe ser porque declaras,
Casandra, esta perdicion,
Muda de conversacion,
Pon esperanza,

Que tras fortuna hay bonanza,
Pues se suele ella mudar.
Por tal plática atajar,
Dixo Enéas.

¡Oh Crehusa! nada creas
Desto que Casandra dice,
Pues fortuna contradice
Y se muda.

Casandra paróse muda,
y Antenor jamas habló,
y Corebbo atravesó
Contra Enéas.

Tú no hables cosas feas,
Que no son de caballero,
Mi amor muy verdadero
Es tan leal,

Que si te sufro hablar mal
De Casandra, mi señora,
Mi lengua será traidora
Si yo callo.

Enéas quiso vengallo,
Que su gesto lo decia,
Pero tuvo cortesía
A las damas,

Cuyas honras, cuyas famas,
Han de ser muy acatadas,
Servidas y muy amadas,
Aunque son

Crueles de condicion.
De Corebbo paresció
Que fué ley lo que él habló,
Y él callar

De Enéas quiso mostrar,
Que en su caso el sufrimiento
Es gran dón de entendimiento
Y cordura.

Fué vestido en su ventura,
Enéas en este dia,
Que de tornasol traia
Un vestido.

Naturalmente ha salido
De colores variando,
Que quien males va pensando
Va alterado.

Que la fuerza del cuidado
De la mala inclinacion,
Va alterando el corazon,
Y la cara

A veces blanca la para,
Y á veces muy colorada,
Y á ratos mortificada
Muy cetrina;

Segun l’ánimo se inclina,
Tal el gesto se nos muestra,
Porque en él está la muestra
Como en paño.

Que temor y amor y engaño,
Ó vergüenza ó corrimiento,
Ó traicion ó descontento
Veis en él.

La invincion fué muy cruel,
Que lo más que se mostraban,
Fuego y sangre señalaban
Sus vislumbres.

Qu’él vestir y las costumbres
Muy conformes siempre van;
Pues traia este galan
Unas Y griegas.

¡Oh troyanas gentes ciegas!
En los casos venideros
Invinciones son agüeros
A las veces.

Veis por haces y en enveses,
En vestidos y invinciones,
Vuestras claras prediciones
A la clara,

Que Casandra las declara,
Y no las quereis creer;
Víspera está de perder
La ceguedad.

Cantad, señora, cantad,
Dixo Casandra á Crehusa,
Que Enéas no rehusa
De oiros.

Esto no quiero deciros
De qué modo os huirá,
Que la noche lo dirá
Que yo sé.

Crehusa no le dió fe,
Porque Enéas se lo dixo,
Que jamas le contradijo
Por hacer

El oficio de mujer,
Y cantó con un cantar
Que no siendo de alegrar
Alegró:

Contra ventura
No se ha de buscar placer
Que poco tura.

Muy mal se puede alegrar
Quien con el cielo está en guerra,
Qu’el placer no está en la tierra,
Pues que no suele turar.

No sé reir, sino llorar
Contra ventura,
Que pesar es el placer
Que poco tura.

Aquí salen el rey Priamo y la reina Hecuba, su mujer.

El rey Priamo salió,
Todo honra y valentía,
En su real montería
Muy ufano,

Con un laurel en su mano
Prometiéndose victoria,
Y triunfó de gran gloria,
Confiando

Qu’él y Héctor triunfando
De la griega montería,
Con toda su caballería
Triunfarán,

Y á los griegos vencerán;
Tanto de Héctor confiaba,
Que Héctores con él miraba
A sus hermanos.

Sacó lleno de unas manos
Un vestido esta jornada,
Con una espada sacada
En cada mano;

Qu’el poder fuerte troyano
Esto por armas usó,
Y por tal su Rey sacó
Tal invincion,

Mostrando su gran corazon
Que á los griegos venceria
Y en las armas se veria
La verdad.

Hablar quiero en libertad
Y á los ánimos mover,
Que digan su parecer
Sin pasion,

Que verdad está en razon.
Digan pues ¿cómo y por qué
Tan contraria les fué
La fortuna?

Que no hay persona alguna
Que no haga vencedor
Al gran Héctor sin temor,
Y sin igual,

Muy valiente natural,
Qu’el vencido no’s vencido,
Si de sí jamas lo ha sido.
Yo diré;

Por lo que ya dicho hé
De los griegos y troyanos,
Porque en armas y á las manos
Y en crueldad,

Quisieron saber la verdad
De quien más razon tenía,
La troyana valentía
Como creo.

