IV
El Jampiri, llamado más propiamente jampicamana, kollacamana, palabras con las que se designa al médico en aymara, y con las de kolla, hampi, la medicina, y con las de kollana, hampiña, el acto de curar, no es sino el mismo callahuaya que toma ese nombre, o se lo dan las clases populares, según su costumbre y el prestigio que goza entre ellas. A sus imitadores o discípulos, por lo regular a todo individuo dedicado a curar, les dan también tales denominaciones, particularmente si acompañan a sus procedimientos las prácticas supersticiosas de los callahuayas, aunque sin la pericia y variadas formalidades de éstos.
La curación hecha por un jampiri, con todo el aparato que en semejantes casos emplea, la describe un escritor como sigue:
«A poca distancia del sendero que seguían las cabalgaduras, había un grupo de gente (indios), que vociferaban y accionaban ruidosamente. En medio de todos una mujer cubierta de harapos, escuálida y repugnante, se retorcía y gemía dolorosamente. Atraídos por la curiosidad, y con impulsos de turismo, nos acercamos al grupo, con ciertas precauciones de defensa. La mujer protestaba, en medio de estridentes alaridos, que le habían quitado su hija y la habían embrujado por una venganza.
«El indio que en el grupo parecía tener mayor autoridad, era un hechicero de la región, y había sido traído para curar y desembrujar a la histérica [que no era otra cosa en mi opinión].
«Mientras seguía el tumulto y los preparativos de la ceremonia, el arriero nos dijo: «El brujo es el médico de los indios y le llaman jampiri (curandero). Esta bolsa que tiene a la espalda está llena de hojas, flores secas, raíces machacadas, polvos y mil cosas, minerales y vegetales que son los remedios que administra. También tiene grasa de animales, pedazos de cuero, huesos de conejo y ratón etc. etc.
«En este momento empezó la operación de desembrujar. Los indígenas formaron un gran círculo, dejando en medio a la posesa y al brujo, que se arrodilló junto a ella y empezó a proferir palabras ininteligibles, haciendo pases semejantes a los que ejecutan los hipnotizadores. La mujer abría y cerraba los ojos precipitadamente, crispando las manos y dejando escapar leves aullidos. Los espectadores conservaban un silencio religioso.
«Después de un momento pasado así, el brujo sirvió medio calabacín de aguardiente y, derramando un poco en el suelo, mientras continuaba su misteriosa guturación, hizo asperges sobre el rostro de la mujer y obligola a beber, bebiendo él también. Entonces todos los espectadores lanzaron gritos extraños, y los hombres con los sombreros alones y las mujeres con un extremo del vestido se cubrieron el rostro. El brujo, en eso, sacó un poco de hojas de coca y las esparció sobre la paciente embrujada, que permanecía quieta y callada, luego tomó una gran calabaza llena de chicha y virtió el líquido en direcciones distintas, extrajo de su bolsa un par de muñequillos de hueso amarrolos fuertemente uno con otro, ocultándolos en el seno de la mujer. En seguida púsose en pie, y dejando a un lado sombrero y bolsa, cinturón y sandalias [hojotas] batió con fuerza el poncho sobre la posesa, aventando las hojas de coca, que volaron en distintas direcciones. Por tres veces repitió el brujo esta operación, que según la referencia del arriero era la expulsión de los "malos genios" que se habían apoderado de esa mujer.
«Pasado esto, todos inclusive el brujo, se retiraron silenciosos, comentando la habilidad y maestría del jampiri.
«Estos brujos, continúa, son muy inteligentes como médicos, conocen todas las plantas y curan de cualquiera enfermedad. Llevan en la lliglla, oculta bajo el poncho, gran cantidad de remedios, como grasa de serpiente, pelo de gato, huesos molidos, pedazos de madera, carne seca, yeso, mollejas de gallina y tierras de todos colores; y con eso hacen mil operaciones entre estos indios de Chichas y Lipez; pero más al Norte ya no se les encuentra con ese cargamento, sino con yerbal completo, y ahí curan de otra manera; ya parecen médicos de ciudad y no hablan de brujería, porque los matarían, como pasó ahora muchos años en el Río Chico, que a una bruja la chancaron sin perdón.»[44]