Máximo a su hermano.
Gante, 3 de noviembre.
Mis dos primeras conferencias han salido muy bien; he recogido no pocos aplausos y, lo que es mejor, he tenido un auditorio numeroso y entusiasta. Será una debilidad, pero lo cierto es que los aplausos, no sólo cosquillean agradablemente el amor propio del orador, sino le dan ingenio, animación y elocuencia; son como un trampolín desde el que se lanza uno con un aumento de vigor.
Esta mañana, al abrir un periódico de Francia, he leído la muerte casi repentina de Marignol. ¡Pobre hombre! No puedo decir que lo siento, y me engañaría a mí mismo si me apiadase mucho por su defunción. Era viejo, más viejo que su edad, y su misión estaba cumplida. No había estado tierno conmigo y me interceptaba el camino con una arrogancia que lo hacía poco amable. Por otra parte, hay que acabar muriéndose; es un accidente que nos está reservado a todos, y no son acaso los que ya lo han sufrido los más dignos de compasión. Sin embargo, ese accidente de la muerte es tan definitivo e irreparable, que el placer de ver mi porvenir asegurado ha sido menos vivo de lo que yo esperaba, y he sentido una especie de remordimiento por haber deseado tanto esa plaza, aunque hubiera preferido, seguramente, obtenerla por el abandono voluntario del que la poseía.
Al fin han desaparecido los obstáculos entre Luciana y yo. El camino está allanado, pues no veo a nadie en línea para disputarme el puesto.
Cuando yo vuelva fijaremos la fecha de la boda y la anunciaremos a nuestros amigos, a Lacante ante todo, y esto enturbia un poco mi alegría. Se va a quedar sorprendido y su sorpresa será para mí una acusación, pues le debía más confianza. ¿Por qué no le he hecho vislumbrar, al menos, mis proyectos? ¿Me habrá quitado el valor de hablar su deseo, vagamente indicado, de darme a Elena en matrimonio? Eso, precisamente, hubiera debido obligarme.
La verdad es que nunca se ha expresado claramente sobre este asunto y que es ridículo hasta la impertinencia renunciar un honor que nadie le ofrece a uno. Me digo esto para justificarme y no lo logro. Lo cierto es que he retrocedido cobardemente ante lo que me era penoso decir, he contado con la casualidad para salir del paso, y me encuentro ahora en un apuro cruel. Y si fuera cierto lo que supone Luciana; si Elena hubiera podido equivocarse sobre los sentimientos que me inspira, habría yo cometido una mala acción... Por fortuna no lo creo, y esto me tranquiliza.
Mientras paseaba hace poco este caso de conciencia bajo las bóvedas de la gran Catedral de Amberes, al caer la tarde, me parecía ver a Elena tal como se me apareció en Quimper, en un rayo de luna, como una criatura fantástica, como un ser de pura espiritualidad. Cuando estoy lejos de ella, así es como la veo y así habrá atravesado mi vida.
Y no puedo impedirme una tristeza de cólera y de indignación al pensar que nunca seré nada para ella y que otro se apoderará un día de aquella inocencia y de aquella dulzura. Es insensato, egoísta e ingrato, tener tal pensamiento y no poder arrojarlo de mi mente. Empiezo a creer que no estoy criado para el matrimonio y que soy una especie de anfibio hecho como ellos para flotar entre dos aguas sin hacer pie jamás en tierra firme.
Me maldigo y me injurio de despecho por ser como soy y no poder ser de otra manera.
No valía la pena que se muriese Marignol, puesto que no me produce ningún contento.