III
El yatiri o sabio por excelencia, que a sus conocimientos médicos une los prestigios de un aventajado brujo, constituye entre los indios, el Callahuaya. En el interior de la república le llaman Kamili; le temen y buscan. El nombre propio de estos famosos curanderos, herbolarios y hechiceros, fué el de Kolla-huayus o sea portadores de medicinas, que con la corrupción fonética y disimilación producidas en las palabras con el uso y el tiempo, llegó a convertirse en el que tienen. Es un error suponer que llevan ese nombre por haber sido provenientes sus antepasados de los valles de Carabaya. No existe entre ellos la tradición más remota de tal procedencia; por el contrario, se notan completas desemejanzas con los habitantes de aquellas regiones y éstos.
Los callahuayas formaban una casta aparte en la antigüedad; se les consideraba como únicos depositarios de la ciencia médica de los Kollanas, sus sabios antepasados. Sus costumbres eran y siguen siendo especiales y diferentes de las que tienen los indios que habitan en la misma región. Su principal obligación consistía en recorrer todos los pueblos, llevando consigo remedios variados y curando a cuantos enfermos demandaban su asistencia, o les pedían auxilios contra los embrujamientos, o amuletos para evitarlos. Tampoco rehusaban ejercer la hechicería, cuando les exigían, ya sea para causar un daño al prójimo o vaticinar el porvenir.
Durante el régimen colonial siguieron desempeñando el mismo papel, y son ellos los que hicieron conocer casi todas las plantas que hoy se usan en la farmacopea indígena, con la circunstancia, de que las propiedades que les señalaron, han sido admitidas por la ciencia y justificadas así sus perspicaces observaciones.
En la actualidad, estos notables y célebres herbolarios y brujos, habitan ciertas circunscripciones de los cantones de Charazani y Curva del Departamento de La Paz, y han perdido mucho de su antiguo prestigio, ya porque han descuidado las observaciones y métodos de curación de sus antepasados, ya porque la enseñanza médica se encuentra adelantada en nuestro país y los médicos abundan relativamente a la época colonial, en la que éstos, por sus escasos y deficientes conocimientos, eran inferiores a los empíricos.
El Callahuaya no se contenta con ser un brujo y curandero, confundido en el común de los que siguen estos oficios, sino que trata siempre de sobresalir en su porte y relaciones con los demás; la vanidad y el orgullo, son pasiones que le dominan demasiado. En las festividades que celebran sus pueblos, se les ve bien y singularmente trajeados: la cabeza envuelta con un elegante pañuelo de seda y encima un sombrero de paja de Guayaquil, pantalón de casimir fino, sujetado a la cintura por una chiripá o cinturón adornado con monedas de plata extranjeras. Los callahuayas de Curva se presentan montados en caballos, ensillados con aperos chapeados de plata, estribos del mismo metal, riendas y cabezada, formadas algunas de cadenas de plata. Su afán es imitar a los gauchos de las pampas argentinas, por lo que cargan puñal en el cinto y pronuncian el castellano con acento gauchesco.
Las mujeres son feas y muy sucias; sujetan su manto con tres grandes tupus o prendedores de plata, que forman sobre el pecho un triángulo; la frente la cruzan con una faja de hilos de varios colores, y encima se ponen un sombrero de paja. El corte de su falda lo usan hasta la rodilla, haciendo que las pantorrillas queden al descubierto.
Los callahuayas hablan aymara, khechua, puquina y castellano. Son tan suspicaces que cuando tratan con los indios, se entienden entre ellos en el lenguaje que ignoran los que se hallan presentes.
