I

La muerte entre los indios, ya lo hemos dicho, es la separación del último resto, sin duda resto de suma importancia, del ser que animó la materia que va reunirse con las otras partes que se le adelantaron; porque el alma indígena o ajayu, tal como la concibe el aborigen, es un ente plástico, susceptible de dilatarse, esparcirse en todo lo que se desprende o ha usado el organismo humano al que pertenece, para después de la descomposición de éste, contraerse y condensarse en un conjunto invisible, misterioso y sutil, que vuelve cuantas veces lo requieren las circunstancias, al cuerpo de donde se desligó, dándole nuevamente movimiento y existencia, aunque transitoria y visible sólo para quienes debe serlo. A este aparecido le atribuyen que discurre, come, bebe, habla, llora, canta, ríe, visita a los suyos, se lleva al otro mundo a los que conceptúa necesario arrebatarlos de la tierra; frecuenta los sitios a que solía asistir habitualmente en su vida mortal; vela por sus parientes y por su comunidad, ahuyentando las desgracias que pueden sobrevenirles, conjurando los males que les amenazan y oponiéndose en toda ocasión a la nefasta obra de los espíritus adversos a sus protegidos. A eso se debe que antiguamente acostumbrasen embalsamar los cadáveres con esmero, arropándolos con vendas y envolturas tejidas de paja y acomodarlos sentados en túmulos de fácil acceso, con sus útiles, alimentos y bebidas, para cuando el ajayu regresase a su cuerpo no sufriera la falta de nada, ni nada dificultase sus andadas y acciones póstumas.

Alguna vez, cuando el indio cree sentir el eco débil de un suspiro, gemido, llanto en el silencio de la noche, supone que proviene del muerto o muertos que se lamentan por los infortunios que sufren sus parientes o su ayllu; si es de risa, que se alegran de sus dichas. Se halla convencido de que los muertos nunca abandonan a los vivos, ni les hacen faltar su sombra protectora o sus castigos si los merecen; y de que aquellos son los verdaderos vengadores de las injusticias que cometen con los suyos.

En concepto de que el alma se halla siempre alerta, la persona que habla mal de un finado dice en seguida, por vía de satisfacción: que no la ofenda mis palabras ni le proporcione disgustos que la hagan penar.

Si a continuación o a poco tiempo del fallecimiento de una persona, muere algún caballo suyo, dicen que necesitaba de esa bestia para atravesar rápido el fúnebre camino que conduce a la otra vida y volver en él, cual negro y sombrío centauro, cuantas veces lo quiera; si es animal de carga, para trasportar sus cosas; si un buey, llama o cordero para dar banquete de llegada a sus amigos que le antecedieron y salen a su encuentro.

El ajayu, cree, que puede separarse del cuerpo aun en vida del individuo, mientras éste duerme o se halle distraido. Así cuando éste atraviesa a prisa y sin fatigarse una larga distancia, supone que su alma viajó antes por ese camino, allanando de antemano cualquier obstáculo o dificultad que pudiere quebrantar sus fuerzas o debilitar la actividad de sus músculos.

La leche se corta, cuando el alma de la cocinera la enturbia o descompone.

El indio abriga la idea de que en la conmemoración de los difuntos vienen las almas del otro mundo a ocupar transitoriamente sus cuerpos y contemplar, una vez más, con sus ojos a los suyos. Si el día llovizna o se presenta con fuerte aguacero, dice, que vienen llorando; si hace buen tiempo, bastante sol y la atmósfera se encuentra diáfana y el cielo azul, que están alegres y contentas. Entonces los vivos participan con gusto de la alegría de los muertos y sus ofrendas se las dedican satisfechos.

El alma del que ha sido victimado por alguien, suponen que persigue siempre a su matador: lo empuja hacia sus vengadores; lo atrae al lugar del teatro del crimen, si se ha alejado. El criminal está condenado a expiar su delito donde lo ha cometido. El cuerpo permanece inerte pero el ajayu es imposible que en ese caso quede tranquilo, cuando fué expulsado violentamente de él y clama venganza. El indio y el cholo, que han perpetrado un crimen, creen ver a cada momento y en cualquier incidente casual el tétrico espectro de su víctima, lo que suele tenerlos tan desazonados y violentos, que terminan por suicidarse; enviciarse al alcohol o repetir otros crímenes o entregarse a la justicia. La creencia popular mantiene la convicción de que el ajayu de la víctima no abandona a su matador y condensa esta idea en la frase alma huatan, o sea agarrando o apresado por el alma del occiso.