De Hércules un caso feo
Con razon se está quejando,
De su gran osar hablando,
Como se engaña

El que fia en gente extraña,
Qu’es la que no’s conocida,
Que en gente desgradescida
No hay fe.

Sin pasion yo culparé
Al ingrato Hércules,
Pues que tan sabida es
Su historia.

Triunfando con gran gloria
De sus hechos y hazañas
Volviendo de las Españas,
A sus tierras,

Vencedor siempre en sus guerras,
Y de sí mismo vencido,
Fué mucho bien recebido,
Como hermano,

Del rey Laumedon, troyano,
Con amor, brazos abiertos,
Recógele por sus puertos
En su Troya.

Vista aquella hermosa joya,
Del rey Priamo hermana,
Exiona, de galana
Un trofeo,

Si ella hermosa, él no feo,
Sino fuera en el error
Que fué vencido d’amor
De mujer.

Quien jamas se vió vencer,
A Exiona se llevó,
Que pues ella le robó,
Robó á ella.

Esta princesa doncella
Se vió en Grecia llevada
De Hércules muy acatada
Y afírmase

Con Thalomon casada fué,
Y el troyano corazon
Dixo qu’esto fué traicion,
Pues la casó,

Con modo que despreció
Hércules á los troyanos.
Con las armas á las manos
Fué propuesto

De tomar venganza d’esto,
Y así se determinó,
Que Páris troyano robó
La reina Elena.

Que fué recompensa y pena,
Y de Troya perdicion,
Porque siempre con razon
Vence fortuna.

La razon se vió ser una
Que los griegos han tenido
Para haber Troya vencido,
Y ésta fué,

Que el rey Menalao, sin por qué,
Pagó el robo de Hércules,
Que de fortuna fué reves
Roballe Helena.

Dieran á Hércules pena
Si á Exiona les robó,
Pues d’él sólo procedió
Y de otri no;

Por donde claro se vió
De Troya la perdicion
Con soberbio corazon
Que tuvieron,

Los troyanos se perdieron,
Que las venganzas erradas
Del cielo son castigadas;
Que el castigo

Ha de ser al enemigo,
Que en la culpa es más culpado
Para ser justificado.
Y bien mirado,

Hércules va desculpado,
Que buen fin no es con traicion
Pues casó con Thalomon
Exiona.

Que Páris robó persona
Casada, que fué adulterar
Con quien no pudo casar.
Salido ha

La Real reina Hecuba,
En esta caza y montería,
Con la mesma fantasía
Que sacó

Su marido Priamo,
Toda su ropa broslada
De manos con una espada
En cada mano.

Y allegando en un gran llano
De altos montes rodeado,
Allí fué determinado
De montear:

Y ántes de nadi cazar,
Casandra en un árbol subió,
Y á los troyanos habló
D’esta manera:

¡Oh troyanos! mejor fuera
Que primero se pensára
Y nò se determinára,
Qu’el pensar

Ántes del determinar,
En los casos ha de ser,
Y éste es el mejor saber.
Estais ciegos

En la guerra contra griegos
Que determinado habeis,
Y tan ciegos que no veis
Que los agüeros

Se nos muestran muy guerreros
Y de griegos muy amigos;
Señales son y testigos
Que hace el cielo.

No quereis tener recelo
De lo que se ha de tener,
Al cielo se ha de temer
En la guerra,

Para vencer en la tierra;
Volved en paz vuestra espada
En guerra qu’es mal pensada,
Que la luna

Nos muestra mala fortuna,
Que en fuego y sangre la vemos,
En sacrificios que hacemos
Para saber

D’esta guerra que ha de ser.
Sacrifiquemos primero
Ántes que se vea agüero
Esta jornada,

Para ver si está mudada
Fortuna en nuestro favor,
Y esto será lo mejor
D’este dia.

La troyana valentía
Y sus fuertes corazones
Burlaron de las razones
D’esta infanta.

Decian, no nos espanta
Hado en casos venideros,
Do suelen mentir agüeros,
Qu’es todo error.

Casandra, no pongas temor,
Díxo Héctor, su hermano,
Que á un corazon villano
Vence opinion.

El fuerte siempre ésta en razon,
Nunca se deja vencer,
Que siempre vence al temer
La vergüenza.