La vida que llevan es misteriosa. Los de Curva, regresan de sus viajes arreando cada cual una tropa, más o menos numerosa, de mulas argentinas, y los de Charazani, trayendo mercaderías valiosas y raras. Los vecinos mestizos de ambos pueblos, particularmente los que desempeñan alguna función pública, los exaccionan mucho; si no les arrebatan a viva fuerza lo que traen, les compran por precios ínfimos; a tal punto que han establecido la costumbre de permutar una buena mula con una caja de alcohol. Las mismas autoridades superiores de la provincia, no se excusan de explotar, en igual forma, a estos desgraciados, ya directamente o ya por intermedio de los corregidores; por lo menos estos últimos funcionarios llegan en sus abusos a extremos inconcebibles.
No se han podido averiguar aún los medios de que se valen los callahuayas para conseguir bestias y objetos valiosos en sus viajes; lo probable es que explotando el espíritu supersticioso de los campesinos, se hacen de dinero, con el que compran todas esas especies, o reciben directamente éstas, en pago de sus curaciones y pronósticos.
De conocimientos botánicos, les quedan los suficientes para darse cuenta de las propiedades de algunas plantas, y hacen uso de ellas en sus recetas, que unidas éstas en su aplicación al conjunto de supersticiones que emplean en cada caso, logran su objeto de conseguir la sanidad del enfermo, o la tranquilidad de quien se cree víctima de maleficios. Cuentan, que los callahuayas en sus viajes, van averiguando de los indios, que en el tránsito se hallan enfermos y cuando de ello se convencen y de que es rico el paciente, entierran cerca de la casa de éste, un sapo u otro animal apropiado, con el cuerpo maltratado o entorpecido en el libre ejercicio de alguno de sus miembros, con ligaduras o alfileres, y al siguiente día se presentan, cual si aportaran por casualidad e ignorando en lo absoluto lo que ocurre en la casa.
El enfermo y su familia, reciben la visita de éste, como presagio de buen augurio, e inmediatamente acuden a su saber. El callahuaya, después de muchos ruegos y halagos, accede en hacerse cargo del enfermo. Es entonces que da principio a sus operaciones, revistiéndose de toda la solemne majestad de un agorero. Se provee de una cantidad de coca, que coloca sobre el pecho de su cliente; en seguida le hace varias preguntas relacionadas con sus costumbres y enemigos que puede tener; a continuación, extiende en el suelo un paño negro, y sobre él derrama la coca, examina la forma en que han caído las hojas; sale afuera, mira el cielo y después de pronunciar algunas frases ininteligibles, manifiesta que el enfermo está embrujado en un animal y que él descubrirá el lugar en que el hechizo se encuentra. En efecto, después de nuevas manipulaciones y trebejeos, se dirige, acompañado de los de la casa, al lugar en que enterró el animal expresado, lo saca fuera, le desliga o arranca el alfiler, le cura la herida y predice la pronta sanidad de aquél, a quien le da de beber para mayor éxito, algún mate o yerba en infusión o le pone ciertos parches, con cuyos remedios y la impresión que ha recibido con el encuentro del sortilegio, queda sano el enfermo, y el callahuaya después de recibir su salario y muchos obsequios, se marcha satisfecho.
Antes de emprender sus largos viajes, penetran estos curanderos a los valles de Camata, de donde se proveen de yerbas y raíces, y hasta que llega el día de la partida, se entretienen en pintar de colores diferentes a varias de las últimas, y labrar de huesos manecillas y otros dijes extraños, que después venden a los crédulos, dándoles virtudes sobrenaturales. Aseguran, cuando ningún funcionario o persona ilustrada les ve, de que son talismanes para hacer amar u olvidar a quienes les soliciten su compra. Se jactan de poseer el secreto para tener fortuna y ser dichoso en la vida. La vez que son sorprendidos por la presencia de alguna persona sospechosa, cambian de conversación y al momento contestan a la pregunta de éste: «el secreto para ser amado por la mujer está en tener dinero. La plata es el verdadero huarmi-munachi...»
Otros aforismos que respecto al dinero tienen, son: «El creador de una fortuna es siempre un hábil y audaz estafador.»
«Las riquezas, casi en la totalidad de los casos, son en su origen, productos no del trabajo honrado, sino de la estafa.»
