Máximo a su hermano.
8 de octubre.
Ayer, día de la comida semanal en casa de Lacante, llegó Kisseler reventando de gozo. Acababa de saber una fea historia de uno de nuestros hombres políticos más visibles, favorito del Ministerio y en condiciones de ser ministro de un día a otro. Naturalmente, todos se esfuerzan por echar tierra al escándalo, y lo lograrán: testigos sobornados, supresión parcial del sumario, jueces bien elegidos, nada se omitirá para conseguir que se evite el proceso. Desde el punto de vista político, pues, las consecuencias serán nulas, por el momento al menos. Pero los detalles son curiosos e irresistiblemente cómicos para un cínico como este diablo de Kisseler.
Apenas entró, estando todos ya a la mesa, pues, según costumbre, llegaba tarde, empezó a contar la cosa con una gracia, con una mímica y con un lujo de detalles verdaderamente chistosos.
Desde las primeras palabras, Lacante le mostró con una seña a Elena, sentada enfrente de él, y Kisseler afirmó que sería prudente y que velaría su relato. Lo veló, en efecto, pero con un velo tan extrañamente plegado, que no hacía más que añadir un incentivo más a la brutal aventura.
Yo no podía menos de mirar a Elena, tan joven, tan inocente, entre todos aquellos hombres excitados y retorcidos de risa. Éramos siete, sin contar la Marquesa de Oreve.
Luciana y su madre no habían venido, afortunadamente, y Elena parecía entre nosotros como una hermosa azucena surgiendo de un lodazal. De vez en cuando dirigía a su padre una seña de amistad con un ligero gesto que quería decir claramente: «¡Qué fastidioso es ver reír a los demás cuando no se sabe de qué se ríen!»
¡Cuánto le agradecía yo el que no comprendiese, y cómo me felicitaba por la ausencia de Luciana, que, más madura en la atmósfera parisiense, hubiera ciertamente comprendido! Creo que en este caso hubiera tirado a Kisseler por la ventana...
Cuando todos se marcharon y Elena se metió en su cuarto, me quedé fumando un cigarro con Lacante para esperar la hora del tren.
Lacante estaba preocupado y tocaba el tambor nerviosamente con los dedos en la mesa. Por fin dio un suspiro y dijo:
—Tendré que separarme de mis amigos o de mi hija.
Y después de una pausa añadió:
—Es duro, a mi edad, romper con unas amistades de cuarenta años.
—Kisseler es incorregible e incomprensible, es verdad... Los demás tienen más tacto.
—¿Cree usted eso?... Hay discusiones de ciencia y de filosofía que ofrecen iguales o mayores peligros que las enormidades de Kisseler para un entendimiento joven y cándido como el de Elena. ¿Le parece a usted que ha comprendido ni una palabra de toda esa grosera historia?... Como si la hubieran contado en chino. Mientras que la sequedad de la duda que se introduce en esa tierna naturaleza substituye a la cándida fe que es su fuerza y su gracia...
Y Lacante levantó las manos y las dejó caer, como si viese ya pulverizado todo el edificio de fuerza mística.
—Admito—dijo,—que Elena no entiende las obscenidades de Kisseler, pero así como el oído se acostumbra a los sonidos de una lengua extranjera y acaba por comprender su significación, ¿no teme usted que?...
—¿Que sepa pronto más de lo necesario? Sí, sin duda.
—Es verdad—dije no sin malicia,—que le he oído a usted en otro tiempo expresar la opinión de que no es prudente dejar a las jóvenes en la ignorancia de las necesidades de la vida y que los padres asumen así una gran responsabilidad cuando llega el momento de elegir su destino.
—Aquellas eran teorías y frases de solterón—dijo moviendo la cabeza.—Solamente sabe el precio de la pureza el que ha podido penetrar hasta el fondo el alma de una virgen. Toda iniciación que no sea la del amor es un sacrilegio. Sí, sólo el amor tiene derecho a revelar los misterios...
Reflexionó unos instantes y siguió diciendo:
—Habría que casar a Elena. Podría ciertamente sacrificarle Kisseler y mucho más; pero soy viejo, amigo mío, y he recibido hace poco una dura advertencia, y debo asegurar el porvenir de esa pobre niña. Tiene algunos bienes, a los que se añadirán después los míos; es bonita y tiene bastantes cualidades para que no le falten los partidos.
—Es deliciosa—exclamé.
Lacante fijó en mí sus ojillos grises y penetrantes y yo bajé la cabeza.
Después siguió diciendo:
—Sí, ¿verdad? Más de uno lo juzga así, y cuando yo declare mis intenciones ya sé quiénes se pondrán en la fila... Pero solamente Elena decidirá.
Se levantó pausadamente (noto que se va entorpeciendo) y se apoyó en mi brazo para entrar en su cuarto.
Al estrecharme la mano, me dijo:
—Esta niña merece ser dichosa.
—Lo será—respondí maquinalmente.
Me dirigió entonces una seña amistosa y me dijo:
—Gracias, hijo mío.
¿Aplicábase esta frase al apoyo de mi brazo o a mi frase trivial sobre la dicha de Elena? Me quedé en la duda y esta duda me ha turbado.
Durante todo el camino he ido repitiéndome los términos empleados por Lacante en esta conversación y los de mis respuestas. ¿Debía revelar a Lacante mis compromisos con Luciana, a pesar de mi promesa de no decírselo a nadie? ¿Por qué debía hacerlo así?... Por temor de que a Lacante se le haya puesto en la cabeza darme su hija. Pero, si no piensa en tal cosa y me he engañado, ¿no sería tan ridículo como impertinente el tomarle la delantera y hacerle comprender que he adivinado su intención y que no debe contar conmigo? Por otra parte, ¿no ha dicho que solamente Elena elegiría?
Este último pensamiento ha calmado considerablemente mis escrúpulos, pues no tengo ningún motivo para creer que Elena decidirá nunca en mi favor, sino todo lo contrario.
Este Lautrec me parece muy solícito para con ella (lo está, eso sí, con todas las mujeres); es joven, elegante, rico, y como tiene pretensiones literarias que Lacante puede favorecer, bien pudiera ocurrir que por ese lado hubiera un desenlace muy dichoso...
Pero, es raro, la idea de ver a Lautrec convertido en el hijo de la casa, en la de Lacante, me oprime el corazón... No puedo, sin embargo, casarme al mismo tiempo con Luciana y con Elena, la morena y la rubia... Estoy loco y me voy a la cama.
Buenas noches, querido hermano...