V
Entre los pocos métodos curativos indígenas que aún quedan y que están en boga, distínguese aquel que la medicina europea inicia recién con el nombre de kienesiterapia y que es conocida por los indios con la denominación de thalantaña o chuyma kakoña, el cual consiste en sacudir suavemente de los brazos al enfermo, mover con cuidado su cuerpo a uno y otro lado, ceñirle el pecho con una faja, logrando así calmar las agitaciones nerviosas del corazón por medio de la acción refleja del masaje. Esta operación la emplean comúnmente en las personas que se enferman a consecuencia de golpes o caídas y en todas las dislocaciones viscerales.
En los casos de fiebres y calenturas, comienza el curandero por frotar el cuerpo del paciente, con millu o sea sulfato de alúmina en costra, con preferencia por los sobacos y pecho; después le ponen el millu cerca a la boca para que el enfermo sople con todo su aliento, por tres veces consecutivas, a fin de que el remedio que se lleva el mal de la superficie arranque también el del interior. En seguida le pasa por el cuerpo con un lienzo empapado en orina caliente, y antes de que se entibie ella, arroja en el líquido el millu, el que produce espuma, y según ésta se presenta, interpreta las causas que motivaron la enfermedad y sobre si esta es grave o leve. Terminados los pronósticos envuelve con trapos la vasija que contiene la orina y el millu, empleados en la curación y la lleva a la carrera hasta un lugar apartado, que debe estar desierto y allí en el silencio de la noche, se oye la débil voz del curandero, que ruega a la enfermedad para que se retire lejos, reconviniéndole por su venida y preguntándole el nombre de la persona que la ha llamado y atraído, y cuando cree haber descubierto al autor del mal, y obtenido la promesa de que se irá, torna corriendo, sin volver la vista atrás, a la casa del paciente. Esta manera de medicinar llamada milluchaña, suele efectuarse con algunos variantes, denominándose entonces trucaka: ambos métodos los tienen por muy eficaces.
También suelen pasar por el cuerpo de los enfermos, yerbas, maíz, cuys y junto con la ropa que le sacan, hacer un atado, llevarlo al camino próximo y abandonarlo allí, para que el mal siga su terrible y lúgubre viaje, empujado por el viento o conducido por los incautos viajeros que se apropian del atado. A este procedimiento llaman pichaka.
Cuando se presenta una epidemia, los indios de la circunscripción afligida por ella, tratan de hacer que el mal los abandone por medio de la práctica llamada llumpaka, que quiere decir purificar, porque suponen que con este procedimiento supersticioso, la enfermedad se marchará y quedará la comarca libre de sus perniciosos efectos. Reunidos el yatiri y sus ayudantes en casa de un enfermo o persona que ha fallecido y después de los acullicos (masticación de la coca) y libaciones, llevadas a efecto, en medio de invocaciones a sus divinidades y súplicas a la enfermedad, friccionan el cuerpo del enfermo con fetos de oveja o chancho y algunas medicinas caseras. Luego envuelven todo esto en taris nuevos o sean pequeños lienzos en forma de servilletas, agregando a los atados caítos y lanas de colores, coca y otros objetos semejantes en los que incluyen la ropa del enfermo, varias prendas nuevas, algunos comestibles, como carne de cordero, panes, tostado, pastillas, confites, huevos dorados con pan de oro y plata, colocándolos por orden de colores y en filas apiñadas. Acompañan también a los bultos dinero, particularmente monedas antiguas, que ponen en parte visible pendientes de hilos y junto a banderillas de colores vistosos y de botellitas de licor o bolsitas. El cargamento acondicionado y distribuido en varios bultos, constituye el equipaje de la enfermedad, a la que no cesan de rogarle que se vaya, y a fin de que se retire contenta, van conduciendo todo aquello hasta el lindero próximo, donde descargan y le imploran que no vuelva más, invocando la intervención del Huasa-Mallcu, para que la obligue a irse. Sobre la carga ponen un rótulo en aymara, respecto a la dirección que debe seguir. Los mandones de la comarca vecina están obligados a hacer pasar el cargamento, con iguales formalidades hasta el lindero opuesto, para que siga su viaje y pare donde le plazca hacerlo, so pena de ser castigado, por la epidemia, si así no lo hacen. Vuelven los conductores corriendo después de descargar el cargamento y de implorar por última vez a la epidemia, que no aflija más a la estancia y se contente con las víctimas que ha causado, y al siguiente día, hacen una fiesta suponiendo que la epidemia se ha ausentado para siempre.
Otras veces, un miembro de la familia, o el brujo, recoge las cosas del finado o sólo las prendas de vestir con las que ha enfermado y las coloca amontonadas sobre el camino, cubiertas de un lienzo colorado o azul, en cuyas cuatro extremidades ponen banderitas de papel vistosas o lanas de color, y debajo un conejo muerto. Generalmente el conejo es dedicado al enemigo, y por ese medio suponen enviarle el mal. Esta llumpaka individual no tiene la resonancia de la anterior, ni se realiza con las solemnidades y aparatos empleados en aquella, pero suponen que sus efectos son los mismos, aunque en escala reducida.
Las tercianas y cuartanas, cuando se presentan, imaginan que toman siempre la forma de mujeres escuálidas, reducidas a piel y huesos, con las rústicas cabelleras desgreñadas, de colores lívidos transparentes, que andan chapoteando en los charcos de los lugares cálidos y en las riberas de los ríos, que corren en los valles profundos y ardientes, donde causando espanto a las personas ante quienes se hacen visibles, desaparecen introduciéndose en los cuerpos de estas durante la emoción del susto. Creen curar la dolencia dando al paciente una fuerte sorpresa que le causa tal efecto de terror, que aquella abandona su organismo con el miedo. No faltan personas que acostumbran insultar a la enfermedad, para que esta molestada con el mal trato se vaya fuera, avergonzada y resentida.
De las demás fiebres tienen iguales opiniones. De las pulmonías y tisis, dicen que son seres flacos, largos, helados y de voracidad insaciable, que viven chupando la sangre de sus víctimas, royéndoles su vitalidad, y a quienes tratan de arrojarlos por parecidos procedimientos. La idea de que las enfermedades se deben en parte a la introducción de cuerpos extraños y vivos en el organismo, está muy generalizada entre los naturales.