Tú harás poca valenza
A tu padre y tus hermanos,
Si acobardas los villanos
Corazones.

Confia con tus razones,
Pon á todos esperanza,
Que el cielo pone mudanza
En fortuna.

Que sin confianza alguna
La valor se perderia,
Y se desesperaria
El esperar.

Fortuna suele mudar
Los agüeros y señales
De cuerpos celestiales,
Pues su sér

En todo es el mayor poder.
Y Trohilo, su hermano,
Dió á Casandra otra mano
Y díxole:

Casandra, desespérate,
Pues no te falta otra cosa
Que persona muy medrosa
Muerta está.

Acaba y muérete ya,
Y no pongas cobardía,
Que medrosa compañía
Tarde venció.

Páris la mano tomó
Diciendo, Casandra hermana,
En creer no seas vana
Qu’es mal agüero.

No creas tan de ligero
En los sueños ni en agüeros,
Qu’es de ingenios ligeros
Agüero ser.

Cree en el mayor poder
En los casos por venir,
Que en lo que suele mentir
No pongas fe.

Enéas desto rióse;
Los troyanos muy turbados,
Con los rostros enojados
De alteracion,

Temieron alguna traicion,
Que el corazon siempre avisa,
Respondieron á la risa
De Enéas:

Yo no sé si nos deseas
Que nos venga bien ó mal,
Tú nos puedes ser leal,
Mas tu modo

No lo muestra ser en todo,
Enéas dixo enojado:
Nadi debe ser culpado
Sino el obrar,

Qu’el efecto es de juzgar,
Y no las demostraciones,
Que juzgar los corazones
Sólo es dado

A quien todo lo ha criado;
Que por lo que yo he reido
No debo ser reprendido,
Qu’el reir

No se puede corregir,
Hasta que se declaró
Porqué rie el que rió.
Doy por testigo

Al cielo de lo que digo,
Pues sólo sabe mi intincion.
Jamas me dixo el corazon
Que guerreeis

Con quien guerrear quereis;
Y no lo tengáis á risa,
Qu’el buen corazon avisa
Justificado,

Quando no está apasionado.
El rey Priamo habló:
Pues guerra se determinó
Por mar y tierra,

No hay hablar sino de guerra.
En esto salió un leon,
Y Héctor con gran corazon
Le mató;

Su leona arremetió
A Trohilo, y él á ella,
Y matóla sin temella.
Párís corria

Tras un oso que huia,
Y tiróle una saeta,
Y él volvió como cometa
Y abrazóle,

Y Páris luégo matóle;
Y Corebbo arremetió
A una tigre y la tomó,
Y bien atada,

A Casandra presentada
Fué por él d’esta manera:
Sea de mi linda fíera
La vencida,

Pues por ella tiene vida.
Enéas arrojó un dardo
A un fiero leon pardo,
Y en ser herido,

Viéronse á brazo partido,
Y Enéas fué el matador,
Que era de muy gran valor.
Salió el Rey

Y arremetió á un bravo buey,
Y de un golpe le mató
Que la cabeza le cortó.
Todo el dia

Hicieron carnicería
Á muchas fieras matando,
Y volviéronse cantando,
En anochecer,

A Troya con muy gran placer.
Hicieron fiestas y fuegos
Toda la noche con juegos
Y alegría,

Teniendo esta montería
Por agüero de vencer
A todo el griego poder.

Dixo el Duque: Don Luis Milan y vos Joan Fernandez, haceme placer que os vais de aquí, si no quereis morir los dos esta noche.

Dixo don Luis: Señor Joan, supliquemos á su excelencia nos haga saber por qué nos manda ir de aquí si no queremos morir; y si yo no me engaño yo querria adevinallo, y es que vos haceis gestos de envidioso y yo de vanaglorioso, de veros que estais muerto de envidia d’esta montería de Troya por haberla hecho yo, que si vos la hiciérades, la rezárades por puertas como á oracion de ciego.

Dixo don Diego: Yo lo queria decir si don Luis Milan no lo dixera, que los gestos que Joan Fernandez hacia oyendo la montería, eran de envidioso, quocando como á mono, que meresceríades por pena d’este pecado que vos y vuestros descendientes quedásedes con caras de monos que quocan, y les quedase por nombre el linaje de los monos, así como quedó el de los bailadores, que bailando muchos hombres y mujeres en fiestas del sancto Nacimiento, pasaron por una iglesia en Alemaña al tiempo que preicaban, y el obispo maldíjoles por el desacato y menosprecio que hicieron á la casa de Dios, y quedaron toda su vida hasta la muerte bailando, heredando esta pena sus descendientes, que vuestro hijo parece que ya la ha heredada.

