Máximo a su hermano.

6 de octubre.

Lacante acaba de pasar una crisis que nos ha asustado un poco. Hace dos días recibí un telegrama de Elena advirtiéndome que su padre estaba enfermo y rogándome que llevase un médico.

Correr a casa de Muret y llevármelo a la «Villa Sol», fue cuestión de una hora.

Cuando llegamos, la crisis había terminado y encontramos a Lacante acostado por orden de su hija y bromeando agradablemente.

El doctor no encontró nada alarmante por el momento y prescribió un régimen que Lacante no seguirá, por desgracia.

Cuando Muret se marchó, después de haber ordenado un reposo absoluto y elogiando mucho a Elena por su sangre fría y por la prudencia de sus cuidados, fui a buscarla al jardinito, donde estaba sentada en el sillón habitual de su padre, a la sombra del tilo y en una postura un poco caída. Sus ojos hundidos y su palidez atestiguaban su emoción. A pesar de la expresión de tristeza que la envolvía por entero, los rayos del sol que se filtraban por el ramaje, ponían un nimbo de oro en torno de aquella fisonomía cándida y doliente.

Corté unas violetas y se las di con palabras de ánimo, a las que ella respondió con una débil sonrisa.

Me senté al lado suyo, penetrado de compasión. ¡La comprendía, la adivinaba tan bien!... ¿No había visto, hacía poco tiempo, al lado de la cama de la mendiga, a aquella criatura delicada, tan pronto confundida por una mirada, tan propensa a turbarse, tan tierna, desplegar una energía moral y una firmeza que llegaron a parecerme hasta duras, para arrancar a una pecadora al peligro de una muerte inconsciente, que hubiera sido para su fe la muerte sin perdón, la muerte eterna? Por muy extraño que yo fuese a sus creencias, la había comprendido y había admirado su fe robusta y activa y aquel imperioso sentimiento del deber que podía más que sus timideces y hasta que su compasión.

Y entonces también la adivinaba.

Comprendía su sufrimiento y su espanto al ver a su padre inanimado, y mi piedad por aquel débil corazón de niña, estaba impregnada de ternura. ¿Por qué el aspecto de la muerte predispone el corazón a esos enternecimientos? ¿Será que buscamos por instinto un refugio contra el aniquilamiento final? ¿Será que las fibras más profundas del ser se conmueven a la vez y vibran al unísono al contacto de la formidable enemiga?

Tenía yo un deseo apasionado de decir a Elena:

—Te he comprendido, alma piadosa y tierna. Por descreído que yo sea a los ojos de tu fe, he sentido y comprendo tu divina caridad. Nuestras inteligencias son diferentes y las influencias que han presidido a nuestro desarrollo han sido opuestas; hay, sin embargo, un punto en el que nos entenderemos siempre, y es el amor a la pobre humanidad, condenada al dolor y a la muerte.

Mientras yo me dirigía este monólogo, Elena mordisqueaba las violetas que yo le había dado y nuestros pensamientos se encontraban.

—¿Usted no cree?—me preguntó tristemente.

—Creo, por el contrario, en muchas cosas hermosas... en la bondad... en la ciencia... en la...

Elena me interrumpió:

—Hay un nombre que lo resume todo, ¿y no lo dice usted?

—Es que quisiera comprender...

—¿Comprenderlo todo?—me preguntó.—¿Es eso posible? ¿Cree usted que todo se puede explicar?

Yo no quería ni afligirla ni discutir.

—No—respondí;—las cosas de la fe, no. A esas se llega por el corazón.

—¡Oh! ¡Cuánta razón tiene usted!—exclamó con mirada brillante.

—Ya ve usted que no estamos lejos de entendernos—dije sonriendo.—Si usted quisiera que hablásemos así algunas veces, acabaríamos por ser de la misma opinión.

—Sí... usted me enseñaría a pensar...

—¡Oh! Para eso aténgase usted a su catecismo, Elena... He lamentado muchas veces que esté usted aquí expuesta a oír discursos que hieren sus creencias... Si alguna palabra mía lo ha hecho alguna vez, pido a usted de todo corazón que me perdone. Me acusaría siempre de haber cambiado en algo las ideas que le han hecho a usted ser lo que es.

Recordé que su padre dijo un día lo mismo delante de mí.

Elena sonrió y dijo:

—No tema usted; lo que ha entrado una vez en el corazón ya no sale.