«El rico es un vencedor de los prejuicios sociales; el pobre un paria sujeto a ellos.»
«Los jueces, sólo castigan al estafador que se ha portado como un asno: al listo le lisonjean y aun se prestan a formar parte del séquito de sus aduladores.»
Cuatro días antes del Carnaval hacen una magnífica cabalgata, en la que campean las mejores mulas y caballos enjaezados con todo lujo. Las chapas de plata están esparcidas con profusión en las cabezadas, riendas, arretrancas y estribos de sus monturas. La espuela roncadora de plata, el poncho largo de rico paño y el sombrero del campesino de las pampas de Salta y Tucumán hacen del callahuaya un gaucho completo, pero gaucho de lujo.
Presididos por el Corregidor, a quien le calzan con espuelas de plata, salen a la campaña a recibir la porción de tierras que la autoridad reparte para su cultivo en ese año. Antes de emprender esta tarea llevan a su casa al más sabio de sus brujos. Los aislan en un cuarto, en el que colocan una mesa con tapete negro; sobre los cuatro ángulos de este mueble arden cuatro velas y en el centro hay una botella de aguardiente sobre un montón de coca. Hecho esto, el brujo empieza con sus exorcismos y conjuros en su dialecto callahuaya, que es muy diferente del khechua, que es su lenguaje común. Los ministros le presentan en seguida un costal de conejos vivos, colectados de diferentes casas. De entre éstos escoge cuatro para enterrarlos vivos en los puntos cardinales del terreno que se ha de cultivar, procurando ocultar este acto en las altas horas de una noche oscura. Después de embriagar completamente al Corregidor, lo vuelven del campo con mucha algazara y principian entre ellos las danzas y verbenas hasta después de la ceniza.
Los indios en pago de esa molestia, abonan al Corregidor una contribución con el nombre de chajjra-koco, que asciende, más o menos, a trescientos bolivianos. Además, le hacen varios obsequios de frutos del país y objetos raros que han traído de sus viajes.
Cuando tratan de tomar por esposa a una joven, comienzan por darles pellizcos en los brazos, entre halagos y obsequios que las prodigan, hasta que le quitan su anillo o alguna prenda de vestir a viva fuerza; dueños de alguno de esos objetos, se creen con derecho sobre la mujer y esperan una fiesta en la que las hacen embriagar y después se las llevan muchas veces cargadas sobre sus hombros, a guisa de fardos, acompañados de sus amigos. Por lo regular, la tienen a su lado el tiempo, llamado de prueba. Si la novia demuestra poseer cualidades ventajosas, el amante se casa con ella, y si no la devuelve a sus padres, previa indemnización pecuniaria, por su honor y pago de servicios, llegando ambas familias a convertirse en enemigas. Con ligeras variaciones estas costumbres son comunes en los indios.[42]
«Desde que termina la ceremonia religiosa del matrimonio, los parientes del novio llevan obsequios a la casa de la novia: leña, chuño, chicha y botellas de licor, artículos que son igualmente regalados por los parientes de la novia al novio. La tercera noche se celebra la ceremonia nupcial en casa de los padrinos del matrimonio. El varón al saludar a sus ahijados, les dirige en tono magistral estas palabras: Como esposos consagrados por la iglesia, debéis comprender que vuestra misión en la vida conyugal, es ejercer la suprema autoridad sobre vuestra mujer y sobre vuestros hijos. Sin ella seríais como el humo que se disipa al soplo del viento, y con ella seréis el padre de vuestros hijos y el marido de vuestra mujer. Para ejercer el poder que se os ha dado, recibid este látigo, que es el símbolo de la fuerza, de la razón y de la justicia, que lo usaréis cuando lo exijan las circunstancias. Y vos mujer, nacida para el dolor y el sufrimiento, inclinad vuestra frente en señal de sumisión y respeto al que es vuestro marido y armáos de la resignación que el deber os impone. Vais a recibir la lección del poder de vuestro marido, de ese poder que le dan el derecho y el amor. Entonces el marido armado ya del látigo fatal, lo descarga sobre la infeliz, que gime, llora y grita en medio de un círculo de espectadores, hasta que el padrino levanta la mano para que cese la flajelación. Terminada esta ceremonia bárbara y cruel, el llanto se cambia en risa y el dolor en placer al sonido de las guitarras que amenizan las danzas del festín.»[43]
El regalo de preferencia que se acostumbra ofrecer en las bodas que realizan los de la raza indígena, es de un gallo para la esposa y de una gallina para el novio. Representan estas aves para los indios, los símbolos de la potencia generatriz y de la fecundidad, que deben predominar en la sociedad conyugal que se establece.
