IV
La persistencia de las supersticiones en el alma popular se debe, además de las circunstancias ya anotadas, a la influencia de los españoles, que aportaron las suyas a América en la conquista y durante el período colonial, quienes eran tan llenos de preocupaciones como los indios. Si bien los misioneros, destruían los ídolos y adoratorios de estos, era para reemplazarlos con los que ellos acataban. Las censuras eclesiásticas tendían a extirpar las prácticas antiguas, para sustituirlas más fácilmente con las religiosas profesadas por el catolicismo, que trataban de implantar en el país, pero como no lograron su objeto por completo, las supersticiones indígenas llegaron a mezclarse y confundirse con las de los españoles, sin poderse distinguir, en muchas de ellas, su origen, ni su esfera de acción exclusiva. Raro o casi imposible es hallar una persona que se encuentre en lo absoluto libre de supersticiones. Las provenientes de los naturales y las traídas por los conquistadores, han venido a converger, por todos los lados, sobre el espíritu de nuestra raza, que obra muchas veces al impulso de aquellas, aun sin darse cuenta de ello. Cuando el indio o mestizo practica por primera vez alguna superstición nueva, ya no la olvida. Esta se grava en su espíritu y le domina, convirtiéndose en una segunda naturaleza, de la que ya no puede prescindir. Son fáciles para adquirir supersticiones, y difíciles para sacudirse de ellas.
Los sacerdotes católicos, enseñando a la par de los brujos, que se pueden contrariar los fenómenos y leyes naturales con rezos o hechizos, hacen igual propaganda. La diferencia está, en que el brujo llama en su auxilio a Santiago, cuando no al Diablo, y los sacerdotes a sus divinidades y santos. Ambos lo que persiguen es que se tenga más confianza, en lo imprevisto, en lo sobrenatural, en lo maravilloso antes que en el esfuerzo propio o en el concurso de la ciencia. Por tales antecedentes, blancos, mestizos e indios, se han vuelto tan crédulos y supersticiosos dentro del culto católico, que cuando no son entretenidos por artes diabólicas, se entregan con frenesí a celebrar fiestas religiosas, abrigando la profunda convicción de que con cualesquiera de estos procedimientos lograrán obtener lo que desean.
La multiplicación de fiestas religiosas, la profusión con que se erigen templos y capillas, la excesiva sed alcohólica de las clases populares y de las que no son, mantienen y hacen más firmes las supersticiones. En los santuarios de los pueblos de provincia, es común el encontrar al lado de una efigie católica, objetos de hechicería, y el día de la conmemoración del santo, merecen también estos últimos la bendición del clérigo que celebra la misa.
El indio por todos esos motivos, considera de la misma clase y con iguales pretenciones, al sacerdote y al brujo de su estancia; al menos al fraile lo tiene como a un nigromanta peligroso. Le llama kharisiri, es decir degollador, y cuenta de él, que desde mediados de julio hasta mediados de agosto de cada año, sale de su convento y recorre las estancias y rancherías del campo, en busca de grasa humana para confeccionar la crisma de los bautismos, seguido a la distancia de un lego que lleva los cajoncitos de lata en que aquella especie será depositada. Cree que el fraile, apenas encuentra un ser humano, lo halaga y le da un narcótico con el que le adormece, y cuando está inerte, le hace una incisión en la barriga, hacia el lado derecho, por donde le extrae toda la grasa que contiene su cuerpo y se retira después de curarlo y conseguir que de la herida no quede más huella que un ligero cardenal. La víctima al despertar de su letargo y volver en sí no encuentra al funesto fraile pero siente un fuerte dolor en el vientre que le anuncia que algo ha ocurrido con él y agobiado por este presentimiento, comienzan sus fuerzas a decaer rápidas y consumirse su cuerpo, hasta que muere a los pocos días del hecho.
Al principio de la conquista española llamaban Kharisiri al verdugo que degollaba a los ajusticiados, y creían que después de consumado el hecho andaba en las noches vestido del hábito despojado al difunto y aún lleno de tierra y sangre, cubierta la cabeza de un capuchón, que sólo dejaba descubierto su rostro pálido como la muerte y sombrío como la noche, llevando en la mano una campanilla, cuyo lúgubre sonido se escuchaba de rato en rato. Decían de él que se alimentaba de carne humana, prefiriendo devorar la de los niños que encontraba a su paso.
Poco a poco y a medida que las ejecuciones en esa forma disminuyeron, la imaginación de los indios fué confundiendo al verdugo con el fraile que acompañaba al condenado a la pena de muerte, hasta que el primero se borró de su memoria y sólo el último quedó con el mote de Kharisiri, terminando por tenerle miedo, a causa de considerarlo ladrón de grasa humana.
Probable es que la circunstancia de ver traginar con alguna frecuencia a los frailes solos y por caminos silenciosos y desiertos, haya dado también lugar a la formación de esta leyenda con todos sus lúgubres contornos, o tal vez coincida, y esto es lo más seguro, con algún mito propio que tuvieron antes de la conquista, y al cual, por su semejanza, han sustituído con el fraile, dándole la terrible denominación de Kharisiri.[2]
Cuando el indio no ha visto ni se ha encontrado con este personaje de lúgubre fama y siente, sin embargo, dolor al vientre y se presenta en la parte exterior la terrible mancha roja, cree el vampiro que se hizo invisible para mejor y más cómodamente extraerle la grasa, y el infeliz dominado por tal idea desconfía de los remedios y muere por consunción.
El fraile también simboliza para el indio al autor de la carestía y hambre en los ranchos, porque supone que en las grandes alforjas que lleva consigo, con el poder de la nigromancia que profesa recoge cuantos víveres encuentra dejando al pobre indio que muera, por falta de ellos, con la barriga pegada al espinazo.