II
En el imperio incaico los curanderos hacían dimanar sus conocimientos médicos del estudio de las yerbas y del carácter esencial de los fenómenos mórbidos. Despojando a la medicina de aquellos tiempos, y que es la que aun practican los indios, de las preocupaciones que la rodean, se nota que contiene principios y descubrimientos de suma importancia. Los amauttas khechuas y los yatiris kollas, conocían el método homeopático, fundado en la fuerza reactiva de los semejantes, y en la disminución de las dosis y la eficacia del remedio único; estaban familiarizados con el empleo de drogas, como la quinina, la ipecacuana, la copaiba, el azufre y los tónicos amargos y aromáticos, como agentes terapéuticos de primer orden. El gran específico contra las fiebres palúdicas y malignas fué conocido en Europa por la revelación que aquéllos hicieron de las propiedades de la quina. Razón tuvo un escritor argentino, para decir que la antigüedad no ha poseído más que dos escuelas esencialmente clásicas; la de Hipócrates y la de los khechuas[40], o más propiamente de los kollanas.
En cuanto a la anatomía y cirugía, tampoco se puede negar, que las poseían, siquiera en sus generalidades. Dedúcese esto de la casi perfecta preparación de las momias; circunstancia que induce, de paso, a suponer el conocimiento de otra rama completamente moderna en la medicina europea, llamada de los métodos de asepsia y antisepsia.
La preparación de las momias implica que se daban perfecta cuenta de las tres cavidades conocidas del organismo humano y de su consiguiente sometimiento al método antiséptico, que tanto entre los egipcios como entre los kollas y khechuas, ha quedado en secreto inescrutable. Los pálidos vestigios que aun quedan de la ciencia médica de los yatiris y los amauttas, siguen revistiendo en sus sucesores imperfectos, los callahuayas, caracteres de culto sacerdotal, desde su iniciación; especie de ciencia oculta, la de curar, se trasmite ella, de padre a hijo, o entre miembros de la misma familia y tribu, con la desventaja de que cada generación recibe mermada la herencia del saber de sus antepasados y no será extraño que terminen por ignorarlo todo con el trascurso del tiempo.
El callahuaya, tiene entre los indios la misma importancia del mago entre los egipcios, y apenas él se presente en la casa de un enfermo, desaloja a los demás curanderos que le atendían, quienes reconociendo la superioridad de aquél, se retiran voluntariamente y acatan sin observación sus procedimientos terapéuticos o supersticiosos.
Los cráneos excavados de las antiguas sepulturas comprueban que los yatiris y amauttas empleaban también con rara corrección el sistema de las trepanaciones craneanas en sus curaciones, sin embargo de los instrumentos imperfectos y deficientes que debieron poseer para ese objeto. Rezago de tal sistema puede ser el que actualmente aplican los indios del altiplano, para los corderos atacados de la enfermedad del torneo, trepanándoles el cráneo y extrayéndoles con mucho cuidado del interior ciertas materias extrañas que las creen causantes del mal.
La innegable competencia de los médicos indígenas de aquellos tiempos, se encuentra corroborada por el P. Cobo, que dice: «En lo que comúnmente acertaban, era en curar heridas, para las cuales conocían yerbas extraordinarias y de muy gran virtud; y para que más claro sea esto, contaré aquí una cura que hizo un indio en la ciudad de Chuquiabo, como lo refiere un caballero que hubo en aquella ciudad, llamado D. Diego de Avalos, en ciertos papeles suyos que llegaron a mis manos, y es así: De una gran caída que dió un muchacho indio, hijo de D. Alonso Quisimayta (de la generación de los Incas), cacique de la encomienda y repartimiento del dicho D. Diego, se le quebró una pierna por medio de la espinilla, de manera que el hueso de ella rompió la carne y se hincó en el suelo, donde se derramó mucha parte de la médula, lo cual prometía varios accidentes y dificultad en la cura; y por ser hijo del cacique principal y de real sangre, hizo el dicho caballero llamar a los cirujanos para que le curasen con todo cuidado; los cuales, viendo el daño que había recibido el pariente en la pierna se determinaron de cortarla y de aventurar por este camino, porque, de no hacerlo, tenían por cierta su muerte. Mas, como de tal remedio rara vez se haya visto buen suceso en este reino, hubo diversos pareceres en los circunstantes; y su padre del muchacho fué del contrario, el cual mandó llamar a un individuo viejo, cuyo oficio era curar entre ellos y le preguntó qué cura se le ofrecía para su hijo. El viejo se apartó un poco del camino (estaban fuera del pueblo) y cogió cierta yerba que luego quebrantó en las piedras, a fin de que no pudiese ser conocida, como no lo fué; y llegando donde el enfermo estaba, la esprimió, y con el zumo de ella mojó el hilo de lana y con él le ató el hueso que salía de la carne y a raíz de ella, prometiendo cierta salud al enfermo, y otro día estando presente el sobredicho D. Diego de Avalos, con otras personas, volvió el indio a curar al enfermo, y vieron todos los circunstantes, con no poca admiración suya, cómo el hilo de lana con el sumo de la yerba, con su fortaleza había cortado el hueso sin dolor alguno, según el enfermo dijo; y aplicándole el viejo herbolario la misma yerba mezclada con otras, en breve fué sano, quedando por señal un pequeño hoyo en la espinilla, por donde el hueso había salido; pero tan sano y ágil el mozo, como si semejante desastre no le hubiera sucedido.
«Quedó tan deseoso de conocer aquella yerba el dicho D. Diego, que prometiéndole buena paga al indio, con halagos y caricias le pidió la mostrase; y aunque él prometió hacerlo, nunca lo cumplió, sino que le fué entreteniendo con varias excusas, hasta que el hielo del invierno quemó los prados, lo cual tuvo el indio por bastante causa para no cumplir la promesa.»[41]
Semejantes curaciones no son extrañas al presente entre los indios. Como no existen en las poblaciones rurales médicos ni boticas, son los curanderos indígenas los que hacen las reducciones, en los casos de luxaciones y fracturas, con singular maestría y después ponen emplastos de yerbas en las partes enfermas hasta que sane el enfermo. En lo que fallan por completo es en el tratamiento y curación de las enfermedades importadas por los españoles y en las que posteriormente han aparecido, a las que el organismo indígena no está habituado y que por esta causa y por faltar medios para curarlas hacen estragos entre los indios, quienes sucumben sin el menor auxilio médico. En presencia de tales dolencias, para las que se declara impotente su primitiva farmacopea, sólo tienen el recurso de las brujerías.
De dos maneras aprende a curar el cirujano indígena o Sircamana, por trasmisión de conocimientos, en la forma ya indicada, o por observación directa en su persona, cuando ha sufrido una fractura o luxación y consigue sanar por propio esfuerzo. En ambos casos, estos empíricos suelen hacerse tan hábiles en su profesión, que realizan curaciones sorprendentes.