Pasados algunos meses emprende el recién casado un viaje sin rumbo fijo ni destino señalado con antelación. Antes de hacerlo, se despide de los suyos embriagándose con ellos y encargando a sus augures y brujos que le vaticinen buen éxito. Parte a media noche y la mujer lo acompaña hasta dos leguas de distancia, de donde, llorando se despide y regresa.
El vestido de viaje del callahuaya se compone de un pantalón de paño azul, viejo, raído y con flecos en las extremidades inferiores; de un poncho largo y angosto, listado horizontalmente, por lo común, de blanco y colorado; sombrero de paja y sobre su espalda o bajo su brazo derecho, asegurada a uno de los hombros, una bolsa cuadrada, grande y de vistosos colores, de la que nunca se separa, porque constituye la divisa de su profesión de curandero. Ella está repleta de yerbas, raíces, cáscaras, semillas, etc., que son reemplazadas a medida que se venden y utilizan, estando todo ello en su interior revuelto y en desordenado maremagnum. Fuera de esto, conduce, algunas veces, dos o más burros cargados de provisiones y especies relacionadas con sus ocupaciones de herbolario y hechicero. Mientras dura su ausencia, que por lo regular es de tres, cinco, hasta diez años, la mujer acostumbra no lavarse ni peinarse, ni ataviarse con nuevos trajes; vive dedicada a sus labores agrícolas y quehaceres de su casa, guardando estricta fidelidad a su esposo ausente y excusándose en lo absoluto de asistir a diversiones y fiestas. Para el callahuaya tiene la fuerza de una convicción indiscutible, la idea de que la mujer siempre se asea y atavía sólo para parecer bien y agradar a los hombres, con objeto de atraerlos. La mujer casada, dicen, cuida mucho de su persona, en ausencia del esposo, cuando siente la necesidad de un amante...
Tienen un profundo conocimiento del corazón humano.
El regreso del viajero, que siempre debe coincidir con la fiesta de la pascua, es anunciado con anticipación. La mujer va a su encuentro hasta el río, situado a legua y media del pueblo de Curva, llevándole chicha y abundante comida. Si aquél acepta esos obsequios, es señal de que se encuentra satisfecho de la conducta que su consorte ha observado durante su ausencia; pero si se muestra serio y la rechaza, es prueba de que se halla disgustado con ella, por haber sabido alguna falta suya. Entonces la afligida esposa, le llora, le ruega, se arrastra a sus pies de rodillas implorando su perdón; si no lo obtiene y continúa el callahuaya implacable, no le queda a la infeliz más recurso que volver al pueblo y arrojarse de una altura, que se encuentra a dos cuadras de la plaza y que se llama Karka y morir embarrancada.
Los callahuayas son celosos, crueles y llevados de augurios. Las mujeres asesinan frecuentemente a sus esposos por celos; viven en habitaciones mal construídas, desmanteladas, frías y pobres. A los vecinos mestizos los aborrecen, porque los exaccionan despiadadamente; les ocultan sus mercaderías, y sólo las sacan y ofrecen al extraño. El lujo para ellos consiste en hacer llegar íntegra la tropa de mulas o mercaderías que adquirieron en sus viajes, y ostentar a las miradas de sus relacionados y paisanos. No son capaces de vender una sola cabeza en el camino, aunque les ofrezcan precios subidos.