El indio que quita la vida a un semejante suyo, para librarse de esos inconvenientes, hace todo lo posible por extraer la grasa de la barriga del cadáver, untarse con ella las manos y llevar consigo un pedazo, creyendo que con eso evitará que el alma de su víctima venga a inquietar su sueño y a turbar su conciencia, fuera de que mientras permanezca el ingrediente en su poder nunca caerá en manos de la justicia. A la grasa humana le concede la virtud de resguardar al delincuente contra todo peligro. Otras veces, cuando la muerte que se ha dado a la víctima ha sido muy rápida, le cortan la cabeza, para que el alma aletargada, que no ha tenido tiempo para apartarse del cuerpo, permanezca en él y no condenándose se convierta el difunto en aparecido que persiguiera a su victamador por siempre. El indio entiende por condenarse el vagar furiosa y sin descanso por la tierra hasta conseguir su venganza. El condenado, tal como lo concibe un católico no tiene cabida en su imaginación. El alma para él, permanece en el mundo y no en el infierno.

El cuerpo del individuo destinado a fallecer pronto desprende olores en la habitación donde tiene su morada: desagradables si es de avanzada edad; soportables si es joven y aromáticos si es niño.

Siente percibir olor a sangre humana el individuo que está próximo a perpetrar algún homicidio o asesinato.

Para que muera una persona reunen sus cabellos con incienso y copal y poniéndolos sobre brasas los ofrecen al rayo.

El alma del que muere ahogado en algún río, lago o corriente de agua, sigue vagando indefinidamente por sus orillas y sitios próximos, o hasta que la deidad acuática compadecida se la lleva lejos.

Si del alma mantenían y siguen abrigando tales preocupaciones, el cuerpo del muerto era entre los antiguos indios, objeto de profunda veneración y en su homenaje se estableció un culto solemne, rendido constantemente por sus deudos, un verdadero y ceremonioso culto de familia. No tenían miedo ni deseo de alejarse de los cadáveres de sus antepasados; vivían junto con ellos, les llevaban en sus fiestas, viandas y chicha. En las vasijas y utensilios, con los que se habían inhumado se renovaban las provisiones y, en la piedra, que en forma de asiento se les había erigido, se hacían sacrificios propiciatorios. Los muertos se convertían en dioses lares de su familia.

A medida que avanzaba el tiempo, constituían esos restos reliquias sagradas; se les llamaba malquis y se les tenía como encargados de velar por el bienestar de su descendencia y por el progreso y acrecentamiento de su ayllu. Cuando por la acción de los años, se reducían en polvo y desaparecían, terminaban por adorar el cerro o sitio en el que habían acostumbrado acatarlos, creyendo que se habían transformado en ese cerro, piedra o río, los cuales se tornaban en Achachilas. «Tienen estos Malquis, dice Oliva, sus particulares sacerdotes y ministros y les ofrecen los mismos sacrificios y hacen las mismas fiestas que a a las Huacas y suelen tener con ellos los instrumentos de que ellos usaban en vida, las mujeres, usos y mazorcas de algodón hilado y los hombres, las tacllas o lampas con que labraban el campo, o las armas con que peleaban. En estos Malquis y Huacas hay su vajilla para darles de comer y beber que son mates y vasos; unos de barro, otros de madera y algunas veces de plata, pero para los yncas eran siempre de este metal y de oro»[45].

El indio tenía en vida una constante preocupación para que su eterna morada fuese construída de la mejor manera posible y recomendaba a sus parientes que pudieran sobrevenirle que nada faltase en ella después de su muerte.

Los conquistadores fueron los que trastornaron esas ideas y prácticas funerarias con su pronunciado temor a los cadáveres y su afán de enterrarlos lo más presto, en sepulturas abiertas en cementerios destinados a ese objeto. Sin embargo, al establecer la iglesia la conmemoración de los santos difuntos y rogar por las almas del purgatorio, ha contribuido para que el indio crea que se trata del culto de sus venerados muertos y por ello, sin omitir ningún sacrificio, manifiesta en todas esas fiestas o ceremonias, fervor y fanatismo por celebrarlas. Rogar por las almas del purgatorio y conmemorar a los muertos importan para el indio el restablecimiento, aunque de extraño modo, del culto a sus malquis.