Dixo Joan Fernandez: Porque no muera de vanagloria don Luis Milan, quiero rogalle que hagamos una máxcara para mañana á la noche, aquí en el Real, contrahaciendo su montería y prometo de hacelles envidiosos porque no me digan envidioso, pues soy mejor para envidiado.

Dixo don Francisco: Señor Duque, si Joan Fernandez nos ha de hacer envidiosos diciendo donaires, no consienta que los diga á costa de la señora doña Hierónima, su mujer, que yo vi lo queria decir á vuestra Excelencia, y por atajar este fuego lo quise yo decir, y no se fie d’él que se le destiene la ballesta, y dé fianzas que no hará el donoso, pues no’s gracioso sino quien lo es; que d’esta manera negocié yo con Enguera en casa del Romano, donde jugábamos muchos caballeros, como en este cuento contaré: Enguera nos enojaba mucho que se destenia su ballesta, y por ser caballero de baja calidad y conversacion, lo echamos del juego, y estando algunos dias en la entrada de casa aguardando si le dejariamos subir á jugar, yo le dixe: Enguera, yo recabaré con estos caballeros que os dejen subir si vos dais fianzas por las ignocencias, y dióme á mí por fianza y subió. Si mi amigo Joan me promete que no hará el donoso á costa de su mujer, yo le seré fiador.

Dixo Joan Fernandez: Don Francisco, pasado os sois á los franceses contra mí, no se me da nada, por vos se puede decir:

Ó teneis miedo á los moros,
Ó en Francia teneis amiga.

Respondió don Francisco:

No tengo miedo á los moros,
Ni en Francia tengo amiga,
Mas tú moro y yo cristiano
Traemos muy gran porfía.

Con los malos trajes que sacais, lisiado de mal vestido, que si don Luis Milan á coplas n’os tuviera la rienda, fuérades el monstruo de la gala, que pudieran ganar con vuestra ropa los truhanes, mostrándola diciendo: Hé aquí las ropas de Joan de mal traje.

Dixo el Duque: Demos parte á la noche y Joan Fernandez y don Francisco hagan paz, que si están en guerra no ternemos cierta la máxcara, y vuestra alteza y esas señoras, que ellos han traido, tomen la palabra haciéndolos jurar por vida de sus damas, porque sepamos quién son; y no se olviden á don Diego, como á revolvedor, ni á don Luis Milan, que es mátalas callando: y comience la Reina, mi señora.

Dixo la Reina: Joan Fernandez, hacé paz con don Francisco, por vida de vuestra mujer.

Respondió Joan Fernandez: Si vuestra alteza me jurára, por la vida que nunca da vuestra mujer, fuera mejor jura; pues ni ella la tiene de brava, ni yo la tengo si no fuera de mi casa.

Dixo la señora doña Hierónima: Per vos se dix, bell en banch y mal en casa.

Dixo la señora doña Mencía: Don Francisco, pues hoy os mando como acompañador mio, hacé paz con Joan Fernandez, por vida de vuestra dama, y nombralda, que el Duque lo manda.

Respondió don Francisco:

Pues vuestra merced lo manda,
Yo haré paz con el Joan,
Y este mote es mi refran:

Quien me manda
Me desmanda
.

Dixo la señora doña Luisa: Don Diego,

No dejeis de entrar en paz,
Pues que sois revolvedor,
Que os querrá muy mal l’amor.

Por vida de vuestra dama, nombralda, que el Duque lo manda.

Respondió don Diego:

Yo entraré en la paz, señora,
Por vida de quien oirán,
Que en esta hierba lo verán:
Anapelo es matadora.

Dixo la señora doña Violante: Don Luis Milan, pues manda el que se deja mandar, hacé paz con Joan Fernandez, por vida de vuestra dama y nombralda, que el Duque lo manda.

Respondió don Luis Milan:

Pues mandar es ser mandado,
En paz quiero siempre estar,
Mi dama quiero nombrar;
De su nombre soy nombrado
Margarite por amar.

Dixo el Duque:

Vámonos á dormir,
Mi Reina gentil,
Vámonos á dormir,

y venga mañana la máxcara á prima noche.

Aquí acaba la jornada cuarta.