Con el prestigio que gozan los callahuayas, de poseer facultades extraordinarias para descubrir el porvenir o las cosas ocultas, y de ser médicos acertados, son temidos por los indios, quienes les brindan todo género de distinciones, les alojan bien, les obsequian y jamás se atreven a sustraer nada de las abultadas y misteriosas bolsas que llevan consigo.
El baile usado por esta raza, es el que en otro trabajo hemos descrito con la denominación de cinta-kcaniris, o sea trenzadores de cinta.
En cuanto a las prácticas religiosas, son muy desidiosos y sus actos no están conformes con las exigencias del culto católico, del cual, no aprecian sino la parte que les permite divertirse y embriagarse. El cristianismo no ha penetrado en el alma indígena por falta de una enseñanza seria y de sanos ejemplos que les debieron ofrecer los encargados de su propagación. El callahuaya ni concurre a misa, fuera de las que él o sus relaciones hacen especialmente celebrar, ni se confiesa ni comulga. Muere como ha vivido, auxiliado por sus brujos.
Cuando alguien se enferma, creen que el alma del paciente pugna por dejar su cuerpo atraído por la persona de la dolencia y para impedirlo se reunen a media noche sus amigos, y colocados en fila, a la entrada de su casa, ruegan a la enfermedad que se vaya, pero que no se lleve el espíritu del enfermo y si lo ha seducido, que desista de su empeño. Le piden con ruegos los más cariñosos, ofreciendo tratarle bien: darle pan, dulce, viandas y licores para su viaje de regreso.
Son estos indios poco hospitalarios y no consienten que un extraño permanezca muchos días en su comarca.
No obstante de que los callahuayas viajan por países remotos y civilizados y aun varios de ellos reciben instrucción en escuelas extranjeras, no han adelantado ni en su manera de ser individual, ni en sus costumbres sociales; lo que fueron sus antepasados, continúan siendo ellos hoy: con las mismas preocupaciones e iguales resistencias para amoldarse a la vida civilizada. En los viajes, lo único que aprenden es hablar un poco el castellano y mostrar cierto despejo en sus relaciones con personas extrañas; maneras que desaparecen en presencia del Corregidor o vecino principal de su pueblo, ante quienes se muestran cohibidos y acortados; porque éstos lejos de cooperar a las tendencias de adelanto que traen aquellos de afuera, no pierden ripio para humillarlos y deprimirlos de la manera más brutal, fuera de robarles con descaro los objetos que traen. El cholo de provincia, particularmente el de aquellos pueblos, ostenta con el indio, que las más de las veces vale más que él, una vanidad ridícula y feroz, que se hace de todo punto imprescindible el reprimirla. Una ocasión regresó al pueblo de Curva un callahuaya joven que habiendo permanecido en Buenos Aires algunos años, pudo ilustrarse y adquirir maneras cultas, muy superiores a los de los vecinos principales del lugar. Mortificado el Corregidor con aquel porte correcto del indio y herido en su amor propio con la manera decente de vestir, lo asesinó sin que mediara provocación por parte de aquél, en la primera fiesta que celebraba el pueblo, y sin que hasta hoy el delincuente hubiera sufrido ninguna sanción.
Quizás esas causas influyen para que los callahuayas se entreguen a la embriaguez y se pongan furiosos en ese estado, e indiferentes y melancólicos, cuando no se hallan dominados por el alcohol.
«Más felices somos en tierras extrañas que en el suelo donde nacimos». Esa es la verdad; amarguras y desengaños solamente les esperan en sus pueblos. En vano se fatigan con largos viajes; los frutos de sus ímprobos trabajos sólo sirven para enriquecer a sus famélicos opresores, cual si una maldita ley evolutiva los hubiera condenado a desaparecer, torturados en las últimas etapas de su decadencia étnica.
Tales son estos famosos herbolarios y hechiceros de la raza indígena.